Una Teoría De La Democracia Compleja. Gobernar En El Siglo XXI — Daniel Innerarity / A Theory Of Complex Democracy. Governing in the 21st century by Daniel Innerarity (spanish book edition)

Como todos sus libros, interesante lectura. Una teorización sobre la construcción de la democracia relativamente original que obliga a la reflexión sobre múltiples temas, acompañada, aunque de una forma un tanto superficial, por las ciencias de la complejidad.

La principal amenaza de la democracia no es la violencia ni la corrupción o la ineficiencia, sino la simplicidad. Nadie diría que la simpleza, con ese aire de inocente descomplicación, puede actuar de manera tan corrosiva sobre la vida política, pero en ocasiones los enemigos menos evidentes son los más peligrosos. Mi proyecto de elaborar una teoría de la democracia compleja se plantea precisamente como una crítica de esa «rebelión contra la complejidad» (Sloterdijk 2016, 97) que caracteriza al tipo de política dominante en las sociedades contemporáneas. Ciertos conceptos y comportamientos políticos ponen de manifiesto una «aversión hacia nuevas experiencias e informaciones sobre la realidad social y política» (Arzheimer / Falter 2002, 89). La uniformidad, la simplificación y los antagonismos toscos ejercen una gran seducción sobre aquellos que no toleran la ambigüedad, la heterogeneidad y plurisignificación del mundo, que son incapaces de reconocer de manera constructiva la conflictividad social (Backes 2006, 240). En su forma actual, la práctica política constituye una capitulación ante lo complejo, en lógica correspondencia con el hecho de que tampoco la conceptualización de la filosofía política está a la altura de la complejidad social. Se requiere otra forma de pensar la democracia y otro modo de gobernar si es que sigue teniendo sentido aspirar a que la democracia sea compatible con la realidad compleja de nuestras sociedades.

Las teorías acerca de las actuales amenazas contra la democracia se dividen entre quienes la ven desafiada por el hecho de que la gente no tiene el poder que debería tener y quienes piensan que tiene demasiado poder, por exceso o por defecto, podríamos decir, por la incompetencia de las élites o por la irracionalidad de los electores. Si damos por buena esta tipología apresurada, entenderemos que aquello que lamentamos es, en el primer caso, la tecnocracia y, en el segundo, el populismo, mientras que las soluciones pasarían por limitar el poder del demos o por incrementarlo. Para complicar aún más las cosas, es posible combinar ambos puntos de vista sin preocuparse demasiado por la coherencia y, por ejemplo, utilizar una lógica soberanista para esconder una acción de gobierno autoritaria o defender que lo que realmente quiere el pueblo son resultados, para lo cual es poco aconsejable contar demasiado con él. El mismo término «democracias iliberales» da buena cuenta de esta promiscuidad, como en otro momento lo hicieron el «autoritarismo benevolente» o la «moralización del capitalismo», por ejemplo.
Las democracias se están viendo sacudidas por explosiones de indignación bajo la forma de protestas, irrupción del populismo y malestar general. No es que se trate de fenómenos estrictamente nuevos y además forma parte de la naturaleza de la democracia su imprevisibilidad y la legitimidad de la protesta, pero su concentración parece estar diciéndonos algo que no habíamos advertido suficientemente. Es difícil resistir a la seducción de ofrecer una explicación universal, pese a la diversidad de causas y manifestaciones de estos fenómenos. Entre la más socorrida y plausible se encuentra la explicación por la desigualdad. Pienso que se trata de una causa que está detrás de muchas revueltas, pero que no vale como explicación única, aunque solo sea por el hecho de que mayores desigualdades en otros momentos no han producido inestabilidad política. No siempre la rebelión es de los perdedores y hay formas de regresión democrática que están protagonizadas por los ganadores que cuestionan las instituciones de la solidaridad. Es verdad que hay malestar por el capitalismo liberal, pero también por la ineficacia de sus experimentos alternativos.
Las sociedades están bien gobernadas cuando lo están por sistemas en los que se sintetiza una inteligencia colectiva (reglas, normas y procedimientos) y no cuando tienen a la cabeza personas especialmente dotadas. Podríamos prescindir de las personas inteligentes, pero no de los sistemas inteligentes; es lo que se suele decir de otra manera: una sociedad está bien gobernada cuando resiste el paso de malos gobernantes. Estos doscientos años de democracia han configurado precisamente una constelación institucional en la que un conjunto de experiencias ha cristalizado en estructuras, procesos y reglas (especialmente las constituciones) que proporcionan a la democracia un alto grado de inteligencia sistémica, una inteligencia que no está en las personas sino en los componentes constitutivos del sistema.

