Ortega Y Unamuno En La España De Franco. El Debate Intelectual Durante Los Años Cuarenta y Cincuenta — Antonio Martín Puerta / Ortega And Unamuno In Franco’s Spain. Intellectual Debate During the Forties and Fifties by Antonio Martín Puerta (spanish book edition)

Durante la primera parte del régimen de Franco se desarrolló una fuerte polémica en torno a los límites de la apertura cultural, cuestión que fundamentalmente giraba en torno a Miguel de Unamuno y a José Ortega y Gasset. Un asunto que resulta casi extraño a la mayoría de nuestros coetáneos, pero de recuerdo en modo alguno inoportuno, dada la influencia de ambas personalidades.
«Tras 1945, el grupo de intelectuales falangistas de Escorial inició un camino de recuperación del pensamiento español anterior a la guerra civil. Hasta 1956, esta recuperación abarcó el regeneracionismo, el 98 y Ortega y Gasset. Este proceso de apertura y asimilación de la cultura liberal española chocó, desde el principio, con un grupo de intelectuales católicos, ligados casi todos al Opus Dei, que pretendieron mantenerse fieles al pensamiento tradicionalista contrarrevolucionario español, cuya máxima figura veían en Menéndez Pelayo. Organizados en torno a la revista del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Arbor, y otras publicaciones posteriores.
El régimen de Franco era, por su composición, un régimen mixto, y no todas las fuerzas políticas —aun estando integradas predominantemente por católicos— sentían el mismo grado de adhesión a los principios que la Iglesia había reiterado como aplicables al campo de lo político. Y entre las cuestiones prácticas planteadas, se encontraba el delimitar cuáles eran las extensiones concretas de ese criterio —por entonces indiscutible para la Iglesia en un país católico— de la confesionalidad.

Resultaba también que ambos pensadores estaban bien vistos, especialmente el segundo, por los falangistas, grupo importante durante la primera mitad del régimen, que en sus publicaciones reiteraban claramente su simpatía por los autores indicados. Otro tanto sucedía con Pío Baroja, que también había prodigado en sus obras comentarios opuestos a la Iglesia, pero que figuraba entre el conjunto de colaboradores de la revista falangista Escorial.
Para quienes propugnaron la apertura cultural llegó un momento en que concluyeron por considerarla imposible; mientras tanto, habían salido de la experiencia de la polémica con notables magulladuras y una irreversible sensación de fracaso, y como en febrero de 1957 se produjo un completo cambio en la orientación del régimen, al iniciarse la fase tecnocrática, empezaron a separarse del sistema. Quienes procedían del auténtico fascismo, es decir, de la proximidad a las vanguardias culturales, no encontraban ya tener nada en común con un Estado gestionado por los intelectualmente anodinos y eficaces tecnócratas; un Estado cada vez más aséptico en lo político, y además administrado por gentes vinculadas al grupo religioso del que procedían algunos con los que habían tenido los mayores roces. Poco tiempo después también sus posturas políticas serían hostiles a ese mismo régimen, rompiendo en algún caso abiertamente con él.

Una primera cuestión sobre la que se debe reparar es que la controversia tuvo lugar acerca de cuestiones de tipo religioso, no político. Tanto los dos principales autores discutidos, Unamuno y Ortega —como otros sobre los que en menor grado también hubo algún tipo de reticencias, esto es, Baroja, Marañón o Pérez de Ayala— se habían desvinculado claramente de cualquier adhesión hacia el bando republicano. Lo que en modo alguno implicaba que en ellos se dieran entusiasmos incondicionales hacia la España de Franco. En general sus reservas obedecían a un criterio como el manifestado por Ortega a su hijo Miguel: «Lo más grave es que España, después de los años que van a venir, quedará, en gran parte, encanallada. Eso no quiere decir que los exiliados tengan ninguna razón, porque también la mayor parte de ellos, después de su actuación en la guerra civil, han quedado en peor situación inclusive. Por lo tanto, quedamos flotando, sin pertenecer a nadie». Siendo ésa su actitud intelectual, aceptaron, no obstante, ciertos grados de compromiso con la nueva situación.
Por mucha tensión religiosa que pueda hallarse en las obras de Unamuno, no tenía el menor inconveniente en enfrentarse con las posturas oficiales de la Iglesia, de cuyos criterios se hallaba en ignorancia voluntaria. Por ejemplo, la idea de «reinado social de Cristo», que atribuye a los jesuitas, se reitera con frecuencia por Pío XI, su coetáneo. Y su modo de razonar, agónico realmente, además de fideísta, es ajeno a la tradición cultural del catolicismo. Obviamente, a resultas de todo lo visto, habría motivos bastante más que sobrados como para polemizar sobre él.

