Desobedecer — Frédéric Gros / Désobéir (Disobey) by Frédéric Gros

El autor identifica tres grandes problemas en el mundo, que debiesen hace rato habernos sacado de la pasividad y empujarnos a desobedecer, para él hemos aceptado la inaceptable, estos problemas o causas son:
1- La degradación progresiva de nuestro entorno, todo está contaminado hasta la asfixia, la naturaleza ha perdido su capacidad de renovación, la fecundidad de las tierras esta extenuada, los recursos agotados y las reservas consumidas. La tierra esta ahogada, ya no se dan las condiciones para la renovación de las especies y los recursos naturales, el ciclo del renacimiento se ha roto: La amenaza es el fin de las primaveras.
2- La consolidación de dos humanidades: la diferencia de ingresos del 1 % población mundial respecto al resto 99%, es una agudización de las injusticias sociales, de las desigualdades económicas nunca antes vistas. La existencia de unos espirales estrictamente complementarias de empobrecimiento de las clases medias y en enriquecimiento exponencial de una minoría. Lamentablemente el sistema financiero, hace pagar caro el dinero a quienes no lo tienen, lo que va generando riquezas en algunos y endeudamiento estructural a la mayoría. El doble proceso de enriquecimiento de los ricos y el empobrecimiento de los pobres acarrea el hundimiento progresivo de la clase media: con la desaparición de la clase media lo que se pierde es un mundo común, donde los ideales de utilidad general, de bien público siembre habían estado dirigidos a preservar la consistencia de una clase media que ponía límites a la miseria y a la riqueza extrema, un mundo que constituía la posibilidad misma de la democracia.
3- El ultimo aspecto inaceptable, engloba a los toros dos y los acelera, es el capitalismo moderno o mejor dicho el proceso contemporáneo de creación de riqueza. Por que este nuevo capitalismo vive de la especulación financiera, el principio generalizado del endeudamiento y de las aceleraciones inducidas por las nuevas tecnologías. Es un nuevo capitalismo, que desde “hace varias décadas se a impuesto como un modo de creación de riqueza que, mediante la deuda y la especulación, descalifica el trabajo (el salario esta bien para los pobres) y agota las fuerzas y el tiempo.

El autor, consciente que este mundo con una desigualdad insondable sumado al derrumbe de los cimientos de la naturaleza va en una carrera suicida, y somos nosotros los llamados a cambiar este mundo. El autor se pregunta por que no hemos dicho nada, por que ante la inminente catástrofe permanecemos de brazos cruzados, ¿Que nos obliga a obedecer? El libro plantea la desobediencia como forma colectiva de poder cambiar el mundo, la forma de hacerlo es a través de una democracia critica, que es va más allá de una forma institucional de elegir a quienes nos gobiernan a través de ciertas practicas formales, sino que es la exigencia de replantearse la política, la acción publica y el curso del mundo a través de un yo político.

El problema no es la desobediencia, el problema es la obediencia. ¿Y qué ley «superior»? Lo único que veo es una codicia descarada. ¿Dónde está la providencia que invocan? ¿Y la necesidad impostergable? Comprendo que las potencias de poder y dinero ofrezcan semejante testimonio de su fe cuando se les da la oportunidad. Al ver la piedad que ostentan los directivos de empresas, durante mucho tiempo los he considerado unos hipócritas. Pero no. El cinismo ha alcanzado un grado superior, casi etéreo, donde ya no se separa de la sinceridad. Porque las leyes de la economía y los decretos de Dios se parecen, flotando en esa trascendencia que los confunde, propagando una inevitabilidad que se «impone» a todos sin excepción, como el tiempo que hace o la muerte que algún día llegará.
La velocidad de enriquecimiento de los poseedores aumenta, la espiral del descenso social se acelera. La riqueza de los poderosos desafía la imaginación, y la penuria de lo que antes se llamaba «el fin de mes» —pero hoy son los próximos diez, veinte años de deudas— es inconcebible para las clases altas, que solo se sobresaltan ante las variaciones de sus inmensos beneficios. Hablar de «injusticia» se ha vuelto obsoleto. Estamos en plena era de la indecencia. Las remuneraciones de los directivos de grandes empresas, los salarios de los deportistas más aclamados, los emolumentos de los artistas, se han vuelto obscenos. Las desigualdades han llegado a un extremo que solo podría justificar la existencia de dos humanidades.
La insurrección no se decide. Cautiva a un colectivo cuando la capacidad de desobedecer juntos se vuelve sensible, contagiosa, cuando la experiencia de lo intolerable se condensa hasta ser una obviedad social. Implica, previamente, la experiencia compartida.

