El Crimen De Galileo — Giorgio De Santillana / The Crime of Galileo by Giorgio De Santillana

El crimen de Galileo es una unidad intelectual que no rastrea la vida sino el viaje mental de Galileo en su camino hacia la tragedia personal. Cuando Galileo tenía 46 años, en 1610, desarrolló el telescopio, aseguró la tenencia y un gran aumento en Padua, luego realizó todos los descubrimientos anunciados en Sidereus Nuncius: montañas en la luna, las lunas de Júpiter, fases de Venus , etc. Al nombrar las lunas de Júpiter como la familia Medici, Galileo consiguió el trabajo de matemático y filósofo (que significa físico) para el Gran Duque de Toscana, y pudo regresar a su tierra natal. Este movimiento molestó a sus amigos en Venecia, que habían trabajado tan duro para asegurar su promoción en Padua solo unos meses antes. Por supuesto, la creencia de Galileo de que sus descubrimientos con el telescopio favorecían fuertemente la visión del mundo copernicano significaba que se dirigía a problemas con la Iglesia. De hecho, sus amigos venecianos le advirtieron que podría ser peligroso dejar la protección del estado veneciano. Lo que tenemos en este libro es la representación de un mártir superado solo por Sócrates. Santillana logra ubicar este episodio fascinante en la historia de la ciencia en el contexto y la lógica de su propio tiempo.
En la imaginación popular, el tema de Galileo versus la iglesia se ha reducido a una sola idea: ciencia buena, superstición mala. Hay mucho más que eso, y de Santilllana desenrolla los hilos para dar vida a las personas, las instituciones y los tiempos. Es una increíble obra académica, y de hecho es un libro académico, con cientos de notas al pie y comentarios en latín, francés e italiano que a menudo no se traducen.
Hay muchos tipos malos aquí. Algunos de ellos son simples alborotadores, como los monjes que provocan escándalos para su propia diversión y beneficio. Algunas son instituciones, como los jesuitas y dominicanos que usaron a Galileo como peón en su juego de tronos en miniatura. Y algunos son solo personas que no entienden las matemáticas y la astronomía subyacentes, pero que, sin embargo, deben hacer juicios. A esto se agrega un diletante intelectual de un papa que se siente menospreciado cuando Galileo pasa por alto sus argumentos y está indignado por la idea de que el autor deliberadamente le negó a él y a los censores sus verdaderas intenciones de defender el heliocentrismo. Detrás de todos ellos está la presencia maligna de la Inquisición, con sus informantes y cárceles y la policía secreta, su inmunidad a todas las leyes, la aplicación rígida de la inerrancia bíblica literal y la voluntad de emplear el terror y la tortura para apoyar su misión. En este caldero de arrogancia, ignorancia y miedo tropezó con Galileo, la mente más grande de su tiempo, que siempre se consideró un católico fiel y solo quería explicar sus descubrimientos.
El autor construye su caso como un abogado brillante, citando frecuentemente los documentos originales. Donde hay incertidumbre, y hay mucha incertidumbre, ya que muchos académicos han presentado sus opiniones en los últimos trescientos años, explica las diversas alternativas y por qué elige una sobre las otras.
El libro fue escrito a mediados de la década de 1950, y de Santillana con frecuencia señala paralelismos con el mundo moderno. Muchos de ellos muestran las similitudes entre los totalitarismos nazis y comunistas y la teocracia de la iglesia católica del siglo XVII, con su insistencia en la creencia dogmática respaldada por un poder punitivo ilimitado. Donde es apropiado, también hay referencias veladas a la intolerancia de los Estados Unidos durante los años de McCarthy. El resultado de estos apartados es mostrar que realmente no hemos aprendido nada, y que el mismo tipo de injusticias que se dirigieron a Galileo podrían presentarse contra cualquiera cuando el estado de derecho es débil.

Al final, Galileo fue condenado no por lo que escribió, sino por lo que la Inquisición pensó que pensaba. Es una historia de advertencia hasta el día de hoy.

