Pandemocracia. Una Filosofía De La Crisis Del Coronavirus — Daniel Innerarity / Pandemocracy. A Philosophy of the Coronavirus Crisis by Daniel Innerarity (spanish book edition)

Una lectura lúcida y recomendable, así es, Daniel Innerarity filosofa en estas páginas con acierto sobre los embates sufridos por los sistemas democráticos durante la pandemia, señalando el antes, durante e intentando vislumbrar el después del sistema democrático.
Basa los problemas en la confianza en las instituciones, la incertidumbre en este nuevo escenario, y, para mi opinión de lo mejor del libro es la exposición que hace de la gestión china, el exponer las vergüenzas de muchos filósofos (les dejo a uds descubrir a quienes) y en definitiva la defensa del sistema democrático desde el análisis de virtudes y defectos.
Concluyendo, una obra corta pero llena de agudísimas aseveraciones como: la eficiencia totalitaria si es que existe, nunca tiene como objetivo la protección ciudadana, sino la superviviencia del régimen (dirigida a aquellos que prefieren iliberalismo) la cual hará reflexionar al lector sobre la globalización, la Unión Europea y cómo deberían gestionar los políticos de manera transversal y, menos local los desafíos del futuro. Un complemento perfecto a su anterior obra.

Cuando iba a estallar la primavera de 2020 lo que realmente estalló fue una crisis sanitaria de inusitadas dimensiones; el Covid-19 se convirtió en el intruso protagonista de nuestras vidas… y el causante de muchas muertes. Al desconcierto inicial y las medidas políticas titubeantes siguió un confinamiento que todos recordaremos y valoraremos de muy distinta manera según nuestras condiciones personales.
El desconcierto ante la crisis pone de manifiesto que no estamos suficientemente preparados para gestionar problemas complejos. No me atrevo a decir que la crisis me haya dado la razón en ningún sentido, aunque solo sea porque a los presuntuosos se los lleva siempre la realidad por delante.
Según su etimología, una pandemia es una enfermedad infecciosa que afecta a todos, mientras que una epidemia tendría un área geográficamente limitada. Podríamos decir que nuestros instrumentos de gobierno están diseñados para gestionar epidemias y no pandemias, en tanto que son instituciones locales y no globales. De ahí la primera sensación de impotencia frente a un fenómeno que exige una mayor integración política de la humanidad, en la línea de fortalecer las instituciones transnacionales o la gobernanza global y, en general, una transición hacia formas de inteligencia cooperativa, porque los actuales modos de gobernar son claramente insuficientes en el mundo en el que vivimos. La definición de democracia apunta a que todos los afectados por una decisión deben poder participar en ella, a que debe coincidir la comunidad de los afectados con la de quienes deciden. En este sentido, la crisis del coronavirus sería un acontecimiento pandemocrático, como todos los riesgos globales. Se da la paradoja de que un riesgo que nos iguala a todos revela al mismo tiempo lo desiguales que somos, provoca otras desigualdades y pone a prueba nuestras democracias.

