Si Puede No Vaya Al Médico: Las Advertencias De Un Médico Sobre La Dramática Medicalización De Nuestra Hipocondríaca Sociedad — Antonio Sitges-Serra / If You Can’t Go To The Doctor: A Doctor’s Warnings About The Dramatic Medicalization Of Our Hypochondriac Society by Antonio Sitges-Sierra (spanish book edition)

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El libro hace una contundente y minuciosa crítica al actual modelo médico, sustentado en la tecnoadicción, en la búsqueda de beneficio y en la proliferación de fármacos, muchos de ellos contraproducentes. Para el autor la sociedad actual, que ha perdido los valores, tiene pánico a la muerte, es hipocondríaca, y eso, sumado al modelo económico neoliberal en el que prima el beneficio, hace que la medicina sea un negocio muy lucrativo.
Todo el libro tiene un marcado carácter de denuncia. La misma introducción ya es toda una declaración de intenciones. Critica el neoliberalismo médico, la medicalización de la vida, el consumismo, el desarrollismo tecnológico, la utopía tecnocientífica, el cientificismo, internet, el culto al progreso tecnológico, etc.
Pero es que luego, a lo largo de los capítulos del libro, no deja títere con cabeza. En los diferentes capítulos denuncia aspectos como el paradigma biologicista de la medicina, el cientificismo médico, la cirugía “espectacular”, el transhumanismo, la tecnoadicción, el solucionismo tecnológico, la deshumanización en la atención, los cribados de poblaciones asintomáticas y las pruebas preventivas, el lobby médico-industrial, los sobornos, el fraude en la investigación, las publicaciones científicas mercantilizadas, y un largo etcétera.
Hay que avisar que el autor hace hincapié en los males, en los defectos o en lo que él ve que no funciona. Dice poco de las cosas buenas. Ello porque lo que quiere es denunciar un modelo de medicina que es el que tenemos hoy en día y que se presupone que irá a más.
«Hemos construido un sistema con incentivos perversos, en dinero y votos, para que nos operen, receten y mediquen más de lo necesario…”
Como dijo Huxley, la medicina avanza tanto que pronto estaremos todos enfermos”.
“buscan la rentabilidad más alta posible… la agresividad industrial ha favorecido connivencias sospechosas y los ‘líderes de opinión’ son objeto de trato preferencial por parte de las grandes multinacionales farmacéuticas y de tecnología sanitaria”.
Pasado el primer capítulo, el más áspero, el libro se devora y, aunque no he visto nada que no supiera o sospechara, impacta conocer de primera mano qué extendida está la corrupción a costa de la salud física y mental de la gente. Empresas farmaceúticas, políticos, trabajadores de la sanidad y al final de todo miles de millones de pacientes estúpidos o ignorantes. El capitalismo mata.
Un libro terrible y muy duro, pero NECESARIO.

La medicina es hoy un gran negocio para unos pocos y un lastre económico cada vez mayor para muchos, independientemente de si la pagamos entre todos o bien cada uno por separado. Los protagonistas corporativos no planifican ya la medicina a partir de un encuentro personal entre médico y paciente, que es lo que le da pleno sentido, sino que la han organizado dentro de un sistema político, económico y científico complejo e inestable en el que se ha ido perdiendo el fin asistencial y paliativo del hecho de curar y cuidar. La medicina es en la actualidad un negocio depredador perfectamente asimilado al entorno neoliberal desregulado propio de nuestra sociedad tecnológica.
La ilusión, cada vez más difícil de sostener, de un crecimiento perpetuo equivale a una negación de nuestra finitud. De modo que el siglo XXI ha decidido librar una lucha a muerte contra la muerte. Queremos matar a la muerte. En ese empeño ingenuo coinciden mucha ciencia, mucha política y mucha industria a las que, aunque vayan de farol, nadie quita los grandes beneficios de todo tipo que obtienen.
El siglo XXI vive de espaldas a la muerte y paga un alto precio por ello.

En nuestra tradición occidental, la concepción moderna de la enfermedad arranca con Hipócrates de Cos (460-370 a.C.), quien propuso que esta no tiene su origen en maldiciones divinas o desacatos a los dioses, sino que nace de forma natural por desarreglos de nuestro organismo. Este vuelco conceptual dio pie a que la medicina empezara a ser considerada como una disciplina susceptible de ser estudiada y aplicada a partir de observaciones primero empíricas y más tarde experimentales. El prestigio de la medicina griega fue grande en el mundo clásico. Este, sin embargo, tuvo siempre presente la finitud humana y honró la grandeza de la muerte —a menudo del suicidio— en algunos de sus más célebres representantes, como Pitágoras, Bruto, Séneca o Catón el Joven, que se apuñaló en el vientre mientras leía el Fedón.
Ya sea porque las creencias religiosas se hallaban más enraizadas en siglos pasados, por la influencia del mejor estoicismo heredado de Marco Aurelio o Montaigne, o porque tiempo atrás no imperaba el cortoplacismo hedónico que hoy arrasa, el caso es que nuestros antepasados vivían relativamente en paz con la muerte.

La medicina no debe considerarse una ciencia aislada sino un ingrediente cultural esencial que se inscribe dentro de unas coordenadas sociológicas concretas: consumismo hedonista, desinterés por el sentido de la vida (y del mundo en general), comercialización del miedo a enfermar, exclusión de la muerte de la ecuación de la existencia y culto a la tecnociencia globalizada como instrumento salvífico.
Cuando decimos que la medicina no es (solo) una ciencia queremos decir que:

1. Se aleja de la ciencia pura para ser lo que es, un ejercicio práctico iluminado por la racionalidad científica y modulado y condicionado por los innumerables actores que intervienen en el rompecabezas sanitario: profesionales, gestores, políticos, industrias y los propios pacientes, reales o potenciales.
2. La medicina es una disciplina sintética, mientras que la ciencia es una actividad analítica. La ciencia divide, disecciona, separa, reduce, y los datos que genera adolecen de aislamiento, de desconexión. Por el contrario, la medicina agrupa, relaciona, combina.
3. La medicina del siglo XXI se encuentra en el centro mismo de la utopía tecnocientífica que priva en la actualidad como ideología dominante y que ha arrasado con las utopías sociales.
4. Por razones culturales, la medicina se ejerce a menudo en contra de las evidencias científicas. O, dicho de otro modo, la medicina, por razones de índole política, sociológica o económica, retrasa la adopción de ideas y conceptos innovadores que supondrían mejoras asistenciales considerables.
5. La ciencia no entiende de conceptos morales. Si algo se puede hacer se hará, y punto. Se burlarán las regulaciones, se propondrán nuevas leyes y se atacarán las precedentes por conservadoras o tecnófobas. La medicina, en cambio, debe (o debería) ejercerse dentro de un marco ético ineludible.

