A Propósito De Nada. Autobiografía — Woody Allen / Apropos of Nothing. Autobiography by Woody Allen

Woody Allen es Woody Allen en todo momento: no le importa lo que nadie piense de él o de sus películas, y es, con mucho, su peor crítico. Le gustan quizás cinco de sus películas, y lamenta nunca haber hecho una excelente. Además, las frases ingeniosas nunca se detienen, si te gusta ese tipo de cosas. Se las arregla para decir algo sobre las 900 de sus películas, a menudo muy poco, pero para él es la realización de la película lo que le interesa. Nada más. Una vez hecho esto, no vuelve a ver a ninguno de ellos. No realiza pruebas de evaluación porque, como él dice, no está interesado en colaborar con una audiencia en sus películas. En términos de realización de películas, su método es notablemente puro. Ha hecho un montón de películas regulares para no tan buenas, pero es demasiado duro consigo mismo: sus excelentes películas son geniales.
También dedica mucho espacio a The Allegation, desmentido hace años después de múltiples investigaciones, pero los Farrows lo revivieron en la era MeToo. Saber algo sobre los detalles del caso hace que sea imposible suponer que Allen es culpable. Todo lo contrario, lo he encontrado por mucho tiempo. Su recuento aquí hace que parezca mucho más terrible, en términos de lo que los Farrows han hecho y continúan haciendo.
Su matrimonio con Soon-Yi lo describe extensamente, y no podían sonar más felices. Por supuesto, la forma en que Woody describe a todas las mujeres con las que ha estado involucrado y codiciado durante su vida no es cómo las describiría una persona con conciencia de imagen, de ahí que se le llame “sorda de tono” y “no consciente de sí misma” en las reseñas de gente que cree que es malvado. Pero él es solo Woody Allen. Es un tipo extraño, ya que es el primero en admitir, y a menudo, en este libro. ¿Eso lo hace malvado? ¿O simplemente raro? Bueno, a la gente le gusta tirar piedras a los bichos raros con gafas, siempre así.

Woody Allen es un escritor excelente, un cineasta talentoso y ha vivido una vida increíble y desordenada. En esta autobiografía estamos al tanto de la mayor parte. Escribe sobre los altibajos, y está lleno de gente glamorosa e interesante. A veces me resulta difícil leer, y me esforcé mucho por permanecer neutral. No estoy seguro de poder llevar eso.
La primera mitad del libro, Woody nos cuenta su vida desde su nacimiento en Brooklyn, a padres, abuelos y familiares que lo amaron. Sus padres trabajaron duro toda su vida y le dieron a Woody los beneficios de cualquier recompensa. No es un gran estudiante, comenzó a vender bromas a los escritores de artículos / periodistas de la época. Le ofrecieron un trabajo a tiempo parcial en la escuela secundaria y se ganó bien la vida. Su vida pasó a escribir para personas importantes, luego a escribir obras de teatro y luego al cine. Todo el tiempo nos encontramos con las personas famosas, las mujeres que conoció y amó, y la buena vida. Woody vivió una buena vida, llena de ansiedad, pero aprendió a vivir bien a su alrededor. Se casó dos veces con mujeres hermosas, tuvo varios asuntos y, en general, es un hombre exitoso.
Luego pasamos a los años de Mia Farrow, y es aquí donde se expone el resentimiento mordaz y el desprecio que siente por Mia. No deja nada sin hacer. Da su versión de la historia y vive con una Mia de la que solo he leído. Esta es la parte más desagradable del libro y sentí enojo por dentro. Las acusaciones de sus extrañas relaciones también son evidentes. Intentar ser imparcial es una tarea. Escribe sobre Dylan y las acusaciones, el juicio y los disturbios internos. Woody es bastante franco sobre su relación con Soon-Yi y su vida juntos. Han estado casados por 20 años, pero me pregunto.
Las películas y obras de teatro, las personas que conoció en el camino, Woody ha escrito o protagonizado, son una gran parte del libro, y estas son las partes del libro que me interesan y atraen. La mordaz ira es desagradable, por necesaria que sea para el autor. Un libro para leer para tratar de entender el otro lado de esta historia familiar.

Por cierto, me asombra cuántas veces me describen como «un intelectual». Esa es una concepción tan falsa como el monstruo del lago Ness, puesto que no tengo ni una neurona intelectual en la cabeza. Iletrado y sin ningún interés en nada académico, cuando crecí era el prototipo del vago que pasa el tiempo sentado delante de la tele, cerveza en mano, con el partido de fútbol americano a toda pastilla y el póster central desplegable de Playboy pegado en la pared con cinta adhesiva, un bárbaro ataviado con las prendas de tweed y las coderas de un profesor universitario de Oxford. No tengo ideas profundas ni pensamientos elevados, ni tampoco entiendo la mayoría de los poemas que no empiezan con «Las rosas son rojas, las violetas son azules». Lo que sí poseo, sin embargo, es un par de gafas de montura negra, y yo sugiero que este atributo es el que, sumado a un don para apropiarme de citas tomadas de fuentes eruditas demasiado complejas para que yo pueda entenderlas.
He tenido suerte, y esa buena suerte me ha seguido todos los días de mi vida, hasta ahora. No hay que subestimar su fuerza. La gente señala mi carrera y dice que no puede deberse todo a la suerte, pero no se dan cuenta de que en gran parte ha sido un buen golpe de dados y nada más.

Mi papá jamás vio un arma que no le gustara. No podía resistirse a las galerías de tiro, que en aquel entonces tenían rifles con balas de verdad. En años posteriores obtuvo un permiso para llevar armas, habiendo llegado a la conclusión de que necesitaba ir armado porque transportaba joyas. En aquellos años se dedicaba a mover piedras preciosas y volvía tarde a casa porque también trabajaba como camarero por las noches. En realidad no necesitaba ningún arma y solo utilizó la pistola en dos ocasiones; una vez cuando estaba solo en el metro a las tres de la mañana y se le acercaron cuatro jóvenes la sacó y disparó un tiro a la oscuridad del túnel. Los tipos se dieron la vuelta y salieron corriendo. Tampoco es que lo hubieran atacado, pero él presintió que iban a hacerlo…
Cada vez que volvía a Brooklyn el sitio en el que yo quería vivir era la ciudad que se encontraba al otro lado del río. Anhelaba el día en que pudiera entrar en un bar de Manhattan y decir «lo de siempre».

