El Vuelo Del Águila. El Mundo Actual En Una Perspectiva Histórica — Jürgen Osterhammel / Die Flughöhe der Adler: Historische Essays zur globalen Gegenwart by Jürgen Osterhammel

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El trabajo ampliamente aclamado de Osterhammel también encuentra sus elaboraciones dignas de elogio en este volumen de ensayos. Desafortunadamente, en su idioma, Osterhammel a menudo cae en la vieja enfermedad académica alemana, el supuesto instituto y colegas científicos que quieren aclarar su altitud de vuelo con la propagación del alemán y todo tipo de términos técnicos. En el prefacio, advierte sobre los dos primeros capítulos teóricos, y de hecho: después de leerlos, solo eres parcialmente más sabio que antes. Después todo mejora mucho, pero no logra la soberanía anglosajona de los historiadores.
Un libro inteligente, consistentemente. Osterhammel dibuja líneas amplias y no se detiene cuando se trata de la autorreflexión crítica de la ciencia histórica frente a la tarea del pensamiento y la investigación globales. También proporciona ideas y sugerencias interdisciplinarias sobre la medida en que los procesos aún deben iniciarse y las formas que deben tomarse.
Desde una vista de pájaro, desde la que todavía se pueden ver los detalles, pero el panorama general, Jürgen Osterhammel aborda las tendencias de la globalización y rompe los mitos irreflexivos de que el desarrollo global siempre es bueno o siempre malo. Más bien, sigue las líneas de la historia que condujeron a esta globalización y, por lo tanto, también conllevan peligros y errores específicos. De esta manera, no hubiéramos abandonado nuestro enfoque en nuestra región limitada y, por lo tanto, queremos mantener la globalización fuera si también disfrutamos de sus frutos. Siempre se ha esperado que los imperios brinden protección y prosperidad, y el poder fue aceptado cuando lo hizo. La promesa del capitalismo de traer prosperidad y protección para todos tiene éxito para muchos que luego dan la bienvenida a la globalización como una oportunidad, pero grandes grupos de perdedores en todos los continentes trazan un rastro de desestabilización, que puede usarse con el uso de la fuerza para «proteger a los oprimidos» busca ser, con un resultado completamente fallido.
En un ensayo sobre el tigre, lo describe como una parábola para un mundo colonial: una vez una bestia devoradora de hombres, ahora es el rey de la selva en peligro de extinción, sus últimas copias están protegidas y las últimas casas reales.

Se habla a menudo de «la globalización» presuponiendo, tácitamente, que no hay duda al respecto de qué se quiere decir. La suposición, sin embargo, no es realista. En este artículo no se van a ofrecer nuevas definiciones; tan solo se plantea la propuesta —nada revolucionaria— de emplear la palabra «globalización», de vez en cuando, en plural.
El plural también desactiva el componente político del concepto: ya no es preciso declararse a favor o en contra de «la globalización». Sin embargo, no neutraliza la posibilidad de expresar juicios de valores.
El auge de la historia mundial y su rápida transformación en historia global, hacia finales del siglo XX, estuvieron muy asociados con un nuevo marco conceptual de las ciencias sociales: el de la globalización. Historiadores y científicos sociales reaccionaron ante la misma vivencia generacional: la impresión —compartida por cientos de millones de personas en todas las regiones del planeta— de que la vida social del planeta estaba cada vez más entretejida, y que el propio «mundo de la vida» (Lebenswelt).
El concepto de «globalización» —que surgió en la década de 1960, se fue difundiendo en los años ochenta y adquirió una popularidad exponencial en la última década del siglo— se asociaba a la condición presente del mundo y, en la mayoría de los autores que lo empleaban, no incluía ninguna narración histórica con una perspectiva a largo plazo (la longue durée, según suelen denominarla los historiadores). Sus adeptos no estaban interesados en conjeturas sobre la evolución social a lo largo de períodos extensos; tampoco ofrecían una interpretación económica del último medio milenio de la historia mundial, a diferencia de lo que había planteado la teoría de los sistemas-mundo, de Immanuel Wallerstein.
El plural «globalizaciones» se puede entender en un doble sentido: por un lado, como la descomposición de un megaproceso superior en múltiples procesos parciales de duración y alcance limitados; por otro lado, como la expansión con la que se abandona una vida local estática, un proceso experimentado de forma repetida a lo largo de la historia de la humanidad. Aquí nos ocuparemos de la segunda posibilidad. A este respecto es tema de valoración personal si las migraciones (masivas), la creación de sistemas de mercado, la conquista de imperios o la emergencia de comunidades religiosas a gran escala y otras formas de universalismo deben catalogarse bajo el lema de la «globalización». Aquí no existen criterios claros sobre qué definición conceptual resulta más o menos útil.