En cuanto a la principal figura en torno a la que giró la polémica, José Ortega y Gasset, era —obviamente— persona separada del mundo tradicional ya desde antes de la llegada de la República. Acogió sin problemas la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, como casi todos, incluido el PSOE; de ello se exceptúan los casos de Unamuno, Vicente Blasco Ibáñez y Valle Inclán, este último calificado por el dictador como eximio escritor y extravagante ciudadano, lo que no era nada inexacto y también hubiera podido servir aceptablemente para el primero de los tres.

La época de Franco ha venido a quedar caracterizada en no pocos aspectos a partir de un conjunto de imágenes que, en buena parte, poco tienen que ver con la realidad. Para empezar no puede olvidarse que, con independencia de las fuerzas políticas o grupos que en cada momento tuvieran cierta preeminencia, la sociedad mantenía de modo mucho más constante su manera de ser. Y es también evidente que las ideas y actitudes que se habían ido desarrollando en el medio social, en el intelectual, en el militar o en el religioso desde el siglo XIX no se modificaban de la noche a la mañana, ni siquiera tras las traumáticas experiencias de la República y la guerra civil.
Pensar que se produjo un cambio radical del ser de España a partir de la guerra es caer en actitudes ideológicas, que sólo autoengañan a quien utiliza esas clasificaciones, y que en realidad son formas de razonar ajenas al común de la sociedad.
La Iglesia no estaba por la labor de permitir pasar sin réplica las alegrías culturales del sector aperturista, cosa que quedó clara desde el principio, máxime cuando la disputa se efectuaba sobre autores que habían manifestado abiertamente sus reticencias hacia la jerarquía y las órdenes religiosas. La Iglesia había sido combatida por la Institución Libre de Enseñanza durante la Monarquía, marginada de la docencia por la República hasta por la vía de exigencias constitucionales, e incluso eliminada físicamente en una de las dos zonas durante la guerra. Una vez establecido un régimen confesional, que se declaraba sometido a los preceptos del catolicismo, no estaba dispuesta a perder terreno, máxime cuando la realidad social no era, ni mucho menos, y pese a lo que hoy pueda pensarse, tan militantemente católica, de lo cual la Iglesia tenía perfecta constancia. De hecho las encuestas efectuadas por organismos eclesiásticos o instituciones seglares durante los años cincuenta venían a ofrecer en general un mismo resultado: el de un catolicismo masivo, pero en buena parte rutinario, con inconsistencias notables en la formación religiosa de los españoles.

