Nikola Tesla. El Genio Al Que Le Robaron La Luz — Margaret Cheney / Tesla: Man Out of Time by Margaret Cheney

Creo que Tesla puede ser una de las mentes más brillantes y únicas que este mundo haya visto. He estado fascinado con Tesla desde que escuché sobre las bobinas de Tesla (que son dispositivos que hacen aligeramiento artificial). Es probablemente el mayor inventor del siglo pasado; Edison era simplemente un técnico y un hombre de negocios, pero Tesla era un visionario que preveía un mundo nuevo y electrificado. Desarrolló el sistema mediante el cual generamos la mayor parte de nuestra electricidad, construyó la central hidroeléctrica en las Cataratas del Niágara, inventó la radio y el control remoto, y muy bien pudo haber dividido el átomo a principios de siglo. La ciencia convencional TODAVÍA está investigando algunas de sus teorías más proféticas. Mi único problema con este libro es que me hubiera gustado que explicara un poco mejor la ciencia; No soy ingeniero eléctrico y no entiendo los puntos más delicados de la electricidad. El autor pasa por alto conceptos muy complicados, y fue frustrante; Tenía muchas ganas de entender algunas de las cosas que Tesla estaba haciendo, y Cheney a veces ni siquiera nos da los golpes generales. También me molestó mucho cuando, durante unas pocas páginas, profundizó en una ridícula teoría freudiana para explicar el trastorno obsesivo compulsivo de Tesla. Sin embargo, debido a los defectos, sigue siendo una muy buena biografía, y la única que es reciente, por lo que se la recomendaría a cualquiera que tenga el más mínimo interés en la ciencia, solo porque el tema es tan fascinante.
Tesla fue el único Leonardo da Vinci real de nuestra época (1856-1943). Su genio estaba en el campo de la electricidad. Era peculiar, era temido como un “científico loco”, una imagen que desarrolló y alentó, terminó sus años sentado en un banco del parque en Central Park cubierto de palomas, pero, a pesar de todo eso, sus increíbles logros fueron reales y verificable. Muchos de sus inventos han sido acreditados a otros en la mente popular y sus principales rivales, como Thomas Edison y Marconi, ganaron la batalla de relaciones públicas. Pero Tesla tenía una imaginación visual para la electricidad como ninguna otra. Por ejemplo, él inventó el motor eléctrico en su mente, lo puso a trabajar durante algunas semanas en un rincón de su mente para resolver los problemas y luego dibujó el plan final para el motor eléctrico tal como lo conocemos hoy en día. tratar. Hoy, el elemento principal asociado con su nombre es la Bobina de Tesla, que sigue siendo principalmente un juguete para estudiantes de física e ingenieros eléctricos para demostrar la electricidad de alto voltaje, pero ¿se da cuenta de que desarrolló y usó una Bobina de Tesla que arrojó rayos a veinte millas a través del Colorado? pradera antes de 1900 y asustó muchísimo a los residentes de Colorado Springs. Teniendo en cuenta que se necesitan 18,000 voltios para saltar una brecha de una pulgada, bombeó mucha potencia. Aprovechó la corriente alterna y desarrolló el sistema eléctrico trifásico. La Corte Suprema determinó que él inventó la radio antes de Marconi, pero la decisión no se emitió hasta el último año de su vida. Casi todo en el mundo electrónico moderno depende en cierta medida de algo que Tesla inventó, excepto la bombilla incandescente que se acredita adecuadamente a Edison.
Todos deberían leer esta biografía para ver cuánto moldeó el mundo tal como lo conocemos hoy. Algunos de los dispositivos electrónicos que Tesla inventó y demostró no se han duplicado desde entonces.
En otras áreas, sus talentos mentales plantearon problemas que seguramente ofenden. Por ejemplo, decidió determinar si los humanos tenían un alma o si todo lo que hacían era el resultado de causa y efecto. Para decidir esto, recordó cada incidente en su vida desde una edad temprana y concluyó que cada acción que había tomado era una reacción a una causa, i. e., todos somos “máquinas de carne”. Lo siento por eso. No quise arruinarlo por ti.
Margaret Cheney hizo un buen trabajo.

