Perséfone Se Encuentra A La Manada — Natalia Fernández Díaz-Cabal / Persephone Is Found by Natalia Fernández Díaz-Cabal (spanish book edition)

Un libro interesante donde la autora hace reflexionar sobre algo en lo que demasiada veces se nos escapa: que las palabras condicionan nuestras concepciones de la realidad y, según los intereses y los momentos históricos, ocultan estrategias que hacen permanecer hechos y situaciones abyectas e indeseables.
De un tiempo a este parte, numerosos casos nos han obligado a asomarnos a la violencia sexual más como parte de un consumo mediático.
La violación es uno de esos delitos en que, su sola potencialidad, condiciona a un gran número de víctimas también potenciales. Hay una sombra de amenaza que limita la libertad personal, una presencia silenciosa que acaba significando sometimiento o renuncia.
En 1989, la situación era como sigue: la prensa hablaba de crímenes pasionales (cuando hablaba), el acoso sexual en el lugar de trabajo no estaba tipificado (o al menos no hasta el punto de calar en el argumentario social) y la violación —su relato— siempre dejaba entrever más su carácter sexual que su naturaleza violenta. No era un panorama halagüeño…

Con las palabras también tiene que ver la definición de violación y la forma en que se han ido modificando sus supuestos. El primero, que la violación solo era la penetración vaginal (es decir, la violación bucal y la anal quedaban reducidas a abusos sexuales, lo que, por un lado, feminizaba el delito de forma considerable —para que exista el delito de violación ha de haber una vagina— y excluía a aquellos varones que pudieran ser víctimas de esta agresión). El segundo, que la violación solo podía ser cometida por el falo (con lo que, cualquier otra forma de perpetrar la penetración indeseada quedaba también reducida a abuso sexual y, como si fuera el reverso del punto anterior, se masculinizaba el supuesto —para que exista el delito de violación ha de haber un pene—). El tercero, que aún habrá de venir, centra el pulso sobre la idea de consentimiento y abre un debate entre los límites del consentimiento que, si no son explícitos, al menos han de ser deducibles por el contexto y diferenciarse netamente de la seducción y de los juegos ambiguos en que a veces se adentran dos personas (asunto peliagudo, por interpretable y porque, una vez pasado un episodio concreto, con violencia o sin ella, puede dar lugar a modificaciones del relato a la carta, de cualquiera de las partes, sin que se pueda arrojar luz sobre la parte central de la historia). No cabe duda de que existe una versatilidad, una ambigüedad, en los genitales femeninos, puesto que, en un mismo lugar, se pueden dar dos situaciones opuestas: el placer, el afecto, la reproducción… y el del abuso, el perjuicio, la violencia.
En Japón no existía una palabra para definir el acoso sexual hasta que en 1989 estalló el primer caso conocido (una escritora que acusa a su editor de haberla acosado y luego despedido tras haber intentado ella hablar con los jefes; no conforme con el acoso inicial, su editor se dedicó a difamarla acusándola de promiscua y alcohólica; tuvo que pagar al final una indemnización millonaria). El caso es que en japonés se tuvo que importar el concepto inglés —sexual harassment— literalmente, convirtiéndose en «seku-hara».
En la antigua iglesia eslava ortodoxa se manejaba el término «nasilie» o «nasil’stvo» para violación, pero que era extensible a «opresión», «restricción» e incluso «violencia». Por lo tanto, cuando se habla de la «opresión sexual» ya lleva implícito en sí mismo el uso de la fuerza. Me parece interesantísimo este ejemplo, único que conozco en que se conecta la violación con la opresión, circunscribiéndola al marco de las agresiones, y apartándola, por lo tanto, de las connotaciones sexuales.
Por cierto que en los años 90 del pasado siglo el papa Juan Pablo II no se cansaba de predicar contra los «antivalores», entre los que se incluía el aborto, y se permitió pedir a las mujeres bosnias violadas que no abortaran porque eso les hacía perpetuar el odio sobre seres inocentes. También, en esos años y en un gesto magnificente, el mismo papa afirmaba que «la mujer, como el hombre, también es una persona».

