Geografía Del Populismo — Fundación Faes Autores Enrique Krauze, Ángel Rivero, Javier Zarzalejos, Jorge Del Palacio Martín, Carlos De La Torre, Mira Milosevich, Javier Redondo Rodelas, Juan Carlos Jiménez Redondo, Mariana González Trejo, Enrique Peruzzotti, Fernando Mayorga, Juan Ignacio Hernández Mora, Martín Santiváñez Vivanco, José Ruiz Vicioso, Manuel Álvarez Tardío, Guillermo Graíño Ferrer, Igor Sosa Mayor, Gustavo Pallarés Rodríguez, Fernando Casal Bértoa, Simona Guerra, Roberto Inclán and Francisco Tortolero Cervantes / Geography of Populism by Faes Foundation (Authors: Enrique Krauze, Ángel Rivero, Javier Zarzalejos, Jorge Del Palacio Martín, Carlos De La Torre, Mira Milosevich, Javier Redondo Rodelas, Juan Carlos Jiménez Redondo, Mariana González Trejo, Enrique Peruzzotti, Fernando Mayorga, Juan Ignacio Hernández Mora, Martín Santiváñez Vivanco, José Ruiz Vicioso, Manuel Álvarez Tardío, Guillermo Graíño Ferrer, Igor Sosa Mayor, Gustavo Pallarés Rodríguez, Fernando Casal Bértoa, Simona Guerra, Roberto Inclán and Francisco Tortolero Cervantes) (spanish book edition)

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Es un libro para adictos a la cultura general, sin un gran aporte.
El populismo ha sido un mal endémico de América Latina. El líder populista arenga al pueblo contra el «no pueblo», anuncia el amanecer de la historia, promete el cielo en la Tierra. Cuando llega al poder, micrófono en mano decreta la verdad oficial, desquicia la economía, azuza el odio de clases, mantiene a las masas en continua movilización, desdeña los parlamentos, manipula las elecciones, acota las libertades. Su método es tan antiguo como los demagogos griegos: «Ahora quienes dirigen al pueblo son los que saben hablar […] las revoluciones en las democracias […] son causadas sobre todo por la intemperancia de los demagogos».
La tendencia democrática (liberal o socialdemócrata) está ganando la batalla en Iberoamérica. El populismo persiste sólo por la fuerza, no por la convicción. La región avanza en la dirección moderna, la misma que aprendió hace casi cuarenta años gracias a la ejemplar transición española.
Parecería impensable que, en un vuelco paradójico de la historia, España opte ahora por un modelo arcaico que en estas tierras está por caducar. A pesar de los muchos errores y desmesuras, es mucho lo que España ha hecho bien: después de la Guerra Civil y la dictadura, y en un marco de reconciliación y tolerancia, conquistó la democracia, construyó un Estado de derecho, un régimen parlamentario, una admirable cultura cívica, una considerable modernidad económica, amplias libertades sociales e individuales. Y doblegó al terrorismo. Por todo ello, un gobierno populista en España sería más que un anacronismo arqueológico: sería un suicidio.

El populismo, en una percepción común no muy lejana, formaba parte de las patologías endémicas, pero no graves de las democracias. La connotación negativa del término derivaba de que, desde la invención misma de la democracia como forma de gobierno en el mundo antiguo, ésta se ha visto asediada de forma permanente por el intento de su manipulación por demagogos, que halagando las pasiones del pueblo buscaban dar curso a su poder personal. El populismo es pues un elemento consustancial a la democracia pues el político populista siempre ha formado parte de su paisaje: el político que buscaba avivar el rescoldo de los temores sociales para hacer de ello su medro. Sin embargo, más allá de la figura populista del demagogo, este endemismo de la democracia puede dar lugar a patologías más preocupantes.
Lo paradójico es que en el presente asistimos a una reivindicación franca del populismo por parte de partidos y movimientos que viniendo de la extrema izquierda buscan romper con el discurso político de los primeros partidos obreros (la lucha de clases) y la llamada nueva izquierda (las guerras culturales) para atrincherarse dentro de la democracia en un espacio político que ya no les resulta ventajoso ordenar en izquierda y derecha, sino que buscan estructurar como arriba y abajo, siendo sus categorías fundamentales las de oligarquía o casta (los de arriba) y la de pueblo (los de abajo), el sujeto colectivo moral piedra de toque del populismo.
Esta búsqueda de la transformación radical del espacio político, desde una extrema izquierda que les situaba en la periferia de la democracia al populismo, que se presenta como el corazón de la «verdadera democracia», ha sido también realizado por otros partidos desde el extremo opuesto del espectro político.
El populismo es una novedad en democracias como la española que ha llegado como consecuencia de diversos factores: la crisis económica; el descrédito de la política por ineficaz o corrupta; el sensacionalismo de los medios; las tensiones del proceso de integración denominado Unión Europea; la falta de un relato colectivo que dé cuenta de dónde estamos y adónde vamos. Pero el que sea una novedad en España no significa que sea únicamente una novedad española. Todo lo contrario. El populismo ha llegado más tarde a España que a la inmensa mayoría de los países de Europa occidental. Para cuando el populismo alcanzó el extremo occidental del continente, ya se había implantado firmemente en toda Europa, de norte a sur y de este a oeste. Y aunque para los europeos constituye una novedad por el relieve electoral que ha adquirido tras décadas de estabilidad política, esto no quiere decir que no haya tenido presencia en el pasado. Y, mucho menos, que el populismo no tenga una larga historia en otras regiones y una sobresaliente vitalidad política en aquellos países en los que constituía, hasta hace poco, una característica diferencial. Puede decirse, por tanto, que el populismo no es algo nuevo ni particular, sino que forma parte de la política desde la invención de la democracia y que ha afectado en mayor o menor medida a todos aquellos países que han hecho de la democracia su sistema político.
De hecho, podría decirse que el populismo es consustancial a la democracia y que lo que merece atención son aquellas circunstancias en las que éste deja de tener una representación marginal en el sistema político y alcanza un poder sobresaliente o el mismo gobierno.

El concepto populismo tiene su origen en las últimas décadas del siglo XIX, en la Rusia zarista y sus intelectuales radicales, que idealizaron al pueblo como sujeto político virtuoso, y en el discurso creado por el People’s Party en EEUU, que movilizó un voto rural contra el establishment de Washington, y que al oponer el pueblo a la oligarquía capitalina estableció el antagonismo esencial del populismo. Porque como ideología el populismo apenas cuenta con un único par de ideas: que democracia significa únicamente gobierno del pueblo y que toda sociedad está atravesada por una división esencial entre dos grupos homogéneos y antagónicos: el pueblo entendido como sujeto moral colectivo, con una voluntad única; y la oligarquía, la élite política que ha secuestrado la democracia en su provecho. Puestas juntas estas dos ideas, fácilmente se concluye que la democracia se ha pervertido.
El discurso populista es muy elemental y aunque puede tener cierto éxito en un contexto propicio, resulta muy difícil de sostener en el tiempo en una sociedad con instituciones democráticas asentadas. Principalmente porque es un discurso de oposición bastante pobre en argumentos y de una emocionalidad demasiado intensa, que fácilmente se evapora cuando el político populista alcanza cierto apoyo electoral y ya no puede presentarse como algo ajeno al sistema político, sino que deviene parte del mismo.
Sin embargo, en el caso de que el populismo alcanzase una posición dominante en el sistema político, el panorama sería bien distinto. En el nombre el pueblo se declararía ilegítima toda discordancia con la unanimidad populista: es decir, todos los intereses y opiniones que no se subordinan a la voluntad decretada del pueblo, de modo que se agostaría el pluralismo de la sociedad (que es esencial para el mantenimiento de la democracia). Como hemos visto tantas veces, en el nombre de la democracia se condenaría la democracia y sobrevendría el autoritarismo, la dictadura y la desaparición de toda libertad. Es decir, la democracia se habría evaporado en nombre del pueblo. Es por ello que el discurso populista debe ser estudiado y analizado no como la reiteración de una visión benigna de la democracia como gobierno popular, sino en el contexto de los efectos que la movilización política de este discurso produce sobre la democracia real, esto es, sobre la democracia existente.

