La Filosofía Se Ha Vuelto Loca. Un Ensayo Políticamente Incorrecto — Jean François Braunstein / La Philosophie Devenue Folle : Le Genre, L’animal, la Mort (The Crazy Philosophy: Gender, Animal, Death) by Jean François Braunstein

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Una crítica mordaz de la teoría de género, la teoría animal y todo tipo de pensamientos extremos sobre la muerte, desde la eutanasia hasta la «donación» obligatoria de órganos.
Braunstein desenmascara la locura de algunos filósofos contemporáneos (principalmente anglosajones). Lo preocupante no es tanto que algunas personas tengan ideas locas y despreciables, sino que estas personas tienen cátedras importantes en las principales universidades del mundo. Comportamiento criminal de las universidades que los emplean.
Un libro inteligente, contracorriente, que desmantela prejuicios, mitos y sensiblerías sobre algunas de las materias que más bullen en el llamado «pensamiento» políticamente «correcto», especialmente el mal feminismo, el animalismo y la eutanasia. Adecuado para mentalidades convalecientes.
El autor de coloca en las posturas extremas de la eutanasia, el animalismo y el género. En la calle la gente reflexiona más moderadamente acerca de estos temas pero el libro se dedica a refutar una y otra vez a extremistas como Singer. La gente se plantea la eutanasia, por ejemplo, desde la perspectiva de tener una muerte digna y lo más alejada posible del sufrimiento si llega el caso de tener una larga agonía son solución.
El infierno, dicen, está pavimentado con buenas intenciones. La naturaleza y la cultura nos imponen límites biológicos y formales, este es el origen de lo que nos hace diferentes. Por supuesto, una consecuencia de la otredad es el conflicto fundacional, pero la otra consecuencia es el contrato: esto es lo que hace historia. Las mentes perdidas olvidan esta ambigüedad del Dasein y, como buenos herederos de la Gnosis, imaginan que podemos resolver preguntas conflictivas en «el mundo de los sueños de los ángeles». Su idea absurda: abolir estas fronteras que nos definen con precisión. Por lo tanto, intentan negar la sexualidad de la naturaleza para considerar solo la sexualidad de la cultura, negar el umbral de lo humano que nos separa de la animalidad, negar la dicotomía de la vida y la muerte y, por lo tanto, la misma persona «El hombre no es ángel ni bestia y la desgracia quiere que quiera hacer que el ángel haga la bestia», dijo Pascal; Podemos verlo claramente en este trabajo, muy bien documentado sobre los vagabundeos de un pensamiento universitario equivocado que, lamentablemente, tiene el oído de los políticos. La Bestia, aquí, es la de un Apocalipsis donde las mejores intenciones se unen a los peores males del Holocausto. Gracias a Jean-François Braunstein por esta síntesis crítica esclarecedora.

Tomando la visión opuesta de las ideas en sintonía con los tiempos, donde somos testigos de la confusión de los hitos tradicionales que rigen las relaciones entre los sexos y los que existen entre el hombre y el animal, el profesor de filosofía Jean-François Braunstein lo dice resueltamente: las fronteras permiten a las personas vivir en paz.
Esta fuerte posición subyace en el propósito de su último libro, cuya publicación es bien recibida tanto por Le Figaro (artículo muy favorable del misoneista R. Redeker, citado en La philosophie enloquece) como por Le Monde des libros (casi como crítica positiva de E. Roudinesco, también citado por JF Braunstein).
Al defender los excesos contemporáneos, los despotricados de Judith Butler (sic) y Peter Singer («sesenta y ocho»), y criticando la política correcta, al autor no le falta pluma pero se da muchas facilidades , sembrando su texto entre comillas como tantas risas apagadas.
Los atrevidos experimentos de pensamiento de los académicos anglosajones, no necesariamente filósofos, debería notarse, le parecen atestiguar un distanciamiento delirante del mundo real. Detrás de su prometedora benevolencia y el seudo progreso que imaginan, Braunstein ve la amenaza de regresiones terribles, tan abyectas como absurdas, que se avecinan, de las cuales detecta los pródromos.
Sin justificar sus presupuestos esencialistas, y mostrándose crítico del nominalismo ambiental sin explicar su posición en relación con la teoría francesa (Deleuze, Foucault, Derrida), por sus excesos, el profesor de la Sorbona deja el registro académico a s » aventurarse en el campo del folleto, en particular en la introducción y la conclusión. ¿Es razonable pretender que el cantante «quiere acelerar la muerte de la mayor cantidad posible de sus compañeros»?
Después de los trabajos de Francis Wolff (Tres utopías contemporáneas) o Étienne Bimbenet (El complejo de los tres monos), los capítulos dedicados a los estudios de género y animales merecen cierta consideración, por su objetivo crítico y las numerosas referencias anglosajonas que usar (o manipular). Las páginas que abordan, de manera bastante incongruente, la cuestión del trasplante, son particularmente controvertidas y resultan muy cuestionables.