La dignidad es merecer vivir sin interferencias impuestas, sin contaminaciones por las expectativas ajenas. Por lo tanto llegaríamos a un tema nuclear: el respeto. Un horizonte ético que hay que señalar. Si perdemos la capacidad de identificarnos con la víctima inevitablemente nos haremos cómplices de su victimario.

Existe un sobreentendido generalizado de que si has dicho sí una vez, has dicho sí para siempre. Y no: el consentimiento no es extensible al futuro; sus propias reglas de juego se desvanecen apenas cumplida su aplicación. Y el hecho de haber dicho sí y pensarlo en el último momento para decir «no», tampoco quiere decir que hayas roto un compromiso ni que vaya a suceder nada de proporciones apocalípticas. Sencillamente te lo has pensado mejor. En un momento dado te pudo apetecer, o así lo creías, y luego, por mil razones, que van desde lo sutil (una sombra en la conciencia) hasta lo obvio (por ejemplo, la zafiedad de la contraparte), decides que no. No hay «sí» irrevocable. No hay «sí» que se sustente en una fuerza del destino.
No se entiende que en España la violación no entrañe un elemento tan cosubstancial a la libertad individual como es el consentimiento. Negarse a un acto, acudiendo a la resistencia o, en su defecto, mostrando falta de cooperación (el consentimiento no tiene por qué expresarse verbalmente; como en otros contextos contractuales y comunicativos en general —y aquí no se trata de un contrato, sino de una interacción aberrante, viciada en origen— basta la actitud de adherirse o no adherirse) da cuenta por sí mismo si hay simetría o no en la acción.
El consentimiento es una suerte de piedra angular. Más adelante veremos que se trata de un concepto engañoso, de claro doble filo, puesto que incluso en los códigos penales del XIX se consideraba que el consentimiento está en la base de toda interacción entre hombre y mujer. Por lo que la alteración de ese equilibrio natural exigía explicación y pruebas, partiendo de la teoría de la maldad de la mujer en su capacidad de inventiva y descartando la violencia del varón. Ahí aparecen las vetas de las zonas borrosas donde la realidad y su interpretación son más vulnerables.
A lo largo de los siglos la mujer ha fungido de simple «vasija» de placeres ajenos, donde la voluntad propia quedaba abolida. Hemos asistido, reiteradamente, a la proclamación histórica de la mujer como un ser esencialmente pasivo, incapaz de tomar decisiones, motivo por el cual se justifica toda actuación externa sobre su cuerpo y su intimidad. Se insiste en un retrato clonado en que la mujer aparece como enajenada de sí misma, al servicio de vidas de otros.

Los medios de comunicación mantienen un papel cuando menos ambivalente. Por un lado se suman a las denuncias (recordemos hace pocos meses el caso de La Manada) y por otro lado no son capaces de sustraerse al filón que supone, en los contantes y sonantes de la audiencia, mostrarse receptivos a la hora de ofrecer exclusivas con los agresores. Y por supuesto, un seguimiento escrupuloso de sus vidas, de modo tal que se alimenta la mentalidad de «serial televisivo» que ahora parece vivir uno de sus momentos estelares. Tanto en el caso de La Manada como en el de la Lolita de Nueva York se serializa el sexo, se descubre y explota la contradicción (en el caso de la Lolita al jugar con la ambigüedad entre violencia y seducción, en el caso de La Manda por el morbo que genera un juez disidente que ve «jolgorio y regocijo» donde otros ven una agresión). Historias por entregas posibles gracias a la zona penumbrosa en que se conecta el sexo con la agresión. Si la violencia sexual se percibe como parte inevitable de las relaciones sexuales al final termina por disociarse.
En el delito de violación y, en general, de agresión sexual, no podemos analizar el «qué» sin tener muy en cuenta el «quién» o «quiénes», así como el «cuándo» y «dónde», andamios principales del contexto aunque el periodismo contemporáneo, para evitar ser arrojado a la hoguera donde los ofendidos arrojan a los ofensores, muchas veces opten por la omisión. Sea como sea, la violación, las agresiones sexuales en general, son delitos donde el contexto importa, y no solo por algo coyuntural como los atenuantes o agravantes, sino porque toda nuestra epistemología más elemental y toda nuestra condición humana encuentran en esa contextualización una de sus piedras angulares. Si en los códigos penales decimonónicos, y anteriores, importaba la figura del agresor hasta el punto de que su vinculación con la víctima, o su valor simbólico como autoridad social, matizaba el castigo y ponía en marcha la maquinaria de la ejemplaridad, en las historias más recientes (algunas recogidas en los años 90 del pasado siglo, por ejemplo) el agresor también constituía una clave esencial a la hora de realzar o, por el contrario, poner en sordina una violación.

