Bernardo De Gálvez. De La Apachería A La Independencia De Los Estados Unidos — Miguel Del Rey & Carlos Canales / Bernardo De Galvez. From Apacheria to the Independence of the United States by Miguel Del Rey & Carlos Canales (spanish book edition)

Lectura un poco pesada. Falta dinamismo y empuje, aunque esto es mi opinión. Pero muy bien documentado y excelente para saber cosas de nuestros antepasados, que parece ser que está prohibido que conozcamos. Desde sus orígenes, su formación militar, las campañas contra los indios y sobre todo su contribución a la independencia de Estados Unidos, tomando a los ingleses Pensacola y recuperando La Florida. Una historia épica.
Los acontecimientos posteriores demostraron que todos, salvo Gálvez, estaban equivocados. Que los Estados Unidos —de origen anglosajón al fin y al cabo— no eran un aliado, sino un peligroso enemigo; que la visión estratégica de España debía haber tenido miras más altas y haber sido ofensiva y no defensiva, y que debía haberse extendido, sin complejos, desde Mahón hasta el Estrecho de Magallanes, pasando por Pensacola. Aunque los estadounidenses no tuvieran nada que agradecerle.

En 1762, cuando los asuntos bélicos estaban en pleno apogeo y las cosas ya pintaban mal para España, José de Gálvez consiguió que le designaran abogado de cámara de Carlos, príncipe de Asturias. Más tarde pasaría a colaborar con el ministro Jerónimo Grimaldi. Al mismo tiempo, nada más terminar la guerra y dadas las gravísimas pérdidas territoriales, aumentadas por las turbadoras noticias sobre un posible ataque británico que llegaban del Norte de México, España intensificó sus esfuerzos para proteger los territorios de ultramar y organizarlos de manera más eficiente. La intención era realizar profundos cambios militares y administrativos para consolidar el poder de la Corona, crear un solo cuerpo de «leyes comunes españolas», remodelar el ejército y reestructurar tribunales y audiencias, por lo que no tardó en tocarle el turno a Nueva España de que se iniciaran allí las reformas anunciadas.
Las potencias europeas no eran el único quebradero de cabeza para Nueva España. Desde mucho antes de que asumieran el poder Carlos III y su grupo de ministros extranjeros, los apaches, originarios de Canadá, pero que habían abandonado aquel territorio hacía ya cinco siglos, se agolpaban al Norte del río Bravo, a lo largo de los límites septentrionales de la frontera novohispana, en una ancha franja que iba desde la Luisiana hasta la actual Arizona, en los Estados Unidos.

Divididos en amenazantes grupos que actuaban de forma independiente y, a veces, chocaban entre sí, las tribus más numerosas eran las de los chiricahuas, mescaleros y lipanes, aunque había otros clanes menores —como los mimbreños, gileños, coyoteros o faraones—, igual de activos. En realidad, todos menos los jicarillas, que, normalmente, eran los únicos que no se mostraban hostiles con los españoles.
Por extensión, los españoles pronto llamaron Apachería a todo ese territorio que ocupaban sus muchas familias, que nunca estuvieron unidas bajo una misma organización social, sino que formaban grupos relacionados entre sí por lazos matrimoniales o por meras razones de subsistencia. Varias familias podían formar una banda y varias bandas, una tribu. Los españoles denominaban a las diferentes bandas o tribus por el lugar en el que vivían, por las actividades a que se dedicaban e incluso, en algún caso, por el nombre de su líder. Cada una de las bandas tenía el suyo, que ejercía como jefe en caso de guerra, aunque también podía desempeñar ese papel un destacado guerrero. Debido al carácter individualista de los miembros de su pueblo los jefes ejercían realmente una escasa autoridad excepto en la guerra y en las incursiones para conseguir botín.
Su economía se basaba principalmente en la caza y en la recolección.
Tampoco tardaron en darse cuenta de que atacar a los blancos era un negocio mucho más rentable que hacerlo a otros indios. Además, cobrar rescate por prisioneros o secuestrados, también constituía una fuente de sus bienes y con los blancos eso era mucho más sencillo.
Los apaches no criaban ganado, por lo que los caballos, mulas, vacas y ovejas que necesitaban se los robaban a sus vecinos sedentarios. Cuando un apache no necesitaba más su caballo porque estaba agotado, enfermo o, simplemente, lo perseguían y se había internado en una zona rocosa de montaña, lo mataba, se lo comía y conseguía otro en cuanto tenía ocasión.
Tampoco vivían en poblados ni casas, sino en tiendas y rancherías, que cambiaban con frecuencia de un lugar a otro según el rumbo que tomara la caza, imprescindible para su sustento. Los chiricahuas y mescaleros, por ejemplo, que vivían en las montañas, utilizaban como vivienda el wickiup. Se trataba de una choza circular de aproximadamente 2 metros de altura y 1,5 de diámetro construida sobre un armazón de sauces clavados en el suelo, doblados hacia el centro y atados en forma de cúpula cuya entrada solía orientarse hacia la salida del sol. Se completaba con palos horizontales fijados a las varas principales y el conjunto se cubría con hierba o pieles de animales. Eran necesarias dos horas largas para construir un buen wickiup, un trabajo que igual que el de fabricar cestas o utensilios del hogar, realizaban las mujeres.

