Querido Líder: Vivir En Corea Del Norte — Barbara Demick / Nothing to Envy: Ordinary Lives in North Korea by Barbara Demick

37267560-A3EC-48E6-97CD-41F753D86301
Este libro de no ficción escrito por la periodista Barbara Demick fue publicado en 2009. Sigue la vida de seis norcoreanos (en realidad más si se cuenta a los miembros de la familia) que logran desertar a Corea del Sur. Se podría decir que las historias que cuentan podrían estar sesgadas en contra del Norte, ya que son las que eligieron irse. Por otro lado, como explica Demick, a los reporteros occidentales (ella trabaja para The Los Angeles Times) no se les permite ningún acceso gratuito a los norcoreanos mientras están en Corea del Norte. Siempre hay trabajadores del gobierno que escoltan a los reporteros, a quienes nunca se les permite hablar en privado con la gente común. Además, en sus entrevistas con los desertores en Corea del Sur, Demick ha realizado extensos informes sobre la historia, el gobierno y la cultura de Corea. Los lectores nunca se quedan sin antecedentes o contexto. Y otras noticias de fuentes externas a lo largo de los años parecen confirmar que la cuenta de Demick probablemente sea precisa.
Estos libros se centran en unas pocas personas para dar vida a las historias de una cultura y un movimiento, y ambos libros ofrecen antecedentes sólidos basados en años de investigación. Wilkerson tuvo la gran ventaja aquí, ya que pudo entrevistar a miles de personas sobre sus experiencias de la Migración del Norte y tuvo acceso abierto a una amplia variedad de recursos de investigación. Demick, por otro lado, solo pudo entrevistar a un centenar de desertores de Corea del Norte a Corea del Sur y se centró en seis, originalmente de Chongjin, que habían logrado escapar a Corea del Sur. (Ese enfoque estrecho pero profundo nos hace más fácil imaginar el lugar). Y la investigación de Demick sobre los hechos de la vida en Corea del Norte se completó a pesar de los esfuerzos de Corea del Norte para evitar informar sobre la vida en Corea del Norte.
Las historias que cuenta son totalmente convincentes, como lo es la imagen que pinta de las condiciones en Corea del Norte hasta 2007. Las vidas que vivieron estas personas, especialmente durante la hambruna generalizada en la década de 1990, son insoportables para leer. Una mujer, que era maestra de jardín de infantes, comenzó su primer año de enseñanza con 50 estudiantes. A finales de año, 35 habían muerto de hambre; los 15 restantes estaban apáticos y pequeños. Leemos historias sobre vecinos que se convierten en vecinos, trabajadores gubernamentales y militares totalmente corruptos, un «sector empresarial» que casi se ha detenido, y una pobreza increíblemente severa y generalizada. Una comida universitaria consistía en una sopa hecha de agua, sal y hojas. Los estudiantes fueron privilegiados; otros no tenían nada. Observamos cómo Chongjin, una ciudad industrial en el extremo norte de Corea del Norte, cierra sus fábricas y deja de entregar alimentos a la gente. A las personas que trabajan (como la maestra de jardín de infantes y un médico) no se les paga durante años. Con historias como estas, veo cómo un gobierno tiránico logró mantener un control tan estricto sobre su gente durante setenta años. (Todos temían que el gobierno y para sobrevivir lucharan para ser aceptados como miembros del Partido). Como leí hoy en el periódico que Corea del Norte dice que pronto probarán un ICBM capaz de entregar una bomba atómica hasta el Estados Unidos, tengo que tratar de cuadrar esa ambición con una población que ha sido hambrienta y maltratada durante décadas. Tengo que temer que sin una población saludable o tecnología actual (aparte de las bombas nucleares), Corea del Norte podría sentir que realmente no tiene futuro ni nada que perder. ¿No hay forma de que alguien aquí pueda hacer algo al respecto?.

