Los Pasos Del Héroe. Memoria De Alejandro Magno — Martha Robles / The Steps Of The Hero. Memory of Alexander the Great by Martha Robles (spanish book edition)

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Me gustan los libros de esta escritora tapatía y este es interesante en una época de héroes muy pobres.
El tiempo de Alejandro Magno, sobrepoblado de dioses temibles que se entrometían en los asuntos humanos, murmuradores, envidiosos y sobre todo expertos en prodigar lenguajes reales y falsos durante el sueño o el despertar, estuvo gobernado por mitos, adivinos, actos rituales, sacerdotes y magos que interpretaban los mensajes dados al hombre por los dioses y el destino mediante una hábil lectura de la conducta y de los reguladores de esa conducta; podían leer agüeros en la puesta del sol, el color de la madrugada, un eclipse, el canto de un ave o cualquier apariencia que se presentara a los sentidos. Hijo de una sibila afamada por sus excesos y supersticiones perversas, el carácter de Alejandro de Macedonia estuvo formado, antes que por Aristóteles, por ficciones engendradas con temeridad e invulnerables a nuestra certeza del tiempo o el espacio.
El atractivo de Alejandro Magno no proviene del triunfo de sus batallas ni del desmesurado desplazamiento de sus ejércitos por regiones inescrutables, sino de la hazaña de haber amalgamado el concepto del universo griego con la tiniebla oracular de Siwah —la reinvención poética de la fábula nocturna que lo fascinara en Oriente— y esa mezcla de misterio y realidad que le hizo congregar elementos del Estado moderno sobre cimientos que, aunque disímiles, compartían la misma pasión por unas cuantas figuras arquetípicas e individuales.

Alejandro creció en el misterio. Su espíritu quiso lo que quiso y no hubo para él obstáculo que le impidiera buscarlo en el pequeño universo inventado por Grecia y codiciado después por los sucesores de Ciro. Cultivó su propio saber al lado del adquirido y en el camino atinó con la intuición que lo acompañó al decidirse por lo desconocido sin más guía que la necesidad de llegar a algo. Avanzar, ir más allá y abarcar lo imposible eran sus metas. El movimiento era en sí el heraldo que corroboraba los triunfos; y la patria, una entidad sin fronteras para alojar el espíritu griego. No importaba cuán poderosos fueran los dioses de los vencidos ni cuánto influyeran los nobles en cada región, Alejandro de Macedonia, sin combatirlos directamente ni agredir su legítima posición que conservaban en lo secundario, imponía las leyes helenas bajo regímenes tributarios.
Con ser necesarios, el caballo, la espada y el manto real no conformaban lo indispensable a su naturaleza guerrera. Le faltaban el gobierno de hombres contados por miles, la sensación de llenar el mundo con su presencia y la certidumbre de sentir en sus venas el sagrado líquido de los dioses. Anhelaba, además, colmar su apetito de eternidad con la creación de una patria tan grande, diversa y unificada que nadie jamás la ignorara ni pensara la idea del Estado sin detenerse en la edad que él fundó con los rudimentos legados por un aprendizaje temprano.
Abundaron las falsas noticias del esplendor cuando su conquista se amplió por el peso de la insinuación repetida. La historia no rescató un solo informe verídico con el que se pudiera deslindar la leyenda de los hechos. Su memoria engendró rumores que por igual se prestaron para nutrir el apetito de gloria de los panegiristas que el odio enconado de los fundamentalistas que no se fatigaban en la tarea de prodigar diatribas. Visto a la distancia de los veintitrés siglos que han transcurrido desde su muerte, reconocemos al personaje congruente con la imaginación de un tiempo sensible a los mitos. La multitud de prodigios, horrores, enfrentamientos y hallazgos que traman al personaje incita a inclinarse en favor de la revoltura de ficción y realidad que dio pie a la leyenda que entusiasmó a los narradores de la Edad Media europea, quienes relataban de plaza en plaza hazañas sin cuento de un hombre que se soñó sobrehumano, hijo de Amón, bicorne y regente del Nilo, o tan insignificante en las cuestiones de amor que reservó a los secretos de alcoba las mejores escenas de su sensualidad perturbada por el influjo de los eunucos persas.
El miedo fue su motor. Un miedo sutil al fracaso y no tan sutil tratándose de forzar los oráculos en favor del círculo de tinieblas que sembraba sus noches con figuraciones sangrientas y destellos de pesadilla.

