Damas Asesinas: Mujeres Letales De La Historia — Tori Telfer / Lady Killers: Deadly Women Throughout History by Tori Telfer

La edición en español de este libro tiene una portada embriagadora. Tori Telfer ha compilado este compendio convincente que presenta mujeres asesinas en serie a lo largo de la historia. Cada asesina se ilustra con un retrato de pluma y tinta absolutamente hermoso hecho por Dame Darcy.
Telfer abre el libro con una discusión bien investigada sobre mujeres asesinas en serie. En 1998, un perfilador del FBI declaró infamemente que las asesinas en serie femeninas simplemente no existen. Claramente este no es el caso. Telfer habla sobre cómo los hombres en el poder han construido cuidadosamente su propia narrativa en torno a cada una de estas asesinas. Incómodos con la idea de que una mujer podría matar a sangre fría, reescriben la historia. Por ejemplo, la infame Erzsebet Bathory era una “vampira” o una “seductora”, cuando en realidad probablemente solo disfrutaba asesinando gente. Incluso los nombres dados a ciertos asesinos, como Nannie Doss, la “abuela risueña”, tienen la intención de disminuir el impacto de lo que hicieron. Telfer proporciona un análisis crítico de por qué la humanidad está tentada a razonar los actos de las mujeres asesinas, y es realmente una lectura bastante fascinante para aquellos interesados en la sociología y la psicología.
Telfer no solo escribe sobre los asesinos, lo que hicieron y el castigo que pueden haber enfrentado o no por ello. Ella profundiza en el contexto histórico, proporcionando información sobre el mundo en el que crecieron las mujeres, que en la mayoría de los casos, impacta en gran medida las decisiones que tomó cada asesino. Telfer se sumerge en los motivos potenciales para cada uno de los asesinos. Algunos de los asesinos estaban tratando de sobrevivir económicamente, y otros podrían haber sido simplemente sádicos. Este es probablemente el caso de ciertos asesinos, como los asesinos aristocráticos Erzsebet Bathory y Darya Nikolayevna Saltykova.
Algunas reseñas se quejan de que el libro tiene una cantidad excesiva de detalles, pero debo argumentar en contra de este punto. El detalle proporciona información crítica sobre lo que podría haber motivado a estas mujeres a matar. Nos da la imagen completa. Es lo que hace que leer un libro como este sea diferente de desplazarse por un artículo de Buzzfeed. Los lectores pueden llegar a sus propias conclusiones, porque saben más que una simple cantidad de información sobre la situación. Personalmente disfruté los pequeños fragmentos de información sobre cada período de tiempo. Por ejemplo, cómo las mujeres aristocráticas que vivían en el período de tiempo de Erzsebet Bathory se arrancaban las líneas, para que tuvieran la frente alta. Este pequeño detalle es algo que permanecerá conmigo por un tiempo.
Algunas partes de este libro se volvieron un poco grotescas. Telfer no rehúye describir lo que algunas de las asesinas más inquietantes fueron acusadas de hacer. Ella no silencia los efectos del arsénico en el cuerpo. No tenía idea de lo doloroso que era haber crecido viendo películas como Arsenic y Old Lace, que romantizan un veneno horrible tan comúnmente usado por las mujeres a lo largo de la historia.

Con humor irónico y hechos sombríos, Tori Telfer describe una serie de mujeres asesinas en serie a lo largo de la historia. Si bien el tono de Telfer podría ser ligero, ella señala las presiones económicas y / o sociales que jugaron un papel detrás de algunas de las hazañas de las mujeres. El autor no disminuye sus actos horribles, pero proporciona un contexto de por qué hicieron lo que hicieron, y también cómo se percibió a estas mujeres durante sus cadenas de asesinatos, y la combinación de burla y desconcierto que a veces fueron vistos después de ser arrestado.
Es difícil no automáticamente hombres cuando decimos “asesinos en serie”, y uno casi se resiste a la necesidad de ampliar la definición. Y eso es exactamente lo que Telfer nos recuerda que hagamos. Aunque no ha habido muchas mujeres asesinas en serie detenidas a lo largo de los años, ha habido mujeres que han asesinado a muchas sin ningún reparo aparente.
El libro de Telfer fue, me atrevo a decirlo, entretenido, incluso cuando me hizo pensar en cómo recordamos a los asesinos en serie masculinos, que, en efecto, están memorizados en libros y otros medios, mientras que las asesinas en serie son en su mayoría olvidadas.