La polémica —que duraría en torno a veinte años— se iniciaría en 1942 con el texto del jesuita Joaquín Iriarte Ortega y Gasset. Su persona y su doctrina, texto crítico con la filosofía orteguiana, pero en modo alguno desdeñoso hacia el autor, al que reconoce notables cualidades intelectuales, además de un envidiable estilo literario. Comienza el jesuita la exposición con una introducción biográfica, detallando cómo Ortega defiende en 1910 la escuela laica, manifestando iniciales simpatías por el socialismo y por Giner de los Ríos. Menciona igualmente un comentario de Ortega aparecido en El Imparcial con motivo de la publicación de A.M.D.G. por Ramón Pérez de Ayala, que aprovecha para criticar lo que él entiende como principal vicio jesuítico, la ignorancia, por lo que el antiguo alumno de los jesuitas de Málaga recomienda la supresión de los colegios de la compañía. Recuerda cómo es honrado por la República en su fase derechista, al concedérsele durante 1935 la Banda de la República, distinción que, según su costumbre, rechaza. En ese mismo año se concedería a Unamuno el título aún más alto de «Ciudadano de honor».
Efectúa el jesuita la siguiente crítica, no carente de tono irónico, referente al quehacer académico del biografiado Ortega y Gasset es un profesor de Metafísica que de todo ha escrito menos de Metafísica, que ha sabido hacer de su metafísica el mayor de sus secretos. Al parecer su filosofía es nula». O «pesa mucho, en el país y fuera del país, el título de profesor de Metafísica de la primera Universidad española, tal como figura en la Guía Oficial de España y en los Minervas del extranjero, para encontrarlo después insistente y casi exclusivamente tras la firma de un colaborador de periódicos». Insistiendo en que «piensa y repiensa los asuntos más banales, los piensa hasta el cabo, hasta buscarles la plenitud de su significado, y va entusiasmando a las inteligencias ahítas de no pensar o de seguir a gentes que no piensan».

La figura de Unamuno acompañó a la de Ortega durante todo el período de la polémica, pero como el tratamiento recibido fue en buena parte distinto, y tuvo la disputa diferente tono, se le viene a dedicar este capítulo específico. Ortega no murió hasta 1955, mientras el asunto Unamuno era el caso cerrado de un autor fallecido en 1936. Y, salvando la defensa de la persona y las simpatías que su peculiar obra pudieran generar, lo cierto es que las discusiones sobre él fueron bastante menores que sobre Ortega. De hecho el propio Julián Marías escribiría en 1942 un excelente libro sobre el bilbaíno, que en muchos aspectos no difería de lo que sus más exacerbados críticos vendrían a manifestar. Porque, para empezar, había un aspecto de la obra de Unamuno bastante difícil de digerir: su militante ataque a la razón y a la lógica, que además de ir contra la ortodoxia de la Iglesia, tampoco era demasiado atrayente para muchos intelectuales, por más que fuera una personalísima manifestación de la obra unamuniana.

La realidad es que los hechos eran más que evidentes, y bien demostrativos de la existencia de una extensa España cultural que vivía al margen de la interpretación del sector antiaperturista. Los partidarios de la integración entendían además que negar la realidad y el debate era intelectualmente poco inteligente, inadmisible académicamente, y al fin ineficaz.
La cuestión no dejó de ser un asunto entre intelectuales en esta primera fase, pero adquiriría otro cariz a partir de 1951, cuando el sector aperturista quedó integrado dentro del equipo del Ministerio de Educación Nacional de Joaquín Ruiz-Giménez. A partir de ese momento la repercusión tendrá un claro matiz político que antes no había existido. Para empezar ya no serían sacerdotes quienes a título individual intervendrían, sino que la réplica la darían los propios obispos, y todo ello se mezclaría con el intento de desplazar políticamente a falangistas y propagandistas.
En resumidas cuentas, quedaban en evidencia varios hechos: por un lado, la actitud reticente de la jerarquía de la Iglesia ante Ortega y Unamuno; además, que la línea antiaperturista podía ampararse claramente en las opiniones de esa jerarquía. Pero ésta, por otra parte, tampoco estaba por romper con los partidarios de la apertura, aunque sí por recomendarles las más severas cautelas en sus aproximaciones a intelectuales sobre los que cabían todas las sospechas de sustentar afirmaciones heterodoxas.

Sobre el laicismo de Ortega: profesa un laicismo radical teórico y práctico, habiendo hecho profesión pública de acatolicismo, pero sin anticlericalismo persecutorio. «No le interesa la religión, y se declara apartado de toda Iglesia». Además: no cabe mayor aberración que comparar los santos de la Iglesia con los santos laicos como Pablo Iglesias y de Giner de los Ríos.