No era sencillo en la Antigüedad obtener el título de rey, ni siquiera para Alejandro. Los asuntos del mundo estaban demasiado enredados a los designios olímpicos y la vida podía empeñarse en luchas descarnadas para arrebatarse los mandos. Inclusive en la palabra designación estaba implicado el designio divino. Elegir monarca significaba coincidir en la Tierra con el elegido de antemano por el destino. Examinadas con detenimiento, aun en nuestro idioma esas voces relativas al poder y al dinero están vinculadas al lenguaje indiviso de la religiosidad: crédito proviene de credo; fideicomiso de fe; el arca es evocadora del cofre sagrado y la lealtad del apego supremo; confianza no es otra cosa que ir con fe o tener fe, y fidelidad también se relaciona con la fe en un poder superior. A los griegos debemos esta transposición de conceptos que empleamos sin reparar en sus fuentes aunque, de manera indirecta, continúe prevaleciendo el poder absoluto en la vida social de nuestras comunidades.
Sentirse elegido desde antes del nacimiento era, para Alejandro, suficiente motivo para hacerse acreedor del reino. Creció con la certeza de su legitimidad. Jamás dudó de que estaba llamado a las hazañas heroicas.
Los persas, desde los días de los Jerjes y los Artajerjes descendientes de Ciro y fundadores de una dinastía imperial que comenzó a extenderse hacia el Mediterráneo en forma de enormes brazos que abarcaban Grecia y Egipto, eran odiados por su crueldad, por sus intempestivos ataques y por la inconsistencia de sus códigos militares, a pesar de contar con una caballería notable que, al enfrentarse con los hoplitas o infantes de a pie, arrasaban con cierta facilidad. Los helenos los calificaron de bárbaros para distinguirlos de los demócratas y acentuar, con el adjetivo, el nivel rudimentario de sus tiranías y organizaciones monárquicas. Ejecutaban sin juicio previo, infligían castigos y mutilaciones tremendas al enemigo y aun a quienes, entre su propia gente, eran sospechosos de delincuencia. De entonces procede la costumbre, arraigada en el actual Islam y quizá recogida posteriormente en la Biblia con otros usos de Oriente, de sancionar bajo la Ley del Talión y reservar el perdón a la autoridad absoluta del rey, en quien recaían atributos divinizados.
Mundo de ritos y tradiciones quizá exageradas para llenar de sentido los días de entreguerras y una alta incidencia de muertes tempranas: el compartido por Alejandro y Darío sella la edad ateniense para dejar al desnudo la turbulencia que distingue los cambios en la historia del Hombre, a partir de una extraña relación entre los deseos más profanos y la voluntad inviolable de las entidades. Tantas luchas y acomodos del mando no hacían sino moldear el carácter para situar un sentido de ser frente a la vida y la muerte. Parecen de fábula los desplazamientos fatuos y no tan fatuos para satisfacer placeres y miedos de quienes, entre el tribalismo y un depurado alcance del pensamiento, discurrían expresiones efímeras para embellecer el tremendo peso de la fortuna. En tales esfuerzos estaban sin embargo comprometidos el afán de superación y la necesidad de sedimentar la memoria de sus vidas a través de construcciones monumentales, hazañas extraordinarias o miniaturas artísticas en las que cupieran sus sueños.
Grecia era entonces lo que podríamos llamar corazón y cabeza de Occidente: un semillero de conquistas filosóficas, políticas, artísticas y morales que coronaron la invención de la democracia.