El país fundió a negro a principios de la década de 1990. Su atrasada e ineficiente economía no pudo sobrevivir al hundimiento de la Unión Soviética, que había sostenido a su viejo aliado comunista suministrándole combustible barato. Las centrales eléctricas cayeron en un estado de deterioro irreparable. Las luces se apagaron. Gentes hambrientas trepaban por los postes de luz para robar trozos de alambre de cobre que luego cambiaban por comida. Cuando cae el sol, el paisaje se vuelve gris y las casas raquíticas, achaparradas, quedan engullidas por la noche. Pueblos enteros se desvanecen en la oscuridad. Incluso en algunas zonas de la capital, Pyongyang, escaparate del país ante el mundo, uno puede caminar por la calle principal sin distinguir los edificios que la flanquean.
Contemplar el espacio vacío que hoy es Corea del Norte le recuerda un poco al espectador las aldeas remotas de África o del Sudeste Asiático que aún no conocen el efecto civilizador de la electricidad. Y sin embargo Corea del Norte no es un país subdesarrollado, sino un país que ha abandonado el mundo desarrollado.
Todas las poblaciones de Corea del Norte, por muy pequeñas que sean, tienen una sala de cine, pues Kim Jong-il está persuadido de que las películas son un medio indispensable para inculcar en las masas lealtad al régimen.

A los coreanos les indignó que su país fuera dividido como lo había sido Alemania. A fin de cuentas, en la Segunda Guerra Mundial no habían sido agresores, sino víctimas. De ahí que en aquella época se aplicaran a sí mismos una expresión autodespectiva: no eran más que “renacuajos entre ballenas”, aplastados por las rivalidades entre las dos superpotencias.
Ni Estados Unidos ni la Unión Soviética estaban dispuestos a ceder lo más mínimo, de forma que Corea pudiese ser un estado independiente. Por lo demás, el pueblo coreano estaba desgarrado en más de una docena de facciones antagónicas, muchas de las cuales simpatizaban con el comunismo. Las demarcaciones provisionales dibujadas en el mapa no tardaron en ejecutarse sobre el terreno. En 1948 se fundó la República de Corea bajo la dirección de Syngman Rhee, un tipo hosco de setenta y dos años, políticamente conservador, y doctorado en la universidad de Princeton. Kim Il-sung, que había luchado en la resistencia contra la ocupación japonesa y contaba con el apoyo de Moscú, se apresuró a proclamar su propio Estado, bautizándolo República Popular Democrática de Corea: se trataba de Corea del Norte. La línea trazada a lo largo del paralelo 38 se transformó en una frontera inexpugnable de doscientos cincuenta kilómetros de largo y cuatro de ancho, constituida por alambre de espino, trampas antitanques, trincheras, muros de contención, fosos defensivos, piezas de artillería y minas terrestres.
Dado que las dos partes proclamaban su legitimidad para gobernar Corea, la guerra era inevitable. El 25 de junio de 1950, las tropas de Kim Il-sung atravesaron la frontera con tanques que les habían suministrado los soviéticos. Tomaron rápidamente Seúl y fueron bajando hasta que Corea del Sur quedó reducida a un pequeño territorio aislado alrededor de la ciudad sudoriental de Pusan.
En 1956, el gobierno de Corea del Norte promulgó un decreto que permitía a los prisioneros de guerra surcoreanos obtener certificados de ciudadanía norcoreana. Esto significaba que lo peor había pasado ya, pero también que nunca podrían volver a casa. Lo peor, ciertamente, era trabajar en las minas de carbón, que habían sido excavadas a toda prisa y que ardían y se derrumbaban con frecuencia.

