Mujeres En La Guerra Y En Los Ejércitos — Manuel Santirso Rodríguez & Alberto Guerrero Martín / Women at War and Armies by Manuel Santirso Rodríguez & Alberto Guerrero Martín (spanish book edition)

Es un libro interesante sobre el rol de la mujer y del cual no conocía en profundidad y me aporto conocimientos.
En la épica, la mujer es víctima de la guerra, pero también es la causa del conflicto. En el caso concreto de la Ilíada, el tema del poema es la cólera de Aquiles, una cólera que surge por la discusión en torno a una mujer. Como explica el canto primero del poema, durante el décimo año de la guerra, Agamenón, el general de las tropas griegas, había recibido a Criseida, hija del sacerdote Crises, como parte del botín. Crises rogó a Agamenón que se la devolviera, pero este se negó y entonces el sacerdote pidió venganza a Apolo, quien envió una peste a los griegos. Para que finalizara, Agamenón devolvió a Criseida, pero exigió a cambio a Briseida, que formaba parte del botín de Aquiles. Este tuvo que acceder a ello, pero, enfurecido, decidió no luchar más junto a los griegos. Lo que a partir de ahí sucedió conforma el tema central del poema homérico.
En la tragedia griega, la mujer no participa directamente en la guerra, pero lo cierto es que sí tiene un papel significativo con respecto a esta, especialmente en las obras de Eurípides.
Son curiosamente los personajes femeninos los que permiten en la tragedia apreciar la parte estética de la guerra, pues en su descripción de las tropas y de la batalla centran la atención en aspectos más visuales y estéticos y menos tácticos.
También son las mujeres quienes intentan impedir la guerra, aunque siempre sin éxito. No obstante, a pesar de que los personajes femeninos se muestran en la tragedia por lo general contrarios a la guerra —en alguna ocasión, como en el caso de Etra, están dispuestas a afrontarla, pero solo porque consideran que el deber de defender a las víctimas está por encima—, curiosamente la mujer es, en la tragedia como en la épica homérica, vista como la causa del conflicto; una visión, sin embargo, que Eurípides cuestiona para enfatizar la banalidad de la guerra.
Ahora bien, las mujeres en la tragedia griega son, sobre todo, las protectoras de los caídos en la guerra y, por encima de todo, son las víctimas. Y esta condición de víctimas es explotada, especialmente por Eurípides, para provocar una reflexión sobre la guerra y sus consecuencias, para enfatizar el dolor y el daño que provoca y, en último término, para instigar la paz en una época en la que Atenas estaba envuelta en una cruenta guerra y se encaminaba al desastre.
A través de las mujeres se visualizan y comprenden en la tragedia las consecuencias de la guerra en toda su dimensión. Y así, las mujeres se convierten en última instancia en símbolo de la paz.

La figura de la mujer guerrera siempre ha sido una suerte de tabú en el mundo antiguo, tratada de manera poco favorable, distorsionada para adecuarse a los estándares patriarcales del Mediterráneo antiguo, muchos de los cuales todavía se conservan hoy en día, e instrumentalizada para reforzar dichos estándares, cuando no directamente invisibilizada tanto por la historiografía antigua como por la moderna. Sin embargo, podemos encontrar pruebas textuales y arqueológicas de que, en efecto, la influencia de la mujer en el ámbito de la guerra antigua podría haber sido mucho mayor de que lo que tradicionalmente se ha considerado.
“La arqueología también ha aportado pruebas bastante concluyentes sobre la participación femenina en la guerra, puesto que, gracias a las excavaciones de yacimientos como la Tumba II de Vergina o el monumento guerrero de Mesenia por Petros Thémélis, se ha evidenciado la existencia de reconocidas mujeres guerreras. Además, el replanteamiento de excavaciones de tumbas escitas y sármatas en Europa del Este, donde numerosos enterramientos femeninos con ajuares guerreros han salido a la luz, ha permitido comenzar a desterrar el estereotipo de que la guerra era cosa de hombres, dando lugar a una nueva perspectiva de la guerra en la Antigüedad.
En conclusión, es necesario que se produzca una interseccionalidad entre la Historia Antigua y los estudios de género y feminismo y, especialmente, que se tome en serio a estos últimos, ya que la aceptación de que la mujer participaba de forma activa en la guerra en la Antigüedad, si bien no de forma tan masiva como el hombre.

