Depredadores. De Hollywood A Washington. El Complot Para Silenciar A Las Víctimas De Abuso — Ronan Farrow / Catch and Kill: Lies, Spies, and a Conspiracy to Protect Predators by Ronan Farrow

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Hay dos formas de ver el movimiento #MeToo. (Bueno, dos puntos de vista que incluso reconoceré).
En el análisis más simple y menos destructor del cerebro, #MeToo reveló la grosería de muchos hombres separados. Fue un medio eficaz para empoderar a las víctimas para que hablen sobre experiencias no relacionadas y responsabilicen a los hombres no relacionados.
En la visión más compleja y horrible, estos hombres están todos relacionados. Formaron una red de poder y manipulación que mantuvo en silencio a las mujeres y a las víctimas, y pudieron hacer lo que quisieron porque estaban dispuestas a ayudarse mutuamente a hacerlo.
Si lees este libro, ya no es posible mirar el movimiento desde la primera perspectiva.
Ronan Farrow estaba tratando de escribir la historia de un violador rico y poderoso que usó ese poder para silenciar a sus víctimas, y los acosadores sexuales por los que Farrow trabajó también hicieron su parte para silenciar a Farrow.
Leer sobre la incansable Farrow de contar esta historia horrible y sinuosa es increíble, y solo por esa razón recomiendo este libro.
Algunas partes arrastraron más que otras. El primer artículo, el que reveló la historia, se publica alrededor del punto medio, y la segunda mitad se desvió en tangentes y progresó en ataques y arranques.

En general, leer esto podría ser como leer un guión, o más generosamente, ver una película. Ya está configurado de esa manera. Hay momentos de alivio cómico, especialmente a través del divertido y probado otro tropo significativo; hay un aspecto espía; La trama se construye en una serie de momentos significativos que vuelven más tarde.
Curiosamente, este libro siente que sería mejor como película.
Supongo que tiene sentido. Esta es una historia de Hollywood, después de todo.
En pocas palabras: gracias a Dios por Ronan Farrow, pero lo más importante: gracias a Dios por la valentía de las mujeres.

Es absolutamente una locura que parezca que este libro es la trama de una película de espías o algo así, pero esta es la vida real. Esto realmente sucedió. ¿Y lo que es irritante es qué cosas horribles están sucediendo en este momento que aún no hemos escuchado? Aplaudo la valentía de las personas que estaban dispuestas a hablar y hablar, así como a los periodistas, incluido Ronan Farrow, que seguían buscando la verdad. Y mi corazón está con las víctimas que permanecen en silencio, porque este libro demuestra claramente hasta dónde llegarán las personas poderosas para protegerse y es completamente comprensible por qué algunas víctimas no sienten que pueden presentarse.
En lugar de escribir una gran sinopsis sobre lo que está cubierto en el libro, lo mantendré simple. Las personas u organizaciones clave que más aparecen en este libro son Harvey Weinstein, Matt Lauer, Donald Trump, NBC, Blackcube y Ronan Farrow. Sí, Ronan tiene algunas experiencias interesantes que comparte sobre cómo fue cubrir esta historia contra tanta oposición. No creo que este sea el caso de una persona que se inserta en la narrativa sin una buena razón. Creo que fue necesario para él compartir lo que estaba sucediendo en su vida, ya que sin duda era relevante.
Este libro me hizo hervir la sangre, pero definitivamente valió la pena leerlo.

El enfoque de Farrow reside principalmente en los esfuerzos de aquellos en el poder para curar su imagen a través de pactos hechos con periodistas y conglomerados de periodismo. Este fue, sugiere, un componente importante que influyó en la elección exitosa de Donald Trump para la presidencia de los Estados Unidos. Si las muchas historias poco sabrosas sobre esta figura pública no hubieran sido compradas y enterradas a través de su acuerdo colusorio con ciertas preocupaciones de los medios, Trump, al menos, habría tenido una batalla mucho más polémica en sus manos. Habríamos sabido lo que no podríamos saber a través de intentos deliberados de los proveedores de información para silenciar las voces y ocultar los hechos. Farrow (eventualmente) dibuja una línea directa entre los esfuerzos maníacos de Weinstein para manipular NBC News, y el pandeo de NBC bajo esa presión, a la preocupación más amplia de políticos, corporaciones e instituciones distinguidas que poseen una práctica larga y repugnante de involucrarse en lo mismo.
Esta es una lectura difícil, y no simplemente por la naturaleza complicada del tema. El trabajo de Farrow es bastante complicado, y su estilo es algo abrupto y excluyente. Él solo conoce bien la composición; las palabras parecen interponerse en su camino. Si tuviera que adivinar, pondría esto a los pies de su prodigioso intelecto. Ha sido un niño prodigio durante toda su vida, navegando a través de escuelas, títulos y empleos selectos a edades sinceramente tempranas, y uno tiene la sensación de que su mente se mueve a un ritmo vertiginoso. Lo cual no favorece la escritura o, en consecuencia, la lectura.
Aún así, este tema es material de vanguardia. Estamos obligados, nos guste o no, a alcanzar este espinoso paso de conspiración periodística en un futuro muy cercano. Y pondré dinero sobre la mesa. Ronan Farrow estará allí para saludarnos cuando lleguemos.

