Capitalismo Progresista. La Respuesta A La Era Del Malestar — Joseph E. Stiglitz / People, Power, and Profits: Progressive Capitalism for an Age of Discontent by Joseph E. Stiglitz

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Stiglitz no es el único crítico de las políticas económicas desde la Gran Recesión de 2008. Sin embargo, su libro está bien escrito y es excepcionalmente claro. Si está interesado en explicaciones claras y generalmente accesibles de algunos problemas muy complejos, entonces este es el libro para usted. Incluso si uno no está de acuerdo con Stiglitz, vale la pena trabajar en el libro y comprender las razones de los desacuerdos.
Me gustaría decir que Stiglitz fue persuasivo para mí, pero ya estaba muy convencido y por eso estaba predicando al coro. Sin embargo, la lógica y la claridad son valores que valen la pena, y trabajar en el libro será gratificante para quienes se tomen el tiempo.
Stiglitz tiene una perspectiva clara y puede ser acusado de parcialidad. Eso no me preocupa. Primero, cada parte de la redacción de políticas económicas es parcial y argumenta un punto en contra de otros. La redacción de políticas económicas casi siempre combina política y economía y siempre busca presentar un caso. La carga del lector es determinar qué tan bien se ha hecho el caso. Siempre disfruto leyendo Stiglitz y este libro me pareció valioso.