En lo que a la medicina se refiere, la utopía tecnocientífica provee también un discurso rompedor. Su base teórica se resume en un sencillo silogismo que puede enunciarse del siguiente modo:
1. La muerte (no traumática) siempre va precedida de una enfermedad;
2. la medicina podrá curar todas las enfermedades, luego
3. la medicina nos hará vivir para siempre.
El mensaje ha calado hondo en la ciudadanía.

Cuidado, con los hallazgos estadísticamente significativos. A menudo no son más que sofismas matemáticos que encubren la promoción de supuestos avances terapéuticos o diagnósticos que siempre implican un nuevo zarpazo a la precaria economía de la sanidad. No son más que medias verdades fruto de la deriva cientificista y numerológica de la medicina contemporánea.
Las medicinas alternativas viven no tanto de sus éxitos como de la imagen corporal a la que se suma el pánico a la iatrogenia de la medicina científica, es decir, del mal infligido por los profesionales sanitarios como efecto colateral de las pruebas diagnósticas o de los tratamientos realizados, o bien fruto de errores. El Institute of Medicine publicó en 1999 un informe alarmante según el cual en Estados Unidos se producirían todos los años entre 40.000 y 90.000 muertes relacionadas con iatrogenia, o sea, más que en accidentes de tráfico (43.000 muertes al año) o cáncer de mama (42.000 muertes al año). Su coste estimado se cifró entre 17.000 y 29.000 millones de dólares anuales. La iatrogenia tiene componentes múltiples: desconocimiento, mala organización, mala praxis, errores por omisión o comisión, innovación desregulada y un largo etcétera. Ya Illich señaló este lado oscuro de la medicina occidental como una de sus mayores debilidades, lo cual no justifica apología alguna de las medicinas alternativas.

La tecnoadicción no afecta tan solo a los millennials ensimismados con el teléfono móvil o a treintañeros enganchados a videojuegos violentos ni es exclusiva de los compradores compulsivos de gadgets electrónicos. La tecnodependencia es un sello característico de la cultura actual, impregna todos sus ámbitos. Su impacto sobre los actos médicos es asimismo patente. Tomemos dos ejemplos sacados del día a día: la relación entre un paciente y su médico en la consulta a través del ordenador y el uso compulsivo de los teléfonos móviles en los quirófanos.
Cuando la ciudadanía se queja de la deshumanización del personal sanitario no hace otra cosa que señalar esta desatención, en buena parte debida a la interposición de la tecnología entre el usuario y quien le atiende. La tecnoadicción de los facultativos incentivada por las megaempresas de telecomunicaciones es la que, en último término, impide que se tomen medidas de precaución en los hospitales y los centros de salud para evitar distracciones, prevenir errores y para no interponerse en la relación empática entre paciente y médico.
Los medios de comunicación son en parte responsables del fomento de la hipocondría social. Cada estación del año tiene sus dianas mediáticas: la gripe en invierno, la alergia en primavera, la insolación en verano y la depresión en otoño. En España, el colesterol es la estrella televisiva a lo largo de todo el año y protagonista de dibujos animados que muestran cómo la mala grasa amarilla obstruye las arterias. Las instrucciones dietéticas destinadas a hacer que nos sintamos mejor y vivir más se han instalado de tal manera en los medios de comunicación que ya no se sabe si son los productos alimentarios especiales los que las promocionan o nuestras manías las que demandan alimentos bizarros. Las noticias sobre dudosas intolerancias al gluten, a la lactosa, al azúcar y a un absurdo etcétera son hoy moneda corriente en la prensa, por no hablar de las dietas radicales como el crudiveganismo, la paleodieta o la macrobiótica, que se han integrado a la utopía tecnocientífica. Como ha escrito Iona Heath: «La retórica preventiva nos ha enseñado a tener miedo de lo que comemos, bebemos y respiramos».
La espiral del miedo solo se detiene si se establece una relación de confianza. Hay que recuperar los principios básicos de la consulta médica: escuchar, comprender, ayudar y sobre todo saber, es decir, ser buen médico. La confianza es fundamental para que el paciente entienda cómo su médico aborda el problema que le trae a la visita, las diversas posibilidades que existen de que este represente o no una amenaza para su salud y si es necesario realizar algunas pruebas para estudiar mejor su caso. El médico debe proporcionar la información que solicite el paciente, rara vez más y rara vez menos. Los estudios sobre los motivos por los cuales los pacientes se querellan o denuncian a los médicos revelan que el principal es siempre el mismo: la falta de información, es decir, la ausencia de un trato humano y empático.
Se ha intentado responder a la hipocondría con el celo preventivo, según el cual conviene hacerse chequeos rutinarios (¡por lo menos una vez al año!) por si acaso padecemos alguna enfermedad de la que no somos conscientes. Este punto de vista es potencialmente desastroso no solo por el inmenso gasto que genera, sino porque el espectro de este tipo de medicina preventiva es ilimitado.
Una de las consecuencias indeseables del aparato preventivo que trata de mitigar (yendo en dirección contraria) la hipocondría social, ha sido la implementación de programas de detección de enfermedades potencialmente graves en fase asintomática, es decir, en individuos sanos, no solo en relación con el cáncer sino incluso en el caso de enfermedades benignas como el aneurisma (dilatación) de la aorta o la osteoporosis. Son los llamados «cribados poblacionales».
Que hacerse pruebas con regularidad contra el cáncer no alarga la vida parece a primera vista algo contrario a la intuición porque, ya se sabe, el cáncer, cuanto antes se detecte, mejor. La mayoría de los ciudadanos están convencidos de que estas revisiones forman parte de la medicina preventiva por más que, en realidad, nada tengan que ver con esta. La medicina preventiva reúne un conjunto de conocimientos acerca de la influencia de los estilos de vida y de potenciales factores de riesgo para enfermar, pero no se ocupa del diagnóstico precoz.

