Los Magos De La Guerra. Ocultismo Y Espionaje En El Tercer Reich — Óscar Herradón / The Wizards Of War. Occultism and Espionage in the Third Reich by Óscar Herradón (spanish book edition)

Impresionante en lo que se basaban para hacer la guerra. Increíble que sean capaces de movilizar tanta gente,da miedo pensar de quién dependemos. Fue la «guerra de los magos», una batalla mística librada en el más absoluto de los sigilos en un tiempo de profunda oscuridad, por medio de operaciones de Inteligencia que llevaban el marchamo de «alto secreto» y de las que muy poca gente ha tenido conocimiento hasta tiempos recientes. Una lucha mágica en la que se emplearon todo tipo de medios para derrotar al ángel del apocalipsis en que se había convertido el «mesías» de la esvástica.
Haría falta mucho más que magia para acabar con el Tercer Reich, con ese monstruo gestado por el odio y el fanatismo, pero era necesario lograrlo, costara lo que costase.

Alrededor de 1911, Hitler conoció a un residente del albergue masculino llamado Josef Greiner, un farolero desempleado, con quien el austríaco pasaría horas discutiendo conocimientos arcanos de temas como la astrología, la religión o las ciencias ocultas, según recoge el historiador John Toland. Greiner, en sus memorias, publicadas en Zúrich en 1947, muy poco después del final de la guerra, bajo el título de Das Ende der Hitler-Mythos («El fin del mito de Hitler», no traducidas al español), apunta que: «Hitler estaba fascinado con las historias de yoga y los resultados mágicos de los faquires hindúes. Leyó con entusiasmo los libros de viajes del explorador sueco Sven Hedin, quien abrió rutas a través del Himalaya en busca de los Shangri-La tibetanos».
Hay pruebas de que Hitler también mostró un cierto interés por teorías heterodoxas como la del hielo cósmico, de Hans Hörbiger, que intentarían demostrar algunos guardias negros de las SS en un misterioso viaje al Tíbet en 1939, o la teoría de la tierra hueca, hipótesis que hoy están consideradas como meras extravagancias pseudocientíficas.
Pero, al margen del ocultismo, volvamos al ambiente político y social que se respiraba por aquel entonces en Centroeuropa y que sería también decisivo en la forja de la mentalidad de Hitler. En aquellos tiempos, el comunismo y los movimientos sindicales iban ganando poder, y Hitler llegó a afirmar que tenía miedo del futuro y que veía enemigos por todas partes.
Hitler obtuvo la nacionalidad alemana mediante una argucia legal: fue «contratado» como funcionario en el ayuntamiento de Braunschweig, cuyo alcalde era un ferviente nazi. Tras una dura batalla electoral (su nueva estrategia consistía en utilizar las «armas» que le brindaba la democracia para después acabar con ella) contra el anciano presidente Von Hindenburg, y numerosas artimañas políticas entre bambalinas, además del uso de la fuerza y las amenazas de los camisas pardas para coaccionar a los votantes, Hitler logró una victoria aplastante, que lo convirtió nada menos que en canciller alemán el 30 de enero de 1933. A ello contribuyó una campaña propagandística sin precedentes en el país, a través de un organismo que ya controlaba el maestro de la palabra Joseph Goebbels: tres mil mítines diarios, millones de carteles distribuidos, películas, discos…
Adolf Hitler, que estaba convencido de que tenía que cumplir una «misión» providencial, presentó su movimiento valiéndose de las ancestrales armas de la religión, y alcanzó, mediante ellas y otros elementos que convergieron entonces, un poder casi absoluto.

