El Privilegio Catalán. 300 Años De Negocio De La Burguesía Catalana — Jesús Laínz / The Catalan Privilege. 300 Years of Business of the Catalan Bourgeoisie by Jesús Laínz (spanish book edition)

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Magnífico ensayo, bien escrito, ameno de leer y bien documentado. El tema es tan evidente como desconocido: los privilegios económicos que en forma de aranceles, inversiones del estado y mercados cautivos de los que se ha beneficiado Cataluña desde el siglo XVIII.
Debería ser de obligada lectura.
En el libro tratan muy bien el comercio de esclavos por los catalanes y después en la reciente historia , con la ayuda del General Franco , nos obligaron durante años a comprar sus tejidos de Sabadell , de muy mala calidad comparados con las finas telas italianas de entonces , y los automóviles Seat comparados con los alemanes , todos los españoles no tuvimos otra opción que comprarles a ellos gracias a la Autarquía Económica , que al cerrar las fronteras españolas con el resto del mundo les favoreció, condenándonos a los demás españoles al consumo de bienes de más que dudosa calidad.
Obligada lectura, para entender el permanente chantaje catalán sobre el resto de los españoles , chantaje de tintes racistas y supremacistas , así es “la raza superior” catalana , provinciana e ignorante.
Sin duda tras su declarada superioridad se esconde un tremendo complejo de inferioridad.

El siglo XIX fue la época dorada de la economía catalana. Tras la guerra napoleónica, los catalanes expandieron sus actividades a través de los nuevos cambios tecnológicos emanados de la revolución industrial, y que aplicados con diligencia a los nuevos procesos industriales, permitieron un rápido crecimiento económico. La agricultura se renovó, se expandió el olivo, la patata, los frutos secos y la vid; la mejora económica fue debida a las desamortizaciones que emprendieron los sucesivos gobiernos españoles y que permitieron la capitalización y las consiguientes inversiones de una burguesía exitosa. La industrialización empezó con el tratado de Amiens (1802), que puso fin al bloqueo británico en las colonias americanas y permitió el éxito de la industria textil catalana. El gobierno de Cabarrús fomentó la importación de hiladoras y telares mecánicos, y a partir de 1827 la estabilidad de precios ayudó a los industriales catalanes en su expansión, potenciada por el arancel proteccionista y la entrada de capital de las posesiones hispanas de América.
José Bonaplata, con su fábrica El Vapor, representa el renacimiento industrial catalán a partir de 1832 junto al banquero barcelonés afincado en Madrid, Gaspar Remisa, iniciando el despertar de la industria textil algodonera y lanera (El Vapor Viejo, Fabra Coats, España Industrial y las colonias textiles del Llobregat, Sabadell y Terrassa), la expansión de la banca y las cajas, la creación de la industria química moderna, la inicial industria eléctrica (Xifrà y Dalmau, artífice de la Sociedad Española de Electricidad), la expansión de la industria metalúrgica estrechamente ligada a la minera, la industria tapera que Vicens Vives tildó como «el imperialismo corchero catalán», la Bolsa de Barcelona recibía la colocación de acciones de toda España, el ferrocarril y los sistemas de transporte se extendían por todo el territorio, el puerto de Barcelona estrenó el sistema de navegación a vapor, etc. Todo ello gracias al empuje catalán y al compromiso hispánico de sus gentes, sin grandes concentraciones de capital ni inversiones extranjeras.
Cataluña sólo tenía un mercado para vender sus producciones: el resto de España y las menguadas colonias que iban quedando del viejo imperio español. Mientras el resto del país permanecía sin industrialización y sufría un atraso económico evidente (excepto Vizcaya y Asturias), Cataluña crecía y se enriquecía a través de las políticas proteccionistas de los gobiernos españoles. El triunfo de Cataluña era la conquista económica de España.

Cataluña vive un déficit de calidad democrática, con actuaciones desleales de la Generalitat y de muchas de las entidades locales que vulneran la legalidad; con actuaciones que dañan la seguridad jurídica y limitan los derechos de las personas; con la aprobación de resoluciones declarando a los municipios a favor de los postulados separatistas; con la burda manipulación de la educación de los catalanes incitando al odio hacia el resto de españoles. Cataluña sufre la instrumentalización de las políticas de comunicación al servicio de la denominada construcción nacional de los Países Catalanes, la falta de neutralidad de las instituciones dominadas por el radicalismo y la demonización de los discrepantes provocando una suerte de muerte civil del opositor al régimen corrupto nacido del pujolismo. La burguesía catalana cómplice del nacionalismo está asustada ante la lógica frustración que se expande entre muchos catalanes que creyeron que el proceso separatista sería un divertimento. El oasis catalán es una enorme charca emponzoñada de corrupción y liderada por unos radicales que nos llevan al enfrentamiento civil.
Convergència Democràtica de Catalunya se constituyó en un movimiento nacional y eje vertebrador del panorama político catalán, mediante la técnica de «fer país» superando el discurso izquierda-derecha y centrando su ideario en propagar e imponer la ideología nacionalista y en construir una Arcadia feliz.
Los separatistas tienen su proyecto. Lo que promueven no es el amor a la patria, sino el odio al resto de pueblos de España, confirmando lo que dijo el general de Gaulle: «El patriotismo es amar a tu país, sin embargo, el nacionalismo es detestar el país de los otros».