Al principio, la desobediencia se relacionaba con la rusticidad salvaje, con la bestialidad incontrolable. Desobedecer es sacar a relucir una parte de nosotros animal, estúpida y tosca. Michel Foucault, en su curso del Collège de France de 1975, señala que el pueblo de los «anormales» —la psiquiatría creó esta categoría a lo largo del siglo XIX para poder presentarse como una vasta empresa de higiene política y moral— está formado, en parte, por «incorregibles». El incorregible es el individuo incapaz de acatar las normas de la colectividad, de aceptar las reglas sociales, de respetar las leyes públicas. Son estudiantes turbulentos, perezosos, que no obedecen a sus profesores; obreros que trabajan mal y a regañadientes; gamberros recalcitrantes; delincuentes que entran y salen continuamente de la cárcel. Con el individuo incorregible los aparatos disciplinarios (la escuela, la Iglesia, la fábrica) acaban tirando la toalla. Por mucho que les vigilen, que les castiguen, que les impongan sanciones, que les sometan a ejercicios, el incorregible no progresa nunca, es incapaz de reformar su naturaleza y superar sus instintos.

Se obedece porque el precio de la desobediencia no es soportable. En realidad, el único motivo para obedecer es la imposibilidad de desobedecer. La sumisión descansa en la arbitrariedad de una relación de fuerzas desequilibrada, en la injusticia de una relación jerárquica. El esclavo ejecuta silenciosamente las órdenes del amo, el siervo cultiva hasta reventar las tierras de su señor, el obrero se deja imponer unos ritmos de locos, el empleado aguanta apretando los dientes las críticas despectivas de su superior. No tienen más remedio.
Al mismo tiempo, la sumisión puede ser portadora de su contrario, una promesa de revuelta, de rebelión. El sometido espera que llegue su hora.

Desobedecer no es solo apelar a una legitimidad superior, afirmar que se obedecen otras leyes. Es cuestionar el principio mismo de una legitimidad. En la desobediencia puede entrar una parte de transgresión pura.
El problema de saber si en democracia es o no legítimo desobedecer queda desvirtuado cuando se plantea como una cuestión de procedimiento: «¿Hasta qué punto una minoría enérgica, un sector hiperactivo, puede objetar unas decisiones públicas cuya elaboración ha seguido un procedimiento normal si la estructura democrática exige que todos respetemos los decretos adoptados por mayoría, pues el voto los convierte de inmediato en la expresión del interés general, del bien común?». Pero esto es reducir la democracia a un sistema fijo de reparto de poderes, a un conjunto de procedimientos normalizados que permiten poner una etiqueta a regímenes o leyes como si fueran marcas registradas. La democracia, más que un régimen político entre otros, es un proceso crítico que los atraviesa a todos y los obliga a ser, precisamente, «más democráticos». Es una exigencia de libertad, igualdad y solidaridad. Esta exigencia, que mueve a la desobediencia, es la «democracia crítica».