La ciudad de Chongjin tiene mala fama. Se considera un lugar nada recomendable para vivir, aun comparándolo con otras poblaciones norcoreanas. Apretada entre el mar de Japón, que los coreanos prefieren llamar mar del Este, y una cordillera de granito que serpentea a lo largo de la costa, tiene una población de medio millón de habitantes. La belleza abrupta del litoral recuerda el paisaje de Maine, en Estados Unidos, y las aguas profundas y frías centellean; es peligroso, sin embargo, pescar en ellas a menos que uno disponga de una embarcación muy sólida. El viento azota las montañas, donde apenas se cultiva nada, y en invierno las temperaturas pueden llegar a cuarenta bajo cero.
Hasta el siglo XX, esta provincia situada en el extremo septentrional de Corea y que se extiende hasta el río Tumen, que señala la frontera con Rusia y China, fue tan pobre en población como en importancia económica.
Chongjin es una ciudad mucho menos moderna que Pyongyang, pero aun así irradia poder. Capital actual de Hamgyong del Norte, acoge importantes dependencias administrativas de la provincia y del Partido de los Trabajadores. El centro burocrático de la ciudad forma una cuadrícula ordenada. Hay una universidad, con facultades de ingeniería metalúrgica, ingeniería de minas, ingeniería agrícola, bellas artes y lenguas extranjeras, así como tres facultades de magisterio, una docena de teatros y un museo de historia revolucionaria dedicado a la vida de Kim Il-sung. Frente al puerto oriental se encuentra el hotel Chonmasan, destinado a los visitantes extranjeros, y a pocos metros de allí el consulado de Rusia. Las calles y plazas del centro urbano se construyeron en el estilo monumental entonces tan apreciado en Moscú y otras ciudades del bloque socialista; se trataba de reflejar el poder del Estado sobre el individuo.
Corea del Norte invita a la sátira. Nos reímos de los excesos propagandísticos y de la ingenuidad de la gente. Sin embargo, debemos tener presente que el adoctrinamiento de los norcoreanos comenzaba en la infancia, en las guarderías de las fábricas donde pasaban catorce horas diarias; que durante los cincuenta años siguientes, no escuchaban ninguna canción ni veían ninguna película ni leían en el periódico un solo artículo que no estuviera destinado a divinizar la figura de Kim Il-sung; que el país estaba cerrado herméticamente para evitar que se colara la más mínima duda sobre la divinidad del líder.
Espiar a los propios conciudadanos era una especie de pasatiempo nacional en Corea del Norte. Por un lado estaban los guardias de la Liga de Jóvenes Socialistas, como aquel que dio el alto a la señora Song por no llevar la insignia; también tenían por cometido cerciorarse de que nadie violara el código indumentario vistiendo vaqueros azules o camisetas con caracteres latinos —lo que se consideraba un capricho capitalista— o llevara el pelo demasiado largo. Cada cierto tiempo, el Partido dictaba decretos tales como el que prohibía a los hombres dejarse crecer el cabello más allá de los cinco centímetros (quedaban exentos de la norma los que se estuviesen quedando calvos: su cabello podía medir hasta siete centímetros). En el caso de infracción grave, a uno lo podía detener la Policía de Estándares Públicos.
Luego estaban los kyuch’aldae, unidades móviles de policía que recorrían las calles en busca de infractores y tenían derecho a irrumpir en hogares sin previo aviso. Les interesaban aquellos ciudadanos cuyo consumo eléctrico hubiese superado la cuota permitida, que tuviesen una bombilla de más de cuarenta vatios, un fogón eléctrico o un hornillo para arroz.

Una proporción enorme de la riqueza nacional se dilapidaba en las fuerzas armadas. El presupuesto de defensa de Corea del Norte absorbe el veinticinco por ciento del producto nacional bruto (en los países industrializados representa, en promedio, menos del cinco por ciento); a pesar de que la península coreana no ha conocido ningún conflicto armado desde 1953, Corea del Norte mantiene un ejército de un millón de hombres, el cuarto más grande del mundo, para un país que es la cuarta parte de España en extensión. Por lo demás, la máquina de propaganda del régimen azuza la histeria colectiva advirtiendo de una inminente invasión por parte de los imperialistas belicosos.
En 1991 Kim Jong-il, que había ido ascendiendo rápidamente en el Politburó mientras se le preparaba para la sucesión, fue designado comandante supremo de las fuerzas armadas de Corea del Norte. Unos años después se instalaron en todo el país, junto a los monumentos juche, carteles que exhibían un nuevo eslogan, songun, es decir, “el ejército es lo primero”: el Ejército Popular de Corea ocupaba por tanto un lugar central en todas las decisiones políticas.

Lo cierto es que la figura de Kim Il-sung pareció adquirir después de su muerte una dimensión aún mayor. Pyongyang ordenó que se modificaran los calendarios. Los años dejarían de contarse desde el nacimiento de Cristo: el nuevo origen de la escala para los norcoreanos sería el nacimiento —en 1912— de Kim Il-sung, de tal modo que el año 1996 pasaría a conocerse como Juche 84; Más tarde se le designó a Kim Il-sung “presidente eterno”, pues su espíritu seguía gobernando el país desde el mausoleo climatizado que se encontraba bajo la Torre de la Vida Eterna. Kim Jong-il asumió las funciones de secretario general del Partido de los Trabajadores y presidente de la Comisión Nacional de Defensa, que es el cargo más importante del país. Aunque no había duda de que Kim Jong-il era el jefe del Estado, el hecho de ceder a su padre el título presidencial demostraba su lealtad filial a la vez que le permitía ejercer el poder.