A mi madre la llamaron tantas veces para que fuera a hablar con las maestras que se convirtió en una cara conocida. Todos los chavales la saludaban por la calle incluso mucho después de que crecieran y se casaran. La conocían de aquel espantoso ritual que tenía lugar cuando en clase estaban enseñando algo inútil como «la palabra correcta en inglés para el numeral cero es “aught”». (A mí «zero» me parece bien).
Mi madre era la practicante. Si teníamos un hogar kosher era por ella. Era bastante estricta en cuanto a las leyes alimenticias que prohibían el cerdo, el beicon, el jamón, la langosta y muchos otros manjares deliciosos disponibles para los afortunados infieles. Para apaciguar a mi madre, mi padre simulaba ser practicante, pero no podía ocultar su adicción al contrabando apetitoso y engullía carne de cerdo y mariscos como cuando se lanzaron los asirios como el lobo sobre el redil. De modo que, cada tanto, cuando estábamos en un restaurante, yo tenía la oportunidad de dar cuenta de una comida que Yahvé, como lo llaman sus amigos, no habría aprobado. Recuerdo qué lujo fue aquella vez en que, cuando yo tenía ocho años, mi padre me llevó por primera vez a Lundy’s, el legendario restaurante de marisco de Brooklyn, donde pude ponerme morado de almejas, ostras y otros frutos de mar, confiando en que aquel día Dios no se encontrara por las inmediaciones de Sheepshead Bay.

Entre mi amor por la música y mis limitaciones como intérprete, si quiero tocar no puedo darme el lujo de tener vergüenza. Intenté explicarle que antes solo tocaba en mi casa con unos pocos músicos. Lo hacía para divertirme, como una partida de póker semanal. Un día ellos me sugirieron que lo hiciéramos en un bar o un restaurante, para que hubiera un poco de público. Yo atesoraba años de experiencia en locales nocturnos y no tenía tantas ganas de enfrentarme al público, pero ellos sí, de modo que accedí. Empezó como algo pequeño y cutre, pero terminó, décadas más tarde, como un espectáculo regular del Carlyle Hotel de Manhattan, y siempre agotamos las entradas de nuestros conciertos en salas de Europa, donde a veces han venido hasta ocho mil personas a escucharnos de pie bajo la lluvia. De modo que aquí estoy, un chaval de Brooklyn, hechizado por el jazz, con dificultades para tocar el clarinete.

Al igual que con los libros, también hay una buena cantidad de películas que sí he visto, en especial cuando estaba alcanzando la edad adulta, así como bastantes filmes extranjeros. De todas maneras, sigo creyendo que mi gusto os sorprendería. Por ejemplo: prefiero Chaplin a Keaton. Eso no encaja con las preferencias de la mayoría de los críticos y estudiantes de cine, pero a mí Chaplin me parece más gracioso, aunque Keaton era mejor director. Chaplin es también más gracioso que Harold Lloyd, quien ejecutaba grandes gags visuales de manera brillante, pero a mí nunca consiguió entusiasmarme. Tampoco he sido jamás un gran fan de Katharine Hepburn.
En cualquier caso, me expulsaron de los cursos de verano de la Universidad de Nueva York, pero a esas alturas yo ya trabajaba como escritor cómico.

Cuando terminamos de rodar Pussycat me dispuse a regresar a mi país. Le compré a mi madre un bolso de cocodrilo de Hermès por el que pagué una suma infame y ella jamás lo utilizó, sino que lo guardó en una caja de seguridad del Dime Savings Bank de Brooklyn.
Louise y yo nos casamos. Llevábamos ocho años de altibajos y siempre volvíamos juntos, a pesar de las rupturas. Ella y su analista lo discutieron y llegaron a la conclusión de que tal vez el acto de casarse, el compromiso, conferiría un carácter totalmente distinto y más sólido a la relación. Los dos estábamos dispuestos a intentarlo. Si alguno de vosotros está pensando en hacer algo similar, no os lo recomiendo. Para nosotros fue un desastre desde el minuto cero. Yo tenía que actuar en el hotel Americana. Compramos un anillo barato en una tienda de baratijas a la vuelta de la esquina, en Broadway, subimos a la suite que adjudican a todos los artistas que actúan y un juez conocido de su padre nos casó. En su pequeño discurso, el juez declaró que había casado a unas cuantas parejas y que ninguna se había divorciado. Los récords, por supuesto, están para romperse.
La cosa empezó mal porque semanas después de la boda yo tenía que ir a Londres para aparecer en lo que resultaría ser uno de los peores y más estúpidos desperdicios de celuloide de la historia del cine, Casino Royale. Louise no quería acompañarme.
Íbamos a casa de Hugh Hefner. No con mucha frecuencia, pero sí de vez en cuando. Era una casa abierta casi las veinticuatro horas, con cuadros de Picasso en las paredes y llena de famosos, deportistas y mujeres sexis. El verdadero atractivo eran las mujeres sexis y no los cuadros de Picasso, creedme. Cada vez que yo pasaba por Chicago recibía una llamada de la Mansión Playboy para invitarme a que me hospedara allí. Jamás lo hice, pero en ocasiones nos dejábamos caer y socializábamos. Yo tengo una regla fundamental en la vida: jamás me quedo como invitado en casa de nadie. Y tampoco intenté ligarme jamás a ninguna de las compañeras de piso de Hefner. La mera idea de que alguna de esas exuberantes maravillas de la naturaleza malgastara un cuark de su atención en una persona como yo, cuya mejor descripción sería la de un tipo torpe a quien el simple hecho de tener que presentarse lo hacía morirse de miedo, me volvía completamente tímido.