Durante la etapa final de su viaje por Sonora, José de Gálvez sufrió una enfermedad desconocida, aunque se supone que tuvo que ver con depresiones nerviosas. De regreso a la capital virreinal, ya recuperado de sus afecciones, el visitador, al que no le agradaba demasiado Bucareli ni su forma de actuar, dio por terminada su misión. Solicitó permiso para abandonar Nueva España y, el 29 de noviembre de 1771, poco después de obtenerlo, embarcó en Veracruz rumbo a la Península junto a su amigo Croix y el sobrino de este. Habían transcurrido seis años desde su nombramiento como visitador general, durante los que había realizado numerosos trabajos, participado en expediciones y sobrevivido a un grave problema de salud.
Poco cambiaron las cosas en la frontera tras abandonar Nueva España Croix y los Gálvez. La primera expedición punitiva de O’Connor duró seis meses, de diciembre de 1772 a junio de 1773. Reconoció los territorios situados al norte del Bolsón de Mapimí y rechazó a los indios en la orilla izquierda del Río Grande. Sin embargo, para desgracia de Mendinueta, que continuaba protestando, los gileños, natajes y mezcaleros derrotados, optaron por volverse sobre Nuevo México, otra vez con el sorprendente apoyo de los comanches. Durante dos años, hostilizaron repetidamente las poblaciones de la provincia.
Por su parte, O’Connor, que tras desalojar a varias partidas apaches de la Serranía del Burro y el arroyo de la Babia, cruzó el río Grande, había rechazado a finales de 1773 a un grupo numeroso en la Sierra de Mogano pero, luego, varias fuerzas combinadas los habían batido a ellos en las sierras de Mimbres, Sacramento y Mogollón, obligándolos a retroceder a posiciones más seguras.
El 9 de marzo de 1782 partió con 194 soldados y algunos indios lipanes a lo que sería una odisea de cuatro meses. Peleó contra seis jefes mescaleros —Zaguadas, Chille, «Bigotes», Dagune «Hombre consolado» y Quiliegulla—, que años antes habían entrado en Coahuila y habían asesinado a más de 80 españoles. Aunque solo mató a 19 apaches y cogió 77 prisioneros, muchos otros se vieron obligados a huir de sus rancherías o hacer la paz.
Fue el principio del fin. Desde ese momento y hasta 1811, las relaciones de la Corona y sus representantes con el resto de las naciones indias que, si bien no eran potencias internacionales, en aquel contexto geográfico y estratégico podían considerarse un poder por sí mismo34, sufrirían un cambio importante: se pasó de intentar llegar a pequeños acuerdo con ellas, a la ofensiva; especialmente contra los «bárbaros» apaches. Ugalde había marcado el camino: o rendición incondicional, o aniquilamiento.

Surgió un nuevo riesgo, los ingleses descubrieron las tierras fértiles de Natchez, Baton Rouge y Manchac, junto al Misisipi, y colonos, criados, comerciantes y esclavos, comenzaron a establecerse en la orilla oriental del río de forma imparable. Unzaga, muy alarmado, informó de todos esos movimientos de gentes, barcos y bienes que se producían frente a Nueva Orleans, pero únicamente recibió acuse de recibo de sus cartas y una tímida orden de que se mantuviera atento. Durante los más de dos años que los estuvo observando concienzudamente, a los británicos les dio tiempo a hacerse con el control de la mayor parte del comercio de la zona. Era lo que querían desde el principio, luego tampoco tuvieron necesidad de desplegar grandes fuerzas militares.
¿Qué ocurrió? Lo normal en España. Como ya no había ninguna preocupación, se instaló la desidia en todas las defensas en vez de aprovechar la paz para mejorarlas. La estacada que protegía Nueva Orleans y Bayu San Juan, quedó en ruinas, podrida por la humedad, con sus cañones al descubierto. En Manchac, Punta Cortada, Natchitoches, el río Misuri y Arkansas la empalizada resistía, pero los exiguos cañones no servían, ni tampoco había pólvora fresca, cureñas, tiros…
Boston, en realidad no tenía ningún interés militar, salvo por su puerto. No había objetivos dignos de ataque ni las tropas británicas corrían ningún peligro, pues el istmo que la unía al continente apenas podía cruzarse con la marea alta, pero era la tercera ciudad de Norteamérica, con cerca de 16 000 habitantes, y el gobierno no podía permitir que ese pulso se mantuviese.
En enero de 1776, en cuanto tomó posesión de su flamante y poderoso puesto, el activo José de Gálvez, que necesitaba que la Luisiana sirviera de colchón ante los indios, los contrabandistas, los agentes extranjeros y los siempre codiciosos británicos, se entrevistó con el capitán del primer batallón del fijo, Francisco Bouligny, que se encontraba en la Península.
Mientras, Bernardo de Gálvez continuaba ampliando su control de la Luisiana para mostrarles a los ingleses la creciente fuerza española en el Misisipi y, como se suponía, desde el momento en que el comercio español se involucró en la guerra, los incidentes con los británicos comenzaron a ser habituales. Buques de la Royal Navy o corsarios ingleses se dedicaron a apresar con frecuencia navíos con bandera española y tripulantes americanos que ejercían el contrabando, a pesar de que ambas naciones estaban formalmente en paz.
El tema del contrabando le daba lo mismo, pero Gálvez no estaba dispuesto a soportar insultos de sus vecinos. A finales de abril de 1777, cuando los ingleses capturaron en el lago Pontchartrain un bajel español y otro francés cargados de alquitrán, con todos los permisos en orden, el gobernador respondió con el apresamiento en una sola noche de 11 buques británicos dedicados al comercio ilegal.