Acaban de dictar cárcel para los miembros de La Manada. Y se ha mantenido la acusación de abuso sexual por encima de la de violación. Con ello se abre la caja de los truenos de un debate que se debería haber planteado hace mucho: qué ocurre cuando se equipara la agresión y el abuso. O, lo que es igual, cuando se considera que lo que impera en tales casos (en los que ha habido «incursión sexual no deseada», del tipo que sea) es el abuso y no la agresión. De hecho, sorprende que todavía se siga centrando la resolución en si hubo abuso o agresión: toda agresión se da en un marco de abuso. Toda agresión presupone el abuso. El abuso no es más que la imposición y la implícita constatación de la asimetría, algo que es muy obvio en cualquier circunstancia de violencia. Perdernos en tales disquisiciones induce a pensar cuán cerca estamos, aún, de esos discursos decimonónicos, e incluso anteriores, en que el solo hecho de ser mujer ya era un agravante frente a la depredación sexual.

La tarea por delante es ingente: hay que poner coto a la instrumentalización del cuerpo y de la vida, hay que entender que el exhibicionismo es un efecto colateral del narcisismo y no necesariamente una llamada a la acción o una invitación a intimar, hay que comprender las sutilezas del consentimiento que a veces no se enuncia porque el miedo puede ser más fuerte que el vigor de la negación, hay que aprender a respetar los límites, hay que aprender a no poner excusas a la debilidad, hay que aprender el sentido del otro como un individuo de pleno derecho y por lo tanto ajeno a cualquiera de mis deseos, querencias, veleidades, heridas psíquicas o ganas de dominar y destacar… en suma, ajeno a todo aquello que pueda hacernos creer que es una prolongación de nosotros mismos. Definitivamente, urge rearmar de nuevo lo más humano que tenemos y darle al lenguaje un papel principal en la interacción verbal y no hacer de él un alcahuete en el proceso de destrucción de la propia comunicación.
La agresión sexual es una herida en el cuerpo: en el de la víctima. Pero también deja una muesca honda en el cuerpo social, en las partes más blandas y vulnerables de su tejido.

* la primera noticia de acoso sexual en el lugar de trabajo, en 1989. Una polémica sentencia de un juez, que decretaba que un jefe no pudo reprimir sus instintos frente a una empleada menor de edad (claro que en esos años la minoría de edad no significaba gran cosa en un contexto social en que no se protegía al menor) porque ella vestía minifalda.