En determinado momento arrinconó a David Merrick y le habló maravillas de una chica de su clase que le parecía sensacional. Se llamaba Diane Keaton. Su verdadero nombre era Diane Hall. Entra una joven desgarbada. Dejadme expresarlo así: si Huckleberry Finn hubiera sido una mujer muy hermosa, sería ella quien habría aparecido en el escenario en ese momento. Keaton, que pide disculpas por todo, incluso por haberse despertado, una pueblerina de Orange County, frecuentadora de mercadillos de trueque y bocadillos de atún, una inmigrante en Manhattan que atiende un guardarropa, que antes trabajó en la tienda de golosinas de un cine de su pueblo de donde la despidieron por comerse todo el género y que intenta saludarnos a todos con la menor cantidad posible de palabras. De pronto estamos ante una provinciana que nos habla de su abuelita Hall.
La gracia de hacer una película es hacerla, el acto creativo. Los aplausos no significan nada. Incluso aunque recibas los elogios más entusiastas, seguirás teniendo artritis y culebrilla. ¿Y es tan terrible que la gente no se extasíe con tu obra? ¿Que a alguien no le guste tu película? ¿El universo se está deshaciendo a la velocidad de la luz y a ti te preocupa que un tipo de Sheboygan ponga objeciones al ritmo de tu filme?…
Muchos estudios se niegan a trabajar conmigo a causa de mi control y de mis condiciones, pero hay algunos que lo consideran una apuesta razonable. Si hubieras apostado por mí, todavía tendrías un saldo positivo.

Mi primer error fue hacer algo que no había hecho hasta ese momento y que no he vuelto a hacer desde entonces, es decir, ensayar. No tengo paciencia para los ensayos y, como hago comedias, cuanto más oigo el texto, menos gracioso me parece. Por eso, en cuanto termino un guion, lo reviso una vez, corrijo los defectos y no vuelvo a mirarlo hasta el día del rodaje. Si lo releo, se vuelve cada vez más plano. Además, carezco de poder de concentración. No soy una persona paciente en lo que respecta a las exigencias de los ensayos. Esa es la razón por la que, con los años, ruedo planos largos y no filmo planos recurso ni tomas extra. No soporto tener que repetir las mismas escenas una y otra vez. A mí me gusta rodar, irme a casa y ver un partido de baloncesto. A los actores les encantan los planos largos porque pueden meterse de lleno en la escena. Por supuesto que ellos no tienen el problema con el que yo me topo luego, cuando tengo que quedarme en la sala de montaje con escenas que no funcionan y me arrepiento de no haber rodado alguna toma adicional para reemplazarlas.
Manhattan fue un éxito enorme. Enorme para mis estándares, pero no recaudó más que La guerra de las galaxias. Las compañías cinematográficas han intentado por todos los medios incrementar los beneficios de mis películas, solo para terminar sollozando desconsoladamente. Probaron con lanzamientos grandes, lanzamientos pequeños, anuncios sofisticados, asquerosos anuncios comerciales, pregonando mi nombre, poniendo mi nombre en segundo plano…
Cuando monté Manhattan, no me gustó el resultado. Les ofrecí a los de United Artist hacer otra película gratis si la guardaban en un cajón y no la estrenaban. No me hicieron caso y me tildaron de maniático. Por supuesto que su éxito tan fenomenal me dejó perplejo. Naturalmente, entre todas esas adulaciones hubo algunas reacciones negativas. Cuando algo recibe tantos elogios puede resultar complicado justificarlos y yo creo que Manhattan no los merece. Pero la mayoría de la gente no piensa como yo, dado que recibió premios en todo el mundo y que todavía la siguen exhibiendo en todas partes. Hollywood no la nominó como mejor película ni a mí como mejor director. Algunos dijeron que era una venganza de la Academia porque yo no había mostrado ningún interés por los Oscar cuando Annie Hall ganó, pero yo no soy uno de esos paranoicos que creen en conspiraciones y no me parece que haya nada extraño en el hecho de que los miembros de la Academia no hubieran quedado lo bastante impresionados.

Soon-Yi y yo pasamos de ser dos personas que nunca se habían caído especialmente bien a una pareja que ya lleva más de veinte años casada y que sigue amándose apasionadamente. Soon-Yi jamás conoció a su padre, y su madre o bien no pudo o no quiso hacerse cargo de ella. Ella recuerda que era tremendamente pobre. La vida rural era una pesadilla para Soon-Yi cuando era pequeñita y a los cinco años huyó de su casa y se puso a vagabundear por las calles de Seúl.
Mia consideraba que Soon-Yi era irremediablemente estúpida. Recuerdo que, poco después de que nos conociéramos, en una ocasión me habló de ella con desprecio y comentó que Fletcher con cuatro años tenía un cerebro más capacitado que el de Soon-Yi con nueve. Como yo en realidad no conocía a ninguno de los niños y estaba convencido de que Mia era una supermamá, que era como ella se presentaba ante los medios, escuché ese comentario sin demasiada atención y no objeté nada. Pero, como descubriría más tarde, Soon-Yi no era solo un diamante en bruto, sino una piedra preciosa impecable y perfectamente cincelada. Y Mia no era ninguna supermamá, ni siquiera una buena madre, puesto que jamás se había tomado la molestia de conocer realmente a su hija adoptiva.
En ningún momento intentó estimular su crecimiento. Años más tarde, cuando Soon-Yi se fracturó el tobillo jugando al fútbol en secundaria, Mia ni siquiera se molestó en llevarla al médico, solo le ordenó que fuera sola y que no se hiciera radiografías porque eran muy caras. Soon-Yi, que apenas era una niña de secundaria y que tenía dolores muy fuertes porque se había roto el tobillo, se vio obligada a trasladarse a la consulta por su cuenta y en autobús, y no se atrevió a dejar que el médico le radiografiara el tobillo. Al final, el facultativo, que no podía creer lo que estaba sucediendo, llamó a su madre por teléfono y le insistió. Le hicieron la radiografía, pero oponerse a las órdenes de Mia siempre traía aparejado algún castigo, que con frecuencia consistía en golpes.
Soon-Yi presenció esa clase de cosas todo el tiempo.
Cuando Soon-Yi se marchó conmigo no era una huérfana ingrata que estuviera traicionando a una benefactora amable y cariñosa que la había convertido de mendiga en millonaria. Y Soon-Yi tiene una personalidad fuerte; no es una flor que se marchita con facilidad. (Había que tener un poco de garra para lanzarse a la calle y arreglárselas sola a los cinco años. ¿Vosotros habríais podido hacerlo? Yo no. A los cinco, todavía me cantaban para que me durmiera.) Soon-Yi fue la única de las hijas adoptivas que se enfrentó a Mia y desencadenó su ira. En consecuencia, recibió golpes —con un cepillo para el pelo, con un teléfono—, y en una ocasión Mia le arrojó un conejo de cerámica que no le acertó en la cabeza por muy poco.

