Pandemónium: Notas Sobre El Desastre — Jorge Alemán / Pandemonium: Disaster Notes by Jorge Alemán (spanish book edition)

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Interesantes reflexiones en este breve libro. Esta radical catástrofe provocada por la Covid-19, permite la posibilidad de pensar la política más allá de su solución sanitaria y de los terribles estragos que está padeciendo gran parte de la población mundial. Resulta interesante conectar la pandemia con el modo de producción capitalista, pues la Covid-19 ha causado una gran crisis con la que, en principio, no se contaba después de la del 2008, alcanzando a prácticamente todo el mapa mundial, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, España, Rusia o Japón, por nombrar algunos de los Estados «ricos» que no esperaban una crisis sanitaria de esta envergadura, además proveniente de China, una de las grandes potencias mundiales que también entra en juego en el tablero de la salida de la crisis. En el mundo occidental «democrático» se repite una y otra vez que «de ésta vamos a salir», paradójicamente siguiendo el ejemplo de lo realizado por un estado «totalitario», que es la manera como se suele señalar a China. Una resolución sanitaria que se conecta con la salida de la crisis económica y social que la pandemia ha causado.
Sin embargo, a mi juicio, como vengo sosteniendo a través de distintas publicaciones desde hace tiempo, el capitalismo no es sólo una economía, sino más bien una estructura acéfala que se reproduce ilimitadamente, una maquinaria que aún en los tiempos más críticos tiene capacidad de rehacerse. De tal modo que, aunque la pandemia no haya sido producida directamente por el movimiento del capitalismo, como se sostiene en algunas hipótesis, indirectamente este fenómeno aleatorio sí ha provocado «una nueva realidad», un primer eclipse serio del dominio y hegemonía.

Los puntos que caracterizarían a esta tormenta perfecta:
1) Por primera vez en la historia, el capitalismo se encuentra con una catástrofe sanitaria mortal de escala global que desnuda sus ficciones constitutivas. No encuentra ningún organismo mundial ni pacto internacional ni acuerdo entre Estados que sea realmente eficaz para controlar y detener la pandemia.
2) No hay por ahora categorías políticas ni filosóficas para poder pensar cuál será el modo de habitar el mundo que vendrá. Y esto tanto en el orden más singular y existencial de los sujetos, como en los modos de comportamiento comunitario y el ordenamiento social. La pregunta que recorre esta cuestión es la siguiente: ¿hasta dónde la humanidad es capaz de aprender algo de las situaciones límites y traumáticas?, tema que en la historia de la humanidad siempre ha sido puesto en cuestión. Y eso que aprende el ser humano: ¿puede transmitirlo colectivamente o deja una huella permanente en la vida social?
3) La extensión serial de la muerte, el automatismo en la distribución de cadáveres le roba al sujeto finito la experiencia singular del «morir propio».
4) La humanidad simula librar una «guerra» contra el virus, mientras permanece en silencio la disputa o el antagonismo sobre quiénes pagarán las consecuencias del desastre. El argumento de que la humanidad se proveerá ella misma de los recursos económicos en una nueva lógica distributiva, sin que medie conflicto o antagonismo alguno, resulta por lo menos ingenuo o reposa en una idea de supervivencia religiosa de la especie humana que la historia, al menos por ahora, no ha confirmado.
5) La enfermedad como sospecha ha sido la inmediata consecuencia de haber metaforizado la pandemia en términos bélicos: dobles agentes, inmunizados que son infectados, contagios dobles y también figuras insólitas (por ejemplo, el sujeto infectado por el virus que incluye la enfermedad en su currículum), que se asemejan a personajes de una novela gótica del siglo XXI.
Por todo ello, considero que el espectro de la muerte promovido desde la pandemia puede inaugurar un nuevo debate sobre la igualdad.

En líneas generales, una de las características de esta época es la desaparición del «gran hombre».
El colapso que la pandemia va a provocar no dispone entre los grandes poderes mundiales ni de líderes, ni de formaciones políticas, ni de organizaciones internacionales que sean capaces de discutir hasta las últimas consecuencias las medidas que habría que imponer al capitalismo (conviene recordar que siempre es capaz de rehacerse a pesar de sus colapsos, por intensos que sean). Lo sucedido con la pandemia debería constituir un retorno de la relación Estado, sociedad y comunidad, admitiendo las tensiones inevitables que los antagonismos imponen a estos tres lugares y cómo hacen de los mismos un escenario en permanente conflictividad entre los sectores concentrados del Poder, por un lado, y las fuerzas plebeyas subalternas de vocación transformadora, por otro.