La figura de Nikola Tesla fue tan intrincada y compleja como sus inventos. Muchos de sus estudios y planteamientos no pueden entenderse sin conocer su historia, su personalidad y trastornos, sus viajes, su época y a sus coetáneos. Eso es lo que aquí se recoge. No se trata de un recorrido por su prolífico trabajo, sino de un profundo viaje a su extraordinaria mente.
Casi cualquier texto documentado que se ha escrito sobre Tesla destaca el olvido tan injusto que sufrió en vida y la falta de reconocimiento que recibe aún hoy por la mayoría de su inventos, incluso de los cientos que le son reconocidos en sus patentes.
Edison contrató a Tesla con el fin de que mejorara los diseños de sus generadores de corriente continua, que era el sistema eléctrico que estaba comenzando a utilizarse de forma general para iluminar Nueva York y otras ciudades del país. Pero en aquella época Tesla estaba más interesado en el estudio de la corriente alterna, algo que Edison veía como competencia a sus instalaciones de corriente continua.
Durante el tiempo en que trabajó para Edison, Tesla le proporcionó diversas y lucrativas nuevas patentes. Cuando Tesla alcanzó sus objetivos, Edison se negó a pagarle la recompensa prometida de cincuenta mil dólares alegando que aquello había sido “una broma americana”. Peor aún, se negó a subirle el sueldo a veinticinco dólares a la semana, lo que hizo que Tesla dimitiera, disgustado y decepcionado por el que hasta entonces había sido su héroe.
En 1887 la Western Union Company le proporcionó fondos con los que pudo dedicarse a investigar y trabajar en el desarrollo de los componentes necesarios para generar y transportar corriente alterna a largas distancias.
George Westinghouse, inventor de los frenos de aire para los trenes y propietario de The Westinghouse Corporation, le compró a Tesla sus patentes para la manipulación de la energía eléctrica y le ofreció además el pago de royalties por la explotación de la energía eléctrica que se generase con sus inventos. Esto supuso un respiro económico para Tesla, quien pudo dedicarse al desarrollo de otros inventos en su propio laboratorio.
La comercialización de la corriente alterna basada en los trabajos de Tesla fue el inicio de la “guerra de las corrientes” con Edison. Edison defendía el uso de su corriente continua (el estándar entonces en EE UU) mientras que Tesla defendía las ventajas de la corriente alterna, que fue la que finalmente se impuso y la que está hoy en los enchufes de todo el mundo.
Durante la “guerra de las corrientes” por el monopolio de la distribución de electricidad, Edison se encargó de desprestigiar la corriente alterna —conforme se iba imponiendo su uso—, argumentando que era peligrosa. Edison lo demostraba electrocutando públicamente perros, caballos y otros animales. De hecho fue Edison quien en 1903 propuso que la mejor forma de matar a la elefanta Topsy —que había causado la muerte de tres personas— era una fuerte descarga de corriente alterna. Hoy muchos consideran que Edison fue el verdadero inventor de la silla eléctrica.
No fue hasta 1943, ya muerto Tesla, cuando la Corte Suprema de EE UU reconoció la prioridad de Tesla sobre la patente de la radio, la cual hoy mantiene.
Tesla dedicó muchos años a cumplir su gran sueño. Quería transmitir energía de forma aérea, sin cables, aprovechando la conductividad de la ionosfera, la capa superior de la atmósfera. Su intención era distribuirla gratuitamente por todo el planeta para uso y beneficio de todo el mundo.
Para conseguirlo construyó una enorme torre de más de sesenta metros de altura llamada Wardenclyffe Tower, popularmente conocida como “la torre de Tesla”, con la que intentó demostrar que era posible enviar y recibir información y energía sin necesidad de utilizar cables. Sin embargo, la falta de presupuesto impidió que la estación de radio se terminara siquiera de construir. Nunca llegó a funcionar del todo y la torre fue derribada.

Tesla Motors, fabricante de vehículos totalmente eléctricos, hace honor con su nombre al inventor del motor de inducción (Francia, 1882), que funciona con corriente alterna. Los motores de inducción son el tipo más utilizado en aplicaciones industriales, ya que presentan numerosas ventajas respecto a los motores de corriente continua. Son perfectos para utilizar en vehículos eléctricos por su robustez y fiabilidad, y porque permiten ajustar la velocidad de giro.
Aunque la mayor parte de los inventos de Tesla están relacionados con la ingeniería eléctrica y el electromagnetismo, su trabajo abarcó múltiples disciplinas, entre otras la robótica, la balística, la mecánica, la ciencia computacional y la física nuclear y teórica.
De hecho utilizó sus conocimientos y patentes de radio y de comunicaciones sin cables para construir un barco teledirigido con la idea de incorporar su desarrollo a los torpedos (aplicados hoy día a los misiles guiados) y otros ingenios relacionados con la robótica.
El invento del radar se basa en los estudios de Tesla; también él desarrolló los generadores de rayos X y su aplicación en medicina tal cual se utiliza hoy en día; construyó una versión primigenia del moderno microscopio electrónico. Incluso algunos de sus experimentos sugerían que debía existir lo que desde 1977 llamamos quark, una de las partículas elementales, constitutiva fundamental de la materia.
Muchos de las lámparas que se han venido utilizando en los últimos cien años se las debemos a Tesla: las lámparas fluorescentes —en las que se basan también las lámparas de bajo consumo—, las luces de neón y las de arco voltaico. Incluso perfeccionó el diseño original de la bombilla incandescente convencional —desarrollada por Warren de la Rue en 1840 a partir del principio ideado por Humphry Davy en 1809— para aumentar su eficiencia y duración.
Gracias a la aplicación de sus descubrimientos en electromagnetismo, la medicina también puede indagar el interior del cuerpo humano y obtener imágenes por resonancia magnética, llamadas tomografías, de los tejidos interiores que, entre otras cosas, permiten detectar anomalías y alteraciones como el cáncer.
En 1960 Nikola Tesla pasó a formar parte de la reducida lista de investigadores que tienen el honor de dar nombre a una unidad de medida. En el Sistema Internacional de Unidades, los teslas miden los campos magnéticos.