El mundo no está determinado, como se pensó desde los siglos XVIII al XIX, precisamente la era de formación de nuestras principales categorías democráticas. En el siglo XXI el mundo aparece más bien como incalculable, inestable e indeterminado. El modelo de Newton, el de unos dinamismos lineales y predecibles, de causas y efectos, también era el modelo del que se sirvieron Adam Smith y Karl Marx para diseñar el funcionamiento de las instituciones liberales y predecir las crisis del capitalismo.
Ese mundo pervive en muchas de nuestras prácticas institucionales, pero ya no es el mundo de la ciencia innovadora. Durante el último cuarto del siglo pasado un cierto número de términos (caos, sistemas dinámicos, emergencia, bifurcación, autoorganización, incertidumbre…) convergieron en el concepto de complejidad en diversas disciplinas científicas.
La evolución del sistema financiero global es una buena ilustración de las propiedades emergentes de un sistema complejo, que presenta propiedades generales que van más allá de las propiedades de los sistemas particulares o las intenciones y estrategias de los elementos que lo componen.
La política está obligada a desenvolverse en la frontera entre competencia e incapacidad a la hora de manejar las informaciones, incertidumbres y riesgos vinculados al impacto futuro de sus decisiones. Hay una primera exigencia que es de tipo cognitivo. Tenemos que pasar de un modelo de gobierno basado en la fuerza convincente de las evidencias (sea de tipo objetividad científica, de eficacia comprobable o de fuerza deliberativa del mejor argumento) a otro en el que no hay más que indicios y riesgos. Los planteamientos objetivistas, tecnocráticos pragmáticos o deliberacionistas tienen en común que no dejan suficiente espacio para la complejidad procedente del hecho de que la mayor parte de nuestras decisiones no tienen una base incontestable, sino que son decisiones en las que –⁠pese a la calidad de los procesos de elaboración de información, sistemas de indicadores de efectividad o procedimientos de participación⁠– hay una dimensión de incertidumbre que hemos de gestionar. Ninguna evidencia, ninguna retórica exitosa harán superfluos los elementos ideológicos, las apuestas y la valoración de riesgos que siguen pesando en nuestras decisiones, aunque haya sido muy intenso el trabajo de los expertos o el proceso de deliberación colectiva.
La sociedad en la que vivimos es, en sentido estricto, una sociedad sin vértice ni centro. Especialmente en una sociedad del conocimiento las relaciones de interdependencia ya no son jerárquicas sino heterárquicas, o sea, estructuradas en forma de red y modificando dinámicamente sus formas de interacción. En esta característica consiste su complejidad específica, y no tanto en una magnitud cuantitativa, o en que haya muchos elementos en juego. La complejidad contemporánea es la diversificación de los centros de decisión que ninguna ordenación de carácter jerárquico está en condiciones de controlar.

1) El mundo que ahora comprendemos con categorías científicas complejas no solo implica una mejor descripción de la realidad, sino que permite un mayor espacio para la libertad política. Frente a lo que parece, la complejidad puede ser así un factor de democratización.
2) Las democracias tramitan más complejidad que cualquier otra forma de organización de la sociedad precisamente en la medida en que articulan mejor el pluralismo social y posibilitan el aprendizaje colectivo.
3) Democracia y complejidad no son exigencias contrapuestas, sino dos aspectos de una misma dificultad: la de gobernar teniendo en cuenta la variedad de requerimientos que se plantean en un sistema plural. Y es que tan esencial a una democracia es la obtención de determinados resultados como la implicación de la gente en la toma de decisiones. La principal complejidad del gobierno procede de la obligación de atender y equilibrar exigencias democráticas de diverso carácter, cuya compatibilidad no es ni evidente ni indiscutible. El futuro de la democracia depende de su capacidad de articular esa creciente complejidad y desarrollar formas de gestionar unos sistemas sociales menos vinculados a la simplificación del Estado nacional, interdependientes, con propiedades emergentes y riesgos de difícil identificación y gestión.