Se pueden aportar algunos datos para dar un nuevo sentido, inquietante y oculto, al concepto de guerra que está en juego. Hay países que forman parte del sistema de dominación mundial y que no desean compartir ningún compromiso de solidaridad con los países más castigados por la pandemia. Basta ver la brecha que ya comienza a manifestarse, de forma intensa y tensa, entre la Europa latina (España, Italia o Grecia) y la Europa protestante (Alemania, Holanda o Suecia), y otro tanto en las distintas interpretaciones antagónicas de la pandemia entre los países de América Latina; por ejemplo, la posición de Bolsonaro en Brasil está poniendo en riesgo a la población, a diferencia del Gobierno argentino, que se ha tomado la pandemia muy en serio y ha adoptado todos los medios a su alcance para controlarla.
En ese sentido, parece que asistimos a la tercera guerra mundial, por capítulos, en los términos con los que se ha expresado el Papa Francisco, yo diría Cristina Martín Jiménez para referirse al desastre de la pandemia.
Y es que si no emerge una organización en cada lugar desde su derecho soberano, dispuesta a comprometerse con la justicia de su población, continuará la explotación, la desigualdad estructural, y el capitalismo demostrará que puede seguir con su engranaje, aunque sea en medio del caos, provocando que sean los más vulnerables los que paguen el precio más alto derivado de la pandemia mundial.
La guerra también puede ser el nombre del derrumbe civilizatorio que virtualmente, por ahora, como un espectro recorre el mundo. Saqueos, enfrentamientos civiles, ocupaciones militares, destrucción del aparato productivo, pánico social y deterioro de la autoridad simbólica del Estado.

Ciertamente, nunca se olvidará que el coronavirus aparenta ser la policía de los cuerpos: control de las vidas, pérdidas de cercanía con la piel y el encuentro, ausencia en la calle de la sorpresa, no vida en los vínculos y en la ciudad, etc. Podríamos agregar un acento heideggeriano: el coronavirus, en su letalidad serial, impide morir la «muerte propia». La fabricación de cadáveres expulsa de la realidad la singularidad de la propia finitud. Y posee también un acento freudiano-lacaniano: es el encuentro consumado entre la civilización y la pulsión de muerte.
No puede entenderse el confinamiento como mera protección, pues si al sujeto se le interrumpe durante bastante tiempo su rutina de la vida cotidiana y su relación con los otros se reduce a la relación virtual, entonces inevitablemente ocurre que pasa muchas horas consigo mismo… y por eso pueden empezar a suceder un montón de cosas inquietantes, que tal vez nos esperan… Además, no debemos olvidar que estos efectos en la subjetividad tendrán consecuencias políticas. Y también la traducción de ellos se llevará a cabo, aunque ahora aparezca como un enigma.
Me parece más verosímil imaginar el fin del mundo, la hecatombe, que el fin del capitalismo. Aun así, tarde o temprano, en el «todos» de la pandemia probablemente se introducirá la fractura mundial de la desigualdad. Una vez más, en Occidente en particular, el espejismo del Uno se dividirá en Dos y millones de seres humanos que no dispondrán de inscripción alguna pueden ser eventualmente los actores de un nuevo antagonismo social.”

El costo que supone esta pandemia será muy alto. Y ya nada volverá a ser lo mismo en nuestras vidas.
El «filósofo inglés» entre comillas, John Grey, ha escrito un texto en Inglaterra en el que argumenta que la Covid-19 es el final o el punto de inflexión en los procesos de globalización.
Esta desastrosa pandemia (originada por el murciélago) puede permitir un nuevo «cruce del Rubicón» y establecer un campo de interlocución entre el pensamiento de los europeos y el pensamiento tanto del mundo anglosajón, de otras latitudes, como de los latinoamericanos, porque considero que todos, a la postre, estamos concernidos por el espinoso problema de la Emancipación.

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Interesting reflections in this short book. This radical catastrophe caused by Covid-19, allows the possibility of thinking about politics beyond its sanitary solution and the terrible ravages that a large part of the world population is suffering. It is interesting to connect the pandemic with the capitalist mode of production, since the Covid-19 has caused a great crisis that, in principle, was not counted after the one of 2008, reaching practically the entire world map, United States, Great Britain, France, Italy, Spain, Russia or Japan, to name a few of the «wealthy» states that did not expect a health crisis of this magnitude, also from China, one of the great world powers that also comes into play on the board of the way out of the crisis. In the «democratic» western world, it is repeated over and over that «we are going to get out of this one,» paradoxically following the example of what a «totalitarian» state has done, which is the way China is usually pointed out. A sanitary resolution that connects with the exit from the economic and social crisis that the pandemic has caused.
However, in my opinion, as I have been arguing through various publications for a long time, capitalism is not only an economy, but rather a headless structure that reproduces itself unlimitedly, a machinery that even in the most critical times has the capacity to remake. In such a way that, although the pandemic was not produced directly by the capitalism movement, as some hypotheses maintain, indirectly this random phenomenon has indeed caused «a new reality», a first serious eclipse of dominance and hegemony.