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An interesting book where the author reflects on something that escapes us too many times: that words condition our conceptions of reality and, according to historical interests and moments, hide strategies that make abject and undesirable facts and situations remain.
For some time now, numerous cases have forced us to look at sexual violence more as part of media consumption.
Rape is one of those crimes in which, its only potential, conditions a large number of potential victims. There is a shadow of threat that limits personal freedom, a silent presence that ends up meaning submission or resignation.
In 1989, the situation was as follows: the press talked about passion crimes (when he spoke), sexual harassment in the workplace was not typified (or at least not to the point of penetrating the social argument) and rape – his story — he always showed his sexual character more than his violent nature. It wasn’t a promising picture …

The definition of rape and the way in which their assumptions have been modified have to do with words. The first, that rape was only vaginal penetration (that is, oral and anal rape were reduced to sexual abuse, which, on the one hand, feminized the crime considerably – for the crime of rape to exist there was a vagina – and excluded those men who could be victims of this aggression). The second, that the violation could only be committed by the phallus (with which, any other way of perpetrating the unwanted penetration was also reduced to sexual abuse and, as if it were the reverse of the previous point, the assumption was masculinized – so that there is the crime of rape there must be a penis—). The third, which is yet to come, focuses the pulse on the idea of consent and opens a debate between the limits of consent that, if not explicit, must at least be deductible by context and clearly differ from seduction and the ambiguous games in which two people sometimes enter (tricky matter, as interpretable and because, once a specific episode has passed, with or without violence, it can lead to modifications of the story to the letter, of any of the parties, without shedding light on the central part of the story). There is no doubt that there is a versatility, an ambiguity, in the female genitals, since, in the same place, two opposite situations can occur: pleasure, affection, reproduction … and that of abuse, harm, violence.
In Japan there was no word to define sexual harassment until in 1989 the first known case broke out (a writer who accuses her editor of having harassed her and then fired after she tried to talk to the bosses; not in accordance with the initial harassment, its editor dedicated himself to defame her accusing her of promiscuous and alcoholic; she had to pay in the end a millionaire compensation). The fact is that in Japanese the concept of English — sexual harassment — had to be imported literally, becoming “seku-hara”.
In the old Orthodox Slavic church, the term “nasilie” or “nasil’stvo” was used for rape, but it was extensible to “oppression”, “restriction” and even “violence.” Therefore, when one speaks of “sexual oppression”, the use of force is already implicit in itself. I find this example very interesting, the only one I know in which rape is connected with oppression, circumscribing it to the framework of aggressions, and thus separating it from sexual connotations.
By the way, in the 90s of last century, Pope John Paul II did not tire of preaching against “anti-values,” which included abortion, and allowed the Bosnian women who were raped not to abort because that made them Perpetuate hatred of innocent beings. Also, in those years and in a magnificent gesture, the same Pope affirmed that «the woman, like the man, is also a person».

Dignity is to deserve to live without imposed interference, without contamination by the expectations of others. Therefore we would arrive at a nuclear issue: respect. An ethical horizon to be noted. If we lose the ability to identify with the victim, we will inevitably become complicit in their victimizer.

There is a general misunderstanding that if you said yes once, you said yes forever. And no: consent is not extensible to the future; Your own game rules fade as soon as your application is completed. And the fact of saying yes and thinking at the last moment to say “no” does not mean that you have broken a compromise or that any apocalyptic proportions will happen. You have simply thought about it better. At one point, you could feel like it, or so you thought so, and then, for a thousand reasons, ranging from the subtle (a shadow in the conscience) to the obvious (for example, the zapiety of the counterpart), you decide not. There is no irrevocable “yes.” There is no “yes” that is based on a force of destiny.
It is not understood that in Spain rape does not involve such a cosubstantial element to individual liberty as is consent. Refusing an act, resorting to resistance or, failing that, showing lack of cooperation (consent does not have to be expressed verbally; as in other contractual and communicative contexts in general – and here it is not a contract, but rather an aberrant interaction, flawed at source – just the attitude of adhering or not adhering) realizes for itself whether there is symmetry or not in the action.
Consent is a kind of cornerstone. Later we will see that it is a deceptive concept, of clear double edge, since even in the penal codes of the 19th century it was considered that consent is at the base of any interaction between man and woman. So the alteration of this natural balance required explanation and evidence, based on the theory of the evil of women in their capacity to inventiveness and ruling out the violence of men. There appear the veins of the blurred areas where reality and its interpretation are most vulnerable.
Over the centuries, women have functioned as a simple “vessel” of other people’s pleasures, where their own will was abolished. We have repeatedly attended the historical proclamation of women as an essentially passive being, unable to make decisions, which is why all external action on her body and intimacy is justified. One insists on a cloned portrait in which the woman appears as alienated from herself, at the service of the lives of others.

