Ocultismo Y Misterios Esotéricos Del Franquismo — José Luis Hernández Garvi / Occultism and Esoteric Mysteries of Francoism by José Luis Hernández Garvi (spanish book edition)

El autor da una visión no muy conocida de aquella época. Su exposición intenta ser lo más equánime posible, sin apasionamientos y siempre contando otras versiones además de la más conocida. En el capítulo de El Valle de los Caídos ha olvidado comentar que la basílica cueva principal está orientada a los equinoccios de primavera y otoño.
Hablando de misterios, el franquismo fue pródigo en ellos. En este sentido, incluso se puede llegar a afirmar que fue un periodo realmente excepcional, aunque, como he dicho, se pusiera especial cuidado en que no lo pareciera. Algunos de esos enigmas pueden encuadrarse dentro de la categoría general de sucesos anómalos que son calificados como paranormales, mientras que otros tuvieron una relación directa con el dictador.
En las distancias cortas, Franco no era un tipo particularmente violento o especialmente hosco, pero todos los que tuvieron la oportunidad de conocerle personalmente coinciden en afirmar que el trato con él era difícil, con pocas concesiones a la familiaridad. Estos rasgos proceden de su dificultad para relacionarse con los demás y de una nula disposición que nunca se molestó en corregir.

El cuerpo del capitán Franco quedó tendido sobre el campo de batalla mientras continuaban los combates. Algunos de sus regulares formaron un perímetro para proteger al oficial caído mientras el árido suelo se empapaba con la sangre que manaba de su herida. Incapaz de moverse, fue su asistente quien cargó con él al hombro como si fuera un fardo hasta llegar a la retaguardia para ponerle a salvo. En un primer momento, Franco fue evacuado a un puesto de primeros auxilios donde el médico que le atendió confirmó la gravedad de la herida. El balazo le había rozado el intestino pero no afectaba a ningún órgano vital. Sin embargo, la falta de antibióticos con los que tratar la infección condenaba al capitán a una muerte lenta y prácticamente segura. Convencido de que no llegaría con vida a un hospital, el cirujano de campaña le desahució. Mientras esperaba la llegada de la muerte entre el resto de agonizantes, Franco pidió al padre Carlos Quirós Rodríguez, capellán castrense, que le administrase la extremaunción.
Ante la sucesión de hechos que estaban a punto de producirse, este acto litúrgico puede interpretarse como una especie de seguro de salvación eterna en caso de que no pudiera sobrevivir. Porque a pesar de la gravedad de su estado, el capitán Franco no estaba dispuesto a morir, al menos entonces, sin cumplir con la misión para la que él creía que había sido escogido.
Después de cinco semanas en el hospital, Franco recibió el alta y se le concedió un permiso de tres meses para completar su recuperación en casa. Después de cuatro años y medio en tierras africanas, el 3 de agosto de 1916 se embarcó hacia El Ferrol para regresar al hogar materno. Durante su larga convalecencia, Franco tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre los acontecimientos que le habían llevado hasta allí y sobre el sentido de una vida que había estado a punto de perder. Debió de ser entonces cuando se produjo en él una profunda transformación que, además de servir para reafirmar su confianza en sí mismo, sacudió los pilares sobre los que se elevaba el edificio de sus creencias y convicciones más personales. En esos momentos de introspección casi mística y recogimiento ascético, que a partir de ese episodio se repetirían cada vez que se enfrentó a una difícil decisión.
Uno de los primeros decretos que firmó el dictador una vez finalizada la Guerra Civil fue el de concederse a sí mismo la Laureada, una medida egocéntrica que disimuló bajo la apariencia de una decisión consensuada para que no fuera tan evidente. El documento, con fecha del 19 de mayo de 1939, estaba firmado por el vicepresidente del Gobierno, el general Gómez Jordana, y el ministro de Defensa Nacional, el general Fidel Dávila, atendiendo a una supuesta petición unánime de todos los poseedores de la Gran Cruz Laureada de la Orden de San Fernando. La medalla le fue impuesta al Caudillo en un sencillo acto celebrado antes del inicio del Desfile de la Victoria de aquel año. El 17 de julio de 1940, la cúpula militar del régimen acudió en pleno a una nueva ceremonia de concesión de la medalla en el Palacio Real de Madrid, un episodio que tuvo lugar en el contexto de los actos de conmemoración del cuarto aniversario de la sublevación contra la II República.