Las crisis comienzan según el modo en que nos hacemos cargo de ellas; el diagnóstico que trata de hacerlas inteligibles condiciona el tipo de respuesta práctica que damos. Y aquí las pérdidas de tiempo no se han debido a la indecisión, sino a deficiencias cognitivas. Quisimos hacer inteligible la crisis con categorías inadecuadas. Un gran error de concepto es calificarla como una guerra, con una loable intención de mantenernos atentos y favorecer la disciplina, pero también hasta el extremo ridículo de designar un culpable ejército de virus extranjeros, como hizo Trump. La otra categoría equivocada es remitir la explicación y la solución al comportamiento personal. Por muy razonable que sea apelar a la protección individual y alabar la solidaridad cívica, la crisis revela, para bien o para mal, las condiciones estructurales en las que vivimos. La solución es una cuestión de inteligencia colectiva, organización y protección pública.
En las sociedades actuales nuestro desconocimiento obedece, en cambio, a la ininteligibilidad de un mundo de interdependencias, al exceso de información y ruido, al carácter abierto y deslimitado de la realidad, al aumento de extrañeza en nuestra vida cotidiana, al comportamiento imprevisible de nuestras tecnologías y sus posibles impactos, a la amenaza que somos para nosotros mismos cuando producimos agregaciones fatales, como el pánico o la euforia destructivas.
Tendremos que acostumbrarnos a vivir y gobernar un mundo en el que hay muchas cosas que desconocemos, en el que las decisiones son arriesgadas y la información incompleta.
El saber que se pone en juego en estos momentos es plural y atiende a distintos indicadores y valores. Médicos, economistas y políticos observan la realidad desde distintas perspectivas y tratan de proteger cosas diferentes y en ocasiones difícilmente compatibles: la contención de la pandemia, el crecimiento económico, las razones de oportunidad política… Ni siquiera dentro de la medicina se comparte el mismo criterio de salud y seguramente los psicólogos y los nutricionistas advertirán de los efectos negativos de un confinamiento que frena la pandemia, pero desarregla otras cosas.
Esto no es una excusa para dejar de dar la batalla del conocimiento; lo que ocurre es que ese conocimiento nos debería preparar para gestionar el desconocimiento que necesariamente va a acompañarnos y mejorar nuestro modo de gobernar un mundo más imprevisible. Los procedimientos jerárquicos y verticales son ahora gesticulaciones de soberanía, cuando lo que necesitamos es articular una inteligencia distribuida de manera dispersa y formas de autoorganización coordinada. Lo único que nos puede salvar hoy es el conocimiento compartido y la cooperación.
El otro concepto crucial para entender la crisis es el de incertidumbre. Otra cuestión que plantea esta crisis es la de nuestra común vulnerabilidad. Comprobamos una vez más que la globalización es un proceso que no ha venido suficientemente acompañado por instrumentos de protección social acordes con las amenazas a las que nos expone. Vivimos entre el ya no de los estados y el todavía no de la gobernanza global. El momento neokeynesiano en el que nos encontramos -⁠perfectamente simbolizado en el aumento de gasto público, una cierta militarización y el cierre de fronteras⁠- no debería llevarnos a la conclusión de que ha vuelto el Estado nacional. El Estado que actúa en la urgencia de la crisis es un Estado que carece de los recursos -⁠conocimiento, dinero y poder⁠- que serían necesarios para proteger efectivamente a las sociedades deslimitadas. Avanzar en la gobernanza global sigue siendo el procedimiento más adecuado para conseguir los objetivos de igualdad, democracia, prosperidad y transición ecológica que ya no resultan alcanzables con los instrumentos de los estados nacionales.

