Miami Y El Sitio De Chicago — Norman Mailer / Miami and the Siege of Chicago by Norman Mailer

Chico de Brooklyn con acento de Harvard, Mailer fue una gran figura pública en mi niñez de los años 60: ególatra, combativo y fetichista sobre su propia beligerancia, libertino y antifeminista, divertido y, sí, más grande que la vida, creando implacablemente una personalidad pública; del arrogante hombre de letras hemingwayesco. Se las arregló para producir una gran cantidad de trabajo que rara vez / nunca parecía alcanzar el nivel realmente grande del cual todos parecían pensar que era capaz.
Era demasiado joven para seguir los acontecimientos de las convenciones de 1968: la convención demócrata abierta por el asesinato de RFK (Robert Kennedy). Es lo suficientemente duro consigo mismo para invocar sus propias racionalizaciones por no involucrarse en las manifestaciones, y finalmente aprovecha su vergüenza para hacer lo correcto, aunque solo sea para apoyar su propia imagen heroica.
Su descripción de la convención republicana en Miami trae de vuelta esa Florida anterior a Disney y esa era de acceso político menos mediado, dejando al descubierto el abismo entre la vieja América y el mundo posterior a la década de 1960, con Nixon y sus seguidores en el lado equivocado de la historia. Por lo general, hace esto al contrastar los tipos de grupos musicales y bailarinas y canapés que se encuentran en las diferentes fiestas de los candidatos, pero no puedo pretender que no sea divertido de leer.
Sin embargo, este es un informe en tiempo real, por lo que la lectura atenta de los personajes sin un mayor contexto histórico y cultural haría que gran parte de la narración carezca de sentido para alguien que no tiene estos antecedentes. Es como escuchar grandes chismes sobre personas que nunca has conocido: interesantes al principio pero finalmente aburridas porque los chismes requieren una conexión personal. La descripción que hace Mailer de Hubert Humphrey como un corredor de apuestas pequeño que es un héroe para su barbero pero aterrorizado por sus superiores es solo uno de los miles de ejemplos. Eso no es culpa de Mailer, sino una limitación en el género en sí y una razón por la cual este libro no es uno para las edades.

El libro termina con Mailer casi siendo mutilado por el estado policial de Daley. Al escapar por medio de su fama y pase de prensa, procede a una fiesta nocturna en la mansión Playboy que, en aquellos viejos tiempos, todavía se encontraba en la ciudad natal de Hefner. Buenos tiempos para el gran escritor estadounidense. 1968 Mailer ES ese año personificado, y este libro lo trae todo de vuelta, no, lo trae de regreso. Tal vez este libro proporciona más que una perspectiva de “tenías que estar allí” al suponer una “estás aquí conmigo porque te traje conmigo”. Y al ser tan de su momento, tal vez es un libro para todas las edades, después de todo.

A menos que se le conozca bien, o que haya un ingente trabajo preparatorio, es prácticamente inútil entrevistar a un político. Su mente está acostumbrada a responder preguntas políticas. Cuando ha decidido por fin postularse a la presidencia, probablemente ya haya contestado un millón. O eso es lo que habrá hecho si ha estado en política veinte años y ha respondido a una media de ciento cincuenta preguntas de esta clase por día, una cifra nada inverosímil. Sorprender a un político bregado con una pregunta es casi tan difícil como propinar un gancho a un boxeador profesional. De modo que es imposible sacar demasiado de las entrevistas con los candidatos. Sus dientes estarán bien blanqueados, sus ademanes suaves y agradables, su porte atractivo, y será tan explícita en el movimiento de sus mandíbulas su habilidad para eludir la pregunta y contestar lo que quiera como la habilidad de masticar un pedazo de carne. Entrevistar a un candidato es algo casi tan íntimo como verlo por la televisión.