1. Los estadounidenses están enojados. A los presidentes republicanos como Reagan y Trump les gusta recortar impuestos y regulaciones. La economía de goteo no funciona y la desigualdad es alta. Los ingresos de los pobres se han estancado y sus hijos están atrapados en la trampa de bajos ingresos. Esto lleva a la desesperación y al aumento de la mortalidad por consumo de drogas y suicidio.
2. La riqueza real proviene de la productividad, la creatividad y la vitalidad de las personas; tecnología; organizaciones avanzadas; estado de derecho, mercados competitivos y bien regulados; e institución que dice la verdad.
3. La industria financiera está buscando rentas y disminuye la riqueza real del país. Donald Trump socava la verdad, reduce los impuestos para enriquecer a los ricos, reduce el gasto en investigaciones y limita la inmigración cuando el 52% de las empresas de Silicon Valley son fundadas por inmigrantes.
4. Tanto el ingreso de capital al PIB como el ingreso laboral al PIB habían disminuido. Por lo tanto, el alquiler debe haber aumentado. El poder de mercado había aumentado a partir de fusiones que daban lugar a oligopolios. Dibujan fosos y crean barreras de entrada al abusar del poder de las patentes, agruparlo con los productos existentes, patentes permanentes o intimidar a las pequeñas empresas. La ley antimonopolio no se aplica rigurosamente.
5. La eliminación del monopolio se estima que elevará la productividad en un 40% por David Baqaee. También disminuye la demanda porque el dinero flota hacia arriba y las personas ricas gastan menos que los pobres en proporción. La inversión se debilita porque cualquier aumento en la oferta en un monopolio conduce a un precio más bajo. Esto explica los recientes altos beneficios pero menor inversión. La innovación se utiliza para mantener el monopolio, no para hacer cosas nuevas.
6. Las empresas confabuladas (Apple, Google, Intel y Adobe; Disney) no se robaron mutuamente al personal; fueron multados con 415 millones. Inventaron la programación de trabajo de guardia que causa estragos en la vida de los trabajadores. Le dieron trabajo a tiempo parcial o solo al contratista para evitar brindar beneficios de salud y un salario mínimo. Debilitan a los sindicatos al presionar por leyes de «derecho al trabajo».
7. Stiglitz criticó a los economistas conservadores de la escuela de Chicago, como Milton Friedman, que dijo que el monopolio era bueno y temporal y que estimularía la innovación. Los precios predatorios para American Airlines primero expulsan a la competencia y luego aumentan los precios. Las fusiones traen monopolios. Él piensa que esto no debería permitirse. Mientras que las fusiones pueden evitarse fácilmente, la fijación de precios predatorios solo puede regularse mediante el control de precios. Entonces nos convertiremos en comunistas … También propuso limitar la duración de las patentes, hacer que las fusiones de medios sean extremadamente difíciles para que las personas ricas no puedan controlar la narrativa y evitar que los editores académicos se beneficien explotando el trabajo gratuito de los revisores. Sin embargo, los propietarios de las empresas son necesariamente personas ricas, por lo tanto, los propietarios de las empresas de medios tienden a ser ricos también … Por lo tanto, no veo cómo podemos limitar «los ricos». Él cree que deberíamos fortalecer los sindicatos y facilitar la acción de clase colectiva contra las empresas. Supongo que donde hay una demanda real de trabajadores (fracking, etc.), los trabajos son fáciles de encontrar para quien quiera trabajar y no se necesitan sindicatos; de lo contrario, es difícil unir a los conductores súper.
8. Globalización: las élites occidentales obtuvieron lo que querían, libre comercio, menores costos de producción por la tercerización, protección de la propiedad intelectual. Sin embargo, no querían compartir, lo que llevó a los trabajadores no calificados a perder su trabajo, su dignidad y sus vidas. Por otro lado, las tasas impositivas habían caído a casi cero (Irlanda), y los ricos escondieron sus riquezas en Moneyland. Él siente que es simplemente resolver esto: aplicar un impuesto corporativo mínimo y prohibir que los países de Moneyland evalúen el sistema financiero de EE. UU. Insto a Stiglitz a leer Moneyland, ya que ciertos estados en Estados Unidos son en realidad parte de Moneyland …
9. El déficit comercial ocurre siempre que la tasa de ahorro a largo plazo sea menor que la inversión. No importa si es China o Malasia. Los aranceles solo hacen que las cosas cuesten más, y la producción cambia a países no afectados.
10. Crisis financiera: era necesario salvar a los bancos, pero no a los banqueros. Ciertamente, las personas comunes que perdieron sus hogares y ahorros no lo fueron. Pero la industria del lobby es demasiado fuerte. Los bancos también están prestando menos ahora que antes de la crisis, y prefieren explotar a los consumidores. Wells Fargo defraudó a los consumidores abriendo cuentas sin autorización y recibió una multa de $ 100 millones. Los bancos de inversión crearon vehículos de inversión que saben que fracasarían y en realidad apostarían y ganarían mucho. Los bancos también continúan negándose a asumir el riesgo de un préstamo hipotecario.
11. Los robots reemplazarán la mano de obra, por lo que para mantener un empleo similar, los salarios deben caer y exigir que todos caigan (ya que los robots no necesitan mucho). Sugirió 1) Controlar el poder monopolístico de. Big Tech 2) Compartir los frutos de la propiedad intelectual con el gobierno; 3) impuesto progresivo; 4) Cambio de ayuda gubernamental a la economía de servicios.
12. Con IA (Inteligencia Artificial), las empresas ahora tienen diferentes precios para diferentes personas. Cierto código postal. Pueden conocer nuestra debilidad (por ejemplo, tendencia a la adicción) y luego ofrecer un producto (por ejemplo, estadía gratuita en un hotel de Las Vegas) y disipar nuestros ingresos. En realidad, los casinos ya hacen eso. Stiglitz hizo una sugerencia sólida: deberíamos tener nuestros propios datos. Entonces las empresas deben pedirnos y pagarnos para usar eso. La infracción debe ser castigada, el almacenamiento de datos debe ser gravado. Él piensa que deberíamos romper Facebook, Instagram y Whatsapp. Si eso no es posible, Facebook debe ser regulado como una utilidad pública.
13. El gobierno es importante para la defensa, construcción y mantenimiento de infraestructura, investigación básica, seguridad social, Medicare y redistribución de la riqueza. Solo el gobierno puede regular a las empresas para garantizar la igualdad de condiciones.
14. Stiglitz piensa que la democracia estadounidense está en peligro porque los republicanos la están destruyendo. Él piensa que la votación debería ser el domingo; el registro debe ser fácil; la gente debería ser pagada por votar; los delincuentes condenados deberían poder votar; los soñadores deberían tener un camino hacia la ciudadanía; y la gerrymandering debe detenerse. Él piensa que los trabajadores ilegales que vienen cada año a trabajar deberían convertirse en ciudadanos. Creo que necesita leer WhiteShift de Kaufmann para comprender el vínculo entre la inmigración de no blancos y votar por Trump … La mayoría de los ciudadanos no pueden aceptar la afluencia repentina y grande de inmigrantes; Incluso en Singapur, la oposición ganó votos durante la década en que la inmigración fue demasiado rápida y furiosa.
15. Stiglitz siente que los republicanos habían asignado jueces partidistas de la corte suprema, que habían aprobado algunas decisiones dudosas como Citizens United. De modo que las corporaciones pueden verter cantidades ilimitadas de dinero a los partidos políticos; no es de extrañar que los estadounidenses sientan que las elecciones son impulsadas por el dinero.
16. Stiglitz está muy molesto porque Trump grava la dotación de universidades. Él piensa que debería abolirse y gastarse más dinero en investigación. Se debería pagar más a los docentes, construir infraestructura, proporcionar transporte público.
17. Él piensa que los trabajadores menos calificados deberían ser apoyados por cuidado infantil, salario mínimo, subsidio salarial, crédito por ingreso del trabajo e incluso trabajos del gobierno para que cualquiera que quiera trabajar pueda hacerlo. Siente que la educación preescolar universal y el aumento de los fondos federales para las escuelas y el aumento considerable del salario de los maestros ayudarán a reducir la desigualdad. El reembolso de la deuda universitaria debería depender de los ingresos, al igual que en Australia. El préstamo universitario también debe ser cancelable en bancarrota al igual que otros préstamos.
18. Él piensa que los impuestos deberían aumentar considerablemente para la tierra, de modo que el capital pueda ser utilizado de manera más productiva. El impuesto sobre el carbono para los hogares y las empresas ayudaría a salvar el planeta y alentaría el desarrollo de energía limpia. Las transacciones financieras deben ser gravadas porque es un juego de suma cero y no tiene beneficios reales.
19. En el caso de la hipoteca, Stiglitz cree que el acuerdo actual para que los bancos ganen las tarifas pero transfiere el riesgo al gobierno. Él piensa que el IRS debería administrar las hipotecas. Esto comienza a sonar como Singapur cuando el gobierno hace la hipoteca para la vivienda del gobierno; A la gente le gusta porque es más amable con las personas que tienen dificultades y se saltaron algunos pagos. Las personas también pueden obtener su hipoteca de los bancos por tasas más bajas, pero si pierden un pago, el banco puede hacerse cargo de la casa.