Al ahondar en la biografía del dictador sobre los años que permaneció combatiendo en el norte de África, encontramos testimonios que hacen referencia a la importancia que concedió a la magia y a las predicciones de las artes adivinatorias cada vez que tenía que tomar una decisión importante. En lo que respecta a este tema, Franco coincidió con Hitler y otros jerarcas nazis, asiduos a las consultas privadas con magos, adivinos y sensitivos. Aunque en apariencia hicieran creer que estaban dispuestos a erradicar cualquier práctica de este tipo mediante una persecución implacable, lo cierto es que los líderes del III Reich fueron bastante aficionados a la astrología y a las prácticas adivinatorias.
Las evidencias apuntan a que Franco, pendiente de todas aquellas señales que para él pudieran significar una llamada de la Providencia, acudió a los adivinos en esa etapa de su vida, aunque en caso de vaticinios fallidos no consta que llegase a utilizar contra ellos los crueles métodos usados por los nazis. El entonces oficial de brillante y prometedora carrera, pero de naturaleza desconfiada, necesitaba confirmar sus dudas con predicciones que resultasen propicias a sus ambiciones.
La figura del general Francisco Franco ha sido muchas veces comparada con la de Felipe II, una identificación que no es casual y que fue alentada desde el mismo régimen. El dictador se encargó personalmente de fomentar esa imagen poniéndose a la altura de un personaje al que admiraba profundamente y al que llegaría a imitar adoptando poses imperiales en un intento por recuperar y emular el pasado glorioso de la España de los primeros monarcas de la dinastía de los Austrias. El mejor ejemplo de esa actitud lo encontramos en el monumento funerario de proporciones faraónicas levantado por expreso deseo de Franco en el paraje de Cuelgamuros, aunque también podemos encontrar su reflejo en detalles que suelen pasar más desapercibidos y que resultan enigmáticos.
En su deseo por perpetuarse en el trono y alcanzar el sueño de encarnar una monarquía universal unida por los vínculos de la religión católica y la Corona de España, Felipe II reunió en el monasterio de El Escorial una corte formada por alquimistas llegados de toda Europa que habían acudido a la llamada del monarca más poderoso del mundo con un doble objetivo: obtener un elixir de la eterna juventud.

Es evidente que Jakin Boor no tenía demasiadas simpatías por la masonería, a la que en sus artículos responsabilizaba de todos los males de España, desde principios del siglo XIX hasta el estallido de la Guerra Civil, y a la que acusaba de obedecer órdenes directas de Moscú. Para defender su tesis, el autor demostraba estar muy bien informado, aportando datos sobre la masonería que eran completamente desconocidos para el gran público. Su obra, un alegato vehemente y partidista sustentado sobre supuestos datos históricos contrastados, habría caído en el más absoluto de los olvidos de no ser porque detrás del seudónimo de Jakin Boor se encontraba el nombre de Francisco Franco. El dictador, en colaboración con Carrero Blanco, habría escrito esta serie de cuarenta y nueve artículos entre el 14 de diciembre de 1946 y el 3 de mayo de 1951. Para dar más veracidad a los mismos, y a la identidad de su supuesto autor, la propaganda del régimen elaboró una falsa noticia difundida en varios medios de comunicación en la que se informó sobre una audiencia oficial concedida a Jakin Boor por el Caudillo.
Los primeros antecedentes de la masonería en España se remontan al primer cuarto del siglo XVIII, cuando fue introducida desde Europa gracias a la llegada de funcionarios y militares al servicio de los Borbones hispanos. Philip Wharton, primer duque de Wharton, fue el fundador de la primera logia masónica en territorio continental europeo, la Número 50 French Arms [Armas Francesas], domiciliada en la madrileña calle de San Bernardo. Wharton era un noble inglés que se caracterizó por llevar una vida disoluta y escandalosa. Antes de recalar en España se había visto envuelto en un turbio asunto relacionado con el Club Hellfire [Club del Fuego del Infierno], una especie de sociedad secreta con tintes de secta satánica que fue prohibida en Inglaterra por blasfemia y profanación.
Mientras que en Europa y América la pertenencia a la masonería servía como carta de presentación para todo aquel que quisiera medrar socialmente, en España la situación era bien distinta. El anacronismo absolutista representado por Fernando VII se vio interrumpido durante el Trienio Liberal, un breve y convulso periodo en el que la masonería española se identificó con determinadas posturas políticas de carácter progresista. La intervención de potencias extranjeras unidas en la Santa Alianza puso fin a este periodo y restituyó en el poder al «rey Felón», quien en una de sus primeras medidas tras el restablecimiento de la monarquía absoluta que él representaba prohibió las sociedades de francmasones en España.
No debe extrañarnos que Francisco Franco pudiera albergar un fuerte resentimiento contra la masonería. Aunque sean tomadas con lógicas reservas, de ser ciertas las afirmaciones hechas por su hermana Pilar, la muerte de Ramón, el hijo pródigo que había regresado al redil después de tantos desvelos, agravó la animadversión del Generalísimo hacia la sociedad secreta. Sin embargo, al rastrear en las zonas de sombra de la biografía del dictador podemos encontrar un episodio que pudo actuar como elemento desencadenante de ese odio visceral.
En los últimos tiempos han aparecido una serie de testimonios, a los que se ha otorgado credibilidad, que afirman que Francisco Franco intentó en varias ocasiones iniciarse en la masonería cuando era un oficial condecorado.
En la cima de su poder, Franco pidió que se diseñase un nuevo escudo heráldico que permitiese distinguir su primer apellido, relativamente común, de otros linajes más plebeyos. En él aparecen, a cada lado y sobre un campo púrpura, dos columnas doradas claramente visibles adornadas con la leyenda Plus Ultra. La interpretación oficial identifica dichas columnas con las de Hércules, de claras reminiscencias imperiales, aunque su presencia nos recuerda inmediatamente a los pilares Jaquin y Boaz que presiden las ceremonias de los templos masónicos. ¿Podía ese blasón contener un mensaje secreto que Jakin Boor hubiera querido transmitir a los iniciados?.