El papel de la mujer en la guerra durante el Posclásico Tardío tuvo diversas categorías. En el plano más pragmático, el combate y las operaciones bélicas eran una actividad exclusivamente reservada a los varones. Los criterios culturales de los mexicas marcaban que los roles de género estaban destinados a diferentes trabajos: los hombres en el ejercicio militar y las mujeres en la acción doméstica y textil, en ambos casos en un nivel de importancia similar, tal como requería una sociedad militarista y con vocación imperialista.
Sería absurdo, y más en términos académicos, buscar anacrónicamente una reflexión de equidad de género o de exclusión de las mujeres en la actividad militar. Desde nuestra óptica, es un tanto desafortunado que algunos colegas hayan caído erróneamente en este tipo de análisis que no permite, desde una perspectiva objetiva y científica, determinar los verdaderos criterios en los roles de la mujer mesoamericana.
La mujer tuvo una participación operativa en los conflictos únicamente en casos de extrema gravedad, normalmente cuando las tropas eran superadas y la defensa de las ciudades quedaba en manos de la población. Esto representa que no existía realmente interés por entrenar e integrar a las mujeres en la vida militar de Tenochtitlan, simplemente por el hecho de que para la sociedad mexica era más importante la labor de reproducción, crianza de los hijos y los diversos oficios que practicaban las mujeres.
En el caso de Mesoamérica los problemas se acrecientan porque por un lado no hay fuentes escritas en el sentido tradicional y porque las noticias que nos llegan después del contacto están contaminadas por los cánones de la Iglesia católica.
En la sociedad mesoamericana, el papel de la mujer se limitaba mayoritariamente a la reproducción sexual, a atender al hogar y a la familia y, en algunos casos, al comercio local, a desempeñar algunos aspectos de la medicina, relacionados con el parto y el conocimiento de las plantas, además del cuidado de los templos, pero el universo bélico quedaba fuera de sus competencias. Sin embargo, escrudiñando las fuentes se puede atisbar que, sin estar plenamente involucradas en la guerra, sí había escenarios concretos en los que las mujeres tenían un papel importante. Un rol que, aunque cuestionado por el ideal moral y social, en tiempos de guerra, tal y como pasaba con otros aspectos relacionados con la violencia, era legitimado por el Estado. Se trataba de una prostitución auspiciada por él para beneficio de sus guerreros, tanto en el ceremonial como acompañando al ejército.
Con el auge de los nacionalismos en el siglo XIX, la Revolución mexicana necesitó de héroes y villanos y nuevamente una mujer “activa” se convirtió en el origen de todos los males que asolaron México. Era la traidora por excelencia, incluso su nombre generó un adjetivo que significaba “apego a lo extranjero en menosprecio de lo propio”, tal y como recoge el diccionario de la Real Academia. Es el “malinchismo”, término que en México se sigue utilizando con connotaciones absolutamente peyorativas. Pero, ¿el resto de los miles de indígenas que disputaron libremente el poder a Moctezuma junto a Cortés, no eran igual de mexicanos que los vencidos? ¿Acaso la idea de México que se defendía en el XIX, existía en el siglo XVI? Entonces, ¿a quién traicionó Malinalli, llamada Marina después de vuelta cristiana?
Marina fue una mujer valiente e inteligente que aprovechó su oportunidad, como el resto de la elite indígena predominantemente no mexica, poniéndose al lado del bando que más podía ofrecerle. A cambio de recibir el tratamiento de doña vivió más de siete años en primera línea de combate activo que encaraba con “ánimo varonil” y sutileza diplomática, en unas condiciones en las que muchos hombres sucumbieron. Por su posición de privilegio al lado de Cortés, fue objeto de filias y fobias y, por su condición de intérprete, mostró la importancia de la diplomacia para lograr alianzas y apoyos donde solo se atisbaba muerte y desolación.

A través del análisis de las cartas recibidas por Hierònima d’Hostalric podemos establecer la importancia sustancial de la mujer en la retaguardia y no solo en el campo de batalla. La guerra acababa siendo un estado en el que toda la sociedad quedaba impregnada por la necesidad de hombres en el extranjero.
Vemos, pues, el importantísimo poder de las mujeres en la retaguardia, al menos en las familias nobles cuyos hombres partían a la guerra. Este es el caso de Hierònima de Gralla. Ella contempló la ausencia de Luis de Requesens y Juan de Zú­­ñiga como una oportunidad para convertirse en cabeza de la clientela, en momentos de suma trascendencia para el devenir de su familia, enzarzada en pleitos diversos, con su grandes referentes enviados por el rey a cientos de kilómetros y en plenas negociaciones matrimoniales para la buena colocación de su hijo Juan.
Por tanto, debemos entender a Hierònima de Gralla como paradigma de noble informada y responsable, preocupada no solo por sus familiares, sino también por sus clientes, que acepta su posición predominante de responsabilidad y actúa en consecuencia.