Una de las primeras asesinas en serie de la historia fue la clase de chica a la que uno asociaría con una serpiente: una mujer cuya memoria ha sido preservada, sexualizada y vampirizada desde que, en la década de 1720, se descubrieron los registros de su juicio. Es la gran dama de las asesinas en serie; la sadomasoquista por antonomasia; la mujer que inspiraría el nombre de no una ni dos, sino hasta ocho bandas de black metal; la temible condesa húngara: Erzsébet Báthory.
En la actualidad, Erzsébet se ha convertido en un símbolo de la sádica y demente decadencia de la aristocracia, o bien en un ejemplo de lo peligroso que resulta ser una mujer poderosa. Lo cierto es que no disponemos de las pruebas necesarias para acusarla de los crímenes que se le imputan.
Pero no todo en el mundo de la pequeña Erzsébet era un cuento de hadas. Según algunos rumores, sufría terribles ataques epilépticos de pequeña. Además, resulta que sus padres eran primos. Al igual que muchos de los formidables clanes de por aquel entonces, la familia Báthory era muy proclive a la endogamia, costumbre que, históricamente, ha dado lugar a más de un noble de constitución frágil y propenso a la locura.
Cuenta la leyenda que Erzsébet presenció cosas terribles durante su infancia; entre ellas, el espeluznante espectáculo de ver cómo cosían a un hombre en el interior del estómago de un caballo. ¿Su crimen? Robar.
Nádasdy, cómo no, estaba más que familiarizado con la violencia. ¡Uno no se hace con el título de Caballero Negro de Hungría sin haber espetado a unos cuantos enemigos por el camino! Y Erzsébet ya contaba con una amplia experiencia en la aplicación de castigos, habida cuenta de los centenares de sirvientes que tenía a su cargo a diario.
Nádasdy enseñó a su esposa a liar un pedazo de papel untado en grasa, situarlo entre los dedos de los pies de un criado desobediente y luego prenderle fuego, una divertida forma de entretenimiento que él llamaba «patear estrellas». Al parecer, también le compró a Erzsébet una especie de guante con garras que ella empleaba para rasgar la carne de sus criadas. Se dice que, en una ocasión, Nádasdy untó con miel a una jovencita y la obligó a permanecer al aire libre para que sufriese los incesantes picotazos de los insectos. En resumen, el Caballero Negro fue toda una fuente de inspiración para una joven sociópata tan impresionable como Erzsébet.
Como tantas otras asesinas en serie después de ella, se volvió imprudente, descuidada, y mató a las personas equivocadas.
Para 1609, su cruel colaboradora Darvolya había muerto de un infarto y su economía empezaba a hacer aguas. Ahora Erzsébet seguía los consejos de la mujer que administraba sus propiedades, Erzsi Majorova, de la que se rumoreaba que era una «bruja de los bosques»; a saber, una campesina de la zona que conocía los secretos de las hierbas medicinales y del ocultismo.
Es más que probable que, a estas alturas, la condesa se hubiera vuelto medio loca de soledad.
Así que a Erzsébet se le ocurrió la brillante idea de montar una escuela para señoritas, a la que denominaría «gineceo». Las tasas escolares de este falso gineceo la proveerían de esa liquidez tan necesaria, y las hijas de los nobles le proporcionarían exactamente lo que ella quería que le proporcionaran.
Nadie sabe con certeza a cuántas jóvenes asesinó Erzsébet Báthory. Sus cuatro cómplices aseguraron que habían sido entre 30 y 50 muchachas —y ellos desde luego tenían que saberlo, por razones obvias—, mientras que el personal de otro de los castillos de Erzsébet afirmó que había matado entre 175 y 200 chicas.

El historiador Raymond McNally ha llegado incluso a plantear que Bram Stoker se inspiró en Erzsébet para escribir Drácula.