El primer agravio que suelen agitar los separatistas catalanes contra Castilla —es decir, contra España, conceptos que ellos han hecho sinónimos cuando no lo son— es la exclusión de los catalanes de América.
Efectivamente, una serie de datos confusos y contradictorios parecieron sugerir que los súbditos aragoneses —subrayemos: aragoneses, no catalanes— estuvieron excluidos de los asuntos americanos por voluntad de los Reyes Católicos. En primer lugar hay que tener en cuenta que los derechos sobre las tierras recién descubiertas derivaban del Tratado de Alcaçovas (1479) que puso fin a la guerra lusocastellana por la sucesión de Enrique IV, guerra en la que, además de las candidaturas de Isabel y Juana la Beltraneja, también se disputaron el litoral africano y las islas Canarias. Según dicho tratado, quedaban para Portugal las costas africanas al sur del cabo Bojador y para Castilla, «las islas de Canaria ganadas e por ganar». Es decir, las tierras que se descubrieran hacia el oeste. Aragón no era parte ni en el litigio ni en el acuerdo, tanto por no participar en la pugna por el trono como por no tener litoral atlántico. Por lo tanto, del hecho de que sólo la Corona de Castilla tuviera derechos en el Atlántico se derivó la incorporación a ella de las tierras descubiertas por Colón.

No es cierto que Castilla invadiese y se anexionase Cataluña ni que ésta fuese un estado soberano en 1714, sino un territorio con algunas instituciones propias, como en cualquier otro lugar de la Europa del Antiguo Régimen, y parte constituyente de la Corona de Aragón, es decir, de España. No es cierto que se tratase de una guerra entre castellanos y catalanes, sino entre partidarios de dos candidatos al trono de España, sin distinción de regiones. No es cierto que Felipe V suprimiera la soberanía nacional representada en las Cortes catalanas, pues eran estamentales y, por lo tanto, no representaban a soberanía nacional alguna. Y, lo que más importa en relación con el tema de estas páginas, no es cierto que Felipe V incorporara Cataluña a Castilla, sino que uniformizó legislaciones y centralizó el gobierno, fenómeno general en toda la Europa de aquel tiempo, lo que también conllevó grandes cambios en la vieja planta castellana, detalle que no suele recordarse.
Llegada la paz, Cataluña se adentraría en el siglo XVIII entre el dolor por la guerra pasada y la prosperidad que la nueva situación iría facilitando. Y mientras que algunos siguieron lamentando la desaparición de las antiguas estructuras del reino de Aragón, otros alabaron las medidas tomadas por Felipe V.
Porque, efectivamente, Cataluña comenzó a despegar económicamente a partir de la derogación de su régimen foral y a causa de las medidas tomadas por los monarcas de la nueva dinastía.
Pero, ¿cuáles fueron esos privilegios tan notables concedidos por el primer Borbón? Pues, entre ellos, el envío a América de dos barcos anuales sin pasar por el monopolio sevillano, la libre y exenta introducción de vinos, aguardientes y otros productos agrícolas en todo el reino y, para evitar la competencia extranjera, el establecimiento de aranceles para los vinos, aguardientes y tejidos de otros países.

No todo consistió en proteger el producto de la laboriosidad de los pañeros catalanes y otros arriesgados empresarios en la difícil España de aquellos años, ya que buena parte del desarrollo industrial dependió de las subvenciones recibidas del Estado.
Uno de los casos más significativos sucedió precisamente en aquellos años finales del reinado de Fernando VII. Pues al inquieto barcelonés José Bonaplata y Corriol, vástago de familia algodonera, se le ocurrió visitar Francia y, sobre todo, la puntera Inglaterra para estudiar in situ las novedades técnicas de su industria y comprar maquinaria para modernizar su empresa. En Londres consiguió que el embajador español, Francisco Cea Bermúdez, apoyara su plan en el Ministerio de Hacienda, del que, efectivamente, recibiría la muy notable cantidad de 65.000 duros de la época (1.300.000 reales) y exenciones arancelarias para la importación de la costosa maquinaria.
Bonaplata y sus socios no perdieron el tiempo, y en 1833, en la barcelonesa calle Tallers, bajando las Ramblas la primera a la derecha, se abrió la primera fábrica española con maquinaria metálica a vapor, que empleó a setecientos trabajadores.
Pero, lamentablemente, todo aquel trabajo y toda aquella inversión tuvieron muy corta vida.
Siglo XIX. En concreto a la década de los 60 y a la figura esencial de Laureano Figuerola. Nacido en la localidad barcelonesa de Calaf en 1816, Figuerola fue un eminente economista y abogado que, además de su labor docente, ejerció de ministro de Hacienda tras la Revolución de 1868 y que ha pasado a la historia como la bestia parda de los proteccionistas decimonónicos. Durante su mandato instauró la peseta (palabra catalana, por cierto: de peceta, diminutivo de peça) como unidad monetaria nacional y diseñó, junto con Sanromá, la reforma arancelaria librecambista que provocó la ira de los industriales catalanes.
El motivo fue que Figuerola estableció en su Ley de Bases Arancelarias que ningún artículo importado tendría un arancel superior al 15%. El que llegaría a ser famoso artículo 9º de dicha ley establecía en su base 5ª el proyecto de llegar en pocos años a la desaparición de los derechos protectores transformándolos en puramente fiscales.
Pero los industriales catalanes, ejerciendo su habitual presión en el Gobierno y el Parlamento, consiguieron de su paisano Prim, presidente del Gobierno, los que se llamaron derechos extraordinarios, es decir, una subida hasta el 35% para los productos de su competencia.