El comportamiento científico y la autoridad social, en una u otra forma, son características de la vida del hombre en nuestro planeta que se espera duren hasta donde podemos prever. En este ensayo, que tiende a analizar sus complejas relaciones, es nuestra intención ocuparnos extensamente del episodio que proporciona, por así decirlo, una gran obertura a su conflicto en la edad moderna, vale decir, el juicio contra Galileo y las circunstancias que lo produjeron. Pero, a la par que nos dedicamos a las condiciones generales que rodean dicho conflicto, no dejaremos en silencio las similitudes y disimilitudes que ocurren en la última fase del mismo que tiene lugar en nuestra época.
En verdad, si nos sentimos fascinados por los detalles de un episodio acontecido tres centurias atrás, se debe principalmente a que el juicio proporciona una pieza demostrativa tal como apenas podría encontrarse en otra parte.
Galileo, que había venido madurando en los años siguientes a 1585 una filosofía natural completamente nueva basada en las matemáticas, vio el libro desde un punto de vista diferente por entero. Para él contenía un excelente sentido físico y mostraba el camino hacia una cosmología más pura. Todo eso admitió ante sus amigos, en el año 1597. Pero, sabedor de que “sería necesario amoldar de nuevo el cerebro de los hombres”, antes de llevarlos a su punto de vista, se dedicó a esperar. Supo que no era poseedor aún de ninguna prueba capaz de convencer a la mente no preparada. Esa prueba vino a su poder por un golpe de fortuna, con el descubrimiento del telescopio en 1610, que a su vez estableció su nombre en la mente del público en general como el del principal científico de su época.
Los amigos de Galileo le daban consejos contradictorios, diciéndole unos que prosiguiese sus descubrimientos y renunciase a la controversia cosmológica, y otros que era el momento de salir a la palestra con demostraciones convincentes y colocar de su parte a los expertos jesuitas. Era bastante cierto que el viejo padre Clavius vacilaba en su posición tolemaica durante aquellos últimos meses de su existencia y que los otros, Grienberger, van Maelcote, Lembo, no serían difíciles de persuadir. El padre Campanella, el belicoso confusionista permanente y generoso, le escribió desde su calabozo de Nápoles (eran tiempos felices en que podía mantenerse correspondencia filosófica desde las prisiones de la policía secreta): “Todos los filósofos del mundo reciben la ley de vuestra pluma, porque en verdad resulta imposible filosofar sin un sistema del mundo asegurado, tal como esperamos de usted… Ármese con la perfecta matemática, abandone los demás asuntos y no piense sino en éste; porque no sabe si mañana habrá muerto”.
Galileo era demasiado astuto para no comprender que sus enemigos trataban de arrastrarlo al terreno de la controversia. Su respuesta en forma de Carta a Castelli (diciembre 13, 1613), que habría de circular entre sus amigos, fue un modelo de restricción y de habilidad dialéctica.
Galileo recuerda siempre a sus lectores en primer término que las Escrituras, aunque verdades absolutas e inviolables en sí mismas, han sido siempre interpretadas como si hablasen en sentido figurado en muchos puntos, como cuando mencionan la mano de Dios o la bóveda celeste, y que es nuestro deber interpretarla de manera que ambas verdades, la de la naturaleza de Dios y la de Su escrito, jamás parezcan en conflicto.

La controversia había llegado así a las más elevadas esferas. No sería sino cosa justa a esta altura que la mente se dedicara de lleno al aspecto fútil o ridículo del conflicto y a considerar el problema de lo antiguo contra lo nuevo en su total dimensión. Los oponentes vocales de Galileo eran escolásticos de tercera categoría, pero sus argumentos se apoyaban en una doctrina importantísima, cuyos cimientos eran puestos en duda. Las síntesis filosóficas enseñadas en las escuelas fueron esencialmente labradas por numerosas generaciones desde Aristóteles, y en ellas estaban de acuerdo la Iglesia y la mayoría de los estudiosos[1]. Todas las cosas y todas las actividades encontraron su lugar natural en tal sistema. Dios y la naturaleza son suficientemente sencillos y opulentos para proporcionar un hueco para la diversidad interminable que compone la existencia finita. Por encima de las ciencias simples se halla la filosofía, disciplina racional que trata de formular los principios universales de todas las ciencias. Conduce al conocimiento de la Primera Causa. Por encima de ella se halla la Teología, que depende de la revelación, punto final de todo el sistema; la fe es la realización de la razón.
La Física, “la ciencia de la naturaleza”, encontró su lugar sin dificultad en la estructura. El universo forma una jerarquía que comprende desde Dios hasta el ser más ínfimo. Cada ser actúa bajo el acuciamiento interno de su propia naturaleza, buscando el “bien” natural a su especie, y ese bien constituye una forma de perfección que encuentra su lugar en la escala, de acuerdo con su grado.