En los casi cuarenta años de gobierno autoritario de Franco, la imagen del dictador estuvo en todo momento presente en la vida de los españoles, hasta el punto de que era raro que el ciudadano de a pie no se encontrase con su imagen o su retrato varias veces al día. Ya fuera en el colegio o en el centro de trabajo, conduciendo o caminando por la calle, en un lugar público o en la intimidad de cada hogar cuando se encendía la televisión, el rostro del Generalísimo, acompañado en ocasiones por su voz atiplada y monótona, era la versión hispana de la pesadilla orwelliana que comparten todas las dictaduras del mundo. En la mayoría de los retratos, Franco aparecía representado adoptando una pose hierática y paternalista, como si estuviera velando por el bienestar y la seguridad de los españoles, al mismo tiempo que su mirada, fría e inhóspita, se clavaba en la de todos aquellos que pudieran tener la tentación de criticar al régimen que él encarnaba.
Por razones ideológicas, o meramente alimenticias, los artistas adictos al régimen plasmaron en cuadros y esculturas una imagen idealizada del dictador.
El lenguaje empleado por la propaganda del régimen para referirse a Franco constituye un buen ejemplo del clima místico-religioso imperante en aquellos días. En los medios de comunicación resultaba habitual encontrarse con términos y expresiones como «Caudillo por la gracia de Dios», «Dádiva espléndida de la Providencia Divina», «Elegido por la benevolencia de Dios», «Instrumento de Dios para la salvación de las almas», «Hombre de la Providencia» o «Cruzado de Occidente». Este culto a la personalidad providencial de Franco, artífice máximo de la que fue definida como «victoriosa cruzada» —un eufemismo utilizado para referirse a la tragedia que supuso la Guerra Civil—, consagró al dictador como héroe investido de la autoridad necesaria para regir el destino de todos los españoles, y lo situó por encima del bien y del mal como alguien que respondía sólo ante Dios y ante la historia.
Franco, como dueño de un poder absoluto en el que los límites entre lo divino y lo terrenal habían desaparecido, tuvo como aliados a toda una cohorte de Vírgenes y santos a los que agradeció su ayuda en la cruzada concediéndoles honores militares. Las tropas que a partir de entonces participaron en desfiles y actos castrenses exhibieron símbolos e imágenes religiosas, como si se tratasen de armas y escudos protectores que siempre les darían la victoria.
En la exaltación de la imagen del dictador como salvador de la patria, además de los medios de propaganda, también desempeñaron un importante papel las autoridades educativas, que se encargaron de difundir entre los alumnos de los centros escolares y académicos mensajes tendentes a identificar a Franco como el caudillo de una cruzada. Las alusiones directas a este respecto incluidas en los textos, junto con determinadas ceremonias y rituales, buscaban comparar al dictador con los grandes héroes de la historia de España, especialmente con el mítico Cid Campeador, personaje por el que Franco sentía una especial admiración.
Bajo el bombardeo constante de lemas y consignas que tenían como objetivo popularizar la imagen de Franco como caballero cruzado defensor de los valores sagrados de la Iglesia y la patria, los españoles estaban en la obligación de reconocer la naturaleza carismática del Caudillo. Durante los primeros años de la dictadura, en los que se hacía necesario reafirmar los principios rectores del nuevo Estado, cualquier acto oficial, por modesto que pudiera ser, estaba revestido de ese carácter de exaltación de la figura de Franco, casi siempre representado como cruzado beatífico continuador de una larga tradición de caudillos que forjaron el espíritu nacional sirviéndose de la cruz y la espada.
En esta atmósfera exacerbada de culto a la naturaleza mística y legendaria de Franco, los actos militares adquirieron una nueva dimensión que superaba su simbolismo castrense para convertirse en rituales que recordaban las ceremonias iniciáticas de la Edad Media.
La Santa Sede no atendió a la mayoría de las demandas llegadas desde España, aunque el dictador contó con el apoyo incondicional de la Iglesia española, cuyo respaldo fue utilizado para unir la liturgia católica al mensaje político. Como contraprestación a su negativa diplomática, los órganos de comunicación del Vaticano se mostraron muy activos a la hora de difundir las ceremonias con las que el régimen glorificaba su victoria. Mientras tanto, la prensa española se encargaba de explicar la trascendencia del concepto de cruzada que se pretendía difundir, entendida como una hazaña de la que había surgido un nuevo Estado, amparado por una legalidad con un claro componente religioso representado por la figura de Franco.
El espíritu de reconquista tuvo a la ciudad de Toledo como escenario de un rito guerrero que a través de los siglos puso al régimen franquista en conexión con algunos de los acontecimientos que forjaron el nacimiento de España como nación. La antigua capital del reino visigodo había conservado la cultura hispano-cristiana frente a la dominación musulmana.