1. La «globalización», en singular, no pasará de ser un tópico y una fórmula retórica vacía mientras el término se limite a sugerir que cuanto existe en el mundo está interconectado con una densidad siempre creciente y experimenta interacciones mutuas cada vez más intensas. Solo revisten interés los descubrimientos sobre cómo funcionan tales conexiones e interacciones y en qué condiciones surgen o dejan de surgir.63
2. Estos conocimientos solo se pueden adquirir con relación a procesos de globalización específicos, que ocurren en ámbitos de existencia de lo más diversos. Esta clase de «globalizaciones de campo» (en plural) se dan en un número elevado, pero no ilimitado. Por ejemplo, en la actualidad casi todos los mercados se podrían globalizar, pero no todos se globalizan de hecho. Lo mismo cabe afirmar para las religiones, las lenguas y los distintos deportes y artefactos culturales (música pop, cine, etc.).
3. Las globalizaciones de campo no se desarrollan en paralelo y en sincronía; cada una sigue, en parte, su propia «lógica». En principio, debemos partir de la idea de que están desconectadas y solo en un segundo paso preguntarnos por las conexiones mutuas.
4. La feroz polémica escolástica sobre cuándo empezó «la globalización» resulta tan ingenua como cansina.64 Cuanto más general y menos exigente sea la definición del concepto de globalización, su campo de referencia lógica será más extenso y, por lo tanto, también será más amplio el espectro de fenómenos históricos que encajarán con la definición. En épocas anteriores cabía aplicar este concepto antes que nada a procesos de una expansión relativamente estable; de forma destacada, la formación de espacios de comercio remoto (por ejemplo, del tipo «Ruta de la Seda») e imperios dominados militarmente. Resulta adecuado calificarlos de «arcaicos», sin que esto presuponga un juicio de valor.
5. En el transcurso de los siglos, o incluso milenios, no ha estado desarrollándose un único proceso conjunto y superior de integración continua en el plano mundial (según el modelo de la «red humana»). Lo que se transformó, antes bien, fueron las condiciones de posibilidad de las globalizaciones de campo. La cifra de candidatos a la globalización ascendió. En este punto sistemático, el factor del desarrollo técnico, en particular de las tecnologías de la comunicación y del transporte, adquiere una importancia especial.
6. Las periodizaciones demasiado precisas de la globalización darán poco fruto; en cambio, una diferenciación aproximada de las épocas puede resultar útil. Debe entenderse como una yuxtaposición diacrónica de globalizaciones de distinto tipo; como un plural en el eje temporal, por lo tanto. Hacia 1500 d. C. —en realidad, durante todo el siglo XVI— se produjo un hito decisivo.
7. En general, y por encima tanto de los campos como de las épocas, podríamos defender tres hipótesis conductoras: (a) las globalizaciones ocurren en parte sin intención, y en parte de forma activa y deliberada.