Que haya varias perspectivas sobre un mismo asunto no nos exime de la obligación de acertar con la que es más importante en cada caso; sirve para que caigamos en la cuenta del dramatismo de las decisiones en un entorno de complejidad, como lo es especialmente una crisis. La exigencia de responsabilidades ha de tener siempre en cuenta estas tensiones y quienes deciden han de mejorar los procedimientos de la decisión. La complejidad no es una disculpa sino una exigencia.
Se dice que las catástrofes, como esta del coronavirus, afectan a todos por igual, que no conocen fronteras, pero no lo parece, al menos si atendemos a las fronteras de la edad. Las guerras diezman a las poblaciones en sus jóvenes, pero esta crisis lo hace principalmente llevándose por delante sobre todo a sus mayores. Cada tipo de crisis tiene su propio grupo de riesgo y afectación. Si comparamos la crisis sanitaria y la ecológica, por ejemplo, nos encontramos con un impacto muy diferente. Esta crisis del coronavirus amenaza principalmente a los mayores, mientras que la crisis climática perjudica más a los jóvenes, que padecerán sus efectos más que quienes la han provocado o no han hecho lo suficiente para detenerla; es otra de las razones que explican que en una sociedad envejecida haya una mayor reacción al coronavirus que al cambio climático. Por eso se ha podido afirmar que la crisis del coronavirus es una crisis de los mayores y la crisis climática es una crisis de los jóvenes.
Las respuestas a la crisis del coronavirus implican también una ponderación de los intereses de las distintas generaciones. El debate entre los partidarios del confinamiento y los de la inmunidad respondía a una distinta ponderación de los derechos de las generaciones: el confinamiento daña más a la economía y por tanto a los jóvenes, mientras que el contagio controlado perjudicaría a los mayores y estropearía menos la economía.
Esta ponderación no es cosa de académicos; cualquiera puede identificar qué intereses son más preponderantes detrás de cada medida que se adopta.
¿Por qué hablamos de Europa cuando queremos decir Alemania u Holanda? Conviene tener en cuenta que si la Unión carece prácticamente de competencias en materia de sanidad es porque los estados así lo han querido y que si las mascarillas no llegaron rápidamente a Italia es porque Alemania no se las facilitó (no la Unión Europea). Los estados han sido reacios a compartir material médico porque estaban aterrorizados con la idea de quedarse sin él cuando fuera necesario (pese a lo cual, Francia y Alemania han acabado enviándolo a Italia, y los hospitales de Alemania han acogido a pacientes franceses en las zonas fronterizas). Hacemos culpable a Europa cuando no hemos querido dotarla del nivel de integración que sería necesario para hacer frente a crisis como esta. Pese a las cosas que, dentro de sus competencias, las instituciones comunes pueden hacer, son los estados miembros los que se oponen a abordar la crisis con una visión de lo que se juegan en común. No se puede exigir a Europa lo que no está en condiciones de proporcionar; muchos de los que reprochan que Europa no haga nada son quienes quieren evitar que pueda hacer más. No tiene sentido que unos estados que no estaban preparados para una crisis sanitaria de estas características reclamen una intervención a la Unión Europea, que no tenía competencias sobre la materia.
Si no conseguimos resolver bien en Europa la presente crisis, tendremos el panorama político polarizado entre unos populistas que celebrarán el cierre de fronteras y lamentarán la ineficacia de Europa (frente a la eficacia de los regímenes autoritarios) y unos federalistas que soñarán con una salida por elevación sin tener en cuenta la real heterogeneidad de la Europa actual.

El coronavirus no va a acabar con la globalización (si es que esta idea tiene algún sentido). La cuestión es qué forma de organización es la más apropiada para reequilibrar un mundo que ya presentaba muchas descompensaciones que esta crisis no ha hecho más que evidenciar. Si fuera posible, la regresión a los mundos cerrados no contribuiría a dotar al mundo global de una mejor gobernanza, sino que lo dejaría sin contrapesos de instancias y actores que equilibren su dinámica descontrolada. Tendremos que distinguir la interdependencia ventajosa o inevitable de las dependencias que suponen amenazas serias para la seguridad. En vez de oscilar entre disciplina y desorden, regresión y aceleración, lo que esta globalización necesita es más regulación. Antes y después de la pandemia sigue siendo cierto que los bienes públicos exigen instituciones globales, cooperación, soluciones globales.

Cuando nos preguntamos acerca de cómo será el mundo después de la crisis del coronavirus, qué cosas cambiarán y en qué medida, es difícil separar la descripción de la prescripción. Nunca es sencillo, y menos en momentos como estos, distinguir lo que creemos que pasará y lo que desearíamos que pasara, que el análisis con pretensiones de neutralidad no se mezcle con lo que pensamos que debería suceder. La objetividad, la normatividad y el deseo se solapan todavía más en momentos de agitación y desconcierto. Por si fuera poco, no estamos hablando tanto de adivinación como de configuración. Las sociedades modernas no se dedican a adivinar un futuro que vendrá inexorablemente, sino que más bien intentan configurar el futuro deseable. Y además están por medio nuestras decisiones libres, como sujetos individuales y como sociedades, que convierten cualquier pronóstico en una débil apuesta.
La actual crisis del coronavirus no es tan novedosa como parece, ni por su naturaleza ni por las estrategias para combatirla. Hay un cierto arcaísmo en los procedimientos, unas estrategias sanitarias que se parecen mucho a las viejas pandemias y muy poco a los riesgos ecológicos. La vuelta de los límites es provisional, tanto como medida profiláctica (no sana, sino que frena parcialmente el contagio y no resulta social y económicamente soportable más que por un tiempo limitado). Además, las fronteras estatales no son las más relevantes. La vuelta del Estado es ilusoria y momentánea. Esta crisis no va a suponer el final de la globalización o de la integración europea, sino un incentivo para configurarlas de otra manera. El virus parece haber paralizado la idea europea; los estados miembros cierran sus fronteras, limitan las libertades de la ciudadanía y vuelven a hacer la política por su cuenta, en buena medida debido a que las competencias de la Unión Europea en materia de salud son muy limitadas.
Esta crisis, lejos de frenarla, fortalecerá la tendencia hacia un mundo de bienes comunes, por tanto, hacia un mundo más integrado en términos de regulación e institucionalmente. Pese a los retrocesos y reticencias, es la hora de lo común. La conciencia de los bienes y las amenazas que compartimos pone nuevamente de manifiesto que esos bienes y males colectivos sobrepasan la capacidad de los estados. Cada vez estamos menos en un mundo de estados soberanos yuxtapuestos y más en uno de espacios superpuestos, conectados e interdependientes.

