Los Sótanos Del Mundo — Ander Izagirre / The Basements Of The World by Ander Izagirre (spanish book edition)

Es un gran libro de viajes que he leído. El periodista Ander Izagirre cuenta su experiencia en la expedición Pangea, que se desplazó a los puntos más bajos de los seis continentes. Los capítulos dedicados a las dos Américas y a Oceanía son extraordinarios. Los de Europa y Asia, seguramente debido a dificultades para hacerse entender en Rusia y en el Oriente Próximo, bajan un poco el nivel. Los textos de cada destino muestran más empeño por trazar crónicas periodísticas de esos lugares y de sus habitantes que por extenderse en descripciones arabescas de los lugares en sí. Lo que en otros libros de viajes serían textos pétreos hablando de los monumentos, del clima o de la flora de los destinos, aquí son retazos de vida. Lo he encontrado muy recomendable.
Ander Izaguirre viaja a las depresiones geográficas más profundas del mundo, y, como los grandes escritores y viajeros (Bruce Chatwin, por ejemplo), usa el viaje como excusa para contarnos docenas de historias alrededor del lugar. Los aborígenes australianos, la fiebre del oro de California, el éxodo palestino, la destrucción de la Patagonia… cada uno de los seis viajes que realiza nos acercan a mundos e historias desconocidos y contados de manera absolutamente prodigiosa.

California es la tierra de los superlativos. Presumen de tener los árboles más grandes del mundo (las secuoyas gigantes de Yosemite: hasta cien metros de altura, once metros de diámetro, 2.500 toneladas y 3.000 años), la mayor pared granítica (los mil metros verticales del monte El Capitán, también en Yosemite), los rascacielos más flexibles (por los sacudidas habituales de los terremotos), la calle más sinuosa (Lombard Street, en San Francisco), el monte más alto de Estados Unidos (sin contar Alaska, claro), el punto más bajo de Norteamérica (ellos dicen que de toda América y de todo el hemisferio occidental, pero ya viajaremos a la Patagonia para desmentirlo).
Esa obsesión por recolectar superlativos es común en todo el Oeste. A veces lo hacen con el ingenio de un vendedor de bonsáis gigantes, como en la entrada de Reno (Nevada), donde un arco de neón anuncia «The biggest little city in the world» («La mayor ciudad pequeña del mundo»). En Nevada, los rencores regionales y los complejos de inferioridad también obligan a sacar pecho: si Las Vegas es famosa en todo el mundo por sus extravagancias arquitectónicas enclavadas en el desierto, Reno paga una campaña pública con carteles que muestran la silueta de su ciudad sobre un fondo impresionante de montañas nevadas y un lema jactancioso: «Build this, Las Vegas!» («¡Construye esto, Las Vegas!»). Lo más frecuente son los desafíos burdos.
Al menos, la naturaleza se tomó su pequeña venganza por tanto lago desecado y en 1905 les regaló otro superlativo a los californianos. Ese año, el mismo en que empezaron a construir el acueducto entre la Sierra Nevada y Los Ángeles, se intentó otro trasvase de aguas desde el río Colorado. Pero la tubería se rompió, y para cuando fueron capaces de cortar el flujo, el agua ya había inundado una depresión del sur de California, situada bajo el nivel del mar: ahora es Salton Sea, el lago más joven de Norteamérica.
En la cuenca del lago Mono se encuentra la explicación de la manía californiana por los superlativos: las ruinas de Bodie, un pueblo fantasma de cuando la fiebre del oro. Se trata del fósil mejor conservado de aquella época. En medio de un desierto de matas de salvia, todavía se yerguen decenas de casas del siglo XIX, almacenes, talleres, tiendas, la escuela, un saloon, la cárcel.
Hasta California llegaron también los fracasados de las revoluciones europeas de 1848: los nacionalistas, socialistas y demócratas que soñaron con una Europa igualitaria y acabaron aplastados bajo la represión. Con la llamada del oro, muchos quisieron buscar fortuna en América y, quizá, crear sus sociedades utópicas en aquel país que empezaba de cero. Los campesinos de Irlanda, un país hambriento y enfermo, atravesaron el océano por miles. También se embarcaron pueblos enteros de alemanes, y las autoridades germanas, asustadas por la estampida, editaron un folleto que pintaba la aventura californiana como una pesadilla para intentar desanimarles. El Gobierno francés, por el contrario, encontró una ocasión ideal para desembarazarse de sus molestos revolucionarios.
Sin oro ni aguardiente, el infierno se templó. Pero los miles de aventureros y visionarios se quedaron a vivir y formaron esa masa en la que fermentó California. Después llegaron otros emigrantes más silenciosos: mano de obra de todo el mundo para un continente que en gran parte seguía vacío.

Si Reno es la capital intelectual de los amerikanuak, la ciudad de Boise (Idaho) cuenta con la comunidad vasca más vigorosa de Estados Unidos.
Los setecientos kilómetros que separan Reno de Boise recorren una especie de cordón umbilical para los vascos americanos. Al cruzar Winnemuca (Nevada), vemos un Pyrinees Motel y un Restaurante San Fermín que ofrece «fine Basque dining». En Jordan Valley (Oregón) se encuentran el hotel Basque Inn, el restaurante Telleria’s Express y el frontón Danok Etorri [«venid todos»], construido en 1915, en cuyo costado formaron un mosaico de baldosas con los apellidos vascos de Oregón.
Pero el verdadero cordón umbilical es el boletín Lokarria (que significa «cordón» y también «vínculo») elaborado por Martxel Tillous, un cura itinerante. El obispado de Bayona siempre destina un sacerdote vasco en California para asistir a la comunidad de los amerikanuak.

