La Iglesia Católica Y El Holocausto. Una Deuda Pendiente — Daniel Jonah Goldhagen / A Moral Reckoning: The Role of the Catholic Church in the Holocaust and Its Unfulfilled Duty of Repair by Daniel Jonah Goldhagen

El autor, un erudito judío muy brillante de Harvard, que asume la actitud de un fiscal más que de un escritor, hace fuertes acusaciones contra el papel de la Iglesia Católica y su comportamiento institucional hacia los judíos durante el curso de la historia desde los tiempos de Jesús en general y más. El oscuro gobierno del Papa Pío XII, en particular en la Segunda Guerra Mundial.
También describe con mucho detalle cómo el Vaticano y la jerarquía eclesiástica católica de casi todos los países europeos aceptaron la horrible caza nazi y la deportación de los judíos a los campos de exterminio, como cómplices mudos, subyacentes a los fundamentos antisemitas de la doctrina católica.
También hay un análisis breve y conciso de los capítulos del Nuevo Testamento que aluden a la falsa incriminación de los judíos como asesinos de Cristo, una piedra angular del antisemitismo cristiano.

Finalmente, hay un debate moral originado sobre principios morales y legales básicos sobre cómo la Iglesia Católica debe pagar todos los delitos cometidos a los judíos como reparación moral.
Aunque el libro exhibe abundante evidencia incriminatoria, muestra fotos interesantes y proporciona información complementaria sobresaliente, el lenguaje empleado se convierte en un monólogo repetitivo y tedioso que debilita la receptividad del lector, difuminando conceptos clave esclarecedores producto de la investigación muy valiosa del autor.

La primera parte presenta antecedentes históricos. Hace un trabajo acreditable al exponer hechos conocidos y poco conocidos sobre los fracasos y las transgresiones de la Iglesia Católica con respecto a los judíos. Algunas de las acusaciones son centrales y algunas pueden implicar un cierto grado de selección. El libro luego parece convertirse en juicio y entrega de veredicto. Su tono general tiende hacia el hector y acusatorio. Eso es justificable, dado que el tema principal en cuestión es la reacción de la Iglesia a la masacre de judíos durante la Segunda Guerra Mundial, aunque hace que uno se pregunte si se ha extendido alguna evidencia. (Otros revisores dicen que otros libros han manejado el tema en cuestión).
Sin embargo, Goldhagen difumina sus conceptos básicos. El punto central detrás de sus acusaciones parece ser que todos tenían libre albedrío y muchos podrían haberse resistido a los actos genocidas con más fuerza. Sin embargo, la queja contra la Iglesia Católica es en parte que creó una atmósfera moral general que tendía a permitir, o al menos no cuestionar, lo que los nazis estaban haciendo. Ese mismo conflicto entre la toma de decisiones individuales y el clima general de pensamiento se aplica a lo que sucedió dentro de la Iglesia. Luego está el clima general de la antipatía europea hacia los judíos a lo largo de los siglos. Goldhagen dice que la Iglesia fue central para crear odio, pero en realidad no resuelve las líneas de desarrollo o de responsabilidad. Ocasionalmente combina acusaciones contra la Iglesia con lo que son esencialmente acusaciones contra el papa Pío XII. Y menciona, pero una vez más, realmente no resuelve la forma en que el sentimiento antijudío se vincula con el anticomunismo. Había mucho material para trabajar en la producción de una acusación contra la Iglesia, más de lo que sus defensores quieren admitir, pero la tarea no se llevó a cabo particularmente bien.
Hay mucho de malo en esa afirmación …

(1) los obispos alemanes habían condenado repetidamente, antes de 1933, a Hitler y al nazismo, prohibieron a los católicos ser miembros del partido nazi y rechazaron los sacramentos a los nazis católicos. Los obispos fueron literalmente obligados por Pacelli a apoyar a Hitler a cambio de la voluntad de Hitler de implementar el Concordato del Reich que Pacelli deseaba desesperadamente.

(2) saltar de “no interferir con los asuntos políticos internos de Alemania” a dar a los alemanes “una mano libre con los judíos” es una conexión que puede ser respaldada por acciones posteriores, pero que seguramente no se mencionó en la nota de 1933. Esa puede haber sido la intención de Pacelli en 1933, pero esta nota no lo prueba. Como novelista histórico, podría hacer que un personaje ficticio hiciera esa acusación o al menos afirmara que podría haber sido cierta. Para un historiador declararlo como un hecho comprobado es simplemente inaceptable.

He perdido la confianza en la presentación de Goldhagen. Creo que la Iglesia Católica se comportó horriblemente al no oponerse a Hitler y al asesinato nazi de los judíos (como hicieron muchos otros), pero hay declaraciones mucho mejores de esa acusación que la que Goldhagen ha improvisado.

El cristianismo es una religión de amor que enseña a sus adeptos los más elevados principios morales para que obren bien. Ama a tus semejantes. Busca la paz. Ayuda a los necesitados. Compadécete de los oprimidos y dales aliento. Compórtate con los demás como quisieras que se comportaran contigo.
El cristianismo es una religión que, a lo largo de la historia, consagró en su seno y expandió por todos sus dominios un odio descomunal hacia un grupo de personas: los judíos. Los difamó, a veces en sus textos sagrados y en su doctrina, considerándolos asesinos de Cristo, hijos del demonio, profanadores de toda bondad y responsables de gran parte de las calamidades y los sufrimientos del ser humano. Este odio —que suponía una traición a los propios fundamentos morales del cristianismo y a su bondad— hizo que los cristianos, durante casi dos milenios, cometieran muchos y graves crímenes contra los judíos y que les causaran otros sufrimientos, entre ellos la ejecución en masa. El Holocausto es el asesinato masivo más conocido y en el que más judíos perecieron.
Para los cristianos, y sobre todo para la Iglesia católica, el problema radica en qué ha de hacer una religión de amor y de bondad para enfrentarse a su historial de odio y malas acciones, compensar a sus víctimas y enmendarse ella misma, con el fin de no volver a ser fuente de un odio.