He aquí la conclusión final según el P. Ramírez:
– Las ideas fundamentales de la filosofía orteguiana son incompatibles con la fe y la moral del catolicismo. «Esa oposición es unas veces formal y explícita y otras implícita y equivalente: pero siempre real».
– No cabe en realidad es que un lector absorba conscientemente el veneno orteguiano, se declare su discípulo y al mismo tiempo conserve intacta su fe católica.
– Las ideas básicas orteguianas no son conciliables con las verdades de la fe católica. Una filosofía contraria a la fe católica no solamente es falsa en relación con dicha fe, sino también en sí misma.
– De todo lo anterior, la conclusión de cierre: «No se pueden poner en manos inexpertas las obras de Ortega y Gasset, ni tampoco exponer sus doctrinas fundamentales sin el correspondiente correctivo».

Los defensores de la línea cultural aperturista tomaron como bandera la defensa —no incondicional, repítase una vez más— de Ortega, y vinieron a publicar unos textos que, por lo menos en lo que se refiere a la polémica, son más bien ensayos no muy extensos que tratados profundos. No tiene nada de extraño: salvo Marías, el resto —Laín, Aranguren, Ridruejo o Maravall— no eran filósofos, sino buenos escritores, y la realidad es que estaban defendiendo más una actitud abierta que el contenido íntegro de una filosofía. Pero tampoco han de quedar dudas sobre que las réplicas de Iriarte, Oromí o Ramírez acreditan un estudio efectuado con mucha mayor profundidad y dedicación. Los textos de Calvo, Pérez Embid o Fontán son, por lo común, breves ensayos generales que simplemente manifiestan una postura contraria a la de los primeros.
La realidad es que el debate entre el P. Ramírez y sus contradictores se situaba en planos distintos y prácticamente inconexos, con lo que la comunicación era nula.
A mediados de los años sesenta las cuestiones intelectuales a tratar habían pasado a ser otras, y la polémica era un recuerdo sobre el que, de vez en cuando, los antiguos participantes efectuaban algunas escasas y fatigadas menciones. Años más tarde, hasta el propio Vicente Marrero concedía alguna validez a la actitud de sus antiguos opositores, aunque sin renunciar a sus antiguas ideas: «En esta polémica, quienes son orteguianos y católicos reaccionan muchas veces con razón contra ciertos abusos, exageraciones, hermetismo, estrecheces de miras en extremo toscas, que algunos compatriotas suyos adoptan frente al pensamiento heterodoxo. Pero dicha reacción de los católicos orteguianos, a veces justificada, ¿no es acaso también otras muchas un pretexto para no adoptar la posición que en su patria adoptan los católicos desde muchísimos años atrás?… La caridad y no la verdad es su palabra mágica, pero parecen olvidar que en ciertos casos la caridad aparente, unida a la falta de verdad, es debilidad y aun otra cosa peor».

En cuanto al principal grupo opositor, el de los intelectuales falangistas o de su proximidad, a partir de la crisis política de febrero de 1956 no sólo fueron apartados del poder, sino que faltaba poco para que abandonaran un sistema del que se sentían decepcionados. De su postura culturalmente integradora habían salido cesados en sus puestos, y algunos de ellos (Laín y Ridruejo, lo mismo que Ruiz-Giménez) amenazados de muerte. Dedujeron de todo ello que resultaba imposible rectificar el rumbo del sistema, guardando una fuerte aversión hacia quienes les habían hecho la guerra cultural. No obstante, como hemos visto, los más significados miembros de esta tendencia ya habían emprendido algún tipo de rectificación y empezado a generar un cierto sentido de distanciamiento hacia el propio sistema. Para el conjunto falangista, la pérdida de su principal grupo intelectual a partir de 1956 fue un golpe notable, y ello se apreciará claramente contrastando el anodino tono cultural de las publicaciones de los años sesenta de este grupo con aquéllas de la década anterior.

