El Último Proceso De Kafka. El Juicio De Un Legado Literario — Benjamin Balint / Kafka’s Last Trial: The Case of a Literary Legacy by Benjamin Balint

Subtitulado El juicio de un legado literario, este es un análisis intrigante de cómo los manuscritos de Kafka fueron comercializados y combatidos por personas y bibliotecas en Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania e Israel. El clímax de estas rivalidades llegó, increíblemente reciente como 2016 cuando Eva Hoffe, ochenta y dos, perdió su apelación ante la Corte Suprema de Israel y los documentos de Kafka fueron asignados a la nueva Biblioteca Nacional de Israel. Estas fueron las obras sacadas de Praga por el famoso escritor checo Max Brod en una sola maleta en el último tren que salió antes de que los nazis cerraran la frontera. No me dijeron cuántas maletas tenía para sus propias posesiones, pero en la primera de muchas ironías en esta historia, viajó con éxito a Palestina, la carta de Thomas Mann, escrita para facilitar su entrada a los EE. UU. Sin haberlo alcanzado. Los documentos fueron entregados por Brod a la madre de Eva, Esther, su secretaria y amiga desde hace mucho tiempo.
El primer juicio ocurrió en 2007, cuando Eva intentó obtener un testamento sobre el testamento de su madre. El Estado de Israel impugnó el testamento, argumentando que Esther había traicionado el testamento de Brod como había traicionado el último deseo de Kafka de destruir todos sus documentos sobre su muerte en 1924. No se ofreció ninguna compensación. Esther había vendido el manuscrito de El Proceso en 1988 en Sotheby’s London por un millón de libras esterlinas, el precio más alto jamás pagado por un manuscrito moderno, a la Biblioteca Nacional Alemana en la pequeña ciudad de Marbach, el lugar de nacimiento de Schiller, después de una organización inteligente El postor secreto actuó en su nombre. Anunció: “Esta es quizás la obra más importante en la literatura alemana del siglo XX, y Alemania tenía que tenerla”.

Kafka era un escritor checo, un judío que eligió escribir en alemán, pero estaba muy interesado en la cultura judía, especialmente en las obras y tradiciones en idioma yiddish. Para Alemania e Israel, su escritura simbolizaba la nueva cultura de Israel y la cultura resucitada de Alemania después de la catástrofe del nazismo y el Holocausto. Balint cita de los periódicos que “Kafka dijo una vez que judíos y alemanes tienen mucho en común”. Son ambiciosos, capaces, diligentes y completamente odiados por otros ”. Alemania también era una nación relativamente reciente, formada en 1871 y definida por su lenguaje común en lugar de las falsas afirmaciones de raza utilizadas por los nazis. Mientras que en todo el mundo, las oficinas culturales nacionales de Francia, por ejemplo, están etiquetadas como Alianza Francesa y Gran Bretaña, el Consejo Británico, las oficinas alemanas son los Centros Goethe. De ahí su intento de agregar a Kafka a Goethe y Schiller como el contrapeso contra la historia más reciente del nazismo. Como escribió Gunther Anders, según lo citado por Balint, los alemanes podrían “superar su remordimiento en forma de admiración artística”. Sin embargo, el régimen de Alemania Oriental había denunciado a Kafka como “decadente” e “inútil”. El nacionalismo había desgarrado a Europa y casi destruido la cultura humanista, pero aquí el siguiente desarrollo en el nacionalismo fue alistar a Kafka, el epítome del individualismo, el creador literario del existencialismo, en esta guerra cultural entre las dos naciones.
Balint, el autor de este texto no necesita enfatizar demasiado las ironías que son la clave para disfrutar de este relato histórico ricamente anotado, simplemente sigue citando a Kafka, En los problemas de nuestras leyes, Kafka escribió: “Nuestras leyes no son generalmente conocido; se mantienen en secreto … es extremadamente doloroso ser gobernado por leyes que uno no conoce “. En el juicio Joseph K dice” No conozco esta ley “y el alcaide responde:” tanto peor para ti”.

Este es un libro sobre legado y propiedad. Es interesante ver cómo las personas y los estados luchan por la propiedad, la protección y la recompensa financiera de un gran legado artístico. La relación de Kafka con Alemania, Palestina y el sionismo también es intrigante. En general, sin embargo, el contenido es escaso y podría desarrollarse mejor.