El disidente cívico acaba cediendo ante lo intolerable. Habla porque le resulta imposible callar. Más que desobedecer, expresa su imposibilidad de seguir obedeciendo. «Disidencia»: es la disonancia de una voz en el concierto monocorde de ese conformismo que, una vez más, solo expresa un universal de contrabando y de sustitución. Disidencia «cívica»: esa imposibilidad interior forma en el sujeto un pliegue que es la huella de la humanidad como valor, exigencia, tensión. La disidencia cívica es el reflejo invertido del primer concepto de obediencia. La sumisión se definía como la imposibilidad de desobedecer. Era su única razón para obedecer. El disidente, por su parte, expresa la imposibilidad de seguir obedeciendo.

La verdadera traición es cuando uno se miente a sí mismo.
Obedecer es convertirse en «traidor a sí mismo». Porque no se obedece, o se obedece poco, por miedo al otro.

¿Realmente sabes hasta qué punto no sabes lo que sabes? La ironía es la sonrisa del pensamiento: ¿estás seguro de que piensas lo que piensas? Vamos, un esfuerzo más: preocúpate de ti mismo, haz que vibre ese «dos en uno», haz que viva ese pálpito que es la filosofía, esa resaca del pensamiento: sí, no, quizá… Y soy yo, a fin de cuentas, quien decide, yo, y soy yo quien responde de esta decisión imposible, necesaria, revisable, inquieta. Y, en la vibración conjunta de los yo indelegables, es donde están la urgencia y el honor eternos, intempestivos, de la verdadera política, la de las desobediencias.

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The author identifies three major problems in the world, which should have long since taken us out of passivity and pushed us to disobey, for him we have accepted the unacceptable, these problems or causes are:
1- The progressive degradation of our environment, everything is contaminated until suffocation, nature has lost its capacity for renewal, the fertility of the land is exhausted, the resources depleted and the reserves consumed. The land is drowned, the conditions for the renewal of species and natural resources no longer exist, the cycle of rebirth has been broken: The threat is the end of springs.
2 – The consolidation of two humanities: the difference in income of 1% of the world population compared to the rest 99%, is a sharpening of social injustices, of economic inequalities never seen before. The existence of strictly complementary spirals of impoverishment of the middle classes and exponential enrichment of a minority. Unfortunately, the financial system makes paying money expensive to those who do not have it, which generates wealth in some and structural indebtedness to the majority. The double process of enrichment of the rich and the impoverishment of the poor brings about the progressive collapse of the middle class: with the disappearance of the middle class what is lost is a common world, where the ideals of general utility, of public good sow they had been aimed at preserving the consistency of a middle class that put limits on misery and extreme wealth, a world that constituted the very possibility of democracy.
3 – The last unacceptable aspect, encompasses two bulls and accelerates them, is modern capitalism or rather the contemporary process of wealth creation. Because this new capitalism lives on financial speculation, the generalized principle of indebtedness and the accelerations induced by new technologies. It is a new capitalism, which for several decades has been imposed as a way of creating wealth that, through debt and speculation, disqualifies work (wages are good for the poor) and depletes forces and time.

The author, aware that this world with an unfathomable inequality added to the collapse of the foundations of nature is in a suicidal race, and we are called to change this world. The author wonders why we have not said anything, because in the face of the impending catastrophe we stand idly by, what forces us to obey? The book raises disobedience as a collective way of changing the world, the way to do it is through a critical democracy, which is beyond an institutional way of choosing those who govern us through certain formal practices, but it is the requirement to rethink politics, public action and the course of the world through a political self.

The problem is not disobedience, the problem is obedience. And what “superior” law? All I see is shameless greed. Where is the providence they invoke? And the urgent need? I understand that the powers of power and money offer such a testimony of their faith when given the opportunity. Seeing the mercy of business executives, I have long considered them hypocrites. But no. Cynicism has reached a higher, almost ethereal degree, where it no longer separates itself from sincerity. Because the laws of the economy and the decrees of God resemble each other, floating in that transcendence that confuses them, spreading an inevitability that is “imposed” on all without exception, such as the weather or the death that will one day come.
The speed of enrichment of the holders increases, the spiral of social decline accelerates. The wealth of the powerful defies imagination, and the hardship of what used to be called “the end of the month” —but today is the next ten, twenty years of debt — it is inconceivable to the upper classes, who only startle at the Variations of its immense benefits. Talking about “injustice” has become obsolete. We are in the era of indecency. The salaries of the managers of large companies, the salaries of the most acclaimed athletes, the emoluments of the artists, have become obscene. Inequalities have reached an extreme that could only justify the existence of two humanities.
The insurrection is not decided. Captive a group when the ability to disobey together becomes sensitive, contagious, when the experience of the intolerable is condensed to be a social obvious. It implies, previously, the shared experience.