El auge del populismo no es únicamente manifestación de un malestar con la democracia, sino que articula una crítica contundente y directa de la democracia que tenemos: la democracia representativa. Esta crítica a la democracia no es nueva: apareció en el tiempo de la crisis de la democracia en los años treinta del siglo pasado en la forma de un fascismo que se presentaba como verdadera democracia o del comunismo de las democracias populares, antes y después de la Segunda Guerra Mundial; volvió a aparecer en los años sesenta del mismo siglo bajo la bandera de la «democracia participativa» agitada por la llamada «nueva izquierda» contracultural; y ha aparecido ahora con el populismo de «democracia real ya». Es por ello oportuno realizar un análisis del significado antipolítico del «que no, que no, que no nos representan» que se coreaba en la Puerta del Sol madrileña.
Creo que ni la economía mató a la política, ni la política mató a la economía. Por ello, resulta necesario atisbar, más allá de los desórdenes del presente, que la política tiene un valor insustituible en las sociedades pluralistas y que el ejercicio responsable de la política encuentra límites que no pueden soslayarse. Aquí la economía señala alguno de esos límites, pero no abole ni elimina la necesidad de la política. Quizás el aprendizaje final que depare esta crisis sea, ojalá, en el terreno de la política, que el orden social debe ser negociado permanentemente y que la esperanza de un mundo sin política es una pesadilla que debiera desaparecer de nuestras cabezas. Cuando se desacredita la democracia al grito de «no nos representan» la pulsión antipolítica nos presenta la falsa promesa de una «democracia real» que ya conocemos en qué acaba: en autoritarismo, totalitarismo o miseria. Los problemas de la democracia no se resuelven con más «democracia» o con una «democracia real» sino, justamente, con más política y no con menos.

Cuando el populismo reta al poder puede ser democratizador, pero una vez en el poder choca con las instituciones de la democracia liberal. Sus impulsos autoritarios son frenados por las instituciones democráticas. Además, en regímenes parlamentarios los populistas tienen que pactar y entrar en la lógica del compromiso desradicalizando sus demandas. En contextos de crisis de representación política en sistemas presidencialistas y de debilidad de los movimientos sociales un caudillo emerge como el redentor cuya presencia es indispensable para redimir al pueblo. El poder se ejerce como una posesión y se copan todas las instituciones para impedir que regresen los «enemigos del pueblo». El populismo es una pedagogía que coloniza y regula la sociedad civil y la esfera pública con el objetivo de extraer al pueblo auténtico, tal y como es imaginado por el líder, del pueblo realmente existente. El populismo no abandona la democracia, pues su legitimidad se asienta en las urnas. Pero sus ataques al pluralismo, a la división de poderes y a la libertad de expresión la desfiguran y en algunos casos pueden llevar a lo que Guillermo O’Donnell (2011) caracterizó como la muerte lenta de la democracia y su transformación en autoritarismos.
A diferencia de la propuesta de Laclau y sus seguidores, la emancipación no se alcanzará con la fantasía populista del pueblo como un ente homogéneo que irrumpe de la nada para refundar todas las instituciones y normativas. El pueblo es plural y ningún líder lo podrá encarnar. En lugar de tratar de forjar a un pueblo unitario hay que partir de la diversidad de propuestas de los movimientos sociales y de organizaciones políticas para democratizar la política, la economía, y las prácticas culturales.

La palabra rusa narodniki («populistas») fue empleada por vez primera en 1874 para referirse a los jóvenes privilegiados que eligieron «ir hacia el pueblo» (Hozhdenie v narod), es decir, los estudiantes de extracción aristocrática o burguesa que en el verano de ese mismo año decidieron marchar al campo para descubrir «la vida auténtica del pueblo ruso» y así conocer a sus compatriotas campesinos. Desde entonces, narodniki se utilizó tanto para definir a los miembros de la intelligentsia como para aludir al movimiento radical Zemlya i Volya («Tierra y Libertad»), creado en 18623 y, más tarde, al primer partido socialista-revolucionario, fundado en 1876 bajo el mismo nombre.
El populismo histórico ruso surgió en el contexto de los grandes disturbios sociales que se produjeron durante el reinado del zar Nicolás I (1825-1855). Su activismo violento cobró mayor importancia en los años sesenta del siglo XIX y culminó en el asesinato del zar Alejandro II en 1881. Fue un movimiento radical heterogéneo, integrado por pequeños grupos independientes o autónomos de conspiradores de diferente signo (socialistas, anarquistas, jacobinos, terroristas) que compartían algunas ideas fundamentales sobre la condición del régimen autocrático ruso —«una monstruosidad moral y política»— y sobre la necesidad de cambiarlo y crear una sociedad justa e igualitaria.
El fracaso de los populistas se debió, en primer lugar, a que sus ideas se basaron en premisas equivocadas: querían convertir a los campesinos en socialistas y emanciparlos, cuando los campesinos, hambrientos de propiedad privada, eran indiferentes o simplemente hostiles a tales ideas. Desesperados, sustituyeron los medios pacíficos de propaganda por los del terrorismo económico y político. Lo que supuso un segundo fracaso: el asesinato del zar no provocó la revolución y tuvo, en cambio, el efecto opuesto: fortaleció la represión y las instituciones a ella asociadas, como la policía, el servicio secreto y las jurisdicciones especiales. Todo ello contribuyó a la de-saparición gradual del movimiento populista y radicalizó aún más a la sociedad rusa.
El legado principal del populismo fue la introducción del asesinato como medio de coerción extrapolítica. El Partido Socialista Revolucionario se responsabilizó de 150 asesinatos de funcionarios estatales entre 1901 y 1911. La influencia de sus ideas sobre la función del terror en los revolucionarios de Octubre de 1917 parece innegable. En tal sentido, el bolchevismo constituyó una amalgama de populismo y marxismo.

Andrew Jackson introdujo cuatro tradiciones propias del populismo en la política estadounidense.
1. La construcción de un relato personal basado en la superación de la adversidad, lo cual facilita una simbiosis espontánea con su pueblo, genera una corriente de simpatía y le permite exhibir su carácter indomable y luchador. Él se presentó como el espejo del pueblo. Un hombre del Sur, héroe de guerra y ejemplo de superación para los pioneros del Oeste.
2. Señaló al Banco Nacional como «viejo símbolo» de los privilegios y la corrupción. Derrotar al partido whig era el primer paso para acabar con los poderosos y la élite financiera del Norte. El monstruo de Chestnut Street —sede del Banco en Filadelfia— constituía una amenaza para la democracia.
3. El spoil system constituyó uno de los ejes de su programa. Lo definió como un mecanismo antielitista para gobernar con la gente corriente. El «sistema de reparto del botín» protegía a su gobierno de una Administración dominada por funcionarios whigs. Le guió el principio de poner la burocracia en manos del «hombre común».
4. Jackson se acompañó de un núcleo duro, un gobierno paralelo, conocido como el kitchen cabinet:periodistas, panfletistas, difamadores que guiaban la política de la Administración y asesoraban al presidente.

El getulismo supuso la apuesta por un modelo autocentrado, antiliberal y autoritario tendente a encontrar unos nuevos equilibrios de poder contrarios a los tradicionales anclajes de la oligarquía republicana. Fue un régimen de encuadramiento de las masas populares alternativo a los movimientos obreros de clase, especialmente al radicalismo comunista. Y fue, también, un nacionalismo centralista y centralizador de carácter desarrollista, apoyado en un modelo industrializador por sustitución de importaciones amparado en el papel, al mismo tiempo, propulsor y protector del Estado.
El getulismo fue, sobre todo, un régimen de evidentes contradicciones, especialmente porque desde el autoritarismo estimuló una democratización estructural del país. Sin embargo, esta contradicción es más aparente que de fondo, pues aparece en muchas otras experiencias de construcción de Estados desarrollistas. Que su resultado fuera una evidente democratización del país no significa que fuera una democracia, pues no invalida su carácter represivo y autoritario. Indudablemente, el getulismo prestó una especial atención a las cuestiones sociales y al reconocimiento y participación de esas nuevas clases sociales tradicionalmente excluidas del sistema político, lo que incrementó notablemente el carisma del líder populista, pero era una relación de dependencia muy alejada de la racionalidad democrática y de la idea de justicia social.

Perón «decidió salvar a su pueblo de dos males: el antiguo del capitalismo y el futuro del comunismo». Pero el peronismo no es «anticomunista o anticapitalista» […] «Ser anti es estar en posición de pelea o de lucha, y el peronismo quiere crear, trabajar, engrandecer a la patria sobre la felicidad de su pueblo. Los que pelean son ellos; unos porque sirven a intereses internacionales de izquierda, y otros porque sirven a intereses mezquinos y bastardos, cuando no a intereses también foráneos de imperialismos de derecha» (Eva Perón, 1951a: 94 y 95).
En suma, en el peronismo podemos ver desarrollado al detalle el discurso del populismo: la denuncia de una democracia secuestrada por la oligarquía y la promesa de una democracia verdadera donde el gobierno del pueblo se conjuga con un líder paternal que le da voz. También podemos ver en este lenguaje el intento de alcanzar una posición total por encima de la divisoria entre izquierda y derecha y, sobre todo, una moralización del lenguaje político que reduce los problemas sociales a una contienda entre buenos y malos, donde estos últimos, a pesar de haber sido derrotados constituyen una amenaza permanente, pues son el vicio que corrompe las virtudes del pueblo.
El peronismo es, sin duda, un fenómeno particular de la historia política argentina, pero su populismo encuentra paralelos universales en fenómenos similares a un lado y a otro del Atlántico.