El convenio final entre estadounidenses y británicos no se firmó hasta el 2 de septiembre, y a ambos les dio tiempo más que suficiente como para reconsiderar sus posiciones. Acudieron a rubricarlo al Hotel de York, en la capital francesa, David Hartley, miembro del Parlamento de Londres, que representaba al rey Jorge III y, como delegados de los Estados Unidos, Adams, Franklin y Jay. El Congreso de la Confederación lo ratificó el 14 de enero de 1784, y la Cámara de los Comunes, que lo consideró una humillación, el 9 de abril, tras muchas discusiones.
La base de lo concedido era el reconocimiento de la independencia de las Trece Colonias como los Estados Unidos de América —Artículo 1—, una nación a la que se le habían definido sus límites sobre mapas hábilmente elaborados por los sublevados y a la que se le otorgaba todo el territorio al Norte de Florida, al Sur del Canadá y al Este del río Misisipi, incluidos el río y las montañas Allegheny. Por lo tanto, heredaba la frontera de Luisiana de 1763, con el problema de que España había ocupado una parte de ese territorio por las armas durante la guerra. Eso, en el futuro, tendría una gran importancia para el desarrollo de los enfrentamientos fronterizos entre España y los Estados Unidos. Además, Gran Bretaña renunciaba también al valle del río Ohio y daba a la nueva nación plenos poderes sobre la fundamental explotación pesquera de Terranova.
Era cierto que cuando Francia cedió a España la Luisiana, España permitió que tanto Francia como Gran Bretaña pudieran navegar por el Misisipi. Pero, una vez reconocida la independencia de sus colonias, Gran Bretaña no podía sostener derechos de navegación sobre un territorio cuya soberanía era de otro estado. Se trataba de una pretensión sin precedentes: por ejemplo, cuando España reconoció la independencia de Portugal en 1668, no conservó el derecho de navegación sobre el Tajo o el Duero en suelo portugués.
Mientras, aunque los Estados Unidos se encontraban en plena discusión acerca de su destino nacional, su Constitución, o el propio modelo de organización política que iban a desarrollar, con especial énfasis en la delimitación del sentido y significado de su opción federal, lo que sí tenían muy claro era la dirección que iba a tomar su organización económica. Era evidente que las nuevas autoridades, por muchas discrepancias que tuvieran o cualquiera que fuera su estructura, compartirían un ideario muy comprometido con el libre mercado y la expansión de la actividad mercantil en el espacio sometido a su influencia. Ni que decir tiene que en una época en que el comercio utilizaba el barco como principal sistema de transporte, la libertad de navegación era un cauce esencial para su consecución, y el Misisipi básico para su desarrollo. Todo obstáculo de las potencias europeas a esa voluntad, originaría la abierta hostilidad de la República recién emancipada.
Casi por primera vez desde la conversión de la monarquía española en un auténtico sistema imperial, su posición internacional y, sobre todo, sus intereses en el continente americano, disfrutaban de la alianza con la gran potencia británica. Se diría que esa sólida posición geoestratégica favorecería a España, pero los años sucesivos demostrarían hasta qué punto podía llegar la necedad de sus gobernantes.

