¡Soy Dinamita!. Una Vida De Nietzsche — Sue Prideaux / I Am Dynamite!: A Life of Nietzsche by Sue Prideaux

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Nietzsche ahora está precedido por su reputación hasta un punto tan monstruoso que se necesita un poco de esfuerzo para superar toda la sabiduría recibida, que en mi caso fue la única sabiduría que tenía, después de haber leído solo uno de sus libros y prácticamente nada más sobre él. Oh sí, Nietzsche, ¿no era un poco derechista? ¿También alrededor con una mirada fabulosa, declamando cosas sobre la muerte de Dios? Las mujeres lo odiaban, los nazis lo amaban. Algo como eso…?
Se encuentra en esta fascinante biografía como una figura inteligente, inusual y no cruel, pero dominada por las demandas emocionales de su familia, por una soledad impuesta y por la mala salud de toda la vida que, según sabía, parecía estar conduciendo inexorablemente. a la locura.
Trató de acostumbrarse a esta posibilidad temprano; La locura corría en su familia y su padre había muerto joven debido a un «ablandamiento del cerebro». Desde el principio, en sus escritos, estaba «explorando la idea de la locura emancipadora y la validez de lo irracional», en pasajes como este de Daybreak:
¡Ah, dame locura, poderes celestiales! ¡Locura, que al fin solo pueda creer en mí mismo! Da delirios y convulsiones, luces repentinas y oscuridad, aterrorízame con escarcha y fuego como ningún mortal jamás ha sentido, con estruendo ensordecedor y figuras merodeadoras, hazme aullar, quejarse y arrastrarse como una bestia: para que pueda llegar a creer en ¡yo mismo!
Bueno, consiguió lo que quería. Tuvo una inversión personal vital en muchas de sus ideas filosóficas, que tenían que ver con convertir «todo lo que era» en «lo quería así», en otras palabras, no solo aceptar las cosas que le suceden, sino forzándote a encontrar alegría y satisfacción en ellos. Para él, este amor fati podría ser una gran pregunta.

La mayoría de los lugares clave de su vida, a medida que desarrolló estas ideas, se encontraban en Suiza. Asumió una cátedra en Basilea con solo 24 años; Pasó probablemente los años más felices de su vida en la casa de Wagner en el lago de Lucerna, donde escribió El nacimiento de la tragedia; y más tarde tuvo sus epifanías más dramáticas en Sils en la Engadina (donde los turistas aún pueden visitar la «roca de Zarathustra»). «Aquí viven mis musas», dijo; «Esta región es sangre y parentesco para mí e incluso más que eso».
Pero la desgracia parecía seguirlo, y había muy pocos amigos que duraron mucho. Wagner lo había visto originalmente como un discípulo digno, y los dos tenían una relación cercana, pero se desmoronó de una manera miserable. Wagner le escribió a su médico, preguntándole si algunos de los síntomas médicos de Nietzsche podrían no ser «los efectos de la masturbación»; esta carta de alguna manera entró en circulación, y Nietzsche se encontró en una fiesta en Bayreuth con todo el mundo leyéndolo subrepticiamente y riéndose de él a sus espaldas.
Con las mujeres no tuvo suerte en absoluto. Su relación más cariñosa fue con Lou Salomé, el pensador, escritor y femme fatale de origen ruso. Los dos compartieron largas caminatas y conversaciones profundas, lo que significó mucho para Nietzsche, pero a ella también siempre le interesaron otras personas inteligentes. Durante un tiempo, los dos resolvieron vivir a trois con el filósofo Paul Rée, pero este acuerdo moderno también terminó patéticamente: un día, mientras viajaban juntos, Nietzsche se despertó y descubrió que los otros dos se habían ido. Continuó a otros destinos en su itinerario, pero no pudo encontrarlos; De hecho, Salomé y Rée se quedaron donde estaban y se acostaron hasta que Nietzsche desapareció.
Uno tiene la impresión de un hombre muy solitario. Hay un momento en que se publica el diario de Goncourts, y Nietzsche lo lee y piensa con nostalgia lo agradable que debe ser tener estas cenas borrachas y amigables con invitados como Zola y Turgenev. Habría florecido en esa situación. Pero allí estaba, deambulando solo en un Alp, teniendo visiones extáticas intercaladas con episodios de llanto.

Es en parte por estas razones que sus escritos posteriores pueden ser, como dice Sue Prideaux, «vengativamente misóginos». Sin embargo, ella dice:
Toda su vida valoró a las mujeres inteligentes, entablando amistades cercanas y duraderas con ellas. Solo se enamoró de mujeres inteligentes, comenzando con Cosima [Wagner]. No le gustaban las mujeres ignorantes y fanáticas.

Lo que nos lleva a su hermana, Elisabeth. Nietzsche mantuvo una correspondencia amistosa con ella, pero no compartió sus valores: ella era una ardiente nacionalista y una antisemita viciosa, mientras que Nietzsche se consideraba un «mal alemán» pero un «muy buen europeo». (Renunció a su ciudadanía alemana para trabajar en Basilea y permaneció oficialmente apátrida por el resto de su vida).
La brecha entre ellos se volvió seria cuando Elisabeth se casó con el activista nacionalista Bernhard Förster. «No tengo su entusiasmo por las «cosas alemanas», le escribió Nietzsche, «y menos aún por mantener pura esta raza» gloriosa «. Por el contrario, por el contrario … «(A Nietzsche le gustaba decirle a la gente que era polaco, después de que alguien dijo que su cara parecía algo de una pintura de Matejko).
Los Försters se fueron para comenzar una extraña colonia antisemita en Paraguay, pero después de que su esposo, profundamente endeudado, finalmente se suicidó, Elisabeth encontró un nuevo proyecto en la gestión de los asuntos de su hermano. Nietzsche en esta etapa se había vuelto completamente la-la. Firmaba sus cartas «El Crucificado» y le decía a los corresponsales cosas como: «He ordenado una convocación de príncipes en Roma. Quiero decir que disparen al joven emperador».
Si había un cierto ímpetu en sus primeras ideas sobre el poder liberador de la locura, no había nada en la realidad: primero confinado a un manicomio, y luego largos años caminando por una habitación sobre el salón de su hermana, apenas capaz de recordar su nombre. o hablar coherentemente. Elisabeth tomó posesión de todos sus escritos, derechos de autor y cartas, y controló cuidadosamente lo que se divulgaría a los investigadores o al público.
Pero incluso la tristeza de los últimos años de Nietzsche se ve ensombrecida por lo que se hizo con su reputación después de su muerte. Elisabeth, según Prideaux, estaba decidida a convertir los escritos de su hermano en sus propios fines ideológicos, que ahora tenían un correlato político. Al pronunciar un discurso en un festival celebrado para conmemorar los cincuenta años desde la muerte de Wagner, anunció: ‘Estamos borrachos de entusiasmo porque al frente de nuestro gobierno se encuentra una personalidad tan maravillosa, de hecho fenomenal, como nuestro magnífico canciller Adolf Hitler. Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer «.