Tal vez el oasis prefiguró su aureola divinizada, pero también encendió en su conciencia el temor a la muerte. Los profetas fueron cautelosos al proferir sus mensajes porque, además de sacerdotes, manejaban con destreza el poder. Vivían al acecho del báculo imperial. Menos clarividentes que intuitivos, entonces alentaron un sueño de omnipotencia en torno del enigma de la gema, sin descuidar la sutil carcoma que mudaría en noches de horror y pesadilla hasta sancionar la gloria de Alejandro:
Los elegidos de los dioses mueren jóvenes.
El acto de eliminar la función del Ágora y la Asamblea fue por completo totalitario, así como la desaparición de cuanto tuviera que ver con la civilidad y el compromiso de la razón pública o la dignidad individual, amparadas por el derecho ateniense. Tales hechos, producto de su delirio autárquico, se revirtieron contra él porque lo increparon sus amigos más fieles aun a costa de arriesgar sus vidas, como ocurriera con Parmenión y Kleitus el Negro, ambos señalados por un oscuro final, asociado al furor de Alejandro. Se expandieron la disipación y el desorden entre la oficialía y las sublevaciones internas en el ejército estuvieron a punto de echar por tierra lo conquistado. De no haber impuesto medidas que por su criminal severidad restauraron la disciplina, él mismo habría sufrido la más humillante desgracia a causa de sus errores.
Decisivo en su historia, aquel año, 330 a.C., fechó el tránsito político, emocional y religioso del Alejandro griego con aspiraciones demócratas al Alejandro enseñoreado en Asia y entregado a los vicios. Tiempo de someter ciudades y satrapías estratégicas, de batirse con las facciones intermedias de los bárbaros, de doblegar a Darío en Arbela.

El macedonio sorprende, irrita, divierte y se disfraza en los enigmas de nigromantes, taumaturgos, sibilinos y demás conductores de fuerzas oscuras. Sigue enredado en el misterio de un solo poder personal y las leyes de la fortuna. Un poder tan indudablemente personal y afianzado por alguna voluntad invisible que nada más era necesario morir él para que se fragmentara su imperio. Poder, lo que se dice poder, era el que tuvo Alejandro, porque nadie podía descifrarlo, pero todos se sometían a su voluntad. Su dominio absoluto no consistió en su fuerza física o de conquista; tampoco ostentó firmeza moral, con ser el helenismo su signo unificador. Su enigma comenzó en la imaginación de los otros, gracias al auxilio sagrado de los Olímpicos. De ahí su intensidad y el sello mítico de sus actos mundanos, pues lo sagrado regía el universo de la Antigüedad y sólo la hondura religiosa era capaz de aclarar lo incomprensible a los hombres. Hay que reconocer que el inaudito reino histórico y literario de Alejandro congregó el misterio del mando y el secreto de un hombre distinto de los de su especie. No son muchos los personajes capaces de mudar en leyenda y de sostener su prestigio mítico durante milenios. Por sobre la controversia que suscita su aventura bélica, la figura de Alejandro es en verdad fascinante, inclusive para una mentalidad sofisticada de nuestros días.
En su nombre concurren desde el supuesto del genio y del héroe elegido, la simultaneidad compatible del hombre, la idea y el movimiento transformador de una época hasta la más absurda hipótesis de la congregación de signos históricos. Todo puede abonarse al misterioso poder de Alejandro, pero siempre acabaremos por repetir, con Tolstoi, que la historia es como un sordo que responde a preguntas que nadie le hace. Ofrece lo no requerido, exhibe datos y anuda episodios y fechas, pero siempre se reserva la aclaración del poder que mueve y transforma el destino. En lo que se refiere al privilegio que distinguió al macedonio, abundan respuestas vagas que no convencen, evocaciones y sugerencias; nada, sin embargo, “desenreda” su enigma ni descifra su sortilegio. Así de apretada, como el nudo de Gordio que él resolvió, sería la trama de sus ardides en la red oracular que lo enaltecería dotándolo de inmortalidad, como se augurara en Siwah.
La insana mezcla de eunucos y adolescentes, de aspiraciones griegas y lascivia persa con espectáculos báquicos fue lo que más indignó al valeroso Kleitus. También costaría la vida a Filotas, Parmenión y Calístenes. El declive moral de Alejandro fue irrefrenable a partir de estas ejecuciones y asesinatos. Inclusive unas semanas después de haber matado a Kleitus, aún enfermo de arrepentimiento y en estado de embriaguez permanente, participó con Calístenes del vulgar enredo homosexual que confirmó la advertencia del hijo de su nodriza. Aristóbulo refirió que el cronista fue cargado de grillos y que así acompañaba al ejército, hasta que murió de enfermedad. Tolomeo, en cambio, supuso que fue sujeto a tortura y que luego, ahorcado, Calístenes se suicidó. Sea cual fuere la verdad, todos coinciden en que el mayor enemigo de Alejandro era su propia inmoralidad.
Lo más arriesgado y en abierto declive se sobrevino a partir del otoño del 324, cuando Alejandro presenció amenazas de huelga de la soldadesca europea que, atenazada por deudas acumuladas, desarraigados y sin adaptarse a la política de poblamiento, empeoró la confusión a causa del reclutamiento masivo de medos y persas que integrarían el nuevo ejército de confianza del soberano. Fastidiados de que el autoritarismo real se legitimara con el sobrenombre de “hijo de Amón”, los batallones corearon la voz de los instigadores, presididos al parecer por seis mil falangistas que alegaban estar ahí contra su voluntad, y determinaron condenar la autocracia en nombre de la Asamblea.
Con seis mil que se hubieran sublevado de los doscientos cincuenta mil o trescientos mil que quizá estaban reunidos al reagrupar divisiones en Persia, era bastante para desencadenar la tragedia. Como dedos de una misma mano, las divisiones obedecían a Alejandro al continuar su conquista. Desintegrar cualquiera de ellas quebrantaría la unidad y pondría en riesgo el imperio.