La primera es la acusación de culpabilidad colectiva, que, en realidad, era una forma concisa de aludir a una serie de ideas que depositaban la culpabilidad de los alemanes en su carácter nacional: en algo que era un rasgo común a todos ellos, inherente e inmutable; con lo que su culpabilidad se consideraba colectiva e intergeneracional. Durante la II Guerra Mundial e inmediatamente después de ella se escucharon con frecuencia tales acusaciones; antes de la guerra fría eran casi de sentido común. Desde entonces, esas ideas —aunque las comparte mucha gente, incluso en Alemania— se han visto en gran medida deslegitimadas en el debate público y sólo las expresan abiertamente unas pocas voces insistentes. La acusación de «culpabilidad colectiva» dificulta la investigación de las cuestiones éticas. Cuando se reivindica como un hecho moral, centra su atención en la colectividad, y así despoja al individuo de su individualidad, de su capacidad de acción y de su responsabilidad individual en términos morales.
La segunda táctica, asombrosa desde el punto de vista moral, tuvo consecuencias aún más nocivas para la investigación. Los académicos prescindieron de casi todos los seres humanos en sus estudios sobre la perpetración del Holocausto, tanto desde el punto de vista empírico como desde el conceptual. Se centraron exclusivamente en unos pocos monstruos sobrehumanos, como Adolf Hitler, Heinrich Himmler o Adolf Eichmann, que recabaron casi toda la atención, apartando nuestra mirada de las decenas de millones de alemanes que, de alguna manera, apoyaron de buen grado y aceptaron el nazismo, a Hitler y a los demás líderes del país.

Los hechos son los siguientes: durante el periodo nazi muchos alemanes corrientes eran antisemitas, apoyaron la persecución que pretendía eliminar a los judíos y cometieron asesinatos masivos. El Gobierno de Alemania, ciertas empresas del país y muchos alemanes corrientes esclavizaron a gran cantidad de personas. Hubo bancos suizos (e instituciones de otros países) que robaron a las víctimas y ayudaron a financiar el apocalíptico ataque alemán. Algunos prominentes historiadores alemanes sirvieron al régimen nazi, justificando con su obra, entre otras cosas, la política de conquista y sometimiento de otros países, sabiendo que ésta conllevaba el asesinato masivo; además, sus alumnos, que en la actualidad son algunos de los historiadores más importantes de Alemania, encubrieron tal implicación. La Iglesia católica generó una gran cantidad de antisemitismo y en muchos sentidos se comportó mal con los judíos.
El antisemitismo que la Iglesia había difundido conllevaba, o incluso propugnaba abiertamente, que los judíos fueran eliminados de la sociedad cristiana, por ejemplo, mediante la conversión forzosa o la expulsión, aunque ni la Iglesia ni sus obispos solicitaran nunca el asesinato en masa de los judíos y a menudo se plantearan prohibir a sus fieles la comisión de actos de violencia. De manera que, a menos que se indique claramente lo contrario, cuando aluda al «antisemitismo eliminador» de la Iglesia, deberá interpretarse que, o bien ésta solicitaba que se llevara a cabo una eliminación no mortífera de los judíos, o bien que su demonología en relación con este grupo era compatible con, o implicaba, soluciones eliminadoras, quizá incluyendo entre ellas el exterminio; a pesar de que la Iglesia católica se opusiera doctrinalmente al asesinato de los judíos y ella misma no lo defendiera.
La «Iglesia católica» es una institución unificada y centralizada, con una estructura jerárquica. En la cima se encuentra el Papa, que reside junto a su administración eclesiástica en el Vaticano, capital de la Iglesia. Gobierna y habla en nombre de la Iglesia con autoridad. Por debajo de él se encuentran las Iglesias nacionales, con sus obispos y sacerdotes. Cuando aludo a la Iglesia católica o a la Iglesia a secas, me refiero al Papa, al Vaticano, a una política eclesiástica oficial o al conjunto de las Iglesias nacionales y a su clero.

En la larga y lamentable historia de odio que ha avergonzado y degradado a los pueblos del mundo occidental durante los últimos dos mil años, los judíos han sido el grupo que más ha concitado los prejuicios profundos de un conjunto más numeroso de personas. El antisemitismo, la más resistente y ponzoñosa de las malas hierbas, ha florecido en todos los entornos; sobreviviendo a épocas históricas; superando las fronteras nacionales, los sistemas políticos y las formas de producción; hundiendo sus raíces en las ecologías morales y sociales, y socavándolas, tanto si había judíos como si no, tanto si éstos eran ricos como si eran pobres, tanto si habían sido aparentemente distintos de la población gentil desde el punto de vista social, como si se habían asimilado a ella y no podían distinguirse a primera vista.
La capacidad de permanencia extrema del antisemitismo concuerda con su intensidad y su poder. Probablemente haya sido el prejuicio europeo de contenido más aterrador. Entre los europeos de la Edad Media, era habitual creer que los judíos eran servidores del demonio.
Durante siglos, la Iglesia católica, esa institución paneuropea con pretensiones hegemónicas mundiales, esa institución espiritual, moral y formativa de importancia capital para la civilización europea, albergó en su seno el antisemitismo, haciendo que constituyera parte integral de su doctrina, su teología y su liturgia. Lo hizo amparándose en la justificación divina de la Biblia cristiana, para la que los judíos eran los asesinos de Cristo y siervos del demonio.
La Iglesia propagaba el antisemitismo allí donde predicaban sus clérigos, asegurándose de que no fuera un odio efímero, limitado territorialmente o marginal, sino que, dentro de la cristiandad, iba a constituir un poderoso y duradero imperativo religioso. En la Europa medieval, el antisemitismo era prácticamente universal.
Después de la Reforma del siglo XVI, el antisemitismo continuó su curso de forma prácticamente paralela en las Iglesias católica y protestante. Era algo que incluso estos acérrimos enemigos podían compartir.
El antisemitismo condujo al Holocausto y ha sido un componente esencial de la Iglesia católica. La relación existente entre el antisemitismo de la Iglesia y el Holocausto debe ser el centro de cualquier investigación general sobre uno u otro asunto.

