Salvajes De Una Nueva Época — Carlos Granés / Savages Of A New Era by Carlos Granés (spanish book edition)

Libro curioso e interesante sobre el tema del antisistema que termina siendo absorbido por el sistema.
La primera virtud de Salvajes de una nueva época reside en la sencillez y la claridad de la doble hipótesis que defiende. Con una prosa amena, Granés trata de tejer una fluida trama entre todos estos fenómenos a lo largo de los dos capítulos en que divide su libro: “El salvaje se hace capitalista (tensiones entre la cultura y el mercado)” y “El civilizado se hace salvaje (estrategias artísticas en la política)”. Aún más, al filo de la lectura, y como en un juego de espejos, iremos descubriendo que la una refleja los argumentos de la otra y que ambas convergen hacia una síntesis que quiere ofrecernos una visión más nítida de la incierta época que nos ha tocado vivir. Una original perspectiva crítica para interpretar esta y otras inquietantes derivas del momento actual y, sobre todo, nos invita inteligentemente a alimentar y mantener vivo el debate.
Hoy en día volvemos a ser primitivos de una nueva época. Ya no es el ascensor ni las máquinas de pistones lo que nos fascina, sino el smartphone y el vínculo directo con un mundo virtual de redes sociales que no sabemos bien si dominamos o si nos domina. Por ahí andamos, con el mismo pasmo, con la misma euforia, tratando de ubicarnos en una realidad entablada con imágenes virales, memes, fake news, insultos, linchamientos y nuevos relatos que buscan la hegemonía; tratando de entender una nueva lógica de comunicación en la que todos participamos en caliente, al instante, en función de la simpatía o el odio que inspire el interlocutor. El resultado es una violencia en el debate público que no se veía desde los años treinta. Si durante setenta años la civilización intentó frenar los extremismos, desplazarlos a los márgenes de la actividad política y desactivar su poder seductor, la visceralidad del entorno virtual los ha revivido con enorme fuerza. Es alarmante comprobar que, cada vez con más frecuencia, la sensatez y las posturas moderadas resultan dudosas como táctica para ganar unas elecciones.
La vanguardia, que durante las primeras décadas del siglo XX fue una aliada de la política revolucionaria, a finales de los sesenta se convirtió en mercancía; y de lo que ha ocurrido en los últimos años en Europa, particularmente en España: el regreso de la política salvaje, de corte radical, ya no con el sello característico de las ideologías de izquierda y derecha —el comunismo o el fascismo—, sino agazapada bajo la máscara populista. En efecto, entramos en una nueva época en la que los dramas sociales y las reivindicaciones políticas sirven para promocionar y vender arte, y en la que algunos recursos estéticos y ciertas estrategias disruptivas del arte están siendo usados con éxito para publicitar y llevar a las instituciones al extremismo político.
Hay una paradoja detrás de estos fenómenos. Aunque era América Latina la que luchaba por asemejarse a Europa, ha sido Europa la que finalmente se ha dejado seducir con relativo éxito por el populismo latinoamericano.

La radicalización de la democracia de la que hoy tanto se habla no ha significado una depuración de la misma. Ha significado, más bien, que los radicales han empezado a participar en la contienda electoral con fórmulas salvajes, incorrectas, escandalosas, adaptadas de los realities, de las redes sociales e incluso inspiradas en los sabotajes de la vanguardia artística. Quienes despreciaban los rituales de la democracia liberal han descubierto que en aquella fiesta podían emborracharse, decir idioteces, manosear a la novia y salir en hombros aupados por carcajeantes invitados que solían detestar esos actos ceremoniosos. El radical deslenguado que dice lo que le sale de las tripas sin pensar en las consecuencias ya no solo está en las redes sociales; también aparece en los platós de televisión y en los mítines políticos.
La novedad es que ahora la política radical empieza a ser uno de los espectáculos predilectos, y en él también participamos todos. Twitter, Facebook, Instagram… Comentando el espectáculo lo agrandamos, lo inflamos, lo difundimos. De manera que no solo consumidores, también productores. Si la vanguardia quiso romper la barrera entre espectadores y actores para que la vida se hiciera arte, las redes sociales han roto la barrera entre consumidor y creador de contenidos convirtiéndonos a todos en fabricantes de espectáculo.

