Mañana, Cuando Yo Muera — Ángel García / Tomorrow When I Die by Ángel García (spanish book edition)

E4B8C5A5-6D5A-4AD4-9D9C-4D4DCD6375EB
Ha sido muy interesante conocer, gracias a esta novela, la última parte de la vida de Ángel Ganivet. Muy bien escrita, fácil de leer, un lenguaje muy cuidado y mucha poesía. Un acierto su lectura.
Esta novela, que descubre al verdadero Ganivet, cuenta las andanzas del escritor granadino por San Petersburgo, Helsinki y Riga, su extraña vida diplomática, su cosmopolitismo, su tormentosa vida amorosa y su periodo de mayor creatividad, en un momento especialmente delicado para la historia de Europa. Fruto de la perdida de las colonias, de su soledad en tierras bálticas y de su sífilis, el escritor decidió quitarse la vida de manera drástica.

En España se leen los autores y las obras que interesan, no las mejores. Por eso el único libro que se conoce de Ganivet es su soso Idearium español, que la crítica franquista consideró fundamental, y por eso se asoció en los manuales de literatura los detalles morbosos del final de su vida con el desastre del 98, el dolor de España y todas esas vainas que a Ganivet le interesaron tan poco.
¿La poesía francesa de Ganivet? No tenía ni idea de que hubiera escrito poemas en francés.
Al leer esos poemas franceses, me di cuenta de que había dentro un mundo fascinante de flores raras, con amores intensos y sombríos. Y lo que empezó siendo un trabajo rutinario de traducción y de filología, un compromiso que había que solucionar pronto para una conferencia de tres cuartos de hora o del tres al cuarto, se convirtió en una obsesión. Desde entonces, Ganivet me atrapó, estudié minuciosamente los detalles de sus últimos años de vida en Helsinki y en Riga.

Ángel Ganivet procedía siempre de la misma manera. Viajaba solo y de forma discreta. Cuando llegaba a una ciudad en la que iba a pasar algunos días, lo primero que hacía era vestirse de forma impecable, comprar un periódico local y sentarse a leerlo en algún café. Las noticias de política nacional o internacional.
Siempre viajaba pendiente de las prostitutas. En cualquier sitio en que estuviera, en los lugares de sus viajes y sus trabajos siempre era sensible a esas obreras del sexo, que la burguesía, cuando ya las había gozado, arrojaba a la cuneta, para que algunos novelistas como Galdós, como Zola, o como López Bago y Baroja se interesaran por ellas, como un médico se interesa por la evolución de una enfermedad. Por otra parte, siempre que veía a una mujer, en cualquier sitio, de cualquier edad, de cualquier condición civil o social, Ángel Ganivet tenía la obsesión de imaginársela como si fuera una prostituta y de desnudarla con la mente, adivinando los roces secretos de sus formas y sus prendas de vestir e imaginándose sus gestos de placer. De cualquier ciudad nueva a donde llegara, le interesaban los burdeles, su localización, su funcionamiento, el tipo de mujeres que había dentro. Y no sabía vivir al margen de esas fantasías.
Lo que Ganivet buscaba en el cuerpo de las mujeres era el secreto que guardaban dentro.

A Ganivet la nieve le acompañó desde siempre. Se crio a las faldas de una montaña imponente, Sierra Nevada, que desde pequeño le enseñó todos los matices sutiles de la nieve. La nieve rosada del alba, y la brillante de la tarde, cuando el sol del ocaso destella en los neveros. La nieve de la ventisca estampándose de lado en las bardas de los caminos, la madera de los carruajes o el paño de los gabanes y las capas. La nieve sorda y mansa, cayendo bajo el cielo gris oscuro. La nieve insolente de los días de sol, cuando heló de madrugada bajo la claridad de las estrellas. Luego en Madrid, en París, en Amberes, se acostumbró a ella de forma diferente. Mientras más al norte, más feroz, con menos suavidades y matices.
Ángel Ganivet tomó posesión de su nueva plaza de cónsul de España en Helsingfors el 1 de febrero de 1896. Aquí la gente ama el progreso y, a su manera, a pesar de depender de la administración de los zares, tiene alma republicana. Creen que la cosa pública es de ellos y miran al rey ruso de lejos, como personaje extranjero, de adorno, que no pinta nada, sin ser partidarios ni enemigos de él. El país de mi padre empezó a prosperar cuando quitaron de en medio a los Borbones y a todos los parásitos de la nobleza que compadreaban con ellos. No hay cosa más higiénica que la guillotina. Y en España debería pasar lo mismo. La república es el presente necesario de los pueblos prósperos.