Los defensores de Pío XII le presentan como un enemigo de Hitler y un amigo de los judíos que se esforzó por salvar a cuantas personas le fue posible. Para ellos, cualesquiera que fueran los fallos del pontífice, eran los de un hombre piadoso, con defectos humanos, que tuvo que actuar en circunstancias trágicas. Según estos partidarios, el juicio que en la posguerra emitió la Iglesia sobre el Papa y sobre su propia historia ha sido, al margen de sus imperfecciones, relativamente franco.
El carácter contradictorio de estos retratos surge de los diferentes valores, perspectivas y agendas que los autores incorporan a sus investigaciones, y también del hecho de que algunos datos pueden interpretarse de múltiples maneras. Susan Zuccotti, por ejemplo, ha desenmascarado recientemente un mito exculpatorio capital —en su opinión, conscientemente fabricado o alentado por el Papa y por otras personas, y también mantenido por judíos confundidos o deseosos de aplacar a la poderosa Iglesia— según el cual el sumo pontífice ordenó a los funcionarios de la Iglesia italiana que ocultaran a los judíos en templos y monasterios.
Por el contrario, hay otros autores que conceden un mayor peso a la callada intervención de los representantes del Papa, a pesar de que los afortunados judíos que se beneficiaron de ella no lo fueran en absoluto, ya que, en realidad, eran católicos que habían abjurado del judaísmo, o aun cuando las intervenciones fueran tibias y sólo llegaran después de que los alemanes y sus ayudantes locales hubieran asesinado durante meses o años a los judíos de un determinado país.
En lo tocante al propio Holocausto, Pío XII era informado con regularidad de los pormenores de la aniquilación en masa de judíos que se estaba produciendo, y de la que tuvo noticias casi desde el principio. Durante la guerra nunca realizó declaración pública alguna para condenar la persecución y exterminio de los judíos a manos de los alemanes. Ni siquiera informó a los pueblos europeos de que tal asesinato en masa estaba efectivamente produciéndose, lo cual habría proporcionado a cada persona información suficiente para elegir su postura (de hecho, cuando la gente preguntaba por el destino de los judíos, el Vaticano, ocultando los hechos, hacía que pensaran que la situación era menos desesperada de lo que era en realidad). En privado, Pío XII nunca ordenó al conjunto de los cardenales, obispos, sacerdotes, monjas y católicos laicos de Europa que hicieran lo que pudieran para salvar a judíos. Cuando los alemanes deportaron a judíos de Italia o de otros lugares, incluida Roma, su propia ciudad, ni protestó ni pidió a nadie que los ocultara.
El cuerpo diplomático de Pío XII sí intervino a veces entre bambalinas para ayudar a judíos de diferentes naciones. No obstante, cuando lo hizo, solió ser en un estadio tardío del asesinato masivo y sin gran persistencia o vigor (una de las excepciones fue la oportuna y enérgica intervención del nuncio papal en Rumania, el arzobispo Andrea Cassulo). El propio Pío XII protestó una vez ante Miklós Horthy, dictador de Hungría, por la deportación de los judíos húngaros en 1944. Pero sólo lo hizo después de que los alemanes y sus ayudantes húngaros ya hubieran deportado a casi cuatrocientos treinta y siete mil judíos (que, en su mayoría, murieron en las cámaras de gas de Auschwitz), cuando era evidente que Alemania había perdido la guerra y sólo después de que los Aliados le presionaran considerablemente para que interviniera.
Las ideas sobre los judíos mantenidas por los dirigentes de las diversas Iglesias católicas nacionales (y lo mismo puede decirse de los de las protestantes) se hallaban profundamente influidas por la cultura y la política de sus propias sociedades. Esto suponía que el totalizador patrimonio cultural y doctrinal del antisemitismo católico se filtraba a través de cada una de las culturas políticas nacionales. En países menos antisemitas, como Francia, Italia y Dinamarca, las Iglesias también mostraban, en diversos grados, una menor incidencia de este prejuicio. Así fue especialmente en el caso de la Iglesia católica estadounidense, que, dentro del mundo católico, mostraba una independencia, un pluralismo y una tolerancia notables, tanto que, ya a finales de la década de 1890, el papa León XII daba el apodo de «americanismo» a las abiertas actitudes de gran parte de esta Iglesia. Entre el clero de todos esos países fueron más frecuentes las reacciones de auténtico horror ante el ataque antisemita alemán y la ayuda a sus víctimas.
Cualquier evaluación que se haga de la Iglesia católica como institución moral debe tener en cuenta de manera primordial que, en realidad, dicha Iglesia estaba sirviendo —porque al no elegir se elige— al equivalente humano más próximo al anticristo, Hitler, y que tácita, y a veces materialmente, cooperó en el asesinato masivo. Dentro de la Iglesia hubo individuos rectos. Hubo obispos, sacerdotes, monjas y laicos que alzaron su voz y que ayudaron a los judíos a ocultarse. Yad Vashem, el monumento israelí al Holocausto, les rinde homenaje como «Rectos entre las naciones». A muchos de ellos (incluso siendo antisemitas) lo que les impulsó a salvar judíos fueron sus creencias religiosas, como les ocurrió a algunos miembros de Zegota, una organización polaca integrada principalmente por católicos. Pero actuaron por su cuenta, en franco contraste con la política oficial de la Iglesia.
En esta época, es difícil defender el carácter moral de la Iglesia como institución, al menos en lo tocante al nazismo y al Holocausto.