En 1998 se produce en Venezuela una ruptura populista. En dicha coyuntura confluyen los siguientes factores: una dirigencia política deslegitimada y un liderazgo que logra reconstituir una identidad colectiva; una serie de demandas populares adquieren voz frente a una institucionalidad que no logra absorberlas; la sociedad se escinde en dos: pueblo y poder. Por su parte, la democracia adopta otros esquemas, como los CC, que privilegian la participación sobre la representación. También, la democracia experimenta tensiones entre lograr su refundación y eventos que amenazan con desdibujarla.
No obstante, gran parte de este cuadro populista se pierde en el gobierno de Maduro. Su discurso no obró contra un establishment, sino que apostó a la continuidad de un proyecto político. Su gobierno busca la continuidad de prácticas clientelares y el equilibrio entre la democracia y el autoritarismo se resquebraja. La identidad colectiva se apoya (mayoritariamente) en narrativas previas. Sin embargo, ésta se diversifica y pierde la homogeneidad brindada por Chávez. En consecuencia, se fractura la configuración populista y ésta adquiere una dimensión más prosaica: aquella que se preocupa por mantenerse en el poder.

Laclau definió al kirchnerismo como un «populismo a medias». Dicha expresión refiere a un tipo de experiencia populista específica, que en este caso puede ser entendida como un subtipo poco exitoso de populismo en el gobierno donde el recurso a estilos, políticas, y discursos populistas, aunque provee réditos políticos coyunturales, fracasa en el intento de promover la división política de la sociedad alrededor del eje kirchnerismo vs. antikirchnerismo. Lo que desde la teoría laclauniana puede ser leído como un resultado político sub-óptimo, no lo es desde una perspectiva democrática republicana. Se pueden esgrimir diversos argumentos sobre las razones que impidieron a los Kirchner consagrarse como líderes plenamente populistas, lo que sí es innegable es que dicho fracaso evitó que Argentina entrase en un ciclo de politización destructiva. La nueva democracia argentina, si bien frágil en muchas dimensiones, ha mostrado que posee anticuerpos que pueden combatir con éxito las pulsiones autoritarias que aún persisten en algunos sectores políticos.

Correa irrumpió en un contexto de crisis de las instituciones políticas y fue un outsider con un proyecto de refundación mediante la convocatoria de una asamblea constituyente. Él y su círculo íntimo no habían sido socializados en la política parlamentaria, eran recién llegados que prometieron acabar con el dominio de la partidocracia. La izquierda ecuatoriana, a diferencia de las del cono sur, al no vivir una experiencia dictatorial dura, no revaluó la democracia liberal y las políticas de los derechos humanos (Levisky y Roberts, 2011: 404-410). El correísmo ligó la democracia burguesa con el neoliberalismo y buscó refundar todas las instituciones. No se asentó en movimientos sociales, más bien emergió en un contexto en que el movimiento indígena había perdido la capacidad para organizar protestas sostenidas y estaba en crisis (Martínez Novo, 2013).
La figura de Rafael Correa personificó los deseos de cambio. Su liderazgo fue construyéndose como la encarnación de una gesta histórica y se vio como parte de un movimiento bolivariano que busca la segunda y verdadera independencia de Latinoamérica.

En suma, la democracia boliviana se caracteriza por una compleja relación entre la distribución horizontal y vertical del poder político con un protagonismo excluyente del MAS, pero con ciertos rasgos de pluralismo en el nivel subnacional. En tal sentido, la capacidad hegemónica del proyecto político del MAS se asienta en la estabilidad política que ha enfrentado, en 2016, dos situaciones críticas: los efectos negativos de la recesión económica regional —cuya duración es incierta— en el decurso del modelo de desarrollo centrado en el Estado y los efectos políticos de los resultados del referendo para la reforma constitucional parcial, perdido en referéndum, pero ganado por Morales en los tribunales, que redefinirá las estrategias del MAS y de las organizaciones políticas opositoras. Sin embargo existen condiciones políticas e institucionales para la persistencia de condiciones que favorezcan una relación colaborativa entre niveles de gobierno, así como una mayor interacción pluralista entre oficialistas y opositores en torno a los objetivos de desarrollo previstos por la Agenda Patriótica del Bicentenario 2025 que puede perfilar el derrotero de un modelo de desarrollo que conjugue la vertiente modernizadora del nacionalismo estatista y la propuesta ecológica de las cosmovisiones indígenas.

La alternancia política inaugurada en México con el final del siglo XX y reiterada en el siglo en el que vivimos muestra que lejos de avanzar en la democratización, las circunstancias que hicieron posible el populismo y el neopopulismo se encuentran intactas, listas para ser usadas por el próximo político oportunista. Pero el terreno allanado no basta para que se produzca de nuevo el fenómeno: hace falta la aparición de un líder con alma de caudillo, oportunista, sin ninguna estructura, pero con la audacia y el carisma suficientes para montar la escena y dirigir la dramaturgia. En esta combinación siniestra, los contextos desempeñan un papel fundamental, las crisis económicas brotan y resurgen con fuerza en un mundo globalizado y la necesidad de contar con una opinión pública favorable hacen que cierto porcentaje de populismo sea necesario en la estrategia de cualquier gobierno que quiera mantenerse en pie sobre un terreno que resulta inestable.
No sería el mejor camino, pero la amenaza continúa representada esta vez de manera particularísima por Andrés Manuel López Obrador y «su» partido político Morena, MOvimiento de REnovación NAcional, que levanta sugerencias guadalupanas, que medirá su fuerza primero frente al PRD (Partido de la Revolución Democrática), al cual le quitó gran parte de su estructura electoral, para después batirse en la anunciada gran elección Presidencial de 2018. Así pues, la suerte está echada y nuevos populismos acechan a una realidad mexicana siempre tentada de escuchar grandes soluciones, sin el esfuerzo y dedicación que se requiere para tornarlas en realidad. Porque los problemas de México requieren reflexión y tiempo, y no hay soluciones mágicas instantáneas, pero se intuye que la paciencia no es precisamente una característica del pueblo mexicano.

Marine Le Pen es retratada en un primer plano de su cara bajo las palabras OUI! la France de manera que la personificación del país en su persona se hace inevitable. El programa de este documento queda resumido en doce compromisos finales que son elocuentes en relación al discurso social, soberanista, nacionalista y, sin duda, populista, del FN que contrasta vivamente con lo que esta organización mantuvo en sus orígenes:
1) Revalorización de los salarios más modestos y de las pensiones para mejorar el poder de compra e instaurar una verdadera justicia fiscal.
2) Detener la inmigración y establecer la prioridad nacional en relación al empleo, la vivienda y las ayudas sociales.
3) Garantizar la seguridad de los franceses.
4) Restaurar la moralidad pública y devolver la palabra al pueblo francés mediante referéndums sobre las cuestiones políticas importantes.
5) Restablecer unos verdaderos servicios públicos de calidad.
6) Ayudar a las familias mediante el establecimiento de una renta parental.
7) Reorientar la escuela hacia su papel como transmisora de saber y restablecer la autoridad y la meritocracia.
8) Reindustrializar Francia restableciendo los controles de aduanas.
9) Liberarse de los mercados financieros para escapar de la espiral de la deuda.
10)Renegociar los tratados europeos para restaurar la soberanía nacional.
11)Imponer la laicidad republicana frente a las reivindicaciones político-religiosas.
12)Recuperar la independencia diplomática y militar de Francia.
En suma, si hubiera que sintetizar la ideología de este programa podríamos hablar de un estatismo nacionalista y social en el que la defensa de la soberanía del Estado en todos los ámbitos (militar, económico, político) se combina con la protección de la nación francesa en su dimensión social y cultural.
Esta idea de la soberanía nacional es interpretada por el FN no en el sentido de que la democracia se funda en un acuerdo constitucional que reúne a los ciudadanos, sino en términos del ejercicio de la voluntad incondicionada por parte de un sujeto colectivo que constituye la nación francesa, de modo que toda limitación a esa voluntad se define como pérdida de libertad. Así, en el terreno de la libertad económica, el FN habla de su recuperación como programa de su acción.
Una república más democrática, donde «el referéndum permitirá a los ciudadanos dar su aprobación, a lo largo del quinquenio, a las grandes decisiones presidenciales», sustanciadas en ocho grandes rúbricas:
1. Recuperación de la independencia territorial, monetaria, económica y legislativa.
2. Restauración de un Estado fuerte y restablecimiento del orden republicano en todas partes.
3. Reafirmación de los valores franceses y de las normas de la laicidad.
4. Valorización del trabajo, defensa del poder de compra y desarrollo del empleo francés.
5. Mejora de la justicia fiscal y de la eficacia en la gestión del dinero público.
6. Salvar la Seguridad Social y garantizar las pensiones.
7. Promoción de una escuela y una formación de gran calidad.
8. Recuperar una diplomacia influyente al servicio de la potencia del país.
Como se ve, el programa de 2017 ha suavizado muchas de las aristas del de 2012, en un proceso de moderación del discurso público del FN que hace que sus propuestas resulten de «sentido común» para una parte de la población francesa que vive la crisis económica, cultural y de identidad como un proceso de decadencia frente al que las élites tradicionales parecen no reaccionar, por incomparecencia o porque sus preocupaciones son muy distintas a las de la «gente» (FN, 2017).