Tras un mes y medio en Helsinki, Ganivet no hablaba apenas con hombres ni se relacionaba con los integrantes del cuerpo diplomático de otros países. Solo hablaba con mujeres cercanas y cortejaba insistentemente y sin éxito alguno aparente a su joven profesora de sueco, Mascha Diakovsky.
Pero un día de finales de marzo, Mascha quiso presentar a Ganivet en la sociedad de sus amigos. Se trataba de mostrarles las extravagancias de su nuevo alumno, que ella exhibiría como un espécimen de parque zoológico. Si algo valoraba Mascha Diakovsky en un hombre era la inteligencia, la sensibilidad, y también la posición social. El cuerpo, la belleza o la fuerza física le importaban poco, porque ningún hombre podía compararse con ella en ese aspecto.
Cuando Ganivet tenía en sus brazos el cuerpo desnudo de Mascha, sentía que no podía hacer allí lo que había hecho en tantos otros cuerpos. ¿Cómo poner en la tierra blanda de esa mujer rubia la semilla del dolor y del sufrimiento? Y como la amaba tanto, no quiso emponzoñarla y se resignó a que sus encuentros siempre fueran ese deseo mortificante sin culminación posible.
Amelia Roldán era para Ganivet la sola mujer que ocupaba el lugar de todas. Sabía ser la madre en los momentos de desconsuelo —cuánto echó de menos Ganivet la falta de su madre—, la consejera en las indecisiones, la prostituta más impúdica en los momentos de desenfreno amoroso, la persona de confianza para las cosas incontables y la compañera imprescindible del trajín cotidiano. Sabía poner calma en sus arrebatos y fiebres, paciencia y comprensión en su desorden, dulzura y contención en su violencia. Cuando miraba sus ojos, sabía Amelia lo que él necesitaba, y se apresuraba a poner el remedio, antes casi de que surgiera la necesidad. Eran celosos porque sabían que el otro, en su alejamiento, era infiel. Era el de ellos uno de esos amores inverosímiles, en un estado continuo de conflicto. Un loco amor, que se necesita y se rechaza. Los hijos, además, unieron a esta extraña pareja. La niña chica, muertecita y sola en aquel cementerio cercano a París; y Ángel Tristán. Cuando estaban juntos, Ganivet reprendía a Amelia y le pedía que no usara ropa tan ceñida; ella entonces se ponía más provocativa todavía.
Mascha se sintió avergonzada, traicionada, herida en su intimidad. Sospechaba que Ganivet era un excéntrico, que su inestabilidad procedía de su gran talento, pero no pensaba que era un mentiroso tan perfecto. ¿Cómo se puede ocultar tan bien la existencia de una familia, de una mujer, de un hijo? Lamentó haberse entregado a un ser tan falso. ¿Y ella era esa mujer fría e inmutable, que tanto le reprochaba él en sus poemas? Con esa traición sintió un agudo dolor que le recordó las tragedias de su vida, su orfandad de padre, su situación familiar con urgencias no satisfechas… su hermosura desaprovechada en las manos de un hombre aún más frío que ella, y más cruel.

En la noche callada navegamos,
Con ansia nos besamos;
De lo inmenso nos llena la amargura,
Y en el mar sepultamos
Un amor que no más que un beso dura.