Nannie Doss era su propia agente de relaciones públicas. Acaparó las noticias a mediados de la década de 1950 coqueteando con las cámaras, haciendo bromas de lo más morbosas y pintando sus horribles crímenes de poco más que meras casualidades acaecidas en su búsqueda del príncipe azul. Después de todo, ella solo era una abuelita tonta y enamorada incapaz de hacerle daño a una mosca de forma intencionada, y mucho menos de asesinar a cuatro maridos a sangre fría. Todo cuanto hizo lo hizo por amor. Y el amor lo justifica todo. ¿No?
Nannie, nuestra protagonista de cuarenta y nueve años, era un ama de casa virtuosa, refinada y campechana —claro que sí—, y, como tal, preparaba unos pasteles de chuparse los dedos. Poseía el don de hornear la clase de tarta que llevaría a cualquier granjero a abandonar su soledad y casarse con ella ipso facto. Un día, envió un mantecoso dulce casero nada menos que desde su casa en Tulsa, Oklahoma, hasta Goldsboro, en Carolina del Norte, con el propósito de cortejar a un ganadero llamado John Keel.
Después de deshacerse de tres maridos, Nannie llegó a la conclusión de que estaba lista para cambiar de método. Su búsqueda del príncipe azul había fracasado estrepitosamente hasta ahora, puesto que siempre acababa liada con donjuanes, borrachos u hombres que, como Braggs, no aceptaban el hecho de que, en ocasiones, una chica necesitara huir de casa durante una o dos semanas. De modo que tomó cartas en el asunto y decidió buscar marido por correspondencia.
Nannie no sería, ni mucho menos, la primera ni la última asesina en serie en alcanzar e incluso disfrutar de la fama, pero resulta que fue famosa en un momento muy interesante de la historia de Estados Unidos. Pensemos en todos los clichés que asociamos a la década de 1950: aquellas amas de casa pasando la aspiradora un día tras otro, con un martini en la mano y una mirada de horror existencial en los ojos, y aquellas casas en las que nunca faltaba un televisor. La fama de Nannie encajó a la perfección en este escenario social.

Raya y a Sakina les colgaron rápidamente el cartel de forasteras, al menos no eran las únicas. Alejandría se había convertido en una tierra de oportunidades para miles de personas como ellas: casi una tercera parte de su población procedía de otro lugar. Era una ciudad «porosa», escribe la estudiosa Nefertiti Takla; había fronteras, sí, pero cualquiera podía atravesarlas. A la estación de ferrocarril llegaban trabajadores de todos los rincones de Egipto, mientras que el puerto inundaba la ciudad de marineros europeos.
Las hermanas se instalaron en Al-Labbān, inspeccionaron con ojo crítico el ambiente económico y social del lugar y decidieron que lo mejor que podían hacer era abrir un burdel. Después de todo, la Primera Guerra Mundial seguía en pleno apogeo, había una base militar repleta de soldados de ocupación británicos en la zona, y había algunas cosas que aquellos soldados necesitaban desesperadamente: alcohol, drogas y chicas. El exitoso burdel de las hermanas se hallaba emplazado junto a dicha base militar y todo el mundo lo conocía como —ojo al dato— la Base. El dinero salía a espuertas de las manos de los lujuriosos y ansiosos soldados. Y a las hermanas les iba de maravilla. Tiempo después, Raya reconocería que, durante la guerra, siempre tenía algo de dinero en el bolsillo. Sakina consiguió unos ingresos extra vendiendo oro en el mercado negro e intentando abrir un bar. En un momento dado, llegó incluso a vender carne de caballo podrida a unas pocas amas de casa confiadas, empresa por la que tuvo que pasar una temporadita a la sombra.
Al igual que muchas damas asesinas de pro antes que ellas, las hermanas vivían muy ajetreadas. Identificaban la demanda…
Hacia finales de 1920, la policía empezó a recibir quejas sobre un olor nauseabundo que emanaba de la casa de Raya. A los vecinos siempre les había parecido un poco inusual que Raya se pasara el día perfumando su hogar con aquellas densas humaradas de incienso, pero ella se apresuró a explicarles que, puesto que sus clientes bebían y fumaban en su casa, ella usaba el incienso para enmascarar el olor de sus excesos. Al principio la creyeron, pero luego empezaron a oler algo que ni el aroma del incienso podía disimular: un hedor empalagoso, penetrante y putrefacto.
Y también había otro hecho que, aparentemente, no guardaba relación alguna con esto: a comienzos de noviembre, los dueños de una casa situada en la vecina Makoris Street decidieron hacer unas mejoras en las cañerías, así que le encargaron a su sobrino Ahmad que se ocupara de las obras. Ahmad estaba fatal de la vista, pero emprendió la tarea con mucho brío, cavando debajo del suelo de una de las habitaciones de la casa. Más pronto que tarde, dio con su pala contra algo duro y de pronto se extendió un olor muy desagradable por el aire. Como tenía tan mala vista, Ahmad se agachó, extrajo aquella cosa maloliente de la tierra y descubrió, horrorizado, que lo que sostenía en la mano era un brazo humano.
Las asesinas fueron sometidas a juicio en mayo de 1921. La gente se agolpó alrededor del juzgado de Alejandría para seguir de cerca aquel acontecimiento de acceso restringido, y el periódico Al-Ahrām fue publicando cada día las transcripciones completas del proceso para sus cautivados lectores. La policía vigilaba de cerca a la muchedumbre, por temor a que se produjeran altercados, pero, aquella semana, la gente demostró ser de un único parecer. «No hay una sola persona que pida una pizca de clemencia para Raya y Sakina y los demás integrantes de la banda», aseguraría el diario Al-Muqattam.
Sí que hubo cierta controversia, no obstante, en lo que se refiere al castigo más apropiado para los crímenes de las hermanas. Hasta entonces nunca se había condenado a muerte a una mujer, pero el fiscal, Suleiman Bek Ezzat, estaba dispuesto a luchar por ello.