Desde la creación de los primeros estudios, pocos productores de la industria del cine han sido tan dominantes, o déspotas, como este al que McGowan se estaba refiriendo. Harvey Weinstein fue cofundador de las compañías de producción y distribución Miramax y Weinstein Company, y contribuyó a reinventar el modelo de cine independiente con películas como Sexo, mentiras y cintas de vídeo, Pulp Fiction y Shakespeare enamorado. Sus películas han obtenido más de trescientas nominaciones a los Óscar y, en las ceremonias anuales, Weinstein se ha llevado más agradecimientos que cualquier otra persona en la historia del cine, solo por debajo de Steven Spielberg y varios puestos por encima de Dios. En ocasiones, hasta esta distinción parecía acertada: una vez Meryl Streep bromeó diciendo que Weinstein era Dios.
Weinstein medía un metro ochenta y dos y era corpulento. Tenía la cara torcida y uno de sus ojos era más pequeño y bizqueaba.
Harvey y Bob Weinstein fundaron Miramax, llamada así en honor a sus padres, Miriam y Max, y empezaron a comprar pequeñas producciones extranjeras. Weinstein demostró que tenía un don para convertir las películas en todo un acontecimiento. Los hermanos recibieron premios, como la inesperada Palma de Oro en Cannes por Sexo, mentiras y cintas de vídeo. A principios de los noventa, Disney compró Miramax. Durante una década entera, Weinstein fue la gallina que ponía un huevo de oro tras otro. Y en la década del 2000, cuando la relación con Disney se rompió y los hermanos fundaron una nueva empresa, la Weinstein Company, rápidamente recaudaron fondos por valor de cientos de millones de dólares. Weinstein ni siquiera había recuperado sus días de gloria, pero ganó dos premios Óscar consecutivos a la Mejor Fotografía por El discurso del rey en 2010 y The Artist en 2011.
Weinstein era célebre por su forma intimidatoria, amenazante incluso, de hacer negocios. Tenía un comportamiento deimático, capaz de expandirse para asustar, como un pez globo que se hincha. Se erguía contra sus rivales o subalternos cara a cara, con el rostro encendido.

El National Enquirer era un tabloide cloaca, un lugar al que iba a parar gran parte de los rumores más feos de Estados Unidos. Cuando, por orden de los amigos más poderosos de AMI, ciertas historias eran abandonadas o enterradas satisfactoriamente, iban a descansar en los archivos del National Enquirer, en eso que algunos empleados llamaban kill file (archivo asesino). Mientras su colaboración con Weinstein se afianzaba, Howard se había dedicado a escudriñar este almacén histórico. Un día de aquel otoño, recuerdan sus colegas, pidió que sacaran un archivo específico relacionado con el presentador de una cadena de televisión.
En junio de 2016, Noah Oppenheim me dio luz verde para una serie que titulé, con la grandilocuencia propia de la televisión matinal, The Dark Side of Hollywood? («¿La cara oscura de Hollywood?»). Sin embargo, conseguir apoyo sobre determinados temas presentó dificultades. El primer tiro que le lancé al jefe se centraba en acusaciones de conducta sexual indebida con menores, incluidas las que el Atlantic señaló contra el director Bryan Singer —y que él siempre ha negado—, así como acusaciones de pedofilia formuladas por el actor Corey Feldman. Se confirmó una entrevista con Corey Feldman: el jefe de contratación, Matt Zimmerman, cerró un acuerdo en virtud del cual el antiguo niño estrella cantaría una canción y se quedaría a responder a mis preguntas. Pero Zimmerman llamó más tarde para decir que a Noah Oppenheim el tema de la pedofilia le parecía «demasiado oscuro» y desechamos el plan.
Las historias que propuse en sustitución de esta planteaban sus propios obstáculos. Levin, el jefe de producción, nos dijo a McHugh y a mí que un reportaje sobre famosos que actuaban para dictadores —en referencia al millonario concierto de Jennifer López para Gurbanguly Berdimuhamedow, el líder totalitario de Turkmenistán— era impensable habida cuenta de la relación que la cadena tenía con Jennifer López. Nadie mostró el menor interés en un tema que propuse sobre la discriminación racial en Hollywood.

La historia del acoso sexual estaba resultando un reto de programación. Una tras otra, las actrices se echaban atrás con frecuencia después de involucrar a conocidos publicistas. «Es que no es un tema del que queramos hablar», respondían. Pero las llamadas estaban levantando polvo y el nombre de Harvey Weinstein salía a relucir una y otra vez en nuestra investigación.
La productora Dede Nickerson llegó al 30 Rock para concedernos una entrevista sobre la historia de China. Nos sentamos en una sala de conferencias anodina como las que los espectadores han visto en cien programas de Dateline, decorada con una planta en una maceta y luces de colores.
Cuanta más gente llamaba, más se corroboraban las declaraciones de Denis Rice y de Dede Nickerson. También busqué elementos en defensa de Harvey Weinstein, pero sonaban hueros. Dede Nickerson había hablado de una productora que, según creía él, podía ser una víctima de Weinstein. Finalmente la localicé en Australia, adonde había ido a empezar una nueva vida. Cuando me dijo que no tenía nada que decir de Weinstein, noté tensión y tristeza en su voz, y comprendí que la estaba colocando en una situación difícil.
Una conversación con Donna Gigliotti, la productora de Shakespeare enamorado, transcurrió por el mismo derrotero.
El reportaje se expandió como un borrón de tinta. Al día siguiente del rodaje con Rose McGowan fuimos a las oficinas del Hollywood Reporter para entrevistar a uno de sus periodistas, Scott Feinberg, especializado en los premios de Hollywood. Harvey Weinstein fue ineludible también en esta conversación: él había sido esencialmente el inventor de la moderna campaña de los Óscar. Weinstein dirigía sus campañas como si fueran guerrillas. Un publicista de Miramax escribió un artículo de opinión alabando la película Gangs of New York, producida por la compañía, y la coló como si hubiera sido obra de Robert Wise, el director de Sonrisas y lágrimas, que entonces tenía ochenta y ocho años.