En esos cinco versos, Ganivet había condensado todo lo que se puede decir del amor: un amor inefable que se perpetúa en el límite de un beso, que acaba sepultado en el mar. Un amor como el que ella ha soñado siempre tener, que comienza con el contacto entre dos cuerpos y termina diluyéndose en la nada. Porque Mascha, que a veces se siente seca y estéril, incapaz de dar vida bajo su apariencia de frialdad, añora continuamente ese amor insoportable que la eleve y la remueva desde dentro.

Su cerebro estaba infectado por el microorganismo de la sífilis. Empezó recetándole abundante yoduro potásico, para pasar en una segunda fase al bismuto. Pero sobre todo le ordenó que saliera a andar todos los días, que se bañara abundantemente en la sauna o en el mar y que no dejara de tener vida social. Había que agilizar el cuerpo lo más posible.
Ganivet se enfrentaba a una enfermedad misteriosa, con estados de euforia y de depresión, con alucinaciones y delirios, con manías persecutorias y obsesiones, con temblores y depresiones que lo tumbaban algunos días en la cama sin poder casi incorporarse.

A Ganivet le faltaban tres o cuatro días para irse a España, cuando se le ocurrió una de esas ideas que lo hacían un hombre respetado por los otros. Cogió un abrigo viejo y lo rompió, maltratándolo hasta que quedó hecho jirones. Hizo lo mismo con unos pantalones y con una camisa que tenía, se puso unas botas sucias, se revolvió el pelo, se afeitó y se puso una barba postiza blanca y cana que le había prestado su amiga Hanna del anterior carnaval. Ataviado de esa guisa, se levantó temprano y caminó por la Kaserngatan hasta el Paseo de la Esplanadi. Allí se sentó en uno de los bancos, y esperó hasta divisar la figura diminuta de Mascha, que solía mostrarse y divagar bajo la luz de mayo casi todas las mañanas frente a los escaparates de las tiendas laterales, sola o con su amiga Victoria.
Sentado en el banco, con ese disfraz de mendigo, con el cuello alzado del abrigo para que no lo reconocieran, sintió que unos ojos le acechaban. Miró a todos los lados y creyó ver una sombra fugitiva. Nadie. Siguió esperando, hasta que creyó reconocer la figura pequeña de Mascha, que venía de la misma calle por la que él había entrado en el paseo. Se levantó y se anticipó a la puerta de una tienda de ropa de la Norrassplanadgatan, por donde sabía que ella pasaría, arrodillándose, y empezó a sacudir en la mano unas pocas monedas, bajando la cabeza entre las solapas del abrigo. Era patético ver a un mendigo con esa ropa de invierno a finales de mayo. Cuando Mascha pasó por delante, levantó las manos con la cabeza hacia el suelo y le pidió una limosna en sueco, que era el idioma que ella le había estado enseñando.
La misma calle por la que él había entrado en el paseo. Se levantó y se anticipó a la puerta de una tienda de ropa de la Norrassplanadgatan, por donde sabía que ella pasaría, arrodillándose, y empezó a sacudir en la mano unas pocas monedas, bajando la cabeza entre las solapas del abrigo. Era patético ver a un mendigo con esa ropa de invierno a finales de mayo. Cuando Mascha pasó por delante, levantó las manos con la cabeza hacia el suelo y le pidió una limosna en sueco, que era el idioma que ella le había estado enseñando.

