Seamos Tan Inteligentes Como La Naturaleza — Gunter Pauli / The Third Dimension – Restoring Natural Resources & The Environment to Rebuild Communities

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Un libro interesante de los de generar debate. El pensamiento lineal y llano se interpone en el camino de producir abundante comida saludable y combustible para todos en el planeta. Las soluciones prácticas y probadas en este libro muestran que seguir las leyes de la naturaleza restaurará el medio ambiente, generará millones de empleos y reconstruirá comunidades.
Estamos viviendo unos tiempos interesantes. Nos enfrentamos a una encrucijada que nos está forzando a cuestionar nuestro modo de pensar en nuestras comunidades y a reconsiderar nuestra manera de vivir en este planeta, dónde nos atiborramos de comida (aunque no todos: 800 millones de personas en el mundo siguen estando malnutridas), adónde nos desplazamos, dónde distribuimos la riqueza y de qué manera agotamos los recursos naturales.
Los problemas que afrontamos hoy no tienen soluciones fáciles, y no hay manera de soslayarlos. Nuestro mismo estilo de vida actual no solo está poniendo en un serio riesgo el bienestar de una fracción demasiado grande de la población planetaria, sino también —y por encima de todo— probablemente está socavando las oportunidades de que las generaciones futuras puedan llevar vidas que valgan la pena y que sus necesidades primarias estén satisfechas.

La sobrepesca es un gran problema en todo el mundo, y está empujando a la extinción a casi todos los tipos de peces. Los gobiernos responden con cupos y regulaciones, pero las reservas de pescado continúan menguando a medida que aumenta la demanda, mientras que los beneficios para la salud de peces ricos en omega-3 como el salmón se publicitan en exceso. Entonces imaginamos que la piscicultura resolverá el problema. Esto ha llevado a proyectos industriales insostenibles e insalubres donde los salmones son alimentados con soja porque ya no queda suficiente anchoa y arenque (que también se pescan en exceso) para ellos. Las zonas donde hay piscifactorías se convierten en regiones contaminadas con excrementos e infestadas de piojos de mar que requieren más productos químicos, además de los pigmentos, potenciadores de sabor, hormonas y antibióticos que ya se emplean en abundancia. Pero la publicidad es convincente, tanto como la de las hamburguesas y los copos de maíz cuando se introdujeron: antes de conocer el producto, todos queríamos lo que ni siquiera habíamos llegado a imaginar que existía.
No, la piscicultura industrial no es la respuesta a la sobrepesca, y no, no asegurará el sustento a los hambrientos. Necesitamos una estrategia nueva y mejor. Necesitamos una estrategia que realmente sirva a la gente y a nuestro planeta. Necesitamos una estrategia que permita a los negociantes hacer lo que mejor hacen: crear valor. Necesitamos una estrategia que inspire a los emprendedores para que imaginen lo que sus padres nunca podrían haber imaginado ni sus profesores universitarios podrían haberles enseñado.
El resultado inevitable es que acabemos con millones de toneladas de residuos. Los desechos se dejan pudrir y, en el mejor de los casos, la biomasa se convierte en un suelo transformado o quemado, que contamina el aire y crea aún más estrés por la emisión no solo de gases de efecto invernadero, sino de partículas que provocan enfermedades respiratorias como el asma. Los «residuos» agrícolas nunca se usan para generar un céntimo extra, ni para proporcionar más alimento. Peor aún, hay incontables toneladas de recursos disponibles que preferimos desdeñar con la etiqueta de «malas hierbas». La estrategia simplista de la «actividad principal» es como un corsé que ignora la cascada natural del alimento, la energía y la materia. La agricultura moderna está cegada por los parámetros supersimplificados en los que se basa. Si uno mide solo en términos de granos de arroz, no ve más que granos de arroz.
Los alimentos orgánicos y el comercio verde son intentos de reorientar el sistema existente en una dirección menos mala. Es un ajuste de la misma corriente dominada por la lógica de las economías de escala y el empeño interminable en reducir costes.