La política económica de subsidio a la oferta no le funcionó a Reagan ni le funcionará tampoco a Trump. Los republicanos se dicen a sí mismos y le dicen al pueblo estadounidense que el recorte de impuestos de Trump revitalizará la economía hasta tal punto que las pérdidas consiguientes en impuestos serán menores que las que vocean los escépticos. Ese es el argumento del subsidio a la oferta y a estas alturas ya deberíamos saber muy bien que no se cumple. El recorte impositivo de Reagan en 1981 dio pie a una era de enormes déficits fiscales, menor crecimiento y mayor desigualdad. Trump, en su reforma tributaria de 2017, nos está imponiendo una dosis aún mayor que la de Reagan de políticas basadas no en la ciencia sino en supersticiones egoístas. El mismo presidente George H. W. Bush llamó a la política económica de Reagan de subsidio a la oferta economía vudú. La de Trump es una economía vudú con esteroides.
Algunos de quienes apoyan a Trump admiten que sus políticas distan con mucho de la perfección, pero lo defienden señalando que, cuando menos, ha puesto su atención en aquellos sectores largo tiempo ignorados, concediéndoles la dignidad y la consideración de ser escuchados. Yo lo diría de otro modo: Trump ha sido suficientemente listo para detectar el malestar general, agitar las llamas de ese descontento y explotarlas de manera inmisericorde.
Quienes vivieron la era de Ronald Reagan verán que hay semejanzas asombrosas entre ambos procesos. Como Trump, Reagan explotaba el miedo y la intolerancia: en su caso, apuntaba que quien había despojado de su dinero a los estadounidenses mejor situados era la reina malvada del Estado de bienestar. El mensaje omitía, por cierto, a los afroamericanos. Tampoco Reagan daba muestras de sentir mucha empatía por los pobres.

La crisis financiera de 2008 demostró que el capitalismo no era todo aquello que se suponía: no parecía ser ni eficiente ni estable. Luego vino un aluvión de estadísticas que mostró que los principales beneficiarios del crecimiento durante el último cuarto de siglo eran aquellos situados en lo más alto de la pirámide. Y, por último, votaciones contrarias al sistema a ambos lados del Atlántico —el Brexit en Reino Unido y la elección de Donald Trump en Estados Unidos— plantearon dudas respecto a la sabiduría de los electorados democráticos.
Desde luego, no es solo la economía lo que ha fallado, también nuestra política. Nuestra brecha económica ha conducido a una brecha política, que a su vez ha venido a reforzar la brecha económica. Aquellos que tienen dinero y poder lo han empleado en la política para escribir las reglas del juego económico y político de formas que refuercen su ventaja.
Estados Unidos cuenta con una élite muy reducida, que controla una fracción creciente de la economía, y una base amplia y en aumento, casi sin recursos: un 40 por ciento de los estadounidenses no puede cubrir un gasto imprevisto por encima de los cuatrocientos dólares, ya sea que un hijo enferme o el coche se estropee. Los tres estadounidenses más acaudalados, Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft) y Warren Buffett (Berkshire Hathaway), tienen una fortuna equivalente a la mitad del total que posee la base de la población estadounidense; sirva de testimonio para apreciar cuánta riqueza hay en la cúpula y cuán poca en ese nivel base.
No es una sorpresa que Trump y su camarilla estén interesados en subvertir la verdad. Pero, habiendo tanto en juego, incluida nuestra democracia y los progresos en la calidad de vida que han caracterizado los últimos doscientos cincuenta años, cabe preguntarse por qué este ataque coordinado a las instituciones e ideas que han hecho tanto por nuestra civilización parece tener tan poca resonancia.
Pero igual que el dinero ha contaminado la política en Estados Unidos, ha contaminado a su vez las creencias en un sentido amplio. Los hermanos Koch, las compañías petroleras y del carbón, y otros intereses creados, se las han ingeniado para embaucar a grandes porciones del país y volverlas escépticas respecto al cambio climático; igual que, como hemos visto, una gran parte de Estados Unidos se cuestionó los hallazgos de que el tabaco es perjudicial para la salud. A las compañías del carbón no les agradan los datos relativos al papel que desempeñan los gases de efecto invernadero en el cambio climático, no más que a las tabacaleras les agradaban entonces las pruebas de que el tabaco provoca cáncer y enfermedades pulmonares y cardiacas. En ese caso previo, cientos de miles de personas murieron antes de lo previsto a causa de ello.
Igualmente, los ricos han convencido, al parecer, a una vasta porción de estadounidenses de que el país estaría mejor sin un impuesto de sucesiones, pese a que ello conduzca a una plutocracia hereditaria tan contraria a los ideales estadounidenses; y ello a pesar de la posibilidad más remota de que la mayoría de los estadounidenses se vean alguna vez afectados por tal impuesto, el cual, de hecho, exime de pagar más de once millones de dólares en impuestos a las parejas casadas.
La ciencia y los argumentos razonados han sido sustituidos por la ideología, que se ha convertido en un nuevo instrumento en la consecución de la codicia capitalista.

El tipo de economía de mercado que Estados Unidos ha creado ha dado pábulo a individuos egoístas y materialistas, que a menudo difieren del tipo de ideales que sustentamos para nosotros mismos y los demás.
Las consecuencias pueden ser incluso más serias cuando se trata de la política. Una actitud de mercado del tipo «todo para el ganador» puede terminar filtrándose en nuestra vida política, y lo ha hecho, destruyendo las normas y socavando la habilidad de llegar a compromisos y consensos. Si se le da rienda suelta, esa actitud acabará por arrasar la cohesión nacional.