Cuando Ganivet llegó a Riga, ya estaba muerto. Sus hermanas habían vuelto a España, a Madrid, donde se quedaron a vivir con su hermano Francisco. Amelia había llegado a Barcelona con el hijo, estableciéndose de nuevo en casa de su madre. No quiso que nadie lo acompañara en Riga. El invierno allí era más corto que en Finlandia, pero más cruel, sobre todo los primeros meses, con temperaturas más continentales, superándose en muchas ocasiones los veinte grados bajo cero. El niño no podía criarse en ese clima tan severo: excelente excusa para estar solo. No quería testigos de su acabamiento. Y Amelia, que estaba pensando en sus clases de canto y en la templanza de Barcelona, opuso algo de resistencia a la separación, pero no mucha.
El mes de agosto lo pasó Ganivet resolviendo infinidad de problemas: la aduana se quedó durante algunos días con sus muebles, parte de los papeles del consulado también estaban perdidos: los funcionarios letones eran como los españoles: todo retrasos, faltas de orden y puntualidad, pequeñas picarescas y sobornos cotidianos. La seguridad en las calles y en los negocios no existía. Echaba de menos la eficiencia y el orden de los finlandeses. Además, Riga era una ciudad enorme, caótica, de más de trescientas mil almas, difícil de abarcar.
Ganivet se llama a sí mismo Pío Cid y se representa como un ser de raro talento, creador de más de veinte inventos fundamentales para la historia de la humanidad, que no quiere hacer públicos porque su humildad le impide cambiar el curso de la historia. Con Amelia también hace justicia: Amelia es Martina. Pío Cid aparece en la novela casado con ella, cosa que no quiso hacer en vida, y tiene el detalle sensible de resucitar a su hijita Natalia, muerta a poco de nacer.
Para eso sirve la literatura: para ajustar cuentas, para reinventar la realidad, para cerrar bien las puertas y apagar bien las luces antes de irse uno definitivamente. Y para alimentar la insana obsesión de un amor sin presente ni futuro.

A Francisco Navarro Ledesma.
Riga, 27 de noviembre de 1898

PARA MI HIJO

Por si esta declaración fuera necesaria, hago aquí el resumen de mis ideas y de mis deberes:

1.º No he creído nunca en ninguna religión positiva y mis sentimientos religiosos se reducen a un misticismo puramente personal. Pero respeto todas las religiones y jamás he cometido acto alguno contra ellas.

2.º Mi idea fundamental en filosofía es que la vida nace de la libertad o de la tendencia del espíritu a romper sus prisiones materiales […].

3.º Mis ideas prácticas sobre la vida están expuestas en mi novela Los trabajos de Pío Cid […].

4.º En psicología, pienso que el hombre es un embrión del psícope […].

6.º Fuera de estos puntos de vista, lo demás tiene poca importancia para mí: vestir, comer, relaciones sociales, etc., etc. se me importa menos que nada. Hay una tendencia natural en el hombre a hacer el bien y hay un goce en hacerlo. Pero la mayor parte de las veces el bien resulta mal a la larga, por no haberse fijado bien en los cambios que las cosas toman con el tiempo. Y acaso lo más fecundo que haya en el mundo sea la sangre.

7.º No recuerdo haber hecho mal a nadie, ni siquiera en pensamiento; si hubiera hecho algún mal, pido perdón.

8.º No he tenido nunca más que lo puesto y no he querido ni quiero ni querré tener nada, porque me parece tonto perder el tiempo en la administración de bienes materiales.

9.º He tenido varios amoríos y un amor más noble a Amelia, a la que he dado muy malos ratos con mis necedades.

10.º He tenido dos hijos: Natalia, que está enterrada en Saint Léger lès Domart (Francia), y Ángel, que vive en Madrid; ambos son legítimos por mi voluntad. Tengo tres hermanos, muchos parientes y pocos y buenos amigos.