La política debe transitar desde la jerarquía a la heterarquía, de la autoridad directa a la conexión comunicativa, de la heteronomía a la autonomía, del control unilateral a la implicación policontextual. Ha de estar en condiciones de generar el saber necesario –⁠de ideas, instrumentos o procedimientos⁠– para moderar una sociedad del conocimiento que opera de manera reticular y transnacional.

La interdependencia de las generaciones requiere un nuevo modelo de contrato social. De acuerdo con las nuevas realidades del entrelazamiento espacial y temporal, deja de tener sentido entender el contrato social de modo exclusivista, es decir, como algo que solo incorpora a los de una comunidad determinada o a los actualmente vivos. El modelo del contrato social que regula únicamente las obligaciones entre los contemporáneos ha de ampliarse hacia los sujetos futuros respecto de los cuales nos encontramos en una completa asimetría. Las cuestiones de justicia intergeneracional no se resuelven con una lógica de la reciprocidad, sino con una ética de la transmisión. La existencia de un bien común transgeneracional y universal plantea un límite a las éticas contractualistas fundadas sobre la mera reciprocidad y relativiza el tiempo presente.
Y es que hay una desigualdad básica entre el presente y el futuro que no existe entre los contemporáneos.
La protección del medio ambiente requiere fortalecer la democracia y no debilitarla. Es cierto que, en ocasiones, los problemas ecológicos podrían gestionarse mejor protegiéndolos de la presión popular, pero también abriendo esa gestión a la crítica y a la participación ciudadana. La política medioambiental y contra el cambio climático debe ser compatible con la democracia; si no, además de una amenaza contra el entorno físico, tendríamos otra contra nuestra forma de vida civilizada.

Los conservadores ignoran con demasiada facilidad las asimetrías del poder constituido y tienen demasiado miedo a las posibilidades que abre cualquier proceso constituyente, cualquier intervención abierta del pueblo; de ahí su escaso entusiasmo ante las reformas constitucionales, los movimientos sociales, los plebiscitos o la participación en general. Los populistas, por el contrario, acostumbran a sobrevalorar esas posibilidades y a desentenderse de sus límites y riesgos. Unos dan las alternativas por imposibles y otros, por evidentes. Para los primeros, cualquier cosa que se mueva es un desbordamiento; para los segundos, la espontaneidad popular es necesariamente buena.
Tienen razón los conservadores cuando critican a quienes parecen considerar la democracia como una sucesión de big bangs constituyentes, pero su obsesión con la estabilidad se ha revelado paradójicamente como la mayor fuente de inestabilidad. La sociedad democrática es un espacio abierto en el que se plantean muchos desafíos que pretenden al menos revisar si el modo en que se ha institucionalizado la política sigue teniendo sentido o ha generado algún tipo de desventaja injustificable.
Los populistas, por su parte, tienen una consideración demasiado negativa de la política institucional y una excesiva confianza en que de los momentos constituyentes no puede salir nada malo. Es cierto que sin el momento de agitación popular nuestras democracias se cosificarían y que las élites tienen una tentación muy poderosa de evitar que se reexaminen las reglas del juego. Pero el populismo tiene muy poca sensibilidad hacia las asimetrías que se producen en todo momento constituyente (donde participan más los más activos, los que tienen más capacidad de presionar, los más radicalizados…). Al mismo tiempo, no hay en la producción ideológica del populismo instrumentos conceptuales que permitan disipar la sospecha de que la futura mayoría triunfante va a incluir a las minorías perdedoras entre quienes forman parte del pueblo. ¿Quién nos asegura que las nuevas élites se van a comportar con una lógica menos excluyente que las anteriores, sobre todo desde el momento en el que se justifican por la épica apelación de la soberanía popular y no por la prosaica defensa del orden y la estabilidad?.
Así entendidas las cosas, la función de las instituciones políticas es asegurar ese principio de influencia igualitaria, impidiendo la cosificación de las élites o corrigiendo las asimetrías injustas que suelen generarse en los momentos de espontaneidad popular. Los conservadores no pueden garantizar esa igualdad mientras no permitan procedimientos para verificarla, algunos de los cuales les parecerán «subversivos»; los populistas practican un elitismo invertido, y donde los conservadores sostenían la inocencia de los expertos ellos defienden la infalibilidad del pueblo considerado en su inmediatez. Solo quien haya entendido que las instituciones democráticas tienen su justificación en la igualdad y no en el mero orden o en el mero cambio será capaz de pensar la democracia fuera del marco mental que unos y otros quieren imponernos.