Algo comenzó a ocurrirle a la poderosa maquinaria económica de Estados Unidos en torno a 1980: el crecimiento se ralentizó y, aún más importante, el aumento de los ingresos se frenó y a menudo decayó. Sucedió casi sin darnos cuenta. De hecho, aun cuando la economía no proporcionaba prosperidad para grandes segmentos de la población, los adalides de la nueva era de la financiarización, la globalización y los avances tecnológicos alardeaban de la «nueva economía», que traería consigo una prosperidad cada vez mayor, con lo cual parecían referirse tan solo a un PIB más alto. Algunos de nuestros líderes económicos —incluidos los sucesivos encargados de la Reserva Federal— alardeaban a su vez de la «gran moderación», de cómo finalmente habíamos domado el ciclo de los negocios, las fluctuaciones en cuanto a rendimiento y empleo que habían marcado al capitalismo desde un principio.
La crisis financiera de 2008 demostró que nuestra aparente prosperidad era un castillo de naipes o, más exactamente, una montaña de deudas.
Pero esa es, poco más o menos, la situación que atraviesa hoy Estados Unidos y es el rumbo que han tomado las cosas desde hace cuatro décadas, un periodo en que el ingreso medio del 90 por ciento de los estadounidenses en la base de la pirámide apenas ha cambiado, mientras que el del 1 por ciento en la cúpula se ha disparado (donde la curva inferior es el ingreso medio previo a los impuestos de ese 90 por ciento de la población, y la superior el del 1 por ciento en la cima).
Aunque Estados Unidos no destaca por su crecimiento, sí lo hace por sus desigualdades: la que se da en la renta es mayor que cualquiera de los demás países avanzados. También en términos de desigualdad de oportunidades ocupa una posición próxima al fondo. De más está decir que esto contradice abiertamente la imagen de Estados Unidos como la tierra de las oportunidades.

Nuestra economía ha cambiado una enormidad desde que nuestras leyes antimonopolios fueron promulgadas e incluso desde que las interpretaciones de la Escuela de Chicago se impusieron; nuestra comprensión de la economía también ha variado, y hoy podemos captar mejor los fallos del marco legal existente. Aunque las inquietudes políticas y económicas respecto al poder y la explotación, que guiaban la legislación original, están aún presentes, incluso en mayor grado que antes. La Ley de la Libre Competencia se ha visto limitada en exceso y excesivamente influenciada por suposiciones relativas a lo que sería un mercado competitivo.
Sin embargo, frenar el poder de mercado supone algo más que solo el aspecto económico, algo más que el poder de subir los precios o bajar los salarios, o de explotar de otras formas a los consumidores y los trabajadores. Como hemos señalado repetidamente, se traduce en poder político: no se puede tener una auténtica democracia con la enorme concentración de poder de mercado y riqueza que caracterizan hoy a Estados Unidos. Pero hay una consecuencia social más amplia: la otra cara del poder es la impotencia. Demasiados estadounidenses se sienten hoy impotentes frente a su aseguradora de salud, ante su proveedor de internet, las aerolíneas en que viajan, su compañía telefónica o su banco.
Hoy nos enfrentamos al hecho de que distintos países tendrán que organizar sus respectivas economías de formas diametralmente opuestas, reflejando en ello sus propios valores y creencias. No todo el mundo quiere el capitalismo al estilo americano, con su poder corporativo y sus desigualdades. Y, desde luego, nadie quiere el grado de intrusión de China en la economía o su falta de consideración por la privacidad. Un sistema sin valores en una globalización sin restricciones no puede funcionar, pero tampoco un sistema en el que las reglas del juego vengan impuestas por uno u otro país. Tendremos que hallar una modalidad nueva de globalización, basada en algún tipo de coexistencia pacífica, y reconocer que, aun cuando tengamos sistemas económicos claramente distintos, sigue habiendo muchas áreas en las que podemos comprometernos para comerciar con éxito. Necesitaremos un conjunto mínimo de reglas, alguna versión del imperio de la ley, algo que podamos imaginar como un arsenal básico de normas de civismo. No podemos obligar a otros a adoptar nuestro sistema regulador, ni se nos puede obligar a aceptar el de ellos. Y será muchísimo mejor para todos si esas reglas son de carácter global, multilateral, y todos los países pueden concordar en ellas.

El sector financiero ilustra de muchas maneras todo lo que está mal en nuestra economía. Ha sido el ejemplo por antonomasia de la búsqueda de renta: los banqueros incrementaron su propia riqueza a expensas del resto de la sociedad, en lo que claramente resultó un juego con saldo negativo, en que el resto de la sociedad perdió mucho más de lo que los banqueros ganaron. Explotaron a los sectores financieramente poco sofisticados, pero no hay honor entre ladrones, que también se explotaron los unos a los otros. La economía se vio perjudicada de muchas formas: recursos que podrían haberse destinado a la creación de riqueza fueron dedicados a la explotación, a medida que el sector financiero aumentaba cada vez más, atrayendo a algunos de los individuos más talentosos del país. Pero el país en su totalidad tuvo que ceder, porque ello se tradujo en un crecimiento más lento, mayor volatilidad y desigualdad. El sector financiero ejemplifica a la vez lo que no funciona en el libre mercado: la búsqueda desenfrenada del propio interés por parte de los banqueros no condujo al bienestar de la sociedad, sino a la mayor crisis financiera en setenta y cinco años.
La dificultad no reside en la economía, sino en el sistema político: en uno impulsado por el dinero, la fuente de este último —las finanzas— goza ineludiblemente de un gran poder político. Por desgracia, los bancos pelearán con uñas y dientes contra las regulaciones que atenúen sus malas prácticas y aquellas que alienten el buen comportamiento, de manera que, aun cuando la cuestión económica resulte fácil, la política no lo será. Esto ilustra al mismo tiempo la inquietud manifestada en los primeros días de nuestra república, relativa a la excesiva influencia política de un sector financiero de grandes dimensiones, e ilustra un tema central: si hemos de lograr las reformas económicas requeridas, debemos reformar nuestras políticas.