Veneno: el arma femenina por antonomasia. Perfecto para el hogar. Sutil, discreto y limpio. El veneno no deja manchas de sangre en la alfombra ni agujeros en las paredes. Añadir una gota de un líquido incoloro en la sopa o en el vino es la cosa más sencilla del mundo. E, históricamente, ¿quiénes son las que se quedan en casa, preparan la sopa y sirven el vino? Las mujeres, por supuesto.
En la segunda mitad del siglo XVII, París rezumaba veneno y miedo al veneno y, por extensión, miedo a las mujeres: tanto a las curanderas que jugueteaban con arsénico, bebedizos y abortos como a las jóvenes y ricas esposas que las frecuentaban. La corte del Rey Sol se volvió tan paranoica que al primer síntoma de dolor de estómago la gente entraba en pánico, convencida de que alguien, en algún lugar, intentaba liquidarla. Los importantes avances realizados en el campo de la farmacología, unidos al auténtico temor a la magia negra que se había extendido entre los franceses, crearon la atmósfera idónea para el desarrollo de una caza de brujas, conocida hoy en día como el «asunto de los venenos». Y muchos de los acusados fueron mujeres.
Marie-Madeleine d’Aubray, nacida en 1630, era la hija del teniente civil de París, que reportaba una enorme influencia y que además estaba muy bien pagado.
A pesar de que la corrupción campaba a sus anchas en la corte, la sociedad parisina se regía por la firme creencia de que ser noble significaba ser, lisa y llanamente, mejor que otras personas. Los nobles tenían la convicción de que la riqueza y el poder estaban directamente relacionados con la bondad; en definitiva, creían que ser noble imbuía de una cierta nobleza a su mismo carácter. Muchos años después, el abogado de Marie argumentaría que no era posible que ella hubiese cometido un crimen, por mor de sus «aventajadas cualidades, cuna y fortuna». Un noble podía ser un poco travieso —¡noches enteras sin dormir!, ¡amantes!, ¡apuestas excesivas!—, pero los aristócratas no cometían crímenes genuinos. Eso era sencillamente impensable.
A los veintiún años, Marie se adentró un poco más en la alta sociedad al contraer matrimonio con el acaudalado Antoine Gobelin, cuya fortuna procedía del glamuroso sector de la fabricación de tintes. La renta de Gobelin, sumada a la dote de Marie, los convirtió en una próspera pareja con un caché social considerable del que ahora podían alardear por todo París. Mejor aún, las tierras de Gobelin, denominadas Brunvilliers, fueron elevadas poco después a la condición de «marquesado».
En cuanto fue liberado, el 2 de mayo de 1663, Sainte-Croix alquiló un laboratorio y empezó a decir que era alquimista, o que, cuando menos, estaba a punto de convertirse en uno. Consciente de su reputación de calavera, se dedicaba a dejar caer que estaba muy pero que muy cerca de lograr un gran avance. Aunque en realidad también comenzó a hacer algo mucho más siniestro: experimentar con venenos.
Recurrir al envenenamiento tenía todo el sentido del mundo para los dos amantes. Necesitaban dinero, estaban furiosos con el padre de Marie y, si daban con la fórmula idónea, parecería que su padre había muerto de gota, de problemas estomacales o de una fiebre verdaderamente furibunda. Con el fin de perfeccionar la mezcla, Marie decidió ponerla a prueba con los pacientes del Hôtel Dieu, el célebre hospital público próximo a Notre Dame. Allí, se dedicó a pasearse entre los enfermos, distribuyendo mermeladas y dulces envenenados a sus preferidos y llorando desconsolada cuando, inevitablemente, morían.
Brinvilliers estaba muerta, y París, aterrada, escandalizada, encantada. «El asunto de madame de Brinvilliers es espantoso, y hacía mucho tiempo que no se tenía noticia de una mujer tan perversa como ella —le escribiría una chismosa parisina a otra—. El origen de todos sus crímenes fue el amor.» Puesto que Marie no había ocultado en ningún momento su apetito sexual, haciendo alarde de su aventura con Sainte-Croix por todo París, resulta de lo más normal que sus contemporáneas se aferraran a la versión de la bella marquesa que había recurrido al envenenamiento por amor.
El amor y sus primos hermanos, la lujuria y la obsesión, han sido identificados, desde el principio de los tiempos, como la «fuente» de los crímenes ejecutados por mujeres de una y mil formas arquetípicas: la querida celosa, la amante despechada, la loca Ofelia, la chica Manson a la que le habían lavado el cerebro… El amor consigue que una historia no solo sea romántica, sino también agradable.
Hoy en día podemos ver que no fue el amor lo que impulsó a la marquesa a matar, por mucho que las chismosas insistieran en lo contrario. Ella amó, y fue amada, y quizá el amor la llevó a la perdición, pero también era una mujer furiosa, vengativa y obsesionada con su cajita de «herencias». («Jamás debiéramos irritar a nadie», ¡vaya!) Pero el dinero es muy prosaico, y la venganza era cosa de mal gusto en una mujer noble, así que fue la versión de la mujer enamorada la que finalmente prendió.
Pero, aun con todo ese romanticismo, su historia dejó a París traumatizada, y paranoica con respecto al empleo del veneno.