El Gran Cañón es una muesca excavada por el Tiempo, que marca el paso de las épocas sedimento tras sedimento, como un preso aburrido: sus murallas desnudas muestran las capas horizontales que forman el terreno, en franjas de calizas crudas, óxidos rojos y metálicos, areniscas pálidas y doradas, hasta el zócalo de granito blanco que sustenta todo el entramado. Son sedimentos que hace un millón de años se posaron en el fondo de un mar inmemorial, y que alguna fuerza formidable levantó para que luego el río las descarnara a cielo abierto. La luz hiriente del mediodía resalta con nitidez los límites de estas franjas. El atardecer arranca brillos minerales. Y en el crepúsculo, los farallones que caen escalonados desde el borde del cañón hasta el fondo, como graderíos inmensos para el culto de dioses ya olvidados, se diluyen en sombras y se confunden en fantasías ópticas y geométricas. En un océano de neblina malva flotan las siluetas petrificadas de cerros, pirámides, contrafuertes, mesetas, barrancos y cañones.
Al sur del río Colorado viven unos 200.000 navajos, casi todos dentro de una región que los mapas dibujan como otra cicatriz sobre la faz de Arizona: la reserva de Navajo Nation. Se trata de la mayor reserva india de Estados Unidos, con 45.000 kilómetros cuadrados —el tamaño de Aragón— que se extienden por Arizona, Utah y Nuevo México, y en cuyo interior hay otras zonas para indios hopi, paiute, hualapai y havasupai. Para que esas cicatrices de la historia sanen, el Gobierno federal otorga a los actuales territorios indios una autonomía amplia y la posibilidad de regirse por leyes propias, lo que ha derivado en un modo de vida curioso: las reservas se especializan en ofrecer vicios censurados para el resto de los estadounidenses. En los Estados que no permiten el juego, por ejemplo, los indios montan casinos y convierten sus territorios en islas para todos los ludópatas de los alrededores. Otros aprovechan sus exenciones fiscales para vivir como pequeñas Andorras, de la venta de alcohol y tabaco sin impuestos.
En realidad, el Valle de la Muerte ni es valle ni es de la muerte. No es un valle excavado por ríos, explican los geólogos, sino una tierra que se hundió: algunos bloques gigantescos de la corteza terrestre se alzaron para formar las actuales cordilleras de Panamint y Amargosa, y entre ambas quedó encerrada esta depresión, hundida 86 metros bajo el nivel del mar, que se desploma cada vez más hacia el fondo de la tierra. Y la vida abunda en el Valle de la Muerte, certifican los biólogos. En sus tierras abrasadas resisten arbustos, cactus, yucas. Cuando se enfría el terreno, reptan lagartos acorazados y tortugas; los muflones trepan por laderas rocosas; los escorpiones y las serpientes cascabel pican si se les pisa…

Australia es un país muy raro, un continente que ha evolucionado por su cuenta durante cincuenta millones de años. Y se nota en cuanto uno pisa el aeropuerto de Sydney y acude a la oficina de cambio. En el reverso de las diversas monedas australianas aparece una colección de seres estrambóticos: canguros, emúes, koalas, ornitorrincos y la reina de Inglaterra.
Este país, además, produce constantemente noticias insólitas.
Australia es un país asombroso. Australia es la tierra más vieja del planeta. Desde que hace cincuenta millones de años se desgajó del resto de los continentes, ningún movimiento geológico serio la ha perturbado. Durante miles de siglos, el viento y las lluvias han desgastado cordilleras australianas más altas que el Himalaya, hasta reducirlas a una inmensa llanura roja que ahora ocupa casi todo el país. Es el continente más llano y más caluroso de todos. Y, si exceptuamos la Antártica, también el más seco, desértico y hostil para la vida: una tierra muerta. Sin embargo, abundan formas de vida sorprendentes: el 87% de las especies de plantas y animales de Australia no existe en ningún otro lugar. Los colonos europeos quedaron aturdidos cuando descubrieron animales que se desplazaban dando botes y llevaban a sus crías en una bolsa, mamíferos que ponían huevos, peces con pulmones. En Australia sobreviven especies que pertenecen a etapas muy primitivas de la evolución, como ciertas colonias de microorganismos —los estromatolitos— que se conservan tal y como eran en el amanecer de la vida. Los estromatolitos se han pasado los últimos 3.500 millones aferrados a las rocas costeras, absorbiendo agua marina y sol, mecidos por las olas, con una notoria falta de preocupaciones.
Australia nació como estado independiente en 1901, pero sus habitantes siguieron siendo ciudadanos británicos: hasta 1949 no existió oficialmente la nacionalidad australiana. Y aún hoy, el jefe de estado de Australia es, sí, la reina de Inglaterra.
Ese peculiar arraigo patrio fue beneficioso para fundar una nueva sociedad vigorosa en un continente tan extraño. Pero la obsesión por conservar la pureza británica trajo los capítulos más vergonzosos de la historia australiana. Durante tres cuartas partes del siglo XX, el país se rigió por la «White Policy», la política de la Australia Blanca. Australia alardeaba de pureza racial y rechazaba a los emigrantes no británicos con desprecio. Las plantaciones de caña de azúcar del trópico recurrieron durante una época a los canacos —habitantes de las islas del Pacífico— como mano de obra semiesclava, pero en cuanto Australia se constituyó como nación independiente, los gobernantes se empeñaron en expulsar a aquellos negroides indignos. Para sustituirlos, aceptaron a regañadientes la llegada de europeos mediterráneos —italianos, griegos, yugoslavos, españoles— con instrucciones y normas oficiales para que los aduaneros no dejaran entrar a quienes fueran «demasiado morenos».
La estupidez cruel de los australianos empezó a disolverse con la Segunda Guerra Mundial. En 1942 los japoneses bombardearon las ciudades de Darwin y Broome, en el norte de Australia.  De pronto, los australianos cayeron en la cuenta de que su país era un inmenso continente despoblado, de que no podrían frenar una invasión y de que sus tutores ingleses estaban demasiado ocupados con Hitler como para ir a socorrerles. Los militares australianos improvisaron un plan bastante humillante: pensaban replegarse en el rincón de la costa sudoriental para defender las ciudades principales y abandonar la mayoría del continente. El ejército estadounidense apareció como el Séptimo de Caballería y derrotó en el último instante a los japoneses, en la batalla del mar del Coral. Los nipones llegaron a entrar con un par de submarinos en la bahía de Sydney y ya habían acuñado moneda japonesa para la futura Australia anexionada. La lección cuajó en un lema: poblar el país o perderlo. Después de la guerra los australianos levantaron la barrera para todos los emigrantes europeos —a los británicos incluso les pagaron el viaje— y otorgaron facilidades para la ocupación de tierras. Aun así, hasta los años 70 no se derogó oficialmente la política de la Australia Blanca. A partir de entonces llegaron miles de refugiados, sobre todo exiliados de las guerras indochinas. Ahora, con la entrada en el siglo XXI, el Gobierno australiano intenta cerrar la puerta de nuevo y remolca a los barcos atestados de inmigrantes hasta islas perdidas del Pacífico, pero el mestizaje es inevitable: un tercio de la población de Sydney ha nacido en otro país, el cuarto apellido más común de Melbourne es el vietnamita Nguyen y dentro de veinte años la cuarta parte de los habitantes tendrá origen asiático.
Australia está forjando su nueva identidad y también trata de encajar en ella la historia de sus habitantes originales: los aborígenes, la cultura viva más antigua del planeta. Se trata de otro milagro australiano al que apenas se presta atención. Los colonos europeos llegaron hace dos siglos y se encontraron con los pueblos nativos, que llevaban allí 40.000 años —hasta 120.000, según algunos indicios—. A pesar de eso, los británicos declararon que aquel continente era terra nullius, tierra de nadie, y se otorgaron así el derecho de propiedad.