Tendrían que pasar siglos y aun milenios para que propios y extraños se dieran cuenta de que, por sobre la hazaña monumental de un hombre que quiso jugar a la divinidad, prevaleció una de las más significadas herencias históricas de las que se desprenderían conceptos de Estado, imperialismo, colonización, helenismo y mestizaje cultural. Esto, bajo el símbolo del héroe humanizado que añora un pasado irrecuperable y avanza hacia el porvenir como hombre imbuido de heroicidad para construir los cimientos simbólicos de la historia de nuestra actual civilización.
Murió Alejandro en la Olimpiada CXIV, siendo arconte en Atenas Hegesias. Vivió 32 años con 8 meses, como lo afirma Aristóbulo. Reinó durante 12 años y 8 meses. Fue de hermosa talla, grande tolerancia en los trabajos, vivísima inteligencia y dotado de mucha magnanimidad. Fue ansiosísimo de la gloria y la alabanza, atrevidísimo en los peligros, fiel observante del culto debido a los dioses, muy señor de sí en los placeres corporales —lo que significa que nunca abandonó ningún negocio por la bebida— y en los placeres que tocan al alma solamente insaciable en el deseo de la gloria. Fue de agudísimo ingenio para ver en las cosas oscuras cómo debía procederse y sumamente hábil para conjeturar por indicios la verdad. Fue peritísimo en armar y mandar ejércitos, eximio en infundirles ánimo a los soldados y llenarlos de esperanzas en la victoria y en quitarles el miedo a los peligros mediante el desprecio de los peligros propios.
Acometía con audacia suma las empresas cuyo éxito parecía dudoso y era diligentísimo en adelantarse al enemigo y acometerlo antes de que éste temiera su llegada.
Sea cual fuere la causa de su atracción milenaria, Alejandro de Macedonia es uno de los escasísimos personajes que saltan por sobre la lógica para crecer y avanzar en una región intermedia entre la aventura, el azar, el sueño, la pasión, la incertidumbre, el dolor, el poder y la muerte no sin rozar, en ocasiones idílicas, el universo y los atributos que se han reservado a los dioses mediante lenguajes diversos y por procedimientos que van desde los más primitivos hasta las sofisticaciones más intrincadas de la fábula literaria.
Según investigaciones contemporáneas y de manera coincidente a los datos recogidos por Arriano, la enfermedad de Alejandro comenzó el 18 daisios, o sea el 3 de junio del 323 antes de Cristo, y su muerte ocurrió el 13 del mismo mes. Las fiebres que le acometieron eran, al parecer, un simple ataque de malaria que la ciencia de entonces fue incapaz de descubrir y sanar. Lo asombroso no se remite a los pormenores del final de su vida, sino a la pasión que cifró su destino. Grande por sus hazañas y más grande aún por legarnos el signo de Alejandría en la cultura de Occidente, Alejandro fue el último de los héroes épicos y, por su idea de un gran Estado fortalecido por sus instituciones jurídicas, el primer mandatario de los tiempos modernos.