Ángel Ganivet

* Ángel Ganivet fue enterrado el día 3 de diciembre de 1898 en el cementerio católico de San Miguel, tras la misa celebrada en la iglesia parroquial católica de Nuestra Señora de los Dolores en Riga, situada en la plaza del Castillo. Ofició el funeral el cura vicario Tabenski. Su cuerpo fue embalsamado previamente. Los periódicos locales Düna Zeitung y Rigache Rundschau hablaron de muerte repentina. Pero el cura párroco de la iglesia católica, escribió en su certificado de defunción: El 29 de noviembre falleció en Riga, ahogado, en estado irresponsable, Ángel Ganivet y García, hijo de (en blanco). Al funeral asistieron, aparte de Amelia Roldán y su hijo Ángel Tristán, el general M. D. Ssurowzow, gobernador civil de la provincia de Livonia; el jefe de la policía, consejero Gertik; empleados del consulado español y otros miembros de la colonia española de Riga; los cónsules sueco y alemán, y el doctor Von Hacken, con su hermana Margarita. En la lápida ponía, por mandato de una de sus hermanas: Ángel Ganivet García. XXIX Novembris MDCCCXCVIII. R. I. P.
Amelia Roldán desembarcó el 29 de noviembre a las tres de la tarde. Como no la esperaba nadie en la terminal del muelle se dirigió al consulado español, en donde estuvo esperando a su «marido» hasta las diez de la noche, hora en que llegaron a contarle lo sucedido el doctor Ottomar Von Hacken y el cónsul alemán, el barón Von Bruck. Su violenta reacción nerviosa a la noticia requirió de los cuidados del doctor alemán, en cuya casa se alojó con su hijo los días necesarios hasta que acabaron los funerales y recuperó la salud imprescindible para volver a España, teniendo en cuenta que estaba embarazada. El 24 de julio de 1899 dio a luz en su casa de la calle Aribau de Barcelona a una niña, más de doce meses después de ver vivo a Ángel Ganivet por última vez; la niña se llamó Maria Luisa, con los inverosímiles apellidos de Ganivet Roldán.
Los hermanos de Ganivet nunca quisieron saber nada más de Amelia, a la que responsabilizaron de la muerte y las desgracias de su hermano, aunque sí tuvieron relación con Ángel Tristán, que fue hijo de Ganivet.

Responder a dos preguntas fundamentales: la primera se la preguntó el periodista Domínguez Rodiño en enero de 1921 al doctor Ottomar Von Hacken: ¿Se habría salvado Ganivet de haberlo recluido al instante en un manicomio? Y su respuesta fue: No. Su mal era incurable. Tal vez se hubiese podido evitar el trágico fin, pero para su dolencia no había ya remedio humano. La segunda me la preguntó Claes Von Heirot, el nieto de Mascha Diakovsky, cuando hablé con él la primera vez: ¿Qué influencia pudo tener mi abuela en el suicidio de Ganivet? Pero no voy a decirte lo que le contesté, lector. Debes ser tú quien saque la conclusión.

—————

Thanks to this book, it has been very interesting to know the last part of Ángel Ganivet’s life. Very well written, easy to read, a very careful language and a lot of poetry. A success the reading.
This novel, which discovers the true Ganivet, tells of the Granada writer’s wanderings around Saint Petersburg, Helsinki and Riga, his strange diplomatic life, his cosmopolitanism, his stormy love life and his period of greatest creativity, at a particularly delicate moment for history of Europe. As a result of the loss of the colonies, his loneliness in the Baltic lands and his syphilis, the writer decided to take his life drastically.

In Spain, the authors and works of interest are read, not the best. That is why the only known book of Ganivet is his bland Spanish Idearium, which Francoist criticism considered fundamental, and that is why the morbid details of the end of his life were associated in the literature manuals with the disaster of 98, the pain of Spain and all those pods that Ganivet was so little interested in.
Ganivet’s French poetry? I had no idea that he had written poems in French.
As I read those French poems, I realized that there was a fascinating world of rare flowers within, with intense and somber loves. And what started out as routine translation and philology work, a compromise that had to be settled soon for a three-quarter hour or three-to-quarter conference, turned into an obsession. Since then, Ganivet caught me, I studied carefully the details of his last years of life in Helsinki and in Riga.

Ángel Ganivet always proceeded in the same way. He traveled alone and discreetly. When he arrived in a city where he was going to spend a few days, the first thing he did was to dress impeccably, buy a local newspaper and sit down to read it in a café. The news of national or international politics.
He always traveled pending the prostitutes. Wherever he was, in the places of his travels and jobs, he was always sensitive to these sex workers, which the bourgeoisie, when they had already enjoyed them, threw into the gutter, so that some novelists like Galdós, like Zola, or how López Bago and Baroja were interested in them, how a doctor is interested in the evolution of a disease. On the other hand, whenever he saw a woman, anywhere, of any age, of any civil or social condition, Ángel Ganivet had the obsession to imagine her as if she were a prostitute and to undress her with his mind, guessing the secret friction of their shapes and clothing and imagining their gestures of pleasure. Whatever new city he came to, he was interested in brothels, their location, how they function, the type of women inside. And he did not know how to live on the margins of those fantasies.
What Ganivet was looking for in the women’s bodies was the secret they kept inside.