Como le sucedería a Churchill, aunque en un sentido marcadamente más místico y grandilocuente, Adolf Hitler tenía una visión romántica de su propio futuro y se veía a sí mismo como un Salvador de Alemania. Su mesianismo fue lo que en un principio embaucó a las masas enfervorecidas de nuevos nazis, pero también su perdición, pues confiaba ciegamente en su propia intuición, por encima de cualquier consejo que le dieran hombres más instruidos que él, como sus propios generales.
Si nos adentramos en las voluminosas y fanáticas páginas de su autobiografía, Mein Kampf (Mi lucha), ya en ellas se advierte esa cualidad «visionaria» del líder del Partido Nazi. Así, el Movimiento nazi se rodeó de un aura mística que no sólo era simbólica y estética, sino que servía a un cometido mayor; era prácticamente una religión con millones de fieles, que rendían culto a su dios reencarnado: un hombre de bigotillo recortado, flequillo y voz chillona, pero un «dios», al fin y al cabo, ante sus ojos.
Cuando todo un pueblo sigue ciegamente una causa o a un hombre que afirma que su raza es la única perfecta y que el mundo está ante él para conquistarlo, pisoteando al resto, el resultado final sólo puede ser catastrófico para todos.
El gran antagonista de Hitler no fue Stalin, sino Churchill. Sin la perseverancia del premier británico, sin su vehemencia a la hora de pedir sacrificio al pueblo inglés, sin su negativa absoluta a claudicar ante la Alemania nazi, Inglaterra habría sido, sin duda, absorbida por el inmenso aparato conquistador del Tercer Reich, como lo habría sido, más tarde, todo el mundo libre y después, quizá, todo el mundo habitado.
Es cierto que, además de la feroz lucha del inglés, se dieron muchos más factores que contribuyeron a acabar con las ambiciones del Führer, como el invierno ruso y el contraataque «a vida o muerte» de los soviéticos, la entrada de Estados Unidos en la guerra tras el bombardeo japonés de Pearl Harbor y victorias épicas en el Viejo Continente y en el Norte de África; además de cientos de operaciones secretas, muchas de ellas aún clasificadas, llevadas a cabo por los servicios de Inteligencia aliados, junto a la resistencia interna contra Hitler. Pero no es menos cierto que cuando se piensa en un personaje capaz de echarle un pulso al dictador alemán hasta partirle el brazo, ése es sin duda Winston S. Churchill. Sabemos que varios departamentos de Inteligencia nazis y las propias SS del pseudomístico Heinrich Himmler hicieron uso de determinadas fuerzas ocultas durante el conflicto, técnicas esotéricas que, gracias al trabajo de los espías infiltrados en el gobierno nazi, conocían plenamente ciertos mandatarios ingleses, entre ellos el propio Churchill, quien, curiosamente, después de la guerra, intentaría ocultar cualquier referencia a este tema.

Hanussen, el que sería conocido como «el mago de Hitler» o «el profeta del Tercer Reich», desconfiaba de los logros de los mentalistas, los telépatas y los espiritistas. En una ocasión, él mismo escribió: «Yo era, en realidad, un antiocultista al cien por cien, que aceptaba la vida día a día, tal como se me presentaba, sin perderme en fantasías. Pero cuanto más me manifestaba en contra del ocultismo por medio de las publicaciones que tenía a mi disposición, más debía rendirme a la importancia que estaba asumiendo para mí».
De nuevo en Viena, una capital clave para la futura historia europea, Hanussen malvive como cantante y poeta bohemio, un habitual de la vida nocturna formada por cabarets, vividores, prostitutas y artistas decadentes que se dan cita en el Café Louvre, sito en la Praterstrasse, un lugar no sólo de amantes del espectáculo y gigolós, sino también centro neurálgico de la recién nacida parapsicología, una pseudociencia cada vez más en boga. En esa calle coinciden frenólogos, adivinos, astrólogos, grafólogos…, personajes que aun pudiendo parecer simples extravagantes, un día tendrán una importancia capital en el desarrollo de las operaciones secretas de la segunda guerra mundial.
El mago de origen austríaco no tardó en convertirse en un elemento importante para la financiación del NSDAP, en una fuente de ingresos, realizando donaciones y favores personales a varios de sus dirigentes, entre ellos a Helldorf, al que pagó una deuda de juego de trecientos mil marcos. Palacios escribe que incluso el mismo Hermann Göring, al que le encantaba la vida opulenta y el lujo, y era un habitual de los espectáculos de variedades de la noche berlinesa, recibió sustanciosos préstamos del mago.
Sin embargo, el Reichsmarschall, líder de la Luftwaffe, se encolerizaría con Hanussen durante una séance privada en la que éste «vaticinó», quizá como un desafío muy en consonancia con su inestable personalidad, adicta al riesgo, que después de varios años victoriosos, el Partido Nazi sufriría «una inevitable destrucción final».
Hanussen se llevó consigo no sólo los secretos de su supuesta clarividencia, sino muchos otros relacionados con un régimen que no tardaría en sembrar el terror a su paso. Steinschneider no pudo ser uno de los «magos de la guerra», no puso sus habilidades al servicio de los departamentos de Inteligencia de uno u otro bando, ni fue tampoco capaz de predecir su propio final, ni el final de tantos y tantos millones de almas que perecerían a causa del fanatismo del mismo hombre que un día se había reunido con él en el hotel Kaiserhof, su cuartel general en Berlín.