La democracia no es solo el menos malo de los regímenes, como suele decirse, sino también el menos estúpido. Las justificaciones tradicionales de la democracia han puesto el acento en argumentos de valores, apelando a la igualdad, la justicia o la libertad, no instrumentales. Todo ello es cierto, pero se puede defender la democracia de acuerdo con criterios instrumentales, es decir, la democracia es además un sistema de gobierno epistémicamente superior y que posibilita mejores decisiones que otros (Coleman 1989; Elster / Landemore 2010; Landemore 2012). Como sostiene Josiah Ober (2009), la primacía de Atenas sobre sus rivales se explica por las propiedades de sus instituciones, especialmente la instancia deliberativa del Consejo de los Quinientos. Esta superioridad se debe precisamente a que sirve para canalizar la inteligencia colectiva.
El liderazgo que están necesitando nuestras democracias, la nueva gobernanza de las sociedades complejas, tiene mucho que ver con esa articulación de diversos niveles de gobierno, con subsistemas sociales que responden a diferentes lógicas, en medio de sociedades civiles muy activas, con un saber disperso, de manera que surja la mejor combinación posible.
La ignorancia suele tener una connotación peyorativa y personaliza esa incompetencia en ciertos ciudadanos o políticos, pero no advertimos ni su carácter general (se trata de una incompetencia sistémica más que de los agentes políticos concretos) ni su inevitabilidad (estamos realmente sobrepasados por la naturaleza de los problemas a los que tenemos que enfrentarnos). Y mucho menos se considera que esa ignoracia pueda ser la causa de que tengamos sistemas políticos democráticos.

Vivimos en una época que puede caracterizarse por la volatilidad, categoría que vendría a explicar buena parte de lo que nos pasa y hacemos. La volatilidad se manifiesta en impredecibilidad que hace fracasar las encuestas, inestabilidad permanente, turbulencias políticas, disrupciones de todo tipo, histeria y viralidad. Hay un aumento de la contingencia más allá de lo que estábamos acostumbrados y éramos capaces de gestionar; casi todo es posible, casi nada es previsible. Desde Trump, el Brexit y el resurgir de la extrema derecha, parece que estamos condenados a las sorpresas políticas, esos «accidentes normales» (Perrow 1984, 5) que no obedecen ni a la causalidad ni a la casualidad, sino que forman parte de una nueva lógica que está todavía por explorar. El resultado de todo ello es la constitución de un público con la atención dispersa, la confianza dañada y en continua excitación. Guerras comerciales entre Estados Unidos y China, tensiones entre Rusia y los países occidentales, las negociaciones caóticas del Brexit, el surgimiento de los radicalismos… El mundo se ha convertido en un lugar inestable e inquietante donde no valen las antiguas certezas, y todo esto cuando hace no pocos años estábamos seguros de encontrarnos en una senda de crecimiento y estabilidad, mientras el modelo de democracia liberal y el compromiso socialdemócrata parecían triunfantes frente a cualquier otro.

Si la política es la articulación de formas de vivir juntos, en el plano global tenemos una tarea de reinvención política similar a la construcción de comunidades políticas a lo largo de la historia. De lo que se trata ahora es de cómo debemos convivir, de qué forma nos organizamos y cuáles son nuestras obligaciones recíprocas en el contexto de las profundas interdependencias que ha generado la globalización. Así pues, la globalización no tiene por qué ser necesariamente un proceso de despolitización. La globalización plantea muchas constricciones para la política pero no significa su final, sino tal vez el comienzo de una nueva era para la política. En el fondo, el problema no es si en los ámbitos globales puede o no haber una democracia similar a la que se configura en los estados nacionales, sino cómo superar la incongruencia entre los espacios sociales y los espacios políticos. Lo fundamental es que haya gobierno o gobernanza legítimos y no tanto que puedan o no extenderse globalmente los requisitos democráticos que solo valen, estrictamente hablando, para los espacios delimitados. En este sentido, las instituciones internacionales posibilitan que la política recupere capacidad de actuación frente a los procesos económicos desnacionalizados. Como decía Ulrich Beck (2002, 364), no es que la política haya muerto, sino que ha emigrado desde los clásicos espacios nacionales delimitados a los escenarios mundiales interdependientes. Es allí, o sea, aquí, donde se juega el futuro de la democracia.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/02/06/donde-vas-europa-miquel-seguro-daniel-innerarity-where-are-you-going-europe-by-miquel-seguro-daniel-innerarity/

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/01/la-politica-en-tiempos-de-indignacion-daniel-innerarity-policy-in-times-of-outrage-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/27/una-teoria-de-la-democracia-compleja-gobernar-en-el-siglo-xxi-daniel-innerarity-a-theory-of-complex-democracy-governing-in-the-21st-century-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

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Like all his books, interesting reading. A relatively original theorizing on the construction of democracy that forces reflection on multiple themes, accompanied, although somewhat superficially, by the sciences of complexity.