El contexto histórico en el cual el cosmopolitismo surgió y prosperó era de corte imperial. En la Antigüedad europea, los espacios de experiencia en los que imaginar la solidaridad con lo distante y ajeno no los abrieron las polis, sino los grandes imperios. El imperio de Alejandro y su sucesor, el imperio romano, que movilizaron élites militares y administrativas a través de grandes distancias, aumentaron el eco de las ideas cosmopolitas de los filósofos de la estoa. Tras la fundación del imperio unificado, en 221 a. C., el pensamiento chino estableció como espacio de referencia el horizonte conocido del orbe terrestre (que parecía ser idéntico a la esfera de poder del emperador). Las lenguas —latín, griego o portugués, chino, sánscrito, árabe o persa— y las grandes religiones misioneras estaban arraigadas en imperios, irradiaron más allá de las fronteras de estos y, en su mayoría, sobrevivieron a su caída. Crearon ecúmenes culturales de una extensión muy vasta, siempre con su propio cosmopolitismo interior. Por último, donde floreció tal cosmopolitismo de lenguas, religiones y hábitos de consumo fue sobre todo en las grandes ciudades inscritas en sistemas imperiales.
En la Edad Moderna y en la Edad Contemporánea, el cosmopolitismo no fue, desde luego, una ideología para el dominio imperial de Europa. Sin embargo, la expansión europea creó vastas esferas de comunicación y puso a los europeos en contacto con una enorme cantidad de formas de vida desconocidas hasta el momento. Los viajeros atravesaron las fronteras de los imperios europeos para introducirse en China, África o el Pacífico. El cosmopolitismo del reconocimiento extrajo su material ilustrativo de las noticias y los relatos de estos viajeros. El colonialismo plenamente evolucionado del siglo XIX y principios del XX desarrolló entonces la idea —de concepción en parte cristiana y en parte laica— de la misión civilizadora.
El cosmopolitismo no es un regalo de un Occidente altivo al resto del mundo. Solo se mantiene fiel a su propia esencia conceptual cuando las voces de todo el mundo fluyen y se reúnen en la cosmópolis.

En lo esencial, en la historia de las ideas de la Edad Moderna y la Contemporánea han destacado cuatro modelos básicos.
1. Con independencia mutua, los pueblos y estados de Europa y Asia siguen modelos parecidos de trayectorias cíclicas. Sus respectivas «revoluciones» (un concepto que ya era habitual en el siglo XVII) son comparables, pero entre ellas no hay relación de causalidad. Se trata de «historias especulares» (mirrored histories) propias de la Edad Moderna; es un «modelo de paralelos».
2. Asia está agotada y estancada; Europa, en cambio, creativa y enérgica, se alza como el continente del progreso espiritual y material y con ello adquiere una primacía total que se materializa en parte en un dominio colonial directo sobre el resto del mundo: es el «modelo de la divergencia», surgido en el siglo XIX. En la variante de la teoría de la modernización, que presupone el fin del colonialismo, incluye la suposición de que los países asiáticos, en circunstancias favorables, pueden recuperarse y reducir su «atraso».
3. Europa y Asia aspiran a la prosperidad, pero solo los pueblos «jóvenes» y las fuerzas sociales progresistas de uno y otro continente hacen realidad esta misión histórica, y lo harán a expensas de los antiguos poderes imperialistas del statu quo. Este fue el modelo de los izquierdistas adeptos de la revolución mundial, así como de los geopolíticos de derechas y contrarios al orden de Versalles; ambos estaban unidos por la oposición al Occidente liberal-capitalista dirigido por Estados Unidos y Gran Bretaña.
4. Occidente se hunde, Asia se fortalece y está en vías de sustituir a Europa (u «Occidente») como número 1 del mundo: un «modelo de sucesión», que recuerda a la vieja translatio imperii o a la idea hegeliana del desplazamiento del centro de gravedad en la historia mundial.