El Nietzsche-Archiv (archivo de Nietzsche) que ella construyó y administró en Weimar, pronto se llenó de compañeros creyentes. «Dentro del Archivo, todos, desde el portero hasta la cabeza, son nazis», dijo un deprimido discípulo de Nietzsche, que luego huyó al exilio. ‘Es suficiente hacer llorar … Alemania misteriosa e incomprensible «.
A pesar del atractivo superficial de la terminología de Nietzsche, las «bestias rubias», la «raza maestra», no fue fácil mezclar sus ideas en un molde fascista. Como comentó un destacado ideólogo nazi: «Si no fuera por el hecho de que Nietzsche no era nacionalista ni socialista, y no creía en la discriminación racial, habría sido un buen nazi».
No estoy al tanto de la beca Nietzsche, así que no sé cuán controvertida o poco interesante es esta historia, pero ciertamente aquí Nietzsche emerge como una figura profundamente comprensiva, profundamente perturbada y profundamente incomprendida por la posteridad. Es una historia muy triste, por lo que uno está agradecido por el estilo seco, a menudo abiertamente cómico de Prideaux, que lo guía a través de su vida sin ningún drama innecesario, dejando que los hechos hablen por sí mismos.

«Deutschland, Deutschland über Alles», escribió con desdén, «me temo que ese fue el final de la filosofía alemana». Desafortunadamente, fue solo el comienzo de la filosofía «Nietzschean» (Nietzscheniana) y para mucha gente nunca se recuperó. Todo lo convierte en una lectura completamente fascinante y desesperadamente triste.

Un principio básico de la fe cristiana es que la Santísima Trinidad la forman Dios Padre, Dios Hijo (Jesucristo) y Dios Espíritu Santo. Pero el Nietzsche de doce años no podía aceptar lo ilógico de esa estructura. Su razonamiento erigía una Santísima Trinidad distinta.
«Cuando tenía doce años, imaginé por mi cuenta una maravillosa trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Demonio. Mi deducción era que Dios, pensando por sí mismo, creaba la segunda persona de la divinidad, pero que para ser capaz de pensar tenía que pensar en su contrario, y por tanto tenía que crearlo. Así fue como empecé a filosofar».
La fuerza subyacente que sustentaba la civilización era el lenguaje, sin el cual seguramente no podemos pensar y ciertamente no podemos comunicar ideas complejas. Von Humboldt era filólogo y filósofo del lenguaje. En Pforta, así como en las demás escuelas y universidades en las que se puso en práctica la reforma de Humboldt, las disciplinas principales eran las lenguas y la filología clásicas, artes de una precisión puntillosa y retrógrada. Los filólogos eran los dioses de cosas inverosímilmente diminutas, «micrólogos estrechos de miras y con sangre de rana», los denominó en una ocasión, y los filólogos clásicos eran los dioses del sistema educativo, dedicados a indagar en la lingüística del latín, el griego y el hebreo.
El rector de la época de Nietzsche describía Pforta como una escuela-Estado: Atenas por la mañana, Esparta por la tarde. Era un régimen semimonástico-semimilitar, riguroso tanto psicológica como físicamente. Nietzsche, que cuando estaba en casa tanto había valorado su propia habitación, en la que podía trabajar siguiendo su propio horario, dormía ahora en un dormitorio con otros treinta chicos.
Nietzsche consideraría 1864 su año desperdiciado. En octubre se matriculó como estudiante en la Universidad de Bonn. Cumpliendo su papel de hijo obediente, entró en la facultad de Teología, aunque su mayor interés era la filología clásica. Su elección de Bonn había sido decidida por dos famosos filólogos clásicos del claustro, Friedrich Ritschl y Otto Jahn. El curso de teología le pareció aburrido y echaba de menos a su madre y a su hermana. Por primera vez en su vida, ellas no estaban a una distancia que pudiera recorrerse a pie. Pero aunque las echaba en falta, pudo dar a su alejamiento un buen uso, aunque deshonesto. Ellas seguían creyendo que pretendía formar parte de la Iglesia y él no supo desengañarlas.
Llegó a la conclusión de que su vida hasta entonces había sido provinciana. La forma de enmendar su ignorancia del mundo era unirse a una Burschenschaft, una fraternidad estudiantil. Fue un movimiento que acabó terriblemente desvirtuado por su posterior asociación con la Juventud hitleriana. Pero cuando se fundó, en 1815, su propósito era dar unos valores culturales compartidos y liberales a la generación de estudiantes alemanes a lo largo del recién formado Bund, aunque la federación mantuvo un control tan estricto sobre la actividad intelectual de las Burschenschaften —por si las asociaciones se volvían políticas y subversivas— que al final no hacían mucho más que excursiones por la montaña, cantar, librar duelos y beber cerveza. Nietzsche se hizo miembro de la exclusiva fraternidad Franconia, esperando discusiones cultas y debate parlamentario, pero, en vez de eso, se encontró levantando su jarra de cerveza y cantando a voz en cuello canciones de borrachos de la fraternidad.

