Los Cuentos Del Rey Salomón. Inspiraciones Con Un Clásico De La Sabiduría — Carlos Allende (Compilador) / The Tales of King Solomon. Inspirations with a Classic of Wisdom by Carlos Allende (Compiler) (spanish book edition)

Un interesante breve libro que se compone de 55 cuentos. Tradiciones espirituales de todo el mundo veneran la figura de Salomón. El judaísmo lo recuerda como el constructor del primer templo de Israel. El Islam lo considera un profeta de primer orden. Para los cristianos etíopes, es el fundador de la primera estirpe real de su nación.
No sé si existe algún pueblo del mundo que no haya oído hablar del sabio Salomón. En Europa y América, su leyenda forma parte del legado judeocristiano, que lo recuerda como el constructor del primer templo de Israel. La tradición musulmana, que lo considera un profeta del Islam, ha difundido sus sentencias a través de Asia y África, desde Indonesia hasta el Magreb, pasando por las estepas de Mongolia y los oasis del río Congo. Para los cristianos etíopes, es el fundador de la primera estirpe real de su nación. Su efigie ha sido hallada en lejanas capillas de Siberia, en los iconos luminosos de los ortodoxos rusos. Durante siglos, su nombre viajó de país en país en boca de los gitanos, cuyas coplas lo celebran como el más sabio de los hombres.
A primera vista, cabría esperar que ya lo sabemos todo acerca de un personaje de fama tan universal. Como en otros casos semejantes, es mucho menos lo que sabemos que lo que ignoramos.

Cuando murió el rey David, el trono de Israel recayó en su hijo Salomón. Los cortesanos y los notables temieron por el reino, pues el heredero apenas había cumplido 12 años. Sin embargo, Dios se le apareció a Salomón en un sueño y le ofreció hacer realidad un deseo.
—No soy más que un niño —contestó Salomón—. Solo te pido que des sabiduría a mi corazón, para que pueda juzgar a tu pueblo y distinguir el bien del mal.
Su petición agradó a Dios, puesto que el nuevo rey no ansiaba nada para sí mismo, sino tan solo el bienestar de los demás. Y Dios dijo:
—Serás sabio como ningún otro, ni antes ni después de ti. Y tus honores y riquezas serán mayores que las de todos los reyes de la Tierra.
No te alabes delante del rey,
Ni busques el lugar de los grandes;
Siempre es mejor que te digan: «Ven aquí»,
A que el soberano te humille con su mirada.

Según la leyenda, Salomón llegó a tener setecientas esposas que convivían con él en su palacio. Desde luego, no faltaban disputas, y un día dos de ellas acudieron para preguntarle cuál de las dos era su favorita. Salomón las llevaba a ambas en el corazón, pero sabía que habían discutido y, después de escucharlas, comprendió que debía dar una respuesta. Les pidió un mes para reflexionar y ordenó que, hasta entonces, las dos mujeres no hablaran entre sí.
En cuanto se marcharon, Salomón bajó a la fragua del palacio y ordenó a uno de sus joyeros que le fabricara dos anillos de oro idénticos. Cuando los anillos estuvieron hechos, acudió a la habitación de una de las mujeres y le regaló el primero, haciéndole prometer que solo lo llevaría cuando estuvieran a solas y nunca hablaría a nadie de su existencia. A la noche siguiente, busco a la otra mujer y le dio el otro anillo tras exigirle una promesa idéntica.
Cuando se cumplió el mes, el rey hizo llamar a las dos y les comunicó solemnemente:
—Aquella a la que he dado el anillo está más cerca de mi corazón. Desde entonces, las dos vivieron en paz y armonía.

En uno de sus viajes, Salomón se detuvo a la orilla de un río, en una aldea asolada por un cocodrilo. Los aldeanos se espantaron al verlo bajar de su barca, pues Salomón había hundido el pie en el agua donde merodeaba el feroz animal. Solo cuando estuvo en tierra firme, se acercaron a rendirle pleitesía.
—¡Oh, Salomón, rey sabio! Bendito sea este día en que vienes entre nosotros. ¡Sálvanos del cocodrilo, o bien pronto nos devorará a todos!
Salomón se compadeció de ellos. Habló con el cocodrilo y le enseñó un cañaveral donde podía buscar de otro modo su sustento.
Al regreso de su viaje, volvió a pasar por la aldea, y esta vez fue el cocodrilo el que acudió a él pidiendo clemencia.
—¡Apiádate de mí, Salomón! —le dijo la bestia—. Desde que te marchaste, los aldeanos me acosan y me persiguen por el río.
Ni siquiera puedo estar en paz en el cañaveral, porque los niños vienen a apedrearme.
Salomón reflexionó un momento. Y luego dijo:
—Has permitido que te pierdan el miedo. Y eso ha sido un error.
—¡Tú mismo me ordenaste que dejara de atacarlos! —dijo sorprendido el animal.
—Te ordené que dejaras de hacer daño, no que cerraras tus fauces ante el peligro.