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Osterhammel’s widely acclaimed work also finds his elaborations commendable in this volume of essays. Unfortunately, in their language, Osterhammel often falls for the old German academic disease, the alleged institute, and fellow scientists who want to clarify their flight altitude with the spread of German and all sorts of technical terms. In the preface, he warns about the first two theoretical chapters, and in fact: after reading them, you are only partially wiser than before. Afterwards, everything improves a lot, but it does not achieve the Anglo-Saxon sovereignty of historians.
A smart book, consistently. Osterhammel draws broad lines and does not stop when it comes to the critical self-reflection of historical science against the task of global thought and research. It also provides interdisciplinary ideas and suggestions on the extent to which processes should still be initiated and the forms that should be taken.
From a bird’s-eye view, from which details can still be seen, but the big picture, Jürgen Osterhammel addresses the trends of globalization and breaks the thoughtless myths that global development is always good or always bad. Rather, it follows the story lines that led to this globalization, and therefore also carry specific dangers and mistakes. In this way, we would not have abandoned our focus on our limited region and therefore we want to keep globalization out if we also enjoy its fruits. Empires have always been expected to provide protection and prosperity, and power was accepted when it did. Capitalism’s promise to bring prosperity and protection for all succeeds for many who then welcome globalization as an opportunity, but large groups of losers on all continents trace a trail of destabilization, which can be used with the use of Strength to «protect the oppressed» seeks to be, with a completely failed result.
In an essay on the tiger, he describes it as a parable for a colonial world: once a man-eating beast, he is now the king of the jungle in danger of extinction, his last copies are protected and the last royal houses.

There is often talk of «globalization» assuming, tacitly, that there is no doubt about what is meant. The assumption, however, is not realistic. No new definitions will be offered in this article; only the proposal – nothing revolutionary – arises to use the word «globalization», from time to time, in the plural.
The plural also deactivates the political component of the concept: it is no longer necessary to declare for or against «globalization». However, it does not neutralize the possibility of expressing value judgments.
The rise of world history and its rapid transformation into global history, towards the end of the 20th century, were closely associated with a new conceptual framework of the social sciences: that of globalization. Historians and social scientists reacted to the same generational experience: the impression – shared by hundreds of millions of people in all regions of the planet – that the social life of the planet was increasingly interwoven, and that the «world of life» itself »(Lebenswelt).
The concept of «globalization» – which emerged in the 1960s, spread in the 1980s, and gained exponential popularity in the last decade of the century – was associated with the present condition of the world and, in most authors They did not include any historical narrative with a long-term perspective (the longue durée, as historians often call it). Its adherents were not interested in conjectures about social evolution over long periods; Nor did they offer an economic interpretation of the last half-millennium of world history, unlike what Immanuel Wallerstein’s world-systems theory had put forth.
The plural «globalizations» can be understood in a double sense: on the one hand, as the decomposition of a superior megaprocess into multiple partial processes of limited duration and scope; on the other hand, like the expansion with which a static local life is abandoned, a process experienced repeatedly throughout the history of humanity. Here we will deal with the second possibility. In this regard, it is a matter of personal assessment whether (massive) migrations, the creation of market systems, the conquest of empires or the emergence of large-scale religious communities and other forms of universalism should be cataloged under the slogan of «globalization» . There are no clear criteria here as to which conceptual definition is more or less useful.

1. «Globalization», in the singular, will be no more than a topic and an empty rhetorical formula as long as the term merely suggests that everything that exists in the world is interconnected with an ever-increasing density and experiences increasingly intense mutual interactions. Only the findings on how such connections and interactions work and under what conditions arise or cease to arise are of interest.63
2. This knowledge can only be acquired in relation to specific globalization processes, which occur in the most diverse spheres of existence. These kinds of «field globalizations» (plural) occur in large numbers, but not unlimited. For example, today almost all markets could be globalized, but not all are actually globalized. The same is true for religions, languages, and various sports and cultural artifacts (pop music, film, etc.).
3. Field globalizations do not develop in parallel and in synchrony; each follows, in part, its own «logic.» In principle, we must start from the idea that they are disconnected and only in a second step ask ourselves about mutual connections.
4. The fierce scholastic controversy over when «globalization» began is as naive as it is tiresome.64 The more general and less demanding the definition of the concept of globalization becomes, the more logical its field of reference will be, and therefore it will also be the broader spectrum of historical phenomena that will fit the definition. In earlier times this concept could be applied first of all to processes of relatively stable expansion; notably, the formation of remote trade spaces (for example, of the «Silk Road» type) and militarily dominated empires. It is appropriate to describe them as «archaic», without this presupposing a value judgment.
5. Over the centuries, or even millennia, there has not been a single joint and superior process of continuous integration at the global level (modeled on the «human network»). What was transformed, rather, were the conditions of possibility of field globalizations. The number of candidates for globalization rose. At this systematic point, the factor of technical development, particularly of communication and transport technologies, acquires special importance.
6. The too precise periods of globalization will bear little fruit; instead, a rough differentiation of the times can be useful. It must be understood as a diachronic juxtaposition of globalizations of different types; as a plural on the temporal axis, therefore. Around 1500 AD C. – in fact, throughout the sixteenth century – there was a decisive milestone.
7. In general, and above both the fields and the times, we could defend three driving hypotheses: (a) globalizations occur partly without intention, and partly actively and deliberately.