El método que Harvey Weinstein empleaba habitualmente para dar con alguien por teléfono era ladrar su nombre a los asistentes apostados en la antesala de su despacho. No mucho tiempo después de las llamadas a Davis Boies sobre la NBC, Weinstein gritó dos nombres: «Ponedme con Andy Lack, ahora. Y con Phil Griffin».
Cuando Weinstein habló con Andy Lack, el jefe de estudio y el jefe de cadena intercambiaron breves cumplidos. Pero Weinstein, que sonaba ansioso, fue al grano rápidamente.
—Oye —dijo—, tu chico, Ronan, está haciendo un reportaje sobre mí. Sobre los años noventa y esas movidas.
Al parecer, mi nombre solo le sonaba vagamente. Andy Lack le sugirió a Weinstein que lo intentara con Griffin, mi antiguo jefe en MSNBC. Después, Weinstein se puso a perorar sobre su inocencia y lo disparatado de la historia.
—Andy, eran los noventa, ¿sabes? ¿Que salí con una asistente o dos y no debería haberlo hecho? ¿Que me acosté con una o dos? Fijo.
Andy Lack no replicó.
—Eran los noventa, Andy —repitió Weinstein, como si para él eso fuera un punto de exculpación importante. Y siguió con un tono de amenaza—: Lo hicimos todos.
Se hizo un silencio hasta que Andy Lack dijo:
—Harvey, no digas más. Lo revisaremos.

Irwin Reiter, vicepresidente ejecutivo de contabilidad e información financiera de la Weinstein Company, se puso en contacto con Emily Nestor a través de LinkedIn. «Nos lo tomamos muy en serio y personalmente lamento mucho que su primer día fuera así —le escribió Reiter—. Si se producen otras insinuaciones no deseadas, le ruego que nos lo haga saber.» A finales de 2016, justo antes de las elecciones presidenciales, Reiter volvió a contactarla: «Toda esta historia de Trump me ha hecho pensar en usted». Reiter describió la experiencia de Emily Nestor como parte de la conducta indebida «en serie» de Weinstein. «La tuve con él por malos tratos a mujeres tres semanas antes del incidente con usted. Incluso le escribí un correo electrónico que me valió el calificativo de Policía del Sexo.
Weinstein pedía a sus asistentes que siguieran el rastro de estas mujeres. La antigua empleada las tenía a todas guardadas con la misma etiqueta en su teléfono: «A. H.», que significaba «Amiga de Harvey». «Lo hace de forma sistemática desde hace muchísimo tiempo», me dijo.
La asistente sacó un iPhone y buscó una frase que había apuntado en su aplicación de Notas unos años atrás. Era algo que Weinstein había susurrado para sí —por lo que ella pudo entender— después de uno de sus ataques de histeria. Aquello la enervó tanto que sacó el teléfono móvil, abrió una de las notas y escribió palabra por palabra: «He hecho cosas que nadie sabe».
Esta antigua empleada me puso sobre la pista de otras. Cuando junio dio paso a julio, estas mujeres empezaron a hablar ante las cámaras. «Había muchísimas reuniones entre Harvey y mujeres aspirantes a actrices o modelos», me contó una antigua ejecutiva llamada Abby Ex, velada en la sombra, pero bajo las cámaras que rodaban en una habitación de hotel en Beverly Hills. «Las recibía de noche, tarde, normalmente en el bar de un hotel o en la habitación. Y, para que se confiaran, le pedía a una ejecutiva o a una asistente que empezara las reuniones con él.» Me dijo que ella se había negado a estar presente en estas reuniones como exigía Weinstein, pero había observado cómo transcurrían y había presenciado de primera mano un patrón de abusos físicos y verbales generalizado.

Durante toda la primavera y el verano, los titulares sobre acoso y abusos cogieron carrerilla: una nueva serie de artículos sobre Fox News y un análisis en profundidad sobre el presidente Trump. Por mi parte, empecé a recibir mensajes de activistas de los derechos de la mujer que apoyaban mi reportaje sobre la discriminación de género. Mientras Ostrovsky y Khaykin debatían sobre la idoneidad de interceptarme en el 30 Rockefeller Plaza, uno de esos mensajes aterrizó en mi bandeja de entrada. Describía un programa de defensa de la mujer concebido por una compañía de servicios financieros.
El humor de Harvey Weinstein también era variable. En conversaciones con personas de su entorno, había pasado de decir jubilosamente que sus contactos en la NBC le habían prometido que el reportaje estaba enterrado a la inquietud de que quedara algún cabo suelto que yo seguía investigando. Weinstein sabía que David Boies se llevaba bien con Andy Lack y le preguntó si podía pasarle una llamada al jefe de la cadena.
A Harvey Weinstein también le frustraba la ausencia de novedades. David Boies llamó a Andy Lack como había prometido a Weinstein que haría. Le preguntó si seguían trabajando en el reportaje.
Howard siguió interesándose por los rivales de Weinstein. Y también por Matt Lauer, personalidad que el National Enquirer llevaba tiempo rondando. Desde que Howard había examinado el kill file («archivo asesino») de un reportaje inédito sobre Matt Lauer, el National Enquirer había publicado tres artículos negativos sobre el presentador de Today. Un cuarto artículo llegaría poco después de la reunión con Weinstein en el Loews Regency. Todos ellos trataban de las infidelidades de Matt Lauer, especialmente en el trabajo. «La NBC da otra oportunidad a Lauer el guarro», decía un titular.