En la actualidad existen fundamentos empíricos y analíticos para juzgar a la Iglesia, puesto que, en general, tanto ésta como el Papa, y las Iglesias nacionales, los obispos y los sacerdotes, fracasaron durante el Holocausto. Fue así porque creían que los judíos eran malvados y dañinos; porque, en principio, no estaban en contra de imponerles castigos considerables y, en consecuencia, porque tampoco se oponían a muchas de las medidas eliminadoras tomadas por los alemanes y sus ayudantes. De este modo, en un sentido general, la Iglesia y muchos de sus clérigos cometieron una ofensa. La Iglesia y su clero habían difundido el antisemitismo eliminador —el deseo de librar a la sociedad, mediante algún medio no necesariamente letal, de los judíos y de su influencia, que es la motivación principal del Holocausto— tanto por Alemania como por toda la Europa católica. Muchos sacerdotes, en calidad de tales, se comportaron mal en otros sentidos. Muchos otros no actuaron correctamente. Manifestaron una impresionante falta de compasión hacia las víctimas. Algunas Iglesias nacionales hicieron algún esfuerzo por defender a los judíos de la peor parte de ese ataque abrumador. Dentro de esas Iglesias, e incluso dentro de las que no defendieron.
El antisemitismo, una cultura del odio, recorrió la política y las sociedades de Europa durante los años treinta y cuarenta, y también transitó por los corredores eclesiásticos, desde san Pedro a la capilla parroquial más modesta. Era un rasgo poco reseñable de los católicos europeos, que procedía de la Biblia cristiana y de las enseñanzas de la Iglesia. En muchos países europeos era prácticamente imposible, especialmente para los sacerdotes católicos, no tener contacto con el antisemitismo. El clero sabía que éste era un elemento capital de muchas culturas políticas europeas y que lo difundían políticos tanto laicos como eclesiásticos. Todos los que apoyaban la ofensa del antisemitismo que, en este caso, consistía en la transgresión política de enseñarlo y difundirlo, tienen una culpa moral por esa postura de aprobación. Como el antisemitismo constituía un elemento de sentido común para la cultura institucional de la Iglesia católica durante este periodo —en realidad, entonces era difícil ser sacerdote católico sin ser antisemita, puesto que el hecho de que los judíos del momento eran culpables de la muerte de Jesús, era, entre otras muchas acusaciones de tipo antisemita, una doctrina fundamental de la Iglesia, basada en las Escrituras—, podemos decir con seguridad que el apoyo a esta ofensa y la culpa moral que comporta se aplican a la inmensa mayoría del clero de esos años, aunque tanto el carácter como la intensidad de su antisemitismo variaran enormemente.

La Iglesia católica debe ser reconocida, en general y en particular, en su relación con los judíos, como lo que siempre ha sido —incluyendo la época nazi— y todavía es: una institución política. El Papa ha sido y continúa siendo un dirigente político. Estas verdades son palmarias para los estudiosos de la historia de la Iglesia, los expertos en ciencia política y los judíos. Lo eran para los políticos contemporáneos de Pío XII. La Iglesia ha sido durante siglos un gobernante político temporal en Europa y ha estado gobernando una importante parte de Italia hasta la segunda mitad del siglo XIX. Incluso allí donde no gobernó ejerció una enorme influencia política, configurando la política del continente durante siglos. Buena parte de la historia de Europa, incluida la época moderna, se ha visto determinada por los intentos de las autoridades seculares de reducir el ámbito y el poder políticos de la Iglesia. Aunque ésta ha librado durante cientos de años una batalla fallida para conservar o extender su poder político (de cuyas derrotas, fantásticamente, en ocasiones acusaba a los judíos, casi desprovistos de todo poder político), ha seguido teniendo un carácter político en su núcleo en el transcurso del siglo. La Iglesia tendría que enseñar también en sus publicaciones, sermones y escuelas que los prejuicios contra los judíos y el odio hacia ellos han sido el mayor pecado de la Iglesia y constituyen una ofensa moral. No debería hacerse ilusiones de que impartir el mensaje de esta misión anti-antisemita a sus fieles una sola vez o en unas cuantas ocasiones habría de servir para borrar lo que para mucha gente supone un prejuicio profundamente arraigado. Habría de asignar a esta misión la máxima prioridad, consagrando la ingente cantidad de tiempo y esfuerzo requerida para lograr llevarlo a término con éxito.
Las pruebas de la necesidad de tal misión se hallan por doquier.