The main threat to democracy is not violence or corruption or inefficiency, but simplicity. No one would say that simplicity, with that air of innocent decomplication, can act in such a corrosive way on political life, but sometimes the least obvious enemies are the most dangerous. My project of elaborating a complex theory of democracy is posed precisely as a critique of that “rebellion against complexity” (Sloterdijk 2016, 97) that characterizes the type of politics dominant in contemporary societies. Certain political concepts and behaviors reveal an “aversion to new experiences and information on social and political reality” (Arzheimer / Falter 2002, 89). Uniformity, simplification, and crude antagonisms exert a great seduction on those who do not tolerate ambiguity, heterogeneity, and multi-meaning in the world, who are unable to constructively recognize social conflict (Backes 2006, 240). In its current form, political practice constitutes a capitulation to the complex, in logical correspondence with the fact that the conceptualization of political philosophy does not measure up to social complexity either. Another way of thinking about democracy and another way of governing are required if it is still making sense to aspire to make democracy compatible with the complex reality of our societies.

Theories about the current threats against democracy are divided between those who see it challenged by the fact that people do not have the power that they should have and those who think that they have too much power, by excess or by default, we could say, by the incompetence of the elites or by the irrationality of the voters. If we consider this hasty typology to be good, we will understand that what we regret is, in the first case, technocracy and, in the second, populism, while the solutions would be to limit the power of the demos or to increase it. To further complicate matters, it is possible to combine both points of view without worrying too much about coherence and, for example, use a sovereign logic to hide authoritarian government action or defend that what the people really want are results, for what which is inadvisable to have too much of it. The very term “illiberal democracies” accounts for this promiscuity, as “benevolent authoritarianism” or the “moralization of capitalism,” for example, once did.
Democracies are being shaken by explosions of outrage in the form of protests, an eruption of populism and general unrest. It is not that these are strictly new phenomena and that the unpredictability and legitimacy of the protest is also part of the nature of democracy, but its concentration seems to be telling us something that we had not sufficiently warned about. It is difficult to resist the seduction of offering a universal explanation, despite the diversity of causes and manifestations of these phenomena. Among the most helpful and plausible is the explanation for inequality. I think that this is a cause that is behind many revolts, but that it is not worth as a single explanation, if only because of the fact that greater inequalities at other times have not produced political instability. The rebellion is not always that of the losers and there are forms of democratic regression that are led by the winners who question the institutions of solidarity. It is true that there is unease for liberal capitalism, but also for the ineffectiveness of its alternative experiments.
Societies are well governed when they are governed by systems in which a collective intelligence is synthesized (rules, norms and procedures) and not when specially gifted people are led. We could do without smart people, but not smart systems; This is what is often said in another way: a society is well governed when it resists the passage of bad rulers. These two hundred years of democracy have precisely shaped an institutional constellation in which a set of experiences has crystallized in structures, processes and rules (especially constitutions) that provide democracy with a high degree of systemic intelligence, an intelligence that is not in the people but in the constituent components of the system.