Algunos científicos habían tratado de poner a punto motores de corriente alterna, pero sin apartarse del modelo de un único circuito cerrado como el que se utilizaba para la corriente continua que, o bien no funcionaban, o lo hacían de forma renqueante, generando una tremenda vibración imposible de aprovechar. Unos años antes, allá por 1878-1879, el mismo Elihu Thomson que idease un generador en Estados Unidos había recurrido a la corriente alterna como fuente de alimentación de luces de arcos voltaicos. Por su parte, los europeos Gaulard y Gibbs habían inventado el primer transformador de corriente alterna, herramienta imprescindible para incrementar o disminuir el voltaje a la hora de transportar la electricidad. George Westinghouse, uno de los primeros partidarios de la corriente alterna, que tenía en mente monumentales proyectos para la electrificación de todo Estados Unidos, adquirió los derechos de las patentes de Gaulard y Gibbs para su país.
A pesar de estas tentativas, no se puede decir que hubiera un motor de corriente alterna que funcionase de forma adecuada hasta que Tesla inventó el suyo, un motor de inducción que entrañaba una nueva forma de funcionar, realmente adelantada para la época.
Pese a ser un genio, no podía decirse que Edison fuera muy conocido en aquella época. Había puesto en marcha la Edison Machine Works, de Goerck Street, y la Edison Electric Light Company, sita en el número 65 de la Quinta Avenida. Su central eléctrica, instalada en los números 255-257 de Pearl Street, abastecía de electricidad a la zona de Wall Street y del East River. Disponía también de un enorme laboratorio de investigación en Menlo Park, Nueva Jersey, que daba empleo a numerosas personas y donde, en ocasiones, ocurrían cosas de lo más sorprendentes.
A veces, era posible ver al propio Edison dando brincos alrededor de “un pequeño monstruo de metal, una locomotora a pequeña escala”, que funcionaba gracias a la corriente continua de una central situada a espaldas del laboratorio, y que, en cierta ocasión, descarriló al alcanzar los sesenta kilómetros por hora, haciendo las delicias de su inventor.

En Wall Street los magos de las finanzas estaban en su momento de gloria: figuras legendarias de la talla de Morgan, John D. Rockefeller, los Vanderbilt, Edward H. Harriman, Jay Gould o Thomas Fortune Ryan, y otras luminarias más efímeras pero igual de vistosas. Algunos sólo eran flor de un día, que se marchitaban y caían en el olvido. Muchos eran los que medraban gracias a negocios tan turbios que quienquiera que tratase de emularlos en nuestros días tendría que residir en un país sin convenio de extradición. Igual invertían en minas de carbón que en ferrocarriles, en acerías o en cultivos de tabaco, incluso en el novedoso sector de los aparatos eléctricos. Amasaban fortunas y se retiraban de la circulación.
Todos los días, cuando en la Bolsa de Nueva York sonaba la campana que anunciaba el cierre de la sesión, muchos de los habituales en los corros se dirigían al hotel Waldorf-Astoria, situado donde hoy se alza el Empire State. Pertenecer al “círculo del Waldorf” era sinónimo de haber triunfado. Los espléndidos salones y comedores del establecimiento eran otros tantos escaparates donde podían observarse los humos que se daban los afortunados y el desaliento que cundía entre los perdedores. Normalmente, la angustia formaba parte del decorado.
Por lo general, Tesla se daba una vuelta por el Palm Room para saludar y dejarse ver entre los capitalistas, pieza esencial para sus proyectos.
A pesar de la fama mundial de que gozaba, en aquel momento crucial de su vida Tesla se vio al borde de la ruina. A. K. Brown y otro socio eran también propietarios del laboratorio reducido a cenizas de la Tesla Electric Company. No percibía nada en concepto de derechos por las patentes estadounidenses de corriente alterna, ni compensación económica alguna por parte de Westinghouse. Todo lo que tenía lo había invertido en equipos de investigación. Sus únicos ingresos provenían de las patentes alemanas de sus motores y dinamos polifásicos: calderilla en relación con lo que hubiera necesitado para reconstruir y dotar el laboratorio de los medios requeridos.
No le duró mucho el abatimiento, sin embargo. Se consolaba pensando que tenía claro cómo proseguir sus investigaciones, que aquel desastre no representaba sino un simple contratiempo.

Últimamente, la prensa parece pasárselo en grande a cuenta de Nikola Tesla y sus vaticinios sobre las perspectivas que la electricidad nos deparará en el futuro, afirmaba el Dispatch, de Pittsburgh (23 de febrero de 1901), el periódico de la ciudad de Westinghouse.
Algunas de estas predicciones, las más vistosas, como la de que se transmitan señales a Marte, hacen pensar que sería bueno para el señor Tesla predecir menos y hacer más cosas prácticas.
No obstante, una reciente sentencia del Tribunal Estatal del Distrito Sur del Estado de Ohio ha venido a recordarnos que Tesla aún no ha sacado a la luz todo lo que lleva dentro…
Tanto entusiasmo y la fértil imaginación del señor Tesla a la hora de hablar del futuro pueden sonar a chiste. Sin embargo, si todavía hay alguien que no reconozca sus méritos, que hacen de él uno de los más eminentes inventores en ese terreno, no podrá jactarse de estar al tanto de los avances de la electricidad en los tiempos que vivimos.
Lo que nadie sabía tampoco era que Marconi había echado mano de la crucial patente de radio de Tesla, registrada con el número 645.576 en 1897, que no le fue otorgada hasta el 20 de marzo de 1900. A nadie extrañará que, a partir de ese momento, Tesla hablase con desprecio de lo que él llamaba “métodos propios de los Borgia y los Médici”, que le hacían perder su credibilidad y sus ganancias. Pero si la tecnología de la radio era todavía un misterio para la mayoría de los científicos, qué decir de la opinión que podía merecerles a los banqueros especializados en inversiones.
Aparte de Tesla y la sociedad en su conjunto, el gran perdedor de la demolición de Wardenclyffe fue Morgan. A estas alturas, nadie pone en duda que habría tenido en sus manos el salvoconducto que le hubiera permitido situarse en cabeza en el campo de la radiodifusión, con una central operativa en varios canales de diferentes y adyacentes frecuencias, transmitiendo de forma simultánea, que dejaba muy atrás las prestaciones que ofrecía el lento y único cable trasatlántico. Entre los muchos que recurrirían a las patentes (con o sin los correspondientes derechos) de Tesla para el desarrollo de la radio comercial, una empresa no tardaría en enviar mensajes a quince mil kilómetros de distancia. Sin embargo, la clarividencia de Tesla con respecto de la radio no ha de confundirse con sus pretensiones acerca del transporte de energía eléctrica sin cables. Desde luego, él no las confundía.