La supuesta existencia de la Sociedad Vril es uno de los temas más extravagantes y curiosos relacionados con el ocultismo en el Tercer Reich. Lo cierto es que no se puede realizar un trabajo dedicado a los secretos de la segunda guerra mundial sin abordar, aunque sea en unas pocas pinceladas y casi como mera curiosidad, el tema de la supuesta influencia de esta organización en la forja de las ideas nacionalsocialistas.
Debemos la mayor parte de las referencias a la que también fue conocida como Logia Luminosa al relevante, aunque demasiado quimérico, trabajo de Louis Pauwels y Jacques Bergier. Fuera cierto o no que existió tal organización en la sombra (todo parece indicar que sí existió un grupo de «iluminados» que la utilizó quizá para confundir en un tiempo en el que florecían las logias de todo tipo en Alemania), lo cierto es que la búsqueda de esa «Vril», esa supuesta energía, sí que casa con la ambición de algunos nazis que, como Himmler, buscaron diversas reliquias, entre ellas el Grial, por medio mundo, con la intención, algo inocente, pero coherente con su concepción mística de la historia, de doblegar a sus numerosos enemigos: judíos, comunistas, pacifistas, cristianos…
Hess era, junto a Himmler, el personaje nazi más vinculado al ocultismo, las sociedades secretas y las terapias alternativas; también, su estrecha relación con los Haushofer, padre e hijo, dos de las figuras más interesantes y sepultadas en el olvido del régimen nazi; la importancia de los servicios secretos en el Asunto Hess, y las muchas sombras que aún rodean a la «odisea» británica del viceFührer.
La cosa se complica aún más cuando se penetra en este enrevesado asunto donde los documentos desclasificados se apilan, los informes se contradicen y las versiones de los protagonistas de los hechos apenas coinciden en algunos puntos; todo esto no sería de extrañar si el asunto fue pergeñado por los Servicios de Inteligencia británicos, y todo parece apuntar a que así fue, incluso la llamada «trama oculta», un epígrafe impresionante dentro de todo este embrollo, que, por la importancia capital que tuvo en la decisión del nazi y las consecuencias…
En la actualidad se ha conseguido arrojar no poca luz acerca del Asunto Hess, sin embargo, y a pesar de la desclasificación de informes, de los numerosos estudios que tienen dicho episodio como eje central y de los más de setenta años transcurridos desde que tuvieron lugar los hechos, continúa siendo uno de los misterios sin resolver más complejos, y probablemente el más relevante, de la segunda guerra mundial.