Casi nada cambió en la frontera tras la muerte de Bernardo de Gálvez. En 1787, tras el periodo en que se hizo cargo del gobierno la Audiencia, le sustituyó a la cabeza del virreinato el teniente general de la armada Manuel Antonio Flórez Maldonado, que durante los tres años que permaneció en el cargo mantuvo una política de poco comprometida continuidad.
A pesar de las póstumas medidas promulgadas por el virrey, el poder militar de las diferentes naciones de apaches, indios norteños o comanches continuó como una amenaza importante. Tanto porque podían poner en pie de guerra contingentes que superaban en número, por lo general, a las tropas españolas, como por el tipo de lucha irregular que planteaban. Solo los lipanes disponían por entonces, según cálculos de las autoridades, de más de 2000 guerreros, cantidad que podían duplicar fácilmente los comanches. Mientras, España tenía en todas las Provincias Internas 3200 soldados, de los que rara vez llegaban a más de 3000 los que estaban en condiciones de prestar servicio.
Tan solo factores como la ausencia de caudillos que unificaran a las diferentes ramas apaches bajo un mando único o la hostilidad de otras tribus indias hacia ellos, impidieron que pusieran aún en más problemas a los soldados del rey.
En la corte de Madrid, José de Gálvez se mantuvo en el Ministerio de Indias hasta su fallecimiento en Aranjuez el 17 de junio de ese mismo año. Fue enterrado en la iglesia de Ontígola. Desde unos orígenes modestos había logrado convertirse en uno de los políticos más poderosos de la Ilustración española. Trabajador, sagaz, pero también ambicioso y despótico, persiguió con saña a los servidores que no cumplieron sus mandatos, enmendó de forma enérgica los errores de los corruptos y no le importó favorecer el nepotismo con sus allegados.
Por supuesto que realizó magníficas obras durante su prolongado mandato, aunque se criticaran sus actuaciones y se hicieran acusaciones de favorecer a sus paisanos y familiares en detrimento de otros candidatos mejores.

Así, tras una serie de encuentros diplomáticos, España entregaba todo lo que deseaban los Estados Unidos y anulaba de un plumazo los triunfos militares y diplomáticos de sus representantes en la región que, adelantándose a compañías de especuladores y a todo tipo de intrigantes y aventureros, habían contenido la expansión norteamericana durante más de una década.
El triste acuerdo firmado en San Lorenzo de El Escorial el 27 de octubre de 1795 por Manuel de Godoy en nombre de Carlos IV de España y Thomas Pinckney en representación de Estados Unidos, luego ratificado por el presidente estadounidense George Washington el 7 de marzo en Filadelfia y por el rey de España en Aranjuez el 25 de abril, fijaba entre otras cosas nuevas fronteras. La de los Estados Unidos y Luisiana desde la intersección del río Misisipi con el paralelo 31º N, a lo largo del río hasta su cabecera, y las dos Floridas desde el mismo punto de intersección del Misisipi con el paralelo 31º, en línea recta hacia el Este, hasta el río Apalachicola. Desde ahí, por el centro del río, hasta su unión con Flint, y desde ese punto, de nuevo en línea recta hacia el Este hasta el río Apalachicola. Desde ahí, por el centro del río, hasta su unión con Flint, y desde ese punto, de nuevo en línea recta hacia el Este hasta el nacimiento del río Santa María. Luego ya, río abajo hasta desembocar en el Océano Atlántico.
Además, se permitía libertad de navegación por el río Misisipi para los estadounidenses, libertad de comercio, y ambos países se comprometían a reprimir las hostilidades cometidas por los indios contra la parte contraria. Igual que a no establecer alianzas con los indios que habitasen en ella. Unas concesiones que no demostraban más que la debilidad de la Corona española.
En realidad, a partir del mal resuelto conflicto de Nootka con el Reino Unido, y sobre todo con el inicio del ciclo de guerras de la Revolución Francesa, España se lanzó a una vertiginosa carrera cuesta abajo de la que salió incapacitada para defender con firmeza sus territorios de América y Europa. Sus repetidos cambios de bando y su falta de firmeza en política internacional provocaron que, prácticamente, dejara de tenérsela en cuenta.

En Nueva España, mientras tanto, la élite criolla consciente también de que era más poderosa que el gobierno de la metrópoli, comenzó el largo proceso de lucha por su independencia. La situación volvió muy endeble la protección de las fronteras y abrió una oportunidad para los estadounidenses de cumplir otra vez su anhelo de expansión territorial.
En 1819, cuando las tropas del ejército insurgente luchaban contra los realistas, Luis de Onís, embajador en Washington desde 1809, firmó con el secretario de estado norteamericano John Quincy Adams, un tratado que permitiera asegurar Texas para la Corona española. Un territorio que los Estados Unidos reclamaban como parte de la Luisiana y, por lo tanto, comprado a los franceses en 1803. A cambio, la nueva frontera entre ambos países se fijó más allá del río Sabina y Arkansas, hasta el paralelo 42°. Como consecuencia inmediata España perdió sus posesiones más allá de esa latitud: todo el territorio de Oregón, las dos Floridas, el resto de la Luisiana y la posibilidad de navegar por el río Misisipi. Ambos países lo ratificaron el 22 de febrero de 1821.
Los antiguos amigos a los que España había ayudado a independizarse ya no tendrían piedad del viejo imperio que se derrumbaba. Era solo el principio del fin.