La repercusión del primer libro de Nietzsche, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, ha resultado mucho mayor que las limitadas y temporales preocupaciones que impulsaron a Nietzsche a escribirlo. El libro se originó, al menos en parte, como el apasionado ataque de un joven contra la degeneración cultural de su época, y en parte como un manifiesto para la regeneración cultural del recientemente unificado Estado de Alemania a través de la visión de Richard Wagner. La obra perdura como una percepción revolucionaria de las elusivas transacciones entre lo racional y lo instintivo, entre la vida y el arte, entre el mundo de la cultura y la reacción humana a él.
El famoso inicio del libro nos explica que, del mismo modo que la procreación depende de la dualidad de los sexos, así el continuado desarrollo del arte y la cultura a lo largo de las eras depende de la dualidad de lo apolíneo y lo dionisíaco. Como los dos sexos, están enzarzados en una lucha continua sólo interrumpida por periodos pasajeros de reconciliación.
Identifica lo apolíneo con las artes plásticas, en particular la escultura, pero también la pintura y la arquitectura, así como con los sueños que, antes de Freud, no representaban la confusa erupción de efluvios subconscientes de culpa, sino que todavía conservaban su antiguo significado de profecía, ilustración y revelación.
La Música del Futuro de Wagner debe basarse en el necesario renacimiento del mito trágico (alemán, más que griego) y en la disonancia. Su uso de la disonancia musical refleja y reconoce la disonancia del alma del hombre y la tensión que se da en su interior entre la Voluntad y la Representación, entre lo apolíneo y lo dionisíaco.
Quién, se pregunta Nietzsche, puede escuchar el tercer acto de Tristan und Isolde, «esa danza pastoril de la metafísica», sin expirar en una liberación espasmódica de todas las alas del alma. ¿Cómo podría alguien «dejar de estremecerse hasta quebrarse inmediatamente»?7 Una experiencia dionisíaca como ninguna otra y además plenamente alemana, hablando en términos míticos.
En un hasta ese momento inaccesible abismo, el espíritu alemán todavía reposa y sueña, intacto y con fuerza dionisíaca, como un caballero sumido en la somnolencia; y de ese abismo, lo dionisíaco se alza hasta nuestros oídos.
Con el tiempo, El nacimiento de la tragedia se convirtió en una de las obras más vendidas de Nietzsche; pero de los 800 ejemplares impresos y publicados en 1872, sólo se vendieron 625 durante los siguientes seis años. El daño a su reputación estaba hecho. Cuando empezó el nuevo año académico, Nietzsche descubrió que sólo se habían matriculado dos estudiantes en sus clases de filología, y ninguno de ellos era filólogo.

En abril de 1876 se enteró de que una tal condesa Diodati, que vivía en Ginebra, había traducido El nacimiento de la tragedia al francés. Eso la convirtió en un objeto de interés que merecía la pena. Cogió un tren. Al llegar descubrió que la condesa estaba internada en un manicomio, pero el viaje no resultó en balde por la recuperación de su relación con Hugo von Senger, el director de la orquesta de Ginebra y entusiasta wagneriano. Senger daba clases de piano. Entre sus alumnos se contaba una etérea letona de veintitrés años muy admirada por su belleza y delicadeza. Se llamaba Mathilde Trampedach.
Nietzsche sólo permaneció una breve semana en Ginebra. Una de las prioridades de su viaje era un peregrinaje a la Villa Diodati, donde Byron había vivido en el pasado. Mathilde formaba parte del grupo. Durante el trayecto en carruaje a lo largo de la orilla del lago, Nietzsche se explayó sobre el tema byroniano de la libertad frente a la opresión.
Fue un argumento que encendió el alma del Nietzsche. A su regreso a Ginebra, se sentó al piano para interpretar una de sus tumultuosas y dramáticas improvisaciones. Acabado el recital, se inclinó sobre la mano de Mathilde y le clavó una mirada penetrante en los ojos. Seguidamente subió al piso de arriba a redactar una proposición de matrimonio.
«Reúna todo el valor de su corazón —empezaba— y no se asuste ante la cuestión que le planteo: ¿está dispuesta a convertirse en mi esposa? La amo y para mí es como si ya me perteneciera. No diga una palabra (a nadie) sobre lo repentino de mis sentimientos. Al menos son inocentes y no hay nada que perdonar. Pero me gustaría saber si siente lo que yo, que nunca hemos sido unos extraños, ¡ni por un instante! ¿No cree también que con nuestra asociación cada uno de nosotros será mejor y más libre, excelsior, de lo que lo sería estando solo? ¿Se atrevería a acompañarme como alguien que lucha con toda su alma para ser mejor y más libre?…»21
Nietzsche no podía saber que Mathilde estaba, en realidad, secretamente enamorada de su profesor de piano, el mucho mayor Hugo von Senger. Porfiadamente, lo había seguido a Ginebra con la esperanza de convertirse en su tercera esposa, una ambición que cumpliría con el tiempo.

El 30 de junio de 1879, la universidad aceptó su dimisión, concediéndole una pensión de 3.000 francos suizos durante seis años. No había residido en Suiza durante un periodo seguido de ocho años, de manera que no cumplía el requisito para convertirse en ciudadano suizo. Aceptó de buen grado su condición de apátrida. Era la posición desde la que abordar una moral universal, de dar nueva forma al bien y al mal basada en una nueva evaluación de la vida, libre de cualquier préstamo meramente receptivo. Tal vez, finalmente, se había convertido en un genuino espíritu libre.
Con la idea de emular a su héroe de la infancia, Hölderlin, identificó una antigua torre en las murallas de Naumburgo donde podría vivir barato mientras trabajaba como jardinero. Pero sólo tardó seis semanas en darse cuenta de que un jardinero necesitaba una espalda más fuerte y una vista mejor, muchísimo mejor. Y así empezó sus años de vagabundeo.
Nietzsche vendió sus posesiones, salvo sus libros y unos pocos cuadros. Encomendó la gestión de sus finanzas a su amigo de confianza Overbeck y dejó sus notas y sus cuadernos bajo custodia de Elisabeth (un grave error y un riesgo para el futuro). Conservó tan sólo dos baúles llenos de libros de los que no podía soportar separarse. Ellos lo acompañaron mientras hacía una sucesión de giras por los balnearios que ofrecían curas de leche y aire de los Alpes: Davos, Grindelwald, Interlaken, Rosenlauibad, Champfèr y St. Moritz. Deambulaba como Prometeo por lugares elevados, a menudo caminando durante ocho o diez horas al día, con la mente fija en el inescrutable propósito del universo. Descubrió una espléndida lucidez contemplando el reino inmenso de lo imperfectamente comprendido.