En relación con el denominado Asunto Hess, uno de los mayores misterios de la segunda guerra mundial, ha aparecido una figura fundamental del ocultismo del siglo XX, fundamental también en lo que en Inglaterra dio en llamarse entre los círculos herméticos la «guerra mágica»: Aleister Crowley. Tanto éste como otros ocultistas británicos que también tendrán su hueco en este capítulo, entre ellos Dion Fortune, o los escritores-espía Ian Fleming o Ellic Howe, trabajaron juntos para derrotar a Hitler y a sus numerosos ejércitos.
No podemos hablar de los magos de la guerra y de la importancia de los espías en la contienda más devastadora de la historia de la humanidad sin pasar, aunque sea casi de puntillas, debido a la falta de información fidedigna y contrastada, por la biografía de uno de los grandes ocultistas de todos los tiempos, sin duda el místico más carismático y controvertido del siglo XX: Aleister Crowley, quien se autoproclamaría como La Bestia 666 y sería persona non grata incluso en su propio país, Inglaterra, al que, sin embargo, serviría entre bambalinas en el seno de los servicios secretos.
No obstante, existen muy pocos datos acerca de la supuesta participación de Crowley en la segunda guerra mundial y cuál fue el verdadero papel que desempeñó en el seno del SOE. Aun así, gracias a las minuciosas investigaciones realizadas en los polvorientos archivos del MI5 y el MI6, al menos sobre aquellos documentos que ya han sido desclasificados, de investigadores como Peter Levenda.
El símbolo que forma Crowley, que representa a un hombre con los brazos abiertos en signo de amistad, es muy similar al que aparece en numerosos grabados rupestres del Bronce Nórdico Medio (que fascinaría a los investigadores de la Ahnenerbe nazi), en figurillas de bronce de la Europa protocéltica y en terracotas de la región del Egeo. Curiosamente, este símbolo, que significa también el resurgir de la vida y de la vegetación, tiene paralelismos con la runa germánica algiz, que posee el valor fonético de z y que fue adoptada durante los años treinta del siglo XX por el Grupo de Ur (más tarde conocido como Krur), dedicado a los estudios esotéricos de tipo tradicional, al que pertenecieron Julius Evola y René Guénon.
Aleister Crowley no sería el único de los ocultistas ingleses que pusieron sus conocimientos de lo intangible al servicio de los departamentos de Inteligencia del Gobierno del país y que desplegaron sus armas «mágicas» para frenar al cabo chillón que estaba sembrando la destrucción en el viejo mundo. En relación con esta corriente de misticismo en las Islas Británicas durante la guerra que impulsó prácticas como el Minuto Silencioso, un personaje brilla por encima del resto.
Y es que además de W.T. Pole, Louis de Wohl o el propio Crowley, tuvo un papel esencial en la llamada guerra mágica (dieran o no resultado efectivo sus acciones), una mujer, la mística y escritora de lo oculto Dione Fortune. A medida que la guerra se ponía en contra de Hitler y el Blitz (el bombardeo sobre suelo inglés) pasaba, Dion dirigió sus esfuerzos más hacia las secuelas del conflicto y al esfuerzo de paz, hablando de un período de reconstrucción no sólo física sino también espiritual y moral, a la que denominó la Era de Acuario, para cuya consecución trabajarían sus discípulos.
La mística, que no por iluminada deja de ser un personaje fascinante dentro del ocultismo del siglo XX, escribió un episodio fundamental del uso de las fuerzas mágicas en la segunda guerra mundial. Algunos de los seguidores de la mujer mago creyeron ver en el enorme esfuerzo físico y psíquico que le supuso aquel tormentoso período la causa de que Fortune enfermase de leucemia y muriese no mucho después del final de la guerra, el 8 de enero de 1946, justo antes de cumplir los cincuenta y seis años.
Al menos, vio con sus propios ojos la victoria de su pueblo contra los nazis, a los que consideraba, y esta vez no sin razón, enviados de las tinieblas. Es más que seguro que, gracias a ello, pudiera descansar en paz.

Wewelsburg fue, por tanto, el «Vaticano de las SS», el centro neurálgico y místico de la Orden Negra, pero Heinrich Himmler no dio rienda suelta a sus obsesiones megalómanas y ocultistas únicamente en él. Utilizó los numerosos fondos que recibía su organización para financiar empresas realmente pintorescas, que llegarían a rozar el paroxismo durante los últimos años del Reich.
En 1935 fue el impulsor de la creación de la Sociedad para la investigación y la enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana (Deutsches Ahnenerbe e.V., en alemán), más conocida como Ahnenerbe a secas, un instituto de investigación cuyo cometido era encontrar los vestigios de las antiguas glorias de la raza aria, una visión utópica que finalmente consistió en la falsificación descarada de la ciencia, la arqueología y la historia germánicas y de otros pueblos. Sus principales dirigentes, comandados por Himmler, serían Walter Darré, líder de la RuSHA; Walter Wüst; Hermann Wirth*, y Wolfram von Sievers, un fanático antisemita.
El cese oficial de Wiligut de la Orden Negra fue fechado el 28 de agosto de 1939. Aunque las SS siguieron cuidando del anciano obsesionado con el paganismo nórdico en su retiro, los últimos años de Karl Maria Wiligut fueron un penoso vagabundeo por Alemania mientras duró la guerra. Himmler nombró a Elsa Baltrusch, que formaba parte del equipo personal del Reichsführer, ama de llaves de Wiligut y le encomendó su cuidado.