La herencia de Brod incluía no solo sus propios manuscritos, sino también montones de papeles originales de Kafka, tan frágiles como hojas de otoño. Noventa y dos años después de la muerte de Kafka, esos manuscritos ofrecían la posibilidad de arrojar nueva luz sobre el sorprendente mundo del escritor que acuñó un estilo inimitable e inmediatamente reconocible de realismo surreal, y que esbozó las fábulas más indelebles del siglo XX acerca de la desorientación, el absurdo y la tiranía sin rostro: el escritor, único, cuyo nombre se había convertido en adjetivo. La improbable historia de cómo los manuscritos de Kafka habían acabado en manos de la familia Hoffe implicaba a un escritor por entonces no reconocido pero genial; su mejor amigo, que traicionó su último deseo; una angustiosa huida de la invasión nazi conforme las puertas de Europa se cerraban; un lío amoroso entre exiliados en Tel Aviv, y dos países cuya obsesión por superar los traumas del pasado los acabarían enfrentando, aquel día, en el Tribunal Supremo. Por encima de todo, el juicio abría otra pregunta, tremendamente peligrosa: ¿a quién pertenece Kafka?.

Atrapado por las corrientes culturales cruzadas de Praga, Kafka era tan consciente del ambiente antisemita como Brod y sus amigos sionistas. Como ellos, sabía perfectamente que los checos veían a los judíos como alemanes, y los alemanes los veían como judíos. «¿Qué han hecho los pequeños judíos de Praga, los honestos mercaderes de clase media, los más amantes de la paz de entre los ciudadanos amantes de la paz? —escribió Theodor Herzl en 1897—. Algunos de ellos han intentado ser checos: los han atacado los alemanes; a otros, que intentaron ser alemanes, los atacaron los checos… y los alemanes también.»
Como Brod, Kafka leyó artículos antisemitas cargados de odio en el diario checo Venkov, y era víctima habitual de insultos por ser judío. Una tarde Kafka asistió a una recepción ofrecida por la mujer de su jefe. Otro invitado señaló: «De modo que también has invitado a un judío».
Los dos escritores praguenses tenían temperamentos y destinos opuestos, pero compartían la difícil experiencia de pertenecer a una minoría judía dentro de una minoría germanoparlante en un heterogéneo Imperio austrohúngaro que se desmoronaba debido a la fuerza centrífuga de nacionalismos rivales. Ambos experimentaron de primera mano el auge del antisemitismo völkisch que acompañó la desintegración del imperio.
En diciembre de 1897, Kafka, con catorce años, fue testigo de unos disturbios en Praga que duraron tres días. Durante la «tormenta de diciembre», como se los acabó llamando, merodeadores destrozaron sinagogas, saquearon tiendas judías y atacaron casas de judíos, incluida la de Brod. «También en mi casa destrozaron los cristales por la noche —recordaba Brod—. Temblando, nos escurrimos de la habitación de los niños, que daba a la calle, al dormitorio de mis padres. Aún puedo ver a mi padre levantando a mi hermana pequeña de su cama… y por la mañana había, realmente, un gran adoquín sobre esa cama.

El 29 de junio de 2015, tras dos años y medio de vistas, los tres jueces del Tribunal de Distrito de Tel Aviv emitieron su veredicto. Los jueces Brenner, Vardi y Schneller declararon que no les ataba el veredicto de 1974 del juez Shilo a favor de Esther Hoffe. Dado que en aquel caso la Biblioteca Nacional no había sido parte, el resultado de aquel juicio no podía sentar un precedente para el caso actual.
Los jueces dijeron de la parte recurrente, Eva Hoffe, que estaba «motivada menos por el cumplimiento de los verdaderos deseos de Brod que por el deseo de extraer beneficios de los componentes de la herencia». También condenaron sus pasadas ventas de manuscritos al archivo de Marbach.
Si el material de Kafka hubiese formado parte de la herencia regular de Brod, habría ido a su única heredera, Esther Hoffe, bajo el párrafo 7 de su testamento, que la designaba heredera única de todas sus propiedades. Los jueces dictaminaron que, sin embargo, dado que el material de Kafka pertenecía a su herencia literaria, el derecho de Esther a él estaba condicionado por el párrafo 11 del testamento de Brod, que contenía instrucciones para que ella gestionase su depósito «en la biblioteca de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Más allá de sus vericuetos legales, el juicio en Israel puso de evidente relieve la ambivalencia del país hacia la cultura de la Diáspora. A lo largo del juicio, Israel actuó como si tuviera el derecho a reclamar cualquier artefacto judío previo a la creación del Estado; como si todo lo que fuese judío tuviese su culminación en el Estado judío; como si la cultura judía hubiera sido dirigida por un impulso teleológico hacia Jerusalén. Durante el juicio, la Biblioteca Nacional dibujó a Kafka como piedra angular de los modernos logros culturales judíos, y a Israel mismo como el heredero de los logros de la Diáspora. En palabras de David Blumberg, director de la junta de la Biblioteca Nacional: «La biblioteca no va a rendirse ante bienes culturales que pertenezcan al pueblo judío».