En el siglo XVIII, la profesionalización y estatalización de los ejércitos hace que, en comparación con la Edad Media, veamos menos casos de guerra irregular en los que las mujeres tomasen parte activa como guerreras. Si bien representan una excepción importante episodios co­­mo los asedios de Barcelona durante la Guerra de Sucesión. Recordemos que, en comparación, la Baja Edad Media incluso contempló la publicación de tratados militares escritos por mujeres, tales como el Livre des Faits d’armes et de chevalerie de Christine de Pisan o Pizán, filósofa y poetisa francesa de origen veneciano, considerada una de las primeras escritoras profesionales de la historia (Pisan, 1410).
La participación de las mujeres en la economía de guerra, incluso en los saqueos y pillajes, sería habitual hasta mediados del siglo XVII. No es de extrañar, por tanto, que en el XVIII la relación económica de las familiares de soldados con lo militar fuera enfocándose a una labor de presión administrativa hacia las autoridades centralizadas, sobre todo en el caso de España o Francia, lo que produjo la ingente cantidad de memoriales y peticiones a que se ha hecho referencia.
Pese a la subordinación a las figuras masculinas, rara vez cuestionada en la Edad Moderna, la combinación entre estrategias tradicionales —lograr un buen matrimonio o una exitosa labor de intercesión, difícilmente posible sin una adecuada educación—, podía acrecentar en cierta medida el poder social y político de algunas mujeres en su entorno.
Con las guerras napoleónicas, las mujeres volverían a ser víctimas de la guerra pero también partícipes de los ejércitos en liza y de las guerrillas contra los ocupantes de manera generalizada, tanto en España como en toda Europa. El casi permanente estado de guerra movilizaría cientos de miles de civiles, a diferencia de las contiendas anteriores. Pero para el periodo anterior, el que nos ocupa, la tipología documental que hemos presentado se muestra como una eficaz herramienta para conocer mejor casos en los que la realidad de lo militar afectaba de lleno al día a día de mujeres del siglo XVIII.

Las fortificaciones insurgentes representaron para miles de mujeres un lugar de refugio y de resistencia en aquellos años. La diversidad de tareas que desempeñaron en su interior no tenía otro objetivo que apoyar a sus maridos, proteger a sus familias y mantenerse en pie de guerra. Fuera de las fortalezas, las mujeres de distinta calidad, edad y condición, fueron objeto de represión por parte de los jefes realistas y de los insurgentes, al grado de servir de ejemplo para la vindicta pública. Hubo mujeres de valor que se enfrentaron con las armas a unos y otros, motivo por el cual las absolutistas fueron condecoradas por el gobierno monárquico y las insurgentes, pensionadas por los congresos republicanos.
El objetivo de documentar el trabajo de las mujeres desde un punto de vista femenino se cumplió, otorgando a las fotografiadas un estatus y una dignidad no recogidas en las imágenes de los demás fotógrafos oficiales.
Si desigual fue la participación de las mujeres en la guerra, en función de su posición social, también fue diferente la repercusión que tuvo en sus vidas. Según Janet Lee, el estatus económico y social de las mujeres, además del tipo de organización en la que participaron, también implicó que se vieran cuestionadas. Al finalizar la guerra, con el regreso de los hombres, muchas mujeres fueron despedidas de los puestos que habían desempeñado durante la contienda.
El trabajo y sacrificio de algunas mujeres durante la guerra se reconoció al otorgar el derecho al voto para las elecciones generales de 1918 a todos los hombres mayores de 21 años y, por primera vez, a las mujeres mayores de 30 que fueran cabezas de familia o estuvieran casadas con un cabeza de familia. Sin embargo, ni las jóvenes trabajadoras, muchas procedentes de clases bajas que habían trabajado en las fábricas de armamento, ni los soldados con edades comprendidas entre los 18 y los 21 años —dos de los grupos más damnificados de la guerra— obtuvieron esta compensación.
La recogida y traspaso de información era de boca a oído y cualquier persona de confianza se convertía en un momento dado en agente espía de los rifeños. Esto suponía una agilidad y una eficiencia mucho mayor que la obtenida por los servicios especializados franceses o españoles. Pero no a causa del procedimiento administrativo que tenían que cumplir, desde el agente que obtenía la información, pasársela al superior inmediato que la cotejara, evaluara y procesara, y la posterior elaboración de un informe administrativo. Lo importante en este caso no es el procedimiento ni la compleja línea de comunicación —con al menos tres actores que intervienen en la elaboración y traspaso de la información— sino la confianza entre los agentes, desde el origen hasta el final del proceso. Los ejércitos franceses y españoles tuvieron que reclutar a marroquíes que trabajaran para ellos, pagando por sus servicios y no siempre tenían la completa seguridad de no ser traicionados. Mientras que los rifeños ya tenían previamente esa colaboración y, además, sin necesidad de pagar por ello.
A la vista de los documentos consultados, no es posible asegurar que Gertrude Arnall obtuviera una retribución por los servicios que realizó a favor de los rebeldes rifeños, al menos no monetaria. Me inclino a pensar que lo hacía gratis, a cambio de disponer de toda una red de colaboradores y ayudantes que le hicieron la vida más fácil, tanto durante la guerra como hasta el final de sus días de permanencia en Tánger. Lo que sí se puede afirmar es que ambos, rifeños y ella, tenían confianza mutua y eso facilitaba sus tareas.