En relación con las evoluciones personales de los miembros del grupo aperturista, hubo también alguna que, sin alcanzar el virtuoso nivel de funambulismo de Calvo Serer.
Nada queda de aquella polémica, característica de una España que ya no existe, salvo el recuerdo. Fue finalmente una confrontación entre católicos acerca de su modo de entender la aproximación a la cultura. Para el grupo hostil a la apertura, la línea a seguir no podía ser otra que el apego a la segura tradición del tomismo, o bien a autores españoles como Menéndez Pelayo o Maeztu. Para el grupo aperturista se trataba de asimilar, dentro de lo ortodoxamente posible, un pensamiento generado fuera del mundo del catolicismo, con los riesgos que ellos mismos reconocían; para ello la fórmula a aplicar —reiteradamente manifestada por Laín— sería la del cristianismo inicial.
Dos actitudes, en fin, que se reiteran a lo largo de la historia, pero que en aquel momento quedaron vinculadas a posiciones políticas, lo que agravó el enfrentamiento. Con el tiempo también se manifestaría que, incluso en aquellos tiempos de un catolicismo disciplinado y mucho más homogéneo que el de nuestros días, había actitudes distintas dentro de la Iglesia. Y la evolución de ésta ha venido a generar una línea que, en síntesis, busca mantener la tradición que defendían los primeros, mas, para no estancarse, ineludiblemente necesitada de incorporar el criterio de asimilación que proponían los segundos.

Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio

Decreto
Proscripción de libros

En la sesión general de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio, los Emmos. y Rmos. Señores Cardenales encargados de la defensa de la fe y de las costumbres, recibido el voto de los Consultores, condenaron y mandaron insertar en el Índice de libros prohibidos los libros escritos por Miguel de Unamuno:

1. Del sentimiento trágico de la vida.

2. La agonía del cristianismo.

Además, los Emmos. y Rmos. Padres juzgaron que los fieles cristianos debían ser advertidos de que también en otros libros del mismo autor se encuentran cosas contra la fe y las costumbres.

Y así, el jueves, día 24 del mismo mes y año, Nuestro Smo. Señor Pío por la divina providencia Papa XII, en la audiencia dada al Emmo. y Rmo. Señor Cardenal Prosecretario del Sto. Oficio, aprobó y mandó publicar la resolución de los Emmos. Padres a Él referida.

Dado en Roma, en el palacio del Sto. Oficio, día 30 de enero de 1957.

ARTURO DE JORIO, Notario.

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During the first part of Franco’s regime, a strong controversy developed around the limits of cultural openness, an issue that essentially revolved around Miguel de Unamuno and José Ortega y Gasset. An issue that is almost strange to most of our contemporaries, but in no way reminiscent, given the influence of both personalities.
«After 1945, the group of Falangist intellectuals of Escorial began a path to recover Spanish thought before the civil war. Until 1956, this recovery covered regenerationism, 98 and Ortega y Gasset. This process of opening and assimilation of the Spanish liberal culture clashed, from the beginning, with a group of Catholic intellectuals, linked almost all to Opus Dei, who sought to remain faithful to the traditional counterrevolutionary Spanish thought, whose highest figure they saw in Menéndez Pelayo. Organized around the magazine of the Higher Council for Scientific Research, Arbor, and other subsequent publications.
Franco’s regime was, by its composition, a mixed regime, and not all political forces – although predominantly composed of Catholics – felt the same degree of adherence to the principles that the Church had reiterated as applicable to the field of politics. And among the practical issues raised, was to define what were the specific extensions of that criterion – then indisputable to the Church in a Catholic country – of confessionality.

It was also that both thinkers were well regarded, especially the second, by the Falangists, an important group during the first half of the regime, who clearly reiterated their sympathy for the authors indicated. The same happened with Pío Baroja, who had also lavished in his works comments opposed to the Church, but which was among the group of collaborators of the Falangist magazine Escorial.
For those who advocated cultural openness there came a time when they concluded to consider it impossible; Meanwhile, they had left the experience of the controversy with notable bruises and an irreversible sense of failure, and as in February 1957 there was a complete change in the orientation of the regime, at the beginning of the technocratic phase, they began to separate from the system. Those who came from authentic fascism, that is, from proximity to cultural avant-garde, no longer found anything in common with a state managed by intellectually bland and effective technocrats; an increasingly aseptic state in politics, and also administered by people linked to the religious group from which came some with those who had had the greatest friction. A short time later, his political positions would also be hostile to that same regime, in some cases breaking openly with him.