El rey Alejandro designa como rey de la comarca de la India extendida a lo largo del río Hidaspes, a Taxila, y de la que se extiende desde el Hidaspes hasta el río Indo, a Poro y sobre los Paraponisadas designa rey a Oxiartres de Bactria, el padre de su esposa Roxana… Las comarcas de Bactria y de Susa, para Filipo; la Partia y las tierras colindantes de Hircania, para Fratafermes; Carmania, a Tlepólemone, y Persia, a Pencestes. Que el sátrapa Orxines se traslade a Media.
Designa el rey Alejandro a Olcias como rey de Iliria. Le concede que se traiga de Asia quinientos caballos y cuatro mil talentos. Que con ellos edifique un templo y dedique estatuas a Amón, Heracles, Atenea, Olimpia y Filipo. Que los gobernadores del reino consagren imágenes y estatuas doradas en Delfos. Que también eleve Pérdicas estatuas broncíneas de Alejandro a Amón, Heracles, Olimpia y Filipo.
De todas estas disposiciones sean testigos y supervisores los dioses olímpicos y Heracles, el fundador de la estirpe del rey Alejandro.
Con estas palabras finales, Alejandro de Macedonia, Rey del Universo, conquistador sin par y aventurero voluntarioso hasta emitir su último aliento, dio por concluida su estancia en el mundo.

Libros de la autora comentados en el blog:

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I like the books of this Tapatia (Mexican from Guadalajara) writer and this one is interesting in a time of very poor heroes.
The time of Alexander the Great, overpopulated with fearsome gods who meddled in human affairs, murmuring, envious and especially experts in lavising real and false languages during sleep or awakening, was governed by myths, fortune tellers, ritual acts, priests and magicians who interpreted the messages given to man by the gods and destiny through a skillful reading of behavior and regulators of that behavior; They could read omens at sunset, the color of the dawn, an eclipse, the song of a bird or any appearance that presented itself to the senses. Son of a sibyl famous for his excesses and perverse superstitions, the character of Alexander of Macedonia was formed, rather than by Aristotle, by fictions engendered with recklessness and invulnerable to our certainty of time or space.
The appeal of Alexander the Great does not come from the triumph of his battles or from the excessive displacement of his armies through inscrutable regions, but from the feat of having amalgamated the concept of the Greek universe with the ocular darkness of Siwah – the poetic reinvention of the nocturnal fable that he will be fascinated in the East — and that mixture of mystery and reality that made him gather elements of the modern state on foundations that, although dissimilar, shared the same passion for a few archetypal and individual figures.