Existe un concepto de «género» y ese concepto apareció precisamente en 1955 de la pluma de John Money, un psicólogo y sexólogo de la prestigiosa universidad estadounidense Johns Hopkins. Durante mucho tiempo fue un héroe del pensamiento feminista y posfeminista. La propia Beatriz Preciado, unos años antes de reprochar a Michel Onfray que sacara a relucir la obra de Money.
En cuanto al propio Money, no dejará de reivindicar su paternidad en la invención del término «género». En 1995 de nuevo se enfurece contra el Oxford English Dictionary que atribuye el invento a otro autor y retrasa la invención del término a una fecha anterior. Money no pierde ocasión de precisar: «La palabra hizo su primera aparición en inglés [en su artículo de 1955] como un atributo humano, pero no era simplemente sinónimo de sexo». Ese término indicaba, precisa Money, «el grado global de masculinidad que es íntimamente sentido y se manifiesta públicamente en el bebé, en el niño, en el adulto, y que usualmente, aunque no necesariamente, se corresponde con la anatomía de los órganos de procreación».
Las investigaciones sobre el hermafroditismo fueron lo que llevó a Money a elaborar el concepto de género. La reputación del centro Johns Hopkins animó a numerosos padres de niños hermafroditas a consultar. Como señalaba un psiquiatra francés especialista en estas cuestiones, Léon Kreisler, «entramos entonces en una nueva etapa del estudio psicológico de los ambiguos. La marcaron sobre todo los trabajos de J. Money, J.-G. y J.-L. Hampson, psiquiatras del equipo de Wilkins, cuyas publicaciones aparecen a partir de 1955. A decir verdad, estudios precedentes habían demostrado ya un hecho esencial, a saber, la posible ausencia de paralelismo entre el sexo somático y el sexo psicológico.
Una vez que Money estableció que existe un género distinto del sexo, la etapa siguiente iba a consistir en manifestar que de alguna manera el género es autosuficiente y que el sexo no existe independientemente del género. De hecho, lo que los autores posfeministas le van a reprochar a Money es que admita que a pesar de todo existen sexos distintos, un sexo biológico de nacimiento para cada niño, incluso si Money consideraba que este no es esencial para la identidad de género. Desde ese momento había que demostrar que es el género lo que determina el sexo. Mi sexo será la consecuencia del género. Mi identidad sexual dependerá de mi voluntad.
La exaltación del intersexo y de un «futuro radiante» se enfrenta también con algunas dificultades menores, disfunciones de las glándulas suprarrenales, cánceres y otras hernias que Fausto-Sterling no tiene más remedio que mencionar, levemente, como de pasada: «En mi utopía, los problemas médicos mayores de un intersexo serán las patologías potencialmente letales que acompañan a veces el desarrollo intersexo».Para ello habrá que «imaginar una nueva ética del tratamiento médico que permita a la ambigüedad prosperar, anclada en una cultura que habrá superado las jerarquías de género». Poca cosa finalmente, si es solo ese el precio que la humanidad tiene que pagar para acabar con las diferencias…

Si alguien no está contento con su sexo basta con cambiarlo, ya se ocupará de eso la medicina. Szasz denuncia aquí una extensión aterradora del imperio de la medicina sobre nuestras vidas. No tiene sentido procurar una respuesta médica al deseo de ser otra persona y Szasz prevé muy bien las consecuencias de semejante actitud. Si la clínica de la transexualidad autoriza transformaciones quirúrgicas del cuerpo humano, «¿qué ocurriría si un hombre fuera a ver a un cirujano ortopedista diciéndole que se siente como un zurdo prisionero en un cuerpo ambidextro y pidiéndole al médico que le ampute el brazo derecho que está perfectamente sano?». Eso se produciría efectivamente algunos años después. Para Szasz, por el contrario, el deseo de cambiar de sexo no es desde luego ninguna enfermedad, es un deseo sin más, una aspiración no susceptible de satisfacerse de otro modo que el imaginario y que en cualquier caso no requiere un tratamiento quirúrgico: «Si tal deseo muta en enfermedad y si a la persona que lo tiene se la transforma en transexual, entonces una persona anciana que quiere volver a la juventud es un “transcronológico”, el pobre que quiere convertirse en rico es un “transeconómico» y así sucesivamente». Es interesante que algunos médicos pretendan proponer soluciones a todos nuestros deseos insatisfechos, pero se trata de una amenaza grave para el equilibrio mental de los individuos. Según Szasz, creando nuevas patologías, la medicina desarrolla su poder en la sociedad y transforma a la gente que hasta ese momento estaba simplemente «pasándolo mal» en nuevas categorías de enfermos, desde el ya relativamente corriente transexual hasta el muy improbable amputómano. La democracia es asesinada por la medicina y reemplazada por lo que Szasz llama la «farmocracia».
El último grito en tendencia es ahora el de los «niños transgénero». La revista mensual National Geographic, que en otros tiempos se ocupaba de geografía, dedicó su portada de diciembre de 2016 a Avery Jackson, un niño/chica de Kansas City, «primera persona transgénero que ocupó la portada» de la célebre revista. Avery «vive como una niña desde los cinco años» y por «su valentía y su orgullo», «resume el concepto de revolución de género», según la grandilocuente presentación de National Geographic. La editorialista nos descubre que estamos rodeados de «nociones que cambian sobre lo que significa ser hombre o mujer y lo que quiere decir ser transgénero, cisgénero, género no conforme, genderqueer, agender o cualquiera de los cincuenta términos que Facebook propone a los usuarios para sus perfiles».