Hay crecientes evidencias de las muchas formas en que esas nuevas tecnologías están afectando a los individuos y a su interacción con los demás. Puede ser que la capacidad de atención esté disminuyendo, y no es posible resolver los problemas más arduos sin ella. Quizá las relaciones personales se estén volviendo menos habituales y que, cuando interactuamos, lo hagamos solo con nuestros similares. Así, nuestra sociedad se torna cada vez más polarizada, y cada uno vive en su propia cámara de resonancia. En dicho universo, encontrar puntos en común empieza a resultar cada vez más difícil y otro tanto ocurre, por tanto, con la cooperación social. Hay mayor propensión al acoso, que saca lo peor de nosotros mismos y ocurre en privado, donde no operan mecanismos sociales de corrección. Por ende, aunque puede ser que estemos mejor conectados con lo demás de un modo superficial, la profundidad y la calidad de las interacciones puede estar deteriorándose.
Incluso aquellos dentro de la comunidad tecnológica han comenzado a preocuparse del asunto. Adónde nos llevará todo esto, nadie lo sabe.
Los avances tecnológicos deberían ser una bendición. Deberían capacitarnos para garantizar que todos tengan acceso a los requisitos básicos de una vida decente. Pero esos avances pueden conducir a la vez, y probablemente lo hagan, al empobrecimiento de grandes porciones de la población a menos que iniciemos una acción firme y colectiva.

Hay hasta un intento por degradar la verdad y la ciencia por parte de líderes políticos que no se fijan límites ni muestran escrúpulos respecto a lo que harán para consolidar su poder, manipulando los peores instintos del electorado. Como he remarcado, quizá el aspecto más peligroso de la Administración Trump es, a largo plazo, su embestida contra la epistemología: contra nuestras creencias respecto a lo que es verdad y a cómo se estableció esa verdad.
La tarea más ardua será la de subsanar la profunda brecha en el seno de nuestra política. Las crecientes divisiones en lo económico están exacerbando todas las demás. O, lo que es más importante, explicamos cómo los tipos de pesos y contrapesos sociales requeridos para que nuestro país funcione bien en su conjunto precisan restringir la riqueza y las desigualdades de los ingresos: la más extrema, del tipo que hoy tenemos, conduce a inequidades en el poder, incluido el político. En tanto el poder de mercado en cualquier área es preocupante, lo es especialmente en los medios de comunicación.
Nuestros fracasos pasados son el preámbulo a nuestro propio futuro: a menos que gestionemos mejor los avances tecnológicos, bien podríamos estar adentrándonos en una distopía con niveles de desigualdad cada vez mayores y una política cada vez más escindida, con unos individuos y una sociedad que estuviesen cada vez más lejos de donde querríamos estar.
No es demasiado tarde para salvar al capitalismo de sí mismo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/07/29/capitalismo-progresista-la-respuesta-a-la-era-del-malestar-joseph-e-stiglitz-people-power-and-profits-progressive-capitalism-for-an-age-of-discontent-by-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2017/08/11/el-euro-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/05/el-malestar-en-la-globalizacion-joseph-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/03/los-felices-90-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/03/caida-libre-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/02/la-gran-brecha-que-hacer-con-las-sociedades-desiguales-joseph-e-stiglitz/

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Stiglitz is not the only critic of economic policies since the Great Recession of 2008. His book is well written and exceptionally clear, however. If you are interested in clear and generally accessible explanations of some very complex problems, then this is the book for you. Even if one disagrees with Stiglitz, it is worth it to work through the book and understand the reasons for disagreements.
I would like to say that Stiglitz was persuasive for me, but I was already largely convinced and he was thus preaching to the choir. Logic and clarity are worthwhile values, however, and working through the book will be rewarding for those who take the time.
Stiglitz has a clear perspective and may be accused of bias. That is not troubling to me. First, every piece of economic policy writing is biased and is arguing one point against others. Economic policy writing almost always combines politics and economics and always seeks to make a case. The burden on the reader is to determine how well the case has been made. I always enjoy reading Stiglitz and found this book valuable.