The mass media maintain an at least ambivalent role. On the one hand they add to the complaints (remember a few months ago the case of La Manada) and on the other hand they are not able to escape the reef that supposes, in the counters and sonants of the audience, to be receptive when offering exclusive With the aggressors. And of course, a scrupulous follow-up of their lives, so that the “television serial” mentality that now seems to live one of its stellar moments is fed. Both in the case of La Manada and in the case of Lolita in New York, sex is serialized, the contradiction is discovered and exploited (in the case of Lolita when playing with the ambiguity between violence and seduction, in the case of La Manda for the morbidity generated by a dissident judge who sees “revelry and joy” where others see an aggression). Stories of possible deliveries thanks to the shady area where sex is connected with aggression. If sexual violence is perceived as an inevitable part of sexual intercourse, it ends up dissociating.
In the crime of rape and, in general, of sexual assault, we cannot analyze the “what” without taking into account the “who” or “who”, as well as the “when” and “where”, main context scaffolds Although contemporary journalism, to avoid being thrown at the stake where the offended throw the offenders, many times opt for omission. Be that as it may, rape, sexual assaults in general, are crimes where context matters, and not only because of something temporary such as mitigating or aggravating factors, but because all our most elementary epistemology and all our human condition find in that contextualization one of its cornerstones. If in the nineteenth and previous penal codes, the figure of the aggressor mattered to the point that his relationship with the victim, or his symbolic value as a social authority, qualified the punishment and put into operation the machinery of the exemplarity, in the stories more recent (some collected in the 90s of the last century, for example) the aggressor also constituted an essential key when it came to enhancing or, on the contrary, putting a rape into a mute.

They just dictated jail for the members of La Manada (groupal violation in Pamplona, San Fermines). And the accusation of sexual abuse has been maintained above that of rape. This opens the thunder box of a debate that should have been raised long ago: what happens when aggression and abuse are equated. Or, what is the same, when it is considered that what prevails in such cases (in which there has been “unwanted sexual incursion”, of whatever type) is abuse and not aggression. In fact, it is surprising that the resolution is still focused on whether there was abuse or aggression: all aggression occurs within a framework of abuse. All aggression presupposes abuse. Abuse is nothing more than the imposition and implicit verification of asymmetry, something that is very obvious in any circumstance of violence. Losing ourselves in such disquisitions leads us to think how close we are, even to those nineteenth-century and even earlier speeches, that the mere fact of being a woman was already an aggravating factor in the face of sexual predation.

The task ahead is enormous: we must stop the instrumentalization of the body and life, we must understand that exhibitionism is a side effect of narcissism and not necessarily a call to action or an invitation to intimate, we must understand the subtleties of consent that sometimes is not stated because fear can be stronger than the vigor of denial, we must learn to respect the limits, we must learn not to make excuses for weakness, we must learn the meaning of the other as a full-fledged individual and therefore oblivious to any of my desires, wants, veleities, psychic wounds or desire to dominate and stand out … in short, oblivious to everything that can make us believe that it is an extension of ourselves. Definitely, it is urgent to rearm again the most human thing we have and give language a main role in verbal interaction and not make it a pimp in the process of destruction of the communication itself.
Sexual assault is a wound in the body: that of the victim. But it also leaves a deep notch in the social body, in the softest and most vulnerable parts of its fabric.

* the first news of sexual harassment in the workplace, in 1989. A controversial ruling by a judge, which decreed that a boss could not repress his instincts against a minor employee (of course in those years the minority it didn’t mean much in a social context in which the child was not protected) because she wore a miniskirt.

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