Una de las primeras medidas del nuevo gobierno fue suspender la aplicación de la base 5ª de la Ley Figuerola, la más odiada por los proteccionistas catalanes. Y dos años más tarde, en 1877, se aprobó un arancel que regresaba a un proteccionismo suave, nunca del todo satisfactorio para los industriales catalanes.
Pero la base 5ª solamente había sido suspendida, no abolida; y cuando el liberal Sagasta alcanzó el gobierno en 1881, volvió a ponerla en vigor. Nueva sulfuración de los industriales proteccionistas, agravada por un tratado comercial con Francia al que no se miró con buenos ojos.
Vistas las protestas, el gobierno reculó y además promulgó la Ley de Relaciones Comerciales con las Antillas (1882). Fue diseñada para convertir Cuba y Puerto Rico en fortalezas arancelarias reservadas para los exportadores españoles, especialmente los cerealistas y los textiles, quienes, dada la saturación del mercado interior y la difícil salida hacia Europa a causa precisamente de la política arancelaria, necesitaban asegurarse un mercado antillano que absorbiese su producción.
Porque si el siglo XIX fue el del despegue extraordinario de la industria y el comercio catalán en la Península, también lo fue en las provincias de ultramar, con lo que un porcentaje muy notable de los protagonistas económicos y políticos relacionados con ellas e instalados en ellas fueron catalanes.

Durante el breve reinado de Amadeo de Saboya (1871-1873) la Sociedad Abolicionista presentó en el Senado un proyecto de ley para acabar con la esclavitud en las Antillas, proyecto que se topó con una férrea oposición por parte de los Círculos Hispano-Ultramarinos organizados en aquellos mismos días para defender los intereses de unos propietarios antillanos temerosos de la posible creación de un estado de antiguos esclavos como había sucedido en Haití. Junto a la retórica patriótica habitual y su oferta de ayuda económica para sofocar la rebelión, una de sus propuestas fue la de conseguir la venta pública de las propiedades confiscadas a los partidarios de la insurrección.
Los círculos más influyentes, además del de Madrid, fueron, no por casualidad, los de los principales puertos del comercio ultramarino: Cádiz, Bilbao, Santander y Barcelona. El más importante de todos, patrocinado por el Fomento de la Producción Nacional, fue el barcelonés, dirigido por una larga lista de influyentes empresarios.
Se constituyó en diciembre de 1871 en los salones de la Lonja. Durante la reunión, el diputado republicano Baldomero Lostau tomó la palabra para afirmar que España no era la madre patria de Cuba, sino su madrastra, tras lo que tuvo que poner pies en polvorosa para evitar problemas con los demás asistentes.
Los indianos participaron de forma muy destacada en el nacimiento de importantes firmas afincadas en Cataluña como la Compañía Trasatlántica —que, aparte de encargarse del traslado de las tropas españolas a las guerras cubanas, conseguiría la concesión del transporte marítimo oficial entre Barcelona y Manila, monopolizando así la navegación entre España y Asia a través del recién abierto canal de Suez—; el Banco Hispano Colonial —fundado en 1876 para financiar la primera guerra de Cuba, diecinueve de cuyos veintinueve miembros del Consejo de Administración eran barceloneses y cuyos accionistas hicieron un gran negocio porque los ingresos fiscales de Cuba, incluida la renta de aduanas, se emplearon en pagar los intereses del crédito—; o la Compañía General de Tabacos de Filipinas.

Hasta entonces los ideólogos prenacionalistas y nacionalistas habían compartido la bandera del proteccionismo con los industriales catalanes; recuérdese el Memorial de Agravios de 1885. Y como la guerra cubano-filipina no era más que una prolongación desquiciada de la política colonial y proteccionista cuyos principales apoyos había encontrado el gobierno durante décadas en Cataluña, los nacionalistas se mantuvieron, en su mayoría —no así los colaboradores de La Renaixença, paulatinamente los de La Veu de Montserrat y los de algún periódico catalanista de alcance local—, prudentemente al margen mientras duró una lucha a la que se opusieron por considerar a Cuba y Cataluña dos territorios sujetos a la misma opresión centralista y por saber que toda la sociedad catalana, tanto por intereses económicos como por patriotismo, se les habría echado encima. Así lo admitió Cambó en sus Memorias.
El 17 de abril de 1898, en plena escalada de tensión prebélica, La Veu de Catalunya explicó sus temores y sugirió sus propuestas:

«Venga lo que venga, España se va al fondo; si de los pueblos que la forman alguno quiere volver a las alturas, que no se duerma: afloje los lazos y entréguese libremente a los dos grandes instintos de la vida, el de la conservación y el del perfeccionamiento».