La Stuart Highway es una carretera de 3.500 kilómetros que cruza Australia de norte a sur como una espina vertebral. En el extremo sur, donde la tomamos nosotros, la carretera comienza en la ciudad costera de Adelaida, y durante los primeros tres o cuatrocientos kilómetros avanza por el bush, la llanura de matorral bajo, habitada por unos pocos granjeros. Luego se adentra en el outback, el interior desolado del continente: en un tramo de casi tres mil kilómetros sólo hay un pueblo de verdad (Alice Springs, 25.000 habitantes, a mitad de ruta). En el resto, nada. Cada trescientos kilómetros se abren pequeños oasis modernos: una gasolinera, un pub con cerveza fría y quizá un motel. Entre uno y otro hay que conducir horas por una llanura roja, polvorienta y tórrida. Después de tres mil kilómetros de desolación la carretera llega al extremo norte, encuentra de nuevo una franja de matorrales y luego llega a la ciudad de Darwin, junto al mar tropical de Timor. Es el esquema simétrico de Australia.
Desde Coober Peddy la carretera avanza otros seiscientos kilómetros por el desierto y, de pronto, al pie de una sierra antigua y erosionada, brota una pequeña ciudad: Alice Springs, un extraño milagro de la terquedad humana. Allí, en el centro de Australia, se extiende una cuadrícula de calles apáticas, en las que se alinean casas bajas adocenadas. Pero precisamente son esa vulgaridad y esa apariencia de rutina las que resultan asombrosas, porque estos barrios apacibles se levantan al borde de una desolación terrorífica: por cualquiera de sus costados Alice Springs está asediada por dos mil kilómetros de desierto.
Alice Springs nació en 1872 como una de las doce estaciones telegráficas que transmitían los latidos metálicos del morse desde Adelaida —en la costa sur— hasta Darwin —en la costa norte—. La modesta estación se levantó a la vera del manantial Alice, bautizado así por la mujer de Charles Todd, director de telégrafos de Adelaida. La señora Alice jamás pisó ese minúsculo oasis.