El nacionalcatolicismo, que adjudicó al dictador su naturaleza de caudillo por derecho divino a cambio de la hegemonía de la Iglesia católica en la vida pública y privada de la España de la posguerra. Resulta difícil situar con precisión el momento en que se perfilaron las ideas que dieron forma a una ideología político-religiosa que mantuvo su preeminencia hasta finales de la década de los sesenta, cuando surgieron las primeras voces disidentes contra el régimen en el seno de la Iglesia española. A la hora de conjugar los principios nacionalistas con los religiosos en la estructura de un Estado confesional al servicio de la civilización cristiana, se emplearon símbolos devocionales y sacros con una función legitimista que reconociera a Franco como el caballero cruzado dispuesto a llevar a cabo su misión trascendente. Para conseguir ese efecto, la propaganda del régimen desplegó toda una poderosa panoplia iconográfica dedicada a presentar al dictador como un héroe de naturaleza mitológica, una exaltación en clave místico-religiosa que en algunos casos rozó el absurdo.
Con su proverbial capacidad para adaptarse a las circunstancias, Franco consiguió mantenerse en el poder mientras asistía a la estrepitosa caída de los dictadores europeos, digna del ocaso de unos malvados dioses. El contexto internacional surgido después del final de la Segunda Guerra Mundial, con el mundo dividido en dos bloques antagónicos, permitió al Generalísimo presentarse como un adalid contra el comunismo —el nuevo enemigo de Occidente— que podía resultar útil para las hipócritas democracias. Ante este nuevo panorama, los contactos que en el pasado se habían mantenido con los nazis se convirtieron en un tema que no convenía remover, de la misma forma que se intentan olvidar los recuerdos incómodos de las malas experiencias compartidas con amistades peligrosas.

A la hora de interpretar el simbolismo que ocultan los Juanelos caminamos sobre un terreno movedizo en el que hay escasos argumentos sólidos a los que aferrarnos para evitar caer en elucubraciones sin fundamento. Aunque estamos lejos de encontrar respuestas definitivas, puede que éstas sean más sencillas de lo que pensamos. Desde esta perspectiva, la función de las enigmáticas columnas tal vez fuera simplemente decorativa, aunque su austeridad libre de adornos aporte poco al embellecimiento del complejo. También es posible que su hipotético vínculo esotérico se deba a simples coincidencias, aunque el cúmulo de ellas resulte sospechoso. En lo referido a esta cuestión, lo más probable es que Franco quisiera que las columnas sirvieran de símbolo de la fortaleza de su poder terrenal, el cual tendría una conexión directa con el mandato de Dios, quien lo habría elegido para cumplir su voluntad.
Si continuamos con nuestro recorrido por el complejo del Valle de los Caídos nos encontramos con muchas más claves ocultas que sólo son visibles al ojo del iniciado, o si lo prefieren, a la mirada del experto en cuestiones referidas a la tradición cristiana o los ritos paganos. La gran escalinata que sube hasta el arco monumental de la entrada a la cripta tiene cien metros de anchura, y está dividida en dos tramos de diez escalones cada uno. Desde el punto de vista cristiano, ese número haría referencia a los diez mandamientos.
Cuando traspasamos la entrada nos encontramos con una escalera de ocho peldaños que nos conduce a la parte más amplia de la cripta. El número ocho se ha representado iconográficamente en la Antigüedad con las serpientes entrelazadas del caduceo que porta el dios Hermes de la mitología griega, un símbolo del equilibrio entre fuerzas enfrentadas. Además de ser la representación del infinito, también se identifica con el movimiento eterno del universo. Retomando la tradición hebrea, la estrella de Salomón tiene ocho puntas, los mismos escalones que tenía la escalera sobre la que se alzaba el atrio interior del Templo que el rey erigió en Jerusalén.
Sigamos con la numerología que encierra el Valle de los Caídos. El túnel de la cripta está dividido en tres secciones. Como vimos al describir la ornamentación escultórica de la basílica, en los muros laterales de la segunda, la más grande, se abren seis capillas, tres a cada lado, consagradas cada una de ellas al culto de una Virgen. Estas Vírgenes son las patronas de los tres Ejércitos, más la de África, la de los cautivos y la de la hispanidad. A sus respectivos oratorios se accede subiendo tres escalones. En la simbología cristiana, el tres representa la Santísima Trinidad, y es además un número que la corriente filosófica neoplatónica, de amplia difusión entre los masones, consideraba como una cifra perfecta ligada íntimamente con la divinidad. Para subir al altar mayor hay que superar dos pequeños tramos de escalinata. El primero está formado por cuatro escalones, mientras que el segundo tiene tres. En la tradición hermética, el cuatro representa lo terrenal, que en este caso sirve de antesala al mundo espiritual que simboliza el número tres, por lo que en esta zona concreta de la cripta se habría simbolizado el paso terrenal previo al ascenso al paraíso.
La abundancia de escalinatas monumentales en el Valle de los Caídos, además de cumplir con una utilidad práctica, puede interpretarse desde un punto de vista hermético que las pondría en relación directa con el mito de la escalera de Jacob por la que los ángeles ascendían y descendían del cielo —según la visión revelada al profeta y patriarca de Israel contenida en las Sagradas Escrituras—. Teniendo esta leyenda presente, podemos deducir que el monumento desempeñaría la función de etapa intermedia en el proceso de perfeccionamiento místico que conduce a los iniciados hasta el paraíso. Los elegidos, en este caso, deben ser fervientes defensores de un ideario político concreto.