La restitución política requiere que la Iglesia apoye, sostenga y proteja con energía a las comunidades políticas judías. La restitución moral requiere que la Iglesia elimine el antisemitismo de su propio seno y del catolicismo. Esto supone no sólo algunos cambios cosméticos sino también una purga del antisemitismo explícito o implícito presente en la Iglesia o en sus enseñanzas, así como el hallazgo de alguna solución adecuada y de buena fe a lo que se puede describir como su problema bíblico. Significa también un esfuerzo educativo sistemático y diligente —una misión que tal vez dure generaciones hasta que cumpla su propia máxima de «restablecer la buena fama de las personas calumniadas»— para informar a católicos y no católicos de que el antisemitismo es una falsedad, un delito y, desde el punto de vista católico, un pecado. La Iglesia debe también reformar los aspectos de su naturaleza, organización y doctrina, incluyendo su núcleo político, que hicieron posible su participación en el Holocausto, con el fin de garantizar que ni ella ni su clero vuelvan a contribuir a ningún crimen ni transgresión política o moral contra los judíos.
La trayectoria política de la Iglesia: en el transcurso de las últimas cuatro décadas la Iglesia ha avanzado ya mucho, con el Vaticano II y otras iniciativas y cambios, desde el lugar donde se encontraba en 1945 y donde llevaba casi dos milenios.
Las voces progresistas de la Iglesia: aunque son aún una pequeña minoría, hay dentro de la Iglesia poderosas voces de teólogos y de laicos reflexivos que insisten en decir la verdad, en extraer las necesarias consecuencias de ella y en actuar con arreglo a éstas.
El corazón de la Iglesia: ésta se compone de personas de buen corazón a las que, si se les diera a conocer la verdad acerca de la historia de la Iglesia y su comportamiento con los judíos, resultaría difícil soportar que se siguiera infligiendo más daños a los miembros del pueblo al que en el pasado se convirtió en víctima.
Los principios de la Iglesia: sus doctrinas morales fundamentales son enérgicas: ama a tu prójimo, haz el bien a los demás, arrepiéntete de tus pecados. Estas máximas contienen siempre un potencial para debilitar y eliminar las estructuras y doctrinas falsas y perjudiciales que se han construido defectuosa y temblorosamente basándose en ellas o a pesar de ellas.
Los hábitos mentales de la Iglesia: ésta es una institución resistente que se ha reformado muchas veces en muchos aspectos merced a su cultura intelectual interna, formidable y admirable, que (a pesar de sus puntos flacos históricos por cuanto atañe a los judíos) nutre una sed de ilustración, verdad y bondad y un impulso a ir en pos de ellas.
Debemos admirar a la Iglesia católica en aspectos cruciales de su concepción de sí misma, al cristianismo en su esencia, a los sacerdotes y monjas católicos que dedican su vida a un Dios benéfico y a los católicos laicos con su bondad inspirada por la religión. El respeto a su bondad y a su búsqueda de la verdad demanda un compromiso sincero y categórico con el pasado. Demanda también un compromiso categórico con el presente. Esto da lugar necesariamente a una fea imagen de la manera en que la Iglesia ha interpretado y tratado a los judíos: el pasado ha sido feo y en la medida en que sus rasgos viciados persisten hoy o no han sido adecuadamente enmendados, el presente es también feo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/23/los-verdugos-voluntarios-de-hitler-los-alemanes-corrientes-y-el-holocausto-daniel-jonah-goldhagen-hitlers-willing-executioners-ordinary-germans-and-the-holocaust-by-daniel-jonah-goldha/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/26/la-iglesia-catolica-y-el-holocausto-una-deuda-pendiente-daniel-jonah-goldhagen-a-moral-reckoning-the-role-of-the-catholic-church-in-the-holocaust-and-its-unfulfilled-duty-of-repair-by-da/

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The autor, a very bright Jewish Harvard scholar, assuming the attitude of a prosecutor more than a writer, makes fierce accusations against the role of the Catholic Church and its institutional behaviour towards the Jews during the course of history since Jesus times in general and over Pope Pius XII obscure rule in particular in the Second World War
It also describes with a lot of detail how the Vatican and the ecclesiastical Catholical hierarchy of almost every European country acquiesced to the horrifying Nazi hunt and deportation of the Jews to the extermination camps, as a mute accomplice, underlying the antisemitic foundations of the Catholic doctrine
There is also a short and concise analysis of the New Testament chapters that allude to the false incrimination of the Jews as Christ killers, a cornerstone of Christian antisemitism

Finally, there is a moral debate originated on basic moral and legal principles about how the Catholic Church should repay all the offenses made to the Jews as moral repair
Though the book exhibits abundant incriminatory evidence, displays interesting photos and provides outstanding complementary information, the language employed turns into a repetitive and tedious monologue that enfeebles the reader receptivity blurring key enlightening concepts product of the author own very valuable research.

The first part lays out historical background. It does a creditable job of setting out both well known and little-known facts about the Catholic Church’s failures and transgressions regarding Jews. Some of the accusations are central and some may involve a degree of selection. The book then seems to devolve into judgment and delivery of verdict. Its overall tone tends toward the hectoring and accusatory. That’s justifiable, given that the main subject at hand is the Church’s reaction to the massacre of Jews during the Second World War, although it does make one wonder whether some evidence has been stretched. (Other reviewers say other books have handled the subject matter batter.)
However, Goldhagen blurs his basic concepts. The central point behind his accusations seems to be that everyone had free will and many could have resisted the genocidal acts more strongly. Yet the complaint against the Catholic Church is partly that it created a general moral atmosphere that tended to permit, or at least go unchallenged, what the Nazis were doing. That same conflict between individual decision making and general climate of thought applies to what happened inside the Church. Then there’s the general climate of European antipathy toward Jews over the centuries. Goldhagen says the Church was central to creating hatred but does not really sort out lines of development or of responsibility. He occasionally conflates accusations against the Church with what are essentially accusations against Pope Pius XII. And he mentions but once again does not really sort out the way that anti-Jewish sentiment got tied up with anti-communism. There was plenty of material to work with in producing an indictment of the Church, more than its defenders want to admit, but the task was not carried out particularly well.
There is so much wrong with that statement …

(1) the German bishops had repeatedly, prior to 1933, condemned Hitler and Nazism, banned Catholics from being members of the Nazi Party, and refused sacraments to Catholic Nazis. The bishops were literally forced by Pacelli to support Hitler in return for Hitler’s willingness to implement the Reich Concordat that Pacelli desperately desired.