Rockefeller, no obstante, lo seguía intentando. Había estado preparando una ofensiva total durante semanas. Había estado saturando América con discursos preparados para televisión y con anuncios a toda página en los periódicos de todo el país, con la filosofía de Rockefeller, pagándola con el dinero de Rockefeller, con su retórica a lo Emmet Hughes, la eminencia de la avenida Madison.
Sobre Vietnam: el país no debe volver a verse en la tesitura de estar «ante un compromiso para el cual se necesita buscar una justificación retrospectiva… La guerra se ha conducido con una estrategia coherente y sin una agenda para la paz». Aunque hasta hacía poco tiempo había pasado por ser un halcón entre los halcones, del mismo modo que ahora Nixon era una paloma de halcón, como todos los republicanos a excepción de Reagan.
Lo que Rockefeller necesitaba eran los votos de los delegados, y no los buenos deseos de millones de americanos. Se creaba la expectativa de que se repitiera la sexta votación de Wendell Willkie de 1940…
Nixon podía soñar con unir al país, pero aún debía enfrentarse al poder del ala derecha de su partido, que se haría escuchar en breve, por encima de los balidos de la cervecería, lo peor de los wasp, con la potencia muscular de un toro y rabia asesina en el cuello. ¿Sería capaz Nixon de mostrarse firme ante la amenaza? ¿O caería prisionero de los locos en los manicomios de su propio partido, esos locos que no estaban ahora en Miami, que permanecían en la sombra esta semana? La convención se había desarrollado de forma pacífica hasta ese momento, demasiado pacífica.

Chicago es la gran ciudad americana. Nueva York es una de las capitales del mundo, y Los Ángeles una constelación de plástico, San Francisco es una dama, Boston se ha transformado en la Renovación Urbana, Filadelfia, Baltimore y Washington resplandecen como diamantes opacos entre la bruma de la megalópolis del este, y de Nueva Orleans sólo merece la pena el barrio francés. Detroit es la ciudad que se vuelca en una única industria, Pittsburg ha perdido su triángulo dorado, San Luis se ha convertido en la panacea de las grandes corporaciones y las noches en Kansas cierran temprano. La concesión de la explotación petrolífera hace de Houston y Dallas tableros de ajedrez para esta clase de juego. Pero Chicago es la gran ciudad americana. Quizá la última de las grandes ciudades americanas.
La política es un implacable mercadeo de propiedades conducido por gente implacable. Su poder y su virilidad radican en el comercio. Detrás de cada comerciante está el poder de sus propiedades adquiridas; la cuestión de fondo en juego en cada transacción es, ¿a quién pertenecen las propiedades más atractivas? Un buen político tiene estómago para tratar con todo tipo de propietario, a excepción del fanático, porque el fanático no está representado.

McCarthy no mencionó Vietnam en sus primeras palabras de presentación ante la delegación de California, e incluso afirmó con énfasis que no quería repetir lo que había dicho al respecto en ocasiones anteriores, y entonces —nadie le hacía sombra al agudo ingenio de McCarthy a la hora de escabullirse, el tiburón que llevaba dentro saltaba aquí— dijo al respecto de las críticas que se vertían sobre él «… y hace muy poco se sugirió que sería un presidente pasivo. Bien, yo creo que es necesario un poco de pasividad como contrapeso. Nunca he tenido claro qué quiere decir eso de la compasión activa. Para mí, la compasión es sufrir con alguien, no antes». Hizo una pausa; «o al menos no en público». Se detuvo de nuevo. Y mordió en hueso sin cambiar la voz. «Aunque, pasivo o no, he sido el candidato más activo del partido en este último año.