Los refugiados norcoreanos carecen justamente de los atributos más apreciados en Corea del Sur: ser alto y de piel clara, tener dinero y títulos universitarios de prestigio, vestir ropa de marca, hablar buen inglés. Esto explica la baja autoestima que se observa muy a menudo entre ellos, como le pasaba a Oak-hee. Hace cincuenta años el nivel de vida en Corea del Sur no era mucho mejor que el que hoy tienen los norcoreanos, por lo que los refugiados les recuerdan a los surcoreanos actuales un pasado que preferirían olvidar.
A los refugiados norcoreanos les cuesta a menudo salir adelante. Para alguien que ha huido de un país totalitario no es fácil adaptarse al mundo libre. Los refugiados tienen que redescubrir quiénes son en un mundo que ofrece posibilidades ilimitadas.
Corea del Norte es hoy el último bastión del comunismo puro que queda en el mundo.
La longevidad de esta dictadura es hasta cierto punto un misterio para quienes se dedican profesionalmente al estudio de la realidad norcoreana. En la década de 1990 casi todos coincidían en que su caída era inminente. (“El derrumbe próximo de Corea del Norte” fue el título de un ensayo de opinión publicado en junio de 1990 por el reputado experto en Corea del Norte Nicholas Eberstadt). Contra todo pronóstico, Corea del Norte sobrevivió a la caída del Muro de Berlín, a la desintegración de la Unión Soviética, a las reformas capitalistas introducidas en China, a la desaparición de Kim Il-sung, a la hambruna de la década de 1990 y a los dos mandatos de George W. Bush. Es bien sabido que este incluyó a Corea del Norte en su “eje del mal” junto con Irán e Irak, y llegó a insinuar que acabaría con Kim Jong-il como lo hizo con Sadam Huseín.
Sin embargo, en 2009 Bush ya no gobierna en Estados Unidos, mientras que Kim Jong-il sigue en el poder (aunque está mal de salud).[1] El líder norcoreano es el último de los dictadores del siglo XX: un anacronismo vivo. Gobierna su país como si aún viviera en plena Guerra Fría, generando propaganda de manera ininterrumpida, prohibiendo la entrada en el país a la mayoría de los extranjeros y amenazando con armas nucleares y misiles a sus enemigos, reales o imaginarios.
En cuanto uno abandona Pyongyang aparece la verdadera Corea del Norte, aunque solo sea posible vislumbrarla a través de la ventanilla de un autobús o de un coche que va a toda velocidad. Ni siquiera los funcionarios de ayuda humanitaria están autorizados a ir al campo a no ser que los acompañe un guía.

—————

CE554AB8-7B1A-4999-A027-14084E5FE688
This nonfiction book written by journalist Barbara Demick was published in 2009. It follows the lives of six North Koreans (actually more if you count family members) who manage to defect to South Korea. One could say the stories they tell might be biased against the North as they are the ones who chose to leave. On the other hand, as Demick explains, western reporters (she works for The Los Angeles Times) are not allowed any free access to Northern Koreans while they are in North Korea. There are always government workers escorting reporters, who are never allowed to speak to ordinary people privately. In addition, to her interviews of the defectors in South Korea, Demick has done extensive reporting on Korean history, government, and culture. The readers are never left without background or context. And other news stories from outside sources over the years seem to confirm that Demick’s account is most likely accurate.
This books focus on a few individuals in order to make vivid the stories of a culture and a movement and both books offer solid backgrounds based on years of research. Wilkerson had the great advantage here as she was able to interview thousands of people about their experiences of the Northern Migration and had open access to a wide variety of research resources. Demick, on the other hand, was able to interview only about a hundred defectors from North to South Korea and focused on six, originally from the Chongjin, who had managed to escape to South Korea. (That narrow but deep focus makes it easier for us to envision the place.) And Demick’s research into the facts of life in North Korea was completed despite North Korea’s efforts to prevent reporting about life in North Korea.
The stories she tells are totally compelling as is the picture she paints of the conditions in North Korea up through 2007. The lives these people lived, especially during the widespread famine in the 1990’s, are unbearable to read about. One woman, who was a kindergarten teacher, started her first year teaching with 50 students. By the end of the year, 35 had died from starvation; the remaining 15 were listless and tiny. We read stories about neighbor turning in neighbors, totally corrupt government workers and military, a “business sector” that has nearly ground to a halt, and unbelievably severe and widespread poverty. A college meal was soup made of water, salt, and leaves. Students were privileged; others had nothing. We watch as Chongjin, an industrial city in the far north of North Korea, shuts down its factories and stops delivering food to people. People who do work (such as the kindergarten teacher and a doctor) are not paid—for years. With stories like these, I see how a tyrannical government managed to keep such a tight rein on its people for seventy years. (Everyone feared the government and in order to survive would fight to be accepted as Party members.) As I read today in the newspaper that North Korea is saying they will be shortly testing an ICBM capable of delivering an atomic bomb as far as to the United States, I have to try and square that ambition with a population that has been starved and abused for decades. I have to fear that without a healthy population or current technology (other than nuclear bombs), North Korea might feel it really has no future and nothing to lose. Is there no way anyone out here can do anything about any of this?.