Snow was always with Ganivet. He grew up on the slopes of an imposing mountain, Sierra Nevada, which from a young age taught him all the subtle nuances of snow. The pink snow of dawn, and the brilliant afternoon, when the sunset sun gleams in the snowfields. The snow of the blizzard stamping sideways on the fences of the roads, the wood of the carriages or the cloth of the overcoats and the capes. The dull and gentle snow, falling under the dark gray sky. The insolent snow of sunny days, when it froze at dawn under the clarity of the stars. Then in Madrid, in Paris, in Antwerp, he got used to it differently. The further north, the fiercer, with less smoothness and nuances.
Ángel Ganivet took possession of his new post of consul of Spain in Helsingfors on February 1, 1896. Here people love progress and, in their own way, despite depending on the administration of the tsars, they have a republican soul. They believe that the public thing is theirs and they look at the Russian king from a distance, as a foreign character, of decoration, who does not paint anything, without being supporters or enemies of him. My father’s country began to prosper when they removed the Bourbons and all the parasites of the nobility who were sympathizing with them. There is nothing more hygienic than the guillotine. And in Spain the same should happen. The republic is the necessary present of the prosperous peoples.

After a month and a half in Helsinki, Ganivet hardly spoke to men nor did he associate with members of the diplomatic corps from other countries. He only spoke to close women and courted his young Swedish teacher, Mascha Diakovsky, insistently and without apparent success.
But one day in late March, Mascha wanted to introduce Ganivet to his friends’ society. It was about showing them the extravagances of her new student, which she would exhibit as a zoo specimen. If Mascha Diakovsky valued something in a man, it was intelligence, sensitivity, and also social position. Body, beauty, or physical strength mattered little to her, for no man could compare with her in that regard.
When Ganivet held Mascha’s naked body in his arms, he felt that he could not do there what he had done in so many other bodies. How to put in the soft earth of that blond woman the seed of pain and suffering? And because he loved her so much, he did not want to poison her and resigned himself to the fact that their encounters were always that mortifying desire without possible culmination.
Amelia Roldán was for Ganivet the only woman who took everyone’s place. She knew how to be the mother in moments of grief — how much Ganivet missed her mother’s lack — the counselor in indecisions, the most impudent prostitute in moments of love debauchery, the person of trust for countless things and the companion essential of the daily bustle. He knew how to put calm in his outbursts and fevers, patience and understanding in his disorder, sweetness and restraint in his violence. When she looked into his eyes, Amelia knew what he needed, and she hurried to put the remedy on, almost before the need arose. They were jealous because they knew that the other, in his distance, was unfaithful. Theirs was one of those implausible loves, in a continuous state of conflict. Crazy love, which is needed and rejected. The children also united this strange couple. The girl child, dead and alone in that cemetery near Paris; and Ángel Tristán. When they were together, Ganivet reprimanded Amelia and asked her not to wear such tight clothing; she then became even more provocative.
Mascha felt ashamed, betrayed, hurt in her privacy. He suspected that Ganivet was eccentric, that his instability stemmed from his great talent, but he didn’t think he was such a perfect liar. How can the existence of a family, a woman, a child be so well hidden? He regretted giving himself to such a false being. And was she that cold and immutable woman, who he reproached him so much in his poems? With that betrayal she felt a sharp pain that reminded her of the tragedies of her life, her father’s orphanhood, her family situation with unsatisfied urgencies … her wasted beauty in the hands of a man even colder than she, and more cruel.

In the quiet night we sail,
We eagerly kiss;
Bitterness fills us with the immense,
And in the sea we bury
A love that lasts no more than a kiss.