En pleno rodaje de la película Maridos y mujeres, Soon-Yi y yo empezamos a tener una aventura. Una aventura que comenzó cuando ella volvió otra vez de la universidad, que fue apasionada desde el primer día y que ha tenido como resultado muchos años felices y una familia maravillosa. ¿Quién lo habría dicho? Yo solo sabía que ella no era esa mujercita insignificante que su madre había desechado y dado por perdida. Qué equivocada estaba Mia. Lo que teníamos delante era una mujer brillante, con clase, fabulosa, extremadamente inteligente, poseedora de un enorme potencial latente y que podría madurar de una manera soberbia solo con que alguna persona demostrara un poco de interés en ella y le ofreciera un poco de apoyo y, lo que era más importante, un poco de amor. Pasamos algunas tardes paseando y hablando, disfrutando de nuestra compañía y, por supuesto, yendo a la cama.
Por supuesto que comprendo el impacto que aquello le causó, comprendo su desesperación, su furia, todo. Era la reacción lógica. Soon-Yi y yo creíamos que podíamos mantener nuestra aventurilla en secreto, ya que ella no vivía en casa de Mia y yo vivía solo, como un soltero. Yo suponía que aquello no pasaría de ser una experiencia agradable y que probablemente ella terminaría conociendo a algún tipo en la universidad con quien entablaría una relación más convencional. No me daba cuenta de lo mucho que nos habíamos encariñado. Había empezado poco a poco, pero se había convertido en algo real. Si no hubiera sido por el descubrimiento de las fotos, ¿quién sabe hasta cuándo habría durado aquel régimen ya agotado, pero todavía conveniente, por el cual yo visitaba a los niños en el apartamento de Mia? Es evidente que tarde o temprano alguno de los dos habría puesto fin a la relación, puesto que, definitivamente, ya estaba acabada en espíritu, aunque no en rutina…
Susan Coates, la psiquiatra de Dylan, a quien yo consultaba para tratar de navegar las aguas y hacer lo mejor para los niños. Fue ella quien me comunicó la noticia de que me habían acusado de abuso sexual y estaba obligada a dar parte de ello. Lo estipulaba la ley.
Me quedé anonadado, sin poder creerlo. Todo aquello me parecía absurdo. Respondí: «Ningún problema, hágalo».
Mia filmó a Dylan desnuda durante unos días para obligarla a contar la historia que se había inventado. Y como no pudo conseguir una filmación que pudiera convencer a nadie —de hecho, el tiro le salió por la culata y puso al descubierto la técnica de puño de hierro que usaba para sus aleccionamientos—, en su desesperación permitió que unas imágenes que estaban en su exclusiva posesión se filtraran mágicamente a Fox News. Un aprovechamiento interesado aunque no muy maternal de su hija de siete años desnuda.

Lo que tuvo lugar en los meses siguientes fue un festín para los medios de comunicación y un estúpido derroche de dinero, mayormente mío. Se entrevistó a psiquiatras, a pediatras, se contrató a investigadores privados, los periodistas tuvieron su momento de gloria, los periódicos sensacionalistas se forraron. El juez de la audiencia de custodia era Elliot Wilk, quien me odió desde el momento en que me puso los ojos encima. ¿Y quién podría reprochárselo? Desde su punto de vista, una madre maravillosa y hermosa que había adoptado a niños discapacitados había confiado en un novio falso e intrigante, un libertino que había seducido a su hija, a la que le llevaba treinta y cinco años, y que había explotado a la pobre estudiante universitaria sacándole fotos pornográficas. Lo único que faltaba en la imagen que se había hecho de mí era una mazmorra en mi sótano con estudiantes colgadas en la pared.
Ya os he explicado paso a paso el escándalo que llevó a Mia a embarcarse en una venganza al estilo de Ahab. ¿Cómo logré sobrevivir a esa dura prueba? Y desde luego fue una dura prueba. Una acusación falsa, artículos espantosos en los medios, ingentes gastos legales. Invertí millones en tratar de ver a mi hija Dylan, en intentar conseguir un juez menos tendencioso, pero no lo logré. Mientras tanto, Mia se presentó en otro tribunal para intentar que mi adopción de Dylan y Moses se declarara nula, pero la jueza captó su estratagema de inmediato. Después de unas semanas de proceso, a Mia se le hizo dolorosamente obvio que a esa jueza no podría timarla y, por lo tanto, depuso su actitud y se echó atrás. En cuanto a mí, además de no salir jamás a la calle sin una nariz falsa y unas gafas, continué con mi vida de siempre y trabajando. Todo eso sin que dejaran de acosarme, vilipendiarme y calumniarme. Como era inocente, sentía que ese no era mi problema. Que sigan. No pienso sacrificar un valioso tiempo de trabajo por una falta injustamente señalada con la que hordas de salvajes se están dando un festín. Cuando era pequeño y jugaba en la liga escolar, hubo casos en los que algún árbitro me señaló alguna falta inexistente y sobreviví a ello. Esto era igual. Lograría superarlo. El truco consistía en aceptar esas faltas injustamente señaladas y seguir adelante.