En resumen, que si volvemos la vista atrás no hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar hasta qué punto se desvirtuaron los hechos en vida de Tesla.
No fueron pocas las recompensas que obtuvieron los científicos, inventores e ingenieros que pusieron los cimientos de la radio comercial. A Tesla, por el contrario, centrado como estaba en su torre de marfil, el reconocimiento sólo llegó a rozarle para, al cabo, ser ignorado por la fortuna.
En los últimos años de su vida, tuvo lugar un incidente más que revelador de los hondos y profundos sentimientos que había experimentado durante la gran polémica en torno a la radio. En enero de 1927, un joven yugoslavo, Dragislav L. Petković, que estaba de viaje por Estados Unidos, concertó una cita con el inventor, alojado por aquella época en la planta decimoquinta del hotel Pennsylvania, en la esquina de la calle Treinta y cuatro con Broadway. No corrían tiempos de bonanza, y Tesla permanecía casi recluido.
Tras conversar un rato, Petković intentó sonsacarle el secreto de la mala relación que había mantenido con Pupin, cuestión que, con anterioridad, había planteado también a la otra parte, y a la que éste había respondido: “¿Cuánto más ha de durar la veneración que sienten nuestros ciudadanos por personas tan enigmáticas, en vez de prestar atención a algo que todo el mundo puede entender con claridad?”.
Ante la pregunta, el inventor frunció el ceño y alzó las manos, como si tratase de buscar protección ante una situación incómoda. Tras guardar silencio un momento, Tesla le contó cómo, durante los primeros tiempos de ambos en Estados Unidos, cuando trataban por igual de abrirse camino, aquél le había pedido que le ayudase con el inglés, porque, al parecer, su mal dominio del idioma podía costarle el puesto en la compañía telefónica en que trabajaba. Tesla le ayudó cuanto pudo y, al cabo del tiempo, cuando, con poca delicadeza, le recordó el favor, Pupin se revolvió contra él y le espetó que él había sido perfectamente capaz de desempeñar su trabajo, y que Tesla “nunca le había echado una mano”. A Tesla le dolió, pero no tardó en olvidarlo.
Hizo una pausa, y añadió: “El futuro pondrá las cosas en claro y a cada quien en su sitio según sus méritos. El presente les pertenece. El futuro, que es en realidad para lo que yo trabajo, será mío”.
Y con lágrimas en los ojos, pero sin perder la sonrisa, continuó almorzando. En silencio, su invitado y él dieron buena cuenta del melón. Al invitado se le ocurrió entonces otra pregunta.
—¿Qué puede decirme del señor Marconi?
Fue una de las contadísimas ocasiones en que Tesla prescindió de su proverbial cortesía. Dejó el cubierto, y afirmó:
—El señor Marconi es un burro.

De la concesión del premio Nobel de Física de 1915 a Edison y Tesla se hicieron eco revistas como Literary Digest y The Electrical World, de Nueva York.
El comité del premio Nobel acababa de anunciar la concesión del premio Nobel de Física a los profesores William Henry Bragg, de la Universidad de Leeds, Inglaterra, y a su hijo, W. L. Bragg, de la Universidad de Cambridge, por la utilización de los rayos X para determinar la estructura de los cristales.
¿Qué había pasado? La Fundación Nobel declinó cualquier comentario. Años más tarde, un biógrafo y amigo íntimo de Tesla desvelaría que el inventor serboamericano habría declinado tal honor, alegando que como autentico descubridor que era no podía compartir el premio con un simple inventor. Otro biógrafo, por el contrario, aventuró la hipótesis de que hubiera sido Edison quien manifestase su negativa a compartir el premio, afirmando “con su estrambótico y cáustico sentido del humor” que estaba encantado de haber privado a Tesla de veinte mil dólares, sabiendo la falta que le hacían.
No disponemos de prueba alguna que nos permita afirmar que ninguno de los dos rechazase la concesión del Nobel.