Las proposiciones sometidas a la censura de los Calificadores eran las siguientes:
El Sol está en el centro del universo y por lo tanto desprovisto de movimiento.
La Tierra no constituye el centro del universo ni permanece inmóvil, sino que se mueve sobre sí misma, y también con un movimiento diurno (ma si move secondo sè tutta, etiam di moto diurno).
Los teólogos se reunieron cuatro días más tarde, el 23 de febrero, y anunciaron el resultado de sus deliberaciones al siguiente día. La primera proposición fue declarada por unanimidad “necia y absurda (stultam et absurdam), filosófica y formalmente herética, por cuanto contradice expresamente la doctrina de la Santa Biblia en muchos pasajes, tanto en su significado literal como en las interpretaciones de los padres y doctores”. La segunda proposición, se declaró unánimemente, “recibió la misma censura en filosofía y, en lo que se refiere a la verdad teológica, era por lo menos errónea en fe”.
La distinción entre herética y errónea debe parecer bastante sutil en verdad. Se basa en el peso de la opinión acreditada detrás de ambas manifestaciones, totalmente independiente la una de la otra. Las razones pueden verse en la carta del cardenal Conti.

Había jurado ante la cristiandad que jamás consentiría una herejía; pero se consideraba no obligado en manera alguna a reconocer como de fe la decisión arbitraria y caprichosa que quebrantaba todas las constituciones de la Iglesia. Habíanle impuesto por fuerza una obligación deshonrosa; no iba a hacer honor a la promesa arrancada. Querían destruirlo, y hasta borrar su recuerdo. Lucharía a su vez con todos los medios a su alcance. Antes del mes de su partida de Roma, un ejemplar del Diálogo iba camino de Mathias Bernegger, de Estrasburgo, valiéndose de intermediarios de confianza, con lo que una traducción en latín hallóse lista para el público europeo en el año 1637.
No existe indicio más claro sobre la situación anárquica lograda por las autoridades con su parodia de legalidad que la resistencia del público a la prohibición.
Su crítica irónica:
Ahora puede ser Su Señoría cuán difícil tarea será la de aquellos que desean hacer de la Tierra el centro de los círculos planetarios. Un lugar que podría ser, vamos al decir, centro de todos los planetas con excepción de la Luna, es más apropiado para el Sol que para ningún otro. Esto no es decir que los centros de los planetas deben tender a priori exactamente a su centro: más bien parecen situados hinc inde alrededor del Sol, pero con anomalías infinitamente menores que las que tendrían alrededor de la Tierra.

Según nuestros conocimientos, el hombre que escribió esto puede muy bien haber pronunciado el legendario Eppur si muove justamente en el salón de la abjuración. Y confiamos en que el Comisario General habría hecho todo lo posible para no oír.
El 20 de junio de 1633, Galileo fue entregado en custodia al arzobispo de Siena, Ascanio Piccolomini. Estaba proyectado que después de cinco meses iría a la cartuja de Florencia. Conmutada esta disposición le fue permitido trasladarse a su pequeña granja de Arcetri, donde habría de hacer frente a los restantes ocho años de vida y a la inminente ceguera, bajo arresto perpetuo en su domicilio.