En la década de los setenta, siguiendo la propia evolución de la incorporación de las mujeres al ejército como colectivo, la profesionalización y feminización de las Fuerzas Armadas se va a convertir en objeto de interés para los cineastas. La debacle de Vietnam, incrementando la polémica sobre el pacifismo, va a facilitar el acceso de las mujeres a la milicia, confluyendo las reivindicaciones feministas con los intereses de las Fuerzas Armadas a la hora de cubrir las plazas vacantes dejadas por el antimilitarismo masculino. Al mismo tiempo, la imagen individualizada de la heroína de la etapa anterior es sustituida por la representación de acciones colectivas lideradas por una o varias protagonistas. Sin embargo, al ser las mujeres una minoría en el ejército, el número de películas que abordan su presencia resultará bastante exiguo. La desafección al ejército, el antimilitarismo y el pacifismo también se reflejará en las cintas protagonizadas por mujeres.
A partir de los años noventa los filmes que reflejan la realidad de las militares aumentan en calidad y cantidad. Desde entonces, se comienza a mostrar, no sin altibajos, la equiparación de trato entre hombres y mujeres en el plano profesional.
La significativa presencia de mujeres en la Guerra del Golfo (1990-1991), en la de Irak (2003-2011) o en Afganistán (2001-2014) ha servido para normalizar la visión tanto de la sociedad como del cine de la presencia femenina en la milicia, incidiendo en un tema de gran calado: la maternidad y su dificilísima conciliación con esa carrera profesional.
Por su parte, el público ha dispensado una magnífica acogida a gran parte de estas películas, siendo muchas de ellas las más vistas en la historia del cine, señal inequívoca de la aceptación por la sociedad del igualitarismo que presentan y el asentimiento implícito por gran parte de los espectadores de las denuncias de los cineastas ante las desigualdades persistentes. Así pues, es de lamentar que, aun en películas de muy reciente edición y a pesar de haber demostrado las mujeres su valor, el celuloide siga incidiendo en ese menosprecio de los varones a la lealtad, coraje y patriotismo de las militares.
Así podemos ver cómo no solo participaron activamente en primera línea, sino que llegaron a tener un papel protagonista, tal como fue el caso de las Brujas de la Noche, la unidad más condecorada en el ejército soviético, el de la Rosa Blanca de Stalingrado, Lidia Litviak, que se convirtió en una de las grandes expertas en aviación, derribando a numerosos aviones enemigos, o el de francotiradoras como Pavlichenko, condecorada con la Orden de Lenin.
Algunos aspectos de las redes, en particular los referidos al alojamiento y cuidado de los evadidos, se adecuaban mejor al rol que la sociedad de la época asignaba a las mujeres. La dirección de las redes, salvo en los casos de Andrée de Jongh, de la red Comète, Marie Madelaine Fourcade, de la red Alliance, y Marie Louise Dissart de la red Françoise, estuvo reservada a los hombres.
Las grandes figuras femeninas de las redes de evasión belgas, británicas, estadounidenses y francesas fueron honradas en la posguerra. La labor de alojar, aprovisionar, ocultar y pasar información en la que participaron muchas otras, pese a conllevar riesgos de tortura y muerte pasó desapercibida y olvidada en muchos casos.
En España, muchas mujeres, viudas de guerra o esposas de presos políticos, se vieron obligadas a idear estrategias de supervivencia, que incluían la implicación en actividades clandestinas que conllevaban penas de cárcel y destierro.