En los Estados Unidos Gálvez sigue vivo, y su memoria se cuida con mimo y cariño. El condado, la ciudad y la bahía de Galveston, recuerdan su nombre en Texas, y Gálvez y St. Bernard, lo hacen en la vecina Luisiana. Allí, en las parroquias de East Feliciana y West Feliciana, también perdura el nombre de su esposa Marie Felice de Saint-Maxent d’Estrehan. En «El Cabildo» de Nueva Orleans, una rama del Museo Estatal de Luisiana, que se encuentra en la Plaza Jackson, tiene un retrato del general acompañado de una buena información biográfica. En Baton Rouge, la actual capital del estado, la plaza de Gálvez, junto al Ayuntamiento, y un complejo de oficinas de 12 pisos de la administración del estado, son un homenaje a su figura. Todo ello no deja de ser un bonito recuerdo que ensalza a un hombre que, por sus acciones, dejó un importante huella en las tierras que tuvo que gobernar en nombre de su lejano monarca, el rey de España.
Sin embargo, no debemos olvidar que interpretar el pasado conforme a criterios actuales es un error, que no lleva más que al desconcierto. Gálvez, como Blas de Lezo, está actualmente de moda entre quienes intentan en los últimos años reivindicar a muchos de los «héroes olvidados de España», pero su caso especialmente, al traspasar las fronteras internacionales, está inmerso en una progresiva confusión que está haciendo que se pierda la perspectiva de quienes eran realmente él y sus hombres, por quienes combatieron, y cuáles fueron sus verdaderos objetivos.
Debemos por tanto tras la lectura de sus hazañas situar a Bernardo de Gálvez en el lugar correcto, y dejar claro lo que fue: un notable militar y político que dedicó su vida a defender los intereses de su patria, España —a la que sirvió siempre de la mejor forma posible—, pero sin poder separar sus actos de su época y de su tiempo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/29/bernardo-de-galvez-de-la-apacheria-a-la-independencia-de-los-estados-unidos-miguel-del-rey-carlos-canales-bernardo-de-galvez-from-apacheria-to-the-independence-of-the-united-states/

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/04/el-oro-de-america-galeones-flotas-y-piratas-carlos-canales-miguel-del-rey-the-gold-of-america-galleons-fleets-and-pirates-by-carlos-canales-miguel-del-rey-spanish-book-edi/

https://weedjee.wordpress.com/2017/09/21/valquirias-mujeres-del-tercer-reich-carlos-canales-miguel-del-rey/

https://weedjee.wordpress.com/2017/04/27/campos-de-muerte-geografia-del-mal-miguel-del-rey-carlos-canales/

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Reading a bit heavy. Lack of dynamism and thrust, although this is my opinion. But very well documented and excellent to know about our ancestors, which seems to be forbidden to know. From its origins, its military formation, the campaigns against the Indians and especially its contribution to the independence of the United States, taking the English Pensacola and recovering Florida. An epic story
Subsequent events showed that everyone, except Galvez, was wrong. That the United States – of Anglo-Saxon origin after all – was not an ally, but a dangerous enemy; that the strategic vision of Spain should have had higher sights and had been offensive and not defensive, and that it should have been extended, without complexes, from Mahón to the Strait of Magellan, passing through Pensacola. Although the Americans had nothing to thank him for.

In 1762, when war affairs were in full swing and things were already looking bad for Spain, José de Gálvez got him appointed as a chamber attorney for Carlos, Prince of Asturias. He would later collaborate with Minister Jerónimo Grimaldi. At the same time, as soon as the war was over and given the very serious territorial losses, increased by the disturbing news about a possible British attack coming from Northern Mexico, Spain intensified its efforts to protect overseas territories and organize them more efficiently. The intention was to make profound military and administrative changes to consolidate the power of the Crown, create a single body of “Spanish common laws”, reshape the army and restructure courts and hearings, so it was not long before it was the turn of New Spain to that the announced reforms begin there.
The European powers were not the only headache for New Spain. Long before Carlos III and his group of foreign ministers assumed power, the Apaches, originally from Canada, but who had left that territory five centuries ago, were crowding north of the Rio Grande, along the northern limits from the New Spain border, in a wide strip that ranged from Louisiana to present-day Arizona, in the United States.

