Cuentos Y Leyendas Japoneses — Anónimo / Japanese Tales And Legends by Anonymous

Excelente recopilación.
Y al final del libro se encuentran unos capitulos de los Guerreros Heike y su triste epopeya que me gusto mucho y no conocia, al que le guste la cultura japonesa, lo recomiendo.
Existe en Occidente la difundida creencia de considerar a los japoneses como una raza de meros imitadores sin personalidad propia para crear ninguna obra artística genuinamente suya. En el campo de la literatura, suele considerarse al Japón imitador de China; sobre este punto sería imposible negar el enorme papel que tuvo China en el desarrollo de la civilización japonesa, pero todo lo que el Japón tomó de China fue considerablemente modificado por el temperamento japonés fundamentalmente distinto del chino.
La literatura japonesa es predominantemente de tono aristocrático; fue frecuente en ciertas épocas que florecieran las literaturas cortesanas en los palacios de los emperadores y shogunes, donde prácticamente todos los nobles se entregaban al ejercicio de la composición poética. Ello no quiere decir que no haya habido baladas y narraciones populares.

Takamagahara

Antiguamente no había nada en el universo excepto materia espesa y descuidada. Era disforme y sin hechura y se extendía hasta el infinito. Todo era caótico. El cielo y la tierra estaban mezclados como la clara y la yema de un huevo que hubieran sido batidas a través de incontables siglos. Un eón seguía a otro eón sin variabilidad. Pero de repente empezó a tener lugar un gran trastorno y el universo silencioso e ilimitado se llenó de extraños ruidos. De la masa caótica se destacaron la luz y la porción más pura, que empezaron a elevarse y extenderse suavemente mientras que los elementos más pesados y densos comenzaban a juntarse gradualmente y a caer, hasta que hubo una clara separación entre las dos partes.
La masa de luz se movió decididamente hacia arriba. Se propagó y extendió hasta ponerse completamente encima de la sólida masa de abajo. Algunas partes de ella, como si dudaran y estuvieran inciertas en cuanto a lo que debían hacer, se juntaron para formar muchas nubes. Sobre ellas formaron un paraíso que fue llamado Takamagahara o llanura alta del cielo.
Entre tanto la masa más pesada estaba todavía hundiéndose y parecía tener grandes dificultades en adquirir forma. Pasó otro eón. Desde las alturas celestiales la masa parecía vasta y negra, y fue llamada tierra.
De esta manera llegaron a formarse el cielo de Takamagahara y la tierra, y con ellos la leyenda del nacimiento del Japón.

Izanagi e Izanami bajaron flotando hasta que alcanzaron el nivel del punto más alto del arco iris. Allí se detuvieron y, agarrados de la mano, se apearon de su nuboso carruaje para posarse sobre el colorido puente. Se pararon para ver dónde estaban y encima tenían el azul claro de la bóveda celeste; pero abajo todo era oscuro y estaba inmóvil. Al irse alejando de ellos la curva del arco iris y desaparecer en una densa niebla, dejaron de ver la flotante masa de tierra.
Así estuvieron un rato, mirando por encima de ellos, hasta que Izanagi dijo a Izanami:
—Debemos descender hacia la niebla de abajo, porque allí está la tierra y nuestro trabajo.
Cogidos de la mano y llevando Izanagi el venablo Amanonuboko, comenzaron a bajar por el puente del cielo. Pronto se vieron envueltos en una niebla tan espesa que todo a su alrededor era como la oscuridad de la noche. No obstante siguieron andando hasta que llegaron al final del puente. Aquí se detuvieron. Los dos estaban en un grave aprieto, ya que ninguno podía ver o sentir nada sino sólo el contacto de la mano del otro.
—Entonces, ¿es ésta la tierra?…
Aquí y ahora rompo nuestros lazos matrimoniales. Quiero que entiendas que ya no somos marido y esposa. He vuelto al mundo de la luz y te ruego que, sin decir una palabra más, tú también regreses a tu tierra de la muerte y la oscuridad.
En estos términos Izanagi impuso ja fórmula del divorcio para todas las futuras generaciones. Pero Izanami movió la cabeza y gritó airada:
—Si haces eso, amado esposo y hermano, me vengaré con todo mi poder y todos los días destruiré a mil personas de tu pueblo.
Con la misma pacífica voz de antes, Izanagi contestó:
—Amada esposa y hermana, si tú haces lo que dices, haré que todos los días mil quinientas mujeres den a luz un hijo cada una y vivirán mil quinientas personas fuertes.
Izanagi hizo una pausa, y luego añadió:
—Puesto que se han roto los lazos que nos ataban, desde ahora en adelante nuestros países estarán separados. Vuelve con la debida sumisión a tu tierra de la muerte, y deja que yo cumpla en paz con mi tarea de crear el mundo vivo.
A Izanami no le quedaba ya nada por decir. Agachó la cabeza, aceptó su destino y retornó sumisa al Hades. Desde aquel momento y para siempre, todos los lazos que había entre ellos y sus mundos quedaron rotos.