Las damas asesinas existen, pero subestimar esa realidad no significa que estemos poniendo nuestras vidas en riesgo, literalmente, cada vez que hablamos con una mujer. Resulta que ser una dama asesina es algo de lo más solitario. Al parecer, ni una sola de las mujeres de este libro contaba con amistades íntimas. Tillie tenía a su prima Nellie, Raya a Sakina, Anna y Alice tenían a sus queridos hijos. Y punto. A la mayoría, el matrimonio y los hijos no les servían de consuelo, por razones obvias. Y, que yo sepa, las únicas personas que les tendieron la mano o que intentaron comprenderlas fueron clérigos, periodistas y algún que otro médico o abogado defensor…
Anna Marie Hahn se derrumba por completo de camino a la silla eléctrica. Sus asesinatos se cuentan entre los más despiadados de estas páginas, pero, cuando tuvo que enfrentarse a su propia muerte, no pudo soportarlo. Me parece tan doloroso, tan triste. Demuestra cuán desesperadamente desea vivir el cuerpo humano, por muy perversa o temeraria que se haya vuelto el alma que cobija en su interior. Hasta la mayor psicópata de todas puede darse cuenta, al mirar a la muerte a los ojos, de que, al final, lo que más valoraba desde el principio era la vida.

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The spanish edition of this book has a lovely sleeve. Tori Telfer has compiled this compelling compendium that features female serial killers throughout history. Each murderess is illustrated with an absolutely gorgeous pen-and-ink portrait done by Dame Darcy.
Telfer opens the book with a well-researched discussion of female serial killers. In 1998, it was infamously stated by an FBI profiler that female serial killers simply do not exist. This is clearly not the case. Telfer talks about how men in power have carefully constructed their own narrative around each of these female killers. Uncomfortable with the idea that a woman could kill in cold blood, they rewrite the story. For instance, infamous Erzsebet Bathory was a “vampire” or a “seductress”, when in reality she probably just enjoyed murdering people. Even the names given to certain killers, like Nannie Doss, the “Giggling Grandma”, is meant to lessen the impact of what they did. Telfer provides a critical analysis of why humanity is tempted to reason away the acts of female killers, and it’s really quite fascinating a read for those interested in sociology and psychology.
Telfer doesn’t just write about the murderesses, what they did, and the punishment they may or may not have faced for it. She delves into the historical context, providing information about the world that the women grew up in, which in more times than not, greatly impacts the decisions each killer made. Telfer dives in to the potential motives for each of the killers. Some of the killers were trying to survive economically, and others could have been simply sadistic. This is likely the case for certain murderesses, like the aristocratic killers Erzsebet Bathory and Darya Nikolayevna Saltykova.
Some reviews complain about the book having excessive amounts of detail, but I must argue against this point. The detail provides critical information about what could possibly have motivated these women to kill. It gives us the full picture. It’s what makes reading a book like this different from scrolling through a Buzzfeed article. Readers can come to their own conclusions, because they know more than just a cursory amount of information about the situation. I personally enjoyed the little tidbits of information about each time period. For instance, how aristocratic women living in Erzsebet Bathory’s time period plucked their hairlines, so that they would have high foreheads. This little detail is something that will stay with me for a while. Some parts of this book got a little grotesque. Telfer does not shy away from describing what some of the more disturbing murderesses were accused of doing. She does not mute the effects of arsenic on the body. I’d had no idea how painful it was, having grown up watching movies like Arsenic and Old Lace, which romanticize a horrible poison so commonly used by women throughout history.