La Patagonia es un territorio gigantesco y despoblado: abarca como dos veces España (un millón de kilómetros cuadrados) y allí viven, dispersados, menos de la mitad de los habitantes de Madrid (1.800.000). Los geógrafos la definen como «la vasta región del extremo austral del embudo de América del Sur, con territorios de Argentina y Chile». Resulta difícil precisar más: no existe ninguna división administrativa llamada Patagonia, sus habitantes nativos jamás le dieron un nombre común a toda esa tierra, los cartógrafos, los políticos y los escritores discuten sus límites. Algunos dicen que la Patagonia es todo el territorio que se extiende al sur del río Colorado en Argentina y al sur del Biobío en Chile, otros sostienen que empieza al sur del río Negro, o que el límite occidental está en los Andes y que Chile debe excluirse, o que también incluye la Pampa, o que debería excluirse la provincia interior del Neuquén, o que por el sur acaba en el estrecho de Magallanes, o que también forman parte de la Patagonia los archipiélagos de Tierra del Fuego; incluso hay patriotas oportunistas que incluyen a las islas Malvinas en el lote, para arrimarlas aunque sea psicológicamente al cobijo de la bandera albiceleste.
Para nosotros la Patagonia empieza de una manera muy explícita y tajante, unos kilómetros antes de llegar al río Colorado. Un cartel inmenso se asoma a la carretera: «Entra usted en la Patagonia: zona de protección contra la mosca de la fruta».
Los grandes rebaños empezaron a pastar por la Patagonia hacia 1875. Hasta entonces Argentina vendía carne vacuna y cereales, pero el Gobierno decidió ampliar las exportaciones y pensó en la lana. Se anunciaron ventajas económicas para los ganaderos que quisieran apacentar sus ovejas en la provincia de Santa Cruz, en el sur de la Patagonia, y varios comerciantes ingleses aprovecharon la oportunidad: embarcaron ovejas y pastores escoceses que trabajaban en las Malvinas y los llevaron al continente. Otro grupo de pastores argentinos partió desde Buenos Aires con cinco mil ovejas en un arreo hasta la Patagonia que duró dos años. Y con estos primeros asentamientos de pastores fueron naciendo las actuales ciudades de Santa Cruz: Río Gallegos, Puerto Santa Cruz, Puerto San Julián.
En el penúltimo confín de la Patagonia, el pueblo Comandante Piedra Buena resiste los vendavales de la latitud 50, agazapado en la orilla del río Santa Cruz. Los dos carriles de la avenida Gregorio Ibáñez, una calle larga y solitaria, están divididos por plazoletas ajardinadas. En uno de estos parterres, un poste sostiene un cartel azul con letras blancas: «Plazoleta Guillermo Larregui. El Vasco de la Carretilla».
A primera vista, Río Gallegos es otra ciudad cuadriculada que bosteza en los últimos páramos del continente. Los perros caminan en diagonal, con el rabo tieso y ganas de morder, y las personas, abrigadas y cabizbajas, se apresuran de un punto a otro sin detenerse ni mirar alrededor. Sopla el eterno vendaval patagónico, que aguza los nervios de los espíritus más templados, pero aquí flota una inquietud de última frontera que no se percibía en Comodoro Rivadavia o Puerto San Julián. La atmósfera vibra como una membrana tirante y parece que todos los cables de la ciudad emanan alta tensión. Deben de ser los vientos antárticos.
En Río Gallegos se termina la carretera asfaltada. Hacia el sur, la Ruta Nacional 3 se convierte en una pista de ripio que atraviesa prados de verdor eléctrico, el último aliento vegetal del continente, y unos kilómetros antes de alcanzar el estrecho de Magallanes se topa con una barrera: la frontera chilena.
Ushuaia es un topónimo yámana que significa «bahía que penetra hacia el oeste». El nombre apareció por primera vez en los documentos de las tres familias de misioneros anglicanos que en 1869 levantaron aquí sus viviendas, junto a las chozas de los indios. Durante quince años el reverendo Bridges y sus compañeros se dedicaron a evangelizar a los yámanas, a aprender su idioma y sus costumbres, y a mejorar sus condiciones de vida. Y en 1884 aparecieron en la bahía cuatro barcos de la Armada argentina que venían a instalar la sede de la gobernación de Tierra del Fuego, primera autoridad efectiva de los argentinos sobre un territorio que les pertenecía tras su reciente acuerdo con Chile pero que les era totalmente desconocido. Los cuarenta militares encontraron en Ushuaia un poblado misionero con 330 habitantes indios en ocho manzanas bien alineadas.

El río Volga es la calle mayor de Astracán. Entre las iglesias y los palacios, de pronto surge un buque mercante que atraviesa el centro de la ciudad con una pereza viscosa. La catedral y las murallas del kremlin relucen como una tarta de nata sobre una isla, amarrada con puentes a la margen izquierda, pero en ambas orillas se desparraman barrios decadentes, donde buscan su rumbo 500.000 almas. El plano de la ciudad dibuja calles ortogonales y una parrilla perfecta de cientos de cuadrículas alineadas; en Rusia, sin embargo, la realidad es fea y desfigura siempre la geometría oficial: sobre el terreno casi todas las cuadrículas del mapa resultan solares amorfos, salpicados de matorrales, dunas y viviendas desportilladas que se dan la espalda o se giran, como si cada una estuviera orientada hacia un imán distinto. Pisamos tierra cruda de aluvión, arcilla moldeable que el Volga acarrea desde el centro de Rusia para construir algo aquí. Pero da la impresión de que los habitantes de Astracán aún no han decidido qué hacer con esta plastilina vieja de su ciudad.
El plano también engaña cuando pinta una zona verde con estanque. A sólo quinientos metros del kremlin, la zona resulta un cañaveral fiero en el que reinan gatos y perros asilvestrados. Y el estanque no es azul: descubrimos un gran pozo turbio donde nadan tortugas y aletean cuervos. Tenemos que ponernos de cuclillas junto a la ciénaga y achinar los ojos para convencernos de que ese bulto peludo que flota es un jabalí en descomposición.