Alejandro grew up in mystery. His spirit wanted what he wanted and there was no obstacle for him that prevented him from looking for him in the little universe invented by Greece and later coveted by the successors of Cyrus. He cultivated his own knowledge next to the acquired and along the way he managed with the intuition that accompanied him when deciding on the unknown without more guidance than the need to reach something. Moving forward, going beyond and encompassing the impossible were his goals. The movement itself was the herald that corroborated the triumphs; and the homeland, an entity without borders to house the Greek spirit. No matter how powerful the gods of the vanquished were or how much the nobles influenced each region, Alexander of Macedonia, without directly fighting them or attacking their legitimate position they held in the secondary, imposed the Hellenic laws under tax regimes.
With being necessary, the horse, the sword and the royal mantle did not conform the indispensable to its warrior nature. He lacked the government of men counted by thousands, the sensation of filling the world with his presence and the certainty of feeling in his veins the sacred liquid of the gods. He also longed to fulfill his appetite for eternity with the creation of a homeland so large, diverse and unified that no one would ever ignore it or think about the idea of the State without stopping at the age he founded with the rudiments bequeathed by early learning.
The false news of splendor abounded when its conquest was extended by the weight of repeated insinuation. The story did not rescue a single true report with which the legend of the facts could be separated. His memory engendered rumors that equally lent themselves to nourish the appetite of glory of the panegyrists that the bitter hatred of the fundamentalists who did not get fatigued in the task of prodigating diatribes. Seen at the distance of the twenty-three centuries that have elapsed since his death, we recognize the character congruent with the imagination of a time sensitive to myths. The multitude of wonders, horrors, confrontations and findings that plot the character prompts to lean in favor of the revolt of fiction and reality that gave rise to the legend that excited the narrators of the European Middle Ages, who recounted from place to place feats without a story of a man who dreamed superhuman, son of Amun, bicorne and regent of the Nile, or so insignificant in matters of love that he reserved the best scenes of his sensuality disturbed by the influence of the Persian eunuchs to the bedroom secrets.
Fear was his engine. A subtle fear of failure and not so subtle in trying to force the oracles in favor of the circle of darkness that sowed their nights with bloody figurations and nightmare flashes.

It was not easy in antiquity to obtain the title of king, not even for Alexander. The affairs of the world were too entangled in the Olympic designs and life could be engaged in stark struggles to snatch the controls. Even in the word designation the divine design was implied. Choosing a monarch meant coinciding on Earth with the one chosen beforehand by fate. Examined carefully, even in our language those voices related to power and money are linked to the undivided language of religiosity: credit comes from creed; faith trust; the ark is reminiscent of the sacred chest and the loyalty of supreme attachment; Trust is nothing other than going with faith or having faith, and fidelity also relates to faith in a higher power. To the Greeks we owe this transposition of concepts that we employ regardless of their sources although, indirectly, absolute power continues to prevail in the social life of our communities.
Feeling elected from before birth was, for Alejandro, enough reason to become a creditor of the kingdom. He grew up with the certainty of his legitimacy. He never doubted that he was called to heroic feats.
The Persians, from the days of the Xerxes and the Artaxerxes descendants of Cyrus and founders of an imperial dynasty that began to spread to the Mediterranean in the form of huge arms that encompassed Greece and Egypt, were hated for their cruelty, for their untimely attacks and because of the inconsistency of their military codes, despite having a notable cavalry that, when faced with hoplites or foot infants, swept through with some ease. The Hellenes described them as barbarians to distinguish them from the Democrats and accentuate, with the adjective, the rudimentary level of their tyrannies and monarchical organizations. They executed without prior trial, inflicted tremendous punishment and mutilation on the enemy and even those who, among their own people, were suspected of crime. From then on, the custom proceeds, rooted in present-day Islam and perhaps later collected in the Bible with other uses of the East, to sanction under the Law of the Talion and reserve forgiveness to the absolute authority of the king, to whom divinized attributes fell.
World of rites and traditions perhaps exaggerated to make sense the interwar days and a high incidence of early deaths: the one shared by Alejandro and Darío seals the Athenian age to leave bare the turbulence that distinguishes the changes in the history of Man, to Starting from a strange relationship between the most profane desires and the inviolable will of the entities. So many struggles and comforts of command only shaped the character to place a sense of being in the face of life and death. Fabulous displacements seem fabulous and not so fatuous to satisfy pleasures and fears of those who, between tribalism and a refined reach of thought, ephemeral expressions ran to beautify the tremendous weight of fortune. In such efforts, however, the desire to excel and the need to sediment the memory of their lives through monumental constructions, extraordinary feats or artistic miniatures in which they fit their dreams were compromised.
Greece was then what we could call the heart and head of the West: a hotbed of philosophical, political, artistic and moral conquests that crowned the invention of democracy.