With wry humour and grim facts, Tori Telfer describes a series of female serial killers throughout history. While Telfer’s tone might be light, she points out the economic and/or societal pressures that did play a part behind some of the women’s exploits. The author does not diminish their horrific acts, but provides some context for how why they did what they did, and also how these women were perceived during their strings of murder, and the combination of leering and befuddlement they were at times viewed after they were apprehended.
It is hard to not automatically men when we say “serial killers”, and one almost resists the need to widen the definition. And that’s exactly what Telfer reminds us to do. Though there haven’t been many female serial killers apprehended through the years, there have been women who have murdered many without any seeming qualms.
Telfer’s book was, dare I say it, entertaining, even while it got me thinking about how we remember male serial killers, who are, in effect, memorialized in books and other media , while female serial killers are mostly forgotten.

One of the first serial killers in history was the kind of girl that one would associate with a snake: a woman whose memory has been preserved, sexualized and vampirized since, in the 1720s, the records of her judgment. She is the great lady of serial killers; the sadomasochist par excellence; the woman who would inspire the name of not one or two, but up to eight black metal bands; the fearsome Hungarian countess: Erzsébet Báthory.
Today, Erzsébet has become a symbol of the sadistic and insane decline of the aristocracy, or an example of how dangerous it is to be a powerful woman. The truth is that we do not have the necessary evidence to accuse her of the crimes charged to her.
But not everything in the world of little Erzsébet was a fairy tale. According to some rumors, she suffered terrible epileptic seizures as a child. In addition, it turns out that his parents were cousins. Like many of the formidable clans of that time, the Báthory family was very prone to inbreeding, a custom that, historically, has given rise to more than one noble of fragile constitution and prone to madness.
Legend has it that Erzsébet witnessed terrible things during his childhood; among them, the spooky spectacle of seeing how a man was sewn inside a horse’s stomach. His crime? Steal.
Nádasdy, of course, was more than familiar with violence. One is not done with the title of Black Knight of Hungary without having waited a few enemies along the way! And Erzsébet already had extensive experience in the application of punishments, given the hundreds of servants he was in charge of on a daily basis.
Nádasdy taught his wife to roll a piece of grease-coated paper, place it between the toes of a disobedient servant and then set it on fire, a fun form of entertainment he called “kicking stars.” Apparently, he also bought Erzsébet a kind of claw glove that she used to tear the meat of her maids. It is said that, on one occasion, Nádasdy smeared a young girl with honey and forced her to remain outdoors to suffer the incessant pecks of insects. In short, the Black Knight was a source of inspiration for a young sociopath as impressionable as Erzsébet.
Like so many other serial killers after her, she became reckless, careless, and killed the wrong people.
By 1609, his cruel collaborator Darvolya had died of a heart attack and his economy began to make water. Now Erzsébet was following the advice of the woman who managed her property, Erzsi Majorova, who was rumored to be a “forest witch”; namely, a peasant from the area who knew the secrets of medicinal herbs and the occult.
It is more than likely that, at this point, the countess had gone half mad with loneliness.
So Erzsébet came up with the brilliant idea of setting up a school for young ladies, which he would call “gyno.” The school fees for this false gynoe would provide her with that much needed liquidity, and the daughters of the nobles would provide exactly what she wanted them to provide.
No one knows for sure how many young people Erzsébet Báthory killed. His four accomplices said they had been between 30 and 50 girls – and they certainly had to know, for obvious reasons – while the staff of another of Erzsébet’s castles claimed that he had killed between 175 and 200 girls.

The historian Raymond McNally has even raised that Bram Stoker was inspired by Erzsébet to write Dracula.