Un periodista del Sun Times de Chicago, un periodista y un fotógrafo de Life, cámaras de tres canales de televisión, y tres periodistas y un fotógrafo de la revista Newsweek. Pero, como el cronista no estaba presente, mejor citemos el relato de Nicholas von Hoffman, del Washington Post:
El ataque comenzó cuando un coche de la policía atravesó la barricada. Los muchachos tiraron todo lo que pudieron conseguir de antemano, sobre todo piedras y botellas. Entonces se produjeron acciones policiales menores antes de la carga total.
Gritos y aullidos en toda el área del campamento, mientras los militantes más veteranos no paraban de gritar: “Caminen, caminen, por el amor de Dios, no corran”. Hay un adagio entre los veteranos en estas lides que dice: “El pánico de los manifestantes promueve la violencia descontrolada de la poli”.
Filas de gente corriendo que salían del bosque y cruzaban el césped, tratando de alcanzar el estacionamiento en la calle Clark. Los seguían los policías, que salían del bosque como una erupción y perseguían sobre todo a los fotógrafos. Ante la justicia las fotografías son un testimonio incontestable. Se habían quitado las placas con sus nombres, e incluso la descripción de la ciudad a que pertenecían, que suelen llevar en el hombro, para transformarse en una masa uniforme, inidentificable, que repartía golpes.
… Después llegó la escena en el hospital Henrotin, cuando los editores llegaban a reclamar a sus heridos. Roy Fischer, del Daily News de Chicago, Hal Bruno, de Newsweek. En la sala de espera algunos reporteros de televisión, que soportaron una paliza especialmente considerable, contaban lo que les habían hecho, mientras miraban furiosos a los policías que pasaban de vez en cuando, sin que éstos parecieran vivir una noche distinta a las del resto del año.
La contrarrevolución había comenzado. Era como si la policía hubiera declarado que los periodistas ya no representaban el sentir del pueblo. Los verdaderos sentimientos del pueblo, decían los palos de la policía, estaban con la policía.

El miércoles por la tarde no sólo se elegía al candidato presidencial, sino que también se debatía la moción sobre la paz en Vietnam. También fue la noche en que tuvo lugar la masacre de la avenida Michigan. Un evento extraordinario: una masacre, igual en su balance a algunas de las antiguas felonías indias y no obstante, no hubo muertos. Por supuesto que hubo muchos heridos. Y varios cientos de delegados iniciaron una manifestación de protesta durante la madrugada del jueves, desde los corralones del matadero, portando velas encendidas. Fue uno de los días más convulsos en la historia de las convenciones. Desgastado por su portentoso sentido sureño del futuro, Lester Maddox, el cuarto candidato, gobernador de Georgia, incluso renunció a su candidatura el miércoles por la mañana.

Apenas hay estudios sobre las diferencias psicológicas entre los policías y los criminales, y la razón no es difícil de imaginar. Los estudios basados en los exámenes psicológicos corrientes no logran detectar diferencias significativas. Quizá no afinan lo suficiente.
Si la civilización ha llevado a que la condición natural del hombre moderno sea la esquizofrenia (puesto que en el centro de su vida deliberativa no sabe si confiar en sus máquinas o en las impresiones imperfectas que sus sentidos distorsionados todavía le siguen ofreciendo y, en los mensajes más o menos torturados que le siguen llegando del agua contaminada, del suelo hiperfertilizado, del aire venenosamente irritante), los ciudadanos comunes son suicidas debido a su esquizofrenia. Reprimirán sus impulsos y terminarán muriendo de cáncer, locura manifiesta, envenenamiento por nicotina, ataque al corazón o de las complicaciones de una neumonía. Es esa minoría, la de los que buscan dar expresión a la violencia —policías y ladrones—, la que nos interesa ahora.
La sociedad se mantiene unida gracias a poderes de resistencia similar a los de la seda de las telarañas; nadie es más consciente de ello que los que han administrado una sociedad. Por eso las imágenes de la masacre alumbraron una pesadilla. Así que en el futuro habría rebeliones. Y sería cada vez más necesario tener más policías, y habría que soportarlos en mayor medida. Pero al hacerlo, paradójicamente, no pasaría mucho tiempo antes de que su propia criminalidad dominara su relación con la sociedad. Y eso haría inevitable que se los reemplazara mediante la Ley Marcial. Pero si el ejército se convertía en la fuerza punitiva de la sociedad, entonces el Pentágono se convertiría en la única autoridad significativa de la nación.
Reinaba en el ambiente de la convención una atmósfera de indignación, histeria, pánico, rumores desatados, exabruptos desbocados, furia, locura, mal humor y tristeza la noche de la nominación.
La enfermedad era subcutánea, el siglo estaba infectado malignamente con una enfermedad tan complicada que los yippies, los musulmanes negros y los fanáticos segregacionistas de Wallace estaban todos contagiados. Quizá se comerían primero unos a otros, pero eso no era más que otra faceta de la plaga —el canibalismo seguía siendo el mejor remedio para el cáncer—.
Si éstas eran las fantasías médicas del cronista después de la nominación, la contracara se dejaba ver en los rostros de los delegados: exhibían la misma depresión que se adivina en las caras de los que presencian una pelea aburrida, las emociones más primarias han sido escasamente alimentadas.