Yibuti, el país más caluroso del planeta, es un territorio hambriento y arrinconado en el Cuerno de África. Nadie se acuerda de sus sequías mortales, sus caminos aún minados tras la guerra civil, sus campamentos de refugiados; ni siquiera los médicos se acuerdan de colorear su malaria en los mapas de las enfermedades. Según un refrán de la tribu issa, hasta los chacales dejan testamento antes de entrar en Yibuti. Y cuando los franceses fundaron la colonia sobre un yermo arenoso, un chacal moría de hambre ante sus ojos. El propio país está condenado a desaparecer: las placas continentales de África y Arabia se alejan, y Yibuti, situado sobre la cicatriz, se sacude con terremotos y se hunde metro a metro bajo el nivel del mar. Desde 1978 una grieta parte en dos el desierto y se ensanchará hasta devorar el país entero.
Sin embargo, en esta tierra sentenciada se escuchan voces de esperanza entre los herederos del chacal: refugiados de guerra, nómadas desnortados, antiguos colonos, una monja tenaz, un primer ministro entusiasta, profesores, militares, pequeños mafiosos.
Yibuti es uno de los puntos principales donde Francia, tercera potencia militar del mundo, asegura su presencia en el planeta». Palabra de Mitterrand.
Diez mil legionarios custodiaban Yibuti, la última colonia francesa en África, cuando en 1977 el país accedió a la independencia. Entonces se acordó que las tropas galas se redujeran a cuatro mil, suficientes para disuadir las ansias de los países vecinos sobre Yibuti y su puerto. Etiopía perdió Eritrea y siempre ha mirado a Yibuti como una salida al mar; Somalia, antes de que se colapsara en 1991, aspiraba a controlar el ferrocarril Yibuti-Addis Abeba, la yugular de la economía etíope. Sin la tutela francesa, cualquier revuelta entre issas y afares sería la ocasión perfecta para que Etiopía o Somalia se lanzaran a devorar el pequeño país, con la excusa de proteger a una etnia u otra.
Francia dejó una guarnición militar que va declinando, pero también se preocupó de mantener su influencia por medio de liceos y centros culturales.
En Etiopía los precios son mucho más baratos que en Yibuti. Los caravaneros aprovechan el viaje para instalarse en campamentos afares amigos y pasan unos días haciendo compras en el lado etíope, antes de regresar. En el desierto no existen fronteras y nadie les pide el pasaporte. Esa es la clave moderna para salvar este oficio milenario: los camellos llevan sal y traen electrodomésticos de contrabando.
Crujen las costuras de África y Arabia. En el Rift retumba un rumor bronco, una respiración geológica, y a sólo tres kilómetros de profundidad bulle un infierno de magma y erupciones. Algún día tronará el gran terremoto, la franja costera se desplomará y el océano inundará la cuenca. Queremos intuir algún sentido en esta belleza terrible, en este derroche de fuerzas colosales que llevan millones de años retorciendo el planeta y lo seguirán esculpiendo después de que todos hayamos desaparecido, quién sabe para qué. Pero el Rift es un gran recordatorio: hay que elegir entre el absurdo y el misterio.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/03/01/potosi-ander-izagirre-potosi-by-ander-izagirre-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/26/mi-abuela-y-diez-mas-ander-izaguirre-my-grandmother-and-ten-more-by-ander-izaguirre-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/27/los-sotanos-del-mundo-ander-izagirre-the-basements-of-the-world-by-ander-izagirre-spanish-book-edition/

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It is a great travel book that I have read. The journalist Ander Izagirre tells his experience in the Pangea expedition, which moved to the lowest points of the six continents. The chapters dedicated to the two Americas and Oceania are extraordinary. Those in Europe and Asia, probably due to difficulties in making themselves understood in Russia and the Middle East, lower the level a bit. The texts of each destination show more effort to trace journalistic chronicles of those places and their inhabitants than to extend in Arab descriptions of the places themselves. What in other travel books would be stony texts talking about the monuments, the weather or the flora of the destinations, here are pieces of life. I have found it highly recommended.
Ander Izaguirre travels to the deepest geographical depressions in the world, and, like the great writers and travelers (Bruce Chatwin, for example), uses the trip as an excuse to tell us dozens of stories around the place. The Australian aborigines, the California gold rush, the Palestinian exodus, the destruction of Patagonia … each of the six trips he makes brings us closer to unknown worlds and stories and told in an absolutely prodigious way.

California is the land of superlatives. They claim to have the largest trees in the world (the giant redwoods of Yosemite: up to one hundred meters high, eleven meters in diameter, 2,500 tons and 3,000 years), the largest granite wall (the thousand vertical meters of Mount El Capitan, also in Yosemite), the most flexible skyscrapers (due to the usual shaking of earthquakes), the most winding street (Lombard Street, in San Francisco), the highest mountain in the United States (not counting Alaska, of course), the lowest point of North America (they say that from all of America and the entire western hemisphere, but we will already travel to Patagonia to deny it).
That obsession to collect superlatives is common throughout the West. Sometimes they do it with the ingenuity of a giant bonsai seller, such as at the entrance of Reno (Nevada), where a neon arc announces “The biggest little city in the world”. In Nevada, regional grudges and inferiority complexes also force breastfeeding: if Las Vegas is famous worldwide for its architectural extravagances nestled in the desert, Reno pays a public campaign with posters showing the silhouette of his city on an impressive background of snowy mountains and a boastful slogan: “Build this, Las Vegas!” (“Build this, Las Vegas!”). The most frequent are the gross challenges.
At least, nature took its little revenge for both desiccated lake and in 1905 gave another California superlative. That year, the same in which they began to build the aqueduct between the Sierra Nevada and Los Angeles, another water transfer was attempted from the Colorado River. But the pipe broke, and by the time they were able to cut off the flow, the water had already flooded a depression in southern California, located below sea level: it is now Salton Sea, the youngest lake in North America.
In the Mono Lake basin is the explanation of the Californian mania by the superlatives: the ruins of Bodie, a ghost town from when the gold rush. It is the best preserved fossil of that time. In the middle of a desert of sage bushes, dozens of nineteenth-century houses, warehouses, workshops, shops, the school, a saloon, the jail still stand.
The failure of the European revolutions of 1848 also came to California: the nationalists, socialists and democrats who dreamed of an egalitarian Europe and ended up crushed under repression. With the call of gold, many wanted to seek fortune in America and, perhaps, create their utopian societies in that country that started from scratch. The peasants of Ireland, a hungry and sick country, crossed the ocean for thousands. Whole towns of Germans were also embarked, and the German authorities, frightened by the stampede, edited a booklet that painted the Californian adventure as a nightmare to try to discourage them. The French Government, on the other hand, found an ideal occasion to get rid of its annoying revolutionaries.
Without gold or brandy, hell was tempered. But the thousands of adventurers and visionaries stayed to live and formed that mass in which California fermented. Then came other quieter emigrants: labor from around the world to a continent that was largely empty.