The country melted black in the early 1990s. Its backward and inefficient economy could not survive the collapse of the Soviet Union, which had sustained its old communist ally by supplying it with cheap fuel. The power plants fell into a state of irreparable deterioration. The lights went out. Hungry people climbed up the lampposts to steal pieces of copper wire that they then exchanged for food. When the sun goes down, the landscape turns gray and the stunted houses, squat, are engulfed at night. Entire towns fade into darkness. Even in some areas of the capital, Pyongyang, a showcase of the country before the world, one can walk along the main street without distinguishing the buildings that flank it.
Contemplating the empty space that is now North Korea reminds the viewer a little of the remote villages of Africa or Southeast Asia that do not yet know the civilizing effect of electricity. And yet North Korea is not an underdeveloped country, but a country that has left the developed world.
All populations in North Korea, however small, have a movie theater, as Kim Jong-il is persuaded that films are an indispensable means of instilling loyalty to the regime in the masses.

The Koreans were outraged that their country was divided as Germany had been. After all, in World War II they had not been aggressors, but victims. Hence, at that time they applied themselves a self-respectful expression: they were nothing more than «tadpoles between whales», crushed by rivalries between the two superpowers.
Neither the United States nor the Soviet Union were willing to give in the slightest, so that Korea could be an independent state. For the rest, the Korean people were torn apart in more than a dozen antagonistic factions, many of whom sympathized with communism. The provisional demarcations drawn on the map did not take long to run on the ground. In 1948 the Republic of Korea was founded under the direction of Syngman Rhee, a sullen type of seventy-two years, politically conservative, and a PhD from Princeton University. Kim Il-sung, who had fought in the resistance against the Japanese occupation and had the support of Moscow, hastened to proclaim his own state, baptizing him Democratic People’s Republic of Korea: it was North Korea. The line drawn along parallel 38 was transformed into an impregnable border two hundred and fifty kilometers long and four wide, consisting of barbed wire, anti-tank traps, trenches, retaining walls, defensive pits, artillery pieces and land mines .
Since the two sides proclaimed their legitimacy to govern Korea, war was inevitable. On June 25, 1950, Kim Il-sung’s troops crossed the border with tanks supplied by the Soviets. They quickly took Seoul and went down until South Korea was reduced to a small isolated territory around the southeastern city of Pusan.
In 1956, the North Korean government enacted a decree that allowed South Korean prisoners of war to obtain North Korean citizenship certificates. This meant that the worst was over, but also that they could never return home. The worst, of course, was to work in the coal mines, which had been excavated in a hurry and burned and collapsed frequently.

Chongjin City has a bad reputation. It is considered a place not recommended to live, even compared to other North Korean populations. Crowded between the sea of Japan, which the Koreans prefer to call the East Sea, and a granite mountain range that winds along the coast, has a population of half a million inhabitants. The abrupt beauty of the coastline reminds of the landscape of Maine, in the United States, and the deep and cold waters sparkle; It is dangerous, however, to fish in them unless one has a very solid boat. The wind whips the mountains, where nothing is cultivated, and in winter temperatures can reach forty below zero.
Until the twentieth century, this province located at the northern end of Korea and extending to the Tumen River, which marks the border with Russia and China, was as poor in population as in economic importance.
Chongjin is a much less modern city than Pyongyang, but still radiates power. Current capital of North Hamgyong, it hosts important administrative units of the province and the Workers Party. The bureaucratic center of the city forms an ordered grid. There is a university, with faculties of metallurgical engineering, mining engineering, agricultural engineering, fine arts and foreign languages, as well as three faculties of teaching, a dozen theaters and a museum of revolutionary history dedicated to the life of Kim Il-sung. The Chonmasan hotel is located in front of the eastern port, for foreign visitors, and a few meters away from there the Russian consulate. The streets and squares of the urban center were built in the monumental style then so appreciated in Moscow and other cities of the socialist bloc; it was about reflecting the power of the state over the individual.
North Korea invites satire. We laugh at the propaganda excesses and the naivety of the people. However, we must keep in mind that the indoctrination of the North Koreans began in childhood, in the nurseries of the factories where they spent fourteen hours a day; that during the following fifty years, they did not listen to any song or watch any movie or read in the newspaper a single article that was not intended to divinize the figure of Kim Il-sung; that the country was hermetically sealed to avoid the slightest doubt about the leader’s divinity.
Spying on fellow citizens was a kind of national pastime in North Korea. On the one hand were the guards of the League of Young Socialists, like the one who stopped Mrs. Song for not wearing the badge; They also had the task of making sure that no one violated the clothing code by wearing blue jeans or T-shirts with Latin characters – what was considered a capitalist whim – or wearing too long hair. From time to time, the Party issued decrees such as the one that prohibited men from letting their hair grow beyond five centimeters (those who were balding were exempt from the norm: their hair could measure up to seven centimeters). In the case of a serious infraction, one could be stopped by the Public Standards Police.
Then there were the kyuch’aldae, mobile police units that roamed the streets in search of offenders and had the right to break into homes without warning. They were interested in those citizens whose electricity consumption had exceeded the allowed quota, which had a bulb of more than forty watts, an electric stove or a stove for rice.