A first issue that needs to be repaired is that the controversy took place about religious, not political, issues. Both the two main authors discussed, Unamuno and Ortega – as well as others on whom there was also some sort of reluctance, that is, Baroja, Marañón or Pérez de Ayala – had clearly dissociated themselves from any adherence to the Republican side. Which in no way implied that they gave unconditional enthusiasm towards Franco’s Spain. In general, their reservations obeyed a criterion such as the one expressed by Ortega to his son Miguel: «The most serious thing is that Spain, after the years that will come, will be, in large part, gutted. That does not mean that the exiles have any reason, because also most of them, after their performance in the civil war, have been even worse off. Therefore, we were floating, without belonging to anyone ». That being their intellectual attitude, they accepted, however, certain degrees of commitment to the new situation.
As much religious tension as may be found in Unamuno’s works, he did not have the least inconvenience in dealing with the official positions of the Church, whose criteria he was in voluntary ignorance. For example, the idea of “social reign of Christ,” which he attributes to the Jesuits, is frequently reiterated by Pius XI, his contemporary. And his way of reasoning, really agonizing, as well as fideist, is alien to the cultural tradition of Catholicism. Obviously, as a result of all that was seen, there would be more than enough reasons to argue about it.

As for the main figure around which the controversy turned, José Ortega y Gasset, was – obviously – a person separated from the traditional world since before the arrival of the Republic. It welcomed without problems the arrival of the dictatorship of Primo de Rivera, like almost everyone, including the PSOE; The exceptions of Unamuno, Vicente Blasco Ibáñez and Valle Inclán are excepted, the latter qualified by the dictator as an excellent writer and extravagant citizen, which was nothing inaccurate and could also have served acceptably for the first of the three.

Franco’s time has come to be characterized in not a few aspects from a set of images that, in large part, have little to do with reality. To begin with, it cannot be forgotten that, regardless of the political forces or groups that had a certain preeminence at any time, society maintained its way of being in a much more constant way. And it is also evident that the ideas and attitudes that had been developed in the social, intellectual, military or religious since the nineteenth century did not change overnight, even after the traumatic experiences of the Republic and the civil war.
To think that there was a radical change of the being of Spain from the war is to fall into ideological attitudes, which only deceive those who use these classifications, and that in reality are ways of reasoning outside the common of society.
The Church was not in the work of allowing the cultural joys of the opening sector to pass without reply, something that was clear from the beginning, especially when the dispute was over authors who had openly expressed their reluctance towards the hierarchy and religious orders. The Church had been fought by the Free Teaching Institution during the Monarchy, marginalized from teaching by the Republic even by way of constitutional requirements, and even physically eliminated in one of the two zones during the war. Once a confessional regime was established, which declared itself subject to the precepts of Catholicism, it was not willing to lose ground, especially when social reality was not, much less, and despite what can be thought today, so militantly Catholic, of which the Church had perfect record. In fact, the surveys carried out by ecclesiastical organizations or secular institutions during the 1950s came in general to offer the same result: that of a mass Catholicism, but in a large part routine, with notable inconsistencies in the religious formation of the Spaniards.