La única otra ocupación que alguna vez me interesó fue la de llevar una vida de criminal, ser un apostador, un buscavidas, un estafador, y logré interpretar a un delincuente de poca monta en mi comedia cinematográfica Small Time Crooks [Granujas de medio pelo; Ladrones de medio pelo; Pícaros ladrones].
Hugh Grant realizó una interpretación soberbia en el papel del malo de Granujas de medio pelo. Elegante, adulador, calculador, gallardo; un villano perfectamente seductor. La película tuvo buenos resultados. Al parecer al público le agradan mis tramas criminales.
Me resultó muy difícil seleccionar el reparto de Curse of the Jade Scorpion [La maldición del escorpión de jade; El beso del escorpión] y cada actor al que le ofrecí el papel principal lo rechazó. Me vi obligado a hacerlo yo mismo, y en consecuencia soy el eslabón débil del filme. El elenco estuvo brillante. Dan Aykroyd y Helen Hunt tenían roles importantes y los interpretaron maravillosamente, como era de prever. Y Charlize Theron es una fuerza de la naturaleza con una capacidad interpretativa impresionante. Y luego estaba yo. La película necesitaba a Jack Nicholson, aunque Tom Hanks también podría haber sido una alternativa válida, pero yo, por mucho que lo intenté, no era adecuado para ese papel. La película tuvo un éxito modesto, a pesar de mi catastrófica presencia. Pero lo interesante es constatar que mis películas tienen una recepción muy diferente según el país. En España fue un gran éxito. Es fascinante la forma en que las diversas culturas reaccionan al mismo contenido. A una película le puede ir genial en Argentina pero no tanto en Inglaterra. Otra triunfa en Japón y se hunde en Brasil.
Personalmente la película que más me desilusionó fue Hollywood Ending [Un final made in Hollywood; La mirada de los otros; El ciego]. A mí me parecía una película graciosa, pero no tuvo buenos resultados.
Debo decir que Naomi no solo es una estrella cinematográfica de alto nivel, así como muy hermosa, sino que posee los dos dientes frontales superiores más sensuales de todo el mundo del espectáculo.

No tengo nada valioso que ofrecer a los estudiantes de cine. Mis hábitos de filmación son perezosos e indisciplinados; tengo la técnica de un estudiante de cine fracasado al que han expulsado. En cuanto a la escritura, para aquellos que les interese, me despierto y, después de desayunar, escribo a mano en blocs amarillos tamaño oficio tumbado sobre la cama. Trabajo todo el día o, si no, al menos una parte de cada día de la semana. No porque sea un adicto al trabajo, sino porque eso me evita tener que enfrentarme al mundo, uno de los escenarios que menos me gustan. Abro el cajón para buscar notas con ideas que he acumulado a lo largo de los años. Si, después de examinarlas detalladamente, no hay ninguna idea que me sirva, me obligo a pensar en una historia que escribir, aunque me lleve semanas. Esa es la peor parte del proceso, porque implica quedarme sentado o dando vueltas por mi cuarto, a solas, día tras día, tratando de concentrarme y de no distraerme pensando en el sexo y en la muerte.
Escribir me gusta más que rodar, porque rodar es un trabajo duro y físico bajo un clima caliente o frío en horas infames que requiere un millón de decisiones sobre temas de los que conozco poco. De pronto, tengo que dar indicaciones sobre ángulos de cámara y tempi y vestuarios y peinados femeninos y maneras de amueblar una casa y automóviles y música y colores. Por no mencionar que, una vez que empieza el rodaje…
¿Qué es lo que más lamento? Solo haber recibido millones de dólares para hacer películas, haber gozado de un control artístico total y no haber hecho jamás un gran filme. Si pudiera intercambiar mi talento por el de otra persona, viva o muerta, ¿quién sería? Sin duda: Bud Powell.

Más que vivir en los corazones y en las mentes del público, prefiero seguir viviendo en mi casa.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/17/pura-anarquia-woody-allen-mere-anarchy-by-woody-allen/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/31/a-proposito-de-nada-autobiografia-woody-allen-apropos-of-nothing-autobiography-by-woody-allen/

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Woody Allen is Woody Allen throughout–he doesn’t give a damn what anybody thinks about him or his movies, and he’s by far his own worst critic. He likes maybe five of his movies, and laments never having made a great one. Plus the one-liners never stop, if you like that sort of thing. He manages to say something about all 900 of his movies, often very little, but to him it’s the making of the movie that interests him. Nothing else. Once done, he doesn’t watch any of them ever again. He doesn’t do test screenings because, as he puts it, he’s not interested in collaborating with an audience on his films. In terms of film-making, his method is remarkably pure. He’s made a lot of so-so to not so good movies, but he’s too hard on himself–his great movies are great.
He also devotes a lot of space to The Allegation, disproven years ago after multiple investigations, but brought back to life by the Farrows in the MeToo era. Knowing anything about the details of the case renders it impossible to assume Allen is guilty. Quite the opposite, I’ve long found. His recounting here makes it seem that much more appalling–in terms of what the Farrows have done and continue to do.
His marriage to Soon-Yi he decribes at length, and they couldn’t sound happier. Of course the way Woody describes all the women he’s been involved with and lusted after during his life is not how anyone image-conscious would describe them, hence his being called “tone-deaf” and “un-self aware” in the reviews by people who believe he’s evil. But he’s just Woody Allen. He’s a weird guy, as he’s the first to admit, and often, in this book. Does that make him evil? Or just weird? Well, people like throwing stones at weirdos with glasses, ever thus.