Una de las trampas conceptuales en las que muchos médicos han caído y que de manera más o menos inconsciente han asumido es la siguiente: la ciencia médica detecta que una intervención X mejora el pronóstico de un determinado problema de salud en pacientes de alto riesgo. De ello suele deducirse, de forma incorrecta, que si es bueno para los pacientes de alto riesgo cómo no va a serlo para individuos que presentan un bajo riesgo de padecer esa enfermedad. Extrapolación excesiva, conclusión errónea. No es posible saber si los beneficios que se han obtenido en pacientes que, por ejemplo, sufren de hipertensión grave podrán asimismo conseguirse en pacientes prehipertensos o con hipertensión leve…
La hipocondría social no se remediará con la medicalización masiva ni con revisiones periódicas, pues responde a un desasosiego cuya raíz profunda es nuestro rechazo a la muerte. Si nos ponemos de manera indiscriminada en manos de médicos y psiquiatras, como mucho conseguiremos una merma de nuestra autonomía y resiliencia, y un abandono de responsabilidades para con nuestro estilo de vida. En propio beneficio, debemos rechazar la medicalización de las dianas terapéuticas codiciadas por el sistema, como el embarazo, la alimentación, la sexualidad, nuestras manías o el envejecimiento, hoy consideradas casi enfermedades que precisan un abordaje experto, integrador, interdisciplinar y un largo etcétera de pamplinas mileniales por el estilo.
La ministra de Sanidad del Gobierno de Zapatero, Leire Pajín, prometió una ley que aseguraba el derecho de todo ciudadano a que los médicos se ocuparan de él hasta su muerte. Eso sí, la palabra tabú no aparecía en el proyecto de ley, que redefinía la muerte como «el proceso final de la vida» y, como tal, susceptible de ordenación jurídica y médica y de institucionalización.

He aquí la serie de circunstancias que desencadenaron una de las epidemias farmacológicas más letales acaecidas nunca en el «primer» mundo:

1. La compañía sabía mucho más de lo que decía sobre la capacidad adictiva del OxyContin.
2. El departamento de marketing de Purdue Pharma pasó por encima del departamento científico.
3. La compañía promovió la venta de comprimidos con un alto contenido de principio activo y probablemente mintió sobre la duración de su eficacia.
4. La compañía culpó a terceros, es decir, a los consumidores, de los efectos adversos de la oxicodona.
5. Purdue Pharma trató de bloquear el mayor tiempo posible la comercialización de genéricos de oxicodona.
6. Un número elevado aunque indeterminado de médicos cobraron por defender la seguridad de la oxicodona.
7. Los médicos prescriptores deberían haberse informado mejor de las adicciones a la oxicodona y frenar las recetas.
8. Las autoridades (en este caso la FDA) deberían haber adoptado una actitud proactiva en lugar de ser testigos impávidos de la catástrofe sanitaria.
9. En vista de lo sucedido en Estados Unidos, Purdue Pharma debería cambiar la estrategia de comercialización de la oxicodona en el mercado global.

El objetivo común de las campañas e iniciativas orquestadas por la industria, y avaladas por investigadores a sueldo, es promover la expansión de los mercados: el comercial en el caso de las compañías multinacionales y el académico y el patrimonial en el de los médicos implicados. Las estrategias empleadas son asimismo similares con independencia del fármaco o dispositivo que se fabrique y se organizan bajo un lema prometedor, aunque a la larga se revele engañoso.
Recientemente, Farmaindustria publicó información sobre pagos a médicos y sociedades científicas realizados en 2017 por un total de 569 millones de euros, distribuidos de la siguiente manera: financiación a la «investigación» (251 millones de euros), honorarios y prestación de servicios (200 millones de euros), sociedades médicas (90 millones de euros) y donaciones (28 millones de euros). A partir de los datos aportados por Farmaindustria, la Fundación Civio ha realizado una investigación singularizando algunos de los pagos más ostensibles, accesible en la web NoGracias. Cabe resaltar que:

1. Ocho de cada diez euros que las farmacéuticas gastan en médicos son opacos. En números ello significa que 143 millones de euros fueron destinados a inscripciones a congresos, viajes, honorarios y otros gastos sin que se sepa quiénes fueron los receptores. Los pagos en especie no tributan IRPF, una victoria de la Organización Médica Colegial frente al Ministerio de Hacienda en defensa de la «formación continuada».
2. Los médicos españoles reciben más pagos de la industria que todos los médicos alemanes e ingleses juntos.
3. Las sociedades científicas dependen de la industria. Las más subvencionadas, con más de 2,5 millones de euros al año, fueron la de Reumatología, Cardiología, Neumología y el Hospital Clínic de Barcelona.

Existe una amplia evidencia empírica sobre cómo la industria distorsiona la investigación, las prácticas clínicas, la educación y los costes en los sistemas sanitarios. Se han identificado y sistematizado las siguientes diez áreas en las que este fenómeno es más evidente:

1. Sesgos en los análisis de coste/beneficio.
2. Mantenimiento de fármacos en el mercado a pesar de haberse demostrado graves efectos adversos.
3. Redacción de argumentarios sesgados para los visitadores médicos.
4. Influencia en la elaboración de guías clínicas mediante becas de investigación, pagos a expertos y subvenciones a las sociedades científicas.
5. Influencia en la programación de los congresos médicos.
6. Financiación sesgada de la formación continuada.
7. Presión sobre los visitadores médicos mediante el pago de comisiones en función de sus ventas.
8. Regalos en especie al personal sanitario.
9. Publicidad directa al consumidor.
10. Revisores de artículos con vínculos económicos con la industria.