El juicio también mostró lo incómodos que se sentían esos herederos con aquello que buscaban poseer. Conocedores del poder latente de la imaginación de Kafka, querían no solo poseer, sino también contener y clasificar. Al fin y al cabo, la afirmación artística y la afirmación nacional son cosas bastante distintas. En su discurso de aceptación del premio Nobel de 1987, Brodsky dijo: «La revulsión, ironía o indiferencia a menudo expresada por la literatura hacia el Estado es en esencia una reacción de lo permanente (mejor aún: de lo infinito) hacia lo temporal, hacia lo finito». Esto último es el territorio de los archivistas. Pero ¿qué es más etéreo: las palabras o los Estados?
Si el juicio representa la reacción aprensiva de lo finito (los intereses estatales) contra lo infinito (la literatura), parecería acertado que la palabra alemana para juicio, Prozess, sugiera algo en progreso continuo y con final abierto. «Tan solo nuestro concepto del tiempo —escribió Kafka una vez— hace que nos resulte posible hablar del Día del Juicio Final con ese nombre; en realidad es un tribunal sumario en sesión perpetua.» Puede que los jueces de Jerusalén hubieran alcanzado su veredicto, pero el juicio simbólico por el legado de Kafka aún espera su aplazamiento.

Al centrarse en la pregunta de quién puede reclamar la verdadera herencia de Kafka, el juicio puso de marcado relieve los muy distintos modos en que Israel y Alemania viven aún asustados por sus fragmentados pasados, y las nobles mentiras de las que depende su sanación. Ambos intentaban conectar un «nosotros» nacional al nombre de Kafka. Desde ese punto de vista, el juicio ofreció una objetiva lección acerca de cómo la reclamación por Alemania de un escritor cuya familia fue diezmada en el Holocausto se enreda con el intento de posguerra del país por superar un pasado vergonzoso. Como hemos visto, el juicio también reavivó un histórico debate acerca de la ambivalencia de Kafka hacia el judaísmo y la perspectiva de un Estado judío, y acerca de la ambivalencia de Israel hacia Kafka y hacia la cultura de la Diáspora.
Mucho antes de los juicios de Israel, eran legión quienes reclamaban a Kafka para sí.
¿Pertenece la seductora prosa de Kafka a la literatura alemana o al Estado que se considera representante de todos los judíos del mundo? Al fin y al cabo, ¿es Kafka un escritor en lengua alemana que resultaba ser judío, o un escritor profundamente judío que pulió el alemán hasta convertirlo en un nuevo idioma judío, ideal para articular un pensamiento judío en un mundo sin Dios ni revelación? ¿O acaso la obra de Kafka trasciende todo canon nacional, «obediente tan solo a sus propias leyes físicas», por usar su frase?
El propio Kafka, en una carta a su prometida Felice Bauer, de octubre de 1916, parece haber sentido una premonición con respecto a las contradictorias maneras en que otros lo reclamarían.
Aunque Franz Kafka yazga bajo tierra desde hace mucho tiempo, y aunque se haya acallado la conmoción de los tribunales, las hojas caídas y los folios sueltos de su prosa, sea cual sea su domicilio fijo, aún susurran en nuestros oídos.

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Subtitled The Case of a Literary Legacy, this is an intriguing analysis of how Kafka’s manuscripts were commodified and fought over by people and libraries in Britain, the USA, Germany and Israel. The climax to these rivalries came, incredibly as recent as 2016 when Eva Hoffe, eighty-two lost her appeal before the Supreme Court of Israel and Kafka’s papers were allotted to the new National Library of Israel. These were the works taken out of Prague by the famous Czech writer Max Brod in a single suitcase on the last train to leave before the Nazis closed the border. I was not told how many suitcases he had for his own possessions but in the first of many ironies in this history, he successfully travelled to Palestine, the letter from Thomas Mann, written to facilitate his entry into the USA having not reached him. The papers were given by Brod to Eva’s mother Esther, his long time secretary and friend.
The first trial occurred in 2007, when Eva attempted to get probate on her mother’s will. The State of Israel contested the will, arguing that Esther had betrayed Brod’s will as he had betrayed Kafka’s last wish to destroy all his papers on his death in 1924. No compensation was offered. Esther had sold the manuscript of The Trial in 1988 at Sotheby’s London for one million pounds sterling, the highest price ever paid for a modern manuscript, to the German National Library in the small city of Marbach, the birthplace of Schiller, after a cleverly organised secret bidder acted on their behalf. He announced, “This is perhaps the most important work in twentieth century German literature, and Germany had to have it.”