El sentimiento «animalista» está cada vez más desarrollado, por lo menos en los países occidentales, que consideran que las «condiciones de vida del animal» son espantosas, sin dar más detalles. La alimentación a base de carne da cada vez más asco.
Las tesis de Singer encontraron cierta resistencia, cosa que a él no dejó de sorprenderle. Su elección en Princeton fue acogida también con manifestaciones de discapacitados y de sus familias con el eslogan Not yet dead («Aún no estamos muertos»). Protestaban contra el hecho de que un partidario de la eutanasia de los disminuidos psíquicos fuera nombrado profesor de ética en una de las universidades estadounidenses más importantes. Sus conferencias en Alemania fueron igualmente interrumpidas por manifestantes que recordaban la eutanasia de los discapacitados que llevaron a cabo los nazis. Singer hizo entonces como que se indignaba, argumentando que él mismo provenía de una familia de judíos que habían tenido que huir de Alemania durante el auge del nazismo. Aquello fue especialmente hipócrita por su parte pues los manifestantes rebatían justamente y con argumentos de peso lo que en las propuestas de Singer coincide con el programa T4 de exterminio de los discapacitados.
El libro que lo dio a conocer, Liberación animal, vendió más de 500.000 ejemplares. Pero Singer es autor también de un manual de ética que lleva por título Ética práctica y que tuvo una gran difusión en todas las universidades del mundo anglosajón.
Sin duda el manifiesto de Singer en favor de la liberación animal es lo que mejor expresa la tendencia contemporánea a ampliar hasta los animales la esfera de los «seres sensibles». Pero hasta más tarde no se reivindicaron «derechos» en favor de los animales en nombre de ese cambio de sensibilidad, en un proceso muy semejante al movimiento en favor de la infancia, que confluyó en la noción «derechos del niño». En ambos casos se aprecia la misma rareza, que consiste en reivindicar derechos a favor de seres que evidentemente no pueden promover acciones judiciales por no tener el don de la palabra y algunas otras competencias anexas. De hecho, este enfoque jurídico no le viene nada bien a Singer, que como buen heredero de Mayo del 68 considera que la visión en términos jurídicos es demasiado «formal» y que es mejor liberar efectivamente a los animales.
Otra profesora universitaria, muy reputada por sus trabajos sobre los cyborgs y el posfeminismo, Donna Haraway, sostiene también tesis claramente zoófilas. En sus obras estas cuestiones tienen reservado un lugar preeminente. Mientras en Singer el asunto se abordaba como una cuestión de «ética práctica» («¿es ético y en qué condiciones tener relaciones sexuales con los animales?»), Haraway considera la zoofilia desde un punto de vista muy diferente. En primer lugar porque se trata de una cuestión personal, ya que hace extensas narraciones de sus relaciones amorosas con su perra. Y luego porque, a diferencia de Singer, ella no es una ética-apisonadora; trata la cuestión con ligereza, con cierto humor incluso. Y finalmente porque su elogio de la zoofilia se inscribe en un proyecto mucho más amplio de «supresión» o de «borrado» de fronteras entre especies y de promoción de seres «híbridos», como el famoso cyborg de su Manifiesto para cyborgs. En ella, que es cercana a Judith Butler, de lo que se trata es de acercar el hombre al animal para contribuir a embarrar aún más las fronteras entre todos los «dualismos»: entre sexos, entre hombre y máquina, entre hombre y animal, entre naturaleza y cultura, etc. En esta mezcolanza cósmica el hombre y el animal dejan de existir. Trata de perdernos en un «maelstrom de naturaleza-culturas».