A huge proportion of national wealth was squandered in the armed forces. North Korea’s defense budget absorbs twenty-five percent of the gross national product (in industrialized countries it represents, on average, less than five percent); Although the Korean Peninsula has not known any armed conflict since 1953, North Korea maintains an army of one million men, the fourth largest in the world, for a country that is a quarter of Spain in extension. For the rest, the propaganda machine of the regime raises collective hysteria warning of an impending invasion by the bellicose imperialists.
In 1991 Kim Jong-il, who had been rapidly ascending in the Politburo while preparing for succession, was appointed supreme commander of the North Korean armed forces. A few years later they were installed throughout the country, next to the Juche monuments, posters that exhibited a new slogan, songun, that is, “the army comes first”: the Korean People’s Army therefore occupied a central place in all political decisions

The truth is that the figure of Kim Il-sung seemed to acquire an even greater dimension after his death. Pyongyang ordered that the calendars be modified. The years would stop counting from the birth of Christ: the new origin of the scale for North Koreans would be the birth – in 1912 – of Kim Il-sung, so that the year 1996 would become known as Juche 84; Later Kim Il-sung was appointed “eternal president,” as his spirit continued to rule the country from the heated mausoleum that was under the Tower of Eternal Life. Kim Jong-il assumed the functions of general secretary of the Workers Party and president of the National Defense Commission, which is the most important position in the country. Although there was no doubt that Kim Jong-il was the head of state, the fact of giving his father the presidential title demonstrated his filial loyalty while allowing him to exercise power.

North Korean refugees lack just the most appreciated attributes in South Korea: being tall and light-skinned, having money and prestigious university degrees, wearing branded clothing, speaking good English. This explains the low self-esteem that is observed very often among them, as happened to Oak-hee. Fifty years ago the standard of living in South Korea was not much better than what North Koreans have today, so refugees remind current South Koreans of a past they would rather forget.
North Korean refugees often have a hard time getting ahead. It is not easy for someone who has fled from a totalitarian country to adapt to the free world. Refugees have to rediscover who they are in a world that offers unlimited possibilities.
North Korea is today the last bastion of pure communism left in the world.
The longevity of this dictatorship is to some extent a mystery for those who are professionally dedicated to the study of North Korean reality. In the 1990s almost everyone agreed that its fall was imminent. («The upcoming collapse of North Korea» was the title of an opinion essay published in June 1990 by the renowned North Korean expert Nicholas Eberstadt). Against all odds, North Korea survived the fall of the Berlin Wall, the breakup of the Soviet Union, the capitalist reforms introduced in China, the disappearance of Kim Il-sung, the famine of the 1990s and the two mandates of George W. Bush. It is well known that this included North Korea in its «axis of evil» along with Iran and Iraq, and came to imply that it would end Kim Jong-il as he did with Saddam Hussein.
However, in 2009 Bush no longer rules in the United States, while Kim Jong-il is still in power (although he is in poor health). [1] The North Korean leader is the last of the dictators of the twentieth century: a live anachronism. He governs his country as if he were still living in the Cold War, generating uninterrupted propaganda, prohibiting the entry into the country of most foreigners and threatening their enemies, real or imaginary, with nuclear weapons and missiles.
As soon as one leaves Pyongyang, the real North Korea appears, although it is only possible to glimpse it through the window of a bus or a car that is speeding. Even humanitarian aid officials are not allowed to go to the camp unless accompanied by a guide.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.