El libro definitivo, tal como lo conocemos hoy, contiene sus revisiones de 1887, que incluyen una nueva introducción, una quinta sección con treinta y nueve aforismos adicionales y unos cuantos poemas. Pero cuando, en 1883, escribió la primera parte de Así habló Zaratustra, el libro empieza exactamente donde La gaya ciencia original de 1882 lo había dejado. Entre la redacción de los dos libros, había perdido a Lou y, con ella, a su discípula elegida. Faute de mieux, el papel de Lou como vehículo para garantizar su legado mortal lo asumiría Zaratustra. A menudo, aunque no en el libro, Nietzsche se refiere a Zaratustra como su hijo.
¿Por qué eligió Nietzsche a Zaratustra? Zaratustra, también llamado Zoroastro, era un profeta persa que seguramente vivió en algún momento entre los siglos XII y VI antes de Cristo. El texto sagrado de Zaratustra, el Zend-Avesta, afirma que los dioses adorados por los propios antiguos persas eran perversos. De ese modo Zaratustra presentaba una clave para el problema del mal al que nunca podrían responder el judaísmo, el cristianismo ni el islamismo, cuyos dioses todopoderosos eran todo bondad. En el zoroastrismo, el dios de la luz y el bien se llama Ahura Mazda (también conocido como Ormuz). Está en conflicto perpetuo con el dios de la oscuridad y el mal, Angra Mainyu (Ahrimán) y sus daevas. Al final del tiempo, Ahura Mazda conseguirá una victoria definitiva, pero hasta entonces no controla los acontecimientos. En consecuencia, el zoroastrismo, a diferencia de las tres grandes religiones del libro, se libra de la paradoja de un omnipotente Dios bondadoso que es responsable de lo que mucha gente considera un mal innecesario.
La segunda parte de Zaratustra se le ocurrió durante los diez días que van del 28 de junio al 8 de julio de 1883. «Todas las partes concebidas en marchas extenuantes, con absoluta certidumbre, como si me gritaran cada pensamiento».
Como la primera parte, está dividida en pequeñas secciones densamente comprimidas que podía organizar durante sus paseos de cuatro o seis horas y luego pasar a sus cuadernos sin ninguna ayuda práctica. El paisaje de su inspiración seguía el sendero alrededor de los dos pequeños lagos de Silvaplana y Silsersee, cuyas aguas de un intenso azul turquesa formaban el lecho centelleante para el luminoso saliente que trazaban las montañas de laderas de pronunciadas pendientes coronadas por nieves perpetuas. Era un mundo completamente autónomo desde el que Nietzsche seguía contando la historia de Zaratustra, cuyo hogar estaba en el lago Urmi y que fue en solitario a las montañas y se refería a sus declaraciones aforísticas como cumbres o picos de montañas.
Nietzsche apenas emerge de las páginas de la segunda parte de Zaratustra como ejemplo de su propio ideal: el «afirmador», el que «dice que sí», que ha logrado rechazar los celos y la venganza al transformar el «Así fueron las cosas» en «Yo así lo quise». La segunda parte de Zaratustra está sembrada de alusiones a Lou y Rée. Salpimentada con repentinos y furiosos estallidos en los que acusa a sus enemigos de haberlo asesinado. Carecen del menor sentido dentro de la narración del libro.
En la sección llamada «De las tarántulas», Lou y Rée son claramente identificables con las tarántulas mediante el símbolo de la trinidad en sus espaldas. «Divinamente segura y bella», cuando la tarántula lo pica, le arrebata el alma y lo sume en el vértigo de la venganza.
Nietzsche tenía una confianza absoluta en Zaratustra, aunque las ventas fueron decepcionantes y sus seguidores más acríticos, Overbeck y Peter Gast, repitieron el consejo de su editor. Todos coincidían en que ya había escrito bastantes libros de Zaratustra y también en que había escrito más que suficiente en estilo aforístico. A nadie le apetecía más. Pero Zaratustra no lo dejaba en paz. Él seguía tomando más notas. Parecía haberse convertido en rutina que lo visitara la inspiración de Zaratustra en el periodo de Navidades y el Año Nuevo. Redactó un cuarto volumen entre diciembre de 1884 y abril de 1885, exactamente un año después de la tercera parte.
Para él fue una verdadera sorpresa el que Schmeitzner sencillamente se negara a publicarlo. Las diferencias políticas e ideológicas entre Nietzsche y Schmeitzner se habían acentuado considerablemente durante la redacción y la publicación de las partes anteriores. Un lento crescendo de desconfianza se había ido desarrollando entre el autor y el editor, haciendo que el proceso de publicación de cada parte resultara cada vez más difícil.

Tras dejar la meditación sobre el espíritu libre, Nietzsche vuelve a abordar la religión con un texto de principio característicamente contundente que capta la atención, afirmando con pugnacidad que los casi dos mil años anteriores habían supervisado el largo suicidio de la razón mediante la imposición de la doctrina religiosa al individuo. Por su propia experiencia personal del conflicto entre la realización de uno mismo y la abnegación para la doctrina religiosa, Nietzsche se considera capacitado para concluir que el primer sacrificio humano a la religión es el de la propia y genuina naturaleza de cada uno.
¿Cómo adoptamos voluntariamente los valores judeocristianos que nos convirtieron en borregos obedientes? ¿Cómo asumimos lo que Nietzsche denomina la moral del esclavo? Extrae el término del dato de que, históricamente, los judíos y los cristianos fueron esclavos, primero en Babilonia, luego bajo el Imperio romano. Incapaces de imponer su voluntad al mundo pero ansiando el poder, los esclavos estaban carcomidos por el resentimiento contra sus amos. Cumpliendo su única venganza posible, invirtieron los valores incorporando sus agravios a una religión que imponía la glorificación de su propia condición sufriente y miserable.
La sensualidad y el deseo de poder fueron demonizados. Las palabras riqueza y poder se convirtieron en sinónimos del mal. El cristianismo era una negación de la voluntad de vivir, transformada en religión. El cristianismo odiaba la vida y odiaba la naturaleza humana; emponzoñó el mundo negando las realidades de la naturaleza humana, convirtiendo todo en un conflicto entre «deber» y «ser». La moral surgida en la esclavitud perpetuaba la esclavitud, dando un sentido continuado al nihilismo de los oprimidos.
Nietzsche elige específicamente la palabra francesa ressentiment para describir la base de la moral del esclavo. Ressentiment es una palabra con un sentido más pleno que el mero resentimiento y los celos. Es una neurosis, una necesidad de infligir dolor tanto en uno mismo como en el otro.