Divided into menacing groups that acted independently and sometimes clashed with each other, the most numerous tribes were those of the Chiricahuas, Mescaleros and Lipanes, although there were other minor clans – such as the Wicker, Gileños, Coyoteros or Pharaohs – as well. of assets. In reality, all but the jicarillas, who, normally, were the only ones who were not hostile to the Spaniards.
By extension, the Spaniards soon called Apachería to all that territory that their many families occupied, which were never united under the same social organization, but formed groups related to each other by marital ties or for mere subsistence reasons. Several families could form a band and several bands, a tribe. The Spaniards called the different bands or tribes by the place where they lived, by the activities to which they were engaged and even, in some cases, by the name of their leader. Each of the bands had their own, who served as chief in case of war, although a prominent warrior could also play that role. Due to the individualistic character of the members of their people, the chiefs actually exercised little authority except in war and in the incursions to obtain loot.
Its economy was based mainly on hunting and gathering.
Nor did they soon realize that attacking whites was a much more profitable business than doing it to other Indians. In addition, collecting ransom for prisoners or kidnapped, was also a source of their property and with whites that was much simpler.
The Apaches did not raise cattle, so the horses, mules, cows and sheep they needed stole them from their sedentary neighbors. When an Apache no longer needed his horse because he was exhausted, ill or simply chasing him and had gone into a rocky mountain area, he killed him, ate him and got another as soon as he had occasion.
Nor did they live in villages or houses, but in shops and ranches, which frequently changed from one place to another according to the direction of the hunt, essential for their livelihood. Chiricahuas and mescaleros, for example, who lived in the mountains, used wickiup as their home. It was a circular hut of approximately 2 meters high and 1.5 in diameter built on a framework of willows stuck in the ground, bent towards the center and tied in the shape of a dome whose entrance used to be oriented towards the sunrise. It was completed with horizontal sticks fixed to the main rods and the set was covered with grass or animal skins. It took two long hours to build a good wickiup, a job that, like making baskets or household utensils, women did.

During the final stage of his trip through Sonora, José de Gálvez suffered an unknown disease, although it is supposed to have been related to nervous depressions. Returning to the viceregal capital, already recovered from his conditions, the visitor, who did not like Bucareli too much or his way of acting, terminated his mission. He requested permission to leave New Spain and, on November 29, 1771, shortly after obtaining it, he embarked in Veracruz towards the Peninsula with his friend Croix and his nephew. Six years had elapsed since his appointment as a general visitor, during which he had done numerous jobs, participated in expeditions and survived a serious health problem.
Little things changed at the border after leaving New Spain Croix and the Galvez. The first punitive expedition of O’Connor lasted six months, from December 1772 to June 1773. He recognized the territories located north of the Bolson of Mapimí and rejected the Indians on the left bank of the Rio Grande. However, unfortunately for Mendinueta, who continued to protest, the defeated Gileños, swimmers and mezcaleros chose to return to New Mexico, again with the surprising support of the Comanches. For two years, they repeatedly harassed the towns in the province.
For his part, O’Connor, who after evicting several Apache games from the Serranía del Burro and the Babia stream, crossed the Rio Grande, had rejected a large group in the Sierra de Mogano at the end of 1773 but then , several combined forces had beaten them in the mountains of Mimbres, Sacramento and Mogollón, forcing them to retreat to safer positions.
On March 9, 1782, he left with 194 soldiers and some Lipan Indians to what would be a four-month odyssey. He fought against six Mescalero bosses – Zaguadas, Chille, “Whiskers”, Dagune “Comforted Man” and Quiliegulla – who had entered Coahuila years before and killed more than 80 Spaniards. Although he only killed 19 Apaches and took 77 prisoners, many others were forced to flee their ranches or make peace.
It was the beginning of the end. From that moment until 1811, the relations of the Crown and its representatives with the rest of the Indian nations that, although they were not international powers, in that geographical and strategic context could be considered a power by itself34, would undergo an important change: He went from trying to reach small agreements with them, on the offensive; especially against the “barbarians” Apaches. Ugalde had marked the path: either unconditional surrender, or annihilation.

A new risk arose, the English discovered the fertile lands of Natchez, Baton Rouge and Manchac, next to the Mississippi, and settlers, servants, merchants and slaves, began to settle on the east bank of the river unstoppably. Unzaga, very alarmed, reported all those movements of people, ships and goods that were taking place in front of New Orleans, but only received acknowledgment of receipt of his letters and a timid order to remain attentive. During the more than two years that he was watching them conscientiously, the British had time to take control of most of the commerce in the area. It was what they wanted from the beginning, then they also didn’t need to deploy large military forces.
What happened? Normal in Spain. As there was no worry, the negligence was installed in all the defenses instead of taking advantage of the peace to improve them. The stall that protected New Orleans and Bayu San Juan, was ruined, rotted by moisture, with its cannons exposed. In Manchac, Punta Cortada, Natchitoches, the Missouri River and Arkansas the palisade resisted, but the meager cannons did not work, nor was there fresh powder, gun carriages, shots …
Boston, in fact, had no military interest, except for its port. There were no targets worthy of attack or British troops were in any danger, because the isthmus that united it to the continent could barely cross at high tide, but it was the third city in North America, with about 16,000 inhabitants, and the government could not allow that pulse to be maintained.
In January 1776, as soon as he took possession of his brand new and powerful position, the active José de Gálvez, who needed Louisiana to serve as a mattress against the Indians, smugglers, foreign agents and the always greedy British, he met with the captain of the first fixed battalion, Francisco Bouligny, who was on the Peninsula.
Meanwhile, Bernardo de Gálvez continued to expand his control of Louisiana to show the English the growing Spanish force in the Mississippi and, as was supposed, from the moment that Spanish commerce became involved in the war, the incidents with the British began To be habitual. Royal Navy ships or English corsairs dedicated themselves to frequently seize ships with Spanish flag and American crew who smuggled, even though both nations were formally at peace.
The issue of smuggling did not matter, but Galvez was not willing to endure insults from his neighbors. At the end of April 1777, when the English captured a Spanish and a French cargo loaded with tar in Lake Pontchartrain, with all permits in order, the governor responded with the seizure of 11 British ships engaged in illegal trade in a single night .