1.No se vincule financieramente a largo plazo. No compre acciones de la empresa con la que haya decidido trabajar; no forme parte de su nómina; no acepte retribuciones periódicas como consultor. Si interviene como tal hágase pagar por obra y no por periodos de tiempo. Si usted es responsable de una patente, cobre los royalties que le correspondan pero no la publicite.
2.Colabore solo si se trata de un buen producto. No se compinche con una empresa dudosa para promocionar un producto no menos dudoso. Asegúrese de que el producto por el cual es requerida su autoridad científica cubre una necesidad, está avalado por estudios convincentes antes de su introducción clínica y tiene un coste razonable.
3.Que la industria lo busque a usted. Es la situación óptima. Usted ha realizado una investigación solvente en su campo y la industria se fija en ella porque cree tener un producto que cubre necesidades puestas de manifiesto en sus trabajos.
4.No se aleje de la práctica clínica. La razón principal de la investigación biomédica y de la industria sanitaria es mejorar la salud y prevenir las enfermedades, principalmente aquellas que restan años con buena calidad de vida. Demasiada investigación se hace como modus vivendi, es autorreferencial o ha perdido el contacto con la realidad.

Resumiendo, la colaboración entre médicos, investigadores y empresas del mundo sanitario está aquí para quedarse. Lo importante es que esa colaboración sea honesta por ambas partes y ponga en valor la relación entre el coste y el beneficio clínico esperable, evitando el mercantilismo, el sobretratamiento y los beneficios exagerados debidos a productos o indicaciones terapéuticas de dudosa utilidad.

Otra de las caras oscuras de las especialidades quirúrgicas es la demanda inducida de nuevos tratamientos tecnológicos supuestamente menos dolorosos, más eficaces, más confortables y, por descontado, más caros. El objetivo preferido de dicha demanda por la nueva maquinaria son los pacientes adinerados.
¿Cuál es el modo de pensar del paciente rico respecto a su salud? Muy simple: dispone de recursos económicos suficientes para pagar cualquier cuidado que crea necesitar, con razón o sin ella. Su desconocimiento de las evidencias científicas que pudieran dar sentido a sus deseos es absoluto y dispone de poco tiempo para estudiar fuentes dignas de crédito. Por regla general, es receptivo a los cantos de sirena tecnocráticos, que van desde los robots hasta el último medicamento en ser aprobado, pasando por la radiología más sofisticada, y, claro, muchos acaban siendo VOMIT.
Esta introducción viene a cuento de la reciente incorporación de los robots al arsenal quirúrgico, que, una vez más, impone adquirir unas habilidades absolutamente diferentes no ya de las empleadas en cirugía convencional, sino de las requeridas en cirugía endoscópica, a la que la robótica se parece solo a primera vista.
En España, la sanidad privada suma el 30 por ciento del gasto sanitario global, cifrado en más de cien mil millones de euros. En 2018, once millones de españoles pagaban una póliza de seguro de salud y casi la tercera parte de las intervenciones quirúrgicas realizadas en España se llevaron a cabo en centros privados, lo que representó un crecimiento de casi el 6 por ciento. Son récords históricos. Los motivos de médicos y pacientes parecen plausibles. Los primeros no encuentran suficiente satisfacción laboral trabajando en unas instituciones burocratizadas y politizadas; los segundos sufren las listas de espera, los recortes y un trato despersonalizado. Además, el contexto político europeo favorece la privatización de los servicios públicos y ello ha minado la confianza de los ciudadanos en las instituciones estatales, muchas de las cuales se encuentran en franco declive. El adelgazamiento de los estados occidentales y su monumental endeudamiento son hechos contundentes e irreversibles a corto plazo. Así pues, la convivencia de la sanidad pública con la privada está aquí para quedarse.

La sanidad pública ofrece condiciones óptimas, aunque no siempre sean aprovechadas, para la investigación y para la docencia. Al fin y al cabo, los médicos se han formado en hospitales universitarios que en España pertenecen casi en su totalidad a la red pública. La medicina privada vive, pues, subvencionada por la pública, ya que invierte poco en formación y se beneficia, en cambio, de la contribución que esta hace a la formación de médicos. Algo similar ocurre con la investigación biomédica, que se lleva a cabo sobre todo en centros sanitarios públicos, donde más oportunidades tienen los facultativos con perfil académico. Un entorno de estudio e investigación supone, por lo general, una mejor y más monitorizada asistencia médica.
A pesar de los argumentos esgrimidos a favor de la sanidad pública, su futuro es incierto. El panorama económico en Occidente ha sufrido un cambio radical con el abandono progresivo de la socialdemocracia en pro de las políticas neoliberales, que han promovido las privatizaciones y los recortes en políticas sociales. Al mismo tiempo, la demografía cambiante y la creciente demanda de ayudas sociales (paro, dependencia, pensiones, baja maternal, delitos de género, seguridad) han afectado de manera negativa a la tesorería del Estado de bienestar, que ha llegado a cotas insólitas de endeudamiento. Estas amenazas se ciernen sobre la sostenibilidad del sistema sanitario público, pero no basta repetir mecánicamente que su financiación resulta insuficiente. Para mejorar su funcionamiento y asegurar su futuro, deben introducirse cambios estructurales orientados a la calidad y la eficiencia, y profesionalizar la gestión sanitaria situándola a una distancia prudencial del poder político, además de implicar a la ciudadanía en las decisiones y prioridades sanitarias, en la mejora de sus hábitos de vida y en la preservación de un entorno saludable.