Las granjas marinas no son nada nuevo. Los egipcios, los romanos, los chinos y los aztecas ya las pusieron en práctica. Los escoceses han estado criando salmón desde el siglo XVII. Las algas fueron un alimento básico de los colonos norteamericanos, y se convirtieron en una exquisitez en Japón. Acuicultores a lo largo de las costas de Chile, Filipinas, Namibia, Indonesia y Tanzania han estado reintroduciendo esta antigua práctica de cultivar algas y «verduras marinas». Tales cultivos tienen la capacidad de producir enormes cantidades de alimento rico en nutrientes. Un equipo de científicos encabezado por el doctor Ronald Osinga de la Universidad de Wageningen, en los Países Bajos, ha calculado que un área de 180.000 kilómetros cuadrados explotada en un rango de profundidad de no más de ocho metros, alrededor de una cuarta parte del estado de Texas, podría proporcionar proteína suficiente para toda la población mundial.
Necesitamos frutos del mar para nuestra salud. Por lo tanto, necesitamos mares saludables. El cultivo de algas tridimensional es el primer paso hacia la restauración del ecosistema oceánico. Con la moderna tecnología de plataforma, un avance inspirado en la industria petrolífera, el cultivo tridimensional en zonas costeras puede alcanzar una productividad de dimensiones asombrosas. Imaginemos una plataforma flotando bajo la superficie del mar, libre de la devastación de tormentas y olas, a seis metros de profundidad. Las algas se fijan a la estructura, lo cual facilita la cosecha. En el mar, cualquier forma de vida queda liberada de la agobiante fuerza de la gravedad. Eso permite un crecimiento exponencial.
La acuicultura marina tridimensional no puede compararse con nada de lo que tenemos, e inspirará a generaciones de científicos y emprendedores que ofrecerán oportunidades a la vez que alimentan a la población y proporcionan soluciones ecológicas a las sociedades. Y los cultivos tridimensionales en general ofrecen una oportunidad increíble de aliviar la pobreza y el hambre. No es un proceso como los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, que requieren décadas para conseguir los resultados deseados.

Vivimos en un mundo extraño donde nuestra factura de la tienda de comestibles sigue menguando, mientras que nuestros gastos médicos aumentan. Se puede ganar y ahorrar dinero produciendo una alimentación saludable al servicio de las comunidades.
Medimos el estado de nuestra sociedad mediante el cálculo del PIB. Sin embargo, este índice se computa con una calculadora que solo suma. Costes y beneficios se contabilizan sin discriminar entre actividades productivas y destructivas. Las familias y las empresas conocen la diferencia entre costes y beneficios.

Los monocultivos, motivados por el deseo de dominar la naturaleza, contienen este fallo inherente: ignoran cómo funciona el mundo natural. La naturaleza hace uso de sus «cinco reinos» —bacterias, algas, hongos, plantas y animales— para preservar la diversidad, el equilibrio y la higiene, promoviendo la vida y construyendo capital social con capacidad de recuperación. La naturaleza transfiere continuamente la acción, la materia, la energía y la nutrición de un reino a otro. Un virus que ataca a un cerdo no afecta a una planta.
Hay otra buena razón para promover la biodiversidad. La esencia de la alimentación es que proporciona nutrición. Las comunidades ancestrales dentro y alrededor del desierto de Kalahari tenían un conocimiento ampliamente distribuido entre todos sus miembros de los alimentos y la nutrición. El clan vivía de una dieta extremadamente variada que incluía más de cien plantas: treinta tipos de frutas, nueces y bayas, y dieciocho tipos de pasas. Las mujeres jóvenes conocían al menos trescientas plantas diferentes, cómo cocinarlas o aplicarlas como cura.

La biodegradabilidad es un proceso complejo y confuso que nos ha cegado. Para una sociedad sostenible basada en los recursos disponibles localmente, necesitamos algo mejor: las materias primas deben provenir de una fuente continuamente renovable. Incluso cuando los materiales sean «verdes», sus fuentes no deberían depender de una agricultura que destruye ecosistemas o una minería que acaba agotando las reservas existentes y deja atrás pueblos fantasma. El diseño y la producción cambian drásticamente cuando la atención se centra en la renovabilidad. Seamos claros y digámoslo abiertamente: el desarrollo económico a largo plazo y la viabilidad de las comunidades dependen de la valoración de los recursos renovables y del acceso justo y continuo a los mismos.