Las sociedades occidentales empezaban a estar hartas del machismo. Ya no era aceptable sugerir que una mujer carecía de capacidades para ocupar puestos de responsabilidad al frente de bancos, gobiernos o empresas. La niña temeraria transmitía todas estas ideas. Su postura desafiaba al símbolo por excelencia de la masculinidad, a la furia del capitalismo, a la ambición desmedida de los tiburones (o toros) de Wall Street.
En cuanto al toro original, la historia de cómo llegó a Wall Street revela que en ningún momento trató de ser un símbolo afín al capitalismo, mucho menos al macho indomable que triunfa en los negocios. Todo lo contrario. Di Modica instaló allí clandestinamente su obra después del crash económico de 1987. Lo suyo fue arte de guerrillas, una incursión para plantar una imagen que simbolizara la fortaleza y resistencia del pueblo norteamericano. El ímpetu pasional del toro desdeñaba la racionalidad tecnocrática de Wall Street. Nada tenía que ver con el capitalismo ni con el brío masculino, al menos hasta que llegó la agencia McCann Erickson. Con la niña que le puso enfrente, todo cambiaba. El toro de Di Modica quedaba vaciado de su significado original y se convertía en un símbolo de todo aquello —machismo, poder empresarial, poder económico— contra lo que tenían que luchar las mujeres.
Aquí, una vez más, la publicidad se servía de elementos artísticos y de los mejores anhelos de las sociedades para promocionar un producto.
El arte de nuestro tiempo vive una enorme paradoja. Es posible que nunca antes haya abordado con más insistencia los temas políticos.

En el mundo contemporáneo, donde todos competimos por alcanzar la visibilidad en los medios y la atención de los otros, convertirse en el vocero de una causa noble constituye una maravillosa estrategia para resaltar entre los demás. Esto no lo hacen solo los artistas. Cada vez que algún político dice alguna barbaridad…
Porque en un mundo en el que todos nos hemos convertido en productores de contenidos culturales, desde perfiles en las redes sociales hasta vídeos, opiniones o memes, todos hemos empezado a competir por la atención de los demás. Incluso los grandes nombres tienen que buscar estrategias de marketing para seguir siendo populares. El resultado es el fin de la pureza. Si me beneficio de aquello que critico, o si mis críticas me convierten en aquello que critico, todo lo que se diga o se haga habrá de ser rebajado y matizado. Puede que Banksy hubiera querido liberar al arte de todos los males que lo corrompen, pero no ha hecho más que perpetuarlos. Como cualquier político populista.
En estos nuevos tiempos salvajes todos somos primitivos haciendo ruido, tratando de llamar la atención. Es el botín al que aspiramos, la atención de los demás, su tiempo, lograr que se fijen en nosotros y no en los otros millones o billones de productores de contenidos. Todos nos hemos vuelto un poco populistas, porque todos competimos por sobresalir en esa jungla desmesurada y sin ley. Y como en toda jungla, los más fuertes, los más desfachatados, los más iracundos, los que con más facilidad se han deshecho de todas las restricciones impuestas por la civilización, son quienes han sacado mayor provecho.

Tabarnia replicó de forma irónica y bufonesca cada uno de los pasos dados por el nacionalismo. La teatralización solemne de los independentistas inspiró la teatralización bufa de los taberneses. Como una esponja, esta comunidad ficticia absorbió todas las ideas, quejas, resentimientos y demandas del nacionalismo. Desde entonces un cordón umbilical las alimenta con los mismos nutrientes: la ficción, la mentira, el delirio, la farsa. Y como el nacionalismo no se detiene, la ficción de Tabarnia ha crecido y evolucionado hasta convertir a Cataluña en un territorio borgiano. El espacio público, los medios de comunicación, los héroes nacionales y los símbolos se los disputan hoy dos ficciones. La diferencia entre Tabarnia y el nacionalismo es que los primeros saben, o al menos no ocultan, que han inventado una mentira.
Tabarnia ya tiene bandera, carnet de identidad, representantes gubernamentales; hasta anunciaron que prepararían un estatuto de autonomía. Es una bola de nieve: en la medida en que los independentistas se adjudiquen derechos, todos ellos, por la misma lógica del juego, se los adjudicarán a su contraparte fantástica. Tabarnia se ha erigido como una ficción que neutraliza a otra ficción. Lo más deslumbrante es que la entelequia llegó a ser potencialmente poderosa.
Como en la segunda década del siglo XX, a comienzos del XXI el humor y la irreverencia se enfrentan de nuevo a la ideología nacionalista y al fanatismo que alimenta. Quizá se trate de una pelea eterna. El ser humano se toma demasiado en serio a sí mismo, y en ocasiones llega a creerse Dios, un redentor convencido de haber descubierto el camino al paraíso. Pero entonces aparece la risa, que lo relativiza todo.