Citando los versos del poeta irlandés Seamus Heaney: «If we winter this one out / we can summer anywhere», que vienen a decir que si salimos de esta podremos salir de cualquier cosa. Todavía no sé en qué estación del año nos encontramos realmente…

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/02/06/donde-vas-europa-miquel-seguro-daniel-innerarity-where-are-you-going-europe-by-miquel-seguro-daniel-innerarity/

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/01/la-politica-en-tiempos-de-indignacion-daniel-innerarity-policy-in-times-of-outrage-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/27/una-teoria-de-la-democracia-compleja-gobernar-en-el-siglo-xxi-daniel-innerarity-a-theory-of-complex-democracy-governing-in-the-21st-century-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/28/pandemocracia-una-filosofia-de-la-crisis-del-coronavirus-daniel-innerarity-pandemocracy-a-philosophy-of-the-coronavirus-crisis-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

—————–

A lucid and recommendable reading, that’s right, Daniel Innerarity philosophizes correctly in these pages about the attacks suffered by democratic systems during the pandemic, pointing out the before, during and trying to glimpse the after of the democratic system.
It bases the problems on the trust in the institutions, the uncertainty in this new scenario, and, in my opinion, the best of the book is the exposition that it makes of the Chinese administration, exposing the shames of many philosophers (I leave you to discover to whom) and ultimately the defense of the democratic system from the analysis of virtues and defects.
In conclusion, a short work but full of very sharp assertions such as: totalitarian efficiency if it exists, is never aimed at citizen protection, but rather the survival of the regime (aimed at those who prefer illiberalism) which will make the reader reflect on globalization , the European Union and how politicians should manage the challenges of the future in a transversal and less local way. A perfect complement to his previous work.

When the spring of 2020 was going to explode, what really exploded was a health crisis of unusual dimensions; Covid-19 became the protagonist intruder of our lives … and the cause of many deaths. The initial bewilderment and hesitant political measures followed a confinement that we will all remember and value very differently according to our personal conditions.
The confusion in the face of the crisis shows that we are not sufficiently prepared to manage complex problems. I dare not say that the crisis has proved me right in any sense, if only because the presumptuous are always carried away by reality.
According to its etymology, a pandemic is an infectious disease that affects everyone, while an epidemic would have a geographically limited area. We could say that our instruments of government are designed to manage epidemics and not pandemics, as they are local and not global institutions. Hence the first feeling of powerlessness in the face of a phenomenon that requires greater political integration of humanity, along the lines of strengthening transnational institutions or global governance and, in general, a transition towards forms of cooperative intelligence, because current modes to govern are clearly insufficient in the world in which we live. The definition of democracy means that all those affected by a decision must be able to participate in it, that the community of those affected must coincide with that of those who decide. In this sense, the coronavirus crisis would be a pandemocratic event, like all global risks. There is a paradox that a risk that equals us all reveals at the same time how unequal we are, causes other inequalities and tests our democracies.