Miguel Pereira aclaró algunos detalles del fenómeno, y señaló los cambios que se han producido en algunas de las caras, especialmente en la Pava, la cual, además de haber suavizado algunos rasgos de su fisonomía turbadora, parece querer escapar del espacio en el que está confinada, moviéndose lenta e imperceptiblemente hacia la derecha. Cuando le pregunté por la existencia de una segunda casa, propiedad de dos hermanas parientes lejanas de María Gómez Cámara, donde dicen que hace unos pocos años aparecieron otras caras, Miguel se limitó a encogerse de hombros y guardar silencio, confirmando así mis sospechas. Cuando planifiqué mi viaje a Bélmez renuncié a visitarla porque, después de contemplar varias fotografías de aquellos nuevos rostros, aquellas imágenes me hicieron no albergar ninguna duda de que se trataba de una burda imitación que buscaba aprovecharse de la fama de las caras originales.
Como si hiciera las veces de una varita mágica, bajo la punta de la fina rama aparecieron ojos, bocas y manos que Miguel Pereira mostraba en una rápida sucesión, invitándome a contemplar de cerca esos rostros con los que buscaba vencer la resistencia presentada por mi desconfianza. Debo reconocer que algunas de ellas, las de contornos más definidos, me hicieron dudar debido a su extraña apariencia, al mismo tiempo que ponía especial cuidado en dónde ponía los pies por temor a pisarlas involuntariamente. Cuando me aproximé para tomar algunas fotos, mi cámara dejó de funcionar, a pesar de tener la batería cargada y espacio suficiente en la memoria.
«Se lo dije. En esta casa pasan cosas raras.» En la cara de Miguel Pereira se dibujó una astuta sonrisa mientras yo intentaba resolver el problema.

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The author gives a not very known vision of that time. His exhibition tries to be as equanimous as possible, without passion and always telling other versions besides the best known. In the chapter of The Valley of the Fallen he has forgotten to comment that the main cave basilica is oriented to the spring and autumn equinoxes.
Speaking of mysteries, Franco was prodigal in them. In this sense, it can even be said that it was a really exceptional period, although, as I said, special care was taken that it did not seem so. Some of these enigmas may fall into the general category of anomalous events that are classified as paranormal, while others had a direct relationship with the dictator.
In the short distances, Franco was not a particularly violent or especially sullen guy, but everyone who had the opportunity to meet him personally agreed that the deal with him was difficult, with few concessions to familiarity. These traits come from his difficulty in relating to others and from a null disposition that never bothered to correct.

Captain Franco’s body lay on the battlefield as the fighting continued. Some of his regulars formed a perimeter to protect the fallen officer while the barren ground was soaked with the blood flowing from his wound. Unable to move, it was his assistant who carried him on his shoulder as if he were a bundle until he reached the rear to put him safe. At first, Franco was evacuated to a first aid post where the attending physician confirmed the severity of the injury. The shot had touched his intestine but did not affect any vital organ. However, the lack of antibiotics with which to treat the infection condemned the captain to a slow and practically certain death. Convinced that he would not arrive alive at a hospital, the campaign surgeon evicted him. While waiting for the arrival of death among the rest of the dying, Franco asked Father Carlos Quirós Rodríguez, a military chaplain, to administer the extreme unction.
Given the succession of events that were about to occur, this liturgical act can be interpreted as a kind of eternal salvation insurance in case it could not survive. Because despite the seriousness of his condition, Captain Franco was not willing to die, at least then, without fulfilling the mission for which he believed he had been chosen.
After five weeks in the hospital, Franco was discharged and granted a three-month permit to complete his recovery at home. After four and a half years in African lands, on August 3, 1916 he embarked on El Ferrol to return to the maternal home. During his long convalescence, Franco had plenty of time to reflect on the events that had brought him there and on the meaning of a life he had almost lost. It must have been then when there was a profound transformation in him that, in addition to serving to reaffirm his self-confidence, shook the pillars on which the building of his most personal beliefs and convictions rose. In those moments of almost mystical introspection and ascetic recollection, which from that episode would be repeated every time he faced a difficult decision.
One of the first decrees that the dictator signed once the Civil War ended was to grant himself the Laureate, an egocentric measure that he concealed under the guise of a consensual decision so that it was not so obvious. The document, dated May 19, 1939, was signed by the Vice President of the Government, General Gómez Jordana, and the Minister of National Defense, General Fidel Dávila, following an alleged unanimous request of all the holders of the Great Laureate Cross of the Order of San Fernando. The medal was imposed on the leader in a simple act held before the start of the Victory Parade that year. On July 17, 1940, the regime’s military leadership attended a new medal award ceremony at the Royal Palace in Madrid, an episode that took place in the context of the commemoration of the fourth anniversary of the uprising against the Second Republic.