Tiene algo de extraño observar que una civilización se apasiona por cuestiones que giran en torno al «final de la vida», así es como debemos hablar ahora de los momentos que preceden a la muerte. Es chocante ver que uno de los manuales de ética más utilizados hoy en día, el del inefable Singer, en vez de preocuparse, como lo hacían las éticas antiguas, por lo que pueda ser una buena vida, se plantee sobre todo la pregunta de saber cómo morir, o más exactamente cómo hacer morir a los demás, a los de peor salud o a los no deseados. Los títulos de los capítulos lo dicen todo. La «ética práctica» de Singer se plantea las siguientes preguntas centrales: «¿Está mal matar?», «¿Puede suprimirse la vida de los animales?», «¿Se puede suprimir la vida del embrión o del feto?», «¿Se puede acabar con la vida de los humanos?». Curiosa ética esta, que se inclina más hacia la muerte, hacia la ethics of killing, que hacia la vida.
La consecuencia que podría sacarse es que semejante obsesión refleja sobre todo la profunda depresión que se ha apoderado de Occidente, porque no parece que este asunto preocupe de la misma manera a países o civilizaciones más jóvenes.
El entusiasmo contemporáneo por una muerte administrada por un Estado omnipotente a cuyo servicio estaría el médico reúne todos los ingredientes para el asombro. O sea, que el último momento de nuestra vida que aún no había sido socializado ha de ponerse ahora en manos de un supuesto comité de ética compuesto por filósofos desocupados o médicos jubilados, encargados de decidir quiénes de nosotros deben vivir o morir. La muerte ya no tiene nada de sagrado y solo es un problema técnico sobre el que podrá pronunciarse cualquier comité de «expertos». Con la eutanasia se trata de borrar radicalmente la dimensión trágica de la vida, en un movimiento que una neurocirujana, Anne-Laure Boch, califica acertadamente como «nihilista»: «La eutanasia, con todo lo que supone de cobardía frente a la vida, de complacencia hacia una utopía que desvaloriza lo real y de fantasma todopoderoso», le parece «el colmo del nihilismo tal y como Nietzsche nos enseñó a detestarlo». Y añade que ese «nihilismo militante» es aún más odioso en aquellos cuya misión es cuidar de los enfermos, no acabar con ellos. Lo cual explica sencillamente por qué los médicos no suelen ser grandes entusiastas de la eutanasia.
La eutanasia en cambio se presenta como un «derecho» que tendría que ser instaurado con la máxima urgencia, nuevamente «la sociedad» sería la encargada de pronunciarse sobre un asunto que solo concierne a cada uno de nosotros. El único momento de la vida que hasta ahora escapaba a la mano todopoderosa del Estado tendría que ser socializado también. Ni que decir tiene que el coste del cóctel letal correría a cargo de la Seguridad Social…
La pregunta a la que habría que responder con extrema sutileza y legislar con la máxima urgencia es si hay que acortar la vida de las personas gravemente enfermas que hayan expresado previamente su deseo de no morir indignamente y que ya no estén en condiciones de suicidarse o decidir por sí mismas su forma de morir.

La distinción entre vidas «dignas» e «indignas» está en la base de una nueva concepción de la moral que Singer expone sobre todo en el libro que él considera su obra mayor, Repensar la vida y la muerte. El derrumbe de nuestra ética tradicional. Empieza con el anuncio de lo que Singer llama modestamente una «revolución copernicana» de la moral y termina con el enunciado de unos mandamientos que van a sustituir a los obsoletos «diez». Copérnico y Moisés destronados por Singer. Nada menos.
Según él, hay que reemplazar la vieja doctrina cristiana de la «santidad de la vida» por una nueva teoría, la de la «calidad de la vida». El autor se presenta como un revolucionario laico en lucha contra el oscurantismo religioso; en su opinión, la palabra «santidad» es una especie de injuria. No deja de luchar por «desantificar la vida».
Muchas veces los medios de comunicación se extrañan de que los médicos no sean más entusiastas con la idea de hacer morir a sus pacientes y eso les parece una prueba de su falta de humanidad. No se acuerdan de que la idea de la eutanasia contradice la definición misma de la profesión médica; como advierte el médico estadounidense Leon Kass, «la eutanasia pone en cuestión la idea misma de la medicina».
La medicina busca ayudar al enfermo a luchar contra la enfermedad y la muerte, no a resignarse a que esta se lo lleve por delante. Por definición, la vida es una pelea contra ella; «es el conjunto de funciones que oponen resistencia a la muerte», decía el médico Bichat, y lo natural es que el humano vivo resista a la muerte hasta el extremo que la medicina se lo permita. No es casualidad que el juramento de Hipócrates, el más antiguo de todos los códigos éticos, incluya la fórmula: «Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo; tampoco administraré abortivo a mujer alguna».

Hablar del aborto como algo anodino abre la puerta a despropósitos. Esa es la conclusión que debemos sacar de todo esto, no que haya que prohibir la interrupción voluntaria del embarazo. El infanticidio para Singer está íntimamente ligado al aborto, lo mismo que, también para ese autor, la zoofilia es una de las consecuencias lógicas de la idea de «liberación animal» y de la crítica al especismo. Las «argumentaciones» de Singer son sin duda patéticas. Si no se fuera persona más que cuando se es consciente de uno mismo y del propio futuro, estaría permitido matar a toda persona dormida. Si se piensa que la vida de una persona humana no puede ser protegida más que cuando esa persona es consciente y ha entendido lo que es la vida y la muerte, ciertamente Singer y sus fieles merecerían la muerte sin tardanza, de manera ética, eso sí. Abundan las consecuencias absurdas.
Sería un error, una falta incluso, intentar «refutar» racionalmente tales dislates. No es necesario añadir una «característica» (razón, consciencia, autonomía, etc.) al simple hecho de ser humano para que la humanidad deba ser respetada en cada uno de nosotros. Lo dice estupendamente la filósofa inglesa Anne Maclean.