Libros de Galileo en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/20/noticiero-sideral-galileo-galilei-siderevs-nvncivs-by-galileo-galilei/

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The Crime of Galileo as an intellectual whodunit which traces not the life but the mental journey of Galileo on his road to personal tragedy. When Galileo was 46 years old, in 1610, he developed the telescope, secured tenure and a big raise at Padua, then went on to make all the discoveries announced in Sidereus Nuncius: mountains on the moon, the moons of Jupiter, phases of Venus, etc. By naming the moons of Jupiter after the Medici family, Galileo landed the job of Mathematician and Philosopher (meaning Physicist) to the Grand Duke of Tuscany, and was able to return to his native land. This move upset his friends in Venice who had worked so hard to secure his promotion at Padua only months before. Of course, Galileo’s belief that his discoveries with the telescope strongly favored the Copernican world view meant he was headed for trouble with the Church. In fact, his Venetian friends warned him that it might be dangerous to leave the protection of the Venetian state. What we have in this book is the depiction of a martyr second only to Socrates. Santillana succeeds in placing this fascinating episode in the history of science in the context and logic of its own time.
In the popular imagination the issue of Galileo versus the church has been reduced to a single idea: science good, superstition bad. There is much more to it than that, and de Santilllana unwinds the threads to bring to life the people, the institutions, and the times. It is an amazing work of scholarship, and it is indeed a scholarly book, with hundreds of footnotes, and comments in Latin, French, and Italian often left untranslated.
There are bad guys aplenty here. Some of them are simple troublemakers, such as monks who stir up scandals for their own amusement and benefit. Some are institutions, such as the Jesuits and Dominicans who used Galileo as a pawn in their miniature game of thrones. And some are just people with no understanding of the underlying math and astronomy, but who are called on to make judgments nonetheless. Added to these is an intellectual dilettante of a pope who feels slighted when Galileo glosses over his arguments and is outraged by the thought that the author deliberately withheld from him and from the censors his true intentions to argue for heliocentrism. Behind all of them is the malign presence of the Inquisition, with its informants and prisons and secret police, its immunity from all laws, rigid application of literal biblical inerrancy, and willingness to employ terror and torture to support its mission. Into this cauldron of arrogance, ignorance, and fear stumbled Galileo, the greatest mind of his times, who always considered himself a faithful Catholic and just wanted to explain his discoveries.
The author builds his case like a brilliant lawyer, quoting frequently from the original documents. Where there is uncertainty – and there is a lot of uncertainty, as many scholars have put forward their opinions in the past three hundred years – he explains the various alternatives, and why he chooses one over the others.
The book was written in the mid-1950s, and de Santillana frequently points out parallels to the modern world. Many of them show the similarities between Nazi and Communist totalitarianisms and the theocracy of the 17th century Catholic church, with its insistence on dogmatic belief backed up by unlimited punitive power. Where it is apposite, there are also veiled references to the intolerance of the U.S. during the McCarthy years. The result of these asides is to show that we really haven’t learned anything, and the same kind of injustices that were directed at Galileo could be brought against anyone when the rule of law is weak.

In the end Galileo was convicted not for what he wrote, but for what the Inquisition thought that he thought. It is a cautionary tale right down to the present day.