Woody Allen is a superb writer, a talented film maker, and has lived an amazing and messy life. In this autobiography we are privy to most of it. He writes of the highs and lows, and it is filled with glamorous, interesting people. I find it difficult reading at times, and I tried very hard to remain neutral. Not sure I can carry that off.
The first half of the book, Woody tells us of his life from his birth in Brooklyn, to parents, grandparents and relatives who loved him. His parents worked hard their entire lives, and they gave Woody the benefits of any bounty. Not a great student, he started selling gags to the article writers/journalists of the days. He was offered a part time job in high school, and he made a good living. His life moved onto writing for important people, then to writing plays and on to film. All the while we meet the famous people, the women he met and loved, and the good life. Woody lived a good life, filled with anxieties, but he learned to live well around them. He married twice to beautiful women, had several affairs, and all in all is a successful man.
Then we move onto the Mia Farrow years, and, it is here that the scathing resentment and scorn he has for Mia is exposed. He leaves nothing undone. He gives his side of the story, living with a Mia that I have only read about. This is a most unpleasant portion of the book, and I felt anger well within. Accusations of her strange relationships are also evident. Trying to be impartial is a task. He writes about Dylan and the accusations, the trial and the unrest within. Woody is quite frank about his relationship with Soon-Yi and their life together. They have been married for 20 years, but I wonder.
The films and plays, people he met along the way, Woody has written or starred in, are a big part of the book, and these are the parts of the book that interest and entice me. The scathing anger is unpleasant, however necessary it might be for the author. A book to be read to try to understand another side of this family story.

Incidentally, it amazes me how many times I am described as “an intellectual.” That is as false a conception as the Loch Ness monster, since I don’t have an intellectual neuron in my head. Illiterate and with no interest in anything academic, when I grew up I was the prototype of the bum who spends time sitting in front of the TV, beer in hand, with the football game at full blast and the fold-out central Playboy poster taped to the wall with duct tape, a barbarian dressed in tweed clothes and the elbow pads of an Oxford university professor. I have no deep ideas or lofty thoughts, nor do I understand most of the poems that don’t start with “Roses are red, violets are blue.” What I do own, however, is a pair of black-rimmed glasses, and I suggest that this attribute is the one, added to a gift for appropriating quotes taken from scholarly sources too complex for me to understand.
I’ve been lucky, and that good luck has followed me every day of my life, until now. Its strength should not be underestimated. People point to my career and say it can’t all be due to luck, but they don’t realize that it was a good dice roll in large part and nothing else.

My dad never saw a gun he didn’t like. He couldn’t resist shooting galleries, which back then had rifles with real bullets. In later years he obtained a permit to carry arms, having concluded that he needed to be armed because he was carrying jewelry. In those years he was dedicated to moving precious stones and returned home late because he also worked as a waiter at night. He didn’t really need a weapon and only used the gun twice; Once when he was alone on the subway at three in the morning and four young men approached him, he took it out and fired a shot into the darkness of the tunnel. The guys turned around and ran away. Nor was it that they had attacked him, but he sensed that they were going to …
Every time I returned to Brooklyn, the place I wanted to live in was the city across the river. He longed for the day when he could walk into a Manhattan bar and say “business as usual.”

My mother was called so many times to go talk to the teachers that she became a familiar face. All the kids greeted her on the street even long after they grew up and married. They knew her from that awful ritual that took place when in class they were teaching something useless like “the correct word in English for the numeral zero is” aught “”. (“Zero” seems good to me).
My mother was the practitioner. If we had a kosher home it was because of her. She was quite strict about the food laws that prohibited pork, bacon, ham, lobster, and many other delicious delicacies available to the lucky infidels. To appease my mother, my father pretended to be a practitioner, but he could not hide his addiction to appetizing smuggling and gobbled up pork and seafood like when Assyrians like the wolf were thrown into the fold. So every now and then, when we were in a restaurant, I had an opportunity to account for a meal that Yahweh, as his friends call him, would not have approved. I remember how luxurious that time was when, when I was eight years old, my father took me for the first time to Lundy’s, the legendary seafood restaurant in Brooklyn, where I could get purple with clams, oysters and other seafood, trusting that that day God was not to be found in the vicinity of Sheepshead Bay.

Between my love for music and my limitations as a performer, if I want to play I cannot afford to be ashamed. I tried to explain that before I only played at my house with a few musicians. I did it for fun, like a weekly poker game. One day they suggested that we do it in a bar or restaurant, so that there would be a bit of an audience. I had years of experience in nightclubs and I didn’t really want to face the public, but they did, so I agreed. It started out small and seedy, but it ended, decades later, as a regular show at the Carlyle Hotel in Manhattan, and we always sell out our concert tickets in theaters in Europe, where up to eight thousand people have sometimes come to listen to us standing under the rain. So here I am, a kid from Brooklyn, haunted by jazz, with difficulty playing the clarinet.

As with books, there are also quite a few movies that I have seen, especially when I was reaching adulthood, as well as quite a few foreign films. Anyway, I still believe that my taste would surprise you. For example: I prefer Chaplin to Keaton. That doesn’t fit the preferences of most film critics and students, but I find Chaplin funny, even though Keaton was a better director. Chaplin is also funnier than Harold Lloyd, who played great visual gags brilliantly, but he never got me excited. I’ve never been a big fan of Katharine Hepburn, either.
In any case, I was expelled from the summer courses at New York University, but by now I was already working as a comic writer.

When we finished shooting Pussycat I prepared to return to my country. I bought my mother a Hermès crocodile bag for which I paid an infamous sum and she never used it, instead she kept it in a safe at the Dime Savings Bank in Brooklyn.
Louise and I got married. We had eight years of ups and downs and we always came back together, despite the breaks. She and her analyst discussed it and concluded that perhaps the act of getting married, the engagement, would give a totally different and more solid character to the relationship. We were both ready to give it a try. If any of you are thinking of doing something similar, I do not recommend it. It was a disaster for us from minute zero. I had to perform at the Hotel Americana. We bought a cheap ring at a trinket shop around the corner on Broadway, went upstairs to the suite that is awarded to all the performing artists, and a judge known to his father married us. In his short speech, the judge stated that he had married a few couples and that none had divorced. Records, of course, are to be broken.
It started badly because weeks after the wedding I had to go to London to appear in what would turn out to be one of the worst and most stupid celluloid wastes in film history, Casino Royale. Louise did not want to accompany me.
We were going to Hugh Hefner’s house. Not very often, but occasionally. It was a house open almost twenty-four hours, with pictures of Picasso on the walls and full of celebrities, athletes and sexy women. The real attraction was sexy women and not Picasso’s paintings, believe me. Every time I was in Chicago, I got a call from the Playboy Mansion inviting me to stay there. I never did, but sometimes we dropped and socialized. I have a fundamental rule in life: I never stay as a guest in anyone’s house. Nor did I ever try to link to any of Hefner’s roommates. The very idea that any of those lush wonders of nature wasted a quarter of his attention on a person like me, whose best description would be that of an awkward guy who simply had to introduce himself to made him die of fear, he came back completely shy.