Weinstein actuaba con desesperación y desplegaba su habitual mezcla de intimidación e influencia en los medios. El jefe de Dylan Howard, David Pecker, de American Media Inc., había sido uno de sus firmes aliados, pero empezaba a aparecer con más frecuencia en los correos electrónicos de Weinstein. «Querido David, he intentado hablar contigo —le escribió Weinstein a finales de septiembre—. ¿Puedes hablar si te llamo ahora?» A lo que Pecker respondió: «Estoy en Arabia Saudí de viaje de negocios». Más tarde, Weinstein le propondría una alianza para comprar la revista Rolling Stone, que Pecker podría sumar a su imperio mediático y dirigir entre bastidores. Pecker puso reparos al principio, pero terminó accediendo.
«Puedo reducir costes y elevar los beneficios a diez millones de dólares… Si quieres, puedes tener el 52 por ciento por 45 millones de dólares. Yo puedo liberarte del papeleo y ser el responsable de las operaciones de la revista impresa y digital.»
Weinstein amplió su campo de acción a la NBC. Se comunicó por correo electrónico y por teléfono con Deborah Turness, la predecesora de Oppenheim, que ahora se ocupaba del contenido internacional. Weinstein propuso a Turness cerrar un trato a propósito de un documental que estaba haciendo sobre Clinton.
Ese mismo mes, Weinstein envió un correo electrónico a Ron Meyer, el veterano jefe de Universal Studios y todavía entonces vicepresidente de NBCUniversal. «Querido Ron —escribió—, quería proponerte que Universal hiciera nuestro cine en casa y nuestros vídeos a la carta… Estamos en conversaciones con tu gente y creo que siempre es bueno saber qué piensan los de arriba.
En sus conversaciones con personas de su entorno, Weinstein estaba exultante. «No paraba de decir: “Si puedo hacer que una cadena de televisión tumbe una investigación, ¿qué no podré hacer con un periódico?», recordó una de ellas. Al parecer, Weinstein se refería a su problema con el New York Times. «Estaba triunfal —añadió un alto ejecutivo de la Weinstein Company—. No paraba de echárnoslo en cara: “He conseguido que tumben esa puta investigación. Soy el único que hace su trabajo en esta empresa”, nos decía.

Sorvino estaba convencida de que, después de rechazarlo, Weinstein se vengó de ella, la incluyó en una lista negra, perjudicó su carrera. Pero reconocía que era difícil demostrarlo. Sorvino salió en unas cuantas películas más de Weinstein después de Poderosa Afrodita. En Mimic, cuando Weinstein y su hermano Bob despidieron a su director, Guillermo del Toro, y reeditaron la película en contra de sus deseos, ella se opuso y defendió a Del Toro.
—No sabría decirle seguro si fue por la pelea que tuvimos por Mimic o si fue por sus insinuaciones —me dijo—, pero tengo la fuerte convicción de que se vengó de mí por rechazarle y por contar que me acosaba.
Más tarde, sus sospechas se confirmaron: el director Peter Jackson dijo que cuando estaba sopesando la posibilidad de contratar a Mira Sorvino y a Ashley Judd en El señor de los anillos, Weinstein intervino. «Recuerdo que Miramax nos dijo que era una pesadilla trabajar con ellas y que debíamos descartarlas a toda costa —
Sorvino era una persona extraordinaria. Se había graduado en Harvard con honores magna cum laude. Había defendido causas benéficas relacionadas con abusos a mujeres y había sido Embajadora de Buena Voluntad de la ONU para la lucha contra la trata de personas. Desde nuestras primeras conversaciones me quedó claro que estaba haciendo un análisis concienzudo y que su sentido ético tenía mucho peso en su decisión.
—La primera vez que me escribió —me dijo—, tuve una pesadilla: que aparecía con una videocámara y me preguntaba por mi trabajo con Woody Allen.
Rosanna Arquette me contó que, a principios de la década de los noventa, aceptó reunirse con Weinstein para cenar en el Beverly Hills Hotel y recoger el guion de una nueva película. Una vez allí, le dieron instrucciones de reunirse con él arriba, en su habitación. Arquette recordó que, cuando llegó a la habitación, Weinstein le abrió la puerta vestido con un albornoz blanco. Le dijo que le dolía el cuello y que necesitaba un masaje. Ella le dijo que podía recomendarle a una buena masajista.
—Entonces me cogió la mano y se la llevó al cuello —me dijo. Cuando ella le apartó la mano, Weinstein se la cogió otra vez y se la acercó al pene, visiblemente erecto—. El corazón me iba a mil por hora. Era el momento de luchar o de salir corriendo.
Y le dijo: «Nunca haré eso». Weinstein le contestó que estaba cometiendo un tremendo error, y nombró a una actriz y a una modelo que, según él, habían cedido a sus proposiciones sexuales y que, gracias a eso, habían medrado profesionalmente. Arquette me dijo que le respondió: «Nunca seré esa clase de chica» y se fue. El relato de Arquette era importante por lo mucho que se parecía a otros que ya había escuchado: pretexto profesional, reunión trasladada arriba, a la habitación del hotel, petición de masaje, albornoz.

Aquel mes de octubre el mundo alrededor de Harvey Weinstein empezaba a cambiar. Estaba demacrado. Sus ataques de ira eran moneda corriente, pero sus arrebatos se tornaron más imprevisibles que de costumbre. Se volvió cada vez más desconfiado dentro de la Weinstein Company. Más tarde se sabría que había vigilado las comunicaciones de Irwin Reiter, quien había enviado mensajes de apoyo a Emily Nestor, y al que Weinstein había apodado el Policía del Sexo. El 3 de octubre Weinstein hizo que un experto informático rastreara y eliminara un archivo llamado las «amigas de HW», que registraba la localización y la información de contacto de docenas de mujeres en ciudades de todo el mundo.
La mañana del 5 de octubre, Weinstein reunió a casi todo su equipo de abogados en sus oficinas de Greenwich Street, donde improvisaron un cuartel de operaciones.