La participación de las mujeres norteafricanas en la lucha anticolonial en sus dos fases —política y armada— no ha conseguido concitar un vivo interés entre los investigadores contemporáneos hasta hace apenas tres décadas, especialmente entre militantes y activistas feministas magrebíes o descendientes de magrebíes. La aparición de recientes documentales y biografías ayuda a paliar la enorme carencia que supone no contar con fuentes de archivo, habida cuenta la clandestinidad de estas organizaciones y del carácter eminentemente armado de sus actuaciones, frente a las reivindicaciones políticas y la ideología del movimiento nacionalista con el que algunos no comulgaban del todo y, especialmente, con la laxitud que representaba la vía política y diplomática.
En este sentido, se ha constatado la relación entre los partidos nacionalistas marroquíes y argelinos con estos comandos y ejércitos de liberación. Si bien en el caso marroquí la posterior rivalidad entre el Istiqlal y la dinastía alauí por hacerse con el control hegemónico del país se extendió a los combatientes, esto no sucedió en la república socialista argelina del FLN.
En Marruecos, el papel de la mujer ha sido menos activo en operaciones armadas que en el de Argelia. Las bases doctrinales del nacionalismo marroquí explicarían la preeminencia femenina en una segunda línea, con significativas excepciones, así como la evolución de los acontecimientos en el plano social y político, estableciéndose un marco mucho menos opresivo que el del ambiente bélico que se vivió en Argelia, donde los responsables franceses ejercieron la tortura y las detenciones arbitrarias a hombres y mujeres, además de mostrar su connivencia con los atentados de las organizaciones terroristas que confluyeron en la OAS.
Finalmente, en ambos casos se percibe una regresión de la participación femenina y de su posición en las sociedades recién independizadas respecto a la ejercida durante la lucha de liberación. Los miembros del FLN argelino y los del Istiqlal marroquí, que ocuparon importantes cargos en los primeros gobiernos de sus respectivos países, impulsaron —en el caso marroquí incluso antes de la adopción de un texto constitucional— la promulgación de discriminatorios códigos de familia o códigos de estatuto personal.

Por lo que se conoce, la mujer, ya sea autóctona o foránea del territorio del Califato, una vez incorporada al EI (Estado Islámico) y aceptado su imaginario, tiene y mantiene una visión particular de al-Yihad. Una visión limitada, con la que generalmente está de acuerdo en cuanto a su participación en ella, que la conduce a una forma específica de actuación —siempre subordinada— dentro del yihadismo salafista radical (saudita wahabita). Forma de actuar que no parece ser independiente, sino complementaria y supeditada a la de los muyahidines. Limitación que, en principio, no ha de extrañar por cuanto, al seguir las tradiciones, adoptan conscientemente dicha postura; postura que, para la mayoría —hombres y mujeres convencidos— no se considera contraria a su género.
De todas formas, si bien el EI, siguiendo sus rigoristas pautas tradicionales y religiosas, “había prohibido a las mujeres combatir en el campo de batalla, animándolas a casarse con los combatientes, difundir propaganda y adoctrinar a sus hijos”, la evolución de la situación en el territorio del Califato, que camina hacia su derrota —“perdiendo terreno, tanto en Siria como en Irak”— ha obligado a pedir a las mujeres que tomen las armas en todo el mundo para cumplir con la yihad física, o lo que es lo mismo [realizar] atentados terroristas.
Así, con ojos occidentales, se puede concluir que, mientras que las mujeres inmersas en los movimientos revolucionarios/subversivos conocidos “participaban en todo, desde crear ideología a planificar y llevar a cabo operaciones”, el mundo yihadista utiliza a la mujer “para los papeles que los hombres deciden”. Lo que apunta a una visión femenina de al-Yihad complementaria y subordinada a la de los hombres.
Razón por la que las mujeres yihadistas, convencidas de tal forma de vida, no luchan contra “los estereotipos y forma de vida patriarcal”, sino que apoyan la “militarización masculina pensadora de estrategias y hacedora de violencia, donde la mujer queda en un plano instrumental y no como agente necesario por su condición humana, sino bajo el condicionante de género”.

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It was an interesting book about the role of women and which I did not know in depth and brought me knowledge.
In the epic, the woman is a victim of war, but it is also the cause of the conflict. In the specific case of the Iliad, the theme of the poem is Achilles’ anger, a anger that arises from the discussion around a woman. As the first song of the poem explains, during the tenth year of the war, Agamemnon, the general of the Greek troops, had received Criseida, daughter of the priest Crises, as part of the spoils. Crises begged Agamemnon to return it, but he refused and then the priest asked Apollo for revenge, who sent a plague to the Greeks. To end, Agamemnon returned to Criseida, but demanded in return Briseida, who was part of the spoils of Achilles. He had to access it, but, enraged, he decided not to fight with the Greeks anymore. What happened from there shaped the central theme of the Homeric poem.
In the Greek tragedy, the woman does not participate directly in the war, but the truth is that she does have a significant role with regard to this, especially in the works of Euripides.
Curiously, it is the female characters that allow the tragedy to appreciate the aesthetic part of the war, since in their description of the troops and the battle they focus on more visual and aesthetic and less tactical aspects.
It is also women who try to prevent war, but always without success. However, despite the fact that female characters show themselves in tragedy that are generally contrary to war – on occasion, as in the case of Etra, they are willing to face it, but only because they consider it the duty to defend victims are above – curiously, women are, in tragedy as in the Homeric epic, seen as the cause of conflict; a vision, however, that Euripides questions to emphasize the banality of war.
Now, women in the Greek tragedy are, above all, the protectors of those fallen in war and, above all, they are the victims. And this condition of victims is exploited, especially by Euripides, to provoke a reflection on the war and its consequences, to emphasize the pain and damage it causes and, ultimately, to instigate peace at a time when Athens was involved in a bloody war and headed for disaster.
Through women, the consequences of war in all its dimensions are visualized and understood in tragedy. And so, women ultimately become a symbol of peace.