Estaba escribiendo Crepúsculo de los ídolos (Götzen-Dämmerung). El título era un explícito desafío a Wagner, cuya cuarta y última ópera del ciclo de Ring se titulaba Götterdämmerung [«El ocaso de los dioses»]. El libro sería el primero de la gran reevaluación. Su subtítulo, Cómo se filosofa con un martillo, señalaba su intención de utilizar un martillo contra todos los valores existentes para ver si resonaban huecos o reales. Si sonaban bien, permanecerían.
El inicio del libro no tiene nada que ver con lo planeado. Se lanza de buenas a primeras a redactar «Sentencias y flechas», cuarenta y cuatro aforismos entre los cuales se hallan algunos de sus más conocidos:
¿Es el hombre un error de Dios? ¿O es Dios un error del hombre?
Lo que no me mata me hace más fuerte.
En Crepúsculo de los ídolos, Nietzsche cree que ha cerrado el círculo. Lo ha completado, reconoce en la última frase del libro:
«Y con esto vuelvo al sitio del que en otro tiempo partí, El nacimiento de la tragedia fue mi primera transvaloración de todos los valores: y ahora vuelvo sobre el terreno del que brotan mis deseos, mis poderes, yo, el último discípulo del filósofo Dioniso, yo, el maestro del eterno retorno…».

La afirmación de Nietzsche «Dios ha muerto» había enunciado lo indecible en una época reacia a ir tan lejos como para reconocer lo obvio: que sin la creencia en lo divino ya no había ninguna autoridad moral que legitimara las leyes que habían perdurado a lo largo de la civilización erigida durante los anteriores dos mil años.
¿Qué sucede cuando el hombre anula el código moral sobre el que ha levantado el edificio de su civilización? ¿Qué significa ser humano sin las cadenas de un propósito metafísico central? ¿Se produce un vacío de sentido? De ser así, ¿qué llenará ese vacío? Si la vida por venir queda abolida, el significado último reside en el aquí y ahora. Con la potestad para vivir sin religión, el hombre debe asumir la responsabilidad de sus propios actos. Y aún así, Nietzsche veía que sus contemporáneos seguían sintiéndose cómodos viviendo en un relajado apaño, negándose a examinar su propia falsedad: negándose a blandir el martillo contra los ídolos para comprobar si todavía resonaban verdaderos.
Uno podría rechazar la ciencia como fe, podría rechazar la propia fe religiosa, pero conservar, pese a todo, valores morales. Para ello, el hombre debe, en primer lugar, convertirse en sí mismo. En segundo lugar, amor fati; debe aceptar lo que la vida le depara, evitando los callejones sin salida del autodesprecio y el ressentiment. Entonces, por último, el hombre puede superar sus propias limitaciones y encontrar la verdadera realización como Übermensch, el hombre en paz consigo mismo, que halla la alegría en su simple existencia terrenal, regocijándose en el absoluto esplendor de la existencia, satisfecho con la finitud de su condición de mortal.
Trágicamente para Nietzsche, la necesidad de superarnos a nosotros mismos se distorsionó de manera tan clamorosa en la necesidad de superar e imponerse a otros que ha tendido a eclipsar su pertinencia para plantear las preguntas eternas de un modo tan tremendamente provocativo. De manera similar, su dedicación a examinar cada faceta de la verdad y no recomendar jamás una respuesta más allá de «quizás…» ha abierto un potencial infinito para la interpretación.

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Nietzsche is now preceded by his reputation to such a monstrous extent that it takes a bit of an effort to overcome all the received wisdom – which in my case was the only wisdom I had, having read only one of his books and virtually nothing else about him. Oh yeah, Nietzsche, wasn’t he a bit right-wing? Tooled around with a terrific stare, declaiming things about the death of god? Women hated him, Nazis loved him? Something like that…?
He comes across in this fascinating biography as a smart, unusual, and not unkindly figure, but one overmastered by the emotional demands of his family, by an imposed solitariness, and by the lifelong ill health which, he knew, appeared to be leading inexorably to madness.
He tried to accustom himself to this possibility early; insanity ran in his family and his father had died young from a ‘softening of the brain’. From the beginning, in his writings, he was ‘exploring the idea of emancipatory insanity and the validity of the irrational’, in passages like this from Daybreak:
Ah, give me madness, you heavenly powers! Madness, that I may only at last believe in myself! Give deliriums and convulsions, sudden lights and darkness, terrify me with frost and fire such as no mortal has ever felt, with deafening din and prowling figures, make me howl and whine and crawl like a beast: so that I may come to believe in myself!
Well, he got what he wanted. He had a vital personal investment in many of his philosophical ideas, which had to do with turning ‘every “it was” into “I wanted it thus”’ – in other words, with not just accepting the things that happen to you, but forcing yourself to find joy and satisfaction in them. For him, this amor fati could be a big ask.

Most of the key locations in his life, as he developed these ideas, were in Switzerland. He took a professorship in Basel at just 24; spent probably the happiest years of his life at Wagner’s house on Lake Lucerne, where he wrote The Birth of Tragedy; and later had his most dramatic epiphanies at Sils up in the Engadine (where tourists can still visit the ‘Zarathustra rock’). ‘Here my muses live,’ he said; ‘this region is blood and kin to me and even more than that.’
But misfortune did seem to follow him around, and there were very few friends who lasted long. Wagner had originally seen him as a worthy disciple, and the two had a close relationship, but it came apart in a miserable way. Wagner wrote to his doctor, asking whether some of Nietzsche’s medical symptoms might not be ‘the effects of masturbation’; this letter somehow got into circulation, and Nietzsche found himself at a party in Bayreuth with everybody reading it surreptitiously and sniggering at him behind his back.
With women he had no luck at all. His most affectionate relationship was with Lou Salomé, the Russian-born thinker, writer and itinerant femme fatale. The two shared many long walks and deep conversations which meant a great deal to Nietzsche, but she was always interested in other smart people as well. For a while the two of them resolved to live à trois with the philosopher Paul Rée, but this modern arrangement also ended pathetically: one day, while they were travelling together, Nietzsche woke up to find the other two gone. He carried on to some other destinations on their itinerary, but could not find them; in fact, Salomé and Rée had just stayed where they were and lain low until Nietzsche disappeared.
One gets the impression of a seriously lonely man. There’s a moment where the Goncourts’ journal is published, and Nietzsche reads it and thinks wistfully how nice it must be to have these boozy, friendly dinners with guests like Zola and Turgenev. He would have flourished in that situation. But there he was, wandering around alone on an Alp, having ecstatic visions interspersed with bouts of crying.