Unos sacerdotes preguntaron a Salomón cuáles eran las marcas del hombre generoso. El rey respondió:
—Es generoso el hombre que da antes de que le pidan. Es aún más generoso el que da sin esperar retribución. Pero el más generoso es el que da sin percatarse de que ha dado.
—¿Cómo puede ser esto? —preguntó uno de los sacerdotes—. Si un hombre da sin saber que ha dado, no conoce la generosidad. ¿Es generosa la palmera tan solo porque da sombra? ¿O el río que nos da agua, pero no sabe qué es la sed?
Salomón le respondió:
—Has hablado como un sabio.
Da antes de que te pidan, sin esperar nada cambio. Olvida enseguida que diste, para que sea el cielo quien premie tus obras. Pues solo Dios es dueño de la verdadera generosidad.
Saben mejor las judías de un amigo
Que un buey entero cebado con odio.
Algunos caminos parecen correctos,
Pero al final conducen a la muerte.

Un día, después de vadear un río, Salomón se encontró con un caballo y un alacrán que discutían en la orilla. Los animales guardaron las formas, pues también lo reconocían como rey. El alacrán imploró entonces su misericordia:
—¡Sálvame, sabio Salomón! ¡Este caballo enfurecido quiere matarme de una coz!
Salomón preguntó al caballo si eso era cierto.
—Es la verdad, majestad —contestó el caballo—. Pero tengo mis motivos.
Explicó que el alacrán le había pedido ayuda a cruzar el río. El caballo, que era noble de corazón, lo había dejado subir en sus lomos, y el alacrán le había clavado su aguijón en medio de la corriente. Apenas se habían salvado de ahogarse, y el caballo aún estaba dolorido.
Salomón le preguntó al alacrán por la causa de su ingratitud. El alacrán guardó silencio y luego dijo:
—Nos conocemos hace tiempo. Y no es la primera vez que esto ocurre. No he podido dejar de picar al caballo, pues esa es mi naturaleza.
Salomón corroboró con el caballo que el alacrán lo había picado ya tres veces. Ordenó a cada uno que se marchara por su camino, pero no impuso ningún castigo al alacrán. A veces, la prudencia juzga mejor que la nobleza. Si has cometido el mismo error tres veces, no pidas justicia al cielo.

La reina de Saba preguntó a Salomón en otra ocasión:
—¿Cuál es el reino del mundo donde ya no brilla el sol?
Salomón respondió:
—Es el reino del océano, que vio el sol tan solo una vez antes que Dios juntara sobre él las aguas.
La reina asintió, satisfecha de la sagacidad de su acompañante. Pero Salomón aún no había concluido su respuesta:
—Sin embargo, también allí llega la luz de Dios. En el fondo del mar, brilló el sol una vez, y volverá a brillar cuando las aguas se separen. Verá otra vez la luz, como el corazón oscurecido que se arrepiente de sus faltas.
La gloria de Dios consiste en ocultar las cosas
Y la gloria de los reyes en descifrarlas.
Los cielos por su altura, la tierra por su profundidad
Y el corazón de los reyes son todos inescrutables.

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An interesting short book that consists of 55 stories. Spiritual traditions from around the world revere the figure of Solomon. Judaism remembers him as the builder of the first temple in Israel. Islam considers him a prophet of the first order. For Ethiopian Christians, he is the founder of the first royal race of his nation.
I do not know if there are any people in the world who have not heard of the wise Solomon. In Europe and America, its legend is part of the Judeo-Christian legacy, which recalls him as the builder of the first temple in Israel. Muslim tradition, which considers him a prophet of Islam, has spread his sentences throughout Asia and Africa, from Indonesia to the Maghreb, through the steppes of Mongolia and the oases of the Congo River. For Ethiopian Christians, he is the founder of the first royal race of his nation. Its effigy has been found in distant chapels of Siberia, in the luminous icons of the Russian Orthodox. For centuries, his name traveled from country to country at the mouth of the gypsies, whose couplets celebrate him as the wisest of men.
At first glance, one might expect that we already know everything about such a universal character. As in other similar cases, it is much less what we know than what we ignore.