Los economistas nos dicen que nunca habrá recursos suficientes para satisfacer las aparentemente ilimitadas carencias humanas, y que aun cuando los bienes estuvieran ahí, no tendríamos dinero suficiente para comprarlos. Esta es una perspectiva inquietante porque básicamente nos dice que la pobreza ha venido para quedarse, hagamos lo que hagamos. La escasez está en la raíz del actual modelo económico, y es el factor dominante de la búsqueda de eficiencia. Sin escasez no hay mercados reales, y todo el mundo podría pedir cualquier precio. Así pues, si queremos precios más altos para maximizar nuestro beneficio, necesitamos de la escasez. La economía de mercado se convierte en el vehículo para asignar los recursos escasos de la manera más eficiente a los que están dispuestos a pagar lo máximo. Y cuando el coste de un material escaso pero necesario es elevado, no es sorprendente que miles de millones de personas padezcan hambre y pobreza. De hecho, si uno observa cómo funciona la economía en la práctica, entonces parece que la pobreza es una condición previa para que los mercados sean eficaces, ya que el día que todo el mundo deje de tener carencias los mercados dejarán de determinar los precios según la oferta y la demanda.
Ahora bien, ¿es real la escasez? Sí, es real cuando usamos y desechamos. La escasez no es real cuando aprovechamos lo que tenemos y añadimos valor a todos los recursos disponibles. Eso significa optimizar todos nuestros recursos.
Es fácil convertir la escasez en abundancia. La escasez es una profecía que se cumple por sí sola cuando economistas y biólogos excluyen oportunidades fácilmente disponibles. Tenemos la oportunidad de planear la abundancia. El efecto inmediato es que la comida se volverá muy barata, no en virtud de la explotación laboral y el abuso de los recursos comunitarios, sino por la generación de tanto valor añadido y tantos beneficios que podremos responder a las necesidades de todos simplemente con lo que ya tenemos.

Estamos en el umbral de un cambio trascendental. De hecho, la escala de la transformación emergente ha ido más allá de lo que nunca habíamos sido capaces de imaginar. Seguimos en marcha, paso a paso, preparados para correr más rápido y más lejos allí donde veamos surgir una oportunidad.

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Overfishing is a big problem worldwide, and is pushing almost all types of fish to extinction. Governments respond with quotas and regulations, but fish stocks continue to decline as demand increases, while the health benefits of fish rich in omega-3s such as salmon are over-publicized. Then we imagine that fish farming will solve the problem. This has led to unsustainable and unhealthy industrial projects where salmon are fed soybeans because there is no longer enough anchovy and herring (which are also overfished) for them. The areas where there are fish farms become regions contaminated with droppings and infested with sea lice that require more chemicals, in addition to pigments, flavor enhancers, hormones and antibiotics that are already used in abundance. But the publicity is convincing, as much as that of hamburgers and cornflakes when they were introduced: before knowing the product, we all wanted what we hadn’t even imagined existed.
No, industrial fish farming is not the answer to overfishing, and no, it will not ensure sustenance for the hungry. We need a new and better strategy. We need a strategy that really serves the people and our planet. We need a strategy that allows traders to do what they do best: create value. We need a strategy that inspires entrepreneurs to imagine what their parents could never have imagined, nor could their university professors have taught them.
The inevitable result is that we end up with millions of tons of waste. The waste is left to rot and, at best, the biomass becomes a transformed or burned soil, which pollutes the air and creates even more stress by the emission not only of greenhouse gases, but of particles that cause respiratory diseases such as asthma. Agricultural «waste» is never used to generate an extra cent, or to provide more food. Worse, there are countless tons of resources available that we prefer to disregard with the «weeds» label. The simplistic strategy of the «main activity» is like a corset that ignores the natural cascade of food, energy and matter. Modern agriculture is blinded by the supersimplified parameters on which it is based. If one measures only in terms of rice grains, one sees only rice grains.
Organic food and green commerce are attempts to redirect the existing system in a less bad direction. It is an adjustment of the same current dominated by the logic of economies of scale and the endless effort to reduce costs.