Hace unos cincuenta años surgió en Occidente una nueva definición de muerte que introducía la noción de «muerte cerebral». Apareció en Estados Unidos y rápidamente se extendió por el mundo entero sin encontrar gran resistencia, excepto en Japón.
Como se ha señalado en repetidas ocasiones, esta reformulación está directamente relacionada con las técnicas de trasplante de órganos y tiene bastantes consecuencias científicas y médicas, pero también éticas. Más allá de la eutanasia, la pasión mórbida de nuestra época por una muerte «digna» no podía encontrar terreno mejor abonado que la cuestión de los límites de la muerte. También este asunto va a darnos que hablar, pues detrás del aluvión de buenos sentimientos «solidarios» y «ciudadanos» se perfilan perspectivas mucho más inquietantes que, como en el caso de la eutanasia, nos llevan directamente a las películas más «gore» de terror contemporáneo.
Tal enfoque tiende a considerar la muerte como un problema técnico para el que es posible aportar respuestas técnicas.
La redefinición de la muerte como muerte cerebral es muy reciente y en bastantes sentidos contraintuitiva, ya que los muertos siguen respirando, mantienen un color rosado, conservan lo esencial de la vida vegetativa. La fecha clave la marcó el informe de la Harvard Medical School en 1968, cuando ideó la definición estándar de la muerte cerebral. Pero la cuestión de los límites de la reanimación había sido ya planteada a finales de los cincuenta por los neurólogos franceses Pierre Mollaret y Maurice Goulon, que habían definido la noción de «coma irreversible», «más allá del coma más profundo», en un artículo de 1959 basado en el estudio de veintitrés pacientes. Como ellos escriben, el «precio» de los progresos de las técnicas de reanimación neurorrespiratoria ha consistido en que algunos enfermos pueden sobrevivir quince días sin recuperar la consciencia. La circulación sanguínea y la respiración se mantienen gracias a esas técnicas, mientras que son inexistentes no solamente la vida de relación sino igualmente las funciones vegetativas.

Hans Jonas fue primero un gran historiador de la filosofía, en particular un especialista de la gnosis; con esta nueva definición de la muerte constata el resurgimiento, más allá del cartesianismo, de un rasgo radicalmente gnóstico. Deplora el empobrecimiento increíble que supone definir la vida humana únicamente por la consciencia. El cuerpo que está «recién muerto» no está, según él, todavía separado de su sacralidad y de su participación en el alma del difunto, contrariamente a lo que querrían hacernos creer los que solo ven en el «cadáver» un «saco de órganos» para «cosechar».

La muerte, la vuelta a lo inorgánico, es a todas luces nuestro destino, pero la humanidad se constituyó precisamente contra ese destino negándose con todas sus fuerzas a aceptar la perspectiva del aniquilamiento. El principal error que cometen generistas, animalistas y demás bioéticos es creer que hay que «borrar» todas las variedades de fronteras. La humanidad solo se constituye a partir de la edificación de límites y de fronteras. Esas fronteras son las que hacen que la humanidad como tal exista. Si deja de haber límites y fronteras, abandonamos la humanidad y nos sumergimos en la naturaleza. Claro está que, desde el punto de vista del estudio científico de la naturaleza, existe toda una gradación entre lo masculino y lo femenino, el hombre en ciertos aspectos es un animal y la vida y la muerte son difíciles de distinguir y de definir. Con este pretexto algunos querrían predicar un continuismo universal.
Pero durante toda su historia la experta humanidad se esforzó precisamente en diferenciar radicalmente los sexos, en precisar la diferencia entre hombres y animales, en mantener lo muerto a distancia de lo que está vivo.

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A scathing critique of gender theory, animal theory and all kinds of extreme thoughts about death, from euthanasia to obligatory «donation» of organs.
Braunstein unmasks the sheer craziness of some contemporary philosophers (mainly Anglo-saxon). The worrying thing is not so much that some people hold crazy and contemptible ideas, but rather that these people are holding important chairs in leading universities in the world. Criminal behaviour of the universities employing them.
An intelligent book, countercurrent, that dismantles prejudices, myths and sensitivities about some of the matters that are most buzzing in the so-called «politically» correct «thought, especially bad feminism, animalism and euthanasia. Suitable for convalescent mentalities.
The author places in the extreme positions of euthanasia, animalism and gender. In the street people reflect more moderately on these issues but the book is dedicated to refute again and again extremists like Singer. People consider euthanasia, for example, from the perspective of having a dignified death and as far as possible from suffering if there is a case of having a long agony, they are a solution.
Hell, they say, is paved with good intentions. Nature and culture impose biological and formal limits on us, this is the origin of what makes us different. Of course, one consequence of otherness is the foundational conflict, but the other consequence is the contract: this is what makes history. Lost minds forget this ambiguity of Dasein and, as good heirs of Gnosis, imagine that we can solve conflicting questions in «the world of angels’ dreams.» His absurd idea: abolish these borders that define us precisely. Therefore, they try to deny the sexuality of nature to consider only the sexuality of culture, to deny the threshold of the human that separates us from animality, to deny the dichotomy of life and death and, therefore, the same person «Man is not an angel or a beast and misfortune wants him to want the angel to make the beast,» Pascal said; We can see it clearly in this work, very well documented about the wanderings of a wrong university thought that, unfortunately, has the ear of politicians. The Beast, here, is that of an Apocalypse where the best intentions join the worst evils of the Holocaust. Thanks to Jean-François Braunstein for this enlightening critical synthesis.