If Reno is the intellectual capital of the Amerikanuak, the city of Boise (Idaho) has the most vigorous Basque community in the United States.
The seven hundred kilometers that separate Reno de Boise cover a kind of umbilical cord for the American Basques. When we cross Winnemuca (Nevada), we see a Pyrinees Motel and a San Fermín Restaurant that offers “fine Basque dining”. In the Jordan Valley (Oregon) you will find the Basque Inn hotel, the Telleria’s Express restaurant and the Danok Etorri pediment [“come all”], built in 1915, on whose side they formed a tile mosaic with the Basque surnames of Oregon.
But the real umbilical cord is the Lokarria bulletin (which means “cord” and also “link”) prepared by Martxel Tillous, an itinerant priest. The bishopric of Bayonne always assigns a Basque priest in California to assist the Amerikanuak community.

The Grand Canyon is a notch excavated by Time, which marks the passage of epochs sediment after sediment, like a boring prisoner: its bare walls show the horizontal layers that form the terrain, in strips of raw limestones, red and metallic oxides, Pale and golden sandstones, up to the white granite base that supports the entire framework. They are sediments that a million years ago perched on the bottom of an immemorial sea, and that some formidable force raised so that the river would then open them to the open sky. The hurtful light of noon clearly highlights the boundaries of these fringes. The sunset starts mineral glitters. And in the twilight, the cliffs that fall staggered from the edge of the canyon to the bottom, like immense bleachers for the cult of gods already forgotten, are diluted in shadows and are confused in optical and geometric fantasies. Petrified silhouettes of hills, pyramids, buttresses, plateaus, ravines and canyons float in an ocean of mauve mist.
About 200,000 Navajos live south of the Colorado River, almost all within a region that maps draw as another scar on the face of Arizona: the Navajo Nation Reserve. It is the largest Indian reserve in the United States, with 45,000 square kilometers – the size of Aragon – that span Arizona, Utah and New Mexico, and inside which there are other areas for Hopi, Paiute, Hualapai and Havasupai Indians. For these scars of history to heal, the federal government gives current Indian territories broad autonomy and the possibility of being governed by their own laws, which has resulted in a curious way of life: reservations specialize in offering censored vices for The rest of the Americans. In states that do not allow gambling, for example, Indians set up casinos and turn their territories into islands for all the surrounding ludopatas. Others take advantage of their tax exemptions to live as small Andorras, from the sale of alcohol and tobacco without taxes.
Actually, Death Valley is neither valley nor death. It is not a valley excavated by rivers, the geologists explain, but a land that sank: some gigantic blocks of the earth’s crust rose to form the current mountain ranges of Panamint and Amargosa, and between them this depression was locked, sunk 86 meters below the level of the sea, which collapses more and more towards the bottom of the earth. And life abounds in Death Valley, biologists certify. In their scorched lands resist shrubs, cacti, yucas. When the ground cools, battleships lizards and turtles; mouflon climb rocky slopes; Scorpions and rattlesnakes bite if they are stepped on …