No es casualidad que los separatismos, el catalán y el vasco, nacieran y comenzaran a desarrollarse en aquellos días. De haberse encontrado España en buena situación política y económica, ni se habría tenido interés en la separación ni se habrían elaborado excusas. La burguesía catalana, que tanto tenía que perder en Cuba y Filipinas, se había distinguido durante todo el siglo XIX por su apoyo incondicional a la política colonialista.
El brusco cambio político y afectivo provocado por el Desastre del 98; la irrupción de nuevos protagonistas políticos, la Lliga Regionalista, en sustitución de los viejos partidos de ámbito nacional; la estrecha vinculación de la Lliga con los intereses de la burguesía industrial catalana; la crítica a un Estado centralista percibido como ineficaz y fracasado; el rechazo a la España cañí encarnada en el flamenquismo; y el menosprecio a una España castellana depositaria de valores ajenos a Cataluña: el ejército frente al telar.

La intervención gubernamental para promover industrialmente determinadas zonas de España que recibieron grandes inversiones en detrimento de otras regiones que vieron cómo se ahondaban aún más las diferencias que ya se arrastraban desde el siglo XIX, ¿qué puede decirse que no saltase a los ojos en aquel entonces y que no siga saltando a los ojos hoy?
Centrándonos en Cataluña, que es lo que nos ocupa, las inversiones del INI tuvieron un peso enorme en su economía. Recuérdese simplemente la SEAT, con 25.000 empleados en la Zona Franca: la mayor concentración obrera de España. O la Empresa Nacional de Autocamiones (ENASA), fabricante de los vehículos Pegaso. Y también podrían mencionarse las centrales nucleares de Vandellós y Ascó, la Empresa Nacional Hidroeléctrica del Ribagorzana (ENHER) o la Empresa Nacional de Petróleo de Tarragona (ENTASA), esta última creada durante la etapa en la que el barcelonés Claudio Boada fue presidente del INI.
Aparte del mundo de la política, miles de catalanes estuvieron entre los banqueros y empresarios más influyentes hasta el punto de que puede afirmarse que dirigieron en buena medida la vida económica de la España de Franco. Y sus descendientes siguen poblando hoy muchas de las juntas directivas de las grandes empresas españolas.

Entusiastas fueron los catalanes con aquella Constitución que la aprobaron por abrumadora mayoría (91% de los barceloneses, 90’4 de los gerundenses, 91’9 de los leridanos y 91’7% de los tarraconenses), superior a la del conjunto de España (88,5%).
Y uno de los partidos más beneficiados del sistema establecido por la Constitución ha sido Convergència i Unió, pues gracias a ella no sólo ha gobernado Cataluña durante décadas, sino que también ha sido protagonista privilegiado de los gobiernos nacionales mediante pactos de legislatura con PP y PSOE.
Pero, al mismo tiempo que los nacionalistas catalanes gobernaban en Cataluña y en toda España gracias a esa Constitución, se dedicaban a horadarla desde dentro. Bien claro lo dejó aquel lema, tan repetido en los tiempos transicionales, de «avui paciència, demà independència». Y más claro todavía lo dejó Jordi Pujol, español ejemplar de 1984 según el ABC, en aquella conversación con el ministro socialista Fernández Ordóñez recogida por José Bono en sus memorias:

«La independencia es cuestión de futuro, de la generación de nuestros hijos. Por eso, los de la actual generación tenemos que preparar el camino con tres asuntos básicos: el idioma, la bandera y la enseñanza».

Hay que construir la nación catalana, y para ello, lógicamente, hay que destruir previamente la nación española. Y los nacionalistas catalanes, de cualquiera de sus variantes, pretenden dinamitar la nación española y su Constitución exigiendo a los demás españoles que asistamos a ello sin rechistar. En eso consiste el derecho a decidir.
Pero, ¿qué es eso del derecho a decidir? Pues la autodeterminación de toda la vida, aunque la autodeterminación de Cataluña sea insostenible. En breve: ni Cataluña es una colonia, ni ha sido conquistada, ni sufre ocupación extranjera, ni España vulnera en Cataluña los derechos humanos. Es más, los únicos derechos lingüísticos vulnerados en Cataluña son los de los castellanohablantes. Y eso, siendo breves y quedándonos en la superficie.
España nos roba.
Pero, aclarémonos. ¿En qué consiste esa España que nos roba? ¿Es el Estado el que nos roba? ¿O las otras regiones? ¿O los ciudadanos? ¿Y qué nos roba? ¿Cuánto nos roba? ¿Dónde nos roba? ¿Cómo nos roba? ¿Desde cuándo nos roba?…
Pero, pasando por alto el hecho esencial de que los que pagan los impuestos son las personas, no los territorios, no podemos olvidar que los separatistas pretenden sustentar su queja económica no sólo en los hechos recientes, sino en una acumulación ya añosa que vendría a justificar eso que llaman deuda histórica. Porque una de las patrañas más extendidas en nuestra descoyuntada España de las Autonomías consiste en que cualquier cabeza de ratón se cree legitimada para reclamar, en nombre de su taifa, una deuda histórica que España tendría que pagar. Lo interesante del caso es que, como todos lo dan por evidente, nadie se ocupa en explicarlo.
Una de las facetas más divertidas de todo esto es que el nacionalismo catalán, ideología construida en el siglo XIX por el sector de la más acaudalada burguesía catalana que consideró el abandono de la España del 98 la mejor manera de conservar su dinero; ideología paralelamente nacida entre el clero más conservador que quería que no se alterase un orden edénico amenazado por el liberal e impío pueblo español, con la lengua como barrera; ideología derivada en buena parte de la añoranza de la organización foral y estamental del Antiguo Régimen; cuyo programa fundacional, las Bases de Manresa, propugnaba el sufragio censitario y gremial; y cuyo mito fundacional es una guerra por los sagrados derechos del trono y el altar encarnados en un monarca de la muy imperial y católica dinastía Habsburgo, sea hoy sostenida con entusiasmo por una izquierda que, en un principio, vio en ella un arma más para subvertir el orden socioeconómico a través de la subversión del orden nacional y que, finalmente, se ha contagiado de ella por completo y la considera el colmo del progresismo.