When King David died, the throne of Israel fell to his son Solomon. The courtiers and notables feared for the kingdom, for the heir had barely turned 12. However, God appeared to Solomon in a dream and offered to make a wish come true.
“I am only a child,” Solomon replied. I only ask you to give wisdom to my heart, so that I may judge your people and distinguish good from evil.
His request pleased God, since the new king did not crave anything for himself, but only the welfare of others. And God said:
“You will be wise like no other, neither before nor after you.” And your honors and riches will be greater than those of all the kings of the Earth.
Do not praise yourself before the king,
Do not look for the place of the great;
It’s always better to be told: “Come here,”
May the sovereign humiliate you with his gaze.

According to legend, Solomon got to have seven hundred wives who lived with him in his palace. Of course, there were no disputes, and one day two of them came to ask which of them was his favorite. Solomon carried them both in his heart, but he knew they had argued and, after hearing them, he understood that he should give an answer. He asked them a month to reflect and ordered that, until then, the two women should not talk to each other.
As soon as they left, Solomon went down to the forge of the palace and ordered one of his jewelers to make two identical gold rings. When the rings were made, he went to the room of one of the women and gave him the first, making him promise that he would only wear it when they were alone and never talk to anyone about its existence. The next night, he looked for the other woman and gave him the other ring after demanding an identical promise.
When the month was over, the king called both of them and solemnly told them:
“The one to whom I have given the ring is closer to my heart.” Since then, the two lived in peace and harmony.

On one of his trips, Solomon stopped at the edge of a river, in a village ravaged by a crocodile. The villagers were shocked to see him get off his boat, for Solomon had sunk his foot in the water where the fierce animal was hanging. Only when he was on the mainland, they approached him to pay homage.
“Oh, Solomon, wise king!” Blessed is this day when you come among us. Save us from the crocodile, or it will soon devour us all!
Solomon felt sorry for them. He talked to the crocodile and showed him a cane field where he could otherwise seek his livelihood.
Upon returning from his trip, he passed through the village again, and this time it was the crocodile who came to him asking for mercy.
“Take hold of me, Solomon!” Said the beast. Since you left, the villagers harass me and chase me down the river.
I can’t even be at peace in the cane field, because the children come to stone me.
Solomon reflected for a moment. And then he said:
“You have let them lose your fear.” And that has been a mistake.
“You ordered me to stop attacking you!” Said the animal surprised.
“I ordered you to stop hurting, not to close your jaws in the face of danger”.

Some priests asked Solomon what the marks of the generous man were. The king replied:
“The man who gives before he is asked is generous.” He who gives without waiting for retribution is even more generous. But the most generous is the one who gives without realizing what he has given.
—How can this be? Asked one of the priests. If a man gives without knowing what he has given, he does not know generosity. Is the palm generous just because it gives shade? Or the river that gives us water, but doesn’t know what thirst is?
Solomon replied:
“You have spoken like a sage.”
Give before they ask you, without expecting anything change. Forget immediately that you gave, so that it is heaven who rewards your works. For only God owns true generosity.
They know a friend’s beans better
That a whole ox fattened with hate.
Some roads seem correct,
But in the end they lead to death.

One day, after wading a river, Solomon met a horse and a scorpion that they argued on the shore. The animals kept the forms, because they also recognized him as king. The scorpion then implored his mercy:
“Save me, wise Solomon!” This enraged horse wants to kill me from a kick!
Solomon asked the horse if that was true.
“It’s the truth, majesty,” said the horse. But I have my reasons.
He explained that the scorpion had asked for help to cross the river. The horse, who was noble at heart, had let him climb on his loins, and the scorpion had stuck his sting in the middle of the current. They had barely been saved from drowning, and the horse was still in pain.
Solomon asked the scorpion for the cause of his ingratitude. The scorpion was silent and then said:
“We’ve known each other for a long time.” And it is not the first time this happens. I could not stop biting the horse, because that is my nature.
Solomon corroborated with the horse that the scorpion had already stung him three times. He ordered each one to leave on his way, but he did not impose any punishment on the scorpion. Sometimes prudence judges better than nobility. If you have made the same mistake three times, do not ask for justice from heaven.

The Queen of Sheba asked Solomon on another occasion:
—What is the kingdom of the world where the sun no longer shines?
Solomon replied:
“It is the kingdom of the ocean, which saw the sun only once before God gathered the waters on it.”
The queen nodded, satisfied with the sagacity of her companion. But Solomon had not yet completed his answer:
“However, there also comes the light of God.” At the bottom of the sea, the sun shone once, and it will shine again when the waters separate. You will see the light again, like the darkened heart that regrets its faults.
The glory of God is to hide things
And the glory of the kings in deciphering them.
The heavens for their height, the earth for their depth
And the hearts of the kings are all inscrutable.

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