The controversy – which would last around twenty years – would begin in 1942 with the text of Jesuit Joaquín Iriarte Ortega y Gasset. His person and his doctrine, critical text with Orteguian philosophy, but in no way disdainful towards the author, to whom he recognizes remarkable intellectual qualities, in addition to an enviable literary style. The Jesuit begins the exhibition with a biographical introduction, detailing how Ortega defends the secular school in 1910, expressing initial sympathies for socialism and for Giner de los Ríos. He also mentions an Ortega comment that appeared in El Imparcial on the occasion of the publication of A.M.D.G. by Ramón Pérez de Ayala, who takes the opportunity to criticize what he understands as the main Jesuit vice, ignorance, so the former student of the Jesuits of Malaga recommends the suppression of the company’s schools. Remember how he is honored by the Republic in his right-wing phase, when he was granted the Band of the Republic during 1935, a distinction that, according to his custom, he rejects. In that same year, the highest title of “Citizen of Honor” would be awarded to Unamuno.
The Jesuit makes the following criticism, not lacking in ironic tone, referring to the academic work of the biographer Ortega y Gasset is a professor of Metaphysics who has written less of Metaphysics, who has made his metaphysics the greatest of his secrets. Apparently his philosophy is void ». Or «it weighs a lot, in the country and outside the country, the title of Professor of Metaphysics of the first Spanish University, as it appears in the Official Guide of Spain and in the Minervas abroad, to find it later insistently and almost exclusively after the signature of a newspaper contributor ». Insisting that “think and rethink the most banal issues, think them to the end, until they find the fullness of their meaning, and enthuses the intelligences there of not thinking or following people who do not think”.

The figure of Unamuno accompanied that of Ortega throughout the period of the controversy, but as the treatment received was largely different, and had the different tone dispute, this specific chapter is dedicated to him. Ortega did not die until 1955, while the Unamuno affair was the closed case of an author who died in 1936. And, saving the defense of the person and the sympathies that his peculiar work could generate, the truth is that the discussions about him were quite minor What about Ortega. In fact, Julián Marías himself would write in 1942 an excellent book about Bilbao, which in many ways did not differ from what his most exacerbated critics would say. Because, to begin with, there was one aspect of Unamuno’s work that was quite difficult to digest: his militant attack on reason and logic, which in addition to going against the orthodoxy of the Church, was not too appealing to many intellectuals, even though It was a very personal manifestation of the Unamunian work.

The reality is that the facts were more than evident, and very demonstrative of the existence of an extensive cultural Spain that lived outside the interpretation of the anti-operative sector. Supporters of integration also understood that denying reality and debate was intellectually unintelligent, academically unacceptable, and ultimately ineffective.
The issue did not cease to be a matter among intellectuals in this first phase, but it would acquire another aspect from 1951, when the opening sector was integrated into the team of the Ministry of National Education of Joaquín Ruiz-Giménez. From that moment on, the impact will have a clear political nuance that had not existed before. To begin with, it would no longer be priests who would intervene individually, but rather the replica would be given by the bishops themselves, and all this would be mixed with the attempt to politically displace falangists and propagandists.
In short, several facts remained in evidence: on the one hand, the reluctant attitude of the Church hierarchy before Ortega and Unamuno; furthermore, that the anti-overturist line could clearly rely on the opinions of that hierarchy. But this, on the other hand, was not about to break with the supporters of the opening, although it was recommended to recommend the most severe precautions in their approaches to intellectuals on whom there were all suspicions of sustaining heterodox claims.

On the secularism of Ortega: he professes a radical theoretical and practical secularism, having made a public profession of acatolicism, but without persecutory anticlericalism. “He is not interested in religion, and declares himself separated from every Church.” In addition: there is no greater aberration than comparing the saints of the Church with the lay saints such as Pablo Iglesias and de Giner de los Ríos.

Here is the final conclusion according to Fr. Ramírez:
– The fundamental ideas of Orteguian philosophy are incompatible with the faith and morals of Catholicism. “That opposition is sometimes formal and explicit and sometimes implicit and equivalent: but always real.”
– It is not really possible for a reader to consciously absorb the Orteguian poison, declare his disciple and at the same time keep his Catholic faith intact.
– The basic ideas of Orteguiana are not reconcilable with the truths of the Catholic faith. A philosophy contrary to the Catholic faith is not only false in relation to that faith, but also in itself.
– From all of the above, the closing conclusion: «The works of Ortega and Gasset cannot be put into inexperienced hands, nor can they expose their fundamental doctrines without the corresponding corrective».