Nannie Doss was his own public relations agent. He monopolized the news in the mid-1950s by flirting with the cameras, making the most morbid jokes and painting his horrible crimes of little more than mere coincidences in his quest for the prince charming. After all, she was just a silly and in love grandma unable to hurt a fly intentionally, let alone kill four husbands in cold blood. Everything he did he did for love. And love justifies everything. Do not?
Nannie, our forty-nine-year-old protagonist, was a virtuous, refined and country-like housewife — of course — and, as such, prepared some finger-sucking cakes. He had the gift of baking the kind of cake that would lead any farmer to abandon his loneliness and marry her ipso facto. One day, he sent a buttery sweet home made nothing less than from his home in Tulsa, Oklahoma, to Goldsboro, North Carolina, for the purpose of wooing a farmer named John Keel.
After getting rid of three husbands, Nannie concluded that she was ready to change her method. His quest for the blue prince had failed miserably until now, since he always ended up involved with donjuans, drunks or men who, like Braggs, did not accept the fact that, on occasion, a girl needed to run away from home for a week or two. So he took action on the matter and decided to find a husband by correspondence.
Nannie would not be, much less, the first or the last serial killer to reach and even enjoy fame, but it turns out she was famous at a very interesting time in the history of the United States. Think of all the clichés that we associate with the 1950s: those housewives vacuuming one day after another, with a martini in their hands and a look of existential horror in their eyes, and those houses that never lacked a TV. Nannie’s fame fit perfectly into this social scenario.

Raya and Sakina quickly hung up the sign of outsiders, at least they weren’t the only ones. Alexandria had become a land of opportunity for thousands of people like them: almost a third of its population came from elsewhere. It was a “porous” city, writes the studious Nefertiti Takla; there were borders, yes, but anyone could cross them. Workers from all corners of Egypt arrived at the railway station, while the port flooded the city of European sailors.
The sisters settled in Al-Labbān, critically inspected the economic and social environment of the place and decided that the best they could do was open a brothel. After all, World War I was still in full swing, there was a military base full of British occupation soldiers in the area, and there were some things those soldiers desperately needed: alcohol, drugs and girls. The successful brothel of the sisters was located next to that military base and everyone knew it as – eye to eye – the Base. The money was coming out of the hands of the lustful and anxious soldiers. And the sisters were doing great. Some time later, Raya would recognize that, during the war, he always had some money in his pocket. Sakina earned extra income by selling gold in the black market and trying to open a bar. At one point, he even sold rotten horse meat to a few trusted housewives, a company through which he had to spend a little while in the shade.
Like many pro-murderous ladies before them, the sisters lived very busy. They identified the demand …
Towards the end of 1920, the police began to receive complaints about a foul smell that emanated from Raya’s house. The neighbors had always found it a bit unusual for Raya to spend the day perfuming her home with those dense incense humblings, but she was quick to explain to them that since her clients drank and smoked at home, she used the incense to mask the smell of your excesses. At first they believed it, but then they began to smell something that not even the scent of incense could hide: a cloying, penetrating and rotten stench.
And there was also another fact that apparently had no relation to this: at the beginning of November, the owners of a house located in neighboring Makoris Street decided to make some improvements to the pipes, so they commissioned their nephew Ahmad to Will take care of the works. Ahmad was fatal from sight, but he undertook the task with much vigor, digging under the floor of one of the rooms of the house. Sooner rather than later, he hit his shovel against something hard and suddenly a very unpleasant smell spread through the air. Because he had such a bad view, Ahmad bent down, pulled that stinky thing from the earth and discovered, horrified, that what he held in his hand was a human arm.
The murderers were put on trial in May 1921. People gathered around the Alexandria court to closely monitor that restricted access event, and the Al-Ahrām newspaper was publishing daily complete transcripts of the process for its captivated readers. The police closely watched the crowd, fearing that there would be altercations, but that week, people proved to be of a single opinion. “There is not a single person who asks for a pinch of clemency for Raya and Sakina and the other members of the band,” said the newspaper Al-Muqattam.
Yes, there was some controversy, however, regarding the most appropriate punishment for the crimes of the sisters. Until then, a woman had never been sentenced to death, but the prosecutor, Suleiman Bek Ezzat, was willing to fight for it.