The final agreement between the Americans and the British was not signed until September 2, and both gave them more than enough time to reconsider their positions. They went to sign him at the Hotel de York, in the French capital, David Hartley, a member of the London Parliament, who represented King George III and, as delegates of the United States, Adams, Franklin and Jay. The Confederation Congress ratified it on January 14, 1784, and the House of Commons, which considered it a humiliation, on April 9, after many discussions.
The basis of what was granted was the recognition of the independence of the Thirteen Colonies as the United States of America —Article 1—, a nation whose boundaries had been defined on maps skillfully drawn up by the rebels and to which it was granted the entire territory to the North of Florida, to the South of Canada and to the East of the Mississippi River, including the river and the Allegheny mountains. Therefore, he inherited the Louisiana border of 1763, with the problem that Spain had occupied a part of that territory by arms during the war. That, in the future, would be of great importance for the development of border clashes between Spain and the United States. In addition, Britain also renounced the Ohio River Valley and gave the new nation full powers over the fundamental fishing exploitation of Newfoundland.
It was true that when France ceded Louisiana to Spain, Spain allowed both France and Britain to navigate the Mississippi. But, once the independence of its colonies was recognized, Britain could not hold navigation rights over a territory whose sovereignty was from another state. It was an unprecedented claim: for example, when Spain recognized the independence of Portugal in 1668, it did not retain the right of navigation over the Tagus or the Duero on Portuguese soil.
Meanwhile, although the United States was in full discussion about its national destiny, its Constitution, or the model of political organization that they were going to develop, with special emphasis on the delimitation of the meaning and meaning of their federal option, what they did They were very clear about the direction their economic organization was going to take. It was clear that the new authorities, no matter how many discrepancies they had or whatever their structure, would share an ideology that was very committed to the free market and the expansion of commercial activity in the space under its influence. It goes without saying that at a time when commerce used the ship as the main transport system, freedom of navigation was an essential channel for its achievement, and the basic Mississippi for its development. Any obstacle of the European powers to that will, would originate the open hostility of the newly emancipated Republic.
Almost for the first time since the conversion of the Spanish monarchy into an authentic imperial system, its international position and, above all, its interests in the American continent, enjoyed the alliance with the great British power. It would be said that this solid geostrategic position would favor Spain, but the following years would show how far the foolishness of its rulers could go.

Almost nothing changed at the border after the death of Bernardo de Gálvez. In 1787, after the period in which the Audience took charge of the government, the Lieutenant General of the Navy Manuel Antonio Flórez Maldonado replaced him as head of the Viceroyalty, who during the three years he remained in office maintained a policy of little commitment continuity.
Despite the posthumous measures promulgated by the viceroy, the military power of the different nations of Apaches, Northern Indians or Comanches continued as a major threat. Both because they could put on a contingent foot of war that generally outnumbered the Spanish troops, as well as the type of irregular struggle they posed. Only the lipans had at that time, according to calculations by the authorities, more than 2000 warriors, an amount that could easily double the Comanches. Meanwhile, Spain had in all the Internal Provinces 3200 soldiers, of which rarely they arrived at more than 3000 those that were in conditions to serve.
Only factors such as the absence of caudillos that unified the different Apache branches under a single command or the hostility of other Indian tribes towards them, prevented them from putting the king’s soldiers in even more trouble.
In the court of Madrid, José de Gálvez remained in the Ministry of the Indies until his death in Aranjuez on June 17 of that year. He was buried in the church of Ontígola. From modest origins he had managed to become one of the most powerful politicians of the Spanish Enlightenment. Hardworking, shrewd, but also ambitious and despotic, he harshly pursued the servants who did not fulfill his mandates, vigorously amended the errors of the corrupt and did not mind favoring nepotism with his relatives.
Of course, he did magnificent works during his long term, although his actions were criticized and accusations were made to favor his countrymen and relatives to the detriment of other better candidates.