El historiador Giovanni Orsina ha definido el berlusconismo como una emulsión entre liberalismo y populismo. Y aquí el término «emulsión» dice mucho, porque señala la imposibilidad última de mezclarse de dos elementos que se repelen (Orsina, 2013: 125). Ciertamente, el berlusconismo hizo bandera de muchas ideas liberales que a efectos de ubicación ideológica permitió a Forza Italia, y luego al Popolo della Libertà, formar parte de la familia europea de fuerzas liberal-conservadoras. Sin embargo, en el berlusconismo el liberalismo siempre fue epidérmico y, en todo caso, instrumentalizado a favor de un contexto marcado por el progresivo distanciamiento entre la sociedad y la clase política del país.
En el caso del M5S de Beppe Grillo resulta un ejemplo paradigmático. El líder del M5S se declara orgulloso de ser un populista. Al margen del proyecto de crear una democracia directa alternativa a través de la red —a través de una plataforma llamada, no por casualidad, Rousseau—, elemento ausente en el discurso de Berlusconi, Grillo ha jugado a potenciar las demás propuestas populistas inscritas en el berlusconismo. La idea de un partido que se declara movimiento o libre asociación de ciudadanos, la propuesta de una carta fundacional reconocida como «Non-statuto», la prohibición de ser candidato de M5S si se ha pertenecido a algún otro partido, la mitificación de la sociedad civil y su capacidad de gobernarse sin mediación de la política, o la institución del «Vaffanculo Day» —cuya V mayúscula va incorporada al nombre del M5S (MoVimento)— como día que representa su oposición radical a la clase política profesional, ilustran a la perfección la intensidad con la que el grillismo participa de la cultura política del berlusconismo. No resulta casual que Grillo, por aquel entonces uno de los cómicos con más éxito en Italia, celebrase la aparición en política de Berlusconi en 1994.
A modo de conclusión, a la hora de valorar el verdadero calado de los consensos introducidos en la vida política italiana por el berlusconismo merece la pena observar la creciente distancia entre la ciudadanía y los partidos políticos, que no ha dejado de crecer en la última década. A tenor del último informe anual «Rapporto tra gli italiani e lo Stato» dirigido por el politólogo Ilvo Diamanti y publicado por La Repubblica, para el 48 por 100 de los italianos la democracia podría funcionar sin partidos. En el año 2008, la cifra era del 38 por 100 (Diamanti, 2016). Estos datos ofrecen una buena pista sobre la gran posibilidad de éxito de todo discurso populista en la Italia actual.

El United Kingdom Independence Party fue fundado para lograr la salida del Reino Unido de una Unión Europea cada vez más integrada económica y políticamente. En poco más de 20 años, el discurso populista ha logrado arraigar en una amplia capa de la sociedad británica, de perfil socio-demográfico y valores culturales precisos. Si bien las especiales características del sistema político habían logrado prevenir la presencia parlamentaria de UKIP, su empuje electoral consiguió arrancar al primer ministro la celebración del ansiado referéndum sobre la pertenencia europea. El inesperado desenlace del Brexit deja un mensaje de profunda desafección del electorado con la política convencional, pero también abre algunos interrogantes sobre el futuro de esta formación y del populismo como narrativa: ¿Tiene sentido la existencia de UKIP ahora que ha logrado su objetivo fundacional? ¿Qué puede ofrecer a sus votantes más allá de la «supervisión» del proceso de salida? Por otro lado, ¿será capaz de sobrevivir a la sucesión de Farage esta organización tan caracterizada por el conflicto interno? ¿Resistirá la competencia del Partido Conservador de Theresa May, decidido a recuperar a los votantes más tradicionales y euroescépticos? En definitiva, ¿cómo evolucionará el discurso populista en un Reino Unido fuera de la Unión Europea? Las elecciones legislativas celebradas el 8 de junio de 2017 han mostrado la dificultad de UKIP para sobrevivir a la salida del Reino Unido de la Unión Europea.
Ha perdido su único escaño y tan sólo se ha hecho con el 1,8 por 100 de los votos. Su líder, Paul Nuttall, ha dimitido y el futuro del partido parece sombrío.

En el caso particular de España, su obsesión más destacada es la demolición de la Transición. En ese sentido, Podemos fue un invento de quienes habían hablado y escrito hasta la saciedad contra el proceso constituyente de 1978. La apelación al pasado fue fundamental para sus dirigentes fundacionales: ellos siempre habían rechazado radicalmente la idea de la Transición como «reconciliación» y la habían presentado como «claudicación». De tal forma que la democracia actual, que llamaban «Régimen español», no era sino un sistema presidido por un «papelito» (así se refirió Pablo Iglesias a la Constitución durante una charla en una Herriko Taberna). Y resulta que ese «papelito» lo hicieron «los de arriba» y pudieron dejar bien atado el poder de las élites económicas. De esta forma, para ellos, mientras eso esté vigente, el sistema estará alejado del pueblo, que lo que demanda es una democracia donde se puedan ejercer los derechos sociales y éstos no sean meros reconocimientos formales. No en vano, el mismo Iglesias había alabado a la gente del brazo político de ETA porque, según él, fueron ellos los primeros que se dieron cuenta de que lo que se decía en el «papelito» no servía para nada y que los poderes de la oligarquía franquista habían quedado debidamente protegidos (Iglesias, 2013). En definitiva, expresado en los términos del discurso político y académico de Juan Carlos Monedero —que en su caso son una y la misma cosa—: la España democrática estaba todavía por constituir.
La confluencia del nacionalismo y el populismo es el reencuentro de dos viejos conocidos de la historia europea más inquietante. Su capacidad para combinarse en opciones radicales de derecha o izquierda constituye el mayor riesgo de desestabilización de la democracia y de ataque a la civilidad en las sociedades pluralistas. El nacionalismo ha encontrado en el populismo nuevos recursos movilizadores y el populismo aprovecha el nacionalismo tanto por su capacidad desestabilizadora como por su utilidad como vehículo de socialización en el País Vasco, Cataluña y Galicia. El antagonismo sin espacio para el compromiso, la exclusión, la degradación plebiscitaria del sistema democrático, la exaltación de los liderazgos personalistas y carismáticos, la recuperación de la dialéctica amigo-enemigo, realimentan estos movimientos que no buscan la regeneración del sistema o del Estado, sino su colapso mediante el aprovechamiento oportunista de una crisis cuya profundidad e implicaciones han sido comprendidas demasiado tarde en un error que urge reparar.

El populismo en la feliz Escandinavia, tal y como demuestra la fuerza electoral de los partidos que lo sustentan, podría describirse como una forma particular de «nacionalismo del bienestar» que vincula las cuestiones nacionales, sociales y democráticas con la igualdad social, la democracia y la igualdad de género como señas de la identidad nacional. Surge, en definitiva, con mensajes muy simples como respuesta a la aparente amenaza que presentan la inmigración y la Unión Europea, que se denuncian como enemigas de un Estado nacional del bienestar que se acepta como la forma de vida tradicional de estos países. La crisis de la socialdemocracia como garante tradicional del bienestar en Escandinavia es muy significativa. A día de hoy, sólo Suecia cuenta con un gobierno socialdemócrata. Siendo los votantes tradicionales de la socialdemocracia los que actualmente apoyan en mayoría a los partidos populistas.
Tal y como indica Anders Hellström, el debate sobre el papel y la posición de los partidos populistas nacionalistas en los países nórdicos plantea una cuestión más amplia acerca de cómo convivir en sociedades cada vez más diversas y cómo afrontar los desafíos de la diversidad étnica en los Estados del bienestar universal escandinavos, con poblaciones históricamente homogéneas.
El futuro augura la consolidación de estos partidos y la aparición de otros aún más radicales. La visión populista, en muchos aspectos nostálgica, de cómo debería ser la sociedad futura en Escandinavia se contrapone a la realidad latente en estos países que ya son, por primera vez en su historia, heterogéneos, multiculturales y multiétnicos.