The role of women in war during the Late Postclassic had different categories. On the most pragmatic level, combat and war operations were an activity exclusively reserved for men. The cultural criteria of the Mexicas marked that gender roles were destined for different jobs: men in military practice and women in domestic and textile action, in both cases at a similar level of importance, as required by a militaristic society and with imperialist vocation.
It would be absurd, and more in academic terms, to look anachronically for a reflection of gender equity or the exclusion of women in military activity. From our perspective, it is somewhat unfortunate that some colleagues have erroneously fallen into this type of analysis that does not allow, from an objective and scientific perspective, to determine the true criteria in the roles of Mesoamerican women.
The woman had an operational participation in the conflicts only in cases of extreme gravity, usually when the troops were surpassed and the defense of the cities was in the hands of the population. This represents that there was really no interest in training and integrating women in the military life of Tenochtitlan, simply because of the fact that for the Mexican society the work of reproduction, parenting and the various trades that practiced women.
In the case of Mesoamerica, the problems increase because on the one hand there are no sources written in the traditional sense and because the news that comes to us after contact is contaminated by the canons of the Catholic Church.
In Mesoamerican society, the role of women was mostly limited to sexual reproduction, to care for the home and family and, in some cases, to local commerce, to perform some aspects of medicine, related to childbirth and knowledge of the plants, in addition to the care of the temples, but the war universe was outside its powers. However, scrutinizing the sources, it can be seen that, without being fully involved in the war, there were specific scenarios in which women played an important role. A role that, although questioned by the moral and social ideal, in times of war, as was the case with other aspects related to violence, was legitimized by the State. It was a prostitution sponsored by him for the benefit of his warriors, both in the ceremonial and accompanying the army.
With the rise of nationalisms in the nineteenth century, the Mexican Revolution needed heroes and villains and again an “active” woman became the origin of all the evils that ravaged Mexico. She was the traitor par excellence, even her name generated an adjective that meant “attachment to the foreigner in contempt of her own,” as the dictionary of the Royal Academy includes. It is the “malinchismo”, a term that in Mexico is still used with absolutely pejorative connotations. But, the rest of the thousands of indigenous people who freely disputed the power to Moctezuma along with Cortes, were not as Mexican as the defeated? Did the idea of Mexico that was defended in the nineteenth century exist in the sixteenth century? So who did Malinalli betray, called Marina after Christian return?
Marina was a brave and intelligent woman who took advantage of her opportunity, like the rest of the predominantly non-Mexican indigenous elite, standing next to the side that could offer her the most. In exchange for receiving Doña’s treatment, he lived for more than seven years in the first line of active combat that faced “manly spirit” and diplomatic subtlety, in conditions in which many men succumbed. Because of his privileged position next to Cortes, he was the object of philias and phobias and, because of his status as an interpreter, he showed the importance of diplomacy to achieve alliances and support where only death and desolation were visible.

Through the analysis of the letters received by Hierònima d’Hostalric we can establish the substantial importance of women in the rear and not only on the battlefield. The war ended up being a state in which the whole society was impregnated by the need of men abroad.
We see, then, the very important power of women in the rear, at least in noble families whose men left for war. This is the case of Hierònima de Gralla. She contemplated the absence of Luis de Requesens and Juan de Zúñiga as an opportunity to become the head of the clientele, in moments of utmost importance for the future of his family, engaged in diverse lawsuits, with his great references sent by the king to hundreds of kilometers and in full marriage negotiations for the good placement of his son Juan.
Therefore, we must understand Hierònima de Gralla as a paradigm of an informed and responsible noble, concerned not only with his relatives, but also with his clients, who accepts his predominant position of responsibility and acts accordingly.