In delving into the dictator’s biography about the years he spent fighting in North Africa, we find testimonies that refer to the importance he attached to magic and to the predictions of the divination arts every time he had to make an important decision. Regarding this issue, Franco agreed with Hitler and other Nazi hierarchies, regulars of private consultations with magicians, fortune tellers and sensitive. Although they apparently made them believe that they were willing to eradicate any such practice through relentless persecution, the truth is that the leaders of the Third Reich were quite fond of astrology and divinatory practices.
The evidence suggests that Franco, pending all those signals that for him could mean a call from Providence, went to the fortune tellers at that stage of his life, although in case of failed predictions it is not known that he would use the cruel against them methods used by the Nazis. The then brilliant and promising career officer, but of a distrustful nature, needed to confirm his doubts with predictions that were conducive to his ambitions.
The figure of General Francisco Franco has been many times compared to that of Felipe II, an identification that is not accidental and that was encouraged from the same regime. The dictator personally took charge of fostering this image by putting himself at the height of a character he admired deeply and who he would imitate by adopting imperial poses in an attempt to recover and emulate the glorious past of Spain of the first monarchs of the dynasty of the Habsburgs The best example of this attitude is found in the funeral monument of pharaonic proportions raised by Franco’s express desire in the place of Cuelgamuros, although we can also find its reflection in details that tend to go more unnoticed and that are enigmatic.
In his desire to perpetuate himself on the throne and achieve the dream of embodying a universal monarchy united by the ties of the Catholic religion and the Crown of Spain, Philip II gathered in the monastery of El Escorial a court formed by alchemists from all over Europe who They had come to the call of the most powerful monarch in the world with a double objective: to obtain an elixir of eternal youth.

It is evident that Jakin Boor did not have too many sympathies for Freemasonry, which in his articles he held responsible for all the evils of Spain, from the early nineteenth century until the outbreak of the Civil War, and which he accused of obeying direct orders from Moscow . To defend his thesis, the author proved to be very well informed, providing data on Freemasonry that were completely unknown to the general public. His work, a vehement and partisan allegation based on alleged historical data contrasted, would have fallen into the most absolute forgetfulness of not being because behind the pseudonym of Jakin Boor was the name of Francisco Franco. The dictator, in collaboration with Carrero Blanco, would have written this series of forty-nine articles between December 14, 1946 and May 3, 1951. To give more truth to them, and the identity of their alleged author, the The regime’s propaganda produced a false news spread in various media outlets that reported on an official hearing granted to Jakin Boor by the Chief.
The first history of Freemasonry in Spain dates back to the first quarter of the 18th century, when it was introduced from Europe thanks to the arrival of civil servants and soldiers at the service of the Hispanic Bourbons. Philip Wharton, first Duke of Wharton, was the founder of the first Masonic lodge in continental Europe, Number 50 French Arms, domiciled in the Madrid street of San Bernardo. Wharton was an English nobleman who was characterized by leading a dissolute and scandalous life. Before arriving in Spain, he had been involved in a murky affair related to the Hellfire Club, a kind of secret society with dyes of satanic sect that was banned in England for blasphemy and desecration.
While in Europe and America belonging to Freemasonry served as a letter of introduction for anyone who wanted to socially mediate, in Spain the situation was quite different. The absolutist anachronism represented by Fernando VII was interrupted during the Liberal Triennium, a brief and convulsive period in which Spanish Freemasonry identified itself with certain progressive political positions. The intervention of foreign powers united in the Holy Alliance put an end to this period and restored to power the “King Felon”, who in one of his first measures after the restoration of the absolute monarchy that he represented prohibited the Freemasons societies in Spain.
It should not surprise us that Francisco Franco could harbor a strong resentment against Freemasonry. Although they are taken with logical reservations, if the statements made by his sister Pilar are true, the death of Ramón, the prodigal son who had returned to the fold after so many efforts, aggravated the Generalad’s dislike of secret society. However, by tracing in the shadow areas of the dictator’s biography we can find an episode that could act as a trigger for that visceral hatred.
In recent times there have been a series of testimonies, to which credibility has been granted, which affirm that Francisco Franco tried several times to start in Freemasonry when he was a decorated officer.
At the top of his power, Franco requested that a new heraldic shield be designed to distinguish his relatively common first name from other more commoner lineages. In it appear, on each side and on a purple field, two clearly visible golden columns adorned with the legend Plus Ultra. The official interpretation identifies these columns with those of Hercules, of clear imperial reminiscences, although their presence immediately reminds us of the Jaquin and Boaz pillars that preside over the ceremonies of the Masonic temples. Could that blazon contain a secret message that Jakin Boor would have wanted to convey to the initiates?