Chicago era una gran ciudad. Siempre terminaba por atraerlo a uno a ese tipo de confrontación premeditada con que se puede terminar una novela sobre una semana de estancia en Chicago. No podía decirse lo mismo de Miami.
No sabía que, poco antes o poco después de su doble y curioso arresto, la policía había atacado el cuartel general de McCarthy y había arrestado a todos los chicos que encontró en el lugar, golpeando a algunos de ellos, creándole una preocupación tan grande a McCarthy que hubo de quedarse en la ciudad hasta el viernes por la tarde para comprobar que sus jóvenes adeptos quedaban en libertad.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/26/miami-y-el-sitio-de-chicago-norman-mailer-miami-and-the-siege-of-chicago-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/19/la-cancion-del-verdugo-norman-mailer-the-executioners-song-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/18/los-desnudos-y-la-muerte-norman-mailer-the-naked-and-the-dead-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/13/los-ejercitos-de-la-noche-la-historia-como-una-novela-la-novela-como-historia-norman-mailer-the-armies-of-the-night-history-as-a-novel-the-novel-as-history-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2016/10/14/fuera-de-la-ley-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2015/10/23/los-tipos-duros-no-bailan-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2014/11/05/el-castillo-en-el-bosque-norman-kingsley-mailer/

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Brooklyn boy with the Harvard accent, Mailer was a huge public figure in my 60s childhood: egomaniacal, combative and fetishistic about his own belligerence, libertine and anti-feminist, funny and — yes — larger than life, relentlessly crafting a public persona of the swaggering Hemingwayesque man of letters. He managed to produce a huge amount of work that rarely/never seemed to reach the level of truly great of which everyone seemed to think he was capable.
I was too young to follow the events of the conventions of 1968 — the Democratic convention thrown open by the RFK assassination. He’s hard enough on himself to call out his own rationalizations for not becoming involved in the demonstrations, ultimately tapping into his shame to do the right thing, if only to support his own heroic self-image.
His description of the Republican convention in Miami brings back that pre-Disney Florida and that age of less mediated political access, laying bare the chasm between stodgy old America and the post-1960s world, with Nixon and his followers on the wrong side of history. Usually he does this by contrasting the kinds of musical groups and dancing girls and canapés found in the different candidates’ parties but I can’t pretend that is not fun to read.
This is real time reporting, though, so the keen close read of characters without greater context historically and culturally would render much of the narrative meaningless to someone who doesn’t have this background. It’s like listening to great gossip about people you’ve never met: interesting at first but ultimately boring because gossip requires a personal connection. Mailer’s description of Hubert Humphrey as a small time bookie who is a hero to his barber but terrified of his higher-ups is just one of a thousand examples. That’s not Mailer’s fault but a limitation on the genre itself and a reason this book is not one for the ages.

The book ends with Mailer almost getting mauled by the Daley police state. On escaping by means of his fame and press pass, he proceeds to a late night party at the Playboy mansion which, in those good old days, was still located in Hefner’s hometown. Good times for the Great American (Male) Writer. 1968, Mailer IS that year personified, and this book brings it all back — no, it brings HIM back. Maybe this book does supply more than a “you had to be there” perspective by assuming a “you are here with me because I brought you with me” one. And in being so of its moment, maybe it is a book for the ages, after all.