At first, disobedience was related to wild rusticity, with uncontrollable bestiality. To disobey is to bring out a part of us animal, stupid and coarse. Michel Foucault, in his course of the Collège de France of 1975, points out that the people of the “abnormal” – psychiatry created this category throughout the nineteenth century to be able to present themselves as a vast company of political and moral hygiene – is formed, in part, by “incorrigible.” The incorrigible is the individual unable to abide by the rules of the community, to accept social rules, to respect public laws. They are turbulent, lazy students, who do not obey their teachers; workers who work badly and reluctantly; recalcitrant hooligans; criminals who enter and leave prison continuously. With the incorrigible individual the disciplinary devices (the school, the Church, the factory) end up throwing in the towel. However much they watch over them, punish them, impose sanctions, submit them to exercises, the incorrigible never progresses, is unable to reform their nature and overcome their instincts.

It is obeyed because the price of disobedience is not bearable. Actually, the only reason to obey is the impossibility of disobeying. Submission rests on the arbitrariness of an unbalanced relationship of forces, on the injustice of a hierarchical relationship. The slave silently executes the master’s orders, the servant cultivates until his lord’s lands burst, the worker allows himself to impose some crazy rhythms, the employee holds his teeth to the derogatory criticisms of his superior. They have no choice.
At the same time, submission can be the bearer of its opposite, a promise of revolt, rebellion. The subject waits for his time to come.

To disobey is not just to appeal to a higher legitimacy, to affirm that other laws are obeyed. It is to question the very principle of legitimacy. In disobedience a part of pure transgression can enter.
The problem of knowing whether or not democracy is legitimate to disobey is distorted when it is raised as a matter of procedure: «To what extent an energetic minority, a hyperactive sector, can object to public decisions whose elaboration has followed a normal procedure if the democratic structure requires that we all respect the decrees adopted by a majority, since the vote immediately converts them into the expression of the general interest, of the common good? But this is to reduce democracy to a fixed system of distribution of powers, to a set of standardized procedures that allow labeling regimes or laws as if they were registered trademarks. Democracy, more than a political regime among others, is a critical process that crosses them all and forces them to be precisely “more democratic.” It is a demand for freedom, equality and solidarity. This demand, which moves disobedience, is “critical democracy.”

The civic dissident ends up giving in to the intolerable. Speak because it is impossible to silence. Rather than disobey, he expresses his inability to continue obeying. «Dissidence»: is the dissonance of a voice in the monochromatic concert of that conformism that, once again, only expresses a universal contraband and substitution. “Civic” dissent: that inner impossibility forms in the subject a fold that is the mark of humanity as value, demand, tension. Civic dissent is the inverted reflection of the first concept of obedience. Submission was defined as the impossibility of disobeying. It was his only reason to obey. The dissident, on the other hand, expresses the impossibility of continuing to obey.

True betrayal is when one lies to oneself.
To obey is to become a “traitor to oneself.” Because it is not obeyed, or little is obeyed, for fear of the other.

Do you really know how much you don’t know what you know? Irony is the smile of thought: are you sure you think what you think? Come on, one more effort: worry about yourself, make that “two in one” vibrate, make that whip live that is philosophy, that hangover of thought: yes, no, maybe … And it’s me, after all Who decides, I, and it is I who answer this impossible, necessary, revisable, restless decision. And, in the joint vibration of the indelible selves, it is where there is the eternal, untimely urgency and honor of true politics, that of disobedience.

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