A una edad muy avanzada, Tesla se sintió gratamente complacido al enterarse de la acogida que se dispensaba a sus osciladores eléctricos con fines terapéuticos. El 6 de septiembre de 1932, durante el American Congress of Physical Therapy, celebrado en Nueva York, el doctor Gustave Kolischer, del Hospital Monte Sinaí y del hospital Michael Reese de Chicago, anunció que habían observado “resultados muy esperanzadores” en el tratamiento del cáncer, más allá de los conseguidos gracias a la cirugía, mediante la aplicación de corrientes eléctricas de alta frecuencia.
Las modernas técnicas para luchar contra el cáncer han ido mucho más allá, naturalmente, pero se siguen estudiando las ventajas terapéuticas de las técnicas propuestas por Tesla. Más recientemente, en la década de 1980, la American Association for the Advancement of Science anunció resultados muy prometedores en cuanto a la estimulación electromagnética de células para la regeneración de miembros amputados. Estudios de diferentes universidades, por otra parte, sostienen que los impulsos eléctricos son mucho más efectivos que la corriente continua para curar las fracturas.
Como ocurre con tantos de los inventos de Tesla, a estas alturas, los eruditos todavía desconocen el alcance real de sus posibles aplicaciones y, en algunos casos, ni siquiera sus implicaciones teóricas.

Durante el invierno de 1942, el estado de salud del inventor fue muy delicado. Su miedo a los microbios llegó a ser tan obsesivo que incluso a sus mejores amigos les pedía que se mantuvieran a distancia, como a los súbditos de un neurótico Tudor (los gérmenes de las palomas, por el contrario, no parecían preocuparle). Tenía problemas cardiacos y, de vez en cuando, sufría desvanecimientos.
A primera hora de la mañana del 8 de enero, una camarera, Alice Monaghan, decidió ignorar la recomendación y entró en los aposentos del inventor: Tesla yacía muerto en la cama, con el rostro demacrado y afilado, pero con gesto sereno. El subinspector médico H. W. Wembly, tras examinar el cadáver, estableció la hora de la muerte en las diez y media de la noche del 7 de enero de 1943, afirmando que la causa del fallecimiento había sido una trombosis coronaria. Tesla había muerto mientras dormía. El médico anotó: “Por causas naturales”. El inventor tenía ochenta y seis años.
En septiembre de 1943 se procedió a la botadura de la fragata Nikola Tesla, un homenaje en el que le habría gustado estar presente. Habría que esperar hasta 1975 antes de que su nombre se sumase al de los inventores estadounidenses que aparecían en el Hall of Fame.
Ocho meses después de su muerte, el Tribunal Supremo de Estados Unidos emitió el veredicto por el que tanto había luchado el inventor: los jueces dictaminaron que Tesla había sido el inventor de la radio.

Aparte de los increíbles avances de su genio, Tesla nos dejó también un montón de enigmas sin resolver. Por citar sólo tres de los más importantes: ¿tenía sentido, desde un punto de vista científico, la transmisión de energía sin cables, utilizando la Tierra como conductor, tal como la había planteado? ¿Hasta dónde había llegado en sus experimentos con las armas de rayos de desintegración o de la muerte? ¿Qué fue de las notas que había tomado en el curso de sus investigaciones, y de otros importantes documentos, en los días inmediatamente posteriores a su fallecimiento?
De índole menor: ¿qué asuntos eran esos que tanta atención merecieron por parte de los organismos de la inteligencia estadounidense (algo que sin duda ocurrió) a finales de la década de 1940?
Como a Einstein, se le trató de advenedizo y, al igual que a Edison, de idealista que tocaba demasiados palos. O como él mismo reconocía sin empacho, “la ignorancia me hizo osado”.

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I think Tesla may be one of the most brilliant and unique minds that this world has ever seen. I have been fascinated with Tesla ever since I heard about Tesla coils (which are devices that make artificial lightening). He is probably the greatest inventor of last century; Edison was simply a technician and a businessman, but Tesla was a visionary who foresaw a new, electrified world. He developed the system by which we generate most of our electricity, built the hydropower plant at Niagara Falls, invented radio and remote control, and may very well have split the atom at the turn of the century. Mainstream science is STILL investigating some of his most prescient theories. My only problem with this book is that I would have liked it to explain the science a bit better; I am not an electrical engineer, and do not understand the the finer points of electricity. The author breezes over very complicated concepts, and it was frustrating; I really wanted to understand some of the things that Tesla was doing, and Cheney sometimes doesn’t even give us the broad strokes. I was also extremely annoyed when, for a few pages, she delved into some ridiculous Freudian theory to explain Tesla’s obsessive compulsive disorder. Given the flaws, though, it’s still a very good biography, and the only one that is at all recent, so I would recommend it to anyone with the faintest interest in science, just because the subject is so mesmerizing.
Tesla was the only real Leonardo da Vinci of our age (1856-1943). His genius was in the field of electricity. He was quirky, he was feared as a “mad scientist” an image that he developed and encouraged, he ended his years sitting on a park bench in Central Park covered with pigeons, but, in spite of all that, his incredible accomplishments were real and verifiable. Many of his inventions have been credited to others in the popular mind and his chief rivals, such as Thomas Edison and Marconi, won the public relations battle. But Tesla had a visual imagination for electricity unlike any other. For, example, he invented the electric motor in his mind, set it to work for a few weeks in a corner of his mind to work out the kinks and then drew the final blueprint for the electric motor as we know it today on the first try. Today the main item associated with his name is the Tesla Coil which remains primarily a toy for physics students and electrical engineers to demonstrate high voltage electricity, but do you realize that he developed and used a Tesla Coil that threw lightening bolts twenty miles across the Colorado prairie prior to 1900 and scared the hell out of the residents of Colorado Springs. Considering that it takes 18,000 volts to jump a gap of one inch, he pumped out a lot of power. He harnessed alternating current and developed the three phase electrical system. The Supreme Court determined that he invented radio before Marconi but the decision was not rendered until the last year of his life. Almost everything in the modern electronic world is dependent to some extent upon something that Tesla invented except for the incandescent light bulb which is properly credited to Edison.
Everyone should read this biography to see how much he shaped the world as we know it today. Some of the electronic devices Tesla invented and demonstrated have not been duplicated since.
In other areas, his mental talents raised issues that were bound to offend. For example, he decided to determine whether humans had a soul or whether everything they did was the result of cause and effect. To decide this, he recalled every incident in his life from an early age and concluded that every action he had taken was a reaction to a cause, i. e., we are all “meat machines.” Sorry about that. I didn’t mean to ruin it for you.
Margaret Cheney did a good job.