Kafka was a Czech writer, a Jew who chose to write in German yet he was vastly interested in Jewish culture, especially Yiddish language works and traditions. To Germany and Israel, his writing symbolised both the new culture of Israel and the resurrected culture of Germany after the catastrophe of Nazism and the Holocaust. Balint quotes from the papers that “Kafka once said that Jews and Germans ‘have a lot in common. They are ambitious, able, diligent, and thoroughly hated by others.’” Germany too, was a relatively recent nation, formed in 1871 and defined by its common language rather than the false claims of race used by the Nazis. While throughout the world, national cultural offices from France for example are labelled Alliance Francaise and Britain, The British Council, the German offices are the Goethe Centres. Thus their attempt to add Kafka to Goethe and Schiller as the counterpoise against the more recent history of Nazism. As Gunther Anders wrote, as quoted by Balint, Germans could “work through their remorse in the form of artistic admiration”. However, the East German regime had denounced Kafka as “decadent” and “useless”. Nationalism had torn Europe apart and almost destroyed humanist culture but here the next development in nationalism was to enlist Kafka, the epitome of individualism, the literary creator of existentialism, in this cultural war between the two nations.
Balint, the author of this text does not need to over-emphasise the ironies that are the key to enjoying this richly annotated historical account, he just keeps on quoting Kafka, In The Problems of Our Laws, Kafka wrote, “Our laws are not generally known; they are kept secret…it is an extremely painful thing to be ruled by laws that one does not know.” In The Trial Joseph K says “ I don’t know this law” and the warden replies, “so much the worse for you”.

This is a book about legacy and ownership. It is interesting to see how Individuals and states tussle for ownership, protection and the financial reward of great artistic legacy. Kafka’s own relationship with Germany, Palestine and Zionism is also intriguing. Overall, however the content is thin and could be better fleshed out.

Brod’s inheritance included not only his own manuscripts, but also lots of original Kafka papers, as fragile as autumn leaves. Ninety-two years after Kafka’s death, those manuscripts offered the possibility of shedding new light on the amazing world of the writer who coined an inimitable and immediately recognizable style of surreal realism, and who outlined the most indelible fables of the twentieth century about disorientation, absurdity and tyranny without a face: the unique writer whose name had become an adjective. The unlikely story of how Kafka’s manuscripts had ended up in the hands of the Hoffe family involved a writer who was not recognized at the time but great; his best friend, who betrayed his last wish; a distressing escape from the Nazi invasion as the doors of Europe closed; a love affair between exiles in Tel Aviv, and two countries whose obsession to overcome the traumas of the past would end up facing them, that day, in the Supreme Court. Above all, the trial opened another tremendously dangerous question: who does Kafka belong to?

Caught by the cross cultural currents of Prague, Kafka was as aware of the anti-Semitic environment as Brod and his Zionist friends. Like them, he knew perfectly well that the Czechs saw the Jews as Germans, and the Germans saw them as Jews. «What have the little Jews of Prague, the honest middle-class merchants, the most peace-loving among the peace-loving citizens, done? Wrote Theodor Herzl in 1897. Some of them have tried to be Czech: the Germans attacked them; others, who tried to be Germans, were attacked by the Czechs … and the Germans too.
Like Brod, Kafka read hateful anti-Semitic articles in the Czech newspaper Venkov, and was a habitual victim of insults for being Jewish. One afternoon Kafka attended a reception offered by his boss’s wife. Another guest said: “So you have also invited a Jew.”
The two Prague writers had opposite temperaments and destinies, but they shared the difficult experience of belonging to a Jewish minority within a German-speaking minority in a heterogeneous Austro-Hungarian Empire that collapsed due to the centrifugal force of rival nationalisms. Both experienced firsthand the rise of völkisch anti-Semitism that accompanied the disintegration of the empire.
In December 1897, Kafka, with fourteen years, witnessed riots in Prague that lasted three days. During the “December storm,” as they were called, marauders shattered synagogues, ransacked Jewish tents and attacked Jewish houses, including Brod’s. “Also in my house they shattered the windows at night,” Brod recalled. Trembling, we slipped from the children’s room, which faced the street, to my parents’ bedroom. I can still see my father lifting my little sister from her bed … and in the morning there was really a big cobble on that bed.