Sería trágicamente injusto que el eje Pujols-Pujol acabe caracterizando a la Cataluña del siglo XXI. Pero, entre lo salido de la pluma del extravagante Pujols y lo entrado en la billetera del sinvergüenza Pujol, es innegable, lamentablemente, que la imagen de los catalanes no pasa por su mejor momento, cuando siempre ha sido la de gente inteligente, honrada y trabajadora.
Pero parece que no hay remedio. La farsa continúa…

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Superb essay, well written, enjoyable to read and well documented. The subject is as evident as it is unknown: the economic privileges that in the form of tariffs, state investments and captive markets from which Catalonia has benefited since the 18th century.
It should be a must read.
The book treats the slave trade very well by the Catalans and later in recent history, with the help of General Franco, they forced us for years to buy their Sabadell fabrics, of very poor quality compared to the fine Italian fabrics of the time , and Seat cars compared to the Germans, all Spaniards had no choice but to buy from them thanks to the Economic Autarchy, which, by closing the Spanish borders with the rest of the world, favored them, condemning the other Spaniards to the consumption of goods of more than dubious quality.
Obligatory reading, to understand the permanent Catalan blackmail on the rest of the Spanish, blackmail of racist and supremacist overtones, this is the Catalan, provincial and ignorant «superior race».
Undoubtedly, behind his declared superiority lies a tremendous inferiority complex.

The 19th century was the golden age of the Catalan economy. After the Napoleonic war, the Catalans expanded their activities through the new technological changes emanating from the industrial revolution, and which, applied diligently to the new industrial processes, allowed rapid economic growth. Agriculture was renewed, the olive tree, the potato, the dried fruits and the vine expanded; The economic improvement was due to the confiscations that the successive Spanish governments undertook and that allowed the capitalization and subsequent investments of a successful bourgeoisie. Industrialization began with the Treaty of Amiens (1802), which ended the British blockade on the American colonies and allowed the success of the Catalan textile industry. The Cabarrús government encouraged the importation of spinning machines and mechanical looms, and from 1827 price stability helped Catalan industrialists in their expansion, boosted by the protectionist tariff and the entry of capital from Hispanic possessions in America.
José Bonaplata, with his El Vapor factory, represents the Catalan industrial renaissance from 1832 along with the Barcelona-based banker based in Madrid, Gaspar Remisa, initiating the awakening of the cotton and wool textile industry (El Vapor Viejo, Fabra Coats, España Industrial y the textile colonies of Llobregat, Sabadell and Terrassa), the expansion of banks and savings banks, the creation of the modern chemical industry, the initial electrical industry (Xifrà and Dalmau, creator of the Spanish Electricity Society), the expansion of the metallurgical industry closely linked to the mining industry, the tapas industry that Vicens Vives called «the Catalan cork imperialism», the Barcelona Stock Exchange received the placement of shares from all over Spain, the railroad and transport systems spread throughout the territory, the port of Barcelona released the steam navigation system, etc. All this thanks to the Catalan drive and the Hispanic commitment of its people, without large concentrations of capital or foreign investment.
Catalonia only had a market to sell its productions: the rest of Spain and the diminished colonies that were left from the old Spanish empire. While the rest of the country remained without industrialization and suffered an evident economic backwardness (except Vizcaya and Asturias), Catalonia grew and enriched itself through the protectionist policies of the Spanish governments. The triumph of Catalonia was the economic conquest of Spain.

Catalonia is experiencing a deficit of democratic quality, with unfair actions by the Generalitat and by many of the local entities that violate legality; with actions that damage legal security and limit the rights of people; with the approval of resolutions declaring the municipalities in favor of the separatist postulates; with the gross manipulation of the education of the Catalans inciting hatred towards the rest of the Spanish. Catalonia suffers the instrumentalization of communication policies in the service of the so-called national construction of the Catalan Countries, the lack of neutrality of the institutions dominated by radicalism and the demonization of the dissenting parties causing a kind of civil death of the opponent to the corrupt regime born of pujolismo. The Catalan bourgeoisie complicit in nationalism is frightened by the logical frustration that spreads among many Catalans who believed that the separatist process would be a diversion. The Catalan oasis is a huge pool poisoned with corruption and led by radicals who lead us to civil confrontation.
Convergència Democràtica de Catalunya became a national movement and the backbone of the Catalan political scene, using the «fer country» technique, overcoming the left-right discourse and focusing its ideology on propagating and imposing nationalist ideology and building a happy Arcadia.
Separatists have their project. What they promote is not love of country, but hatred of the rest of the peoples of Spain, confirming what General de Gaulle said: «Patriotism is to love your country, however, nationalism is to detest the country of the others».