Harvey es un violador y que esto se sabrá algún día —recordó haberle dicho a un miembro del equipo de comunicación, entre muchos otros a los que avisó según ella.
Cinco días más tarde, Clinton publicó un comunicado en el que decía estar «conmocionada y horrorizada».
Woody Allen, que había expresado sus simpatías por Weinstein al teléfono el mes anterior, volvió a expresarlas en público.
Meryl Streep, que se mostró sorprendida al enterarse de las acusaciones contra Weinstein cuando hablé con ella, volvió a decir lo mismo. Se dedicó a sortear las críticas, muchas de ellas injustas. Un artista callejero de extrema derecha colgó por Los Ángeles una imagen de ella y Weinstein abrazados, con una pincelada de pintura roja en los ojos de ella que rezaba: «Ella lo sabía». Meryl Streep emitió un comunicado a través de su publicista. (Como Hollywood valora la economía de personajes, se trataba también de la publicista de Woody Allen, Leslee Dart, que había supervisado sus intentos periódicos por desacreditar a mi hermana.) «Una cosa debe quedar clara. No todo el mundo lo sabía —decía Meryl Streep en sus declaraciones—. Y si todo el mundo lo sabía, no me creo que todos los periodistas de investigación en la industria del espectáculo y los medios informativos serios miraran para otro lado durante décadas y no escribieran nada sobre ello.» Yo creía en Meryl Streep cuando decía que no lo sabía. Pero su optimismo era infundado: algunos medios lo habían intentado, pero otros lo habían sabido y habían mirado para otro lado.

La relación entre AMI y Trump era un ejemplo extremo del poder que tenían los medios de escabullirse de una supervisión independiente y trabar alianzas en fiestas con sujetos que habían sido denunciados. Pero para AMI era terreno conocido. En el curso de los años, la compañía había alcanzado acuerdos para dar carpetazo a testimonios contra Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Tiger Woods, Mark Wahlberg y demasiados como para poder contarlos. «Teníamos testimonios y los compramos sabiendo de sobra que nunca los publicaríamos», dijo George.
Uno tras otro, los empleados de AMI usaron la misma frase para describir esta práctica que consiste en comprar una historia para enterrarla. Era un viejo término en la industria de los tabloides: «captura y muerte».

La NBC contrató a Ed Sussman, un «blanqueador de Wikipedia», para censurar referencias a Oppenheim, a Weinstein y a Lauer en la enciclopedia de contenido libre que cualquiera puede editar. El caso Lauer, escribió Sussman, justificando una de las ediciones, «debería tratarse por separado». Sussman maquilló el material a favor de la NBC, a veces incurriendo en errores. En una de las ediciones, propuso que se corrigiera el texto diciendo que habían transcurrido «varios meses», y no uno, entre la fecha en que The New Yorker había dado luz verde al artículo y la fecha de su publicación. En otras ocasiones, Sussman borraba directamente todas las menciones a las controversias.
Este es uno de los ejemplos más flagrantes y vergonzosos de manipulación que he visto jamás en Wikipedia, y no he visto pocos», se lamentó un editor veterano de Wikipedia. Pero Sussman casi siempre se salía con la suya: siguió haciendo cambios con una obstinación que los editores altruistas no podían igualar. Y recurrió a una red de cuentas amigas para blanquear sus cambios y asegurarse de que nadie los modificara. Varias páginas de Wikipedia, incluida la de Oppenheim, fueron despojadas de toda evidencia de que la cadena había tumbado el reportaje sobre Weinstein. Era como si jamás hubiera existido.

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There are two ways to view the #MeToo movement. (Well, two views I’ll even recognize.)
In the simpler, less brain-destroying analysis, #MeToo revealed the grossness of many separate men. It was an effective means of empowering victims to speak about unrelated experiences and to hold unrelated men accountable.
In the more complex and horrific view, these men are all related. They formed a network of power and manipulation that kept women and victims quiet, and they were able to do what they wanted because they were willing to help each other do so.
If you read this book, it’s impossible to look at the movement from the first perspective any longer.
Ronan Farrow was trying to write the story of a rich and powerful rapist who used that power to silence his victims, and the sexual harassers Farrow worked for did their part to silence Farrow, too.
Reading about Farrow’s tirelessness in telling this horrible and winding story is incredible, and for that reason alone I recommend this book.
Some parts dragged more than others. The first article, the one that broke the story, is published around the halfway point, and the second half swerved into tangents and progressed in fits and starts.

Overall, reading this could feel like reading a screenplay – or more generously, watching a movie. It’s already set up that way. There are moments of comic relief, especially through the amusing and tested significant other trope; there’s a spy aspect; the plot is constructed in a series of significant moments that come back later on.
Oddly, this book feels it would do better as a movie.
I guess that does make a sort of sense. This is a Hollywood story, after all.
Bottom line: Thank god for Ronan Farrow, but more importantly – thank god for the bravery of women.

It’s absolutely insane this book seems like it is the plot of a spy movie or something but yet this is real life. This stuff actually happened. And what is infuriating is what horrible things are going on right now that we haven’t even heard about yet? I applaud the bravery of the people who were willing to come forward and speak out as well as the journalists including Ronan Farrow who kept on digging for the truth. And my heart goes out to the victims who remain silent, because this book clearly demonstrates the lengths powerful people will go to in order to protect themselves and it is completely understandable why some victims do not feel like they are able to come forward.
Rather than write a big synopsis about what is covered in the book I will just keep it simple. The key people or organizations that are featured the most in this book are Harvey Weinstein, Matt Lauer, Donald Trump, NBC, Blackcube, and Ronan Farrow. Yes, Ronan has some interesting experiences he shares on what it was like to cover this story against so much opposition. I don’t think this is a case of a person inserting himself into the narrative for no good reason. I believe it was necessary for him to share what was going on in his life as it was certainly relevant.
This book made my blood boil but it was definitely worth reading.