Hoy esos niños en pañales no se refugian en los garitos marginales que atraían a los revolucionarios y a los artistas de vanguardia, sino que se pasean por las instituciones más poderosas del mundo. El globo inflable de un Trump bebé, furibundo y en pañales, con su smartphone en la mano, que una agrupación crítica con el líder estadounidense pone a volar ante las sedes de las cumbres internacionales a las que asiste, lo resume con claridad.
Sí, qué duda cabe, son tiempos salvajes, paradójicos, inquietantes.

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Curious and interesting book on the theme of the antisystem that ends up being absorbed by the system.
The first virtue of Savages of a new era lies in the simplicity and clarity of the double hypothesis it defends. With a pleasant prose, Granés tries to weave a fluid plot between all these phenomena throughout the two chapters in which he divides his book: “The savage becomes capitalist (tensions between culture and the market)” and “The civilized it makes wild (artistic strategies in politics). ” Even more, on the edge of reading, and as in a game of mirrors, we will discover that one reflects the arguments of the other and that both converge towards a synthesis that wants to offer us a clearer vision of the uncertain era that has touched us live. An original critical perspective to interpret this and other disturbing drifts of the current moment and, above all, intelligently invites us to feed and keep the debate alive.
Today we are again primitive of a new era. It is no longer the elevator or the piston machines that fascinates us, but the smartphone and the direct link with a virtual world of social networks that we do not know well if we dominate or dominate us. There we walk, with the same step, with the same euphoria, trying to place ourselves in a reality engaged with viral images, memes, fake news, insults, lynchings and new stories that seek hegemony; trying to understand a new communication logic in which we all participate in hot, instantly, depending on the sympathy or hatred that inspires the interlocutor. The result is a violence in the public debate that has not been seen since the thirties. If for seventy years civilization tried to curb extremism, move them to the margins of political activity and deactivate their seductive power, the viscerality of the virtual environment has revived them with enormous force. It is alarming to see that, more and more frequently, good sense and moderate positions are doubtful as a tactic to win an election.
The vanguard, which during the first decades of the twentieth century was an ally of revolutionary politics, became a commodity in the late 1960s; and of what has happened in recent years in Europe, particularly in Spain: the return of savage, radical-cut politics, no longer with the hallmark of left and right ideologies – communism or fascism – but crouched under the populist mask. Indeed, we are entering a new era in which social dramas and political demands serve to promote and sell art, and in which some aesthetic resources and certain disruptive strategies of art are being used successfully to advertise and take to institutions to political extremism.
There is a paradox behind these phenomena. Although it was Latin America that struggled to resemble Europe, it was Europe that has finally been seduced with relative success by Latin American populism.

The radicalization of democracy that is being talked about so much today has not meant a cleansing of it. It has meant, rather, that the radicals have begun to participate in the electoral contest with wild, incorrect, scandalous formulas, adapted from realities, social networks and even inspired by sabotages of the artistic avant-garde. Those who despised the rituals of liberal democracy have discovered that at that party they could get drunk, say idiocy, clap their hands on the shoulders and go out on shoulders steeped by giggling guests who used to hate those ceremonial acts. The disembodied radical that says what comes out of the gut without thinking about the consequences is no longer only in social networks; It also appears on television sets and in political rallies.
The novelty is that now radical politics begins to be one of the favorite shows, and we all participate in it. Twitter, Facebook, Instagram … Commenting on the show we enlarge it, we inflate it, we spread it. So not only consumers, but also producers. If the avant-garde wanted to break the barrier between spectators and actors so that life became art, social networks have broken the barrier between consumer and content creator turning us all into show makers.