El mayor inconveniente que le encuentra cualquier ciudadano a la medicina privada es el coste: por moderado que sea, supone siempre un esfuerzo para la economía familiar. La medicina privada trabaja, pues, sobre el presupuesto de cierta desigualdad. Trabaja asimismo sobre el presupuesto del beneficio o lucro para las instituciones y profesionales que se dedican a ella, lo cual es una tentación al abuso y al fraude.
Otra cuestión hiriente: se realizan más intervenciones quirúrgicas de lo necesario en un régimen privado, ya sea porque el cirujano aprovecha cuanto cliente se le acerca o porque el centro donde trabaja cobra por acto médico. En Italia, donde los centros cobran por paciente operado, o en Alemania, donde impera un régimen de mutualidades, se opera a dos o tres veces más pacientes de enfermedades del tiroides que en España. Cuando se cobra por acto médico, el reflejo natural de los galenos es sobrediagnosticar y sobretratar. Algún lector se quedará boquiabierto al enterarse de hasta qué punto el sistema de financiación influye en decisiones que en apariencia solo deberían tener un condicionamiento científico.
Existe, pues, cierto grado de corrupción en la medicina privada.
Como cualquier otra empresa con ánimo de lucro, el objetivo de la sanidad privada es incrementar los beneficios, lo cual implica mejorar los ingresos y reducir gastos. Con ello se corre el riesgo de que el ahorro influya negativamente sobre la seguridad del enfermo. En España, muchos centros adolecen de falta de personal o bien tienen una alta tasa de recambio humano, lo que no es lo ideal para el cuidado de los pacientes ni para el funcionamiento correcto de los quirófanos o las exploraciones complementarias. La sanidad como negocio impacta sobre los salarios del personal sanitario: médicos de guardia mal pagos y de formación dudosa, poco apoyo administrativo, enfermería escasa, etcétera.
Siempre en pos de aumentar sus beneficios, la medicina privada emite persuasivos cantos de sirena: el mejor método para adelgazar, el mejor aparato para operarse de la próstata o de varices, el mejor lifting facial…

Asumir mayor responsabilidad en el cuidado de sí mismo o velar por la sostenibilidad de la sanidad no obliga a conductas heroicas. El camino es el empoderamiento de la ciudadanía y la educación de una conciencia solidaria. Ambos deberían ser los mejores garantes de un sistema sanitario de calidad y económicamente viable.

A tener en cuenta:
1.No abusaremos. Debemos ir al hospital o al médico de cabecera si realmente no es necesario. Aprendamos a tener cuidado de nosotros mismos, a reconocer los síntomas banales que solucionaremos en casa y a no caer en la paranoia de los males que están al acecho. La ventilación pública del cáncer que sufre tal o cual celebrity no nos tiene que hacer perder la calma. Los medios de comunicación han hecho correr tanta tinta sobre luchas heroicas contra esta enfermedad que el miedo nos acosa a todas horas. Tranquilidad, lo normal es estar bien.
2.No nos aprovecharemos de la gratuidad del sistema público ni de los subsidios de enfermedad, obteniendo bajas médicas mediante triquiñuelas ni prolongándolas si no son estrictamente necesarias.
3.Evitaremos las conductas de riesgo. Cada accidente de tráfico en el que media el móvil o el consumo de alcohol, cada borrachera que acaba en urgencias, cada sida que se contrae por descuidos imperdonables y cada paquete de cigarrillos que fumamos acaban traduciéndose en el gasto de miles de euros que otros ingresan en la hucha sanitaria para podernos curar.
4.Seremos tolerantes y comprensivos cuando no se nos atienda de forma inmediata.
5.Respetaremos a los profesionales que nos atienden; raramente son los responsables de los problemas logísticos que surgen en la atención sanitaria. No exigiremos tratamientos que sean considerados innecesarios o nocivos por quienes nos atienden.
6.Dejaremos claras nuestras últimas voluntades para evitar convertirnos en muertos en vida o cuerpos deshabitados.

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The book makes a strong and thorough criticism of the current medical model, based on techno-addiction, in the search for benefits and in the proliferation of drugs, many of them counterproductive. For the author, today’s society, which has lost its values, is panicking to death, is hypochondriacal, and that, added to the neo-liberal economic model in which the benefit prevails, makes medicine a very lucrative business.
The whole book has a marked character of denunciation. The same introduction is already a declaration of intent. He criticizes medical neoliberalism, the medicalization of life, consumerism, technological developmentalism, technoscientific utopia, scientism, internet, the cult of technological progress, etc.
But then, throughout the chapters of the book, does not leave a puppet with a head. In the different chapters he denounces aspects such as the biologicist paradigm of medicine, medical scientism, “spectacular” surgery, transhumanism, techno-addiction, technological solutionism, dehumanization in care, screening of asymptomatic populations and preventive tests, the medical-industrial lobby, bribes, research fraud, commercialized scientific publications, and much more.
It should be noted that the author emphasizes evils, defects or what he sees that does not work. It says little of the good things. This is because what he wants is to denounce a model of medicine that is what we have today and that is supposed to go further.
«We have built a system with perverse incentives, in money and votes, to operate, prescribe and meditate more than necessary …»
As Huxley said, medicine advances so much that we will soon be all sick. ”
«They seek the highest possible profitability … industrial aggressiveness has favored suspicious connivances and the ‘opinion leaders’ are subject to preferential treatment by large pharmaceutical and healthcare technology multinationals.»
After the first chapter, the rougher, the book devours and, although I have not seen anything that I did not know or suspect, it is important to know firsthand how widespread corruption is at the expense of people’s physical and mental health. Pharmaceutical companies, politicians, health workers and at the end of all billions of stupid or ignorant patients. Capitalism kills.
A terrible and very hard book, but NEEDED.