Australia is a very rare country, a continent that has evolved on its own for fifty million years. And it shows as soon as you step on the Sydney airport and go to the exchange office. On the reverse of the various Australian currencies a collection of bizarre beings appears: kangaroos, emus, koalas, platypus and the queen of England.
This country, in addition, constantly produces unusual news.
Australia is an amazing country. Australia is the oldest land on the planet. Since fifty million years ago it broke away from the rest of the continents, no serious geological movement has disturbed it. For thousands of centuries, wind and rain have worn Australian mountain ranges higher than the Himalayas, to reduce them to an immense red plain that now occupies almost the entire country. It is the flattest and hottest continent of all. And, if we exclude Antarctica, also the driest, desert and hostile to life: a dead land. However, surprising life forms abound: 87% of Australia’s plant and animal species do not exist anywhere else. European settlers were stunned when they discovered animals that were traveling by boat and carrying their young in a bag, mammals that laid eggs, fish with lungs. In Australia, species that belong to very primitive stages of evolution survive, such as certain colonies of microorganisms – the stromatolites – that are preserved as they were at the dawn of life. The stromatolites have spent the last 3.5 billion clinging to the coastal rocks, absorbing sea water and sun, rocked by the waves, with a noticeable lack of concerns.
Australia was born as an independent state in 1901, but its inhabitants remained British citizens: until 1949 there was no official Australian nationality. And even today, the head of state of Australia is, yes, the queen of England.
That peculiar patriotic roots was beneficial to found a new vigorous society in such a strange continent. But the obsession to preserve British purity brought the most shameful chapters in Australian history. For three quarters of the twentieth century, the country was governed by the “White Policy”, the policy of the White Australia. Australia boasted racial purity and rejected non-British emigrants with contempt. The sugarcane plantations of the tropics resorted for a time to the canacos – inhabitants of the Pacific islands – as a semi-slave labor force, but as soon as Australia was constituted as an independent nation, the rulers insisted on expelling those unworthy negroids. To replace them, they reluctantly accepted the arrival of Mediterranean Europeans —italians, Greeks, Yugoslavians, Spaniards— with official instructions and regulations so that customs would not let those who were “too dark” enter.
The cruel stupidity of Australians began to dissolve with World War II. In 1942 the Japanese bombed the cities of Darwin and Broome, in northern Australia. Suddenly, the Australians realized that their country was a huge unpopulated continent, that they could not stop an invasion and that their English tutors were too busy with Hitler to go and help them. The Australian military improvised a rather humiliating plan: they planned to retreat in the corner of the southeast coast to defend the main cities and leave most of the continent. The US army appeared as the Seventh Cavalry and defeated the Japanese at the last moment, in the battle of the Coral Sea. The Japanese came in with a couple of submarines in Sydney Bay and had already minted Japanese currency for the future annexed Australia. The lesson was set in one motto: populate the country or lose it. After the war the Australians lifted the barrier for all European emigrants – the British were even paid for the trip – and granted facilities for land occupation. Even so, until the 1970s the White Australia policy was not officially repealed. From then on thousands of refugees arrived, especially exiles from the Indochinese wars. Now, with the entry into the 21st century, the Australian government tries to close the door again and tow the boats crowded with immigrants to the lost islands of the Pacific, but miscegenation is inevitable: one third of the population of Sydney was born in another country, the fourth most common last name in Melbourne is the Vietnamese Nguyen and within twenty years the fourth part of the inhabitants will have Asian origin.
Australia is forging its new identity and also tries to fit into it the history of its original inhabitants: the aborigines, the oldest living culture on the planet. This is another Australian miracle that hardly pays attention. European settlers arrived two centuries ago and met the native peoples, who had been there for 40,000 years – up to 120,000, according to some evidence. In spite of that, the British declared that this continent was terra nullius, no man’s land, and thus granted the right of ownership.

The Stuart Highway is a 3,500-kilometer road that crosses Australia from north to south like a backbone. At the southern end, where we take it, the road begins in the coastal city of Adelaide, and during the first three or four hundred kilometers it goes through the bush, the low scrub plain, inhabited by a few farmers. Then he enters the outback, the desolate interior of the continent: in a section of almost three thousand kilometers there is only one real town (Alice Springs, 25,000 inhabitants, halfway). In the rest, nothing. Small modern oases open every three hundred kilometers: a gas station, a pub with cold beer and perhaps a motel. Between one and the other you have to drive hours through a red, dusty and steamy plain. After three thousand kilometers of desolation the road reaches the north end, finds a strip of bushes again and then arrives in the city of Darwin, next to the tropical sea of Timor. It is the symmetric scheme of Australia.
From Coober Peddy the road advances another six hundred kilometers through the desert and, suddenly, at the foot of an ancient and eroded mountain range, a small town springs: Alice Springs, a strange miracle of human stubbornness. There, in the center of Australia, there is a grid of apathetic streets, in which low-rise houses lined up. But it is precisely that vulgarity and routine appearance that are amazing, because these peaceful neighborhoods rise to the edge of a terrifying desolation: Alice Springs is beset by two thousand kilometers of desert on either side.
Alice Springs was born in 1872 as one of the twelve telegraph stations that transmitted the morse’s metallic beats from Adelaide — on the south coast — to Darwin — on the north coast. The modest station rose to the side of the Alice spring, named after the wife of Charles Todd, director of telegraphs in Adelaide. Mrs. Alice never stepped on that tiny oasis.

Patagonia is a gigantic and depopulated territory: it covers about twice as many Spain (one million square kilometers) and there, less than half of the inhabitants of Madrid (1,800,000) live there. Geographers define it as “the vast southernmost region of the funnel of South America, with territories of Argentina and Chile.” It is difficult to specify more: there is no administrative division called Patagonia, its native inhabitants never gave a common name to all that land, cartographers, politicians and writers discuss its limits. Some say that Patagonia is the entire territory that extends south of the Colorado River in Argentina and south of the Biobío in Chile, others argue that it begins south of the Negro River, or that the western limit is in the Andes and that Chile must exclude, or that also includes the Pampa, or that the interior province of Neuquén should be excluded, or that in the south ends in the Strait of Magellan, or that the archipelagos of Tierra del Fuego are also part of Patagonia; there are even opportunistic patriots that include the Falkland Islands in the lot, to bring them closer even if it is psychologically to the albiceleste flag shelter.
For us, Patagonia begins in a very explicit and sharp way, a few kilometers before reaching the Colorado River. An immense sign appears on the road: «You enter Patagonia: zone of protection against the fruit fly».
Large herds began to graze through Patagonia around 1875. Until then, Argentina sold beef and cereals, but the government decided to expand exports and thought of wool. Economic advantages were announced for farmers who wanted to feed their sheep in the province of Santa Cruz, in southern Patagonia, and several English merchants seized the opportunity: they embarked sheep and Scottish shepherds who worked in the Falklands and took them to the mainland. Another group of Argentine shepherds left from Buenos Aires with five thousand sheep in a drive to Patagonia that lasted two years. And with these first settlements of shepherds, the current cities of Santa Cruz were born: Río Gallegos, Puerto Santa Cruz, Puerto San Julián.
In the penultimate border of Patagonia, the Comandante Piedra Buena village resists the gales of latitude 50, crouched on the bank of the Santa Cruz River. The two lanes of Gregorio Ibáñez Avenue, a long and lonely street, are divided by landscaped squares. In one of these flower beds, a pole holds a blue sign with white letters: «Guillermo Larregui square. The Basque of the Wheelbarrow».
At first glance, Río Gallegos is another gridded city that yawns in the last moors of the continent. Dogs walk diagonally, with a stiff tail and a desire to bite, and people, warm and crestfallen, rush from one point to another without stopping or looking around. The eternal Patagonian gale blows, which sharpens the nerves of the most temperate spirits, but here there is a restless frontier concern that was not perceived in Comodoro Rivadavia or Puerto San Julián. The atmosphere vibrates like a tense membrane and it seems that all the cables in the city emanate high tension. They must be the Antarctic winds.
The paved road ends at Río Gallegos. To the south, National Route 3 becomes a gravel road that crosses meadows of electric greenery, the last vegetable breath of the continent, and a few kilometers before reaching the Strait of Magellan comes across a barrier: the Chilean border.
Ushuaia is a Yámana toponym that means “bay that penetrates to the west.” The name first appeared in the documents of the three families of Anglican missionaries who in 1869 built their homes here, next to the Indian huts. For fifteen years, Reverend Bridges and his companions dedicated themselves to evangelizing the Yámanas, learning their language and customs, and improving their living conditions. And in 1884 four ships of the Argentine Navy appeared in the bay that came to install the headquarters of the government of Tierra del Fuego, the first effective authority of the Argentines on a territory that belonged to them after their recent agreement with Chile but that was totally unknown. The forty soldiers in Ushuaia found a missionary town with 330 Indian inhabitants in eight well-aligned blocks.