Nikola Tesla’s figure was as intricate and complex as his inventions. Many of his studies and approaches cannot be understood without knowing his history, his personality and disorders, his travels, his time and his contemporaries. That is what is collected here. It is not a journey through his prolific work, but a profound journey into his extraordinary mind.
Almost any documented text that has been written about Tesla highlights the forgetfulness so unfair that he suffered in life and the lack of recognition he still receives today for most of his inventions, including the hundreds that are recognized in his patents.
Edison hired Tesla to improve the designs of its direct current generators, which was the electrical system that was beginning to be used in general to illuminate New York and other cities in the country. But at that time Tesla was more interested in the study of alternating current, something that Edison saw as competition to its direct current installations.
During the time he worked for Edison, Tesla provided him with several lucrative new patents. When Tesla reached his goals, Edison refused to pay him the promised reward of fifty thousand dollars claiming that it had been “an American joke.” Worse, he refused to raise his salary to twenty-five dollars a week, which caused Tesla to resign, disgusted and disappointed by the one who until then had been his hero.
In 1887 the Western Union Company provided funds with which he could devote himself to research and work on the development of the components necessary to generate and transport alternating current over long distances.
George Westinghouse, inventor of the air brakes for trains and owner of The Westinghouse Corporation, bought Tesla his patents for the manipulation of electric power and also offered him the payment of royalties for the exploitation of the electric energy that was generated With his inventions. This was an economic respite for Tesla, who was able to devote himself to the development of other inventions in his own laboratory.
The commercialization of alternating current based on Tesla’s work was the beginning of the “war of the currents” with Edison. Edison defended the use of its direct current (the standard then in the US) while Tesla defended the advantages of alternating current, which was the one that was finally imposed and the one that is today in sockets around the world.
During the “war of the currents” for the monopoly of the distribution of electricity, Edison was responsible for discrediting the alternating current – as its use was imposed – arguing that it was dangerous. Edison demonstrated it by publicly electrocuting dogs, horses and other animals. In fact it was Edison who in 1903 proposed that the best way to kill the elephant Topsy – which had caused the death of three people – was a strong discharge of alternating current. Many today consider that Edison was the true inventor of the electric chair.
It was not until 1943, Tesla died, when the US Supreme Court recognized Tesla’s priority over the radio patent, which he maintains today.
Tesla spent many years fulfilling his great dream. I wanted to transmit energy aerially, without wires, taking advantage of the conductivity of the ionosphere, the upper layer of the atmosphere. His intention was to distribute it for free throughout the planet for the use and benefit of the whole world.
To achieve this, he built a huge tower over sixty meters high called Wardenclyffe Tower, popularly known as “the Tesla tower”, with which he tried to prove that it was possible to send and receive information and energy without using cables. However, the lack of budget prevented the radio station from even finishing construction. It never worked at all and the tower was demolished.

Tesla Motors, manufacturer of fully electric vehicles, lives up to its name the inventor of the induction motor (France, 1882), which operates with alternating current. Induction motors are the type most used in industrial applications, since they have numerous advantages over DC motors. They are perfect for use in electric vehicles because of their robustness and reliability, and because they allow you to adjust the speed of rotation.
Although most of Tesla’s inventions are related to electrical engineering and electromagnetism, his work covered multiple disciplines, including robotics, ballistics, mechanics, computational science and nuclear and theoretical physics.
In fact he used his knowledge and patents of radio and wireless communications to build a remote-controlled ship with the idea of incorporating its development to torpedoes (applied today to guided missiles) and other robotics-related devices.
The invention of the radar is based on Tesla’s studies; he also developed the x-ray generators and their application in medicine as it is used today; He built a primeval version of the modern electron microscope. Even some of his experiments suggested that there should exist what since 1977 we call quark, one of the elementary particles, fundamental constitutive of matter.
Many of the lamps that have been used in the last hundred years are owed to Tesla: fluorescent lamps – on which energy-saving lamps are also based -, neon and voltaic arc lights. He even perfected the original design of the conventional incandescent bulb – developed by Warren de la Rue in 1840 from the principle devised by Humphry Davy in 1809 – to increase its efficiency and duration.
Thanks to the application of its discoveries in electromagnetism, medicine can also investigate the inside of the human body and obtain magnetic resonance imaging, called tomography, of the inner tissues that, among other things, allow to detect abnormalities and alterations such as cancer.
In 1960 Nikola Tesla became part of the small list of researchers who have the honor of naming a unit of measure. In the International System of Units, teslas measure magnetic fields.