Si en el Berlín de comienzos de los años treinta destacó el ilusionista y «vidente» Erik Jan Hanussen, que llegó a convertirse en una especie de profeta del nuevo Reich, su homólogo en el bando aliado podríamos decir que fue el pulcro y refinado británico Jasper Maskelyne, quien fue bautizado como el Mago de la Guerra por hacer uso de sus amplios conocimientos del mundo del espectáculo y del ilusionismo para combatir a Hitler. Eso sí, Jasper no se jactaba de poseer ningún tipo de don sobrenatural o de experimentar arrebatos visionarios, a diferencia del austríaco, y la suerte le sonrió más y durante más años que a este último.
Su labor en la segunda guerra mundial, no obstante, está rodeada de controversia, pues no son pocos los que le niegan tal relevancia en el desarrollo de la contienda en el desierto, y se le acusa de que en sus memorias, publicadas en 1949 con el nombre de Magic: Top Secret, mintió o exageró sus méritos. Por desgracia, los informes sobre sus actuaciones no serán desclasificados hasta el año 2046. Sus hazañas resultan hipnóticas (o al menos lo han sido para el que esto suscribe), pero, de ser falsas, éstas habrían sido, sin duda, el último gran truco de prestidigitación de un maestro de la magia, al mantener engañadas a millones de personas durante décadas. Tan sólo queda esperar, aunque la espera todavía será larga…

Sólo la CIA y otras agencias de Inteligencia americanas, rusas, inglesas… saben toda la verdad, o gran parte de ella, sobre la fuga de los nazis, y los teóricos de la conspiración especulan con la posibilidad (no tan alocada como pueda parecer a priori) de que los mejores científicos nazis estuvieran involucrados en algunos de los más siniestros y ambiciosos programas de control mental de la Agencia Central de Inteligencia, como el MK-Ultra y proyectos hermanos, utilizando, quién sabe, a aquellos expertos en el péndulo que trabajaron al servicio de Inteligencia de la Marina alemana en plena guerra.
Hará falta esperar a la desclasificación de esos supuestos expedientes ultrasecretos (si es que no han sido destruidos ya) para saber hasta qué punto el régimen de la esvástica se prolongó más allá del año 1945, en el que países que pronto se convertirían en enemigos, unieron sus fuerzas para combatir al ángel del Apocalipsis, un Armagedón que tendría su reflejo a pequeña escala en Hiroshima y Nagasaki, antes de la capitulación de Japón, y no precisamente a manos de los nazis.
Si la CIA, los desaparecidos KGB y Stasi o el MI5 fueron los escenarios en los que aquellos sorprendentes personajes, finalizada la guerra, desarrollaron su labor y emplearon sus habilidades, es posible que jamás obtengamos información alguna. Como por arte de magia, sus secretos desaparecieron; los protagonistas, quizá obligados, se los llevaron para siempre a la tumba, donde duermen el sueño del olvido, como tantos otros episodios fascinantes de la Historia.

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Impressive on what they were based to make war. Amazing that they are able to mobilize so many people, it’s scary to think about who we depend on. It was the “war of the magicians”, a mystical battle waged in the most absolute of the sigils in a time of deep darkness, through intelligence operations that carried the “top secret” march and of which very few people have had knowledge until recent times. A magical struggle in which all kinds of means were used to defeat the angel of the apocalypse into which the “messiah” of the swastika had become.
It would take much more than magic to end the Third Reich, with that monster created by hatred and fanaticism, but it was necessary to achieve it, no matter what it cost.

Around 1911, Hitler met a resident of the male shelter named Josef Greiner, an unemployed beacon, with whom the Austrian would spend hours discussing arcane knowledge of subjects such as astrology, religion or occult sciences, according to historian John Toland. Greiner, in his memoirs, published in Zurich in 1947, shortly after the end of the war, under the title of Das Ende der Hitler-Mythos (“The end of Hitler’s myth”, not translated into Spanish), points out that: «Hitler was fascinated with the stories of yoga and the magical results of the Hindu fakirs. He enthusiastically read the travel books of the Swedish explorer Sven Hedin, who opened routes through the Himalayas in search of the Tibetan Shangri-La ».
There is evidence that Hitler also showed some interest in heterodox theories such as Hans Hörbiger’s cosmic ice, which would attempt to demonstrate some black SS guards on a mysterious trip to Tibet in 1939, or the hollow earth theory, hypothesis that today are considered as mere pseudoscientific extravagances.
But, aside from the occult, let’s return to the political and social environment that was felt at that time in Central Europe and that would also be decisive in forging Hitler’s mentality. At that time, communism and trade union movements were gaining power, and Hitler came to claim that he was afraid of the future and that he saw enemies everywhere.
Hitler obtained German nationality through a legal argument: he was “hired” as an official in the municipality of Braunschweig, whose mayor was a fervent Nazi. After a tough electoral battle (his new strategy was to use the “weapons” that democracy gave him and then end it) against the old president Von Hindenburg, and numerous political tricks behind the scenes, in addition to the use of force and threats of the brown shirts to coerce the voters, Hitler achieved an overwhelming victory, which made him nothing less than a German chancellor on January 30, 1933. To this contributed an unprecedented propaganda campaign in the country, through an agency that The master of the word Joseph Goebbels already controlled: three thousand daily rallies, millions of posters distributed, movies, records …
Adolf Hitler, who was convinced that he had to fulfill a providential “mission,” presented his movement using the ancestral weapons of religion, and achieved, through them and other elements that converged then, an almost absolute power.