In these five verses, Ganivet had condensed all that can be said of love: an ineffable love that is perpetuated in the limit of a kiss, that ends up buried in the sea. A love like the one she has always dreamed of having, which begins with the contact between two bodies and ends by dissolving into nothing. Because Mascha, who sometimes feels dry and sterile, incapable of giving life under her cold appearance, continually longs for that unbearable love that elevates and removes her from within.

His brain was infected with the syphilis microorganism. He began by prescribing abundant potassium iodide, to pass bismuth in a second phase. But above all, he ordered him to go out for a walk every day, to bathe abundantly in the sauna or the sea and not to stop having a social life. The body had to be streamlined as much as possible.
Ganivet was facing a mysterious illness, with states of euphoria and depression, with hallucinations and delusions, with persecutory manias and obsessions, with tremors and depression that would lie him down for a few days in bed, almost unable to sit up.

Ganivet had three or four days to go to Spain, when he came up with one of those ideas that made him a man respected by others. He took an old coat and tore it, mistreating it until it was in tatters. He did the same with some pants and a shirt he had, he put on dirty boots, ruffled his hair, shaved and put on a white and gray false beard that his friend Hanna had lent him from the previous carnival. Dressed in that guise, he got up early and walked through the Kaserngatan to the Paseo de la Esplanadi. There she sat on one of the benches, and waited until she spotted the tiny figure of Mascha, who used to show and ramble in the May light almost every morning in front of the windows of the side stores, alone or with her friend Victoria.

Sitting on the bench, in that beggar costume, with the collar of his coat raised so they wouldn’t recognize him, he felt eyes stalking him. He looked everywhere and thought he saw a runaway shadow. No one. He kept waiting, until he thought he recognized the small figure of Mascha, who came from the same street that he had entered the walk. He got up and walked to the door of a clothing store on the Norrassplanadgatan, where he knew she would pass, kneeling, and began to shake a few coins in his hand, lowering his head between the lapels of his coat. It was pathetic to see a beggar in those winter clothes in late May. As Mascha passed, he raised his hands to the ground and asked for alms in Swedish, which was the language she had been teaching him.
The same street he had entered the promenade on. He got up and walked to the door of a clothing store on the Norrassplanadgatan, where he knew she would pass, kneeling, and began to shake a few coins in his hand, lowering his head between the lapels of his coat. It was pathetic to see a beggar in those winter clothes in late May. As Mascha passed, he raised his hands to the ground and asked for alms in Swedish, which was the language she had been teaching him.

When Ganivet arrived in Riga, he was already dead. Her sisters had returned to Spain, to Madrid, where they stayed to live with her brother Francisco. Amelia had arrived in Barcelona with the son, settling back at her mother’s house. He did not want anyone to accompany him in Riga. Winter there was shorter than in Finland, but more cruel, especially in the first months, with more continental temperatures, often exceeding twenty degrees below zero. The child could not be raised in such severe weather: an excellent excuse to be alone. He did not want witnesses to his termination. And Amelia, who was thinking about her singing lessons and the temperance of Barcelona, put up some resistance to separation, but not much.
Ganivet spent the month of August solving countless problems: customs kept his furniture for a few days, part of the consulate’s papers were also lost: Latvian officials were like the Spanish: all delays, lack of order and punctuality, small picaresque and daily bribes. Street and business security did not exist. He missed the efficiency and order of the Finns. Furthermore, Riga was a huge, chaotic city of over three hundred thousand souls, difficult to encompass.
Ganivet calls himself Pío Cid and represents himself as a being of rare talent, creator of more than twenty fundamental inventions for the history of humanity, who does not want to make public because his humility prevents him from changing the course of history. With Amelia he also does justice: Amelia is Martina. Pío Cid appears in the novel married to her, which he did not want to do in life, and has the sensitive detail of resurrecting his daughter Natalia, who died shortly after birth.
That is what literature is for: to settle accounts, to reinvent reality, to close the doors well and turn off the lights well before one definitely leaves. And to feed the insane obsession of a love without present or future.