Some scientists had tried to fine-tune AC motors, but without departing from the model of a single closed circuit such as that used for direct current that either did not work, or did it in a grudging way, generating tremendous vibration Impossible to take advantage of. A few years earlier, back in 1878-1879, Elihu Thomson himself who devised a generator in the United States had turned to alternating current as a power source for voltaic arc lights. For their part, Europeans Gaulard and Gibbs had invented the first AC transformer, an essential tool to increase or decrease the voltage when transporting electricity. George Westinghouse, one of the first supporters of alternating current, who had in mind monumental projects for the electrification of the entire United States, acquired the rights of the Gaulard and Gibbs patents for his country.
Despite these attempts, it cannot be said that there was an AC motor that worked properly until Tesla invented his own, an induction motor that involved a new way of working, really advanced for the time.
Despite being a genius, it could not be said that Edison was well known at the time. He had launched the Edison Machine Works, Goerck Street, and the Edison Electric Light Company, located at number 65 on Fifth Avenue. Its power plant, installed at 255-257 Pearl Street, supplied electricity to the Wall Street and East River area. It also had a huge research laboratory in Menlo Park, New Jersey, which employed many people and where, sometimes, the most surprising things happened.
Sometimes, it was possible to see Edison himself jumping around “a small metal monster, a small-scale locomotive”, which worked thanks to the direct current of a plant located behind the laboratory, and that, on one occasion, derailed to reach sixty kilometers per hour, delighting its inventor.

On Wall Street the magicians of finance were in their moment of glory: legendary figures such as Morgan, John D. Rockefeller, the Vanderbilt, Edward H. Harriman, Jay Gould or Thomas Fortune Ryan, and other more ephemeral but equal luminaries of showy. Some were only one day flower, which withered and fell into oblivion. Many were those who mediated thanks to such murky business that whoever tried to emulate them today would have to reside in a country without an extradition agreement. They also invested in coal mines than in railroads, steelworks or tobacco crops, even in the new sector of electrical appliances. They amassed fortunes and withdrew from circulation.
Every day, when the bell announcing the closing of the session was ringing in the New York Stock Exchange, many of the regulars in the corps went to the Waldorf-Astoria hotel, located where the Empire State Building stands today. Belonging to the “Waldorf circle” was synonymous with having succeeded. The splendid halls and dining rooms of the establishment were as many showcases where you could see the fumes that were given by the lucky ones and the discouragement that spread among the losers. Normally, anguish was part of the set.
In general, Tesla walked around the Palm Room to greet and be seen among the capitalists, an essential piece for his projects.
Despite the worldwide fame he enjoyed, at that crucial moment in his life Tesla was on the verge of ruin. A. K. Brown and another partner were also owners of the Tesla Electric Company’s reduced ash laboratory. I did not receive anything in respect of rights for US patents of alternating current, nor any financial compensation from Westinghouse. Everything he had had invested in research teams. His only income came from the German patents of his motors and dynamos polyphasic: calderilla in relation to what he would have needed to rebuild and provide the laboratory with the required means.
The dejection did not last long, however. He comforted himself thinking that he was clear on how to continue his investigations, that this disaster represented nothing but a simple setback.

Lately, the press seems to have a great time on Nikola Tesla’s account and his predictions about the prospects that electricity will hold in the future, said the Pittsburgh Dispatch (February 23, 1901), the Westinghouse city newspaper.
Some of these predictions, the most colorful, such as that signals are transmitted to Mars, suggest that it would be good for Mr. Tesla to predict less and do more practical things.
However, a recent ruling by the State Court of the Southern District of the State of Ohio has come to remind us that Tesla has not yet revealed everything in it …
Both enthusiasm and the fertile imagination of Mr. Tesla when talking about the future may sound like a joke. However, if there is still someone who does not recognize his merits, which make him one of the most eminent inventors in that field, he cannot boast of being aware of the progress of electricity in the times we live.
What nobody knew either was that Marconi had taken advantage of Tesla’s crucial radio patent, registered with the number 645.576 in 1897, which was not granted until March 20, 1900. No one will be surprised that, as of that At the moment, Tesla spoke with contempt of what he called “methods of the Borgia and the Medici”, which made him lose his credibility and his earnings. But if radio technology was still a mystery to most scientists, what about the opinion that investment bankers might deserve.
Apart from Tesla and society as a whole, the biggest loser of the Wardenclyffe demolition was Morgan. At this point, nobody doubts that he would have had in his hands the safe-conduct that would have allowed him to place himself in the field of broadcasting, with an operating center in several channels of different and adjacent frequencies, transmitting simultaneously, leaving far behind the benefits offered by the slow and unique transatlantic cable. Among the many who would resort to Tesla’s patents (with or without the corresponding rights) for the development of commercial radio, a company would soon send messages fifteen thousand kilometers away. However, Tesla’s clairvoyance regarding radio should not be confused with his claims about the transport of electric power without wires. Of course, he didn’t confuse them.