1. American people are angry. Republican Presidents such as Reagan and Trump like to cut taxes and regulations. Trickledown economics doesn’t work and inequality is high. The poor’s income have stagnated and their children are stuck in the low income trap. This leads to despair and increasing mortality from drug use and suicide.
2. Real wealth comes from Productivity, Creativity and Vitality of the people; technology; advanced organisations; rule of law, competitive, well-regulated markets; and truth telling institution.
3. Finance industry is rent seeking and decreases the real wealth of the country. Donald Trump undermines truth, cut taxes to enrich the rich, cut spending on researches, and limit immigration when 52% of Silicon Valley companies are founded by immigrants.
4. Both capital income to GDP and labor income to GDP had dropped. Thus rent must have increased. Market power had increased from mergers resulting in oligopolies. They draw moats and create barriers to entry by abusing patent power, bundling it with existing products, evergreen ing patents, or bullying small firms. Anti-trust law is not applied rigorously.
5. Eliminating monopoly is estimated to raise productivity by 40% by David Baqaee. Also it decreases demand because money floats to the top and rich people spend less than the poor as a proportion. Investment is weakened because any increase in supply in a monopoly leads to lower price. This explains the recent high profits but lower investment. Innovation is used to maintain the monopoly, not to make new things.
6. Firms colluded (Apple, Google, Intel and Adobe; Disney) not to poach each other’s staff; they were fined 415 million. They invented on-call scheduling of work that wreaks havoc for workers’ lives. They gave part time or contractor only work to avoid giving health benefits and minimum wage. They weaken unions by lobbying for ‘right-to-work’ laws.
7. Stiglitz was critical of conservative economists of the Chicago school such as Milton Friedman who said that monopoly was good and temporary and would spur innovation. Predatory pricing for American Airlines first drive out competition, and then prices are increased. Mergers bring monopolies. He thinks these should not be allowed. Whereas mergers can be easily prevented, predatory pricing can only be regulated by price control. So we will become communists…He also proposed limiting the duration of patents, make media mergers extremely difficult so that rich people cannot control the narrative, and stop academic publishers from profiting by exploiting free labor from reviewers. However, owners of firms are necessarily rich people, thus owners of media companies tend to be rich too… So I don’t see how we can limit ‘the rich’. He thinks we should strengthen unions and make consumer class action against companies easy. I guess where there is real demand for workers (fracking etc), jobs are easy to come by for whoever wants to work and unions are not needed; otherwise it’s hard to union uber drivers.
8. Globalisation: Western elites got what they want, free trade, lower production cost from outsourcing, intellectual property protection. They did not want to share, however, leading to unskilled workers losing their job, dignity and their lives. On the other hand, tax rates had dropped to close to zero (Ireland), and the rich stashed their riches in Moneyland. He feels it’s simply to solve these: apply a minimum corporate tax, and bar Moneyland countries from assessing US financial system. I urge Stiglitz to have a read of Moneyland, as certain states in America are actually part of Moneyland…
9. Trade deficit happens as long as the long term saving rate is lower than investment. It doesn’t matter if it’s China or Malaysia. Tariffs just cause things to cost more, and production shift to countries not affected.
10. Financial crisis: it was necessary to save the banks, but not the bankers. Certainly ordinary people who lost their homes and savings were not. But the lobbying industry is too strong. Banks are also lending less now than before the crisis, and prefer to exploit consumers instead. Wells Fargo defrauded consumers by opening accounts without authorisation and was fined a puny $100 million. Investment banks created investment vehicles that they know would fail and actually bet against and earned big. Banks also continue to refuse to bear the risk of a mortgage loan.
11. Robots are going to replace labor, so to maintain similar employment, wages must fall and demand all drop (since robots don’t need much). He suggested 1) Control monopolistic power of. Big Tech; 2) Share the fruits of Intellectual Property with government; 3) Progressive tax; 4) Government help change to service economy.
12. With AI firms now have different prices for different people. Certain zip code. They can know our weakness (e.g. addiction tendency) and then offer a product (e.g. free Las Vegas hotel stay) and dissipate our income. Actually casinos already do that. Stiglitz did bring up a solid suggestion: we should own our own data. So firms must ask and pay us to use that. Infringement must be punished, data storage should be taxed. He thinks we should break up Facebook, Instagram and Whatsapp. If that is not possible Facebook must be regulated as a public utility.
13. Government is important for defence, infrastructure building and maintenance, basic research, social security, Medicare and redistribution of wealth. Only the government can regulate firms to ensure a level playing field.
14. Stiglitz thinks American democracy is in peril because the Republicans are destroying it. He thinks voting should be on Sunday; registration should be easy; people should be paid for voting; convicted felons should be allowed to vote; dreamers should have a path to citizenship; and gerrymandering must stop. He thinks illegal workers who come every year to work should become citizens. I think he needs to read WhiteShift by Kaufmann to understand the link between immigration of non-whites and vote for Trump… Most citizens cannot accept sudden and large influx of immigrants; even in Singapore the opposition gained votes during the decade when immigration was too fast and furious.
15. Stiglitz feels that Republicans had assigned partisan supreme court judges, which had passed some dubious decisions such as Citizens United. So corporations can pour unlimited amounts of money to political parties; no wonder Americans feel that elections are driven by money.
16. Stiglitz is very upset that Trump taxes endowment of universities. He thinks that should be abolished and more money to be spent on research. Teachers should be paid more, infrastructure built, public transport provided.
17. He thinks less skilled workers should be supported by childcare, minimum wage, wage subsidy, earned income credit and even government jobs so that anyone who wants to work, can. He feels universal pre-school education and increased federal funding for schools and greatly increased teacher pay will help reduce inequality. Repayment of college debt should be contingent on income, just like in Australia. College loan should also be dischargeable in bankruptcy just like other loans.
18. He thinks tax should be greatly increased for land, so that capital can be put in more productive use. Tax on carbon for household and firms would help save the planet and encourage clean energy development. Financial transactions should be taxed because it is a zero sum game and has no real benefits.
19. On mortgage, Stiglitz thinks the current arrangement for banks to earn the fees but pass the risk to the government. He thinks the IRS should administer mortgages. This is starting to sound like singapore when the government does the mortgage for government housing; people like it because it is kinder to people who has difficulties and missed a few payments. People also can get their mortgage from banks for lower rates but if they miss a payment, the bank can take over the house.