Marine farms are nothing new. The Egyptians, the Romans, the Chinese and the Aztecs already put them into practice. The Scots have been raising salmon since the 17th century. Algae were a staple food of American settlers, and became a delicacy in Japan. Aquaculture farmers along the coasts of Chile, the Philippines, Namibia, Indonesia and Tanzania have been reintroducing this ancient practice of growing seaweed and «sea vegetables.» Such crops have the ability to produce huge amounts of nutrient-rich food. A team of scientists led by Dr. Ronald Osinga of the University of Wageningen, in the Netherlands, has estimated that an area of 180,000 square kilometers exploited in a depth range of no more than eight meters, about a quarter of the state from Texas, it could provide enough protein for the entire world population.
We need foods from the sea for our health. Therefore, we need healthy seas. The cultivation of three-dimensional algae is the first step towards the restoration of the oceanic ecosystem. With modern platform technology, an advance inspired by the oil industry, three-dimensional cultivation in coastal areas can achieve productivity of astonishing dimensions. Imagine a platform floating beneath the surface of the sea, free from the devastation of storms and waves, six meters deep. Algae are fixed to the structure, which facilitates harvest. In the sea, any form of life is freed from the overwhelming force of gravity. That allows exponential growth.
Three-dimensional marine aquaculture cannot be compared to anything we have, and will inspire generations of scientists and entrepreneurs who will offer opportunities while feeding the population and providing ecological solutions to societies. And three-dimensional crops in general offer an incredible opportunity to alleviate poverty and hunger. It is not a process like the UN Sustainable Development Goals, which require decades to achieve the desired results.

We live in a strange world where our grocery bill continues to decline, while our medical expenses increase. You can earn and save money by producing a healthy diet at the service of communities.
We measure the state of our society by calculating GDP. However, this index is computed with a calculator that only adds up. Costs and benefits are accounted for without discriminating between productive and destructive activities. Families and businesses know the difference between costs and benefits.

Monocultures, motivated by the desire to dominate nature, contain this inherent failure: they ignore how the natural world works. Nature uses its «five kingdoms» – bacteria, algae, fungi, plants and animals – to preserve diversity, balance and hygiene, promoting life and building social capital with resilience. Nature continually transfers action, matter, energy and nutrition from one kingdom to another. A virus that attacks a pig does not affect a plant.
There is another good reason to promote biodiversity. The essence of food is that it provides nutrition. The ancestral communities in and around the Kalahari desert had widely distributed knowledge among all their members of food and nutrition. The clan lived on an extremely varied diet that included more than one hundred plants: thirty types of fruits, nuts and berries, and eighteen types of raisins. Young women knew at least three hundred different plants, how to cook them or apply them as a cure.

Biodegradability is a complex and confusing process that has blinded us. For a sustainable society based on locally available resources, we need something better: raw materials must come from a continuously renewable source. Even when the materials are «green,» their sources should not depend on agriculture that destroys ecosystems or mining that ends up depleting existing reserves and leaving ghost towns behind. Design and production change dramatically when the focus is on renewability. Let us be clear and say it openly: long-term economic development and the viability of communities depend on the valuation of renewable resources and on fair and continuous access to them.

Economists tell us that there will never be enough resources to meet the seemingly unlimited human needs, and that even if the goods were there, we would not have enough money to buy them. This is a disturbing perspective because it basically tells us that poverty has come to stay, whatever we do. The shortage is at the root of the current economic model, and is the dominant factor in the search for efficiency. Without scarcity there are no real markets, and everyone could ask for any price. So, if we want higher prices to maximize our profit, we need shortages. The market economy becomes the vehicle to allocate scarce resources in the most efficient way to those who are willing to pay the maximum. And when the cost of a scarce but necessary material is high, it is not surprising that billions of people suffer from hunger and poverty. In fact, if one observes how the economy works in practice, then it seems that poverty is a precondition for markets to be effective, since the day that everyone ceases to be lacking, markets will cease to determine prices according to Supply and demand.
Now, is the shortage real? Yes, it is real when we use and discard. The shortage is not real when we take advantage of what we have and add value to all available resources. That means optimizing all our resources.
It is easy to turn scarcity into abundance. Scarcity is a prophecy that is fulfilled by itself when economists and biologists exclude readily available opportunities. We have the opportunity to plan abundance. The immediate effect is that food will become very cheap, not by virtue of labor exploitation and abuse of community resources, but by the generation of so much added value and so many benefits that we can respond to everyone’s needs simply with what we have.

We are on the threshold of a momentous change. In fact, the scale of the emerging transformation has gone beyond what we had never been able to imagine. We keep going, step by step, ready to run faster and further where we see an opportunity arise.

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