At one point he cornered David Merrick and spoke wonders of a girl in his class who seemed sensational. Her name was Diane Keaton. Her real name was Diane Hall. A lanky young woman enters. Let me put it this way: If Huckleberry Finn had been a very beautiful woman, it would have been her who would have appeared on stage at the time. Keaton, who apologizes for everything, including waking up, an Orange County townie, a frequentizer of barter markets and tuna sandwiches, an immigrant in Manhattan who runs a wardrobe, who previously worked in the candy store of a movie theater. her town where she was fired for eating the entire genre and who tries to greet all of us with the fewest words possible. Suddenly we are before a provincial who tells us about her granny Hall.
The fun of making a movie is making it, the creative act. The applause doesn’t mean anything. Even if you receive the most enthusiastic praise, you will still have arthritis and shingles. And is it so terrible that people are not ecstatic with your work? That someone does not like your movie? Is the universe falling apart at the speed of light and are you worried that a guy from Sheboygan will object to the rhythm of your film? …
Many studios refuse to work with me because of my control and my conditions, but there are some that consider it a reasonable bet. If you had bet on me, you would still have a positive balance.

My first mistake was to do something that I had not done before and that I have not done since, that is, rehearse. I have no patience for rehearsals, and since I do sitcoms, the more I hear the text, the less funny it seems to me. So as soon as I finish a script, I review it once, correct the flaws, and don’t look at it again until the day of filming. If I reread it, it becomes flatter. Also, I lack the power of concentration. I am not a patient person when it comes to testing requirements. That is the reason why, over the years, I shoot long shots and I don’t shoot resource shots or extra shots. I can’t stand having to repeat the same scenes over and over again. I like to shoot, go home and watch a basketball game. Actors love long shots because they can jump right into the scene. Of course they don’t have the problem that I run into later, when I have to stay in the editing room with scenes that don’t work and I regret not having shot any additional shots to replace them.
Manhattan was a huge success. Huge by my standards, but it grossed no more than Star Wars. Film companies have tried by all means to increase the benefits of my films, only to end up sobbing heartily. They tried big releases, small releases, fancy ads, filthy commercials, touting my name, putting my name in the background …
When I rode Manhattan, I did not like the result. I offered United Artist to make another movie for free if they kept it in a drawer and didn’t release it. They ignored me and called me a maniac. Of course his phenomenal success stumped me. Naturally, among all those flatteries there were some negative reactions. When something receives so much praise it can be difficult to justify it and I think Manhattan does not deserve it. But most people don’t think like me, given that it has received awards all over the world and that it is still exhibited everywhere. Hollywood did not nominate her as the best film nor did I nominate her as the best director. Some said it was Academy revenge because I had shown no interest in the Oscars when Annie Hall won, but I am not one of those paranoid conspiracy believers and I don’t think there is anything strange about the fact that the Members of the Academy would not have been impressed enough.

Soon-Yi and I went from being two people who had never really liked each other to a couple who have been married for more than twenty years and who continue to love each other passionately. Soon-Yi never met her father, and her mother either was unable or unwilling to take care of her. She remembers that she was tremendously poor. Rural life was a nightmare for Soon-Yi when she was little and at five she ran away from home and wandered the streets of Seoul.
Mia considered Soon-Yi to be hopelessly stupid. I remember that shortly after we met, he once spoke to me of her with contempt and commented that Fletcher at four years old had a more capable brain than Soon-Yi at nine. Since I didn’t actually know any of the kids and was convinced that Mia was a supermom, which was how she presented herself to the media, I heard that comment without much attention and didn’t object to anything. But, as I would later discover, Soon-Yi was not just a rough diamond, but a flawless and perfectly chiseled gemstone. And Mia was no supermom, not even a good mother, since she had never bothered to really meet her foster daughter.
At no time did he try to stimulate their growth. Years later, when Soon-Yi fractured her ankle while playing soccer in high school, Mia didn’t even bother taking her to the doctor, just ordered her to go alone and not have x-rays because they were too expensive. Soon-Yi, who was just a high school girl and was in severe pain because she had a broken ankle, was forced to travel to the office on her own and by bus, and did not dare let the doctor radiograph her. ankle. In the end, the doctor, who could not believe what was happening, called his mother on the phone and insisted. They did the X-ray, but opposing Mia’s orders always brought with it some punishment, often consisting of beatings.
Soon-Yi witnessed that kind of thing the whole time.
When Soon-Yi left with me, I was not a thankless orphan who was betraying a kind and loving benefactor who had turned her from a beggar into a millionaire. And Soon-Yi has a strong personality; it is not a flower that fades easily. (You had to have a bit of a claw to hit the streets and manage on your own at five. Could you have done it? Not me. At five, they still sang to me to fall asleep.) Soon-Yi was the only one the adoptive daughters who confronted Mia and unleashed her anger. As a result, he was beaten — with a hairbrush, with a phone — and on one occasion Mia threw a ceramic rabbit at him that did not quite hit his head.

In the middle of filming the movie Husbands and Wives, Soon-Yi and I began to have an adventure. An adventure that started when she returned from college again, which was passionate from day one and has resulted in many happy years and a wonderful family. Who would have said it? I only knew that she was not that insignificant little woman that her mother had discarded and left for lost. How wrong Mia was. What we had in front of us was a brilliant, classy, fabulous, extremely intelligent woman, who had enormous latent potential and who could mature in a magnificent way if someone showed a little interest in her and offered her a little support and, most importantly, a little love. We spend some afternoons walking and talking, enjoying our company and, of course, going to bed.
Of course I understand the impact that this caused him, I understand his despair, his fury, everything. It was the logical reaction. Soon-Yi and I believed that we could keep our adventure a secret, since she did not live at Mia’s house and I lived alone, as a bachelor. I assumed that this would not be more than a pleasant experience and that she would probably end up meeting some guy at the university with whom she would establish a more conventional relationship. I didn’t realize how much we had grown fond. It had started little by little, but it had become real. If it hadn’t been for the discovery of the photos, who knows how long that already exhausted but still convenient regime would have lasted for which I visited the children in Mia’s apartment? It is evident that sooner or later either of them would have ended the relationship, since, definitely, it was already finished in spirit, although not in routine …
Susan Coates, Dylan’s psychiatrist, whom I consulted to try to navigate the waters and do what is best for the children. It was she who brought me the news that I had been accused of sexual abuse and was obliged to report it. It was stipulated by law.
I was stunned, unable to believe it. All this seemed absurd to me. I replied, “No problem, do it.”
Mia filmed Dylan naked for a few days to force her to tell the story she had made up. And since he could not get a film that could convince anyone – in fact, the shot came out of his butt and exposed the iron fist technique he used for his lessons – in his desperation he allowed images that were in His sole possession will magically leak to Fox News. An interested but not very maternal use of her naked seven-year-old daughter.

What took place in the following months was a feast for the media and a stupid waste of money, mostly mine. Psychiatrists, pediatricians were interviewed, private investigators were hired, journalists had their moment of glory, tabloid newspapers were lined up. The custody hearing judge was Elliot Wilk, who hated me from the moment he laid eyes on me. And who could blame him? From her point of view, a wonderful and beautiful mother who had adopted disabled children had trusted a fake and intriguing boyfriend, a libertine who had seduced her thirty-five-year-old daughter and exploited her. the poor university student taking pornographic photos. The only thing missing from the image that had been made of me was a dungeon in my basement with students hanging on the wall.
I’ve already explained to you step by step the scandal that led Mia to embark on Ahab-style revenge. How did I manage to survive this ordeal? And it was certainly a tough test. A false accusation, appalling articles in the media, huge legal expenses. I invested millions in trying to see my daughter Dylan, trying to get a less biased judge, but I didn’t. Meanwhile, Mia appeared in another court to try to have my adoption of Dylan and Moses declared null and void, but the judge caught her ploy right away. After a few weeks of prosecution, it became painfully obvious to Mia that she couldn’t cheat on her, and so she deposed her attitude and backed out. As for me, in addition to never going outside without a false nose and glasses, I continued with my life as always and working. All this without ceasing to harass, vilify and slander me. Since I was innocent, I felt that was not my problem. To follow. I do not intend to sacrifice valuable work time for an unjustly marked fault with which hordes of savages are feasting. When I was little and played in the school league, there were cases in which some referee pointed out a non-existent fault to me and I survived it. This was the same. I would get over it. The trick was to accept those unfairly designated offenses and move on.

The only other occupation that ever interested me was living a criminal life, being a gambler, a hustler, a swindler, and I managed to portray a petty criminal in my movie comedy Small Time Crooks.
Hugh Grant performed a superb performance in the role of the mean-haired Rogue villain. Elegant, flattering, calculating, dashing; a perfectly seductive villain. The film had good results. The public seems to like my criminal plots.
It was very difficult for me to select the cast for Curse of the Jade Scorpion; and each actor I offered the lead role rejected. I was forced to do it myself, and consequently I am the weak link in the film. The cast was brilliant. Dan Aykroyd and Helen Hunt had important roles and played them wonderfully, predictably. And Charlize Theron is a force of nature with impressive acting ability. And then there was me. The film needed Jack Nicholson, although Tom Hanks could also have been a valid alternative, but I, as much as I tried, was not suitable for that role. The film was modestly successful, despite my catastrophic presence. But the interesting thing is to note that my films have a very different reception depending on the country. In Spain it was a great success. It is fascinating how different cultures react to the same content. A movie can do great in Argentina but not so much in England. Another triumphs in Japan and sinks in Brazil.
Personally, the film that most disappointed me was Hollywood Ending. It seemed like a funny movie to me, but it didn’t work.
I must say that Naomi is not only a high-level movie star as well as very beautiful, but she possesses the two most sensual top front teeth in the entire show business world.

I have nothing of value to offer film students. My filming habits are lazy and undisciplined; I have the technique of a failed film student who has been expelled. As for writing, for those who are interested, I wake up and, after breakfast, write by hand on legal-size yellow pads lying on the bed. I work all day or, if not, at least part of each day of the week. Not because I am a workaholic, but because that avoids having to face the world, one of the scenarios that I like least. I open the drawer to search for notes with ideas that I have accumulated over the years. If, after examining them in detail, there is no idea that works for me, I force myself to think of a story to write, even if it takes weeks. That is the worst part of the process, because it involves sitting or hanging around my room, alone, day after day, trying to focus and not be distracted by thinking about sex and death.
I like writing more than filming, because filming is hard and physical work in hot or cold weather in infamous hours that requires a million decisions on subjects that I know little about. Suddenly I have to give directions on camera angles and tempi and women’s wardrobes and hairstyles and ways to furnish a house and cars and music and colors. Not to mention that once filming begins …
What do I regret the most? Just having received millions of dollars to make movies, having full artistic control and never having made a great film. If you could trade my talent for someone else’s, dead or alive, who would it be? Without a doubt: Bud Powell.

Rather than living in the hearts and minds of the public, I prefer to continue living in my home.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/17/pura-anarquia-woody-allen-mere-anarchy-by-woody-allen/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/31/a-proposito-de-nada-autobiografia-woody-allen-apropos-of-nothing-autobiography-by-woody-allen/

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