Medicine is today a big business for a few and an increasing economic burden for many, regardless of whether we pay it together or each one separately. The corporate protagonists no longer plan medicine from a personal encounter between doctor and patient, which is what gives it full meaning, but they have organized it within a complex and unstable political, economic and scientific system in which it has been He has lost the care and palliative goal of healing and caring. Medicine is currently a predatory business perfectly assimilated to the deregulated neoliberal environment of our technological society.
The illusion, increasingly difficult to sustain, of perpetual growth amounts to a denial of our finitude. So the 21st century has decided to fight a fight to the death against death. We want to kill death. In that naive endeavor, a lot of science, a lot of politics and a lot of industry coincide, to which, even if they are bluffing, nobody takes away the great benefits of all kinds that they obtain.
The 21st century lives with its back to death and pays a high price for it.

In our western tradition, the modern conception of the disease starts with Hippocrates de Cos (460-370 BC), who proposed that it does not have its origin in divine curses or contempt of the gods, but is born naturally by disorders of our organism. This conceptual turnaround gave rise to medicine beginning to be considered as a discipline that could be studied and applied based on first empirical and later experimental observations. The prestige of Greek medicine was great in the classical world. This, however, always had human finitude in mind and honored the greatness of death – often of suicide – in some of its most famous representatives, such as Pythagoras, Brutus, Seneca or Cato the Younger, who stabbed himself in the womb while the Fedon read.
Either because religious beliefs were more rooted in past centuries, because of the influence of the best stoicism inherited from Marco Aurelio or Montaigne, or because a long time ago the hedonic short-termism that devastates today did not prevail, the fact is that our ancestors lived relatively peacefully with death.

Medicine should not be considered an isolated science but an essential cultural ingredient that falls within specific sociological coordinates: hedonistic consumerism, disinterest in the meaning of life (and the world in general), commercialization of the fear of becoming ill, exclusion of death of the equation of existence and cult of globalized technoscience as a salvific instrument.
When we say that medicine is not (just) a science we mean that:

1. It moves away from pure science to be what it is, a practical exercise illuminated by scientific rationality and modulated and conditioned by the innumerable actors involved in the health puzzle: professionals, managers, politicians, industries and the patients themselves, real or potential
2. Medicine is a synthetic discipline, while science is an analytical activity. Science divides, dissects, separates, reduces, and the data it generates suffers from isolation, disconnection. On the contrary, medicine groups, relates, combines.
3. The medicine of the 21st century is at the very center of the technoscientific utopia that currently deprives it as a dominant ideology and that has devastated the social utopias.
4. For cultural reasons, medicine is often exercised against scientific evidence. Or, in other words, medicine, for reasons of a political, sociological or economic nature, delays the adoption of innovative ideas and concepts that would entail considerable assistance improvements.
5. Science does not understand moral concepts. If something can be done it will be done, period. Regulations will be mocked, new laws will be proposed and precedents will be attacked by conservatives or technophobes. Medicine, on the other hand, must (or should) be exercised within an unavoidable ethical framework.

As far as medicine is concerned, technoscientific utopia also provides a groundbreaking discourse. Its theoretical basis is summarized in a simple syllogism that can be stated as follows:
1. Death (nontraumatic) is always preceded by a disease;
2. Medicine can cure all diseases, then
3. Medicine will make us live forever.
The message has penetrated deeply into citizenship.

Beware, with statistically significant findings. They are often nothing more than mathematical sophisms that conceal the promotion of supposed therapeutic or diagnostic advances that always imply a new blow to the precarious economy of health. They are nothing more than half truths fruit of the scientific and numerological drift of contemporary medicine.
Alternative medicines live not so much on their successes as on the body image to which panic is added to the iatrogenesis of scientific medicine, that is, from the evil inflicted by health professionals as a side effect of diagnostic tests or treatments made, or fruit of errors. The Institute of Medicine published in 1999 an alarming report according to which in the United States every year there would be between 40,000 and 90,000 deaths related to iatrogenesis, that is, more than in traffic accidents (43,000 deaths per year) or breast cancer ( 42,000 deaths a year). Its estimated cost was between 17,000 and 29,000 million dollars annually. The iatrogenesis has multiple components: ignorance, bad organization, bad praxis, errors by omission or commission, deregulated innovation and a long etcetera. Illich has already pointed to this dark side of Western medicine as one of its greatest weaknesses, which does not justify any apology for alternative medicines.

Techno-addiction does not only affect millennials self-absorbed with the mobile phone or thirties hooked to violent video games, nor is it exclusive to compulsive buyers of electronic gadgets. Technodependence is a hallmark of today’s culture, it permeates all areas. Its impact on medical acts is also evident. Take two examples taken from day to day: the relationship between a patient and his doctor in the consultation through the computer and the compulsive use of mobile phones in operating rooms.
When citizens complain about the dehumanization of health personnel, they do nothing but point out this inattention, largely due to the interposition of technology between the user and the person attending. The technoaddiction of doctors encouraged by telecommunication mega-enterprises is what, ultimately, prevents precautionary measures from being taken in hospitals and health centers to avoid distractions, prevent errors and not to interfere in the empathic relationship between patients and doctor.
The media are partly responsible for promoting social hypochondria. Each season of the year has its media targets: the flu in winter, the allergy in spring, sunstroke in summer and depression in the fall. In Spain, cholesterol is the television star throughout the year and protagonist of cartoons that show how bad yellow fat clogs arteries. Dietary instructions designed to make us feel better and live longer have been installed in the media in such a way that it is no longer known whether it is special food products that promote them or our hobbies that demand bizarre foods. The news about doubtful intolerances to gluten, lactose, sugar and an absurdity and so on are now common currency in the press, not to mention radical diets such as raw veganism, paleodiet or macrobiotics, which have been integrated into utopia. technoscientific As Iona Heath wrote: «Preventive rhetoric has taught us to be afraid of what we eat, drink and breathe.»
The spiral of fear only stops if a relationship of trust is established. We must recover the basic principles of medical consultation: listening, understanding, helping and above all knowing, that is, being a good doctor. Trust is essential for the patient to understand how his doctor addresses the problem that brings him to the visit, the various possibilities that exist or not a threat to his health and if it is necessary to perform some tests to better study his case . The doctor must provide the information requested by the patient, rarely more and rarely less. Studies on the reasons why patients complain or report to doctors reveal that the main one is always the same: the lack of information, that is, the absence of human and empathic treatment.
Attempts have been made to respond to hypochondria with preventive jealousy, according to which it is convenient to have routine check-ups (at least once a year!) In case we suffer from a disease that we are not aware of. This view is potentially disastrous not only because of the immense expense it generates, but because the spectrum of this type of preventive medicine is unlimited.
One of the undesirable consequences of the preventive apparatus that tries to mitigate (going in the opposite direction) social hypochondria, has been the implementation of programs to detect potentially serious diseases in the asymptomatic phase, that is, in healthy individuals, not only in relation to cancer but even in the case of benign diseases such as aneurysm (dilation) of the aorta or osteoporosis. They are called «population screening.»
That having regular tests against cancer does not extend life seems at first sight somewhat contrary to intuition because, you know, cancer, the sooner it is detected, the better. Most citizens are convinced that these reviews are part of preventive medicine, even though they really have nothing to do with it. Preventive medicine brings together a set of knowledge about the influence of lifestyles and potential risk factors for getting sick, but it does not deal with early diagnosis.