In the eighteenth century, the professionalization and nationalization of armies means that, compared with the Middle Ages, we see fewer cases of irregular warfare in which women took an active part as warriors. Although episodes such as the sieges of Barcelona during the War of Succession represent an important exception. Recall that, in comparison, the Late Middle Ages even contemplated the publication of military treaties written by women, such as the Livre des Faits d’armes et de chevalerie de Christine de Pisan or Pizán, French philosopher and poet of Venetian origin, considered a of the first professional writers in history (Pisan, 1410).
The participation of women in the war economy, even in looting and pillaging, would be common until the mid-seventeenth century. It is not surprising, therefore, that in the XVIII the economic relationship of the relatives of soldiers with the military was focusing on an administrative pressure work towards the centralized authorities, especially in the case of Spain or France, which produced the huge amount of memorials and requests referred to.
Despite the subordination to male figures, rarely questioned in the Modern Age, the combination of traditional strategies – achieving a good marriage or successful intercession work, hardly possible without proper education – could increase social power to some extent and politician of some women in their environment.
With the Napoleonic wars, women would once again be victims of war but also participants in the armies in Liza and the guerrillas against the occupiers in a generalized way, both in Spain and throughout Europe. The almost permanent state of war would mobilize hundreds of thousands of civilians, unlike previous disputes. But for the previous period, the one that concerns us, the documentary typology that we have presented is shown as an effective tool to know better cases in which the reality of the military affected the daily life of women of the eighteenth century.

Insurgent fortifications represented for thousands of women a place of refuge and resistance in those years. The diversity of tasks they carried out within them had no other objective than to support their husbands, protect their families and stay on a war footing. Outside the fortresses, women of different quality, age and condition were subjected to repression by the royalist bosses and insurgents, to the degree of serving as an example for the public vindict. There were women of value who confronted each other with arms, which is why the absolutists were decorated by the monarchist government and the insurgents, pensioned by the Republican congresses.
The objective of documenting the work of women from a feminine point of view was fulfilled, giving the photographed status and dignity not included in the images of the other official photographers.
If the participation of women in the war was unequal, depending on their social position, the impact on their lives was also different. According to Janet Lee, the economic and social status of women, in addition to the type of organization in which they participated, also meant that they were questioned. At the end of the war, with the return of the men, many women were dismissed from the positions they had held during the contest.
The work and sacrifice of some women during the war was recognized by granting the right to vote for the general elections of 1918 to all men over 21 and, for the first time, to women over 30 who were heads of household or They were married to a householder. However, neither the young workers, many from the lower classes who had worked in the arms factories, nor the soldiers between the ages of 18 and 21 – two of the most affected groups in the war – obtained this compensation.
The collection and transfer of information was from mouth to ear and any trustworthy person at any given time became a spy agent of the rifles. This meant a much greater agility and efficiency than that obtained by French or Spanish specialized services. But not because of the administrative procedure they had to comply with, from the agent who obtained the information, pass it on to the immediate superior who collated, evaluated and processed it, and the subsequent preparation of an administrative report. The important thing in this case is not the procedure or the complex line of communication – with at least three actors involved in the preparation and transfer of information – but the trust between the agents, from the origin to the end of the process. The French and Spanish armies had to recruit Moroccans who worked for them, paying for their services and did not always have the complete assurance of not being betrayed. While the Rifeños already had that collaboration previously and, in addition, without paying for it.
In view of the documents consulted, it is not possible to ensure that Gertrude Arnall obtained a remuneration for the services he performed in favor of the Rifian rebels, at least not monetary. I am inclined to think that he did it for free, in exchange for having a whole network of collaborators and assistants who made his life easier, both during the war and until the end of his days in Tangier. What can be affirmed is that both she and Rifeños had mutual confidence and that facilitated their tasks.