The first offense that Catalan separatists usually agitate against Castilla —that is, against Spain, concepts that they have made synonyms when they are not— is the exclusion of the Catalans of America.
Indeed, a series of confusing and contradictory data seemed to suggest that Aragonese subjects – let us emphasize: Aragonese, not Catalans – were excluded from American affairs at the will of the Catholic Monarchs. First of all, it must be taken into account that the rights to the newly discovered lands derived from the Treaty of Alcaçovas (1479), which ended the Portuguese-Spanish war by the succession of Enrique IV, a war in which, in addition to the candidacies of Isabel and Juana la Beltraneja, the African coast and the Canary Islands were also disputed. According to said treaty, the African coasts to the south of Cape Bojador remained for Portugal and for Castile, «the Canary Islands won and to be won». That is, the lands that were discovered to the west. Aragon was not a party to either the dispute or the agreement, both for not participating in the fight for the throne and for not having an Atlantic coastline. Therefore, the fact that only the Crown of Castile had rights in the Atlantic derived the incorporation to it of the lands discovered by Columbus.

It is not true that Castilla invaded and annexed Catalonia or that it was a sovereign state in 1714, but rather a territory with some of its own institutions, as in any other place in the Europe of the Old Regime, and a constituent part of the Crown of Aragon, it is say, from Spain. It is not true that it was a war between Castilians and Catalans, but between supporters of two candidates for the throne of Spain, without distinction of regions. It is not true that Felipe V suppressed the national sovereignty represented in the Catalan Courts, since they were estates and, therefore, did not represent any national sovereignty. And, what matters most in relation to the theme of these pages, it is not true that Felipe V incorporated Catalonia into Castile, but rather that it standardized legislation and centralized government, a general phenomenon throughout Europe at that time, which also led to great changes in the old Castilian plant, a detail that is not usually remembered.
Once peace arrived, Catalonia would enter the eighteenth century between the pain of the past war and the prosperity that the new situation would be facilitating. And while some continued to lament the disappearance of the old structures of the kingdom of Aragon, others praised the measures taken by Felipe V.
Because, indeed, Catalonia began to take off economically from the repeal of its regional regime and because of the measures taken by the monarchs of the new dynasty.
But what were those remarkable privileges granted by the first Bourbon? Well, among them, the shipment to America of two annual ships without passing through the Seville monopoly, the free and exempt introduction of wines, spirits and other agricultural products throughout the kingdom and, to avoid foreign competition, the establishment of tariffs for wines, spirits and textiles from other countries.

It is not true that Castilla invaded and annexed Catalonia or that it was a sovereign state in 1714, but rather a territory with some of its own institutions, as in any other place in the Europe of the Old Regime, and a constituent part of the Crown of Aragon, it is say, from Spain. It is not true that it was a war between Castilians and Catalans, but between supporters of two candidates for the throne of Spain, without distinction of regions. It is not true that Felipe V suppressed the national sovereignty represented in the Catalan Courts, since they were estates and, therefore, did not represent any national sovereignty. And, what matters most in relation to the theme of these pages, it is not true that Felipe V incorporated Catalonia into Castile, but rather that it standardized legislation and centralized government, a general phenomenon throughout Europe at that time, which also led to great changes in the old Castilian plant, a detail that is not usually remembered.
Once peace arrived, Catalonia would enter the eighteenth century between the pain of the past war and the prosperity that the new situation would be facilitating. And while some continued to lament the disappearance of the old structures of the kingdom of Aragon, others praised the measures taken by Felipe V.
Because, indeed, Catalonia began to take off economically from the repeal of its regional regime and because of the measures taken by the monarchs of the new dynasty.
But what were those remarkable privileges granted by the first Bourbon? Well, among them, the shipment to America of two annual ships without passing through the Seville monopoly, the free and exempt introduction of wines, spirits and other agricultural products throughout the kingdom and, to avoid foreign competition, the establishment of tariffs for wines, spirits and textiles from other countries.