One of the conceptual pitfalls in which many doctors have fallen and that more or less unconsciously have assumed is the following: medical science detects that an intervention X improves the prognosis of a certain health problem in high-risk patients. From this it is often deduced, incorrectly, that if it is good for high-risk patients, how it will not be for individuals who have a low risk of suffering from this disease. Excessive extrapolation, wrong conclusion. It is not possible to know if the benefits that have been obtained in patients who, for example, suffer from severe hypertension can also be achieved in prehypertensive or mild hypertension patients …
Social hypochondria will not be remedied with mass medicalization or periodic reviews, as it responds to a restlessness whose deep root is our rejection of death. If we place ourselves indiscriminately in the hands of doctors and psychiatrists, at most we will reduce our autonomy and resilience, and abandon our responsibilities to our lifestyle. For our own benefit, we must reject the medicalization of the therapeutic targets coveted by the system, such as pregnancy, food, sexuality, our manias or aging, today considered almost diseases that require an expert, integrative, interdisciplinary approach and a long etcetera of millennial peas like that.
The Minister of Health of the Government of Zapatero, Leire Pajin, promised a law that ensured the right of every citizen to have doctors take care of him until his death. Of course, the word taboo did not appear in the bill, which redefined death as «the final process of life» and, as such, susceptible to legal and medical management and institutionalization.

Here are the series of circumstances that triggered one of the deadliest drug epidemics ever in the «first» world:

1. The company knew much more than it said about the addictive capacity of OxyContin.
2. The marketing department of Purdue Pharma passed over the scientific department.
3. The company promoted the sale of tablets with a high content of active substance and probably lied about the duration of its effectiveness.
4. The company blamed third parties, that is, consumers, for the adverse effects of oxycodone.
5. Purdue Pharma tried to block as long as possible the commercialization of generic oxycodone.
6. A large but undetermined number of doctors charged for defending the safety of oxycodone.
7. Prescribing physicians should have been better informed of oxycodone addictions and curb prescriptions.
8. The authorities (in this case the FDA) should have adopted a proactive attitude instead of being unaware witnesses of the health catastrophe.
9. In view of what happened in the United States, Purdue Pharma should change the marketing strategy for oxycodone in the global market.

The common objective of campaigns and initiatives orchestrated by the industry, and backed by paid researchers, is to promote the expansion of markets: the commercial one in the case of multinational companies and the academic and heritage companies in the case of the doctors involved. The strategies employed are also similar regardless of the drug or device that is manufactured and organized under a promising motto, although in the long run it is revealed to be misleading.
Recently, Farmaindustria published information on payments to doctors and scientific societies made in 2017 for a total of 569 million euros, distributed as follows: financing for «research» (251 million euros), fees and provision of services (200 million euros), medical societies (90 million euros) and donations (28 million euros). Based on the data provided by Farmaindustria, the Civio Foundation has carried out an investigation by singling out some of the most obvious payments, accessible on the NoGracias website. It should be noted that:

1. Eight out of ten euros that pharmaceuticals spend on doctors are opaque. In numbers this means that 143 million euros were allocated to registration for congresses, trips, fees and other expenses without knowing who the recipients were. Payments in kind do not pay personal income tax, a victory of the Collegiate Medical Organization against the Ministry of Finance in defense of «continuing education.»
2. Spanish doctors receive more payments from the industry than all German and English doctors together.
3. Scientific societies depend on the industry. The most subsidized, with more than 2.5 million euros a year, were Rheumatology, Cardiology, Pulmonology and the Hospital Clínic de Barcelona.

There is ample empirical evidence on how industry distorts research, clinical practices, education and costs in health systems. The following ten areas in which this phenomenon is most evident have been identified and systematized:

1. Bias in cost / benefit analysis.
2. Maintenance of drugs in the market despite serious adverse effects.
3. Writing biased arguments for medical visitors.
4. Influence in the development of clinical guidelines through research grants, payments to experts and grants to scientific societies.
5. Influence in the programming of medical congresses.
6. Biased financing of continuing education.
7. Pressure on medical visitors by paying commissions based on their sales.
8. Gifts in kind to health personnel.
9. Direct advertising to the consumer.
10. Reviewers of articles with economic links with the industry.

1. Do not bond financially in the long term. Do not buy shares of the company with which you have decided to work; don’t be part of your payroll; Do not accept periodic compensation as a consultant. If it intervenes as such, be paid for work and not for periods of time. If you are responsible for a patent, collect the royalties that apply to you but do not advertise it.
2. Collaborate only if it is a good product. Don’t buddy with a dubious company to promote a product no less doubtful. Make sure that the product for which your scientific authority is required covers a need, is supported by convincing studies before its clinical introduction and has a reasonable cost.
3. That the industry look for you. It is the optimal situation. You have done a solvent research in your field and the industry looks at it because you believe you have a product that meets the needs of your work.
4.Don’t get away from clinical practice. The main reason for biomedical research and the healthcare industry is to improve health and prevent diseases, especially those that remain years with a good quality of life. Too much research is done as modus vivendi, is self-referential or has lost contact with reality.