In the almost forty years of Franco’s authoritarian government, the image of the dictator was always present in the life of the Spaniards, to the point that it was rare that the ordinary citizen did not meet his image or his portrait several times a day. Whether at school or in the workplace, driving or walking down the street, in a public place or in the privacy of each home when the television was turned on, the face of the Generalissimo, sometimes accompanied by his atypical and monotonous voice , was the Hispanic version of the Orwellian nightmare that all the dictatorships of the world share. In most of the portraits, Franco was represented by adopting a hieratic and paternalistic pose, as if he were watching over the well-being and safety of the Spaniards, while his gaze, cold and inhospitable, was fixed on that of all those who They might be tempted to criticize the regime he embodied.
For ideological, or merely nutritional, reasons, artists addicted to the regime embodied an idealized image of the dictator in paintings and sculptures.
The language used by the regime’s propaganda to refer to Franco is a good example of the mystical-religious climate prevailing in those days. In the media it was common to find terms and expressions such as “Caudillo for the grace of God”, “Splendid gift of Divine Providence”, “Chosen for the benevolence of God”, “Instrument of God for the salvation of souls »,« Man of Providence »or« Crusader of the West ». This cult of the providential personality of Franco, maximum architect of what was defined as “victorious crusade” —a euphemism used to refer to the tragedy that the Civil War supposed—, consecrated the dictator as a vested hero of the necessary authority to govern the destiny of all Spaniards, and placed him above good and evil as someone who responded only to God and to history.
Franco, as the owner of an absolute power in which the boundaries between the divine and the earthly had disappeared, had as allies a whole cohort of virgins and saints to whom he thanked his help in the crusade by granting them military honors. The troops that thereafter participated in parades and military acts exhibited religious symbols and images, as if they were weapons and protective shields that would always give them victory.
In the exaltation of the image of the dictator as a savior of the country, in addition to the means of propaganda, the educational authorities also played an important role, who were responsible for spreading messages among students of schools and academics aimed at identifying Franco Like the leader of a crusade. The direct allusions in this regard included in the texts, along with certain ceremonies and rituals, sought to compare the dictator with the great heroes of the history of Spain, especially with the mythical Cid Campeador, a character for which Franco felt a special admiration.
Under the constant bombardment of slogans and slogans that aimed to popularize the image of Franco as a crossed gentleman defending the sacred values of the Church and the homeland, the Spaniards were obliged to recognize the charismatic nature of the Caudillo. During the first years of the dictatorship, in which it was necessary to reaffirm the guiding principles of the new State, any official act, however modest it might be, was covered with that character of exaltation of the figure of Franco, almost always represented as a crusader Beatific continuator of a long tradition of leaders who forged the national spirit using the cross and the sword.
In this exacerbated atmosphere of worship of the mystical and legendary nature of Franco, military acts acquired a new dimension that surpassed their military symbolism to become rituals that recalled the initiation ceremonies of the Middle Ages.
The Holy See did not respond to the majority of the demands arrived from Spain, although the dictator had the unconditional support of the Spanish Church, whose support was used to join the Catholic liturgy to the political message. In return for their diplomatic refusal, the Vatican’s communication bodies were very active in spreading the ceremonies with which the regime glorified its victory. Meanwhile, the Spanish press was responsible for explaining the importance of the concept of crusade that was intended to spread, understood as a feat from which a new State had emerged, protected by a legality with a clear religious component represented by the figure of Franco.
The spirit of reconquest had the city of Toledo as the scene of a warrior rite that through the centuries put the Franco regime in connection with some of the events that shaped the birth of Spain as a nation. The ancient capital of the Visigothic kingdom had preserved the Hispanic-Christian culture in the face of Muslim domination.