Not everything consisted of protecting the product of the hard work of the Catalan draperies and other risky businessmen in the difficult Spain of those years, since a good part of the industrial development depended on the subsidies received from the State.
One of the most significant cases happened precisely in those final years of the reign of Fernando VII. Well, the restless Barcelona’s José Bonaplata y Corriol, the offspring of a cotton family, came up with a visit to France and, above all, the leading England, to study on-site the technical news of his industry and buy machinery to modernize his company. In London, he managed to get the Spanish ambassador, Francisco Cea Bermúdez, to support his plan in the Ministry of Finance, from which, in fact, he would receive the very notable amount of 65,000 duros of the time (1,300,000 reais) and tariff exemptions for the importation of the expensive machinery.
Bonaplata and his partners wasted no time, and in 1833, in Barcelona’s Tallers street, down the Ramblas the first on the right, the first Spanish factory with steam metal machinery was opened, employing seven hundred workers.
But, unfortunately, all that work and all that investment had a very short life.
XIX century. Specifically to the 60s and to the essential figure of Laureano Figuerola. Born in the Barcelona town of Calaf in 1816, Figuerola was an eminent economist and lawyer who, in addition to his teaching work, served as Minister of Finance after the Revolution of 1868 and who has gone down in history as the brown beast of the nineteenth-century protectionists . During his tenure he established the peseta (Catalan word, by the way: peceta, diminutive of peça) as a national monetary unit and designed, together with Sanromá, the free-trade tariff reform that provoked the wrath of Catalan industrialists.
The reason was that Figuerola established in its Law of Tariff Bases that no imported article would have a tariff higher than 15%. The one that would become famous article 9 of said law established in its 5th base the project of arriving in a few years at the disappearance of the protective rights transforming them into purely fiscal ones.
But the Catalan industrialists, exerting their usual pressure on the Government and Parliament, obtained from their countryman Prim, Prime Minister, what were called extraordinary rights, that is, a rise to 35% for the products of their competition.

One of the first measures of the new government was to suspend the application of the 5th base of the Figuerola Law, the most hated by the Catalan protectionists. And two years later, in 1877, a tariff was approved that returned to mild protectionism, never entirely satisfactory for Catalan industrialists.
But the 5th base had only been suspended, not abolished; and when the liberal Sagasta reached the government in 1881, he put it back into effect. A new sulphidation of the protectionist industrialists, aggravated by a trade agreement with France that was not viewed favorably.
In view of the protests, the government withdrew and also enacted the Law of Commercial Relations with the Antilles (1882). It was designed to convert Cuba and Puerto Rico into tariff fortresses reserved for Spanish exporters, especially cereal producers and textiles, who, given the saturation of the internal market and the difficult exit to Europe due precisely to tariff policy, needed to secure a market Antillean to absorb its production.
Because if the nineteenth century was that of the extraordinary take-off of Catalan industry and commerce in the Peninsula, it was also in the overseas provinces, with which a very notable percentage of the economic and political protagonists related to and installed in them They were Catalan.

During the brief reign of Amadeo de Saboya (1871-1873) the Abolitionist Society presented a bill in the Senate to end slavery in the Antilles, a project that met with fierce opposition from the organized Hispanic-Ultramarine Circles in those same days to defend the interests of some Antillean owners fearful of the possible creation of a state of former slaves as had happened in Haiti. Along with the usual patriotic rhetoric and his offer of financial aid to quell the rebellion, one of his proposals was to secure the public sale of the confiscated properties to supporters of the insurrection.
The most influential circles, in addition to Madrid, were, not coincidentally, those of the main ports of overseas commerce: Cádiz, Bilbao, Santander and Barcelona. The most important of all, sponsored by the Fomento de la Producción Nacional, was from Barcelona, led by a long list of influential businessmen.
It was established in December 1871 in the salons of the Lonja. During the meeting, the Republican deputy Baldomero Lostau took the floor to affirm that Spain was not the motherland of Cuba, but his stepmother, after which he had to set foot on dusty to avoid problems with the other attendees.
The Indians participated in a very prominent way in the birth of important firms based in Catalonia such as the Compañía Trasatlántica – which, apart from being in charge of the transfer of Spanish troops to the Cuban wars, would obtain the concession of official maritime transport between Barcelona and Manila, monopolizing thus navigation between Spain and Asia through the newly opened Suez Canal—; Banco Hispano Colonial — founded in 1876 to finance the first war in Cuba, nineteen of whose twenty-nine members of the Board of Directors were from Barcelona and whose shareholders did a great deal because Cuba’s tax revenues, including customs income, were used in pay the interest on the credit; or the General Tobacco Company of the Philippines.

Until then, pre-nationalist and nationalist ideologues had shared the flag of protectionism with Catalan industrialists; remember the 1885 Grievance Memorial. And since the Cuban-Philippine war was nothing more than a deranged prolongation of colonial and protectionist policy whose main supports the government had found for decades in Catalonia, the nationalists remained, for the most part – not Thus, the collaborators of La Renaixença, gradually those of La Veu de Montserrat and those of some Catalan newspaper with a local scope, prudently on the sidelines while a struggle lasted, which they opposed, considering Cuba and Catalonia two territories subject to the same oppression. centralist and knowing that the whole of Catalan society, both for economic interests and for patriotism, would have been thrown at them. This is how Cambó admitted it in his Memoirs.
On April 17, 1898, in the midst of pre-war tension escalation, La Veu de Catalunya explained their fears and suggested their proposals:

«Come what may, Spain goes to the bottom; if any of the peoples that make it up wants to return to the heights, let them not fall asleep: loosen the ties and freely surrender to the two great instincts of life, that of conservation and that of perfection ».