Western societies began to be fed up with machism. It was no longer acceptable to suggest that a woman lacked the capacity to hold positions of responsibility at the head of banks, governments or companies. The reckless girl conveyed all these ideas. His position challenged the symbol par excellence of masculinity, the fury of capitalism, the excessive ambition of sharks (or bulls) on Wall Street.
As for the original bull, the story of how he came to Wall Street reveals that at no time he tried to be a symbol related to capitalism, much less the indomitable male who triumphs in business. Quite the opposite. Di Modica clandestinely installed his work there after the economic crash of 1987. His art was guerrilla art, a raid to plant an image that symbolized the strength and resistance of the American people. The passionate impetus of the bull disdained the technocratic rationality of Wall Street. It had nothing to do with capitalism or the masculine spirit, at least until the McCann Erickson agency arrived. With the girl in front of him, everything changed. Di Modica’s bull was emptied of its original meaning and became a symbol of everything – machism, business power, economic power – against what women had to fight.
Here, once again, advertising used artistic elements and the best wishes of societies to promote a product.
The art of our time lives a huge paradox. It is possible that he has never addressed political issues with more insistence before.

In the contemporary world, where we all compete to achieve visibility in the media and the attention of others, becoming the spokesperson for a noble cause is a wonderful strategy to stand out from others. This is not only artists. Every time a politician says some barbarity …
Because in a world in which we have all become producers of cultural content, from social media profiles to videos, opinions or memes, we have all begun to compete for the attention of others. Even big names have to look for marketing strategies to remain popular. The result is the end of purity. If I benefit from what I criticize, or if my criticism makes me what I criticize, everything that is said or done will have to be reduced and nuanced. Banksy might have wanted to free art from all the evils that corrupt him, but he has done nothing but perpetuate them. Like any populist politician.
In these new wild times we are all primitive making noise, trying to get attention. It is the loot to which we aspire, the attention of others, their time, to get them to notice us and not the other millions or billions of content producers. We have all become a bit populist, because we all compete to excel in that excessive jungle without law. And as in every jungle, the strongest, the most destitute, the most angry, the ones who have most easily got rid of all the restrictions imposed by civilization, are the ones who have taken the most advantage.

Tabarnia* replied in an ironic and buffoon manner each of the steps taken by nationalism. The solemn theatricalization of the independentistas inspired the bufa theatricalization of the Taverns. Like a sponge, this fictional community absorbed all the ideas, complaints, resentments and demands of nationalism. Since then an umbilical cord feeds them with the same nutrients: fiction, lies, delirium, farce. And as nationalism does not stop, Tabarnia’s fiction has grown and evolved to make Catalonia a Borgian territory. Public space, the media, national heroes and symbols are disputed today by two fictions. The difference between Tabarnia and nationalism is that the former know, or at least do not hide, that they have invented a lie.
Tabarnia already has a flag, identity card, government representatives; They even announced that they would prepare a statute of autonomy. It is a snowball: to the extent that the independentistas are awarded rights, all of them, by the same logic of the game, will be awarded to their fantastic counterpart. Tabarnia has been erected as a fiction that neutralizes another fiction. The most dazzling thing is that the entelechy became potentially powerful.
As in the second decade of the twentieth century, at the beginning of the twenty-first century, humor and irreverence face again the nationalist ideology and the fanaticism that feeds. Maybe it’s an eternal fight. The human being takes himself too seriously, and sometimes God comes to believe himself, a redeemer convinced of having discovered the way to paradise. But then laughter appears, which relativizes everything.

Today, those children in diapers do not take refuge in the marginal garitos that attracted the revolutionaries and the avant-garde artists, but rather stroll through the most powerful institutions in the world. The inflatable balloon of a baby Trump, furious and in diapers, with his smartphone in his hand, which a critical group with the American leader puts to fly before the headquarters of the international summits he attends, sums it up clearly.
Yes, no doubt, they are wild, paradoxical, disturbing times.

*Tabarnia is the territory of Tarragona counterweight to the procés (the idea in order to freedom Catalonia as Independency from Spain).

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