National Catholicism, which awarded the dictator his nature as a leader by divine right in exchange for the hegemony of the Catholic Church in the public and private life of post-war Spain. It is difficult to pinpoint the moment when the ideas that shaped a political-religious ideology that maintained its preeminence until the late sixties, when the first dissenting voices against the regime within the Church emerged Spanish. When combining nationalist and religious principles in the structure of a confessional state at the service of Christian civilization, devotional and sacred symbols were used with a legitimistic function that recognized Franco as the crossed knight willing to carry out his mission transcendent. To achieve this effect, the regime’s propaganda displayed a powerful iconographic panoply dedicated to presenting the dictator as a hero of a mythological nature, an exaltation in mystical-religious key that in some cases touched the absurd.
With his proverbial ability to adapt to circumstances, Franco managed to stay in power while attending the resounding fall of European dictators, worthy of the waning of evil gods. The international context that emerged after the end of World War II, with the world divided into two antagonistic blocks, allowed the Generalissimo to present himself as a champion against communism – the new enemy of the West – that could prove useful for hypocritical democracies. Faced with this new panorama, the contacts that in the past had been maintained with the Nazis became a subject that should not be removed, in the same way that attempts are made to forget the uncomfortable memories of bad experiences shared with dangerous friendships.

When interpreting the symbolism that the Juanelles hide, we walk on a shifting ground in which there are few solid arguments to cling to avoid falling into groundless lucubrations. Although we are far from finding definitive answers, these may be simpler than we think. From this perspective, the function of the enigmatic columns might be simply decorative, although their austerity free of ornaments contributes little to the beautification of the complex. It is also possible that its hypothetical esoteric link is due to simple coincidences, although the accumulation of them is suspicious. Regarding this issue, it is most likely that Franco wanted the columns to serve as a symbol of the strength of his earthly power, which would have a direct connection to God’s command, who would have chosen him to fulfill his will.
If we continue with our tour of the complex of the Valley of the Fallen we find many more hidden keys that are only visible to the eye of the initiate, or if they prefer, in the eyes of the expert on issues related to Christian tradition or pagan rites . The great staircase that goes up to the monumental arch of the entrance to the crypt is one hundred meters wide, and is divided into two sections of ten steps each. From the Christian point of view, that number would refer to the ten commandments.
When we cross the entrance we find an eight-step staircase that leads to the widest part of the crypt. The number eight has been iconographically represented in antiquity with the intertwined snakes of the caduceus carried by the god Hermes of Greek mythology, a symbol of the balance between opposing forces. In addition to being the representation of the infinite, it is also identified with the eternal movement of the universe. Returning to the Hebrew tradition, the star of Solomon has eight points, the same steps as the stairs on which the inner court of the Temple that the king erected in Jerusalem stood.
Let’s continue with the numerology that encloses the Valley of the Fallen. The tunnel of the crypt is divided into three sections. As we saw when describing the sculptural ornamentation of the basilica, on the side walls of the second, the largest, six chapels are opened, three on each side, each dedicated to the cult of a Virgin. These Virgins are the patrons of the three Armies, plus that of Africa, that of the captives and that of the Hispanic. Their respective oratories are accessed by climbing three steps. In the Christian symbology, the three represents the Holy Trinity, and it is also a number that the Neoplatonic philosophical current, widely distributed among Masons, considered as a perfect figure closely linked to divinity. To climb the main altar you have to overcome two small flights of stairs. The first is formed by four steps, while the second has three. In the hermetic tradition, the four represents the earthly, which in this case serves as a prelude to the spiritual world that symbolizes the number three, so that in this particular area of the crypt the earthly passage prior to the ascent to paradise would have been symbolized.
The abundance of monumental staircases in the Valley of the Fallen, in addition to fulfilling a practical utility, can be interpreted from a hermetic point of view that would put them in direct relation to the myth of Jacob’s ladder by which the angels ascended and descended from heaven – according to the vision revealed to the prophet and patriarch of Israel contained in the Holy Scriptures. With this legend in mind, we can deduce that the monument would play the role of intermediate stage in the process of mystical improvement that leads the initiates to paradise. The elected, in this case, must be fervent defenders of a specific political ideology.

Miguel Pereira clarified some details of the phenomenon, and pointed out the changes that have occurred in some of the faces, especially in Pava, which, in addition to having softened some features of his disturbing physiognomy, seems to want to escape from the space in which he is confined, moving slowly and imperceptibly to the right. When I asked him about the existence of a second house, owned by two distant family sisters of María Gómez Cámara, where they say that a few years ago other faces appeared, Miguel simply shrugged and kept silent, confirming my suspicions. When I planned my trip to Bélmez I refused to visit it because, after contemplating several photographs of those new faces, those images made me harbor no doubt that it was a crude imitation that sought to take advantage of the fame of the original faces.
As if acting as a magic wand, under the tip of the thin branch appeared eyes, mouths and hands that Miguel Pereira showed in rapid succession, inviting me to look closely at those faces with which I sought to overcome the resistance presented by my distrust . I must admit that some of them, those of more defined contours, made me doubt due to their strange appearance, while taking special care where I put my feet for fear of stepping on them involuntarily. When I approached to take some photos, my camera stopped working, despite having a charged battery and enough memory space.
“I told him. Rare things happen in this house. » A sly smile was drawn on Miguel Pereira’s face while I tried to solve the problem.

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