(2) jumping from “not interfering with Germany’s internal political affairs” to giving the Germans “a free hand with the Jews” is a connection which may be supported by later actions but was surely not stated in the 1933 note. That may have been Pacelli’s intention in 1933, but this note does not prove it. As a historical novelist, I might have a fictional character make that accusation or at least assert it might have been true. For a historian to state it as proven fact is simply unacceptable.

I have lost confidence in Goldhagen’s presentation. I do think the Catholic Church behaved horribly in failing to oppose Hitler and the Nazi murder of the Jews (as did many others) but there are far better statements of that charge than the one Goldhagen has cobbled together.

Christianity is a religion of love that teaches its adherents the highest moral principles to work well. Love your fellow men. Search for peace. Help those in need. Pity the oppressed and give them encouragement. Behave with others as you would like them to behave with you.
Christianity is a religion that, throughout history, enshrined in its bosom and spread a huge hatred for all its domains towards a group of people: the Jews. He defamed them, sometimes in their sacred texts and in their doctrine, considering them murderers of Christ, children of the devil, desecrators of all goodness and responsible for much of the calamities and sufferings of the human being. This hatred – which was a betrayal of the moral foundations of Christianity and its goodness – made Christians, for almost two millennia, commit many serious crimes against the Jews and cause them other sufferings, including mass execution. The Holocaust is the best known mass murder and in which more Jews perished.
For Christians, and especially for the Catholic Church, the problem lies in what a religion of love and kindness has to do to confront its history of hatred and bad deeds, compensate its victims and amend itself, in order of not being a source of hate again.

The first is the accusation of collective guilt, which, in reality, was a concise way of referring to a series of ideas that deposited the guilt of the Germans in their national character: in something that was a feature common to all of them, inherent and immutable; with what his guilt was considered collective and intergenerational. During the Second World War and immediately after it, such accusations were frequently heard; before the cold war they were almost common sense. Since then, these ideas – although many people share them, even in Germany – have been largely delegitimized in the public debate and only a few insistent voices openly express them. The accusation of “collective guilt” makes it difficult to investigate ethical issues. When it is claimed as a moral fact, it focuses its attention on the collective, and thus strips the individual of his individuality, his capacity for action and his individual responsibility in moral terms.
The second tactic, astonishing from the moral point of view, had even more harmful consequences for the investigation. Academics dispensed with almost all human beings in their studies on the perpetration of the Holocaust, both empirically and conceptually. They focused exclusively on a few superhuman monsters, such as Adolf Hitler, Heinrich Himmler or Adolf Eichmann, who gathered almost all the attention, turning our eyes away from the tens of millions of Germans who, in some way, willingly supported and accepted Nazism , Hitler and the other leaders of the country.

The facts are as follows: during the Nazi period many ordinary Germans were anti-Semites, supported the persecution that sought to eliminate the Jews and committed mass murders. The Government of Germany, certain companies in the country and many ordinary Germans enslaved a large number of people. There were Swiss banks (and institutions from other countries) that robbed the victims and helped finance the apocalyptic German attack. Some prominent German historians served the Nazi regime, justifying with their work, among other things, the politics of conquest and submission of other countries, knowing that it entailed mass murder; In addition, his students, who are currently some of the most important historians in Germany, covered up such an implication. The Catholic Church generated a great deal of anti-Semitism and in many ways behaved badly with the Jews.
The anti-Semitism that the Church had spread entailed, or even openly advocated, that Jews be eliminated from Christian society, for example, by forced conversion or expulsion, even if neither the Church nor its bishops ever requested the mass murder of Jews will often consider banning their faithful from committing acts of violence. So, unless the opposite is clearly stated, when referring to the “eliminating anti-Semitism” of the Church, it should be interpreted that either it requested that a non-deadly elimination of the Jews be carried out, or that their demonology in relation to this group it was compatible with, or implied, eliminating solutions, perhaps including extermination; although the Catholic Church doctrinally opposed the murder of the Jews and she herself did not defend it.
The “Catholic Church” is a unified and centralized institution, with a hierarchical structure. At the top is the Pope, who resides with his ecclesiastical administration in the Vatican, capital of the Church. He rules and speaks in the name of the Church with authority. Below it are the national Churches, with their bishops and priests. When I refer to the Catholic Church or the Church alone, I mean the Pope, the Vatican, an official ecclesiastical policy or the whole of the national Churches and their clergy.

In the long and unfortunate history of hatred that has shamed and degraded the peoples of the Western world for the past two thousand years, the Jews have been the group that has most deeply conceived the deep prejudices of a larger group of people. Anti-Semitism, the most resistant and poisonous of weeds, has flourished in all environments; surviving historical times; overcoming national borders, political systems and forms of production; sinking their roots in moral and social ecologies, and undermining them, whether there were Jews or not, whether they were rich or poor, whether they had been apparently distinct from the gentile population from the social point of view, as if they had assimilated to her and could not be distinguished at first sight.
The extreme permanence capacity of anti-Semitism matches its intensity and its power. It has probably been the most frightening European prejudice. Among the Europeans of the Middle Ages, it was customary to believe that the Jews were servants of the devil.
For centuries, the Catholic Church, that pan-European institution with global hegemonic pretensions, that spiritual, moral and formative institution of capital importance for European civilization, housed anti-Semitism within it, making it an integral part of its doctrine, its theology and its liturgy. He did it by relying on the divine justification of the Christian Bible, for which the Jews were the murderers of Christ and servants of the devil.
The Church spread anti-Semitism where her clergy preached, making sure that it was not an ephemeral hatred, territorially limited or marginal, but that, within Christianity, it would constitute a powerful and lasting religious imperative. In medieval Europe, anti-Semitism was practically universal.
After the Reformation of the 16th century, anti-Semitism continued its course almost parallel in the Catholic and Protestant Churches. It was something that even these bitter enemies could share.
Anti-Semitism led to the Holocaust and has been an essential component of the Catholic Church. The relationship between the anti-Semitism of the Church and the Holocaust must be the center of any general investigation on one or another issue.