In short, the collaboration between doctors, researchers and companies in the healthcare world is here to stay. The important thing is that this collaboration be honest on both sides and put in value the relationship between the cost and the expected clinical benefit, avoiding mercantilism, over-treatment and exaggerated benefits due to products or therapeutic indications of doubtful utility.

Another of the dark faces of surgical specialties is the induced demand for new technological treatments supposedly less painful, more effective, more comfortable and, of course, more expensive. The preferred objective of such demand for the new machinery is the wealthy patients.
What is the way of thinking of the rich patient regarding his health? Very simple: you have enough financial resources to pay for any care you think you need, rightly or wrongly. His ignorance of the scientific evidence that could make sense of his wishes is absolute and he has little time to study credible sources. As a rule, it is receptive to technocratic siren songs, ranging from robots to the last medication to be approved, through more sophisticated radiology, and, of course, many end up being VOMIT.
This introduction is about the recent incorporation of robots into the surgical arsenal, which, once again, requires acquiring absolutely different skills not only from those used in conventional surgery, but from those required in endoscopic surgery, to which robotics It seems only at first sight.
In Spain, private healthcare accounts for 30 percent of global healthcare expenditure, estimated at more than one hundred billion euros. In 2018, eleven million Spaniards paid a health insurance policy and almost a third of the surgical interventions carried out in Spain were carried out in private centers, which represented a growth of almost 6 percent. They are historical records. The motives of doctors and patients seem plausible. The former do not find sufficient job satisfaction working in bureaucratic and politicized institutions; the second suffer from waiting lists, cuts and depersonalized treatment. In addition, the European political context favors the privatization of public services and this has undermined the confidence of citizens in state institutions, many of which are in sharp decline. The thinning of the western states and their monumental indebtedness are forceful and irreversible facts in the short term. Thus, the coexistence of public and private health is here to stay.

Public health offers optimal conditions, even if they are not always used, for research and for teaching. After all, doctors have trained in university hospitals that in Spain belong almost entirely to the public network. Private medicine, therefore, is subsidized by public medicine, since it invests little in training and benefits, instead, from its contribution to the training of doctors. Something similar occurs with biomedical research, which is carried out mainly in public health centers, where more opportunities have the faculty with academic profile. A study and research environment generally means better and more monitored medical assistance.
Despite the arguments made in favor of public health, its future is uncertain. The economic outlook in the West has undergone a radical change with the progressive abandonment of social democracy in favor of neoliberal policies, which have promoted privatizations and cuts in social policies. At the same time, the changing demography and the growing demand for social assistance (unemployment, dependency, pensions, maternity leave, gender crimes, security) have negatively affected the treasury of the welfare state, which has reached unusual levels of indebtedness. These threats hover over the sustainability of the public health system, but it is not enough to repeat mechanically that their financing is insufficient. To improve its operation and ensure its future, structural changes oriented towards quality and efficiency must be introduced, and professionalization of health management should be placed at a reasonable distance from political power, as well as involving citizens in health decisions and priorities, in the Improving your life habits and preserving a healthy environment.

The biggest drawback that any citizen finds in private medicine is the cost: however moderate it is, it is always an effort for the family economy. Private medicine, therefore, works on the budget of certain inequality. It also works on the profit or profit budget for the institutions and professionals dedicated to it, which is a temptation to abuse and fraud.
Another hurtful question: more surgical interventions are carried out than necessary in a private regimen, either because the surgeon takes advantage of how much a client approaches him or because the center where he works charges for a medical act. In Italy, where the centers charge for an operated patient, or in Germany, where a mutual regime prevails, two or three times more patients with thyroid disease are operated than in Spain. When charged by medical act, the natural reflex of the doctors is overdiagnosing and over-treating. Some reader will be shocked to learn to what extent the financing system influences decisions that apparently should only have a scientific conditioning.
There is, therefore, a certain degree of corruption in private medicine.
Like any other for-profit company, the goal of private healthcare is to increase profits, which means improving revenue and reducing expenses. This runs the risk of saving negatively influences the safety of the patient. In Spain, many centers suffer from lack of staff or have a high rate of human turnover, which is not ideal for patient care or for the proper operation of operating rooms or complementary examinations. Health as a business impacts the salaries of health workers: poorly paid doctors with dubious training, little administrative support, poor nursing, and so on.
Always in pursuit of increasing its benefits, private medicine emits persuasive siren songs: the best method to lose weight, the best device to operate on the prostate or varicose veins, the best facelift …

Assuming greater responsibility in caring for oneself or ensuring the sustainability of health does not force heroic behavior. The path is the empowerment of citizenship and the education of a solidarity consciousness. Both should be the best guarantors of a quality and economically viable health system.

To consider:
1.We will not abuse. We should go to the hospital or the GP if it really isn’t necessary. Let us learn to take care of ourselves, to recognize the banal symptoms that we will solve at home and not to fall into the paranoia of the evils lurking. The public ventilation of cancer suffering from this or that celebrity does not have to make us lose our temper. The media have spread so much ink about heroic struggles against this disease that fear harasses us at all times. Quiet, it is normal to be well.
2. We will not take advantage of the free public system or the health benefits, obtaining medical leave by means of tricks and prolonging them if they are not strictly necessary.
3.We will avoid risk behaviors. Each traffic accident in which the mobile phone or alcohol consumption mediates, each drunkenness that ends in emergencies, each AIDS that is contracted by unforgivable carelessness and each pack of cigarettes we smoke end up resulting in the expenditure of thousands of euros that others enter in the piggy bank to cure us.
4. We will be tolerant and understanding when we are not treated immediately.
5.We will respect the professionals who serve us; They are rarely responsible for the logistical problems that arise in health care. We will not require treatments that are considered unnecessary or harmful by those who serve us.
6. We will make our last wishes clear to avoid becoming dead in life or uninhabited bodies.

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