As would happen to Churchill, although in a markedly more mystical and grandiloquent sense, Adolf Hitler had a romantic vision of his own future and saw himself as a Savior from Germany. His messianism was what initially deceived the sick masses of new Nazis, but also his downfall, because he blindly trusted his own intuition, above any advice given to him by more educated men than him, as his own generals.
If we go into the voluminous and fanatic pages of his autobiography, Mein Kampf (My fight), they already notice that “visionary” quality of the leader of the Nazi Party. Thus, the Nazi Movement surrounded itself with a mystical aura that was not only symbolic and aesthetic, but served a greater purpose; It was practically a religion with millions of faithful, who worshiped their reincarnated god: a man with a trimmed mustache, bangs and shrill voice, but a “god”, after all, before his eyes.
When a whole town blindly follows a cause or a man who claims that his race is the only perfect one and that the world is before him to conquer him, trampling on the rest, the end result can only be catastrophic for everyone.
Hitler’s great antagonist was not Stalin, but Churchill. Without the perseverance of the British premier, without his vehemence at the time of requesting sacrifice to the English people, without his absolute refusal to give up before Nazi Germany, England would have been, without a doubt, absorbed by the immense conquering apparatus of the Third Reich, as he it would have been, later, the whole free world and then, perhaps, the entire inhabited world.
It is true that, in addition to the fierce struggle of English, there were many more factors that contributed to ending the Führer’s ambitions, such as the Russian winter and the counterattack “to life or death” of the Soviets, the entry of the United States into the war after the Japanese bombing of Pearl Harbor and epic victories in the Old Continent and in North Africa; In addition to hundreds of secret operations, many of them still classified, carried out by the Allied Intelligence services, along with internal resistance against Hitler. But it is no less true that when you think of a character capable of giving a pulse to the German dictator to break his arm, that is undoubtedly Winston S. Churchill. We know that several Nazi Intelligence departments and the SS of the pseudomistic Heinrich Himmler themselves made use of certain hidden forces during the conflict, esoteric techniques that, thanks to the work of the spies infiltrated in the Nazi government, fully knew certain English leaders, including the Churchill himself, who, curiously, after the war, would try to hide any reference to this subject.

Hanussen, who would be known as “the wizard of Hitler” or “the prophet of the Third Reich,” distrusted the achievements of mentalists, telepaths and spiritualists. On one occasion, he himself wrote: «I was, in fact, a one hundred percent anti-cultist, who accepted life day by day, as it was presented to me, without losing myself in fantasies. But the more I manifested myself against the occult through the publications I had at my disposal, the more I had to surrender to the importance it was assuming for me ».
Once again in Vienna, a key capital for the future European history, Hanussen lives on as a bohemian singer and poet, a regular nightlife formed by cabarets, living, prostitutes and decadent artists who meet at the Café Louvre, located in the Praterstrasse, a place not only for spectacle lovers and gigolós, but also the nerve center of the newborn parapsychology, a pseudoscience increasingly in vogue. In that street, phrenologists, fortune tellers, astrologers, graphologists…, characters that, although they may seem simple extravagant, will one day have a capital importance in the development of the secret operations of the Second World War.
The magician of Austrian origin soon became an important element for the financing of the NSDAP, a source of income, making donations and personal favors to several of its leaders, including Helldorf, to whom he paid a gambling debt of three hundred thousand frames Palacios writes that even Hermann Göring himself, who loved opulent life and luxury, and was a regular at the variety shows of the Berlin night, received substantial loans from the magician.
However, the Reichsmarschall, leader of the Luftwaffe, would be angered by Hanussen during a private session in which he “predicted”, perhaps as a challenge very much in line with his unstable personality, addicted to risk, which after several victorious years, the Nazi Party would suffer “an inevitable final destruction.”
Hanussen took with him not only the secrets of his alleged clairvoyance, but many others related to a regime that would soon sow terror in his path. Steinschneider could not be one of the “wizards of war”, he did not put his skills at the service of the intelligence departments of one side or the other, nor was he able to predict his own end, nor the end of so many millions of souls that would perish because of the fanaticism of the same man who had once met him at the Kaiserhof hotel, his headquarters in Berlin.