It is partly for these reasons that his later writings can be, as Sue Prideaux puts it, ‘vengefully misogynistic’. Nevertheless, she says:
All his life he valued intelligent women, making close and enduring friendships with them. He only fell in love with clever women – starting with Cosima [Wagner]. He disliked ignorant and bigoted women.

Which brings us to his sister, Elisabeth. Nietzsche kept up a friendly correspondence with her, but he did not share her values: she was an ardent nationalist and a vicious antisemite, whereas Nietzsche considered himself a ‘bad German’ but a ‘very good European’. (He gave up his German citizenship to work in Basel, and remained officially stateless for the rest of his life.)
The rift between them became serious when Elisabeth married the nationalist activist Bernhard Förster. ‘I do not have his enthusiasm for “things German”,’ Nietzsche wrote to her, ‘and even less for keeping this “glorious” race pure. On the contrary, on the contrary—’ (Nietzsche liked to tell people he was Polish, after someone said his face looked like something from a Matejko painting.)
The Försters went off to start a bizarre antisemitic colony in Paraguay, but after her husband, deep in debt, finally killed himself, Elisabeth found a new project in managing the affairs of her brother. Nietzsche by this stage had gone completely la-la. He was signing his letters ‘The Crucified’, and telling correspondents things like, ‘I have ordered a convocation of princes in Rome – I mean to have the young emperor shot.’
If there was a certain élan to his early ideas about the liberating power of madness, there was none whatsoever to the reality: first confined to an asylum, and then long years shuffling around a room above his sister’s parlour, scarcely able to remember his name or to speak coherently. Elisabeth took ownership of all his writings, copyrights and letters, and carefully controlled what would be released to researchers or the public.
But even the sadness of Nietzsche’s final years is overshadowed by what was done to his reputation after he died. Elisabeth, in Prideaux’s telling, was determined to turn her brother’s writings to her own ideological ends – which by now had a political correlative. Giving a speech at a festival held to commemorate fifty years since Wagner’s death, she announced: ‘We are drunk with enthusiasm because at the head of our government stands such a wonderful, indeed phenomenal, personality like our magnificent Chancellor Adolf Hitler. Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer.’

The Nietzsche-Archiv, which she built and managed in Weimar, was soon stuffed with fellow believers. ‘Inside the Archive, everyone, from the doorkeeper to the head, is a Nazi,’ said one depressed disciple of Nietzsche’s, who later fled into exile. ‘It is enough to make one weep…. Mysterious, incomprehensible Germany.’
Despite the superficial appeal of Nietzsche’s terminology – the ‘blond beasts’, the ‘master race’ – it was not easy to jam his ideas into a fascist mould. As one leading Nazi ideologue commented: ‘If not for the fact that Nietzsche was not a nationalist or a socialist, and did not believe in race discrimination, he would have made a good Nazi.’
I am not up on Nietzsche scholarship so I don’t know how controversial or un- this story is, but certainly here Nietzsche emerges as a figure deeply sympathetic, deeply troubled, and deeply misunderstood by posterity. It’s a very sad tale, so one is grateful to Prideaux’s dry, often openly comic style, which guides you through his life without any unnecessary drama, letting the facts speak for themselves.

‘Deutschland, Deutschland über Alles,’ he wrote scornfully, ‘I’m afraid that was the end of German philosophy.’ Unfortunately, it was just the start for ‘Nietzschean’ philosophy, and for a lot of people it’s never recovered. It all makes for a completely riveting and desperately sad read.

A basic principle of the Christian faith is that the Holy Trinity is formed by God the Father, God the Son (Jesus Christ) and God the Holy Spirit. But the twelve-year-old Nietzsche could not accept the illogical of that structure. His reasoning erected a different Holy Trinity.
«When I was twelve, I imagined on my own a wonderful trinity: God the Father, God the Son and God Demon. My deduction was that God, thinking for himself, created the second person of divinity, but that in order to be able to think he had to think about his opposite, and therefore he had to create it. That’s how I started to philosophize.
The underlying force that sustained civilization was language, without which we surely cannot think and certainly cannot communicate complex ideas. Von Humboldt was a philologist and philosopher of language. In Pforta, as well as in the other schools and universities where Humboldt’s reform was put into practice, the main disciplines were classical languages and philology, arts of a punctual and retrograde precision. The philologists were the gods of implausibly tiny things, «narrow micrographs with frog blood,» he once called them, and the classical philologists were the gods of the educational system, dedicated to inquire into the linguistics of Latin, the Greek and the Hebrew.
The rector of the Nietzsche era described Pforta as a state-school: Athens in the morning, Sparta in the afternoon. It was a semi-elastic-semi-military regime, rigorous both psychologically and physically. Nietzsche, who when he was home so much had valued his own room, where he could work according to his own schedule, now slept in a bedroom with thirty other boys.
Nietzsche would consider his wasted year 1864. In October he enrolled as a student at the University of Bonn. Fulfilling his role as an obedient son, he entered the faculty of Theology, although his main interest was classical philology. His choice of Bonn had been decided by two famous classical philologists of the cloister, Friedrich Ritschl and Otto Jahn. The theology course seemed boring and he missed his mother and sister. For the first time in their lives, they were not within walking distance. But although he missed them, he was able to give his distance a good use, although dishonest. They still believed that he intended to be part of the Church and he did not know how to disappoint them.
He concluded that his life until then had been provincial. The way to amend his ignorance of the world was to join a Burschenschaft, a student fraternity. It was a movement that ended up terribly distorted by its subsequent association with the Hitler Youth. But when it was founded, in 1815, its purpose was to give shared and liberal cultural values to the generation of German students along the newly formed Bund, although the federation maintained such strict control over the intellectual activity of the Burschenschaften — in case the associations became political and subversive — that in the end they didn’t do much more than mountain excursions, sing, duel and drink beer. Nietzsche became a member of the exclusive Franconia fraternity, waiting for educated discussions and parliamentary debate, but instead he found himself raising his beer mug and singing drunken songs from the fraternity.