It is no coincidence that separatisms, Catalan and Basque, were born and began to develop in those days. If Spain had found itself in a good political and economic situation, neither would have had an interest in the separation nor would have made excuses. The Catalan bourgeoisie, which had so much to lose in Cuba and the Philippines, had distinguished itself throughout the 19th century for its unconditional support for colonialist policy.
The abrupt political and affective change caused by the Disaster of ’98; the irruption of new political protagonists, the Regionalist League, to replace the old national parties; the close association of the Lliga with the interests of the Catalan industrial bourgeoisie; criticism of a centralist state perceived as ineffective and unsuccessful; the rejection of cañí Spain embodied in flamenquismo; and the contempt for a Castilian Spain depository of values foreign to Catalonia: the army against the loom.

The government intervention to industrially promote certain areas of Spain that received large investments to the detriment of other regions that saw the differences that had already dragged on since the 19th century deepened, what can be said that did not jump into the eyes at that time and that it does not continue jumping to the eyes today?
Focusing on Catalonia, which is what we are dealing with, INI’s investments had an enormous weight in its economy. Just remember SEAT, with 25,000 employees in the Free Trade Zone: the largest concentration of workers in Spain. Or the National Auto Truck Company (ENASA), manufacturer of Pegaso vehicles. And it could also be mentioned the Vandellós and Ascó nuclear power plants, the Ribagorzana National Hydroelectric Company (ENHER) or the Tarragona National Oil Company (ENTASA), the latter created during the stage in which the Claudio Boada from Barcelona was president of the INI .
Apart from the world of politics, thousands of Catalans were among the most influential bankers and businessmen to the point that it can be said that they largely directed the economic life of Franco’s Spain. And their descendants continue to populate many of the boards of directors of large Spanish companies today.

Enthusiasts were the Catalans with that Constitution that approved it by an overwhelming majority (91% of those from Barcelona, 90.4 of those from Girona, 91.9 of Lleida and 91.7% of Tarragona), higher than that of the whole of Spain (88.5%).
And one of the parties that has benefited the most from the system established by the Constitution has been Convergència i Unió, because thanks to it it has not only governed Catalonia for decades, but has also been the privileged protagonist of national governments through pacts of legislature with PP and PSOE .
But, at the same time that the Catalan nationalists ruled in Catalonia and throughout Spain thanks to that Constitution, they dedicated themselves to piercing it from within. That slogan, so repeated in transitional times, of «avui paciència, demà independence» made it very clear. Jordi Pujol, an exemplary Spanish from 1984 according to the ABC, made it even clearer in that conversation with the socialist minister Fernández Ordóñez collected by José Bono in his memoirs:

«Independence is a matter of the future, of the generation of our children. For this reason, those of the current generation have to prepare the way with three basic issues: language, flag and teaching.

The Catalan nation must be built, and for this, logically, the Spanish nation must first be destroyed. And the Catalan nationalists, of any of their variants, try to dynamite the Spanish nation and its Constitution, demanding that other Spaniards attend it without question. That is the right to decide.
But what is this about the right to decide? Well, the self-determination of all life, even if the self-determination of Catalonia is unsustainable. In short: neither Catalonia is a colony, nor has it been conquered, nor is it under foreign occupation, nor does Spain violate human rights in Catalonia. Furthermore, the only language rights violated in Catalonia are those of Spanish-speakers. And that, being brief and staying on the surface.
Spain steals from us.
But, let’s clarify. What does that Spain that steals from us consist of? Is it the State that steals from us? Or the other regions? Or the citizens? And what does it steal from us? How much does it steal from us? Where does he steal from us? How does it steal from us? Since when does he steal from us? …
But, ignoring the essential fact that those who pay the taxes are the people, not the territories, we cannot forget that the separatists try to sustain their economic complaint not only in recent events, but in an already old accumulation that would come to justify what they call historical debt. Because one of the most widespread hoaxes in our disjointed Spain of the Autonomies is that any mouse head believes that it is legitimate to claim, in the name of its home-rule reign (taifa), a historical debt that Spain would have to pay. What is interesting about the case is that, as everyone takes it for granted, no one is concerned with explaining it.
One of the funniest facets of all this is that Catalan nationalism, an ideology built in the 19th century by the sector of the wealthiest Catalan bourgeoisie who considered the abandonment of Spain in ’98 the best way to keep their money; parallel ideology born among the most conservative clergy who wanted to avoid altering an Edenic order threatened by the liberal and impious Spanish people, with language as a barrier; ideology derived in large part from the longing for the foral and estates organization of the Old Regime; whose founding program, the Bases de Manresa, advocated census and union suffrage; and whose founding myth is a war for the sacred rights of the throne and the altar embodied in a monarch of the highly imperial and catholic Habsburg dynasty, is today enthusiastically supported by a left that, at first, saw in it one more weapon for subvert the socioeconomic order through the subversion of the national order and, finally, it has become completely infected with it and considers it the height of progressivism.

It would be tragically unfair if the Pujols-Pujol axis ends up characterizing Catalonia in the 21st century. But, between what came out of the pen of the extravagant Pujols and what entered the wallet of the scoundrel Pujol, it is undeniable, unfortunately, that the image of the Catalans is not going through its best moment, when it has always been that of intelligent, honest and worker.
But there seems to be no remedy. The farce continues …

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