In the seventies, following the evolution of the incorporation of women into the army as a collective, the professionalization and feminization of the Armed Forces will become an object of interest for filmmakers. The Vietnam debacle, increasing the controversy over pacifism, will facilitate women’s access to the militia, converging feminist demands with the interests of the Armed Forces when it comes to filling the vacant places left by male antimilitarism. At the same time, the individualized image of the heroine of the previous stage is replaced by the representation of collective actions led by one or more protagonists. However, as women are a minority in the army, the number of films that address their presence will be quite small. The disaffection of the army, antimilitarism and pacifism will also be reflected in the films starring women.
From the 1990s, films that reflect the reality of the military increase in quality and quantity. Since then, it begins to show, not without ups and downs, the equalization of treatment between men and women on the professional level.
The significant presence of women in the Gulf War (1990-1991), in Iraq (2003-2011) or in Afghanistan (2001-2014) has served to normalize the vision of both society and the cinema of the female presence in the militia, affecting a major issue: motherhood and its very difficult reconciliation with that professional career.
For its part, the public has given a great reception to a large part of these films, many of them being the most viewed in the history of cinema, an unequivocal sign of the acceptance by society of the egalitarianism that they present and the implicit assent by a large part of the spectators of the complaints of the filmmakers in the face of persistent inequalities. Thus, it is regrettable that, even in films of very recent edition and in spite of having demonstrated its value to women, the celluloid continues to influence in that contempt of men the loyalty, courage and patriotism of the military.
Thus we can see how they not only actively participated in the front line, but also came to have a leading role, as was the case with the Witches of the Night, the most decorated unit in the Soviet army, that of the White Rose of Stalingrad, Lidia Litviak, who became one of the great aviation experts, knocking down numerous enemy planes, or snipers like Pavlichenko, decorated with the Order of Lenin.
Some aspects of the networks, particularly those related to the accommodation and care of the evaded, were better suited to the role that the society of the time assigned to women. The management of the networks, except in the cases of Andrée de Jongh, of the Comète network, Marie Madelaine Fourcade, of the Alliance network, and Marie Louise Dissart of the Françoise network, was reserved for men.
The great female figures of the Belgian, British, American and French evasion networks were honored in the postwar period. The work of housing, provisioning, hiding and passing on information in which many others participated, despite carrying risks of torture and death, went unnoticed and forgotten in many cases.
In Spain, many women, war widows or wives of political prisoners, were forced to devise survival strategies, which included involvement in clandestine activities that led to jail and banishment.

The participation of North African women in the anti-colonial struggle in its two phases – political and armed – has failed to raise a keen interest among contemporary researchers until just three decades ago, especially among militants and Maghreb feminist activists or descendants of the Maghreb. The emergence of recent documentaries and biographies helps to alleviate the enormous lack of not having archival sources, given the clandestinity of these organizations and the eminently armed nature of their actions, against the political demands and ideology of the nationalist movement with that some did not fully commune and, especially, with the laxity that represented the political and diplomatic path.
In this sense, the relationship between the Moroccan and Algerian nationalist parties with these commands and liberation armies has been confirmed. Although in the Moroccan case the subsequent rivalry between the Istiqlal and the Alawite dynasty for seizing the country’s hegemonic control extended to the combatants, this did not happen in the Algerian socialist republic of the FLN.
In Morocco, the role of women has been less active in armed operations than in Algeria. The doctrinal bases of Moroccan nationalism would explain the feminine preeminence in a second line, with significant exceptions, as well as the evolution of the events in the social and political plane, establishing a much less oppressive framework than that of the warlike environment that was lived in Algeria, where the French officials exercised torture and arbitrary detentions to men and women, in addition to showing their connivance with the attacks of the terrorist organizations that converged in the OAS.
Finally, in both cases there is a regression of female participation and its position in newly independent societies with respect to that exercised during the liberation struggle. The members of the Algerian FLN and those of the Moroccan Istiqlal, who held important positions in the first governments of their respective countries, promoted – in the Moroccan case even before the adoption of a constitutional text – the promulgation of discriminatory family codes or codes of personal status

From what is known, the woman, whether native or foreign from the territory of the Caliphate, once incorporated into the IS (Islamic State) and accepted her imagination, has and maintains a particular vision of al-Jihad. A limited vision, with which he generally agrees about his participation in it, that leads to a specific form of action – always subordinate – within radical Salafist jihadism (Saudi Wahabita). Way of acting that does not appear to be independent, but complementary and contingent upon that of the mujahideen. Limitation that, in principle, should not be surprised because, by following traditions, they consciously adopt this position; a position that, for the majority – convinced men and women – is not considered contrary to their gender.
However, although the IS, following its rigorous traditional and religious guidelines, “had prohibited women from fighting on the battlefield, encouraging them to marry combatants, spread propaganda and indoctrinate their children,” the evolution of the situation in the territory of the Caliphate, which is moving towards its defeat – “losing ground, both in Syria and in Iraq” – has forced women to take up arms around the world to comply with physical jihad, or what it is the same [to carry out] terrorist attacks.
Thus, with Western eyes, it can be concluded that, while women immersed in the known revolutionary / subversive movements “participated in everything from creating ideology to planning and carrying out operations,” the jihadist world uses women “for roles that men decide. ” Which points to a feminine vision of al-Jihad complementary and subordinate to that of men.
Reason why jihadist women, convinced of such a way of life, do not fight against “stereotypes and patriarchal way of life”, but rather support the “masculine militarization, thinker of strategies and doer of violence, where women remain in a plane instrumental and not as a necessary agent because of its human condition, but under the gender condition”.

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