The defenders of Pius XII present him as an enemy of Hitler and a friend of the Jews who struggled to save as many people as possible. For them, whatever the pontiff’s failures were, they were those of a pious man, with human defects, who had to act in tragic circumstances. According to these supporters, the post-war trial issued by the Church on the Pope and on his own history has been, quite apart from his imperfections, relatively frank.
The contradictory nature of these portraits arises from the different values, perspectives and agendas that the authors incorporate into their research, and also from the fact that some data can be interpreted in multiple ways. Susan Zuccotti, for example, has recently unmasked a capital exculpatory myth – in her opinion, consciously fabricated or encouraged by the Pope and other people, and also maintained by confused Jews or eager to placate the powerful Church – according to which the high The pontiff ordered the officials of the Italian Church to hide the Jews in temples and monasteries.
On the contrary, there are other authors who give greater weight to the silent intervention of the representatives of the Pope, although the lucky Jews who benefited from it were not at all, since, in reality, they were Catholics who had renounced from Judaism, or even when the interventions were lukewarm and only arrived after the Germans and their local assistants had murdered the Jews of a given country for months or years.
Regarding the Holocaust itself, Pius XII was regularly informed of the details of the mass annihilation of Jews that was taking place, and of which he had news almost from the beginning. During the war he never made any public statement to condemn the persecution and extermination of the Jews at the hands of the Germans. He did not even inform European peoples that such mass murder was indeed taking place, which would have provided each person with enough information to choose their position (in fact, when people asked about the fate of the Jews, the Vatican, hiding the In fact, it made them think that the situation was less desperate than it really was.) In private, Pius XII never ordered all the cardinals, bishops, priests, nuns and lay Catholics in Europe to do what they could to save Jews. When the Germans deported Jews from Italy or other places, including Rome, their own city, they neither protested nor asked anyone to hide them.
The diplomatic corps of Pius XII did intervene sometimes behind the scenes to help Jews from different nations. However, when he did, he used to be in a late stage of mass murder and without great persistence or vigor (one of the exceptions was the timely and energetic intervention of the papal nuncio in Romania, Archbishop Andrea Cassulo). Pius XII himself once protested to Miklós Horthy, dictator of Hungary, for the deportation of Hungarian Jews in 1944. But he only did so after the Germans and their Hungarian helpers had already deported almost four hundred and thirty-seven thousand Jews ( that, for the most part, they died in the gas chambers of Auschwitz), when it was evident that Germany had lost the war and only after the Allies pressed him considerably to intervene.
The ideas about the Jews maintained by the leaders of the various national Catholic Churches (and the same can be said of those of the Protestants) were deeply influenced by the culture and politics of their own societies. This meant that the totalizing cultural and doctrinal heritage of Catholic anti-Semitism filtered through each of the national political cultures. In less anti-Semitic countries, such as France, Italy and Denmark, the Churches also showed, to varying degrees, a lower incidence of this prejudice. This was especially true in the case of the American Catholic Church, which, within the Catholic world, showed remarkable independence, pluralism and tolerance, so much so that, already in the late 1890s, Pope Leo XII gave the nickname of “Americanism” to the open attitudes of much of this Church. Among the clergy of all those countries were the most frequent reactions of real horror to the German anti-Semitic attack and the help to their victims.
Any evaluation made of the Catholic Church as a moral institution must take into account primarily that, in fact, that Church was serving – because by not choosing it is chosen – the human equivalent closest to the antichrist, Hitler, and that tacit, and sometimes materially, he cooperated in mass murder. Within the Church there were righteous individuals. There were bishops, priests, nuns and laity who raised their voice and helped the Jews hide. Yad Vashem, the Israeli monument to the Holocaust, pays tribute to them as “Straight among the nations.” To many of them (even being anti-Semites) what motivated them to save Jews was their religious beliefs, as happened to some members of Zegota, a Polish organization composed mainly of Catholics. But they acted on their own, in stark contrast to the official policy of the Church.
At this time, it is difficult to defend the moral character of the Church as an institution, at least as regards Nazism and the Holocaust.