The impact of Nietzsche’s first book, The Birth of Tragedy in the Spirit of Music, has been much greater than the limited and temporary concerns that prompted Nietzsche to write it. The book originated, at least in part, as the passionate attack of a young man against the cultural degeneration of his time, and partly as a manifestation for the cultural regeneration of the recently unified State of Germany through the vision of Richard Wagner. The work endures as a revolutionary perception of the elusive transactions between the rational and the instinctive, between life and art, between the world of culture and the human reaction to it.
The famous beginning of the book explains that, just as procreation depends on the duality of the sexes, so the continued development of art and culture throughout the ages depends on the duality of the Apollonian and the Dionysian. Like the two sexes, they are engaged in a continuous struggle only interrupted by passing periods of reconciliation.
It identifies the Apollonian with the plastic arts, in particular sculpture, but also painting and architecture, as well as with the dreams that, before Freud, did not represent the confusing eruption of subconscious guilt fluxes, but still retained their ancient meaning. of prophecy, illustration and revelation.
Wagner’s Music of the Future must be based on the necessary rebirth of the tragic myth (German, rather than Greek) and dissonance. His use of musical disharmony reflects and recognizes the dissonance of the soul of man and the tension that exists within him between Will and Representation, between the Apollonian and the Dionysian.
Who, Nietzsche wonders, can hear the third act of Tristan und Isolde, «that pastoral dance of metaphysics,» without expiring in a spasmodic liberation of all the wings of the soul. How could someone «stop shuddering until they break immediately?» 7 A Dionysian experience like no other and also fully German, speaking in mythical terms.
In a hitherto inaccessible chasm, the German spirit still rests and dreams, intact and with Dionysian strength, like a knight in sleepiness; and from that abyss, the Dionysian rises to our ears.
Over time, the birth of tragedy became one of Nietzsche’s best-selling works; but of the 800 copies printed and published in 1872, only 625 were sold during the next six years. The damage to his reputation was done. When the new academic year began, Nietzsche discovered that only two students had enrolled in their philology classes, and none of them was a philologist.

In April 1876 he learned that one such Countess Diodati, who lived in Geneva, had translated The Birth of Tragedy into French. That made it a worthwhile object of interest. He took a train. Upon arrival, he discovered that the Countess was admitted to an asylum, but the trip did not result in vain for the recovery of her relationship with Hugo von Senger, the conductor of the Geneva orchestra and Wagnerian enthusiast. Senger gave piano lessons. Among his students was a Latvian twenty-three year old woman admired for her beauty and delicacy. His name was Mathilde Trampedach.
Nietzsche only stayed a brief week in Geneva. One of the priorities of his trip was a pilgrimage to Villa Diodati, where Byron had lived in the past. Mathilde was part of the group. During the carriage ride along the shore of the lake, Nietzsche expanded on the Byronian theme of freedom in the face of oppression.
It was an argument that ignited the soul of the Nietzsche. Upon his return to Geneva, he sat at the piano to interpret one of his tumultuous and dramatic improvisations. Finished the recital, he leaned over Mathilde’s hand and stared into his eyes. He then went upstairs to write a marriage proposal.
«Gather all the value of your heart,» he began, «and do not panic at the question I ask: are you willing to become my wife?» I love her and for me it is as if she already belonged to me. Don’t say a word (to anyone) about the suddenness of my feelings. At least they are innocent and there is nothing to forgive. But I would like to know if you feel what I, that we have never been strangers, even for a moment! Do you also not believe that with our association each one of us will be better and freer, excelsior, than he would be by being alone? Would you dare to accompany me as someone who struggles with his whole soul to be better and freer? … »21
Nietzsche could not know that Mathilde was, in fact, secretly in love with her piano teacher, the much older Hugo von Senger. For sure, he had followed him to Geneva with the hope of becoming his third wife, an ambition he would fulfill over time.

On June 30, 1879, the university accepted his resignation, granting him a pension of 3,000 Swiss francs for six years. He had not resided in Switzerland for a period followed by eight years, so he did not meet the requirement to become a Swiss citizen. He willingly accepted his stateless status. It was the position from which to approach a universal moral, to give new form to good and evil based on a new evaluation of life, free from any merely receptive loan. Perhaps, finally, he had become a genuine free spirit.
With the idea of emulating his childhood hero, Hölderlin, he identified an ancient tower on the walls of Naumburg where he could live cheaply while working as a gardener. But it only took six weeks to realize that a gardener needed a stronger back and a better, much better view. And so began his wandering years.
Nietzsche sold his possessions, except for his books and a few paintings. He entrusted the management of his finances to his friend of confidence Overbeck and left his notes and notebooks in the custody of Elisabeth (a serious error and a risk for the future). He kept only two trunks full of books from which he could not bear to separate. They accompanied him while he made a succession of tours of the spas that offered cures of milk and air from the Alps: Davos, Grindelwald, Interlaken, Rosenlauibad, Champfèr and St. Moritz. He wandered like Prometheus in high places, often walking for eight or ten hours a day, with his mind fixed on the inscrutable purpose of the universe. He discovered a splendid lucidity contemplating the immense realm of the imperfectly understood.