The world is not determined, as thought from the 18th to the 19th centuries, precisely the era of formation of our main democratic categories. In the 21st century the world appears rather as incalculable, unstable and indeterminate. Newton’s model, of linear and predictable dynamisms of cause and effect, was also the model that Adam Smith and Karl Marx used to design the workings of liberal institutions and to predict the crises of capitalism.
That world lives on in many of our institutional practices, but it is no longer the world of innovative science. During the last quarter of the last century a certain number of terms (chaos, dynamic systems, emergence, bifurcation, self-organization, uncertainty …) converged on the concept of complexity in various scientific disciplines.
The evolution of the global financial system is a good illustration of the emergent properties of a complex system, which presents general properties that go beyond the properties of particular systems or the intentions and strategies of the elements that compose it.
Policy is obliged to operate on the border between competition and inability to handle information, uncertainties and risks related to the future impact of its decisions. There is a first requirement that is cognitive. We have to move from a model of government based on the convincing force of the evidence (be it of scientific objectivity, verifiable efficacy or the deliberative force of the best argument) to another in which there are only signs and risks. Objectivist, technocratic pragmatic, or deliberative approaches have in common that they do not leave enough room for the complexity that comes from the fact that most of our decisions do not have an indisputable basis, but are decisions in which – despite the quality of the information preparation processes, effectiveness indicator systems or participation procedures⁠– there is a dimension of uncertainty that we must manage. No evidence, no successful rhetoric will render the ideological elements, the bets and the risk assessment that continue to weigh on our decisions superfluous, even though the work of the experts or the process of collective deliberation has been very intense.
The society in which we live is, strictly speaking, a society without vertex or center. Especially in a knowledge society relations of interdependence are no longer hierarchical but heterarchical, that is, structured in the form of a network and dynamically modifying their forms of interaction. In this characteristic its specific complexity consists, and not so much in a quantitative magnitude, or in that there are many elements at stake. Contemporary complexity is the diversification of decision centers that no hierarchical organization is in a position to control.

1) The world that we now understand with complex scientific categories not only implies a better description of reality, but also allows a greater space for political freedom. Contrary to what it seems, complexity can thus be a democratization factor.
2) Democracies process more complexity than any other form of organization of society precisely to the extent that they better articulate social pluralism and enable collective learning.
3) Democracy and complexity are not competing demands, but two aspects of the same difficulty: that of governing taking into account the variety of requirements that arise in a plural system. And it is as essential to a democracy is the achievement of certain results as the involvement of people in decision-making. The main complexity of government comes from the obligation to meet and balance democratic demands of various character, whose compatibility is neither evident nor indisputable. The future of democracy depends on its ability to articulate this growing complexity and develop ways of managing social systems less linked to the simplification of the national state, interdependent, with emerging properties and risks that are difficult to identify and manage.

Politics must move from hierarchy to heterarchy, from direct authority to communicative connection, from heteronomy to autonomy, from unilateral control to polycontextual involvement. It must be in a position to generate the necessary knowledge – of ideas, instruments or procedures – to moderate a knowledge society that operates in a reticular and transnational way.

The interdependence of generations requires a new model of social contract. In accordance with the new realities of spatial and temporal entanglement, it no longer makes sense to understand the social contract in an exclusive way, that is, as something that only incorporates those of a certain community or those currently alive. The model of the social contract that regulates only the obligations between contemporaries must be extended to future subjects with respect to whom we are in complete asymmetry. Intergenerational justice issues are not resolved with a logic of reciprocity, but with an ethic of transmission. The existence of a transgenerational and universal common good poses a limit to contractualist ethics founded on mere reciprocity and relativizes the present time.
And there is a basic inequality between the present and the future that does not exist among contemporaries.
Protecting the environment requires strengthening democracy and not weakening it. It is true that, on occasions, ecological problems could be better managed by protecting them from popular pressure, but also by opening that management to criticism and citizen participation. Environmental and climate change policy must be compatible with democracy; if not, in addition to a threat against the physical environment, we would have another against our civilized way of life.

Conservatives too easily ignore the asymmetries of constituted power and are too afraid of the possibilities opened by any constituent process, any open intervention by the people; hence his low enthusiasm for constitutional reforms, social movements, plebiscites, or participation in general. Populists, by contrast, tend to overvalue these possibilities and ignore their limits and risks. Some give the alternatives as impossible and others as obvious. For the former, anything that moves is an overflow; for the latter, popular spontaneity is necessarily good.
Conservatives are right when they criticize those who seem to regard democracy as a succession of constituent big bangs, but their obsession with stability has paradoxically revealed itself as the greatest source of instability. The democratic society is an open space in which there are many challenges that seek to at least review whether the way in which politics has been institutionalized continues to make sense or has generated some type of unjustifiable disadvantage.
Populists, for their part, have an overly negative view of institutional policy and an overconfidence that nothing bad can come out of constituent moments. It is true that without the moment of popular upheaval our democracies would be reified and that the elites have a very powerful temptation to avoid a re-examination of the rules of the game. But populism has very little sensitivity to the asymmetries that occur at all times constituent (where the most active, those with more capacity to press, the most radicalized … participate more). At the same time, there are no conceptual instruments in the ideological production of populism to dispel the suspicion that the future triumphant majority will include the losing minorities among those who are part of the people. Who assures us that the new elites will behave with a less exclusive logic than the previous ones, especially since the moment when they are justified by the epic appeal of popular sovereignty and not by the prosaic defense of order and stability. ?
This being understood, the role of political institutions is to ensure that principle of egalitarian influence, preventing the objectification of the elites or correcting the unfair asymmetries that are usually generated in moments of popular spontaneity. Conservatives cannot guarantee this equality until they allow procedures to verify it, some of which will seem “subversive” to them; Populists practice inverted elitism, and where conservatives upheld the innocence of experts they defend the infallibility of the people considered in its immediacy. Only those who have understood that democratic institutions have their justification in equality and not in mere order or mere change will be able to think of democracy outside the mental framework that both want to impose on us.