The economic supply subsidy policy did not work for Reagan nor will it work for Trump. Republicans tell themselves and tell the American people that Trump’s tax cut will revitalize the economy to such an extent that the consequent losses in taxes will be less than those voiced by skeptics. That is the argument of the supply subsidy and by now we should know very well that it is not met. The Reagan tax cut in 1981 led to an era of huge fiscal deficits, lower growth and greater inequality. Trump, in his 2017 tax reform, is imposing an even greater dose than Reagan’s on policies based not on science but on selfish superstitions. President George H. W. Bush himself called Reagan’s economic policy to subsidize the Voodoo economy offer. Trump’s is a voodoo steroid economy.
& nbsp; Some of those who support Trump admit that his policies are far from perfect, but they defend him by pointing out that, at least, he has turned his attention to those long ignored sectors, granting them the dignity and consideration of being heard. I would say it differently: Trump has been smart enough to detect the general malaise, stir the flames of that discontent and exploit them mercilessly.
Those who lived the era of Ronald Reagan will see that there are amazing similarities between the two processes. Like Trump, Reagan exploited fear and intolerance: in his case, he pointed out that the one who had stripped the best-placed Americans of their money was the evil queen of the welfare state. The message omitted, by the way, African Americans. Nor did Reagan show signs of empathy for the poor.

The 2008 financial crisis proved that capitalism was not all that it was supposed to be: it did not appear to be efficient or stable. Then came a barrage of statistics that showed that the main beneficiaries of growth over the past quarter century were those at the top of the pyramid. And finally, anti-system voting on both sides of the Atlantic – Brexit in the UK and the election of Donald Trump in the United States – raised questions about the wisdom of democratic constituencies.
Of course, it is not only the economy that has failed, but also our politics. Our economic gap has led to a political gap, which in turn has come to reinforce the economic gap. Those who have money and power have used it in politics to write the rules of the economic and political game in ways that reinforce their advantage.
The United States has a very small elite, which controls a growing fraction of the economy, and a broad and growing base, almost without resources: 40 percent of Americans cannot cover unforeseen spending above $ 400, Whether a child becomes ill or the car breaks down. The three wealthiest Americans, Jeff Bezos (Amazon), Bill Gates (Microsoft), and Warren Buffett (Berkshire Hathaway), have a fortune equivalent to half the total owning the base of the American population; It serves as a testimony to appreciate how much wealth there is in the dome and how little at that base level.
It is no surprise that Trump and his clique are interested in subverting the truth. But, with so much at stake, including our democracy and the progress in the quality of life that has characterized the last two hundred and fifty years, it is worth asking why this coordinated attack on the institutions and ideas that have done so much for our civilization seems to have so little resonance.
But just as money has polluted politics in the United States, it has in turn polluted beliefs in a broad sense. The Koch brothers, the oil and coal companies, and other vested interests have managed to dupe large parts of the country and make them skeptical of climate change; Just as, as we have seen, a large part of the United States questioned the findings that tobacco is harmful to health. Coal companies don’t like the data on the role greenhouse gases play in climate change, any more than tobacco companies then liked the evidence that tobacco causes cancer and lung and heart disease. In that previous case, hundreds of thousands of people died earlier than expected because of it.
Equally, the wealthy have apparently convinced a vast portion of Americans that the country would be better off without an inheritance tax, despite the fact that this leads to a hereditary plutocracy so contrary to American ideals; And this despite the remotest possibility that most Americans will ever be affected by such a tax, which, in fact, exempts married couples from paying more than eleven million dollars in taxes.
Science and reasoned arguments have been replaced by ideology, which has become a new instrument in the pursuit of capitalist greed.

The kind of market economy that the United States has created has fueled selfish and materialistic individuals, who often differ from the kinds of ideals we hold for ourselves and others.
The consequences can be even more serious when it comes to politics. A market attitude of the «all for the winner» type may end up seeping into our political life, and it has, destroying norms and undermining the ability to compromise and reach consensus. If given free rein, that attitude will eventually destroy national cohesion.

Something started happening to America’s mighty economic machinery around 1980: growth slowed and, more importantly, income growth slowed and often slowed. It happened almost without realizing it. In fact, even when the economy did not provide prosperity for large segments of the population, the champions of the new era of financialization, globalization and technological advances boasted of the «new economy», which would bring with it ever-increasing prosperity, thus they seemed to refer only to a higher GDP. Some of our economic leaders — including successive Federal Reserve managers — in turn boasted of «great restraint,» of how we had finally tamed the business cycle, the fluctuations in performance and employment that had marked capitalism. since the beginning.
The financial crisis of 2008 demonstrated that our apparent prosperity was a house of cards or, more exactly, a mountain of debt.
But that is, more or less, the situation that the United States is going through today and is the direction things have taken for four decades, a period in which the average income of 90 percent of Americans at the base of the pyramid It has barely changed, while the 1 percent at the top has soared (where the bottom curve is the median pretax income of that 90 percent of the population, and the top 1 percent at the top ).
Although the United States does not stand out for its growth, it does for its inequalities: the one that occurs in income is greater than any of the other advanced countries. Also in terms of inequality of opportunities, it occupies a position close to the bottom. Needless to say, this openly contradicts the image of the United States as the land of opportunity.

Our economy has changed tremendously since our antitrust laws were enacted and even since the Chicago School interpretations were imposed; Our understanding of economics has also varied, and today we can better grasp the flaws in the existing legal framework. Although the political and economic concerns regarding power and exploitation, which guided the original legislation, are still present, even to a greater degree than before. The Free Competition Law has been excessively limited and excessively influenced by assumptions regarding what would be a competitive market.
However, curbing market power involves more than just the economic aspect, more than the power to raise prices or lower wages, or to otherwise exploit consumers and workers. As we have repeatedly pointed out, it translates into political power: you cannot have a true democracy with the enormous concentration of market power and wealth that characterize the United States today. But there is a broader social consequence: the flip side of power is powerlessness. Too many Americans today feel powerless in front of their health insurer, their internet provider, the airlines they travel to, their telephone company or their bank.
Today we are faced with the fact that different countries will have to organize their respective economies in diametrically opposite ways, reflecting in it their own values and beliefs. Not everyone wants American-style capitalism, with its corporate power and its inequalities. And, of course, no one wants China’s degree of intrusion into the economy or its lack of consideration for privacy. A valueless system in unfettered globalization cannot work, but neither can a system in which the rules of the game are imposed by one or the other country. We will have to find a new modality of globalization, based on some kind of peaceful coexistence, and recognize that, even when we have clearly different economic systems, there are still many areas in which we can commit ourselves to trade successfully. We will need a minimum set of rules, some version of the rule of law, something we can imagine as a basic arsenal of standards of civility. We cannot compel others to adopt our regulatory system, nor can we be compelled to accept theirs. And it will be much better for everyone if those rules are global, multilateral, and all countries can agree on them.

The financial sector illustrates in many ways everything that is wrong with our economy. It has been the quintessential example of rent seeking: the bankers increased their own wealth at the expense of the rest of society, in what clearly turned out to be a game with a negative balance, in which the rest of society lost much more than the bankers won. They exploited financially unsophisticated sectors, but there is no honor among thieves, who also exploited each other. The economy was hurt in many ways: Resources that could have been used to create wealth were dedicated to exploitation, as the financial sector grew more and more, attracting some of the most talented individuals in the country. But the country as a whole had to give in, because this translated into slower growth, greater volatility, and inequality. The financial sector exemplifies at the same time what does not work in the free market: the wild pursuit of self-interest by bankers did not lead to the well-being of society, but to the greatest financial crisis in seventy-five years.
The difficulty lies not in the economy, but in the political system: in one driven by money, the source of the latter – finance – inevitably enjoys great political power. Unfortunately, banks will fight tooth and nail against regulations that mitigate their bad practices and those that encourage good behavior, so that even when the economic issue is easy, politics will not be. At the same time, this illustrates the concern expressed in the first days of our republic, regarding the excessive political influence of a large financial sector, and illustrates a central theme: if we are to achieve the required economic reforms, we must reform our policies.

There is mounting evidence of the many ways in which these new technologies are affecting individuals and their interaction with others. It may be that the attention span is diminishing, and it is not possible to solve the most arduous problems without it. Perhaps personal relationships are becoming less common and that, when we interact, we do so only with our peers. Thus, our society becomes increasingly polarized, and each one lives in his own resonance chamber. In this universe, finding common ground becomes increasingly difficult, and the same, therefore, occurs with social cooperation. There is a greater propensity for bullying, which brings out the worst in ourselves and occurs in private, where social correction mechanisms do not operate. Thus, although we may be better connected to each other in a superficial way, the depth and quality of interactions may be deteriorating.
Even those within the tech community have begun to worry about the matter. Where this will all lead, no one knows.
Technological advances should be a blessing. They should empower us to ensure that everyone has access to the basic requirements of a decent life. But these advances can, and probably do, lead to the impoverishment of large portions of the population at the same time unless we initiate firm and collective action.

There is even an attempt to degrade truth and science by political leaders who do not set limits or scruple about what they will do to consolidate their power, manipulating the worst instincts of the electorate. As I have remarked, perhaps the most dangerous aspect of the Trump Administration is, in the long run, its onslaught against epistemology: against our beliefs about what is true and how that truth was established.
The most arduous task will be to close the deep gap within our politics. The growing divisions in economics are exacerbating all the others. Or, more importantly, we explain how the types of social checks and balances required for our country to function well as a whole need to restrict wealth and income inequalities: the most extreme, of the type we have today, leads to inequalities in power, including political. While market power in any area is worrisome, it is especially so in the media.
Our past failures are the preamble to our own future: unless we manage technological advances better, we may well be entering a dystopia with increasing levels of inequality and an increasingly divided policy, with individuals and a society that were increasingly far from where we would like to be.
It is not too late to save capitalism from itself.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/07/29/capitalismo-progresista-la-respuesta-a-la-era-del-malestar-joseph-e-stiglitz-people-power-and-profits-progressive-capitalism-for-an-age-of-discontent-by-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2017/08/11/el-euro-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/05/el-malestar-en-la-globalizacion-joseph-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/03/los-felices-90-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/03/caida-libre-joseph-e-stiglitz/

https://weedjee.wordpress.com/2016/04/02/la-gran-brecha-que-hacer-con-las-sociedades-desiguales-joseph-e-stiglitz/

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