Taking the opposite view of ideas in tune with the times, where we witness the confusion of the traditional landmarks that govern relations between the sexes and those that exist between man and animal, philosophy professor Jean-François Braunstein lo He says resolutely: Borders allow people to live in peace.
This strong position underlies the purpose of his latest book, whose publication is well received by both Le Figaro (very favorable article by the Missoneist R. Redeker, quoted in La philosophie goes crazy) and by Le Monde des Libros (almost as a positive criticism of E Roudinesco, also cited by JF Braunstein).
In defending contemporary excesses, the ranting of Judith Butler (sic) and Peter Singer («sixty-eight»), and criticizing the correct policy, the author does not lack pen but gives many facilities, sowing his text in quotes like so many laughs off.
The daring thought experiments of Anglo-Saxon academics, not necessarily philosophers, should be noted, seem to witness a delusional distancing from the real world. Behind his promising benevolence and the pseudo progress they imagine, Braunstein sees the threat of terrible regressions, as abject as absurd, that are coming, from which he detects the prodromes.
Without justifying their essentialist assumptions, and being critical of environmental nominalism without explaining their position in relation to French theory (Deleuze, Foucault, Derrida), due to their excesses, the Sorbonne teacher leaves the academic record as’ venturing into the field of the brochure, particularly in the introduction and conclusion. Is it reasonable to pretend that the singer «wants to accelerate the death of as many of his teammates as possible»?
After the works of Francis Wolff (Three contemporary utopias) or Étienne Bimbenet (The complex of the three monkeys), the chapters devoted to gender and animal studies deserve some consideration, for their critical objective and the numerous Anglo-Saxon references to use ( or manipulate). The pages that address, quite incongruously, the issue of transplantation, are particularly controversial and very questionable.

There is a concept of «gender» and that concept appeared precisely in 1955 from the pen of John Money, a psychologist and sexologist at the prestigious American university Johns Hopkins. For a long time he was a hero of feminist and postfeminist thinking. Beatriz Preciado herself, a few years before she reproached Michel Onfray for bringing Money’s work to light.
As for Money itself, he will not fail to claim his paternity in the invention of the term «gender.» In 1995 he once again becomes enraged against the Oxford English Dictionary which attributes the invention to another author and delays the invention of the term to an earlier date. Money does not miss the opportunity to specify: «The word made its first appearance in English [in its 1955 article] as a human attribute, but it was not simply synonymous with sex.» That term indicated, Money says, “the overall degree of masculinity that is intimately felt and manifested publicly in the baby, in the child, in the adult, and that usually, although not necessarily, corresponds to the anatomy of the organs of procreation».
Research on hermaphroditism was what led Money to elaborate the concept of gender. The Johns Hopkins center’s reputation encouraged numerous parents of hermaphrodite children to consult. As a French psychiatrist specializing in these matters, Léon Kreisler, pointed out, «we are then entering a new stage of the psychological study of the ambiguous. It was marked above all by the work of J. Money, J.-G. and J.-L. Hampson, Wilkins team psychiatrists, whose publications appear after 1955. In fact, previous studies had already demonstrated an essential fact , namely, the possible absence of parallelism between somatic sex and psychological sex.
Once Money established that there is a gender other than sex, the next stage was to state that somehow gender is self-sufficient and that sex does not exist regardless of gender. In fact, what the post-feminist authors are going to reproach Money is that he admits that in spite of everything there are different sexes, a biological sex of birth for each child, even if Money considered that this is not essential for gender identity. From that moment it was necessary to demonstrate that it is gender that determines sex. My sex will be the consequence of gender. My sexual identity will depend on my will.
The exaltation of the intersex and a «radiant future» also faces some minor difficulties, dysfunctions of the adrenal glands, cancers and other hernias that Faust-Sterling has no choice but to mention, slightly, as in passing: «In my utopia , the major medical problems of an intersex will be the potentially lethal pathologies that sometimes accompany intersex development. ”To do this, we must“ imagine a new ethic of medical treatment that allows ambiguity to prosper, anchored in a culture that will have overcome hierarchies of genre». Little thing finally, if that is just the price that humanity has to pay to end the differences …

If someone is not happy with their sex, just change it, medicine will take care of it. Szasz here denounces a terrifying extension of the medical empire over our lives. It makes no sense to seek a medical response to the desire to be another person and Szasz foresees very well the consequences of such an attitude. If the transsexuality clinic authorizes surgical transformations of the human body, “what would happen if a man went to see an orthopedic surgeon telling him that he feels like a left-handed prisoner in an ambidextrous body and asking the doctor to amputate his right arm that Is he perfectly healthy? That would actually occur some years later. For Szasz, on the contrary, the desire to change sex is certainly not a disease, it is a desire without more, an aspiration that cannot be satisfied in any other way than the imaginary one and which in any case does not require surgical treatment: « If such a desire mutates into disease and if the person who has it becomes transsexual, then an elderly person who wants to return to youth is a “transchronological”, the poor person who wants to become rich is a “transeconomic” and so successively. ”It is interesting that some doctors try to propose solutions to all our dissatisfied desires, but it is a serious threat to the mental balance of individuals. According to Szasz, creating new pathologies, medicine develops its power in society and transforms the people who until that moment were simply «having a bad time» in new categories of patients, from the already relatively transsexual current to the very unlikely He amputated him: Democracy is murdered by medicine and replaced by what Szasz calls the «farmocracy.»
The latest shouting trend is now that of «transgender children.» The National Geographic monthly magazine, which once dealt with geography, dedicated its cover of December 2016 to Avery Jackson, a boy / girl from Kansas City, «the first transgender person who occupied the cover» of the famous magazine. Avery «lives like a girl since she was five years old» and «for her bravery and pride», «summarizes the concept of gender revolution,» according to the grandiose presentation of National Geographic. The editorialist discovers that we are surrounded by “notions that change about what it means to be a man or a woman and what it means to be transgender, cisgender, non-compliant gender, genderqueer, agender or any of the fifty terms that Facebook proposes to users for their profiles ».