The historical context in which cosmopolitanism emerged and flourished was of an imperial nature. In European Antiquity, the spaces of experience in which to imagine solidarity with the distant and alien were not opened by the cops, but by the great empires. Alexander’s empire and his successor, the Roman empire, which mobilized military and administrative elites over great distances, increased the echo of the cosmopolitan ideas of the stoa philosophers. After the foundation of the unified empire, in 221 a. C., Chinese thought established as a reference space the known horizon of the terrestrial orb (which seemed to be identical to the emperor’s sphere of power). The languages — Latin, Greek, or Portuguese, Chinese, Sanskrit, Arabic, or Persian — and the great missionary religions were rooted in empires, radiated beyond their borders, and mostly survived their fall. They created cultural ecums of a very vast extension, always with their own inner cosmopolitanism. Finally, where such cosmopolitanism of languages, religions and consumption habits flourished was especially in the great cities registered in imperial systems.
In the Modern Age and in the Contemporary Age, cosmopolitanism was not, of course, an ideology for the imperial domination of Europe. However, the European expansion created vast spheres of communication and brought Europeans in contact with a huge number of previously unknown forms of life. Travelers crossed the borders of European empires to enter China, Africa or the Pacific. The cosmopolitanism of recognition drew its illustrative material from the news and stories of these travelers. The fully evolved colonialism of the nineteenth and early twentieth centuries then developed the idea of a partly Christian and partly secular conception of the civilizing mission.
Cosmopolitanism is not a gift from a haughty West to the rest of the world. It only remains true to its own conceptual essence when voices from around the world flow and meet in the cosmopolis.

Essentially, in the history of Modern and Contemporary Age ideas, four basic models have stood out.
1. With mutual independence, the peoples and states of Europe and Asia follow similar patterns of cyclical trajectories. Their respective «revolutions» (a concept that was already common in the seventeenth century) are comparable, but there is no causal relationship between them. These are «mirrored histories» typical of the Modern Age; it is a «model of parallels».
2. Asia is exhausted and stagnant; Europe, on the other hand, creative and energetic, stands as the continent of spiritual and material progress and thereby acquires a total primacy that materializes in part in direct colonial rule over the rest of the world: it is the «model of divergence» , emerged in the 19th century. In the variant of modernization theory, which presupposes the end of colonialism, it includes the assumption that Asian countries, under favorable circumstances, can recover and reduce their «backwardness».
3. Europe and Asia aspire to prosperity, but only the «young» peoples and progressive social forces on either continent realize this historic mission, and they will do so at the expense of the former imperialist powers of the status quo. This was the model of the leftists, adepts of the world revolution, as well as the right-wing geopolitics and opponents of the Versailles order; both were united by opposition to the liberal-capitalist West led by the United States and Great Britain.
4. The West is sinking, Asia is strengthening and is in the process of replacing Europe (or «the West») as number 1 in the world: a «succession model», reminiscent of the old translatio imperii or the Hegelian idea of the displacement of the world. center of gravity in world history.

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