Thus, after a series of diplomatic meetings, Spain delivered everything that the United States wanted and nullified the military and diplomatic triumphs of its representatives in the region that, ahead of speculator companies and all kinds of intriguing and adventurous, had North American expansion content for more than a decade.
The sad agreement signed in San Lorenzo de El Escorial on October 27, 1795 by Manuel de Godoy on behalf of Carlos IV of Spain and Thomas Pinckney on behalf of the United States, then ratified by US President George Washington on March 7 in Philadelphia and by the king of Spain in Aranjuez on April 25, he set among other things new frontiers. That of the United States and Louisiana from the intersection of the Mississippi River with the 31º N parallel, along the river to its head, and the two Floridas from the same intersection point of the Mississippi with the 31st parallel, straight ahead towards the East, to the Apalachicola river. From there, through the center of the river, to its union with Flint, and from that point, again in a straight line towards the East to the Apalachicola River. From there, through the center of the river, to its union with Flint, and from that point, again in a straight line towards the East until the birth of the Santa Maria River. Then, down the river to the Atlantic Ocean.
In addition, freedom of navigation on the Mississippi River was allowed for the Americans, freedom of commerce, and both countries pledged to suppress the hostilities committed by the Indians against the opposing party. As well as not establishing alliances with the Indians who inhabited it. Concessions that proved no more than the weakness of the Spanish Crown.
In reality, from the badly resolved conflict of Nootka with the United Kingdom, and especially with the beginning of the cycle of wars of the French Revolution, Spain launched itself into a vertiginous race downhill from which it was unable to defend its territories of America and Europe. His repeated changes of side and his lack of firmness in international politics caused that, practically, he stopped taking it into account.

In New Spain, meanwhile, the Creole elite also aware that it was more powerful than the metropolis government, began the long process of fighting for its independence. The situation made border protection very weak and opened up an opportunity for Americans to fulfill their desire for territorial expansion again.
In 1819, when the insurgent army troops fought against the royalists, Luis de Onís, an ambassador to Washington since 1809, signed with the US Secretary of State John Quincy Adams, a treaty that would ensure Texas for the Spanish Crown. A territory that the United States claimed as part of Louisiana and, therefore, purchased from the French in 1803. In return, the new border between the two countries was set beyond the Sabina River and Arkansas, until the 42nd parallel. As an immediate consequence Spain lost its possessions beyond that latitude: the entire territory of Oregon, the two Floridas, the rest of Louisiana and the possibility of navigating the Mississippi River. Both countries ratified it on February 22, 1821.
The old friends whom Spain had helped to become independent would no longer have mercy on the old empire that was collapsing. It was only the beginning of the end.

In the United States Galvez is still alive, and his memory is taken care of with care and affection. The county, city and bay of Galveston, remember his name in Texas, and Galvez and St. Bernard, do so in neighboring Louisiana. There, in the parishes of East Feliciana and West Feliciana, the name of his wife Marie Felice de Saint-Maxent d’Estrehan also endures. In “The Cabildo” of New Orleans, a branch of the Louisiana State Museum, located in Jackson Square, has a portrait of the general accompanied by good biographical information. In Baton Rouge, the current state capital, Gálvez Square, next to the City Hall, and a 12-story office complex of the state administration, are a tribute to his figure. All this is still a beautiful memory that extols a man who, by his actions, left an important mark on the lands that he had to govern in the name of his distant monarch, the king of Spain.
However, we must not forget that interpreting the past according to current criteria is a mistake, which only leads to confusion. Galvez, like Blas de Lezo, is currently in vogue among those who try in recent years to claim many of the “forgotten heroes of Spain,” but his case especially, when crossing international borders, is immersed in a progressive confusion that is making that the perspective of who he and his men really were, who they fought for, and what their true goals were lost.
We must therefore, after reading his exploits, place Bernardo de Gálvez in the right place, and make clear what he was: a notable military and politician who dedicated his life to defending the interests of his homeland, Spain – which he always served in the best possible way — but without being able to separate their acts from their time and time.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/29/bernardo-de-galvez-de-la-apacheria-a-la-independencia-de-los-estados-unidos-miguel-del-rey-carlos-canales-bernardo-de-galvez-from-apacheria-to-the-independence-of-the-united-states/

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/04/el-oro-de-america-galeones-flotas-y-piratas-carlos-canales-miguel-del-rey-the-gold-of-america-galleons-fleets-and-pirates-by-carlos-canales-miguel-del-rey-spanish-book-edi/

https://weedjee.wordpress.com/2017/09/21/valquirias-mujeres-del-tercer-reich-carlos-canales-miguel-del-rey/

https://weedjee.wordpress.com/2017/04/27/campos-de-muerte-geografia-del-mal-miguel-del-rey-carlos-canales/

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