On June 29, 2015, after two and a half years of hearing, the three judges of the Tel Aviv District Court issued their verdict. Judges Brenner, Vardi and Schneller declared that they were not bound by the 1974 verdict of Judge Shilo in favor of Esther Hoffe. Since in that case the National Library had not been a party, the result of that trial could not set a precedent for the current case.
The judges said of the appellant, Eva Hoffe, that she was “motivated less by the fulfillment of Brod’s true desires than by the desire to extract bene fi ts from the components of the inheritance.” They also condemned their past manuscript sales to the Marbach archive.
If Kafka’s material had been part of Brod’s regular inheritance, he would have gone to his sole heir, Esther Hoffe, under paragraph 7 of his will, which designated her as the sole heir of all his properties. The judges ruled that, however, since Kafka’s material belonged to his literary heritage, Esther’s right to him was conditioned by paragraph 11 of Brod’s will, which contained instructions for her to manage her deposit “in the library from the Hebrew University of Jerusalem.
Beyond its legal jargon, the trial in Israel highlighted the ambivalence of the country towards the culture of the Diaspora. Throughout the trial, Israel acted as if it had the right to claim any Jewish artifact prior to the creation of the State; as if everything that was Jewish had its culmination in the Jewish state; as if Jewish culture had been directed by a teleological impulse towards Jerusalem. During the trial, the National Library drew Kafka as the cornerstone of modern Jewish cultural achievements, and Israel itself as the heir to the Diaspora achievements. In the words of David Blumberg, director of the National Library board: “The library is not going to surrender to cultural property belonging to the Jewish people.”

The trial also showed how uncomfortable those heirs felt about what they wanted to possess. Knowing the latent power of Kafka’s imagination, they wanted not only to possess, but also to contain and classify. After all, artistic affirmation and national affirmation are quite different things. In his acceptance speech for the 1987 Nobel Prize, Brodsky said: “The revulsion, irony or indifference often expressed by literature towards the State is essentially a reaction of the permanent (better still: of the infinite) towards the temporal, towards the finite ». The latter is the territory of the archivists. But what is more ethereal: words or states?
If the trial represents the apprehensive reaction of the finite (state interests) against the infinite (the literature), it would seem correct that the German word for trial, Prozess, suggests something in continuous and open-ended progress. “Only our concept of time,” Kafka wrote once, “makes it possible for us to talk about Judgment Day with that name; it is actually a summary court in perpetual session. ”The judges of Jerusalem may have reached their verdict, but the symbolic trial for Kafka’s legacy still awaits his postponement.

Focusing on the question of who can claim the true heritage of Kafka, the trial highlighted the very different ways in which Israel and Germany are still frightened by their fragmented past, and the noble lies upon which their healing depends. Both tried to connect a national “we” to the name of Kafka. From that point of view, the trial offered an objective lesson about how Germany’s claim of a writer whose family was decimated in the Holocaust is entangled with the country’s postwar attempt to overcome a shameful past. As we have seen, the trial also revived a historic debate about Kafka’s ambivalence towards Judaism and the perspective of a Jewish state, and about Israel’s ambivalence towards Kafka and the Diaspora culture.
Long before the trials of Israel, it was legion who claimed Kafka for himself.
Does Kafka’s seductive prose belong to German literature or to the state that considers itself to be representative of all the Jews in the world? After all, is Kafka a German-language writer who turned out to be Jewish, or a deeply Jewish writer who polished German to a new Jewish language, ideal for articulating a Jewish thought in a world without God or revelation? Or does Kafka’s work transcend every national canon, “obedient only to its own physical laws,” by using its phrase?
Kafka himself, in a letter to his fiance Felice Bauer, dated October 1916, seems to have felt a premonition regarding the contradictory ways in which others would claim him.
Although Franz Kafka has been lying underground for a long time, and although the commotion of the courts has been silenced, the fallen leaves and the loose pages of his prose, whatever their fixed domicile, still whisper in our ears.

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