The «animalistic» feeling is increasingly developed, at least in Western countries, which consider that the «living conditions of the animal» are frightening, without giving more details. Meat-based food is increasingly disgusting.
Singer’s thesis encountered some resistance, something that did not cease to surprise him. His election in Princeton was also welcomed by demonstrations of disabled people and their families with the slogan Not yet dead. They protested against the fact that a supporter of the euthanasia of the mentally handicapped was appointed professor of ethics at one of the most important American universities. His lectures in Germany were also interrupted by protesters who remembered the euthanasia of the disabled people who carried out the Nazis. Singer then made himself indignant, arguing that he himself came from a family of Jews who had had to flee from Germany during the rise of Nazism. That was especially hypocritical on the other hand because the protesters justly and strongly argued against what Singer’s proposals coincide with the T4 program for the extermination of the disabled.
The book that made it known, Animal Liberation, sold more than 500,000 copies. But Singer is also the author of an ethics manual that is titled Practical Ethics and was widely disseminated in all universities in the Anglo-Saxon world.
No doubt Singer’s manifesto in favor of animal liberation is what best expresses the contemporary tendency to extend the sphere of «sentient beings» to animals. But until later, «rights» were not claimed in favor of animals in the name of this change in sensitivity, in a process very similar to the movement in favor of children, which converged on the notion «rights of the child.» In both cases, the same rarity can be seen, which consists in claiming rights in favor of beings who obviously cannot promote legal actions because they do not have the gift of the word and some other attached powers. In fact, this legal approach is not good for Singer, who, as a good heir of May 68, considers that the vision in legal terms is too «formal» and that it is better to effectively free animals.
Another university professor, very renowned for her work on cyborgs and postfeminism, Donna Haraway, also maintains clearly zoophilic theses. In his works these questions have reserved a preeminent place. While in Singer the issue was addressed as a matter of «practical ethics» («is it ethical and under what conditions to have sex with animals?»), Haraway considers zoophilia from a very different point of view. First of all because it is a personal matter, since it makes extensive narratives of his love affairs with his dog. And then because, unlike Singer, she is not an ethic-roller; treat the issue lightly, with some humor even. And finally because his praise of zoophilia is part of a much broader project of «deletion» or «deletion» of borders between species and promotion of «hybrid» beings, such as the famous cyborg of his Manifesto for cyborgs. In it, which is close to Judith Butler, what it is about is to bring man closer to the animal to contribute to further muddling the boundaries between all «dualisms»: between sexes, between man and machine, between man and animal, between nature and culture, etc. In this cosmic hodgepodge, man and animal cease to exist. Try to get lost in a «maelstrom of nature-cultures».

It is somewhat strange to note that a civilization is passionate about issues that revolve around the «end of life,» this is how we should talk now about the moments that precede death. It is shocking to see that one of the most used ethics manuals today, that of the ineffable Singer, instead of worrying, as the old ethics did, so that it can be a good life, the question of knowing above all arises how to die, or more exactly how to make others die, those in worse health or the unwanted. The chapter titles say it all. Singer’s «practical ethics» raises the following central questions: «Is it wrong to kill?», «Can the life of animals be suppressed?», «Can the life of the embryo or the fetus be suppressed?», » Can you end the life of humans? Curious ethics this, which leans more towards death, towards ethics of killing, than towards life.
The consequence that could be drawn is that such an obsession reflects above all the deep depression that has taken hold of the West, because it does not seem that this issue worries in the same way to younger countries or civilizations.
The contemporary enthusiasm for a death administered by an omnipotent State at whose service the doctor would be brings together all the ingredients for amazement. That is, the last moment of our life that had not yet been socialized must now be put in the hands of an alleged ethics committee composed of unemployed philosophers or retired doctors, who are in charge of deciding who of us should live or die. Death is no longer sacred and it is only a technical problem on which any committee of «experts» can rule. Euthanasia is about radically erasing the tragic dimension of life, in a movement that a neurosurgeon, Anne-Laure Boch, rightly describes as «nihilistic»: «Euthanasia, with all that is cowardice against life, of complacency towards an utopia that devalue the real and of an almighty ghost, «it seems» the height of nihilism as Nietzsche taught us to detest it. » And he adds that this «militant nihilism» is even more hateful in those whose mission is to take care of the sick, not to end them. Which simply explains why doctors are not usually big euthanasia enthusiasts.
Euthanasia, on the other hand, is presented as a «right» that would have to be established with the utmost urgency, again «society» would be responsible for ruling on an issue that only concerns each one of us. The only moment in life that until now escaped the almighty hand of the State would have to be socialized as well. It goes without saying that the cost of the lethal cocktail would be borne by Social Security …
The question that should be answered with extreme subtlety and legislated with the utmost urgency is whether to shorten the lives of seriously ill people who have previously expressed their desire not to die unworthily and who are no longer in a position to commit suicide or decide by themselves their way of dying.