The supposed existence of the Vril Society is one of the most extravagant and curious topics related to the occult in the Third Reich. The truth is that you can not do a job dedicated to the secrets of the Second World War without addressing, even in a few strokes and almost as mere curiosity, the issue of the supposed influence of this organization in the forging of National Socialist ideas.
We owe most of the references to what was also known as Luminous Lodge to the relevant, though too chimerical, work of Louis Pauwels and Jacques Bergier. Whether it was true or not that such an organization existed in the shade (everything seems to indicate that there was a group of “enlightened ones” who used it perhaps to confuse at a time when lodges of all kinds flourished in Germany), the truth is that the search for that “Vril”, that supposed energy, does match the ambition of some Nazis who, like Himmler, sought various relics, including the Grail, halfway around the world, with the intention, somewhat innocent, but consistent with their Mystical conception of history, of bending its numerous enemies: Jews, communists, pacifists, Christians …
Hess was, along with Himmler, the Nazi character most linked to occultism, secret societies and alternative therapies; also, his close relationship with the Haushofer, father and son, two of the most interesting and buried figures in oblivion of the Nazi regime; the importance of the secret services in the Hess Subject, and the many shadows that still surround the British “odyssey” of the Vice Fuehrer.
The thing gets even more complicated when you enter this convoluted issue where declassified documents are stacked, reports are contradicted and the versions of the protagonists of the events hardly coincide at some points; all this would not be surprising if the matter was engineered by the British Intelligence Services, and everything seems to indicate that this was, even the so-called “hidden plot”, an impressive epigraph within all this mess, which, by the capital importance that he had in the Nazi decision and the consequences …
At present, it has been possible to shed little light on the Hess Matter, however, and despite the declassification of reports, of the numerous studies that have said episode as the central axis and of the more than seventy years since the events took place. In fact, it remains one of the most complex, and probably the most relevant, unsolved mysteries of the Second World War.

In relation to the so-called Hess Subject, one of the greatest mysteries of the Second World War, a fundamental figure of the occultism of the twentieth century has appeared, fundamental also in what in England gave the “magic war” to be called among the hermetic circles: Aleister Crowley Both this and other British occultists who will also have their place in this chapter, including Dion Fortune, or spy-writers Ian Fleming or Ellic Howe, worked together to defeat Hitler and his numerous armies.
We cannot talk about the wizards of war and the importance of spies in the most devastating contest in the history of mankind without passing, even on tiptoe, due to the lack of reliable and proven information, by the biography of one of the greatest occultists of all time, undoubtedly the most charismatic and controversial mystic of the twentieth century: Aleister Crowley, who would proclaim himself as The Beast 666 and would be a non grata person even in his own country, England, to which, however , would serve behind the scenes in the secret services.
However, there is very little data about Crowley’s alleged participation in World War II and what the real role he played in the SOE was. Even so, thanks to the thorough investigations carried out in the dusty archives of MI5 and MI6, at least on those documents that have already been declassified, by researchers like Peter Levenda.
The symbol that Crowley forms, which represents a man with open arms in a sign of friendship, is very similar to the one that appears in numerous rock engravings of the Middle Nordic Bronze (which would fascinate the researchers of the Nazi Ahnenerbe), in bronze figurines from the proto-Celtic and terracotta Europe of the Aegean region. Interestingly, this symbol, which also means the resurgence of life and vegetation, has parallels with the Germanic rune algiz, which has the phonetic value of z and was adopted during the thirties of the twentieth century by the Ur Group (more later known as Krur), dedicated to esoteric studies of the traditional type, to which Julius Evola and René Guénon belonged.
Aleister Crowley would not be the only one of the English occultists who put their knowledge of the intangible at the service of the Intelligence departments of the Government of the country and who deployed their “magical” weapons to stop the squeaky end that was sowing destruction in the old world . In relation to this current of mysticism in the British Isles during the war that promoted practices such as the Silent Minute, a character shines above the rest.
And in addition to W.T. Pole, Louis de Wohl or Crowley himself, had an essential role in the so-called magic war (whether or not their actions were effective), a woman, the mystic and writer of the hidden Dione Fortune. As the war turned against Hitler and the Blitz (the bombing on English soil) passed, Dion directed his efforts more towards the aftermath of the conflict and the peace effort, speaking of a period of reconstruction not only physical but also spiritual and moral, which he called the Age of Aquarius, for whose achievement his disciples would work.
Mysticism, which is no longer enlightened ceases to be a fascinating character in the occultism of the twentieth century, wrote a fundamental episode of the use of magical forces in World War II. Some of the followers of the magician woman thought they saw in the enormous physical and psychic effort that stormy period caused the cause of Fortune becoming ill with leukemia and died not long after the end of the war, on January 8, 1946, just before he turned fifty-six.
At least, he saw with his own eyes the victory of his people against the Nazis, whom he considered, and this time not without reason, sent from darkness. It is more than certain that, thanks to that, he could rest in peace.