The points that would characterize this perfect storm:
1) For the first time in history, capitalism meets a deadly global health catastrophe that strips its constitutive fictions. It finds no world body or international pact or inter-state agreement that is truly effective in controlling and stopping the pandemic.
2) For now there are no political or philosophical categories to think about what will be the way of inhabiting the world to come. And this as much in the most singular and existential order of the subjects, as in the modes of community behavior and the social order. The question that runs through this question is the following: to what extent is humanity capable of learning something from borderline and traumatic situations ?, a topic that in human history has always been questioned. And that which the human being learns: can he transmit it collectively or does he leave a permanent mark on social life?
3) The serial extension of death, the automatism in the distribution of corpses robs the finite subject of the singular experience of «dying of one’s own.»
4) Humanity pretends to wage a «war» against the virus, while the dispute or antagonism over who will pay the consequences of the disaster remains silent. The argument that humanity will provide itself with economic resources in a new distributive logic, without any conflict or antagonism, is at least naive or rests on an idea of religious survival of the human species that history, at the least for now, has not confirmed.
5) The disease as suspected has been the immediate consequence of having metaphorized the pandemic in warlike terms: double agents, immunized people who are infected, double infections and also unusual figures (for example, the subject infected by the virus that includes the disease in its curriculum), which resemble characters from a 21st century Gothic novel.
For all these reasons, I believe that the specter of death promoted since the pandemic may open a new debate on equality.

In general terms, one of the characteristics of this era is the disappearance of the «great man».
The collapse that the pandemic is going to cause does not have among the great world powers or leaders, nor political formations, nor international organizations that are capable of discussing to the last consequences the measures that should be imposed on capitalism (it should be remembered that always it is able to redo itself despite its collapses, however intense they may be). What happened with the pandemic should constitute a return of the relationship between the State, society and community, admitting the inevitable tensions that the antagonisms impose on these three places and how they make them a stage in permanent conflict between the concentrated sectors of Power, for a On the other hand, and the subaltern plebeian forces of transforming vocation, on the other.

Some data can be provided to give a new meaning, disturbing and hidden, to the concept of war at stake. There are countries that are part of the world domination system and that do not want to share any commitment to solidarity with the countries most affected by the pandemic. It is enough to see the gap that is already beginning to manifest, in an intense and tense way, between Latin Europe (Spain, Italy or Greece) and Protestant Europe (Germany, Holland or Sweden), and the same in the different antagonistic interpretations of the pandemic. among Latin American countries; for example, Bolsonaro’s position in Brazil is putting the population at risk, unlike the Argentine government, which has taken the pandemic very seriously and has taken all possible means to control it.
In this sense, it seems that we attended the third world war, by chapters, in the terms with which Pope Francis has expressed herself, I would say Cristina Martín Jiménez to refer to the disaster of the pandemic.
And it is that if an organization does not emerge in each place from its sovereign right, ready to commit itself to the justice of its population, exploitation, structural inequality will continue, and capitalism will demonstrate that it can continue with its gear, even in the midst of chaos, causing the most vulnerable to pay the highest price derived from the global pandemic.
War may also be the name of the civilizational collapse that virtually, for now, as a specter travels the world. Looting, civil confrontations, military occupations, destruction of the productive apparatus, social panic and deterioration of the symbolic authority of the State.

Certainly, it will never be forgotten that the coronavirus appears to be the police of bodies: control of lives, loss of closeness to the skin and the encounter, absence on the street of surprise, no life in ties and in the city, etc. . We could add a Heideggerian accent: the coronavirus, in its serial lethality, prevents «own death» from dying. The manufacture of corpses expels from reality the uniqueness of one’s finitude. And it also has a Freudian-Lacanian accent: it is the consummate encounter between civilization and the death drive.
Confinement cannot be understood as mere protection, because if the subject is interrupted for a long time by his routine of daily life and his relationship with others is reduced to the virtual relationship, then inevitably it happens that he spends many hours with himself … and for That can start to happen a lot of disturbing things, which perhaps await us … In addition, we must not forget that these effects on subjectivity will have political consequences. And the translation of them will also take place, although now it appears as an enigma.
It seems more plausible to me to imagine the end of the world, the catastrophe, than the end of capitalism. Even so, sooner or later, the global divide of inequality will probably enter the «all» of the pandemic. Once again, in the West in particular, the mirage of the One will be divided into Two and millions of human beings who will not have any inscription may eventually be the actors of a new social antagonism. ”

The cost of this pandemic will be very high. And nothing will ever be the same in our lives.
The «English philosopher» in quotes, John Gray, has written a text in England in which he argues that Covid-19 is the end or turning point in globalization processes.
This disastrous pandemic (caused by the bat) may allow a new «crossing of the Rubicon» and establish a field of dialogue between the thinking of Europeans and the thinking of both the Anglo-Saxon world, from other latitudes, and Latin Americans, because I consider that We are all ultimately concerned with the thorny problem of Emancipation.

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