El mar se tiñó de rojo con la sangre de los muertos y el humo procedente de los barcos ardiendo se elevaba en negras nubes oscureciendo el cielo azul. Los soldados que habían escapado se habían cogido a los restos de sus barcos y eran arrastrados por la rápida corriente de los estrechos, pero sólo para encontrarse con la crueldad de la caballería del Genji que les esperaba y que durante toda la batalla habían estado vigilando desde las playas de Dan no Ura. De los últimos navíos del Heike que todavía no se habían hundido, salía el sonido de las oraciones de tos que se suicidaban arrojándose a las espumosas aguas. Así ocurrió por ejemplo con Tomomori y sus camaradas. En cambio Munemori, el último que saltó, estaba sobrecogido de terror. En ese terrible momento en que se le exigía morir como acto supremo de fidelidad al Heike, la naturaleza débil y vacilante de Munemori se apoderó de él. Casi sin saber lo que hacía, se revolvió y empezó a nadar desesperadamente. Al divisar un remo que salía de uno de los barcos del Genji se agarró desvergonzadamente a él olvidándose de todo menos del terror a la
muerte. Fue izado a la cubierta y hecho prisionero, y algunos días más tarde era degollado ignominiosamente en un camino desierto que salía de la capital.
Así fue como el poderoso clan del Heike encontró la ruina y desapareció. Esto ocurría a tos cuatro años de la muerte de su más grande dirigente Kiyomori, bajo cuyo gobierno había llegado a la gloria. Echado a perder soto por la última cobardía de un hombre, tuvo un final lleno de heroísmo, sacrificio y pesadumbre que será contado en narraciones y cantado siempre por los poetas de la tierra de los hijos de los dioses.

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Excellent compilation.
And at the end of the book there are some chapters of the Heike Warriors and their sad epic that I really liked and did not know, who likes Japanese culture, I recommend it.
There is a widespread belief in the West that the Japanese are regarded as a race of mere imitators with no personality of their own to create any truly artistic work of their own. In the field of literature, Japan is often seen as an imitator of China; On this point it would be impossible to deny the enormous role that China had in the development of Japanese civilization, but everything that Japan took from China was considerably modified by the Japanese temperament fundamentally different from the Chinese.
Japanese literature is predominantly aristocratic in tone; It was frequent in certain times that courtly literatures flourished in the palaces of emperors and shoguns, where practically all the nobles indulged in the exercise of poetic composition. This does not mean that there have been no popular ballads and narrations.

Takamagahara

In ancient times there was nothing in the universe except thick and neglected matter. It was misshapen and unmade and stretched to infinity. Everything was chaotic. Heaven and earth were mixed like the white and the yolk of an egg that had been beaten through countless centuries. An eon followed another eon without variability. But suddenly a great upheaval began to take place and the silent and limitless universe was filled with strange noises. From the chaotic mass the light and the purest portion stood out, which began to rise and spread smoothly while the heavier and denser elements began to gradually come together and fall, until there was a clear separation between the two parts.
The mass of light moved decidedly upward. It spread and spread to completely lay on top of the solid mass below. Some parts of it, as if uncertain and uncertain as to what to do, came together to form many clouds. Upon them they formed a paradise that was called Takamagahara or high plain of heaven.
Meanwhile the heaviest mass was still sinking and seemed to have great difficulty in taking shape. Another eon passed. From the heavenly heights the mass seemed vast and black, and was called earth.
In this way the heaven of Takamagahara and the earth came to be formed, and with them the legend of the birth of Japan.

Izanagi and Izanami floated down until they reached the level of the highest point of the rainbow. There they stopped and, holding hands, got out of their cloudy carriage to perch on the colorful bridge. They stopped to see where they were and on top were the light blue of the celestial vault; but below everything was dark and motionless. As the rainbow curve receded from them and disappeared into a dense fog, they stopped seeing the floating land mass.
They stayed like that for a while, looking over them, until Izanagi said to Izanami:
«We must descend into the mist below, for there is the land and our work.»
Holding hands and carrying Izanagi the Amanonuboko spear, they began to descend the bridge of heaven. Soon they were enveloped in a fog so thick that everything around them was like the darkness of the night. However, they kept walking until they reached the end of the bridge. Here they stopped. They were both in serious trouble, as neither could see or feel anything but only the touch of the other’s hand.
«So is this the land?»
Here and now I break our marriage ties. I want you to understand that we are no longer husband and wife. I have returned to the world of light and I beg you, without saying another word, you too return to your land of death and darkness.
In these terms, Izanagi imposed the divorce formula for all future generations. But Izanami shook her head and shouted angrily:
«If you do that, beloved husband and brother, I will take revenge with all my power and every day I will destroy a thousand people in your town.»
In the same peaceful voice as before, Izanagi replied:
«Beloved wife and sister, if you do what you say, I will make every day 1,500 women give birth to one child each and 1,500 strong people will live.»
Izanagi paused, then added:
“Since the ties that bound us have been broken, from now on our countries will be separated. Return with due submission to your land of death, and let me carry out my task of creating the living world in peace.
Izanami had nothing left to say. She bowed her head, accepted her fate, and returned submissively to Hades. From that moment and forever, all the ties between them and their worlds were broken.

The sea was stained red with the blood of the dead and the smoke from the burning ships rose in black clouds darkening the blue sky. The escaped soldiers had seized the wreckage of their ships and were swept away by the rapid current of the straits, but only to meet the cruelty of the Genji cavalry that awaited them and that throughout the battle they had been watching from the beaches of Dan no Ura. From the last Heike ships that had not yet sunk, came the sound of coughing prayers that killed themselves by throwing themselves into the foamy waters. This was the case, for example, with Tomomori and his comrades. Instead Munemori, the last to jump, was overwhelmed with terror. At that terrible moment when he was required to die as a supreme act of fidelity to the Heike, Munemori’s weak and hesitant nature seized him. Almost without knowing what he was doing, he stirred and began to swim desperately. Spotting an oar emerging from one of the Genji’s ships, she shamelessly clung to him, forgetting everything but terror of
death. He was hoisted to the deck and taken prisoner, and a few days later he was ignominiously beheaded on a desert road that left the capital.
This was how the powerful Heike clan found ruin and disappeared. This occurred four years after the death of its greatest leader, Kiyomori, under whose rule he had reached glory. Spoiled soto by the last cowardice of a man, it had an ending full of heroism, sacrifice and regret that will be told in narrations and always sung by the poets of the land of the children of the gods.

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