The distinction between «dignified» and «unworthy» lives is at the base of a new conception of morals that Singer exposes above all in the book he considers his greatest work, Rethinking life and death. The collapse of our traditional ethics. It begins with the announcement of what Singer modestly calls a «Copernican revolution» of morality and ends with the statement of some commandments that will replace the obsolete «ten.» Copernicus and Moses dethroned by Singer. Nothing less.
According to him, the old Christian doctrine of «holiness of life» must be replaced by a new theory, that of «quality of life.» The author presents himself as a secular revolutionary in the fight against religious obscurantism; In his opinion, the word «holiness» is a kind of insult. He keeps fighting to «deantify life.»
Many times the media are surprised that doctors are not more enthusiastic with the idea of making their patients die and that seems proof of their lack of humanity. They do not remember that the idea of euthanasia contradicts the very definition of the medical profession; as the American doctor Leon Kass warns, «euthanasia calls into question the very idea of medicine.»
Medicine seeks to help the patient to fight against illness and death, not to resign themselves to being taken ahead of them. By definition, life is a fight against it; «It is the set of functions that oppose resistance to death,» said Dr. Bichat, and the natural thing is that the living human resists death to the extent that medicine allows it. It is no coincidence that the oath of Hippocrates, the oldest of all ethical codes, includes the formula: «I will never give anyone mortal medicine, no matter how much they ask me, nor will I take any initiative of this kind; neither will I administer abortive to any woman ».

Talking about abortion as something bland opens the door to nonsense. That is the conclusion that we must draw from all this, not that we must prohibit the voluntary termination of pregnancy. Infanticide for Singer is intimately linked to abortion, just as, also for that author, zoophilia is one of the logical consequences of the idea of «animal liberation» and criticism of specism. Singer’s «arguments» are certainly pathetic. If he were not a person other than when he is aware of himself and his future, he would be allowed to kill every sleeping person. If it is thought that the life of a human person cannot be protected except when that person is conscious and has understood what life and death are, Singer and his faithful would certainly deserve death without delay, ethically, that yes . The absurd consequences abound.
It would be a mistake, even a fault, to try to rationally refute such dislates. It is not necessary to add a «characteristic» (reason, conscience, autonomy, etc.) to the simple fact of being human so that humanity must be respected in each one of us. The English philosopher Anne Maclean says it beautifully.

About fifty years ago a new definition of death emerged in the West that introduced the notion of «brain death.» He appeared in the United States and quickly spread throughout the world without encountering great resistance, except in Japan.
As has been repeatedly pointed out, this reformulation is directly related to organ transplant techniques and has many scientific and medical, but also ethical consequences. Beyond euthanasia, the morbid passion of our time for a «dignified» death could find no better ground than the question of the limits of death. This issue is also going to make us talk, because behind the barrage of good feelings «solidary» and «citizens» are much more disturbing perspectives that, as in the case of euthanasia, lead us directly to the most «gore» films of contemporary terror
Such an approach tends to consider death as a technical problem for which it is possible to provide technical answers.
The redefinition of death as brain death is very recent and in many ways counterintuitive, since the dead continue to breathe, maintain a pink color, retain the essentials of vegetative life. The key date was marked by the Harvard Medical School report in 1968, when he devised the standard definition of brain death. But the question of the limits of resuscitation had already been raised in the late 1950s by French neurologists Pierre Mollaret and Maurice Goulon, who had defined the notion of «irreversible coma», «beyond the deepest coma», in a 1959 article based on the study of twenty-three patients. As they write, the «price» of the progress of neurorespiratory resuscitation techniques has been that some patients can survive fifteen days without regaining consciousness. Blood circulation and respiration are maintained thanks to these techniques, while not only the relationship life but also the vegetative functions are nonexistent.

Hans Jonas was first a great historian of philosophy, particularly a gnosis specialist; With this new definition of death, the resurgence, beyond Cartesianism, of a radically Gnostic trait. Deplores the incredible impoverishment of defining human life solely by consciousness. The body that is «newly dead» is not, according to him, still separated from its sacredness and its participation in the soul of the deceased, contrary to what those who only see in the «corpse» would want to see an «organ sack» To «harvest».

Death, the return to the inorganic, is clearly our destiny, but humanity was constituted precisely against that destiny, refusing with all its might to accept the perspective of annihilation. The main mistake made by generists, animalists and other bioethics is to believe that we must «erase» all varieties of borders. Humanity is only constituted from the building of boundaries and borders. Those borders are what make humanity as such exist. If there are no limits and borders, we abandon humanity and immerse ourselves in nature. Of course, from the point of view of the scientific study of nature, there is a whole gradation between the masculine and the feminine, man in certain aspects is an animal and life and death are difficult to distinguish and define. With this pretext some would like to preach a universal continuism.
But throughout its history, the expert humanity tried precisely to radically differentiate the sexes, to specify the difference between men and animals, to keep the dead at a distance from what is alive.

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