Crises begin according to the way we deal with them; the diagnosis that tries to make them intelligible determines the type of practical response we give. And here the losses of time have not been due to indecision, but to cognitive deficiencies. We wanted to make the crisis intelligible with inappropriate categories. A great misconception is to classify it as a war, with a laudable intention of keeping us vigilant and promoting discipline, but also to the ridiculous extreme of designating a guilty army of foreign viruses, as Trump did. The other wrong category is referring the explanation and solution to personal behavior. As reasonable as it is to appeal to individual protection and praise civic solidarity, the crisis reveals, for better or for worse, the structural conditions in which we live. The solution is a matter of collective intelligence, organization and public protection.
On the other hand, in today’s societies our ignorance is due to the unintelligibility of a world of interdependencies, the excess of information and noise, the open and unlimited nature of reality, the increase in strangeness in our daily life, and the unpredictable behavior of our technologies and their possible impacts, to the threat we are to ourselves when we produce fatal aggregations, such as destructive panic or euphoria.
We will have to get used to living and governing a world in which there are many things that we do not know, in which decisions are risky and information incomplete.
The knowledge that is at stake at the moment is plural and attends to different indicators and values. Doctors, economists and politicians look at reality from different perspectives and try to protect different and sometimes hardly compatible things: the containment of the pandemic, economic growth, the reasons for political opportunity … Even within medicine, the same criteria are not shared health and psychologists and nutritionists will surely warn of the negative effects of a confinement that slows the pandemic, but disorganizes other things.
This is not an excuse to stop fighting the battle of knowledge; What happens is that this knowledge should prepare us to manage the ignorance that is necessarily going to accompany us and improve our way of governing a more unpredictable world. Hierarchical and vertical procedures are now gestures of sovereignty, when what we need is to articulate a dispersedly distributed intelligence and forms of coordinated self-organization. The only thing that can save us today is shared knowledge and cooperation.
The other crucial concept to understand the crisis is that of uncertainty. Another question raised by this crisis is that of our common vulnerability. We see once again that globalization is a process that has not been sufficiently accompanied by social protection instruments in line with the threats to which it exposes us. We live between the no longer of states and the not yet of global governance. The New Keynesian moment in which we find ourselves – perfectly symbolized in the increase in public spending, a certain militarization and the closing of borders – should not lead us to the conclusion that the national State has returned. The State that acts in the urgency of the crisis is a State that lacks the resources – knowledge, money and power – that would be necessary to effectively protect limited societies. Advancing in global governance remains the most appropriate procedure to achieve the goals of equality, democracy, prosperity and ecological transition that are no longer achievable with the instruments of nation states.

That there are several perspectives on the same issue does not exempt us from the obligation to hit the one that is most important in each case; it serves to make us aware of the dramatic nature of decisions in an environment of complexity, such as a crisis in particular. The demand for responsibilities must always take these tensions into account and those who decide must improve the decision procedures. Complexity is not an excuse but a demand.
Disasters, like this one with the coronavirus, are said to affect everyone equally, who know no borders, but it doesn’t seem so, at least if we look at the borders of age. Wars decimate populations in their youth, but this crisis is mainly done by taking ahead especially their elders. Each type of crisis has its own risk and impact group. If we compare the health and ecological crisis, for example, we find a very different impact. This coronavirus crisis mainly threatens the elderly, while the climate crisis is more damaging to the young, who will suffer its effects more than those who have caused it or have not done enough to stop it; It is another reason that explains that in an aging society there is a greater reaction to the coronavirus than to climate change. That is why it has been possible to affirm that the coronavirus crisis is a crisis of the elderly and the climate crisis is a crisis of the young.
Responses to the coronavirus crisis also involve weighing the interests of different generations. The debate between supporters of confinement and those of immunity responded to a different weighing of the rights of generations: confinement harms the economy more and therefore the young, while controlled contagion would harm the elderly and spoil less. the economy.
This weighting is not for academics; anyone can identify which interests are more prevalent behind each measure that is adopted.
Why do we speak of Europe when we mean Germany or Netherlands? It should be borne in mind that if the Union practically lacks competences in health matters, it is because the states have so wished and that if the masks did not arrive quickly in Italy, it is because Germany did not provide them (not the European Union). States have been reluctant to share medical supplies because they were terrified of running out of it when necessary (despite which, France and Germany have ended up sending it to Italy, and German hospitals have welcomed French patients in the areas borders). We blame Europe when we have not wanted to give it the level of integration that would be necessary to face crises like this. Despite the things that common institutions can do within their competences, it is the member states that oppose tackling the crisis with a vision of what is at stake. Europe cannot be demanded of what it is unable to provide; Many of those who reproach Europe for doing nothing are those who want to prevent it from doing more. It does not make sense for states that were not prepared for a health crisis of this nature to demand an intervention from the European Union, which had no powers on the matter.
If we do not manage to resolve the current crisis in Europe well, we will have a polarized political panorama between some populists who will celebrate the closure of borders and regret the ineffectiveness of Europe (facing the effectiveness of authoritarian regimes) and federalists who will dream of a way out elevation without taking into account the real heterogeneity of today’s Europe.