El primer ministro húngaro enfatizaba «que hay que entender los sistemas que no son occidentales, que no son liberales, que no son democracias liberales, y que incluso pueden no ser democracias». Como ejemplo de esos modelos que debemos entender citaba a Singapur, China, India, Turquía y Rusia y añadía que «el nuevo Estado que estamos construyendo [en Hungría] es un Estado iliberal, es un Estado no liberal. No rechaza los valores fundamentales del liberalismo, como la libertad, etc. Pero no hace de esta ideología el elemento central de la organización del Estado. Lo que hace es aplicar un enfoque específicamente nacional». Es decir, húngaro. Angela Merkel no dejó pasar estas palabras y realizó los siguientes comentarios: «Honestamente, “no liberal” (iliberal) y “democracia”, a mi modo de ver, no pueden ir juntos, puesto que las raíces de la democracia se encuentran de siempre, entre otros sitios, en el liberalismo». Sin embargo, tal como hemos visto en este libro, la teoría populista de la democracia no comparte la visión liberal de la democracia representativa. Todo lo contrario, exige más democracia y menos liberalismo. Sin duda la deriva autoritaria de Orbán, dado que apela, no a una dictadura de las clases superiores con el ánimo de salvar a la nación húngara (magyar), sino a la devolución del poder al pueblo, que él encarna, queda mejor calificada de populismo.

El 20 de enero de 2017 Donald Trump tomó posesión como presidente de los Estados Unidos de América. En su discurso inaugural señaló que el cambio que contemplaban los norteamericanos y el mundo no era de un presidente por otro; ni de un partido político por otro; sino que lo que acontecía en ese momento era que el poder político del que se había apoderado Washington le era por fin devuelto al pueblo americano, su legítimo dueño. Con el triunfo de Trump, con su discurso provocador, su nacionalismo económico, su desdén por los extranjeros, su machismo, su falta de tacto o directamente su voluntad de ofender a vecinos como México o a socios comerciales como China se señala, a día de hoy, la pleamar del populismo y se ilustra al mismo tiempo el carácter global adquirido por la geografía de esta epidemia política. Que el populismo alcance la presidencia de la principal potencia mundial manda una importante señal al mundo. Como se ha visto en esta obra, el lugar de la coronación del populismo como fenómeno es el lugar de su origen, los Estados Unidos, y esto nos dice algo sobre la fuerza del populismo en razón de su recurrencia en la democracia más antigua del planeta.
En este sentido, el del carácter americano del populismo, el anterior presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, tuvo un interesante escarceo dialéctico con el presidente de México, Enrique Peña Nieto, que resulta ilustrativo. Durante la cumbre de líderes de América del Norte, celebrada el 29 de junio de 2016 en Canadá, con Justin Trudeau como anfitrión, Peña Nieto declaró, al llegar su turno de palabra en la rueda de prensa pública, que en el mundo global y densamente poblado en el que vivimos hay actores políticos que recurren «al populismo y la demagogia, vendiendo en respuestas muy fáciles las eventuales soluciones a los problemas que enfrenta el mundo de hoy, lo cual no es así de simple ni así de sencillo; llevar las riendas de un país, asumir la responsabilidad de gobernar, es algo más que dar respuestas sencillas, es complejo y difícil».
En el caso de Europa y los Estados Unidos también puede hablarse de oleadas populistas. La primera vinculada a la aparición de los primeros partidos populistas (dejando de lado experiencias menores y puntuales) en el contexto de la primera crisis del Estado de bienestar surgido del consenso de posguerra en los años setenta. La segunda oleada vino acompañando el hundimiento del bloque socialista y el deshielo de la Guerra Fría, que liberó fuerzas populistas enemigas del arreglo político dominante en la posguerra en los años noventa del siglo pasado. Por último, la tercera oleada es la vinculada a la crisis económica y cultural iniciada en la primera década del siglo XXI que todavía avanza, como atestigua la presidencia de Trump y el crecimiento generalizado del populismo en toda Europa.

* La Fundación Faes esta muy vinculada al Partido Popular de España cuyo presidente honorífico ha sido el expresidente del gobierno de España José María Aznar.
Los autores que han colaborado en el libro:
Enrique Krauze, Ángel Rivero, Javier Zarzalejos, Jorge Del Palacio Martín, Carlos De La Torre, Mira Milosevich, Javier Redondo Rodelas, Juan Carlos Jiménez Redondo, Mariana González Trejo, Enrique Peruzzotti, Fernando Mayorga, Juan Ignacio Hernández Mora, Martín Santiváñez Vivanco, José Ruiz Vicioso, Manuel Álvarez Tardío, Guillermo Graíño Ferrer, Igor Sosa Mayor, Gustavo Pallarés Rodríguez, Fernando Casal Bértoa, Simona Guerra, Roberto Inclán y Francisco Tortolero Cervantes.

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It is a book for addicts to the general culture, without a great contribution.
Populism has been an endemic evil of Latin America. The populist leader harangues the people against the «non-people,» announces the dawn of history, promises heaven on Earth. When it comes to power, microphone in hand decrees the official truth, unlocks the economy, raises class hatred, keeps the masses in continuous mobilization, disdains parliaments, manipulates elections, limits freedoms. His method is as old as Greek demagogues: «Now those who lead the people are those who know how to speak […] revolutions in democracies […] are caused primarily by the intemperance of demagogues.»
The democratic trend (liberal or social democratic) is winning the battle in Latin America. Populism persists only by force, not by conviction. The region is moving in the modern direction, the same one that it learned almost forty years ago thanks to the exemplary Spanish transition.
It would seem unthinkable that, in a paradoxical turnaround in history, Spain now opts for an archaic model that in these lands is about to expire. In spite of the many errors and excesses, Spain has done much well: after the Civil War and the dictatorship, and in a framework of reconciliation and tolerance, it conquered democracy, built a rule of law, a parliamentary regime, an admirable civic culture, considerable economic modernity, broad social and individual freedoms. And he bent terrorism. For all these reasons, a populist government in Spain would be more than an archaeological anachronism: it would be suicide.

Populism, in a common perception not too far away, was part of endemic, but not serious, pathologies of democracies. The negative connotation of the term derived from the fact that, since the very invention of democracy as a form of government in the ancient world, it has been permanently besieged by the attempt of its manipulation by demagogues, who flattering the passions of the people sought to give course to your personal power. Populism is thus an element inherent to democracy, since the populist politician has always been part of his landscape: the politician who sought to enliven the resounding of social fears in order to make it his heart. However, beyond the populist figure of the demagogue, this endemism of democracy can lead to more worrisome pathologies.
The paradox is that we are currently witnessing a frank demand for populism by parties and movements that, coming from the extreme left, seek to break the political discourse of the first workers’ parties (the class struggle) and the so-called new left (the cultural wars) to entrench themselves within democracy in a political space that they no longer find advantageous to order in left and right, but seek to structure as above and below, their fundamental categories being those of oligarchy or caste (those above) and the of people (those below), the collective moral subject touchstone of populism.
This search for the radical transformation of the political space, from an extreme left that placed them on the periphery of democracy to populism, which is presented as the heart of «true democracy,» has also been carried out by other parties from the opposite extreme. of the political spectrum.
Populism is a novelty in democracies like the Spanish one that has come as a result of several factors: the economic crisis; the discrediting of the policy as ineffective or corrupt; the sensationalism of the media; the tensions of the integration process called the European Union; the lack of a collective account that gives an account of where we are and where we are going. But the fact that it is a novelty in Spain does not mean that it is only a Spanish novelty. Quite the opposite. Populism has arrived later in Spain than in the vast majority of Western European countries. By the time populism reached the western end of the continent, it had already been firmly implanted throughout Europe, from north to south and from east to west. And although for Europeans it is a novelty because of the electoral importance that it has acquired after decades of political stability, this does not mean that it has not had a presence in the past. And, much less, that populism does not have a long history in other regions and an outstanding political vitality in those countries where it was, until recently, a differential feature. It can be said, therefore, that populism is not something new or particular, but that it is part of politics since the invention of democracy and that it has affected to a greater or lesser extent all those countries that have made democracy their system political.
In fact, it could be said that populism is consubstantial to democracy and that what deserves attention are those circumstances in which it ceases to have a marginal representation in the political system and attains an outstanding power or the government itself.

The populism concept has its origin in the last decades of the 19th century, in Tsarist Russia and its radical intellectuals, who idealized the people as a virtuous political subject, and in the discourse created by the People’s Party in the US, which mobilized a rural vote against the establishment of Washington, and that by opposing the people to the capitalist oligarchy established the essential antagonism of populism. Because, as an ideology, populism hardly has a single pair of ideas: that democracy means only the government of the people and that every society is crossed by an essential division between two homogeneous and antagonistic groups: the people understood as a collective moral subject, with a unique will ; and the oligarchy, the political elite that has kidnapped democracy to their advantage. Together these two ideas, it is easily concluded that democracy has been perverted.
Populist discourse is very elementary and although it may have some success in a favorable context, it is very difficult to sustain over time in a society with established democratic institutions. Mainly because it is a discourse of opposition quite poor in arguments and of an emotionality too intense, which easily evaporates when the populist politician reaches a certain electoral support and can no longer be presented as something alien to the political system, but becomes part of it.
However, if populism reached a dominant position in the political system, the picture would be quite different. In the name the people would declare illegitimate any disagreement with populist unanimity: that is, all interests and opinions that are not subordinated to the decreed will of the people, so that the pluralism of society (which is essential for maintenance of democracy). As we have seen so many times, in the name of democracy democracy would be condemned and authoritarianism, dictatorship and the disappearance of all freedom would ensue. That is, democracy would have evaporated in the name of the people. That is why populist discourse must be studied and analyzed not as the repetition of a benign vision of democracy as a popular government, but in the context of the effects that the political mobilization of this discourse produces on real democracy, that is, on the existing democracy.

The rise of populism is not only a manifestation of an unease with democracy, but it articulates a blunt and direct critique of the democracy we have: representative democracy. This critique of democracy is not new: it appeared at the time of the crisis of democracy in the thirties of the last century in the form of a fascism that was presented as true democracy or of the communism of popular democracies, before and after the Second World War; reappeared in the sixties of the same century under the banner of «participatory democracy» agitated by the so-called «new left» countercultural; and has now appeared with the populism of «real democracy now.» It is therefore opportune to carry out an analysis of the antipolitical meaning of «no, no, no represent» that was chanted at the Puerta del Sol in Madrid.
I believe that neither the economy killed politics, nor did politics kill the economy. Therefore, it is necessary to look beyond the disorders of the present, that politics has an irreplaceable value in pluralistic societies and that the responsible exercise of politics finds limits that cannot be avoided. Here the economy points to one of those limits, but it does not abolish or eliminate the need for politics. Perhaps the final learning that this crisis brings is, hopefully, in the field of politics, that the social order must be negotiated permanently and that the hope of a world without politics is a nightmare that should disappear from our heads. When democracy is discredited by the cry of «not representing us», the anti-political drive presents us with the false promise of a «real democracy» that we already know in what it ends: in authoritarianism, totalitarianism or misery. The problems of democracy are not solved with more «democracy» or with a «real democracy» but, precisely, with more politics and not less.

When populism challenges power it can be democratizing, but once in power it collides with the institutions of liberal democracy. Their authoritarian impulses are stopped by democratic institutions. In addition, in parliamentary regimes, populists have to agree and enter into the logic of commitment by de-radicalizing their demands. In contexts of crisis of political representation in presidential systems and weaknesses of social movements, a leader emerges as the redeemer whose presence is indispensable to redeem the people. Power is exercised as a possession and all institutions are seized to prevent the return of the «enemies of the people.» Populism is a pedagogy that colonizes and regulates civil society and the public sphere with the aim of extracting the authentic people, as imagined by the leader, from the really existing people. Populism does not abandon democracy, since its legitimacy is based at the polls. But its attacks on pluralism, the division of powers and freedom of expression disfigure it and in some cases can lead to what Guillermo O’Donnell (2011) characterized as the slow death of democracy and its transformation into authoritarianism.
Unlike the proposal of Laclau and his followers, emancipation will not be achieved with the populist fantasy of the people as a homogeneous entity that breaks out of nowhere to refound all institutions and regulations. The people are plural and no leader can embody it. Instead of trying to forge a unitary people, we must start from the diversity of proposals of social movements and political organizations to democratize politics, economics, and cultural practices.

A russian word narodniki («populist») was used for the first time in 1874 to refer to the privileged young people who chose to «go to the village» (Hozhdenie v narod), that is, the students of aristocratic or bourgeois extraction that in the summer from that same year they decided to go to the countryside to discover «the authentic life of the Russian people» and thus meet their countrymen. Since then, narodniki was used both to define the members of the intelligentsia and to refer to the radical movement Zemlya i Volya («Land and Freedom»), created in 18623 and, later, to the first socialist-revolutionary party, founded in 1876 under the same name.
Russian historical populism arose in the context of the great social unrest that occurred during the reign of Tsar Nicholas I (1825-1855). His violent activism became more important in the sixties of the nineteenth century and culminated in the assassination of Tsar Alexander II in 1881. It was a heterogeneous radical movement, composed of small independent or autonomous groups of conspirators of different sign (socialist, anarchist, Jacobin, terrorists) who shared some fundamental ideas about the condition of the Russian autocratic regime – «a moral and political monstrosity» – and about the need to change it and create a just and egalitarian society.
The failure of the populists was, in the first place, because their ideas were based on mistaken premises: they wanted to turn the peasants into socialists and emancipate them, when the peasants, hungry for private property, were indifferent or simply hostile to such ideas. Desperate, they replaced the peaceful means of propaganda with those of economic and political terrorism. What meant a second failure: the tsar’s murder did not provoke the revolution and instead had the opposite effect: it strengthened the repression and associated institutions, such as the police, the secret service and the special jurisdictions. All this contributed to the gradual de-saparition of the populist movement and further radicalized Russian society.
The main legacy of populism was the introduction of murder as a means of extrapolitical coercion. The Revolutionary Socialist Party was responsible for 150 murders of state officials between 1901 and 1911. The influence of their ideas on the role of terror in the revolutionaries of October 1917 seems undeniable. In that sense, Bolshevism constituted an amalgam of populism and Marxism.

Andrew Jackson introduced four traditions of populism in American politics.
1. The construction of a personal story based on overcoming adversity, which facilitates a spontaneous symbiosis with his people, generates a current of sympathy and allows him to exhibit his indomitable and fighting character. He presented himself as the mirror of the people. A man from the South, war hero and example of overcoming for the pioneers of the West.
2. He pointed to the National Bank as an «old symbol» of privileges and corruption. Defeating the Whig party was the first step in ending the powerful and the financial elite of the North. The Chestnut Street monster – the Bank’s headquarters in Philadelphia – constituted a threat to democracy.
3. The spoil system was one of the axes of its program. He defined it as an anti-elitist mechanism to govern with ordinary people. The «swag distribution system» protected its government from an Administration dominated by Whigs officials. He was guided by the principle of putting bureaucracy in the hands of the «common man.»
4. Jackson was accompanied by a hard core, a parallel government, known as the kitchen cabinet: journalists, pamphlets, slanderers who guided the administration’s policy and advised the president.

Getulism was the commitment to a self-centered, anti-liberal and authoritarian model tending to find new balances of power contrary to the traditional anchors of the republican oligarchy. It was a regime of framing of the popular masses alternative to the working class movements, especially communist radicalism. And it was also a centralist and centralizing nationalism of a developmentalist nature, supported by an industrialization model for import substitution protected by paper, at the same time, a propellant and protector of the State.
Getulism was, above all, a regime of obvious contradictions, especially since from authoritarianism it stimulated a structural democratization of the country. However, this contradiction is more apparent than in the background, as it appears in many other experiences of building developmental states. That its result was an evident democratization of the country does not mean that it was a democracy, because it does not invalidate its repressive and authoritarian character. Undoubtedly, Getulism paid special attention to social issues and to the recognition and participation of these new social classes traditionally excluded from the political system, which markedly increased the charisma of the populist leader, but it was a dependency relationship far removed from democratic rationality. and of the idea of social justice.

Peron «decided to save his people from two evils: the former of capitalism and the future of communism.» But Peronism is not «anti-communist or anti-capitalist» […] «To be anti is to be in a fighting or fighting position, and Peronism wants to create, work, enlarge the homeland over the happiness of its people. Those who fight are they; some because they serve international interests of the left, and others because they serve petty interests and bastards, when not foreign interests also of right-wing imperialisms ”(Eva Perón, 1951a: 94 and 95).
In sum, in Peronism we can see the discourse of populism developed in detail: the denunciation of a democracy kidnapped by the oligarchy and the promise of a true democracy where the people’s government is combined with a paternal leader who gives it a voice. We can also see in this language the attempt to reach a total position above the divide between left and right and, above all, a moralization of political language that reduces social problems to a contest between good and bad, where the latter, to Despite having been defeated they constitute a permanent threat, since they are the vice that corrupts the virtues of the people.
Peronism is undoubtedly a particular phenomenon of Argentine political history, but its populism finds universal parallels in similar phenomena on both sides of the Atlantic.

In 1998 a populist breakdown occurs in Venezuela. At this juncture the following factors converge: a delegitimized political leadership and a leadership that reconstitutes a collective identity; a series of popular demands acquire voice in the face of an institutionality that fails to absorb them; society is divided into two: people and power. On the other hand, democracy adopts other schemes, such as the CC, which favor participation over representation. Also, democracy experiences tensions between achieving its re-foundation and events that threaten to blur it.
However, much of this populist picture is lost in the Maduro government. His speech did not work against an establishment, but instead bet on the continuity of a political project. His government seeks continuity of clientelistic practices and the balance between democracy and authoritarianism is broken. Collective identity relies (mostly) on previous narratives. However, it diversifies and loses the homogeneity provided by Chavez. Consequently, the populist configuration is fractured and it acquires a more prosaic dimension: one that cares about staying in power.

Laclau defined Kirchnerism as a «half-populism.» This expression refers to a specific type of populist experience, which in this case can be understood as an unsuccessful subtype of populism in government where recourse to populist styles, policies, and speeches, although providing short-term political revenues, fails in the attempt to promote the political division of society around the Kirchnerism axis vs. antikirchnerismo. What from Laclaunian theory can be read as a sub-optimal political result, it is not from a republican democratic perspective. Various arguments can be made about the reasons that prevented the Kirchners from consecrating themselves as fully populist leaders. What is undeniable is that this failure prevented Argentina from entering a cycle of destructive politicization. The new Argentine democracy, although fragile in many dimensions, has shown that it has antibodies that can successfully combat authoritarian drives that still persist in some political sectors.

Correa broke into a context of crisis of political institutions and was an outsider with a project of re-foundation by convening a constituent assembly. He and his inner circle had not been socialized in parliamentary politics, they were newcomers who promised to end the dominance of the party. The Ecuadorian left, unlike those of the southern cone, not living a hard dictatorial experience, did not revaluate liberal democracy and human rights policies (Levisky and Roberts, 2011: 404-410). Correism linked bourgeois democracy with neoliberalism and sought to re-found all institutions. It did not settle in social movements, rather it emerged in a context in which the indigenous movement had lost the capacity to organize sustained protests and was in crisis (Martínez Novo, 2013).
The figure of Rafael Correa personified the desire for change. His leadership was being built as the embodiment of a historical deed and was seen as part of a Bolivarian movement that seeks the second and true independence of Latin America.

In sum, Bolivian democracy is characterized by a complex relationship between the horizontal and vertical distribution of political power with an exclusionary role of the MAS, but with certain features of pluralism at the subnational level. In this sense, the hegemonic capacity of the MAS political project is based on the political stability that has faced, in 2016, two critical situations: the negative effects of the regional economic recession – whose duration is uncertain – in the course of the development model focused on the State and the political effects of the results of the referendum for partial constitutional reform, lost in referendum, but won by Morales in the courts, which will redefine the strategies of the MAS and opposition political organizations. However, there are political and institutional conditions for the persistence of conditions that favor a collaborative relationship between levels of government, as well as greater pluralistic interaction between government officials and opponents around the development objectives set forth in the 2025 Bicentennial Patriotic Agenda that can shape the course of a development model that combines the modernizing side of statist nationalism and the ecological proposal of indigenous worldviews.

The political alternation inaugurated in Mexico with the end of the twentieth century and repeated in the century in which we live shows that far from advancing in democratization, the circumstances that made populism and neopopulism possible are intact, ready to be used by the next opportunist politician. But the leveled ground is not enough for the phenomenon to occur again: it takes the appearance of a leader with a caudillo soul, opportunist, without any structure, but with enough boldness and charisma to mount the scene and direct the dramaturgy. In this sinister combination, contexts play a fundamental role, economic crises spring up and resurface strongly in a globalized world and the need for a favorable public opinion makes a certain percentage of populism necessary in the strategy of any government that wants standing on ground that is unstable.
It would not be the best way, but the threat continues to be represented this time in a very particular way by Andrés Manuel López Obrador and «his» Morena political party, MOVimiento de Renovación Nacional, which raises Guatemalan suggestions, which will measure its strength first against the PRD (Partido de the Democratic Revolution), which took away much of its electoral structure, then beat the announced 2018 Presidential election. So, luck is cast and new populisms stalk a Mexican reality always tempted to hear great solutions, without the effort and dedication that is required to make them come true. Because the problems of Mexico require reflection and time, and there are no instant magic solutions, but it is intuited that patience is not precisely a characteristic of the Mexican people.

Marine Le Pen is pictured in the foreground of her face under the words OUI! la France so that the personification of the country in his person becomes inevitable. The program of this document is summarized in twelve final commitments that are eloquent in relation to the social, sovereign, nationalist and, without a doubt, populist discourse of the FN, which contrasts sharply with what this organization maintained in its origins:
1) Revaluation of more modest salaries and pensions to improve purchasing power and establish true fiscal justice.
2) Stop immigration and establish national priority in relation to employment, housing and social assistance.
3) Ensure the safety of the French.
4) Restore public morality and return the word to the French people through referendums on important political issues.
5) Restore true quality public services.
6) Help families by establishing a parental income.
7) Reorient the school towards its role as a transmitter of knowledge and restore authority and meritocracy.
8) Reindustrialize France by restoring customs controls.
9) Free yourself from financial markets to escape the spiral of debt.
10) Renegotiate the European treaties to restore national sovereignty.
11) Impose republican secularism against political-religious claims.
12) Recover the diplomatic and military independence of France.
In sum, if we were to synthesize the ideology of this program, we could talk about a nationalist and social statism in which the defense of state sovereignty in all areas (military, economic, political) is combined with the protection of the French nation in its social and cultural dimension.
This idea of national sovereignty is interpreted by the FN not in the sense that democracy is founded on a constitutional agreement that brings citizens together, but in terms of the exercise of the unconditioned will by a collective subject that constitutes the nation French, so that any limitation on that will is defined as loss of freedom. Thus, in the field of economic freedom, the FN talks about its recovery as a program of its action.
A more democratic republic, where «the referendum will allow citizens to give their approval, throughout the five-year period, to the great presidential decisions», substantiated in eight major headings:
1. Recovery of territorial, monetary, economic and legislative independence.
2. Restoration of a strong state and restoration of republican order everywhere.
3. Reaffirmation of French values and secular rules.
4. Valuation of work, defense of purchasing power and development of French employment.
5. Improvement of fiscal justice and efficiency in the management of public money.
6. Save Social Security and guarantee pensions.
7. Promotion of a school and high quality training.
8. Recover an influential diplomacy at the service of the country’s power.
As you can see, the 2017 program has softened many of the edges of the 2012 program, in a process of moderation of the FN’s public discourse that makes its proposals «common sense» for a part of the French population living through the crisis economic, cultural and identity as a process of decline against which traditional elites seem not to react, due to lack of presence or because their concerns are very different from those of the «people» (FN, 2017).

Historian Giovanni Orsina has defined Berlusconism as an emulsion between liberalism and populism. And here the term «emulsion» says a lot, because it indicates the ultimate impossibility of mixing two repellent elements (Orsina, 2013: 125). Certainly, Berlusconism made flag of many liberal ideas that for the purposes of ideological location allowed Forza Italy, and then Popolo della Libertà, to be part of the European family of liberal-conservative forces. However, in Berlusconism liberalism was always epidermal and, in any case, instrumentalized in favor of a context marked by the progressive distancing between society and the country’s political class.
In the case of Beppe Grillo’s M5S, it is a paradigmatic example. The leader of the M5S is proud to be a populist. Apart from the project of creating an alternative direct democracy through the network – through a platform called, not by chance, Rousseau -, an absent element in Berlusconi’s speech, Grillo has played to strengthen the other populist proposals inscribed in the Berlusconism The idea of a party that declares itself to be a movement or free association of citizens, the proposal of a founding charter recognized as «Non-statute», the prohibition of being an M5S candidate if it has belonged to any other party, the mythification of society civil and its ability to govern without mediation of politics, or the institution of the «Vaffanculo Day» – whose capital V is incorporated into the name of the M5S (MoVimento) – as a day that represents its radical opposition to the professional political class, illustrate the perfection the intensity with which grillism participates in the political culture of Berlusconism. It is no accident that Grillo, at that time one of the most successful comedians in Italy, celebrated Berlusconi’s political appearance in 1994.
In conclusion, when assessing the true depth of the consensus introduced in Italian political life by Berlusconism, it is worth observing the growing distance between citizens and political parties, which has not stopped growing in the last decade . According to the latest annual report «Rapporto tra gli italiani e lo Stato» directed by the political scientist Ilvo Diamanti and published by La Repubblica, for 48 percent of Italians, democracy could work without parties. In 2008, the figure was 38 percent (Diamanti, 2016). These data offer a good clue about the great possibility of success of any populist discourse in today’s Italy.

The United Kingdom Independence Party was founded to achieve the exit of the United Kingdom from an increasingly more economically and politically integrated European Union. In little more than 20 years, populist discourse has managed to take root in a broad layer of British society, with socio-demographic profile and precise cultural values. Although the special characteristics of the political system had managed to prevent the parliamentary presence of UKIP, its electoral thrust managed to tear the Prime Minister from holding the coveted referendum on European membership. The unexpected outcome of Brexit leaves a message of profound disaffection of the electorate with conventional politics, but also opens up some questions about the future of this formation and populism as a narrative: Does the existence of UKIP make sense now that it has achieved its foundational objective? What can you offer your voters beyond the «supervision» of the exit process? On the other hand, will this organization so characterized by internal conflict be able to survive the succession of Farage? Will the competition of the Conservative Party of Theresa May, determined to recover the most traditional and Eurosceptic voters, resist? In short, how will populist discourse evolve in a United Kingdom outside the European Union? Legislative elections held on June 8, 2017 have shown UKIP’s difficulty in surviving the United Kingdom’s exit from the European Union.
He has lost his only seat and has only done with 1.8 percent of the votes. Its leader, Paul Nuttall, has resigned and the future of the party seems bleak.

In the particular case of Spain, its most prominent obsession is the demolition of the Transition. In that sense, Podemos was an invention of those who had spoken and written to satiety against the constitutional process of 1978. The appeal to the past was fundamental to its founding leaders: they had always radically rejected the idea of the Transition as «reconciliation» and they had presented it as «claudication.» So that the current democracy, which they called «Spanish regime», was nothing but a system presided over by a «piece of paper» (this is how Pablo Iglesias referred to the Constitution during a talk at a Herriko Taberna). And it turns out that this «piece of paper» was done by «those above» and could leave the power of the economic elites well bound. In this way, for them, while that is in force, the system will be removed from the people, that what it demands is a democracy where social rights can be exercised and that these are not mere formal recognitions. Not surprisingly, Iglesias himself had praised the people of the political arm of ETA because, according to him, they were the first to realize that what was said on the «paper» was useless and that the powers of the Francoist oligarchy had been duly protected (Iglesias, 2013). In short, expressed in the terms of the political and academic discourse of Juan Carlos Monedero – which in his case are one and the same thing -: democratic Spain was still to be constituted.
The confluence of nationalism and populism is the reunion of two old acquaintances of the most disturbing European history. Its ability to combine into radical right or left options constitutes the greatest risk of destabilizing democracy and attacking civility in pluralistic societies. Nationalism has found new mobilizing resources in populism and populism takes advantage of nationalism both for its destabilizing capacity and for its usefulness as a vehicle for socialization in the Basque Country, Catalonia and Galicia. The antagonism without space for commitment, exclusion, plebiscitary degradation of the democratic system, the exaltation of personalist and charismatic leaderships, the recovery of the friend-enemy dialectic, feed these movements that do not seek the regeneration of the system or the State, but its collapse by taking advantage of a crisis whose depth and implications have been understood too late in a mistake that needs to be repaired.

Populism in happy Scandinavia, as demonstrated by the electoral force of the parties that support it, could be described as a particular form of «welfare nationalism» that links national, social and democratic issues with social equality, democracy and Gender equality as signs of national identity. It emerges, in short, with very simple messages in response to the apparent threat posed by immigration and the European Union, which are denounced as enemies of a national welfare state that is accepted as the traditional way of life of these countries. The crisis of social democracy as a traditional guarantor of well-being in Scandinavia is very significant. To this day, only Sweden has a social democratic government. The traditional voters of social democracy are those who currently support the majority of populist parties.
As Anders Hellström indicates, the debate on the role and position of nationalist populist parties in the Nordic countries raises a broader question about how to live in increasingly diverse societies and how to face the challenges of ethnic diversity in Scandinavian universal welfare states, with historically homogeneous populations.
The future predicts the consolidation of these parties and the emergence of even more radical ones. The populist vision, in many aspects nostalgic, of what the future society in Scandinavia should look like is opposed to the latent reality in these countries that are already, for the first time in their history, heterogeneous, multicultural and multiethnic.

The Hungarian prime minister emphasized «that we must understand systems that are not Western, that are not liberal, that are not liberal democracies, and that may not even be democracies.» As an example of those models that we must understand, he cited Singapore, China, India, Turkey and Russia and added that “the new State we are building [in Hungary] is an illiberal State, it is a non-liberal State. It does not reject the fundamental values of liberalism, such as freedom, etc. But it does not make this ideology the central element of state organization. What it does is apply a specifically national approach ». That is, Hungarian. Angela Merkel did not pass up these words and made the following comments: «Honestly,» non-liberal «(illiberal) and» democracy «, in my view, cannot go together, since the roots of democracy are always , among other places, in liberalism ». However, as we have seen in this book, the populist theory of democracy does not share the liberal vision of representative democracy. On the contrary, it demands more democracy and less liberalism. No doubt the authoritarian drift of Orbán, since it appeals, not to a dictatorship of the upper classes with the aim of saving the Hungarian nation (magyar), but to the return of power to the people, which he embodies, is better qualified as populism.

On January 20, 2017, Donald Trump took office as president of the United States of America. In his inaugural address, he pointed out that the change contemplated by the Americans and the world was not from one president to another; not from one political party to another; but what was happening at that time was that the political power that Washington had seized was finally returned to the American people, its rightful owner. With Trump’s triumph, with his provocative speech, his economic nationalism, his disdain for foreigners, his machismo, his lack of tact or directly his willingness to offend neighbors like Mexico or business partners like China, it is pointed out, today , the high tide of populism and the global character acquired by the geography of this political epidemic is illustrated at the same time. That populism reaches the presidency of the main world power sends an important signal to the world. As seen in this work, the place of crowning populism as a phenomenon is the place of its origin, the United States, and this tells us something about the force of populism because of its recurrence in the oldest democracy on the planet. .
In this sense, the American character of populism, the former president of the United States, Barack Obama, had an interesting dialectical scuffle with the president of Mexico, Enrique Peña Nieto, which is illustrative. During the summit of leaders of North America, held on June 29, 2016 in Canada, with Justin Trudeau as host, Peña Nieto declared, when his turn at the public press conference arrived, that in the world globally and densely populated in which we live there are political actors who resort to «populism and demagogy, selling in easy answers the possible solutions to the problems facing the world today, which is not that simple or that simple; taking the reins of a country, taking responsibility for governing, is more than giving simple answers, it is complex and difficult ».
In the case of Europe and the United States one can also speak of populist waves. The first linked to the emergence of the first populist parties (leaving aside minor and specific experiences) in the context of the first crisis of the welfare state arising from the postwar consensus in the 1970s. The second wave came accompanying the collapse of the socialist bloc and the melting of the Cold War, which liberated enemy populist forces from the post-war dominant political settlement in the 1990s. Finally, the third wave is related to the economic and cultural crisis that began in the first decade of the 21st century that is still advancing, as Trump’s presidency and the widespread growth of populism throughout Europe testify.

* Faes Foundation is closely linked to the Popular Party of Spain whose honorary president has been the former president of the government of Spain José María Aznar.
The authors who have collaborated in the book:
Enrique Krauze, Ángel Rivero, Javier Zarzalejos, Jorge Del Palacio Martín, Carlos De La Torre, Mira Milosevich, Javier Redondo Rodelas, Juan Carlos Jiménez Redondo, Mariana González Trejo, Enrique Peruzzotti, Fernando Mayorga, Juan Ignacio Hernández Mora, Martín Santiváñez Vivanco, José Ruiz Vicioso, Manuel Álvarez Tardío, Guillermo Graíño Ferrer, Igor Sosa Mayor, Gustavo Pallarés Rodríguez, Fernando Casal Bértoa, Simona Guerra, Roberto Inclán and Francisco Tortolero Cervantes.

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