The definitive book, as we know it today, contains its revisions of 1887, which include a new introduction, a fifth section with thirty-nine additional aphorisms and a few poems. But when, in 1883, he wrote the first part of Thus Zarathushtra spoke, the book begins exactly where The original science of 1882 had left it. Between the writing of the two books, he had lost Lou and, with her, his chosen disciple. Faute de mieux, Lou’s role as a vehicle to guarantee his mortal legacy would be assumed by Zarathustra. Often, although not in the book, Nietzsche refers to Zarathustra as his son.
Why did Nietzsche choose Zarathustra? Zarathustra, also called Zoroaster, was a Persian prophet who surely lived sometime between the 12th and 6th centuries BC. Zarathustra’s sacred text, the Zend-Avesta, states that the gods worshiped by the ancient Persians themselves were wicked. Thus Zarathustra presented a clue to the problem of evil to which Judaism, Christianity and Islam could never respond, whose almighty gods were all goodness. In Zoroastrianism, the god of light and good is called Ahura Mazda (also known as Hormuz). He is in perpetual conflict with the god of darkness and evil, Angra Mainyu (Ahriman) and his daevas. At the end of time, Ahura Mazda will get a final victory, but until then he does not control the events. Consequently, Zoroastrianism, unlike the three great religions of the book, gets rid of the paradox of an omnipotent kind God who is responsible for what many people consider unnecessary evil.
The second part of Zarathustra came to him during the ten days that go from June 28 to July 8, 1883. «All parts conceived in strenuous marches, with absolute certainty, as if every thought was shouted at me».
As the first part, it is divided into small densely compressed sections that you could organize during your four or six hour walks and then move on to your notebooks without any practical help. The landscape of his inspiration followed the path around the two small lakes of Silvaplana and Silsersee, whose waters of intense turquoise blue formed the scintillating bed for the luminous ledge that traced the mountains of steep slopes crowned by perpetual snows. It was a completely autonomous world from which Nietzsche kept telling the story of Zarathustra, whose home was on Lake Urmi and who went alone to the mountains and referred to his aphoristic statements as mountain peaks or peaks.
Nietzsche barely emerges from the pages of the second part of Zarathustra as an example of his own ideal: the «affirmer,» the one who «says yes,» who has managed to reject jealousy and revenge by transforming «That was the way things were» in «I wanted it that way.» The second part of Zarathustra is planted with allusions to Lou and Rée. Splashed with sudden and furious outbursts in which he accuses his enemies of killing him. They lack the least sense in the narration of the book.
In the section called «Of the tarantulas», Lou and Rée are clearly identifiable with the tarantulas by means of the trinity symbol on their backs. «Divinely safe and beautiful,» when the tarantula stings it, it snatches the soul and adds it to the vertigo of revenge.
Nietzsche had absolute confidence in Zarathustra, although sales were disappointing and his most uncritical followers, Overbeck and Peter Gast, repeated the advice of their editor. Everyone agreed that he had already written enough books of Zarathushtra and also that he had written more than enough in aphoristic style. No one wanted more. But Zarathustra did not leave him alone. He kept taking more notes. It seemed to have become routine for him to visit Zarathustra’s inspiration during the Christmas period and the New Year. He wrote a fourth volume between December 1884 and April 1885, exactly one year after the third part.
It was a real surprise to him that Schmeitzner simply refused to publish it. The political and ideological differences between Nietzsche and Schmeitzner had accentuated considerably during the drafting and publication of the previous parts. A slow crescendo of distrust had developed between the author and the editor, making the process of publishing each part more and more difficult.

After leaving the meditation on the free spirit, Nietzsche returns to approach religion with a characteristically strong text that captures attention, stating with pugnacity that the almost two thousand years before had supervised the long suicide of reason by imposing the religious doctrine to the individual. Because of his own personal experience of the conflict between self-realization and self-denial of religious doctrine, Nietzsche considers himself qualified to conclude that the first human sacrifice to religion is that of one’s own genuine nature.
How do we voluntarily adopt the Judeo-Christian values that made us obedient sheep? How do we assume what Nietzsche calls slave morale? He extracts the term from the fact that, historically, Jews and Christians were slaves, first in Babylon, then under the Roman Empire. Unable to impose their will on the world but craving power, the slaves were eaten away by resentment against their masters. Fulfilling their only possible revenge, they invested the values by incorporating their grievances into a religion that imposed the glori fi cation of their own suffering and miserable condition.
Sensuality and the desire for power were demonized. The words wealth and power became synonymous with evil. Christianity was a denial of the will to live, transformed into religion. Christianity hated life and hated human nature; He emptied the world by denying the realities of human nature, turning everything into a conflict between «duty» and «being.» The morality that arose in slavery perpetuated slavery, giving a continuous meaning to the nihilism of the oppressed.
Nietzsche specifically chooses the French word ressentiment to describe the basis of slave morals. Ressentiment is a word with a fuller meaning than mere resentment and jealousy. It is a neurosis, a need to influence pain both in oneself and in the other.

I was writing Twilight of the idols (Götzen-Dämmerung). The title was an explicit challenge to Wagner, whose fourth and final opera of the Ring cycle was titled Götterdämmerung [«The Twilight of the Gods»]. The book would be the first of the great reevaluation. His subtitle, How he signed himself with a hammer, signaled his intention to use a hammer against all existing values to see if they resonated hollow or real. If they sounded good, they would remain.
The beginning of the book has nothing to do with the planned. He launches from good to first to write «Judgments and arrows», forty-four aphorisms among which are some of his best known:
Is man a mistake of God? Or is God a mistake of man?
What does not kill me makes me stronger.
In Twilight of the idols, Nietzsche believes he has closed the circle. He has completed it, he acknowledges in the last sentence of the book:
«And with this I return to the place from which I once left, The birth of the tragedy was my first transvaluation of all values: and now I return on the ground from which my desires sprout, my powers, I, the last disciple of the philosopher Dionysus, I, the master of the eternal return … ».

Nietzsche’s claim «God is dead» had enunciated the unspeakable at a time reluctant to go so far as to recognize the obvious: that without belief in the divine there was no longer any moral authority that legitimized the laws that had endured throughout of the civilization erected during the previous two thousand years.
What happens when man annuls the moral code on which he has built the building of his civilization? What does it mean to be human without the chains of a central metaphysical purpose? Is there a vacuum of meaning? If so, what will fill that void? If the life to come is abolished, the ultimate meaning lies in the here and now. With the power to live without religion, man must take responsibility for his own actions. And yet, Nietzsche saw that his contemporaries were still comfortable living in a relaxed manner, refusing to examine his own falsehood: refusing to swing the hammer against idols to see if they still resonated true.
One could reject science as faith, could reject one’s religious faith, but still retain moral values. For this, man must, first of all, become himself. Second, fati love; he must accept what life holds for him, avoiding the dead ends of self-deprecation and ressentiment. Then, finally, man can overcome his own limitations and find true realization as Übermensch, the man at peace with himself, who finds joy in his simple earthly existence, rejoicing in the absolute splendor of existence, satisfied with the finality of his mortal condition.
Tragically for Nietzsche, the need to overcome ourselves was so clamorously distorted in the need to overcome and impose on others that it has tended to overshadow its relevance to pose eternal questions in such a tremendously provocative way. Similarly, his dedication to examining every facet of the truth and never recommending an answer beyond «perhaps …» has opened an infinite potential for interpretation.

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