To Francisco Navarro Ledesma.
Riga, November 27, 1898

FOR MY SON

In case this declaration is necessary, I summarize my ideas and my duties here:

1. I have never believed in any positive religion and my religious feelings are reduced to a purely personal mysticism. But I respect all religions and have never committed any act against them.

2. My fundamental idea in philosophy is that life is born from freedom or from the tendency of the spirit to break its material prisons […].

3. My practical ideas about life are exposed in my novel The Works of Pío Cid […].

4. In psychology, I think that man is an embryo of the psycho […].

6. Outside these points of view, the rest is of little importance to me: dressing, eating, social relationships, etc., etc. I care less than nothing. There is a natural tendency in man to do good and there is a joy in doing it. But most of the time the good turns out bad in the long run, for not having paid attention to the changes that things take over time. And perhaps the most fruitful thing in the world is blood.

7.º I don’t remember having done anybody wrong, not even in thought; If I had done something wrong, I apologize.

8. I have never had more than what I put on and I have neither wanted nor want nor will want to have anything, because it seems foolish to waste time in the administration of material goods.

9. I have had several affairs and a more noble love for Amelia, to whom I have given very bad times with my foolishness.

10. I have had two children: Natalia, who is buried in Saint Léger lès Domart (France), and Ángel, who lives in Madrid; both are legitimate by my will. I have three brothers, many relatives and few and good friends.

Angel Ganivet

* Ángel Ganivet was buried on December 3, 1898 in the Catholic cemetery of San Miguel, after the mass celebrated in the Catholic parish church of Our Lady of Sorrows in Riga, located in the Plaza del Castillo. Vicar Priest Tabenski officiated at the funeral. His body was previously embalmed. Local newspapers Düna Zeitung and Rigache Rundschau spoke of sudden death. But the parish priest of the Catholic Church wrote in his death certificate: On November 29, Ángel Ganivet y García, son of (blank), died in Riga, drowned in an irresponsible state. The funeral was attended, apart from Amelia Roldán and her son Ángel Tristán, General M. D. Ssurowzow, civil governor of the province of Livonia; the Chief of Police, Councilor Gertik; employees of the Spanish consulate and other members of the Spanish colony of Riga; the Swedish and German consuls, and Dr. Von Hacken, with his sister Margaret. On the tombstone he put, by order of one of his sisters: Ángel Ganivet García. XXIX Novembris MDCCCXCVIII. R. I. P.
Amelia Roldán disembarked on November 29 at three in the afternoon. Since no one was waiting for her at the pier terminal, she went to the Spanish consulate, where she was waiting for her «husband» until ten o’clock at night, the time when Dr. Ottomar Von Hacken and the German consul came to tell him what had happened, Baron von Bruck. Her violent nervous reaction to the news required the care of the German doctor, in whose house she stayed with her son the necessary days until the funeral ended and she recovered the essential health to return to Spain, considering that she was pregnant. On July 24, 1899, she gave birth to a girl in her house on Calle Aribau in Barcelona, more than twelve months after seeing Ángel Ganivet live for the last time; the girl was called Maria Luisa, with the unlikely surnames of Ganivet Roldán.
Ganivet’s brothers never wanted to know anything more about Amelia, whom they blamed for the death and misfortunes of their brother, although they did have a relationship with Ángel Tristán, who was Ganivet’s son.

Answering two fundamental questions: the first one was asked by the journalist Domínguez Rodiño in January 1921 to Dr. Ottomar Von Hacken: Would Ganivet have been saved if he had been instantly detained in an asylum? And his answer was: No. His evil was incurable. Perhaps the tragic end could have been avoided, but for his illness there was no longer a human remedy. The second was asked by Claes Von Heirot, Mascha Diakovsky’s grandson, when I spoke to him the first time: What influence could my grandmother have on Ganivet’s suicide? But I am not going to tell you what I replied, reader. You must be the one to draw the conclusion.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.