Wewelsburg was, therefore, the “Vatican of the SS”, the neuralgic and mystical center of the Black Order, but Heinrich Himmler did not give free rein to his megalomaniac and occult obsessions only in him. He used the numerous funds that his organization received to finance really picturesque companies, which would end up touching paroxysm during the last years of the Reich.
In 1935 he was the promoter of the creation of the Society for research and teaching on German Ancestral Heritage (Deutsches Ahnenerbe eV, in German), better known as Ahnenerbe a secas, a research institute whose mission was to find the vestiges of ancient glories of the Aryan race, a utopian vision that ultimately consisted of the blatant falsification of Germanic science, archeology and history and other peoples. Its main leaders, commanded by Himmler, would be Walter Darré, leader of the RuSHA; Walter Wüst; Hermann Wirth *, and Wolfram von Sievers, an anti-Semitic fan.
The official cessation of Wiligut of the Black Order was dated August 28, 1939. Although the SS continued to take care of the old man obsessed with Nordic paganism in his retirement, the last years of Karl Maria Wiligut were a painful wandering through Germany while the war. Himmler named Elsa Baltrusch, who was part of the Reichsführer’s personal team, Wiligut’s housekeeper and entrusted her with his care.

If in Berlin in the early thirties the illusionist and “seer” Erik Jan Hanussen stood out, who became a kind of prophet of the new Reich, his counterpart in the Allied side could say that it was the neat and refined British Jasper Maskelyne, who was baptized as the War Wizard for making use of his extensive knowledge of the world of entertainment and illusionism to fight Hitler. Of course, Jasper did not boast of having any kind of supernatural gift or experiencing visionary outbursts, unlike the Austrian, and luck smiled more and for more years than the latter.
His work in the Second World War, however, is surrounded by controversy, since there are few who deny him such relevance in the development of the war in the desert, and he is accused that in his memoirs, published in 1949 with Magic’s name: Top Secret, lied or exaggerated its merits. Unfortunately, reports on their performances will not be declassified until 2046. Their exploits are hypnotic (or at least they have been for the one who subscribes to), but, if they were false, they would have been, without a doubt, the last great Prestidigitation trick of a magic master, by keeping millions of people deceived for decades. It only remains to wait, although the wait will still be long …

Only the CIA and other American, Russian, English intelligence agencies … know the whole truth, or much of it, about the escape of the Nazis, and conspiracy theorists speculate on the possibility (not as crazy as it may seem to priori) that the best Nazi scientists were involved in some of the most sinister and ambitious mind control programs of the Central Intelligence Agency, such as the MK-Ultra and sister projects, using, who knows, those experts in the pendulum that They worked in the intelligence service of the German Navy during the war.
It will be necessary to wait for the declassification of these supposed ultra-secret files (if they have not already been destroyed) to know to what extent the swastika regime lasted beyond 1945, in which countries that would soon become enemies, they joined forces to fight the angel of Revelation, an Armageddon that would have its reflection on a small scale in Hiroshima and Nagasaki, before the capitulation of Japan, and not precisely at the hands of the Nazis.
If the CIA, the missing KGB and Stasi or the MI5 were the scenarios in which those amazing characters, after the war, developed their work and used their skills, we may never obtain any information. As if by magic, his secrets disappeared; the protagonists, perhaps obliged, took them forever to the grave, where they sleep the dream of oblivion, like so many other fascinating episodes of history.

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