Farrow’s focus resides primarily on the efforts of those in power to curate their image through pacts made with journalists and journalism conglomerates. This was, he suggests, a major component factoring into the successful election of Donald Trump to the presidency of the United States. Had the many less-than-savory tales about this public figure not been bought and buried through his collusive arrangement with certain media concerns, Mr. Trump would, at the very least, have had a much more contentious battle on his hands. We would have known what we could not know through purposeful attempts by purveyors of information to silence voices and hide facts. Farrow (eventually) draws a direct line from Weinstein’s manic efforts to manipulate NBC News, and NBC’s buckling under that pressure, to the wider concern of politicians, corporations, and distinguished institutions possessed of a long and loathsome practice of engaging in same.
This is a difficult read, and not simply because of the subject’s complicated nature. Farrow’s work is fairly convoluted, and his style is somewhat abrupt and exclusionary. He has only a nodding acquaintance with composition; words seem to get in his way. If I had to guess, I’d lay this at the feet of his prodigious intellect. He’s been a wunderkind throughout his life – sailing through schools, degrees, and choice employments at sincerely early ages – and one gets the sense his mind moves at a breakneck pace. Which does no favors to writing or, consequently, reading.
Still, this topic is cutting edge stuff. We are bound, whether we like it or not, to reach this thorny pass of journalistic conspiracy in the very near future. And I’ll put money on the table Ronan Farrow will be there to greet us when we arrive.

Since the inception of the first studios, few film industry producers have been as dominant, or despotic, as this one McGowan was referring to. Harvey Weinstein was a co-founder of the production and distribution companies Miramax and Weinstein Company, and helped reinvent the independent film model with films like Sex, Lies and Videotapes, Pulp Fiction, and Shakespeare in Love. His films have garnered more than three hundred Oscar nominations, and at annual ceremonies Weinstein has earned more thanks than anyone else in film history, only below Steven Spielberg and several places above God. Sometimes even this distinction seemed accurate: Meryl Streep once joked that Weinstein was God.
Weinstein was six feet six and was stocky. His face was crooked and one of his eyes was smaller and squinting.
Harvey and Bob Weinstein founded Miramax, named after their parents, Miriam and Max, and started buying small foreign productions. Weinstein demonstrated that he had a knack for turning movies into an event. The brothers received awards, such as the unexpected Palme d’Or at Cannes for Sex, lies and video tapes. In the early 1990s, Disney bought Miramax. For a whole decade, Weinstein was the goose that laid one golden egg after another. And in the 2000s, when the relationship with Disney broke up and the brothers founded a new company, the Weinstein Company, they quickly raised funds worth hundreds of millions of dollars. Weinstein hadn’t even gotten his glory days back, but he won two consecutive Academy Awards for Best Cinematography for The King’s Speech in 2010 and The Artist in 2011.
Weinstein was renowned for his intimidating, even threatening, way of doing business. He had deimatic behavior, capable of expanding to frighten, like a pufferfish that swells. He stood up against his rivals or subordinates face to face, his face on fire.

The National Enquirer was a sewer tabloid, a place where much of the ugliest rumors in the United States would stop. When, by order of AMI’s most powerful friends, certain stories were satisfactorily abandoned or buried, they went to rest in the National Enquirer archives, in what some employees called the kill file. While his collaboration with Weinstein was taking hold, Howard had spent his time searching this historic warehouse. One day that fall, his colleagues recall, he asked that they remove a specific file related to the presenter from a television network.
In June 2016, Noah Oppenheim gave me the green light for a series I titled, with the bombast of morning television, The Dark Side of Hollywood? («The dark face of Hollywood?»). However, getting support on certain issues presented difficulties. The first shot I fired at the boss focused on allegations of sexual misconduct with minors, including those the Atlantic pointed out against director Bryan Singer – and which he has always denied – as well as allegations of pedophilia made by actor Corey Feldman. . An interview with Corey Feldman was confirmed: Hiring Chief Matt Zimmerman closed a deal under which the former star boy would sing a song and stay to answer my questions. But Zimmerman later called to say that the subject of pedophilia seemed to Noah Oppenheim «too dark» and we scrapped the plan.
The stories I put forward in lieu of this posed their own obstacles. Levin, the production manager, told McHugh and me that a story about celebrities acting for dictators – referring to Jennifer Lopez’s millionaire concert for Gurbanguly Berdimuhamedow, the totalitarian leader of Turkmenistan – was unthinkable given the relationship that the chain had with Jennifer Lopez. No one showed the slightest interest in a topic I raised about racial discrimination in Hollywood.

The history of sexual harassment was proving a programming challenge. One after another, the actresses frequently backed out after engaging well-known advertisers. «It is not a topic we want to talk about,» they replied. But the calls were kicking up the dust and the name of Harvey Weinstein came up again and again in our investigation.
Producer Dede Nickerson came to 30 Rock to give us an interview on the history of China. We sat in a bland conference room like the viewers have seen on a hundred Dateline shows, decorated with a potted plant and colored lights.
The more people called, the more the statements of Denis Rice and Dede Nickerson were corroborated. I also looked for elements in defense of Harvey Weinstein, but they sounded hollow. Dede Nickerson had spoken of a production company that he believed could be a victim of Weinstein. I finally located her in Australia, where she had started a new life. When she said she had nothing to say about Weinstein, I noticed tension and sadness in her voice, and I realized that she was putting her in a difficult situation.
A conversation with Donna Gigliotti, the producer of Shakespeare in love, went through the same path.
The report spread like a smear of ink. The day after filming with Rose McGowan, we went to the offices of the Hollywood Reporter to interview one of their journalists, Scott Feinberg, who specializes in the Hollywood Awards. Harvey Weinstein was also inescapable in this conversation: he had essentially been the inventor of the modern Oscar campaign. Weinstein ran his campaigns as if they were guerrillas. A Miramax publicist wrote an op-ed praising the company-produced film Gangs of New York and sneaking it in as if it had been the work of Robert Wise, the director of Smiles and Tears, then eighty-eight years old.