Democracy is not only the least bad of regimes, as they say, but also the least stupid. The traditional justifications of democracy have emphasized value arguments, appealing to equality, justice or freedom, not instrumental. All this is true, but democracy can be defended according to instrumental criteria, that is, democracy is also an epistemically superior system of government that enables better decisions than others (Coleman 1989; Elster / Landemore 2010; Landemore 2012). As Josiah Ober (2009) argues, the primacy of Athens over its rivals is explained by the properties of its institutions, especially the deliberative instance of the Council of Five Hundred. This superiority is precisely because it serves to channel collective intelligence.
The leadership that our democracies are needing, the new governance of complex societies, has a lot to do with that articulation of different levels of government, with social subsystems that respond to different logics, in the midst of very active civil societies, with a dispersed knowledge , so that the best possible combination emerges.
Ignorance often has a pejorative connotation and personalizes that incompetence in certain citizens or politicians, but we do not notice its general character (it is a systemic incompetence rather than that of the specific political agents) or its inevitability (we are really overwhelmed by the nature of the problems we have to face). Much less is it considered that this ignorance may be the cause of our having democratic political systems.

We live in an age that can be characterized by volatility, a category that would explain a good part of what happens to us and what we do. Volatility manifests itself in unpredictability that makes polls fail, permanent instability, political turmoil, disruptions of all kinds, hysteria and virality. There is an increase in contingency beyond what we were used to and were able to manage; almost everything is possible, almost nothing is predictable. Since Trump, Brexit and the resurgence of the extreme right, it seems that we are condemned to political surprises, those “normal accidents” (Perrow 1984, 5) that are not due to causality or chance, but are part of a new logic that has yet to be explored. The result of all this is the constitution of an audience with scattered attention, damaged trust and in continuous excitement. Trade wars between the United States and China, tensions between Russia and Western countries, the chaotic Brexit negotiations, the rise of radicalisms … The world has become an unstable and disturbing place where old certainties are not worth, and everything this when not a few years ago we were sure to find ourselves on a path of growth and stability, while the model of liberal democracy and social democratic commitment seemed triumphant over any other.

If politics is the articulation of ways of living together, at the global level we have a task of political reinvention similar to the construction of political communities throughout history. What we are dealing with now is how we should live together, how we organize ourselves and what our reciprocal obligations are in the context of the profound interdependencies that globalization has generated. Thus, globalization does not necessarily have to be a process of depoliticization. Globalization poses many constraints for politics but it does not mean its end, but perhaps the beginning of a new era for politics. Ultimately, the problem is not whether or not there may be a democracy similar to the one configured in the national states at global levels, but how to overcome the inconsistency between social spaces and political spaces. The fundamental thing is that there is legitimate government or governance and not so much that the democratic requirements that only apply, strictly speaking, to the delimited spaces can be extended globally. In this sense, international institutions make it possible for politics to recover the capacity to act in the face of denationalized economic processes. As Ulrich Beck (2002, 364) said, it is not that politics has died, but that it has migrated from the classic national spaces delimited to interdependent world scenarios. It is there, that is, here, where the future of democracy is at stake.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/02/06/donde-vas-europa-miquel-seguro-daniel-innerarity-where-are-you-going-europe-by-miquel-seguro-daniel-innerarity/

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/01/la-politica-en-tiempos-de-indignacion-daniel-innerarity-policy-in-times-of-outrage-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/27/una-teoria-de-la-democracia-compleja-gobernar-en-el-siglo-xxi-daniel-innerarity-a-theory-of-complex-democracy-governing-in-the-21st-century-by-daniel-innerarity-spanish-book-edition/

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