Poison: the female weapon par excellence. Perfect for home. Subtle, discreet and clean. The poison leaves no blood stains on the carpet or holes in the walls. Adding a drop of a colorless liquid in the soup or in the wine is the simplest thing in the world. And, historically, who are the ones who stay at home, prepare the soup and serve the wine? Women, of course.
In the second half of the seventeenth century, Paris oozed poison and fear of poison and, by extension, fear of women: both the healers who played with arsenic, beverages and abortions as well as the young and rich wives who frequented them. The court of the Sun King became so paranoid that at the first symptom of a stomachache people panicked, convinced that someone, somewhere, was trying to liquidate her. The important advances made in the field of pharmacology, together with the real fear of black magic that had spread among the French, created the ideal atmosphere for the development of a witch hunt, known today as the “matter of poisons ». And many of the defendants were women.
Marie-Madeleine d’Aubray, born in 1630, was the daughter of the civil lieutenant of Paris, who reported a huge influence and was also very well paid.
Despite the fact that corruption was at ease in court, Parisian society was governed by the firm belief that being noble meant to be, plain and simple, better than other people. The nobles had the conviction that wealth and power were directly related to goodness; In short, they believed that being noble imbued a certain nobility with their own character. Many years later, Marie’s lawyer would argue that it was not possible for her to have committed a crime, because of her “outstanding qualities, cradle and fortune.” A nobleman could be a bit naughty — whole nights without sleep! Lovers! Excessive bets! —But the aristocrats did not commit genuine crimes. That was simply unthinkable.
At twenty-one, Marie went a little deeper into high society by marrying the wealthy Antoine Gobelin, whose fortune came from the glamorous dye manufacturing sector. Gobelin’s rent, added to Marie’s dowry, made them a prosperous couple with a considerable social cache that they could now boast throughout Paris. Better yet, the Gobelin lands, called Brunvilliers, were raised shortly thereafter to the status of “marquisate.”
As soon as he was released, on May 2, 1663, Sainte-Croix rented a laboratory and began to say that he was an alchemist, or that, at least, he was about to become one. Aware of his skull reputation, he was dedicated to dropping that he was very, very close to achieving a breakthrough. Although in fact he also began to do something much more sinister: experiment with poisons.
Resorting to poisoning made perfect sense to the two lovers. They needed money, they were furious with Marie’s father and, if they came up with the right formula, it would appear that her father had died of gout, stomach problems or a truly furious fever. In order to perfect the mix, Marie decided to put it to the test with the patients of the Hôtel Dieu, the famous public hospital near Notre Dame. There, he dedicated himself to strolling among the sick, distributing jams and poisoned sweets to his favorites and crying disconsolate when, inevitably, they died.
Brinvilliers was dead, and Paris, terrified, scandalized, delighted. “The matter of Madame de Brinvilliers is frightening, and it had been a long time since we had heard of a woman as perverse as she was,” one Parisian gossip would write to another. The origin of all his crimes was love. ”Since Marie had never hidden her sexual appetite, flaunting her adventure with Sainte-Croix throughout Paris, it is most normal for her contemporaries to cling to the version of the beautiful Marquise who had resorted to love poisoning.
Love and her cousins, lust and obsession, have been identified, since the beginning of time, as the “source” of crimes executed by women in one and a thousand archetypal ways: the jealous darling, the mistress, the crazy Ophelia, the Manson girl who had been brainwashed … Love makes a story not only romantic, but also pleasant.
Today we can see that it was not love that prompted the Marquise to kill, however much the gossips insisted otherwise. She loved, and was loved, and perhaps love led her to perdition, but she was also a furious, vindictive and obsessed woman with her “inheritance” box. (“We should never irritate anyone,” go!) But the money is very prosaic, and revenge was a bad taste in a noble woman, so it was the version of the woman in love that finally caught.
But, even with all that romanticism, its history left Paris traumatized, and paranoid about the use of poison.

The murderous ladies exist, but underestimating that reality does not mean that we are putting our lives at risk, literally, every time we talk to a woman. It turns out that being a murderous lady is something of the loneliest. Apparently, not one of the women in this book had intimate friendships. Tillie had her cousin Nellie, Raya a Sakina, Anna and Alice had their beloved children. And that’s it For the most part, marriage and children were no consolation, for obvious reasons. And, as far as I know, the only people who held out their hands or tried to understand them were clerics, journalists and the occasional doctor or defense lawyer …
Anna Marie Hahn completely collapses on her way to the electric chair. His murders are among the most ruthless of these pages, but, when he had to face his own death, he could not stand it. It seems so painful, so sad. It demonstrates how desperately the human body wants to live, however perverse or reckless the soul that has become within it has become. Even the greatest psycho of all can realize, by looking at death in the eyes, that, in the end, what he valued most from the beginning was life.

Un pensamiento en “Damas Asesinas: Mujeres Letales De La Historia — Tori Telfer / Lady Killers: Deadly Women Throughout History by Tori Telfer

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