The method Harvey Weinstein routinely used to find someone on the phone was to bark his name at the assistants stationed in the anteroom of his office. Not long after the Davis Boies calls on NBC, Weinstein called out two names: «Put me on Andy Lack now. And with Phil Griffin ».
When Weinstein spoke to Andy Lack, the studio manager and chain manager exchanged brief compliments. But Weinstein, who sounded anxious, got to the point quickly.
«Hey,» he said, «your boy, Ronan, is reporting on me.» About the nineties and those moves.
Apparently my name only sounded vague to him. Andy Lack suggested Weinstein to try it out with Griffin, my former boss on MSNBC. Later, Weinstein began to talk about his innocence and the crazy things about the story.
«Andy, it was the nineties, you know?» That I dated an assistant or two and shouldn’t have? That I slept with one or two? Permanent.
Andy Lack did not reply.
«It was the nineties, Andy,» Weinstein repeated, as if that was a major point of excuse for him. And he continued in a threatening tone: «We all did it.»
There was a silence until Andy Lack said:
«Harvey, say no more.» We will review it.

Irwin Reiter, executive vice president of accounting and financial reporting for the Weinstein Company, contacted Emily Nestor via LinkedIn. «We take it very seriously and I personally regret that his first day was like this,» Reiter wrote. If other unwanted innuendoes occur, please let us know. » In late 2016, just before the presidential election, Reiter contacted her again: «This whole Trump story has made me think of you.» Reiter described the Emily Nestor experience as part of Weinstein’s «serial» misconduct. «I had her with him for mistreating women three weeks before the incident with you. I even wrote him an email that earned me the label of Sex Police.
Weinstein asked his assistants to keep track of these women. The former employee had them all stored with the same label on her phone: «A. H. ”, which meant“ Friend of Harvey ”. «It has been done systematically for a very long time,» he told me.
The assistant pulled out an iPhone and searched for a phrase she had jotted down in her Notes app a few years back. It was something Weinstein had whispered to himself — from what she could understand — after one of his fits of hysteria. It made her so unnerved that she took out her cell phone, opened one of the notes, and wrote word for word: «I’ve done things no one knows».
This former employee put me on the trail of others. As June gave way to July, these women began speaking on camera. «There were tons of meetings between Harvey and aspiring women or role models,» a former executive named Abby Ex told me, veiled in the shadows, but under the cameras filming in a hotel room in Beverly Hills. “I received them late at night, usually in a hotel bar or in the room. And to make them trust him, he would ask an executive or an assistant to start meetings with him. She told me that she had refused to be present at these meetings as Weinstein demanded, but had watched them go by and had witnessed firsthand a widespread pattern of physical and verbal abuse.

Throughout the spring and summer, headlines about bullying and abuse took a run: a new series of articles on Fox News and an in-depth analysis of President Trump. For my part, I began to receive messages from women’s rights activists who supported my report on gender discrimination. As Ostrovsky and Khaykin debated the suitability of intercepting me at 30 Rockefeller Plaza, one of those messages landed in my inbox. It described a women’s advocacy program designed by a financial services company.
Harvey Weinstein’s mood was also variable. In conversations with people around him, he had happily gone from saying that his contacts on NBC had promised him that the report was buried to the concern that there might be some loose end that I was still investigating. Weinstein knew that David Boies got along with Andy Lack and asked if he could pass a call to the chain chief.
Harvey Weinstein was also frustrated by the absence of news. David Boies called Andy Lack as he had promised Weinstein he would do. He asked if they were still working on the report.
Howard continued to be interested in Weinstein’s rivals. And also by Matt Lauer, a personality that the National Enquirer had been around for a long time. Since Howard had examined the kill file of an unpublished report on Matt Lauer, the National Enquirer had published three negative articles on the Today presenter. A fourth article would come shortly after the meeting with Weinstein at the Loews Regency. They were all about Matt Lauer’s infidelities, especially at work. «NBC gives piggy Lauer another chance,» read one headline.

Weinstein acted desperately and displayed his usual mix of intimidation and influence in the media. Dylan Howard’s boss David Pecker of American Media Inc. had been one of his staunch allies, but was starting to appear more frequently in Weinstein’s emails. «Dear David, I have tried to speak to you,» Weinstein wrote him in late September. Can you speak if I call you now? To which Pecker replied: «I am in Saudi Arabia on a business trip.» Later, Weinstein would propose an alliance to him to buy the Rolling Stone magazine, which Pecker could add to his media empire and run behind the scenes. Pecker objected at first, but ended up agreeing.
«I can cut costs and raise profits to ten million dollars … If you want, you can have 52 percent for 45 million dollars. I can free you from the paperwork and be responsible for the operations of the print and digital magazine. ”
Weinstein expanded his field of action to NBC. He contacted Deborah Turness, Oppenheim’s predecessor, who was now in charge of international content, by email and phone. Weinstein proposed to Turness to close a deal on a documentary he was making about Clinton.
That same month, Weinstein emailed Ron Meyer, the veteran chief of Universal Studios and still then vice president of NBCUniversal. «Dear Ron,» he wrote, «I wanted to propose to you that Universal make our home theater and our videos on demand … We are in talks with your people and I think it is always good to know what those above think.
In his conversations with people around him, Weinstein was exultant. «He kept saying, ‘If I can get a television station to drop an investigation, what can’t I do with a newspaper?'» Recalled one of them. Weinstein was apparently referring to his problem with the New York Times. «I was triumphant,» added a senior executive at the Weinstein Company. He kept throwing it at us: “I’ve gotten that fucking investigation down. I am the only one who does his job in this company ”, he told us.