At present there are empirical and analytical foundations to judge the Church, since, in general, both this and the Pope, and the national Churches, bishops and priests, failed during the Holocaust. It was because they believed that the Jews were evil and harmful; because, in principle, they were not against imposing considerable punishments on them and, consequently, because they were not opposed to many of the elimination measures taken by the Germans and their assistants. Thus, in a general sense, the Church and many of its clergy committed an offense. The Church and its clergy had spread the eliminating anti-Semitism – the desire to rid society, by some means not necessarily lethal, of the Jews and their influence, which is the main motivation of the Holocaust – both by Germany and throughout Europe Catholic Many priests, as such, behaved badly in other ways. Many others did not act correctly. They manifested an impressive lack of compassion towards the victims. Some national Churches made some effort to defend the Jews from the worst part of that overwhelming attack. Within those Churches, and even within those that did not defend.
Anti-Semitism, a culture of hate, toured the politics and societies of Europe during the thirties and forties, and also traveled through the ecclesiastical corridors, from San Pedro to the most modest parish chapel. It was an unremarkable feature of European Catholics, which came from the Christian Bible and from the teachings of the Church. In many European countries it was practically impossible, especially for Catholic priests, not to have contact with anti-Semitism. The clergy knew that this was a capital element of many European political cultures and that it was disseminated by both lay and ecclesiastical politicians. All who supported the offense of anti-Semitism, which, in this case, consisted of the political transgression of teaching and disseminating it, have a moral guilt for this approval position. Since anti-Semitism constituted an element of common sense for the institutional culture of the Catholic Church during this period – in reality, then it was difficult to be a Catholic priest without being anti-Semitic, since the fact that the Jews of the moment were guilty of the death of Jesus, was, among many other accusations of the anti-Semitic type, a fundamental doctrine of the Church, based on the Scriptures—, we can safely say that the support for this offense and the moral guilt it entails apply to the vast majority of the clergy of those years, although both the character and the intensity of his anti-Semitism will vary greatly.

The Catholic Church must be recognized, in general and in particular, in its relationship with the Jews, as it has always been – including the Nazi era – and still is: a political institution. The Pope has been and continues to be a political leader. These truths are palmarias for the students of the history of the Church, the experts in political science and the Jews. They were for contemporary politicians of Pius XII. The Church has been a temporary political ruler in Europe for centuries and has been ruling an important part of Italy until the second half of the 19th century. Even where he did not govern, he exerted enormous political influence, shaping the politics of the continent for centuries. Much of the history of Europe, including the modern era, has been determined by the attempts of the secular authorities to reduce the political scope and power of the Church. Although this has fought for hundreds of years a failed battle to conserve or extend its political power (whose defeats, fantastically, sometimes accused the Jews, almost devoid of all political power), it has continued to have a political character at its core in the course of the century The Church would also have to teach in its publications, sermons and schools that prejudices against Jews and hatred of them have been the greatest sin of the Church and constitute a moral offense. There should be no illusions that imparting the message of this anti-anti-Semitic mission to their faithful once or on a few occasions would serve to erase what for many people is a deeply entrenched prejudice. It would have to assign to this mission the highest priority, consecrating the enormous amount of time and effort required to successfully complete it.
Evidence of the need for such a mission is everywhere.

Political restitution requires the Church to support, sustain and protect Jewish political communities with energy. Moral restitution requires the Church to eliminate anti-Semitism from its own bosom and from Catholicism. This implies not only some cosmetic changes but also a purge of the explicit or implicit anti-Semitism present in the Church or in its teachings, as well as the finding of some suitable solution and in good faith to what can be described as its biblical problem. It also means a systematic and diligent educational effort – a mission that may last for generations until it meets its own maxim of “restoring the good reputation of slandered people” – to inform Catholics and non-Catholics that anti-Semitism is a falsehood, a crime and, from the Catholic point of view, a sin. The Church must also reform aspects of its nature, organization and doctrine, including its political nucleus, which made possible its participation in the Holocaust, in order to guarantee that neither she nor her clergy will contribute to any crime or political transgression or Moral against the Jews.
The political trajectory of the Church: in the course of the last four decades the Church has already advanced a lot, with Vatican II and other initiatives and changes, from the place where it was in 1945 and where it had been almost two millennia.
The progressive voices of the Church: although they are still a small minority, there are within the Church powerful voices of theologians and reflective laity who insist on telling the truth, in extracting the necessary consequences from it and in acting according to them.
The heart of the Church: it is made up of people with a good heart who, if they were told the truth about the history of the Church and their behavior with the Jews, it would be difficult to bear to continue inflicting more damage to the members of the people who in the past became a victim.
The principles of the Church: its fundamental moral doctrines are energetic: love your neighbor, do good to others, repent of your sins. These maxims always contain a potential to weaken and eliminate false and damaging structures and doctrines that have been built defectively and tremblingly based on them or in spite of them.
The mental habits of the Church: this is a resilient institution that has been reformed many times in many ways thanks to its internal intellectual culture, formidable and admirable, which (despite its historical weaknesses as it concerns the Jews) nourishes a thirst for enlightenment, truth and goodness and an impulse to go after them.
We must admire the Catholic Church in crucial aspects of her conception of herself, Christianity in its essence, Catholic priests and nuns who dedicate their lives to a beneficial God and lay Catholics with their goodness inspired by religion. Respect for his goodness and his search for truth demands a sincere and categorical commitment to the past. It also demands a categorical commitment to the present. This necessarily gives rise to an ugly image of the way in which the Church has interpreted and treated the Jews: the past has been ugly and to the extent that its vitiated features persist today or have not been adequately amended, the present is also ugly.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/23/los-verdugos-voluntarios-de-hitler-los-alemanes-corrientes-y-el-holocausto-daniel-jonah-goldhagen-hitlers-willing-executioners-ordinary-germans-and-the-holocaust-by-daniel-jonah-goldha/

https://weedjee.wordpress.com/2020/06/26/la-iglesia-catolica-y-el-holocausto-una-deuda-pendiente-daniel-jonah-goldhagen-a-moral-reckoning-the-role-of-the-catholic-church-in-the-holocaust-and-its-unfulfilled-duty-of-repair-by-da/

4 pensamientos en “La Iglesia Católica Y El Holocausto. Una Deuda Pendiente — Daniel Jonah Goldhagen / A Moral Reckoning: The Role of the Catholic Church in the Holocaust and Its Unfulfilled Duty of Repair by Daniel Jonah Goldhagen

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