Scientific behavior and social authority, in one way or another, are characteristics of the life of man on our planet that is expected to last as far as we can foresee. In this essay, which tends to analyze their complex relationships, it is our intention to deal extensively with the episode that provides, so to speak, a great overture to their conflict in the modern age, that is, the trial against Galileo and the circumstances that produced it. . But, as we dedicate ourselves to the general conditions surrounding this conflict, we will not leave in silence the similarities and dissimilarities that occur in the last phase of the conflict that takes place in our time.
In truth, if we are fascinated by the details of an episode that occurred three centuries ago, it is mainly because the trial provides a demonstrative piece as it could hardly be found elsewhere.
Galileo, who had been maturing in the years following 1585 a completely new natural philosophy based on mathematics, saw the book from a different point of view entirely. For him it contained an excellent physical sense and showed the way to a purer cosmology. All this he admitted to his friends, in the year 1597. But, knowing that “it would be necessary to reshape the brains of men”, before taking them to his point of view, he dedicated himself to waiting. He knew that he was not yet the holder of any evidence capable of convincing the unprepared mind. That test came to his power by a stroke of fortune, with the discovery of the telescope in 1610, which in turn established his name in the minds of the general public as that of the chief scientist of his time.
Galileo’s friends gave him contradictory advice, telling some to continue his discoveries and renounce the cosmological controversy, and others that it was time to go to the fore with convincing demonstrations and place the Jesuit experts on their side. It was quite true that the old father Clavius hesitated in his tolerance position during those last months of his existence and that the others, Grienberger, van Maelcote, Lembo, would not be difficult to persuade. Father Campanella, the belligerent permanent and generous confusionist, wrote to him from his dungeon in Naples (they were happy times when philosophical correspondence could be maintained from the prisons of the secret police): “All the philosophers of the world receive the law of your pen, because in truth it is impossible to philosophize without a system of the assured world, as we expect from you… Arm yourself with the perfect math, abandon the other matters and think only of this one; because he doesn’t know if tomorrow he will be dead. ”
Galileo was too cunning not to understand that his enemies were trying to drag him into the field of controversy. His response in the form of a Letter to Castelli (December 13, 1613), which was to circulate among his friends, was a model of restriction and dialectical ability.
Galileo always reminds his readers in the first place that the Scriptures, although absolute and inviolable truths in themselves, have always been interpreted as if they spoke figuratively on many points, such as when they mention the hand of God or the celestial vault, and that it is our duty to interpret it so that both truths, that of God’s nature and that of His writing, never seem in conflict.

The proposals submitted to the censorship of the Qualifiers were the following:
The Sun is at the center of the universe and therefore devoid of movement.
The Earth does not constitute the center of the universe nor does it remain motionless, but it moves on itself, and also with a diurnal movement (ma si move secondo sè tutta, etiam di moto diurno).
The theologians met four days later, on February 23, and announced the result of their deliberations the next day. The first proposition was declared unanimously “foolish and absurd (stultam et absurdam), philosophically and formally heretical, because it expressly contradicts the doctrine of the Holy Bible in many passages, both in its literal meaning and in the interpretations of parents and doctors ” The second proposition, declared unanimously, “received the same censorship in philosophy and, as far as theological truth is concerned, was at least wrong in faith.”
The distinction between heretical and erroneous must seem quite subtle indeed. It is based on the weight of the opinion accredited behind both manifestations, totally independent of each other. The reasons can be seen in Cardinal Conti’s letter.

He had sworn before Christianity that he would never consent to a heresy; but he considered himself not obligated in any way to recognize as faith the arbitrary and capricious decision that broke all the constitutions of the Church. They had forced him a dishonorable obligation; I was not going to honor the promise torn. They wanted to destroy it, and even erase their memory. He would fight in turn with all the means at his disposal. Before the month of his departure from Rome, a copy of the Dialogue was on his way to Mathias Bernegger, from Strasbourg, using trusted intermediaries, so that a translation in Latin was ready for the European public in 1637.
There is no clearer indication of the anarchic situation achieved by the authorities with their parody of legality than the public’s resistance to the ban.
His ironic criticism:
Now it can be Your Honor how difficult a task it will be for those who wish to make Earth the center of planetary circles. A place that could be, let’s say, center of all planets with the exception of the Moon, is more appropriate for the Sun than for any other. This is not to say that the centers of the planets must tend a priori exactly to their center: rather they seem to be located indefinitely around the Sun, but with infinitely smaller anomalies than they would have around the Earth.

To our knowledge, the man who wrote this may very well have pronounced the legendary Eppur if he moved just in the hall of abjuration. And we trust that the Commissioner General would have done everything possible not to hear.
On June 20, 1633, Galileo was handed over in custody to the archbishop of Siena, Ascanio Piccolomini. It was projected that after five months he would go to the Charterhouse of Florence. Once this provision was changed, he was allowed to move to his small farm in Arcetri, where he would face the remaining eight years of life and the impending blindness, under perpetual arrest at his home.

Books by Galileo in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/20/noticiero-sideral-galileo-galilei-siderevs-nvncivs-by-galileo-galilei/

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