The Volga River is the main street of Astrakhan. Between the churches and the palaces, suddenly a merchant ship emerges that crosses the center of the city with a slimy sloth. The cathedral and the walls of the Kremlin shine like a cream pie on an island, moored with bridges to the left bank, but on both banks scattering decaying neighborhoods, where 500,000 souls seek their course. The city map draws orthogonal streets and a perfect grid of hundreds of aligned grids; in Russia, however, the reality is ugly and always disfigures the official geometry: on the ground almost all the grids of the map are amorphous solar, dotted with bushes, dunes and chipped houses that turn their backs or turn, as if each one was oriented towards a different magnet. We step on raw alluvial soil, moldable clay that the Volga carries from the center of Russia to build something here. But it seems that the inhabitants of Astrakhan have not yet decided what to do with this old plasticine in their city.
The plane also deceives when it paints a green area with a pond. Only five hundred meters from the Kremlin, the area is a fierce reed in which cats and feral dogs reign. And the pond is not blue: we discover a large murky pit where turtles swim and crows flutter. We have to squat next to the swamp and narrow our eyes to convince ourselves that this hairy bump that floats is a decaying wild boar.

Djibouti, the hottest country on the planet, is a hungry and cornered territory in the Horn of Africa. Nobody remembers their mortal droughts, their roads still undermined after the civil war, their refugee camps; not even doctors remember to color their malaria on disease maps. According to a saying from the Issa tribe, even the jackals leave a will before entering Djibouti. And when the French founded the colony on a sandy wasteland, a jackal was starving before their eyes. The country itself is doomed to disappear: the continental plates of Africa and Arabia move away, and Djibouti, located on the scar, shakes with earthquakes and sinks meter by meter below sea level. Since 1978 a crack split the desert in two and will widen to devour the entire country.
However, in this sentenced land, voices of hope are heard among the heirs of the jackal: war refugees, heartless nomads, former settlers, a tenacious nun, an enthusiastic prime minister, teachers, military, small gangsters.
Djibouti is one of the main points where France, the third military power in the world, ensures its presence on the planet ». Mitterrand’s word.
Ten thousand legionaries guarded Djibouti, the last French colony in Africa, when in 1977 the country agreed to independence. Then it was agreed that the Gallic troops would be reduced to four thousand, enough to deter the anxieties of neighboring countries over Djibouti and its port. Ethiopia lost Eritrea and has always looked at Djibouti as an exit to the sea; Somalia, before it collapsed in 1991, aspired to control the Djibouti-Addis Ababa railway, the jugular of the Ethiopian economy. Without French tutelage, any revolt between issas and afares would be the perfect occasion for Ethiopia or Somalia to launch themselves to devour the small country, with the excuse of protecting one ethnic group or another.
France left a military garrison that is declining, but also worried about maintaining its influence through high schools and cultural centers.
In Ethiopia, prices are much cheaper than in Djibouti. The caravans take advantage of the trip to settle in friendly water camps and spend a few days shopping on the Ethiopian side, before returning. In the desert there are no borders and nobody asks for your passport. That is the modern key to saving this ancient trade: the camels carry salt and bring contraband appliances.
The seams of Africa and Arabia creak. In the Rift a rumble rumbles, a geological breath, and only three kilometers deep, a hell of magma and eruptions erupts. Someday the great earthquake will thunder, the coastal strip will collapse and the ocean will flood the basin. We want to sense some sense in this terrible beauty, in this waste of colossal forces that have been twisting the planet for millions of years and will continue to sculpt it after we have all disappeared, who knows why. But the Rift is a great reminder: you have to choose between the absurd and the mystery.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/03/01/potosi-ander-izagirre-potosi-by-ander-izagirre-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/26/mi-abuela-y-diez-mas-ander-izaguirre-my-grandmother-and-ten-more-by-ander-izaguirre-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/27/los-sotanos-del-mundo-ander-izagirre-the-basements-of-the-world-by-ander-izagirre-spanish-book-edition/

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