Perhaps the oasis foreshadowed its divinized halo, but it also ignited in its consciousness the fear of death. The prophets were cautious in uttering their messages because, in addition to priests, they skillfully handled power. They lived on the prowl of the imperial staff. Less clairvoyant than intuitive, then they encouraged a dream of omnipotence around the enigma of the gem, without neglecting the subtle woodworm that would change in nights of horror and nightmare until sanctioning the glory of Alexander:
The elect of the gods die young.
The act of eliminating the function of the Agora and the Assembly was completely totalitarian, as well as the disappearance of everything related to civility and the commitment of public reason or individual dignity, protected by Athenian law. Such facts, the product of his self-delirious delirium, turned against him because his most loyal friends unbelieved him even at the cost of risking their lives, as was the case with Parmenión and Kleitus the Black, both marked by a dark end, associated with Alexander’s fury. The dissipation and disorder between the officers and the internal uprisings in the army expanded to destroy the conquered. If he had not imposed measures that by his criminal severity restored discipline, he himself would have suffered the most humiliating misfortune because of his mistakes.
Decisive in its history, that year, 330 BC, dated the political, emotional and religious transit of the Greek Alexander with democratic aspirations to the Alexander ruled in Asia and delivered to the vices. Time to submit cities and strategic satrapies, to fight with the intermediate factions of the barbarians, to bend to Darius in Arbela.

The Macedonian surprises, irritates, entertains and disguises himself in the riddles of necromancers, casters, sibyllins and other drivers of dark forces. Still entangled in the mystery of a single personal power and the laws of fortune. A power so undoubtedly personal and strengthened by some invisible will that nothing else was necessary to die to fragment his empire. Power, what is said to be power, was what Alejandro had, because no one could decipher it, but everyone submitted to his will. His absolute dominion did not consist of his physical strength or conquest; Nor did he show moral firmness, with Hellenism being his unifying sign. His enigma began in the imagination of others, thanks to the sacred help of the Olympians. Hence its intensity and the mythical seal of its mundane acts, for the sacred ruled the universe of Antiquity and only the religious depth was able to clarify the incomprehensible to men. It must be recognized that Alejandro’s unprecedented historical and literary kingdom brought together the mystery of command and the secret of a man different from those of his kind. There are not many characters capable of moving in legend and sustaining their mythical prestige for millennia. Above the controversy that arises from his warlike adventure, Alejandro’s figure is truly fascinating, even for a sophisticated mentality of our day.
In his name they concur from the assumption of the genius and the chosen hero, the compatible simultaneity of man, the idea and the transforming movement of an era to the most absurd hypothesis of the congregation of historical signs. Everything can be paid to Alejandro’s mysterious power, but we will always repeat, with Tolstoy, that history is like a deaf person who answers questions that nobody asks him. It offers what is not required, exhibits data and knots episodes and dates, but it always reserves the clarification of the power that moves and transforms destiny. As regards the privilege that distinguished the Macedonian, vague answers that do not convince, evocations and suggestions abound; Nothing, however, «untangles» its enigma or deciphers its spell. This tight, like Gordio’s knot that he solved, would be the plot of his tricks on the oracular net that would exalt him by endowing him with immortality, as predicted in Siwah.
The insane mix of eunuchs and teenagers, of Greek aspirations and Persian lasciviousness with Bacchic spectacles was what most outraged the courageous Kleitus. It would also cost Filotas, Parmenión and Calístenes life. Alejandro’s moral decline was unstoppable from these executions and murders. Even a few weeks after killing Kleitus, still sick of regret and in a state of permanent drunkenness, he participated with Callisthenes of the vulgar homosexual entanglement that confirmed the warning of his nurse’s son. Aristobulus said that the chronicler was loaded with crickets and thus accompanied the army, until he died of illness. Ptolemy, on the other hand, assumed that he was subjected to torture and then, hanged, Callisthenes committed suicide. Whatever the truth, everyone agrees that Alexander’s greatest enemy was his own immorality.
The most risky and open decline came from the fall of 324, when Alejandro witnessed threats of strike by the European soldier who, gripped by accumulated debts, uprooted and without adapting to the population policy, worsened the confusion due to recruitment mass of Medes and Persians that would integrate the new army of confidence of the sovereign. Annoyed that the real authoritarianism was legitimized by the nickname «son of Amun», the battalions chanted the voice of the instigators, presided apparently by six thousand Falangists who claimed to be there against their will, and determined to condemn the autocracy in the name of the assembly.
With six thousand who had rebelled from the two hundred and fifty thousand or three hundred thousand who were perhaps reunited by regrouping divisions in Persia, it was enough to unleash the tragedy. Like fingers of the same hand, the divisions obeyed Alexander as he continued his conquest. Disintegrating any of them would break unity and put the empire at risk.