In summary, if we look back, we must not make a great effort to imagine the extent to which the life events of Tesla were distorted.
The rewards that scientists, inventors and engineers who laid the foundations of commercial radio were not few. To Tesla, on the other hand, centered as he was in his ivory tower, the recognition only came to touch him to, finally, be ignored by fortune.
In the last years of his life, there was an incident more than revealing of the deep and deep feelings he had experienced during the great controversy surrounding the radio. In January 1927, a young Yugoslav, Dragislav L. Petković, who was traveling through the United States, made an appointment with the inventor, housed at that time on the fifteenth floor of the Pennsylvania Hotel, at the corner of Thirty-Four Street with Broadway. There were no good times, and Tesla remained almost confined.
After chatting for a while, Petković tried to get him the secret of the bad relationship he had with Pupin, an issue that, previously, he had also raised to the other party, and to which he had replied: “How much longer should the veneration last? What do our citizens feel for such enigmatic people, instead of paying attention to something that everyone can clearly understand? ”
At the question, the inventor frowned and raised his hands, as if trying to seek protection from an awkward situation. After being silent for a moment, Tesla told him how, during the early days of both in the United States, when they were trying to break through, he had asked him to help him with English, because, apparently, his poor command of the language it could cost him the position in the telephone company where he worked. Tesla helped him as much as he could and, after a while, when, with little delicacy, he reminded him of the favor, Pupin turned against him and snapped him that he had been perfectly capable of performing his job, and that Tesla “had never thrown him out a hand”. Tesla hurt, but he soon forgot.
He paused, adding: “The future will make things clear and everyone in their place according to their merits. The present belongs to them. The future, which is really what I work for, will be mine. ”
And with tears in his eyes, but without losing his smile, he continued having lunch. In silence, he and his guest gave a good account of the melon. The guest then came up with another question.
What can you tell me about Mr. Marconi?.
It was one of the rare occasions when Tesla dispensed with his proverbial courtesy. He left the cover, and said:
“Mr. Marconi is a donkey”.

Echo journals such as Literary Digest and The Electrical World, from New York, were echoed from the 1915 Nobel Prize in Physics for Edison and Tesla.
The Nobel Prize Committee had just announced the award of the Nobel Prize in Physics to professors William Henry Bragg, of the University of Leeds, England, and his son, WL Bragg, of the University of Cambridge, for the use of X-rays to determine the structure of the crystals.
What had happened? The Nobel Foundation declined any comment. Years later, a biographer and close friend of Tesla would reveal that the Serbo-American inventor would have declined such honor, claiming that as a true discoverer he was he could not share the prize with a simple inventor. Another biographer, on the contrary, ventured the hypothesis that it would have been Edison who expressed his refusal to share the prize, stating “with his bizarre and caustic sense of humor” that he was delighted to have deprived Tesla of twenty thousand dollars, knowing the They needed to be done.
We do not have any evidence that allows us to affirm that neither of us rejected the Nobel prize.

At a very advanced age, Tesla was pleasantly pleased to learn of the reception given to his electric oscillators for therapeutic purposes. On September 6, 1932, during the American Congress of Physical Therapy, held in New York, Dr. Gustave Kolischer, from the Monte Sinai Hospital and the Michael Reese Hospital in Chicago, announced that they had observed “very encouraging results” in the treatment of cancer, beyond those achieved thanks to surgery, through the application of high-frequency electric currents.
Modern techniques to fight cancer have gone much further, of course, but the therapeutic advantages of the techniques proposed by Tesla are still being studied. More recently, in the 1980s, the American Association for the Advancement of Science announced very promising results in terms of electromagnetic stimulation of cells for regeneration of amputated limbs. Studies from different universities, on the other hand, argue that electrical impulses are much more effective than direct current to heal fractures.
As with so many of Tesla’s inventions, at this point, scholars are still unaware of the real scope of their possible applications and, in some cases, not even their theoretical implications.

During the winter of 1942, the inventor’s state of health was very delicate. His fear of microbes became so obsessive that even his best friends asked them to stay away, like the subjects of a neurotic Tudor (the germs of the pigeons, on the contrary, did not seem to worry him). He had heart problems and, occasionally, suffered fainting.
In the early morning of January 8, a waitress, Alice Monaghan, decided to ignore the recommendation and entered the inventor’s chambers: Tesla lay dead in bed, his face emaciated and sharp, but with a calm gesture. Medical Deputy Inspector H. W. Wembly, after examining the body, established the time of death at half past ten on the night of January 7, 1943, stating that the cause of death had been coronary thrombosis. Tesla had died while he slept. The doctor noted: “For natural causes.” The inventor was eighty-six years old.
In September 1943, the frigate Nikola Tesla was launched, a tribute in which he would have liked to be present. We would have to wait until 1975 before his name was added to that of the American inventors who appeared in the Hall of Fame.
Eight months after his death, the Supreme Court of the United States issued the verdict for which the inventor had fought so much: the judges ruled that Tesla had been the inventor of the radio.

Apart from the incredible advances of his genius, Tesla also left us a lot of unsolved riddles. To name just three of the most important: did it make sense, from a scientific point of view, the transmission of energy without wires, using the Earth as a conductor, as I had proposed? How far had he come in his experiments with the weapons of disintegration or death rays? What happened to the notes he had taken in the course of his investigations, and other important documents, in the days immediately after his death?
Of a minor nature: what issues were those that deserved so much attention from the US intelligence agencies (something that undoubtedly happened) in the late 1940s?
Like Einstein, he was treated as an upstart and, like Edison, an idealist who played too many sticks. Or as he recognized without empathy, “ignorance made me bold”.

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