The coronavirus is not going to end globalization (if this idea makes any sense). The question is which form of organization is the most appropriate to rebalance a world that already had many decompensations that this crisis has only shown. If possible, regression to closed worlds would not contribute to providing the global world with better governance, but would leave it without counterweights of instances and actors that balance its uncontrolled dynamics. We will have to distinguish advantageous or unavoidable interdependence from dependencies that pose serious security threats. Instead of oscillating between discipline and disorder, regression and acceleration, what this globalization needs is more regulation. Before and after the pandemic it is still true that public goods demand global institutions, cooperation, global solutions.

When we ask ourselves what the world will be like after the coronavirus crisis, what will change and to what extent, it is difficult to separate the description from the prescription. It is never easy, and less in moments like these, to distinguish what we believe will happen and what we wish would happen, that the analysis with claims of neutrality does not mix with what we think should happen. Objectivity, normativity, and desire overlap even more in moments of turmoil and bewilderment. As if that were not enough, we are not talking so much about divination as about configuration. Modern societies are not dedicated to guessing a future that will inexorably come, but rather try to shape the desirable future. And there are also our free decisions, as individual subjects and as societies, which turn any forecast into a weak bet.
The current coronavirus crisis is not as novel as it seems, neither due to its nature nor the strategies to combat it. There is a certain archaism in the procedures, some sanitary strategies that are very similar to the old pandemics and very little to the ecological risks. The return of the limits is provisional, as much as a prophylactic measure (it does not heal, but it partially stops the contagion and it is not socially and economically bearable more than for a limited time). Furthermore, state boundaries are not the most relevant. The return of the State is illusory and momentary. This crisis is not going to mean the end of globalization or European integration, but an incentive to configure them differently. The virus seems to have paralyzed the European idea; Member states close their borders, limit the freedoms of citizens and redo politics on their own, largely because the European Union’s powers in health are very limited.
This crisis, far from stopping it, will strengthen the trend towards a world of common goods, therefore, towards a more integrated world in terms of regulation and institutionally. Despite the setbacks and reluctance, it is time for the ordinary. Awareness of the goods and threats that we share shows once again that these collective goods and ills exceed the capacity of the states. We are less and less in a world of juxtaposed sovereign states and more in one of overlapping, connected and interdependent spaces.

Quoting the verses of the irish poet Seamus Heaney: “If we winter this one out / we can summer anywhere”, which come to say that if we get out of this we can get out of anything. I still don’t know what season of the year we really are …

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/02/06/donde-vas-europa-miquel-seguro-daniel-innerarity-where-are-you-going-europe-by-miquel-seguro-daniel-innerarity/

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/01/la-politica-en-tiempos-de-indignacion-daniel-innerarity-policy-in-times-of-outrage-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/27/una-teoria-de-la-democracia-compleja-gobernar-en-el-siglo-xxi-daniel-innerarity-a-theory-of-complex-democracy-governing-in-the-21st-century-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/28/pandemocracia-una-filosofia-de-la-crisis-del-coronavirus-daniel-innerarity-pandemocracy-a-philosophy-of-the-coronavirus-crisis-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .