Frida. Una Biografía — Hayden Herrera / Frida: A Biography of Frida Kahlo by Hayden Herrera

Frida Kahlo. Para la mayoría de las personas, ella es la pintora mexicana con una mirada intensa y cejas dominantes, conocida por sus autorretratos. Al mismo tiempo, se ha convertido en un ícono. He visto a gente beber de las tazas de Frida, usar calcetines de Frida y hacerse tatuajes de Frida. Esta biografía realmente me hizo comprender qué fue lo que hizo a esta mujer tan magnetizante.

Una mujer enamorada de la vida
Frida nunca lo tuvo fácil. Ella creció durante la Revolución Mexicana, que ciertamente no fue el momento más fácil para ser mexicana. A los dieciocho años, fue víctima de un accidente devastador, que la dejó lisiada e incapaz de tener hijos. Esto afectó toda su vida, durante la cual tuvo que luchar constantemente contra problemas de salud física. Y aun así estaba enamorada de la vida. Era una mujer sorprendente, fascinante y un poco macabra que no podía evitar encantar a los que la rodeaban. Ella se inspiró con su arte radical y vibrante, así como con su forma de vida, sin temor a mostrar sus sentimientos o ser amable con quienes la rodean.
“¿Sabes por qué hacen todas estas locuras? Porque no tienen ninguna personalidad. Deben inventarse. Vas a ser un artista porque tienes talento. Eres un artista, así que no tienes que hacerlo”. hacer todas estas cosas “.

Un matrimonio para definir

El libro se enfoca fuertemente en su relación con Diego Rivera, un muralista mucho mayor con quien se casó a una edad temprana. Ninguno de los dos puede describirse como fieles el uno al otro en el sentido más tradicional: ambos tenían asuntos y otros amantes, y sin embargo no podían vivir el uno sin el otro. Su relación de casi veinticinco años pasó por muchos altibajos y Herrera los describe muy bien. Para ser justos, estas partes del libro me parecieron un poco repetitivas y demasiado largas, ya que cambió el enfoque de Frida el individuo a Frida la esposa, que es donde llego a mi crítica de esta biografía.

Una revolucionaria

Es fácil olvidar que Frida Kahlo vivió en una época en la que no era común que las mujeres tuvieran una voz fuerte y abierta. Ella, sin embargo, lo hizo. Sentí que este libro interrumpió mucho ese hecho, haciéndola parecer menos revolucionaria que era. Si bien muchos describen el estilo de escritura de Hayden Herrera como claro y preciso, a veces me pareció prosaico e incluso arbitrario. Ella analiza muchas de sus pinturas, tratando de darles un contexto y deduciendo lo que se puede aprender de ellas sobre la vida que Frida Kahlo llevó, sin embargo, en varias ocasiones no estaba muy segura de dónde venían sus afirmaciones.
Algunos pasajes me parecieron torpes, cuando ella llama a la pintura Mi nacimiento “una de las imágenes más impresionantes del parto” solo para darse cuenta de lo muerta que se ve el niño. En otras ocasiones, las pinturas o fotografías se describen en textos largos que no se incluyeron en el libro, lo cual fue molesto, porque me hubiera gustado ver las imágenes yo mismo que confiar únicamente en la interpretación de otra persona.
También me hubiera gustado saber más sobre sus propios puntos de vista y pensamientos, especialmente en relación con la política y el comunismo. Después de todo, Kahlo se sintió más viva cuando pudo hablar por sí misma:

“Vamos a trabajar; seré tu supuesto maestro, no soy tal cosa, solo quiero ser tu amigo, nunca he sido profesor de pintura, y creo que nunca lo seré, ya que soy siempre aprendiendo. Espero que no te aburras conmigo, y cuando parezco aburrirte, te pido, por favor, que no te quedes callado, ¿de acuerdo? ”

En resumen, creo que Frida Kahlo era una mujer fascinante y ecléctica, más de lo que implica esta biografía. Es una buena lectura y ofrece una visión maravillosa de su vida y sus tiempos, pero me quedé insatisfecho en varias ocasiones a lo largo del libro, lo que me impide llamar a esto una biografía realmente excelente.

El principio y el final fueron las mejores partes de esta biografía. El autor escribe objetivamente sobre la vida de Frida en estas partes y de una manera simplemente cuenta su vida y agrega pasajes de otras personas involucradas en su vida de una manera u otra.
La parte media era dura, me sentí de mala gana. Detestaba la forma en que el autor reducía a Frida a esta obsesiva depresiva sin vida, sin pasión, sin futuro, sin ambición. Solo una esposa pero no solo una esposa, una mujer desesperadamente unida a un hombre que no correspondía a las emociones que arremetió como un gato salvaje.
El autor también analizó el trabajo de Frida en minucioso detalle, lo que en retrospectiva es excelente y, a veces, muy interesante, pero leerlo puede ser aburrido.
Por otro lado, me encantó cómo llegué a saber más sobre Frida, siempre supe de su obsesión con Diego (también es algo obvio en su trabajo), pero ahora conocía ‘la verdad’ y estaba oscuro. Además, recibí mucha confirmación de cómo siempre he visto su trabajo, muchos de los análisis minuciosos de Hedera eran del tipo que ya había pensado.
Hay una confusión tumoltuosa dentro de mí sobre Frida. Ni siquiera se trata realmente de este libro. No sé si puedes escribir sobre ella de una manera que al menos no quisiera arrancarme el pelo por sus raíces.
Hacia el final, se vuelve loca obsesionada con su salud, sus operaciones, su enfermedad. Claro, tiene sentido, ella no tenía otra opción, como yo lo veo. Toda su vida fue una especie de obsesión con una cosa u otra.
Tenemos suerte de que eligió pintar para expresarse. Admiramos su trabajo y aprendemos algo sobre su vida y, al mismo tiempo, hacemos un viaje por el camino de la memoria. La calle de Frida.

Frida, la cabrona insolente. Frida, la artista discapacitada. Frida, el símbolo del feminismo radical. Frida, la víctima de Diego. Frida, el icono chic, de género fluido, hermosa y monstruosa. Bolsas con la cara de Frida, llaveros de Frida, camisetas de Frida. Y ahora, también, una nueva muñeca Barbie inspirada en Frida (sin uniceja). Frida Kahlo se ha sometido al escrutinio mundial y a la explotación comercial. Se la han apropiado curadores de arte, historiadores, artistas, actores, activistas, consulados mexicanos, museos e incluso Madonna.
Con los años, esta avalancha ha trivializado la obra artística de Kahlo para hacerla encajar en una «Fridolatría» simplificada. Y, a pesar de que algunos críticos han logrado contrarrestar las voces que la tildan de artista naïve, infantil y casi involuntaria, la mayor parte de las opiniones han perpetuado la imagen de pintora geográficamente marginal: otra artista más del mundo en vías de desarrollo a la espera de ser «descubierta», otro sujeto más, sin voz propia, a la espera de ser «traducido».
En 1938, Frida Kahlo pintó Lo que me dio el agua, tal vez el cuadro que más contribuyó a propulsar su carrera internacional, pero también el malentendido internacional en torno a su figura. En esta especie de autorretrato, vemos los pies y las pantorrillas de Kahlo en una bañera y, flotando sobre ellos, como si emanara del vapor, un paisaje compuesto como un collage: un volcán en erupción del que emerge un rascacielos; un pájaro muerto que yace sobre un árbol; una mujer estrangulada; un vestido de tehuana dramáticamente extendido; una pareja de mujeres que descansan sobre un corcho flotante.
Difícilmente se puede decir que Kahlo fuese una ingenua que no supiera lo que estaba haciendo ni quién era. Al contrario: sabía muy bien cómo sacar partido de los elementos de su vida privada y de su herencia cultural. Los organizaba y transformaba, los utilizaba para construir su personaje público. Kahlo era una mujer mestiza, nacida en la Ciudad de México, que había adoptado un look tradicional de zapoteca-tehuana. Su padre, de origen alemán, se llamaba Carl Wilhelm Kahlo, aunque solían llamarle Guillermo. Era un fotógrafo de prestigio y la familia vivía en una mansión neocolonial en Coyoacán, la famosa Casa Azul. Frida Kahlo era más que consciente de las complejas implicaciones de la individualidad que estaba creando y manipulando.

Gracias a la manía de Rivera por la publicidad, su matrimonio se volvió parte del dominio público: todas las aventuras, amores, batallas y separaciones de la pareja eran descritas, con mucho colorido y todo lujo de detalles, por una ávida prensa. Eran conocidos únicamente por sus nombres de pila. Todos sabían quiénes eran Frida y Diego: él era el artista más grande del mundo; ella, la sacerdotisa, a veces rebelde, en el templo de su esposo. Viva, inteligente y atractiva, cautivaba a los hombres (y aceptaba a muchos como amantes). En cuanto a las mujeres, hay evidencia de que también tuvo relaciones lésbicas. Rivera no parecía preocuparse por estas últimas, pero se oponía firmemente al otro tipo de amantes. «No quiero compartir mi cepillo de dientes con nadie», dijo una vez, y amenazó a un intruso con su pistola.
Al conversar con los que conocieron a Frida Kahlo, continuamente impresiona el cariño que inspiraba en ellos. Reconocen que era cáustica e impulsiva. No obstante, cuando hablan de ella, sus ojos a menudo se llenan de lágrimas.
A Frida le hubieran complacido los múltiples recuerdos que dejó. De hecho, ella fue una de las creadoras de su fabulosa leyenda, y como era tan complicada y tan intrincadamente consciente de sí misma, su mito está lleno de tangentes, ambigüedades y contradicciones. Por eso uno vacila a la hora de revelar los aspectos de su realidad que podrían socavar la imagen que ella creó de sí misma. Sin embargo, la verdad no disipa el mito. Aun después de escudriñarla, la historia de Frida Kahlo sigue siendo tan extraordinaria como lo es su fábula.

Tres años después de nacer Frida, estalló la Revolución mexicana. Comenzó con sublevaciones en varias partes del país, y con la formación de ejércitos guerrilleros en Chihuahua (dirigidos por Pascual Orozco y Pancho Villa) y en Morelos (dirigidos por Emiliano Zapata). Estas condiciones se mantuvieron durante diez años. En mayo de 1911, cayó y fue exiliado el antiguo dictador, Porfirio Díaz. En octubre de 1912, se eligió presidente al líder revolucionario Francisco Madero. Sin embargo, este fue traicionado y asesinado por el general Victoriano Huerta en febrero de 1913, después de la Decena Trágica, durante la cual las tropas adversarias se bombardearon desde el Palacio Nacional y la Ciudadela, causando mucha destrucción y muerte.
Los padres de Frida no experimentaron la revolución como una aventura sino como un infortunio. Los encargos que Guillermo Kahlo recibía del Gobierno de Díaz le proporcionaron dinero suficiente para edificar una casa confortable en un terreno ubicado en una sección elegante de Coyoacán. La caída del dictador y la década de guerra civil que siguió lo llevaron a la penuria. Era difícil obtener encargos fotográficos de cualquier tipo. Según Frida, «desde entonces y para siempre hubo en mi casa un pasar con dificultades».

A pesar de lo mucho que Rivera fascinaba a Frida, durante sus años de colegio fue la novia del jefe indiscutible de los «cachuchas», Alejandro Gómez Arias. Se le conocía como orador brillante y enérgico, narrador divertido, estudiante erudito y buen atleta. Asimismo, era apuesto, con la frente alta, bondadosos ojos oscuros, una nariz aristocrática y labios finos. Sus modales podían llamarse sofisticados, aun algo dégagés. Cuando hablaba de política o Proust, pintura o chismes escolares, sus ideas fluían con soltura; para él, la conversación era un arte e interpolaba periodos de silencio con mucho cuidado, logrando mantener siempre la atención profunda de su público.
A los dieciocho años, Frida definitivamente ya no era la «niña de la Preparatoria». La muchacha que entró a la escuela Nacional Preparatoria tres años antes, con trenzas y un uniforme de escuela secundaria alemana, se encontraba convertida en una mujer moderna, imbuida del impetuoso optimismo de los años veinte, desafiante de la moral convencional e impasible ante la desaprobación de sus compañeros más conservadores.
La intensa originalidad de su nueva persona se manifiesta en una serie de fotografías tomadas por Guillermo Kahlo el 7 de febrero de 1926. Una de ellas es un retrato formal en el que Frida cuidadosamente oculta su pierna derecha, más delgada, tras la izquierda y lleva un extraño vestido de raso que no tiene relación alguna con la moda de los años veinte. En otras fotografías, sacadas el mismo día, ella destaca sobre el grupo familiar, de vestimenta convencional, por llevar un traje de hombre con chaleco, pañuelo y corbata. Adopta una postura masculina, con una mano en el bolsillo y un bastón en la otra. Tal vez se puso esa ropa de broma, pero de todas formas esa joven ya no era una niña inocente. Desde todas las fotografías nos observa con una mirada aguda y desconcertante, llena de esa mezcla de sensualidad y enigmática ironía que reaparece en tantos autorretratos suyos.

Fue uno de esos accidentes que provocan un sobresalto de horror, aun años después de ocurrido. Intervino un tranvía, que se incrustó en un endeble autobús de madera y transformó la vida de Frida Kahlo.
Lejos de ser una manifestación única de mala suerte, tales accidentes eran tan comunes en la Ciudad de México de aquella época que se representaban en numerosos retablos. El uso de autobuses era relativamente reciente en la ciudad, y por su novedad iban atestados de gente, mientras que los tranvías se quedaban vacíos. Entonces, como hoy en día, los conductores manejaban con la bravuconería de un torero, como si la imagen de la Virgen de Guadalupe, colgada cerca del parabrisas, los hiciera invencibles. El autobús en el que iba Frida era nuevo, y la reciente capa de pintura le daba un aspecto vistoso.
El accidente ocurrió hacia el final de la tarde del 17 de septiembre de 1925, un día después de la conmemoración de la Independencia mexicana de España.
Frida salió del hospital de la Cruz Roja el 17 de octubre, exactamente un mes después del accidente. Cuando llegó a su casa, esperaba estar encerrada ahí durante varios meses, perspectiva que casi la horrorizó más que la del dolor. A diferencia del hospital, que se encontraba cerca de la Preparatoria, Coyoacán estaba a mucha distancia del centro de la Ciudad de México, y era poco probable que sus compañeros la visitaran a menudo. Asimismo, al parecer temía que las excentricidades de su familia, la irritabilidad de su madre y los periodos de silencio de su padre desconcertaran por lo menos a algunos. En una ocasión escribió que la suya era «una de las casas más tristes que conozco».
Cuando Frida conoció a Rivera en 1928, este no estaba comprometido con nadie. En septiembre de 1927, fue a Rusia, como miembro de la delegación mexicana de «obreros y campesinos», para asistir al décimo aniversario de la Revolución de Octubre y para pintar un fresco en el Club del Ejército Rojo. Nunca terminó el proyecto, pues siempre parecía interponerse uno u otro obstáculo burocrático. En mayo de 1928, el partido comunista mexicano pidió que regresara precipitadamente, según todas las apariencias, para trabajar en la campaña presidencial de Vasconcelos. (¡Más tarde, Rivera declaró que lo querían presentar como candidato para la presidencia!)
Cuando llegó a México en agosto, su matrimonio con la bella Lupe Marín se había desintegrado. Había sido tumultuoso, físicamente apasionado y violento. Rivera describió a Lupe como un animal enérgico: «ojos verdes, tan transparentes que parecía estar ciega», «dientes animales», «una boca de tigre», manos como «garras de águila».Según Lupe, la causa de su separación fue la aventura que tuvo Diego con Tina Modotti.
Es casi seguro que Frida y Diego se conocieron en una fiesta en la casa de Tina Modotti. Estas reuniones semanales empezaron a organizarse bajo los auspicios de Weston en 1923, y Tina las continuó. Ayudaron mucho a crear un ambiente artístico y bohemio en México, donde se podían intercambiar las últimas ideas acerca del arte y la revolución. Sin lugar a dudas, eran encuentros animados, en ellos se cantaba, se bailaba, se conversaba, se comía y se bebía todo lo que la anfitriona y sus invitados pudieran permitirse. «El encuentro [con Diego] según Frida, tuvo lugar durante una época en la que la gente cargaba pistola y andaba balaceando los faroles de la avenida Madero, además de otras tonterías. En la noche los rompían todos y recorrían las calles salpicando la ciudad de balas, solo para divertirse.

El primer hogar de Frida y Diego fue una grandiosa casa construida durante la dictadura de Díaz, en el número 104 del elegante paseo de la Reforma. Como demostración de su pasión por el nacionalismo y de su afición a lo contradictorio, Rivera colocó figuras precolombinas en la entrada de la fachada gótica francesa. Frida recordaba que «de muebles teníamos una cama estrecha, un comedor que nos regaló Frances Toor, una larga mesa negra y una mesa amarilla de cocina que nos dio mi madre, la cual arrimamos a un rincón y sobre ella colocamos la colección de piezas arqueológicas».
La convivencia marxista no duró mucho, porque los incondicionales partidarios estalinistas lanzaron un ataque contra Diego, secretario general del Partido Comunista Mexicano. Hubo muchos cargos en su contra: su amistad con cierto funcionario de Gobierno, por ejemplo, y el hecho de que aceptara encargos de un régimen reaccionario. El partido creía que estos formaban una especie de soborno: permitir que Rivera pintara martillos y hoces en los edificios públicos daba la apariencia de que el Gobierno era liberal y tolerante. También lo reprendieron por no estar de acuerdo con los otros dirigentes del partido en asuntos tales como la creación de sindicatos que exclusivamente fueran comunistas y la probabilidad de que las naciones capitalistas atacaran a Rusia.
Con el tiempo, Frida se convirtió en un pilar imprescindible para la estructura existencial de Rivera. Siendo astuta en la distinción de los puntos vulnerables y necesitados de su marido, lo ató a sí misma en esas áreas. En su autobiografía, reconoció que Frida era «lo más importante de mi vida».

Los trajes de Frida, que siempre fueron una forma de comunicación social, con el tiempo se convirtieron en un antídoto contra la soledad. Aun hacia el final de su vida, todos los días se vestía como si se preparase para una fiesta, a pesar de que estaba muy enferma y recibía a pocos visitantes. Igual que los autorretratos, que confirmaban su existencia, los trajes le daban a la frágil mujer, a menudo confinada en la cama, la sensación de ser más atractiva y visible, de tener una presencia más enfática como objeto físico en el espacio. Paradójicamente, esa ropa formaba tanto una máscara como un marco. Ya que, a la vez que definía la identidad de su dueña en términos de aspecto, la distraía tanto a ella como al espectador de su dolor interior. Frida decía que la usaba por «coquetería»: quería ocultar sus cicatrices y su cojera. La envoltura, hecha con mucho cuidado, representaba un intento de compensar los defectos de su cuerpo y su sentimiento de fragmentación, desintegración y mortalidad. Las cintas, flores, joyas y fajas se volvieron más coloridas y más trabajadas a medida que empeoraba su salud. En cierto modo, Frida era como una piñata mexicana: una vasija frágil decorada con volantes y rizos, llena de dulces y sorpresas, pero destinada a ser destrozada. Tal como los niños, con los ojos vendados, tratan de pegarle a la piñata con un palo de escoba, la vida le dio un golpe tras otro a Frida. Mientras baila y oscila la piñata, el hecho de que esté a punto de ser destruida hace aún más intensa su viva belleza. Del mismo modo, la decoración de Frida era conmovedora: era, a la vez, una afirmación de su amor por la vida y una señal de que era consciente del dolor y la muerte, a los que desafiaba.
Al acercarse el final de la estancia de los Rivera en Manhattan, Frida ya no era la criatura tímida y solitaria que había sido al llegar. A pesar de que todavía se quejaba de muchos aspectos de «gringolandia», llevaba una vida activa. El 31 de marzo, por ejemplo, los Rivera viajaban a Filadelfia en un vagón de tren lleno de neoyorquinos ávidos de cultura, para presenciar el estreno del ballet mexicano H. P. dirigido por Leopold Stokowski. La reacción de Frida fue franca e insolente al mismo tiempo.

El joven Nelson Rockefeller fue quien firmó el contrato con Rivera, en calidad de vicepresidente ejecutivo del Centro que llevaba su apellido. Aparentemente no se le ocurrió la idea de que tal vez no era buena idea que un capitalista contratara a un reconocido comunista para la decoración de uno de los más importantes complejos urbanos del mundo y monumento al éxito capitalista. Él mismo estableció el tema grandilocuente del mural: «El hombre en una encrucijada, mirando con esperanza y elevada visión, hacia la elección de un nuevo y mejor futuro». Sus representantes habían aprobado los bosquejos. Rockefeller apoyó en público los frescos que Rivera pintó en Detroit y rebosaba de entusiasmo cada vez que inspeccionaba los progresos del trabajo, haciendo caso omiso del recelo expresado por Frances Flynn Paine, quien sirvió de agente de Rivera en la comisión de los murales, así como por otras personas relacionadas con el edificio de la RCA y la familia Rockefeller.
Las tensiones entre Frida y Diego se exacerbaron por otro conflicto más. Frida anhelaba intensamente regresar a México, cuando menos de visita. Al cabo de cuatro años de vivir de manera casi continua en Estados Unidos, todavía la enajenaban gringolandia y su estilo de vida. Unos años después, cuando por fin estaba de regreso en su país de origen, escribió una carta al doctor Eloesser. En ella, expresó sus pensamientos acerca de las cualidades relativas de ambos países.
Durante los meses que duró la separación de Diego, Frida con frecuencia llegó a pensar lo mismo que después del accidente, que sería preferible que se la llevara la pelona. No obstante, Frida sobrevivió: «No hay remedio, hay que aceptarlo». Tal como escribió a Nickolas Muray: «Déjame decirte, chico, que este periodo ha sido el peor de toda mi vida y me asombra que lo pueda aguantar». Por supuesto que pudo.

La carrera de Frida adquirió impulso durante la década de 1940, quizá como resultado del interés despertado por medio de las exposiciones en el extranjero y la participación en la gran muestra del surrealismo en la Ciudad de México. Este reconocimiento atrajo a mecenas y redundó en más encargos, un puesto como maestra, un premio, una beca, actividades en organizaciones culturales, conferencias, proyectos artísticos e incluso alguna que otra invitación a colaborar en distintas publicaciones. Todos esos factores, sin duda, la alentaron a tomarse más en serio como artista. Además, estaba decidida a ganarse la vida y, por lo tanto, trabajaba con más diligencia.
La mayoría de los cuadros que creó entonces tenían un tamaño mayor que el de los que pintó durante los años treinta. Asimismo, parecen dirigirse a un público más amplio, como si perdiesen el carácter de talismanes privados e imágenes votivas hechas para fines propios o el placer personal de Diego. Al incrementar su destreza técnica, el realismo de las representaciones se volvió más meticuloso en cuanto a la textura y las formas, y el simbolismo, más refinado pero con menos encanto juvenil. Aumentó su dedicación a los autorretratos de mucho detalle (y relativamente fáciles de vender) y disminuyeron los cuadros narrativos, como La columna rota y Árbol de la esperanza, que la muestran en situaciones fantásticas siempre dolorosas y que se relacionan más con las obras parecidas a retablos que realizó a principios de la década de 1930. No obstante, la pintura continuó siendo para Frida en esencia un medio de expresión personal.

Cuando no estaba drogada ni durmiendo, a veces su nerviosismo alcanzaba un estado de histeria. Sus reacciones se volvieron imprevisibles. Se enojaba por pequeñeces, cosas que normalmente no la hubieran molestado. Trataba de pegar a las personas, vociferando insultos incluso a Diego. Según Judith Ferreto, «a veces solo una palabra, un error, algo sucio o una actitud hacía explotar a Frida, por su sensibilidad. Si alguien ama, lo hace de veras, particularmente Frida. Cuando ella quería a una persona, esta podía estar segura del hecho. Nunca fue capaz de manifestar algo que no sintiera, y no lograba aguantar nada, excepto el dolor y el sufrimiento».
Hubo momentos en los que la enfermedad y el comportamiento desenfrenado de Frida resultaban demasiado duros para Rivera. Raquel Tibol cuenta de un día en el que Frida estaba muy enferma, acostada en su cuarto y solo consciente a medias, por el efecto de los fármacos: «Diego y yo nos encontrábamos en la sala. Había llegado a comer, pero no tenía apetito. Empezó a llorar, como un niño, y dijo: “Si tuviera valor, la mataría. No soporto ver cómo sufre”. Lloró como un niño, sin parar. Fue una clase de amor piadoso».
El sufrimiento que le causaba el ver a Frida en ese estado lo alejaba de ella. Con frecuencia no aparecía durante varios días seguidos, y Frida se sentía sola, enojada, desesperada. «No obstante, en cuanto se presentaba Diego —relató Rosa Castro—.
Los sentimientos de Frida por Diego cambiaban de una hora a otra, de un minuto al otro. «Nadie sabe cuánto quiero a Diego —afirmaba—, pero tampoco saben lo difícil que es vivir con ese señor. Es tan extraño en su manera de ser, que tengo que adivinar si me ama, porque creo que sí, aunque sea “a su manera”. Siempre uso la siguiente frase cuando se discute nuestro matrimonio: que hemos unido “el hambre con las ganas de comer”». Probablemente quería decir que ella tenía hambre y Diego, codicia: el hambre toma lo que puede; la codicia se apodera de lo que quiere, aquí y allá, con el fin de darse placer a sí misma.
Las últimas páginas del diario de Frida están cubiertas por extrañas figuras femeninas con alas, dibujos mucho más caóticos que los autorretratos alados realizados unos meses antes. El último esbozo muestra a un ángel negro que se eleva hacia el cielo: sin duda, el ángel de la muerte. Tales imágenes indican un ansia de trascender, contraparte del deseo de arraigarse en la tierra que expresan los otros dibujos de Frida: incluso en cuanto a la muerte, sus ideas se dividían entre las tradiciones católicas y las paganas. Las últimas palabras apuntadas en el diario revelan de manera muy intensa su voluntad de percibir las realidades más desoladoras con alegría. «Espero alegre la salida… y espero no volver jamás… Frida.»
Estas palabras y el último dibujo sugieren que Frida se suicidó. No obstante, como causa de su muerte, la cual ocurrió en martes, el 13 de julio de 1954, se nombró una «embolia pulmonar». La narración que hace Rivera de la muerte de su esposa no excluye la posibilidad del suicidio. Sin embargo, al mismo tiempo guarda la imagen de Frida como indomable en su lucha por la vida. Según él, Frida estaba muy enferma de pulmonía en la noche anterior a su muerte.
Muchos amigos de Frida no creen que se suicidara. Afirman que hasta el final conservó la esperanza y su valerosa voluntad. Otros sospechan que murió de una sobredosis de drogas que pudo, o no, ser accidental. Es cierto que la circulación de su sangre no era buena y que el reciente ataque de bronconeumonía la había dejado muy débil.
Después de la muerte de Frida, su amiga Bambi publicó un largo artículo sobre sus últimas horas, en Excélsior. Dicen que Frida no recibió a nadie el día anterior a su muerte, porque sufría terribles dolores. Diego pasó un rato con ella por la tarde. Hablaron y se rieron juntos, y Frida le informó de que había dormido durante la mayor parte de la mañana, en atención a las órdenes del doctor Velasco y Polo.

El último cuadro de Frida se expone en una pared de la sala. Muestra sandías, las más queridas entre todas las frutas mexicanas, en contraste con un cielo de vivo azul dividido en dos partes, una más clara y la otra, oscura. Algunas sandías están enteras, otras partidas por la mitad, en cuartos, o cortadas en trozos con otras formas. La pintura está aplicada con mucho más control que en otras naturalezas muertas del último periodo; las formas se definen y componen con solidez. Parece como si Frida hubiera reunido y enfocado lo que le quedaba de vitalidad a fin de ejecutar esta declaración final de alegría. En rodajas y trozos, esas sandías admiten la cercanía de la muerte, pero la apetitosa carne roja celebra la plenitud de la vida. Ocho días antes de morir, cuando las horas se oscurecían por la inminente calamidad, Frida Kahlo mojó el pincel con pintura de color rojo sangre y agregó su nombre, aparte de la fecha y el lugar de realización, Coyoacán, México, en la carne carmesí de la rodaja que aparece en primer plano. Luego, en mayúsculas grandes, saludó a la vida por última vez: VIVA LA VIDA.

Libros comentados en el blog sobre Frida Kahlo:

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/09/efecto-frida-susana-m-vidal-frida-kahlo-fashion-as-the-art-of-being-by-susanna-m-vidal/

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/03/kahlo-andrea-kettenman/

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Frida Kahlo. To most people, she is the Mexican painter with the intense stare and dominant brows, known for her self-portraits. At the same time she has become an icon. I’ve seen people drinking out of Frida-cups, wearing Frida-socks and getting Frida-tattoos. This biography really made me understand what it was that made this woman so magnetising.

A woman in love with life
Frida never had it easy. She grew up during the Mexican Revolution, which certainly wasn’t the easiest time to be a Mexican. At the age of eighteen, she became victim to a devastating accident, which left her crippled and unable to bear children. This affected her whole life, during which she consistently had to fight physical health issues. And still she was in love with living. She was a surprising, mesmerising and slightly macabre woman who couldn’t help but to enchant those around her. She inspired with her radical and vibrant art as well as with her way of living, never afraid of showing her feelings or being kind those around her.
“You know why they do all these crazy things? Because they don’t have any personality. They must make it up. You are going to be an artist because you have talent. You are an artist, so you don’t have to do all these things.”

A marriage to define

The book focusses strongly on her relationship with Diego Rivera, a muralist much older whom she married at a young age. Neither can be described as faithful to each other in the most traditional sense – they both had affairs and other lovers – and yet they could not live without each other. Their relationship of nearly twenty-five years went through many ups and downs and Herrera describes those very well. To be fair, I found these parts of the book slightly repetitive and too long, as it shifted the focus from Frida the individual to Frida the wife, which is where I get to my criticism of this biography.

A revolutionary

It’s easy to forget that Frida Kahlo lived in a time in which it wasn’t common for woman to have a loud and outspoken voice. She, however, did. I felt like this book cut short on that fact a lot, making her seem less like the revolutionary she was. While many describe Hayden Herrera’s style of writing as clear and accurate, I found it to be prosaic und even arbitrary at times. She analyses many of her paintings, trying to give them a context and deducting what can be learned from them about the life Frida Kahlo led, yet on various occasions I wasn’t quite sure where her claims were coming from.
Some passages felt clumsy to me, when she calls the painting My Birth “one of the most awesome images of childbirth” only to then note how dead the child looks. On other occasions paintings or photographs are described in longwinded texts which weren’t included in the book, which was annoying, because I would have rather liked to see the images myself than solely relying on somebody else’s interpretation of them.
I also would have liked to hear more about her own views and thoughts, especially in relation to politics and Communism. After all, Kahlo felt most alive when she was able to talk for herself:

“Let’s go to work; I will be your so-called teacher, I am not any such thing, I only want to be your friend, I have never been a painting teacher, nor do I think I ever will be, since I am always learning. I hope you will not be bored with me, and when I seem to bore you, I ask you, please, not to keep quiet, all right?”

To sum up, I think Frida Kahlo was a fascinating and eclectic woman, more so than this biography implies. It’s a nice read and gives a wonderful insight into her life and times, yet I was left feeling unsatisfied on various occasions throughout the book, which keeps me from calling this a truly great biography.

The beginning and the end were the best parts of this biography. The author writes objectively about Frida’s life in these parts and in a way just simply recounts her life and adds passages from other people involved in her life one way or other.
The middle part was tough, I grudged through. I detested the author’s way of reducing Frida to this depressive obsessive with no life, no passion, no future, no ambition. Just a wife but not just a wife, a woman desperately attached to a man who did not reciprocate the emotions she lashed out like a wild cat.
The author also analysed Frida’s work in minute detail which in hindsight is excellent work and at times very interesting but whilst reading it can be a right bore.
On the other hand I loved how I got to know more about Frida, I always knew about her obsession with Diego (it’s also kinda obvious in her work, duh), but now I got to know ‘the truth’ and it was dark. Also, I got alot of confirmation for how I’ve always seen her work, many of the scrutinizing analyzis of Hedera were the kind that I had already thought myself.
There’s a tumoltuous confusion inside me about Frida. It’s not even really about this book. I don’t know if you can write about her in a way that I wouldn’t at least once want to tear my hair out by it’s roots.
Towards the end she gets crazy obsessed about her health, her operations, her illness. Sure, it kind of makes sense, she didn’t have a choice really, the way I see it. Her whole life was kind of an obsession with one thing or another.
We’re lucky she chose painting to express herself. We get to admire her work and learn something about her life and at the same time get a trip down a memory lane. Frida’s lane.

Frida, the insolent bastard. Frida, the disabled artist. Frida, the symbol of radical feminism. Frida, Diego’s victim. Frida, the chic icon, gender fluid, beautiful and monstrous. Frida’s face bags, Frida keychains, Frida t-shirts. And now, also, a new Barbie doll inspired by Frida (without uniceja). Frida Kahlo has undergone worldwide scrutiny and commercial exploitation. It has been appropriated by art curators, historians, artists, actors, activists, Mexican consulates, museums and even Madonna.
Over the years, this avalanche has trivialized Kahlo’s artistic work to make it fit into a simplified “Fridolatry.” And, although some critics have managed to counteract the voices that call it a naïve, childish and almost involuntary artist, most of the opinions have perpetuated the image of geographically marginal painter: another artist from the developing world to waiting to be “discovered”, another subject, without a voice of his own, waiting to be “translated.”
In 1938, Frida Kahlo painted What gave me the water, perhaps the picture that most contributed to propel her international career, but also the international misunderstanding around her figure. In this kind of self-portrait, we see the feet and calves of Kahlo in a bathtub and, floating on them, as if emanating from the steam, a landscape composed as a collage: an erupting volcano from which a skyscraper emerges; a dead bird that lies on a tree; a strangled woman; a dramatically extended Tehuana dress; A couple of women resting on a floating cork.
You can hardly say that Kahlo was a naive who did not know what she was doing or who she was. On the contrary: he knew very well how to take advantage of the elements of his private life and his cultural heritage. He organized and transformed them, used them to build his public character. Kahlo was a mixed race woman, born in Mexico City, who had adopted a traditional Zapotec-Tehuana look. His father, of German origin, was called Carl Wilhelm Kahlo, although they used to call him Guillermo. He was a prestigious photographer and the family lived in a neocolonial mansion in Coyoacán, the famous Blue House. Frida Kahlo was more than aware of the complex implications of the individuality she was creating and manipulating.

Thanks to Rivera’s mania for publicity, his marriage became part of the public domain: all the adventures, love affairs, battles and separations of the couple were described, with a lot of color and a great deal of detail, by an avid press. They were known only by their first names. Everyone knew who Frida and Diego were: he was the greatest artist in the world; she, the priestess, sometimes rebellious, in her husband’s temple. Live, intelligent and attractive, captivated men (and accepted many as lovers). As for women, there is evidence that he also had lesbian relationships. Rivera did not seem to care about the latter, but strongly opposed the other type of lovers. “I don’t want to share my toothbrush with anyone,” he said once, and threatened an intruder with his gun.
When conversing with those who met Frida Kahlo, the love that inspired them continually impresses. They recognize that it was caustic and impulsive. However, when they talk about her, her eyes often fill with tears.
Frida would have been pleased with the many memories she left. In fact, she was one of the creators of her fabulous legend, and since she was so complicated and so intricately aware of herself, her myth is full of tangents, ambiguities and contradictions. That is why one hesitates in revealing aspects of her reality that could undermine the image she created of herself. However, the truth does not dispel the myth. Even after scrutinizing it, Frida Kahlo’s story remains as extraordinary as her fable is.

Three years after Frida was born, the Mexican Revolution broke out. It began with uprisings in various parts of the country, and with the formation of guerrilla armies in Chihuahua (directed by Pascual Orozco and Pancho Villa) and in Morelos (directed by Emiliano Zapata). These conditions were maintained for ten years. In May 1911, the former dictator, Porfirio Díaz, fell and was exiled. In October 1912, the revolutionary leader Francisco Madero was elected president. However, this was betrayed and killed by General Victoriano Huerta in February 1913, after the Tragic Decade, during which the opposing troops were bombed from the National Palace and the Citadel, causing much destruction and death.
Frida’s parents did not experience the revolution as an adventure but as a misfortune. The commissions that Guillermo Kahlo received from the Diaz Government provided him with enough money to build a comfortable house on a plot of land located in an elegant section of Coyoacán. The fall of the dictator and the decade of civil war that followed led him to hardship. It was difficult to obtain photographic orders of any kind. According to Frida, “since then and forever there was a hard time in my house.”

Despite how much Rivera fascinated Frida, during her school years she was the girlfriend of the undisputed head of the “cachuchas”, Alejandro Gómez Arias. He was known as a brilliant and energetic speaker, funny narrator, scholarly student and good athlete. He was also handsome, with a high forehead, kind dark eyes, an aristocratic nose and thin lips. His manners could be called sophisticated, even somewhat dull. When he talked about politics or Proust, painting or school gossip, his ideas flowed fluently; For him, the conversation was an art and interpolated periods of silence with great care, always maintaining the deep attention of his audience.
At eighteen, Frida was definitely no longer the “high school girl.” The girl who entered the National High School three years earlier, with braids and a German high school uniform, was turned into a modern woman, imbued with the impetuous optimism of the twenties, defying conventional morale and impassive of disapproval of his most conservative companions.
The intense originality of his new person is manifested in a series of photographs taken by Guillermo Kahlo on February 7, 1926. One of them is a formal portrait in which Frida carefully hides her thinner right leg, behind her left and carries a strange satin dress that has no relation to the fashion of the twenties. In other photographs, taken the same day, she stands out from the family group, in conventional dress, for wearing a man’s suit with vest, handkerchief and tie. Take a masculine posture, with one hand in your pocket and a cane in the other. Maybe she put on those joke clothes, but anyway, that young woman was no longer an innocent girl. From all the photographs he looks at us with a sharp and disconcerting look, full of that mixture of sensuality and enigmatic irony that reappears in so many of his self-portraits.

It was one of those accidents that cause a shock of horror, even years after it happened. A tram intervened, which became embedded in a flimsy wooden bus and transformed Frida Kahlo’s life.
Far from being a unique manifestation of bad luck, such accidents were so common in Mexico City at that time that they were represented in numerous altarpieces. The use of buses was relatively recent in the city, and because of its novelty they were crowded, while the trams were empty. Then, as today, the drivers drove with the bravado of a bullfighter, as if the image of the Virgin of Guadalupe, hung near the windshield, made them invincible. Frida’s bus was new, and the recent coat of paint gave it a colorful appearance.
The accident occurred towards the end of the afternoon of September 17, 1925, one day after the commemoration of the Mexican Independence of Spain.
Frida left the Red Cross hospital on October 17, exactly one month after the accident. When she arrived home, she hoped to be locked there for several months, a perspective that almost horrified her more than pain. Unlike the hospital, which was near High School, Coyoacán was a long way from the center of Mexico City, and it was unlikely that her classmates would visit her often. He also apparently feared that his family’s eccentricities, his mother’s irritability and his father’s periods of silence baffled at least some. On one occasion he wrote that his was “one of the saddest houses I know.”
When Frida met Rivera in 1928, he was not committed to anyone. In September 1927, he went to Russia, as a member of the Mexican delegation of “workers and peasants,” to attend the tenth anniversary of the October Revolution and to paint a fresco in the Red Army Club. The project never ended, as one or the other bureaucratic obstacle always seemed to stand in the way. In May 1928, the Mexican communist party requested that he return hastily, according to all appearances, to work on the presidential campaign of Vasconcelos. (Later, Rivera declared that they wanted to present him as a candidate for the presidency!)
When he arrived in Mexico in August, his marriage to the beautiful Lupe Marín had disintegrated. He had been tumultuous, physically passionate and violent. Rivera described Lupe as an energetic animal: “green eyes, so transparent that it seemed to be blind,” “animal teeth,” “a tiger’s mouth,” hands like “eagle claws.” According to Lupe, the cause of their separation was Diego’s adventure with Tina Modotti.
It’s almost certain that Frida and Diego met at a party at Tina Modotti’s house. These weekly meetings began to be organized under the auspices of Weston in 1923, and Tina continued them. They helped a lot to create an artistic and bohemian atmosphere in Mexico, where you could exchange the latest ideas about art and the revolution. Without a doubt, they were lively encounters, they sang, danced, talked, ate and drank everything the hostess and her guests could afford. «The encounter [with Diego] according to Frida, took place during a time when people were carrying guns and were shooting the lanterns of Madero Avenue, as well as other nonsense. At night they broke them all and roamed the streets splashing the city of bullets, just for fun.

Frida and Diego’s first home was a great house built during the Diaz dictatorship, at number 104 of the elegant Paseo de la Reforma. As a demonstration of his passion for nationalism and his fondness for the contradictory, Rivera placed pre-Columbian figures at the entrance of the French Gothic facade. Frida remembered that «we had a narrow bed of furniture, a dining room that Frances Toor gave us, a long black table and a yellow kitchen table that my mother gave us, which we reached a corner and placed the collection of archaeological pieces on it ».
The Marxist coexistence did not last long, because the unconditional Stalinist supporters launched an attack against Diego, general secretary of the Mexican Communist Party. There were many charges against him: his friendship with a certain government official, for example, and the fact that he accepted orders from a reactionary regime. The party believed that these formed a kind of bribe: allowing Rivera to paint hammers and sickles in public buildings gave the appearance that the government was liberal and tolerant. They also rebuked him for not agreeing with the other party leaders on issues such as the creation of unions that were exclusively communist and the likelihood of capitalist nations attacking Russia.
Over time, Frida became an essential pillar for Rivera’s existential structure. Being astute in distinguishing her husband’s vulnerable and needy points, she tied herself in those areas. In his autobiography, he recognized that Frida was “the most important thing in my life.”

Frida’s costumes, which were always a form of social communication, eventually became an antidote against loneliness. Even towards the end of his life, every day he dressed as if preparing for a party, even though he was very sick and received few visitors. Like the self-portraits, which confirmed their existence, the costumes gave the fragile woman, often confined to the bed, the feeling of being more attractive and visible, of having a more emphatic presence as a physical object in space. Paradoxically, these clothes formed both a mask and a frame. Since, while defining the identity of its owner in terms of appearance, it distracted both her and the viewer from her inner pain. Frida said she used it for “coquetry”: she wanted to hide her scars and her limp. The wrap, made with great care, represented an attempt to compensate for the defects of his body and his feeling of fragmentation, disintegration and mortality. Ribbons, flowers, jewelry and sashes became more colorful and more worked as their health worsened. In a way, Frida was like a Mexican piñata: a fragile vessel decorated with frills and curls, full of sweets and surprises, but destined to be shattered. Just as the children, blindfolded, try to hit the piñata with a broomstick, life gave Frida a blow after another. While the piñata dances and rocks, the fact that it is about to be destroyed makes its living beauty even more intense. Similarly, Frida’s decoration was moving: it was, at the same time, an affirmation of her love for life and a sign that she was aware of pain and death, whom she challenged.
As the end of the Rivera’s stay in Manhattan approached, Frida was no longer the shy and lonely creature she had been upon arrival. Although he still complained about many aspects of “gringolandia,” he led an active life. On March 31, for example, the Riveras were traveling to Philadelphia in a train car full of culture-hungry New Yorkers, to witness the premiere of the Mexican ballet H. P. directed by Leopold Stokowski. Frida’s reaction was frank and insolent at the same time.

The young Nelson Rockefeller was the one who signed the contract with Rivera, as executive vice president of the Center that bore his last name. Apparently the idea did not occur to him that perhaps it was not a good idea for a capitalist to hire a renowned communist to decorate one of the most important urban complexes in the world and a monument to capitalist success. He himself established the grandiloquent theme of the mural: «The man at a crossroads, looking with hope and high vision, towards the election of a new and better future». His representatives had approved the sketches. Rockefeller publicly supported the frescoes that Rivera painted in Detroit and overflowed with enthusiasm every time he inspected work progress, ignoring the suspicion expressed by Frances Flynn Paine, who served as Rivera’s agent in the commission of the murals, as well as by other people related to the RCA building and the Rockefeller family.
The tensions between Frida and Diego were exacerbated by another conflict. Frida yearned intensely to return to Mexico, at least to visit. After four years of living almost continuously in the United States, she was still alienated by gringolandia and her lifestyle. A few years later, when he was finally back in his home country, he wrote a letter to Dr. Eloesser. In it, he expressed his thoughts about the relative qualities of both countries.
During the months that Diego’s separation lasted, Frida frequently came to think the same as after the accident, that it would be preferable for her to take her hair. However, Frida survived: “There is no remedy, you have to accept it.” As he wrote to Nickolas Muray: “Let me tell you, boy, that this period has been the worst of my whole life and I’m amazed that I can take it.” Of course he could.

Frida’s career gained momentum during the 1940s, perhaps as a result of the interest aroused through exhibitions abroad and participation in the great show of surrealism in Mexico City. This recognition attracted patrons and resulted in more assignments, a position as a teacher, an award, a scholarship, activities in cultural organizations, conferences, artistic projects and even the occasional invitation to collaborate in different publications. All these factors undoubtedly encouraged her to take herself more seriously as an artist. In addition, she was determined to make a living and, therefore, worked more diligently.
Most of the paintings he created then were larger than those he painted during the thirties. They also seem to target a wider audience, as if they lost the character of private talismans and votive images made for their own purposes or Diego’s personal pleasure. By increasing their technical skill, the realism of the representations became more meticulous in terms of texture and shapes, and the symbolism, more refined but with less youthful charm. He increased his dedication to self-portraits of much detail (and relatively easy to sell) and diminished narrative paintings, such as The Broken Column and Tree of Hope, which show it in fantastic situations always painful and that are more related to works similar to altarpieces that he made in the early 1930s. However, painting continued to be essentially a means of personal expression for Frida.

When she was not drugged or sleeping, sometimes her nervousness reached a state of hysteria. His reactions became unpredictable. She was angry at little things, things that normally wouldn’t have bothered her. I was trying to hit people, shouting insults even at Diego. According to Judith Ferreto, «sometimes just a word, a mistake, something dirty or an attitude made Frida explode, because of her sensitivity. If someone loves, he really does, particularly Frida. When she loved a person, she could be sure of the fact. He was never able to manifest something he did not feel, and could not stand anything except pain and suffering.
There were times when Frida’s illness and rampant behavior proved too hard for Rivera. Raquel Tibol tells of a day when Frida was very sick, lying in her room and only half conscious, because of the effect of drugs: «Diego and I were in the living room. He had come to eat, but he had no appetite. He began to cry, like a child, and said: “If I had courage, I would kill her. I can’t stand to see how he suffers. ” He cried like a child, without stopping. It was a kind of godly love ».
The suffering caused by seeing Frida in that state kept him from her. She often did not appear for several days in a row, and Frida felt lonely, angry, desperate. “However, as soon as Diego introduced himself,” said Rosa Castro.
Frida’s feelings for Diego changed from one hour to another, from one minute to the next. “Nobody knows how much I love Diego,” he said, “but they also don’t know how difficult it is to live with that man. It’s so strange in his way of being, that I have to guess if he loves me, because I think so, even if it’s “in his own way”. I always use the following phrase when discussing our marriage: that we have joined “hunger with the desire to eat” ». He probably wanted to say that she was hungry and Diego, greed: hunger takes what he can; greed seizes what she wants, here and there, in order to give herself pleasure.
The last pages of Frida’s diary are covered by strange female figures with wings, much more chaotic drawings than the winged self-portraits made a few months before. The last outline shows a black angel that rises to heaven: without a doubt, the angel of death. Such images indicate a desire to transcend, counterpart to the desire to take root in the land expressed by Frida’s other drawings: even as for death, his ideas were divided between Catholic and pagan traditions. The last words written in the newspaper reveal in a very intense way his will to perceive the most bleak realities with joy. «I look forward to the departure … and I hope I will never come back … Frida.»
These words and the last picture suggest that Frida committed suicide. However, as a cause of his death, which occurred on Tuesday, July 13, 1954, a “pulmonary embolism” was named. Rivera’s account of his wife’s death does not exclude the possibility of suicide. However, at the same time it saves Frida’s image as indomitable in her struggle for life. According to him, Frida was very sick with pneumonia the night before her death.
Many friends of Frida do not believe he committed suicide. They claim that until the end he retained hope and his courageous will. Others suspect that he died of a drug overdose that may or may not be accidental. It is true that the circulation of her blood was not good and that the recent attack of bronchopneumonia had left her very weak.
After Frida’s death, her friend Bambi published a long article about her last hours, in Excelsior. They say that Frida did not receive anyone the day before her death, because she suffered terrible pain. Diego spent time with her in the afternoon. They talked and laughed together, and Frida informed him that he had slept for most of the morning, following the orders of Dr. Velasco and Polo.

Frida’s last painting is displayed on a wall in the room. It shows watermelons, the most beloved among all Mexican fruits, in contrast to a bright blue sky divided into two parts, one lighter and the other dark. Some watermelons are whole, others divided in half, in quarters, or cut into pieces with other shapes. The paint is applied with much more control than in other still lifes of the last period; the shapes are defined and composed with solidity. It seems as if Frida had gathered and focused what was left of vitality in order to execute this final declaration of joy. Sliced and sliced, these watermelons admit the nearness of death, but the appetizing red meat celebrates the fullness of life. Eight days before dying, when the hours were obscured by the impending calamity, Frida Kahlo wet the brush with blood-red paint and added her name, apart from the date and place of execution, Coyoacán, Mexico, in crimson meat of the slice that appears in the foreground. Then, in large capital letters, he greeted life for the last time: VIVA LA VIDA.

Books commented in the blog about Frida Khalo:

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/09/efecto-frida-susana-m-vidal-frida-kahlo-fashion-as-the-art-of-being-by-susanna-m-vidal/

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/03/kahlo-andrea-kettenman/

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