Sorvino was convinced that, after rejecting him, Weinstein took revenge on her, blacklisted her, hurt her career. But he recognized that it was difficult to prove it. Sorvino appeared in a few more Weinstein movies after Mighty Aphrodite. In Mimic, when Weinstein and his brother Bob fired their director, Guillermo del Toro, and reissued the film against their wishes, she opposed and defended Del Toro.
«I couldn’t tell you for sure if it was because of the fight we had over Mimic or if it was because of his insinuations,» he said, «but I have the strong conviction that he took revenge on me for rejecting him and for saying that he was harassing me.»
Later, his suspicions were confirmed: Director Peter Jackson said that when he was weighing the possibility of hiring Mira Sorvino and Ashley Judd in The Lord of the Rings, Weinstein stepped in. «I remember that Miramax told us that it was a nightmare to work with them and that we should discard them at all costs –
Sorvino was an extraordinary person. He had graduated from Harvard with magna cum laude honors. She had defended charitable causes related to abuse of women and had been a UN Goodwill Ambassador for the fight against human trafficking. From our first conversations it was clear to me that he was doing a thorough analysis and that his ethical sense had a lot of weight in his decision.
«The first time you wrote to me,» he said, «I had a nightmare: that he was showing up on a camcorder and was wondering about my work with Woody Allen».
Rosanna Arquette told me that, in the early 1990s, she agreed to meet Weinstein for dinner at the Beverly Hills Hotel and pick up the script for a new movie. Once there, he was instructed to meet him upstairs in his room. Arquette recalled that when he reached the room, Weinstein opened the door for him dressed in a white bathrobe. He said his neck hurt and he needed a massage. She said that she could recommend a good masseuse.
«Then he took my hand and put it around his neck,» he said. When she pulled his hand away, Weinstein took it again and held it to his penis, visibly erect. My heart was going a thousand an hour. It was time to fight or run away.
And he said, «I will never do that.» Weinstein replied that he was making a tremendous mistake, and named an actress and a model who, according to him, had yielded to his sexual propositions and who, thanks to that, had thrived professionally. Arquette said she replied, «I will never be that kind of girl,» and left. Arquette’s account was important because it was so similar to others she had already heard: professional pretext, meeting moved upstairs to the hotel room, request for massage, bathrobe.

That October the world around Harvey Weinstein was beginning to change. He was emaciated. His fits of anger were rife, but his outbursts became more unpredictable than usual. He became increasingly suspicious within the Weinstein Company. It would later be revealed that he had monitored the communications of Irwin Reiter, who had sent messages of support to Emily Nestor, and whom Weinstein had nicknamed the Sex Police. On October 3, Weinstein had a computer expert track down and delete a file called «HW’s Friends,» which recorded the location and contact information of dozens of women in cities around the world.
On the morning of October 5, Weinstein assembled almost his entire team of attorneys at his Greenwich Street offices, where they improvised an operations headquarters.

Harvey is a rapist and this will be known someday, ”she recalled telling a member of the communications team, among many others whom she reported.
Five days later, Clinton released a statement saying she was «shocked and horrified.»
Woody Allen, who had expressed his sympathies for Weinstein on the phone the previous month, re-expressed them in public.
Meryl Streep, who was shocked to learn of the allegations against Weinstein when I spoke to her, said the same thing again. He devoted himself to avoiding criticism, many of them unfair. A far-right street artist hung an image of her and Weinstein in arms around Los Angeles, with a dab of red paint in her eyes that said, «She knew it.» Meryl Streep released a statement through her publicist. (Because Hollywood values character economics, it was also about Woody Allen’s publicist, Leslee Dart, who had supervised her periodic attempts to discredit my sister.) “One thing must be clear. Not everyone knew that, ”Meryl Streep was saying in her remarks. And if everyone knew that, I don’t think that all the investigative journalists in the entertainment industry and the serious news media looked the other way for decades and wrote nothing about it. ” I believed in Meryl Streep when I said I didn’t know. But his optimism was unfounded: some media had tried it, but others had known it and had looked the other way.

The relationship between AMI and Trump was an extreme example of the power the media had to sneak out of independent oversight and strike party alliances with subjects who had been reported. But for AMI it was familiar ground. Over the years, the company had reached agreements to shelve testimonies against Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Tiger Woods, Mark Wahlberg, and too many to count. «We had testimonials and we bought them knowing full well that we would never publish them,» said George.
One after another, AMI employees used the same phrase to describe this practice of buying a story to bury it. It was an old term in the tabloid industry: «catch and kill.»

NBC hired Ed Sussman, a «Wikipedia bleacher,» to censor references to Oppenheim, Weinstein, and Lauer in the free content encyclopedia that anyone can edit. The Lauer case, Sussman wrote, justifying one of the issues, «should be treated separately.» Sussman made up the material in NBC’s favor, sometimes making mistakes. In one issue, he proposed that the text be corrected by saying that «several months,» and not one, had elapsed between the date the article was given the green light by The New Yorker and the date of its publication. At other times, Sussman directly erased all mentions of controversies.
This is one of the most blatant and embarrassing examples of manipulation I have ever seen on Wikipedia, and I have seen few, «lamented a veteran Wikipedia editor. But Sussman almost always got away with it: He kept making changes with a stubbornness that altruistic publishers couldn’t match. And he turned to a network of friendly accounts to launder his changes and make sure no one modified them. Several Wikipedia pages, including that of Oppenheim, were stripped of any evidence that the network had taken down the report on Weinstein. It was as if it had never existed.

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