The defenders of the cultural opening line took as a banner the defense – not unconditional, repeat once again – of Ortega, and came to publish some texts that, at least in regard to the controversy, are rather essays not very extensive than deep treaties. There is nothing strange about it: except Marias, the rest – Laín, Aranguren, Ridruejo or Maravall – were not philosophers, but good writers, and the reality is that they were defending more an open attitude than the entire content of a philosophy. But there is no doubt that the replies of Iriarte, Oromí or Ramírez accredit a study carried out with much greater depth and dedication. The texts of Calvo, Pérez Embid or Fontán are, in general, brief general essays that simply manifest a position contrary to that of the former.
The reality is that the debate between Fr. Ramírez and his contradictors was situated on different and practically unconnected levels, with which the communication was void.
In the mid-sixties the intellectual issues to be dealt with had become different, and the controversy was a memory about which, from time to time, the former participants made some few and weary mentions. Years later, even Vicente Marrero himself granted some validity to the attitude of his former opponents, although without renouncing his old ideas: «In this controversy, those who are Orteguian and Catholic react many times rightly against certain abuses, exaggerations, hermeticism , narrow-minded narrownesses, which some of his countrymen adopt in the face of heterodox thinking. But this reaction of the Orteguian Catholics, sometimes justified, is it not also many others a pretext for not adopting the position that Catholics have adopted in their homeland since many years ago? … Charity and not the truth is their word magical, but they seem to forget that in certain cases the apparent charity, together with the lack of truth, is weakness and even worse.

As for the main opposition group, that of the Falangist intellectuals or their proximity, after the political crisis of February 1956, they were not only removed from power, but there was little left to abandon a system of which they felt disappointed. From their culturally integrative stance they had left their posts, and some of them (Laín and Ridruejo, as well as Ruiz-Giménez) threatened with death. They deduced from all this that it was impossible to rectify the course of the system, keeping a strong aversion to those who had made them the cultural war. However, as we have seen, the most significant members of this trend had already undertaken some kind of rectification and started to generate a certain sense of distancing towards the system itself. For the Falangist group, the loss of its main intellectual group since 1956 was a notable blow, and this will be clearly seen by contrasting the bland cultural tone of the publications of the sixties of this group with those of the previous decade.

In relation to the personal evolutions of the members of the opening group, there were also some that, without reaching the virtuous level of sleepwalking of Calvo Serer.
Nothing remains of that controversy, characteristic of a Spain that no longer exists, except the memory. It was finally a confrontation between Catholics about their way of understanding the approach to culture. For the hostile group to the opening, the line to follow could not be other than the attachment to the safe tradition of Thomism, or to Spanish authors such as Menéndez Pelayo or Maeztu. For the opening group it was a question of assimilating, as orthodoxically as possible, a thought generated outside the world of Catholicism, with the risks that they themselves recognized; for this, the formula to be applied – repeatedly manifested by Lain – would be that of initial Christianity.
Two attitudes, finally, that are repeated throughout history, but at that time were linked to political positions, which aggravated the confrontation. Over time it would also be manifested that, even in those times of disciplined Catholicism and much more homogeneous than today, there were different attitudes within the Church. And the evolution of this has come to generate a line that, in synthesis, seeks to maintain the tradition that the first defended, but not to stagnate, inescapably in need of incorporating the assimilation criteria proposed by the latter.

Supreme Sacred Congregation of the Holy Office

decree
Book proscription

In the general session of the Supreme Sacred Congregation of the Holy Office, the Emmos. and Rmos. Cardinals in charge of the defense of faith and customs, received the vote of the Consultants, condemned and sent to insert in the Index of banned books the books written by Miguel de Unamuno:

1. Of the tragic feeling of life.

2. The agony of Christianity.

In addition, the Emmos. and Rmos. Fathers judged that the faithful Christians should be warned that things against faith and customs are also found in other books by the same author.

And so, on Thursday, the 24th of the same month and year, Our Smo. Lord Pio for the divine providence Pope XII, in the audience given to Emmo. and Rmo. Mr. Cardinal Prosecretary of the Sto. Official, approved and ordered to publish the resolution of the Emmos. Parents referred to Him.

Given in Rome, in the palace of the Sto. Office, January 30, 1957.

ARTURO DE JORIO, Notary.

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