It would take centuries and even millennia for own and strangers to realize that, over the monumental feat of a man who wanted to play divinity, one of the most significant historical inheritances from which concepts of state would emerge, prevailed, imperialism, colonization, Hellenism and cultural miscegenation. This, under the symbol of the humanized hero who longs for an unrecoverable past and moves towards the future as a man imbued with heroism to build the symbolic foundations of the history of our current civilization.
Alejandro died in the CXIV Olympiad, being an archon in Athens Hegesias. He lived 32 years with 8 months, as Aristobulus states. He reigned for 12 years and 8 months. It was of beautiful stature, great tolerance in the works, very lively intelligence and endowed with great magnanimity. He was eager for glory and praise, daring in danger, faithful observer of the cult due to the gods, very lord of himself in bodily pleasures – which means he never abandoned any business for drinking – and in the pleasures they touch to the soul only insatiable in the desire for glory. It was of great ingenuity to see in the dark things how to proceed and extremely skilled to conjecture the truth by clues. He was very expert in arming and sending armies, exempted him from instilling courage in the soldiers and filling them with hope in victory and in taking away the fear of danger by disregarding their own dangers.
He boldly undertook the companies whose success seemed doubtful and was very diligent in getting ahead of the enemy and undertaking it before he feared his arrival.
Whatever the cause of his millenary attraction, Alejandro de Macedonia is one of the very few characters who jump over the logic to grow and advance in an intermediate region between adventure, chance, sleep, passion, uncertainty, pain, power and death not without touching, on idyllic occasions, the universe and the attributes that have been reserved for the gods through diverse languages and by procedures ranging from the most primitive to the most intricate sophistication of the literary fable.
According to contemporary research and in a manner that coincides with the data collected by Arriano, Alexander’s illness began on 18 daisios, that is, on June 3, 323 BC, and his death occurred on the 13th of the same month. The fevers that rushed him were, apparently, a simple attack of malaria that science at that time was unable to discover and heal. The amazing thing does not refer to the details of the end of his life, but to the passion that encrypted his destiny. Great for his exploits and even bigger for bequeathing the sign of Alexandria in the culture of the West, Alejandro was the last of the epic heroes and, for his idea of a great State strengthened by its legal institutions, the first president of modern times .

King Alexander designates as king of the region of India extended along the Hidaspes River, to Taxila, and from which it extends from the Hidaspes to the Indus River, to Poro and over the Paraponisadas designates Oxiartres de Bactria king, the father of his wife Roxana … The regions of Bactria and Susa, for Philip; the Partia and the adjoining lands of Hircania, for Fratafermes; Carmania, to Tlepólemone, and Persia, to Pencestes. Let the satrap Orxines move to Media.
King Alexander designates Olcias as king of Illyria. He grants him to bring five hundred horses and four thousand talents from Asia. Let them build a temple with them and dedicate statues to Ammon, Heracles, Athena, Olympia and Philip. May the rulers of the kingdom consecrate images and golden statues in Delphi. That also elevates Loss bronze statues of Alexander to Amón, Heracles, Olimpia and Filipo.
Of all these provisions are witnesses and supervisors the Olympic gods and Heracles, the founder of the lineage of King Alexander.
With these final words, Alexander of Macedonia, King of the Universe, unparalleled conqueror and willing adventurer to give his last breath, concluded his stay in the world.

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