Unless you are well known, or there is a huge preparatory work, it is virtually useless to interview a politician. Your mind is used to answer political questions. When he has finally decided to run for president, he probably already answered a million. Or that is what he will have done if he has been in politics for twenty years and has answered an average of one hundred and fifty questions of this kind per day, an unlikely figure. Surprising a troubled politician with a question is almost as difficult as tipping a hook to a professional boxer. So it is impossible to get too much out of interviews with candidates. Your teeth will be well bleached, your gestures soft and pleasant, your appearance attractive, and your ability to avoid the question and answer whatever you want is as explicit as the ability to chew a piece of meat. Interviewing a candidate is almost as intimate as watching it on television.

Rockefeller, however, kept trying. He had been preparing a total offensive for weeks. He had been saturating America with speeches prepared for television and with full-page ads in newspapers across the country, with Rockefeller’s philosophy, paying for it with Rockefeller’s money, with his rhetoric to Emmet Hughes, the eminence of Madison Avenue .
On Vietnam: the country must not be seen again in the position of being “faced with a compromise for which a retrospective justification is needed … The war has been conducted with a coherent strategy and without an agenda for peace.” Although until recently it had happened to be a hawk among the hawks, in the same way that now Nixon was a hawk dove, like all Republicans except for Reagan.
What Rockefeller needed were the votes of the delegates, and not the good wishes of millions of Americans. The expectation that the sixth Wendell Willkie vote of 1940 was repeated …
Nixon could dream of uniting the country, but he still had to face the power of the right wing of his party, which would be heard shortly, above the brewer’s bleats, the worst of the wasp, with the muscular power of a bull and murderous rage in the neck. Would Nixon be able to stand firm against the threat? Or would the madmen in the asylum of his own party fall prisoner, those madmen who were not now in Miami, who remained in the shade this week? The convention had developed peacefully until then, too peaceful.

Chicago is the great American city. New York is one of the capitals of the world, and Los Angeles is a plastic constellation, San Francisco is a lady, Boston has been transformed into the Urban Renewal, Philadelphia, Baltimore and Washington shine like dull diamonds between the mist of the eastern megalopolis , and New Orleans is only worth the French Quarter. Detroit is the city that turns into a single industry, Pittsburg has lost its golden triangle, St. Louis has become the panacea of large corporations and the nights in Kansas close early. The oil exploitation concession makes Houston and Dallas chess boards for this kind of game. But Chicago is the great American city. Perhaps the last of the great American cities.
Politics is a relentless property marketing driven by relentless people. His power and virility lie in commerce. Behind each merchant is the power of their acquired properties; The underlying issue at stake in each transaction is, to whom do the most attractive properties belong? A good politician has a stomach to deal with all types of owners, except for the fan, because the fan is not represented.

McCarthy did not mention Vietnam in his first words of presentation to the California delegation, and even stated emphatically that he did not want to repeat what he had said about it on previous occasions, and then – no one was shading McCarthy’s sharp wit at the time If he slipped away, the shark inside him jumped here – he said about the criticisms that were poured on him «… and recently suggested that he would be a passive president. Well, I think a little passivity is necessary as a counterweight. I have never been clear what that active compassion means. For me, compassion is suffering with someone, not before. He paused; “Or at least not in public.” He stopped again. And he bit in bone without changing his voice. «Although, passive or not, I have been the most active candidate of the party in the last year.

A Chicago Sun Times journalist, a journalist and a photographer from Life, cameras from three television channels, and three journalists and a photographer from Newsweek magazine. But, as the chronicler was not present, we better quote the story of Nicholas von Hoffman, from the Washington Post:
The attack began when a police car crossed the barricade. The boys threw away everything they could get beforehand, especially stones and bottles. Then there were minor police actions before the total charge.
Shouts and howls throughout the camp area, while the most veteran militants kept shouting: “Walk, walk, for God’s sake, don’t run.” There is an adage among veterans in these lides that says: “The protesters’ panic promotes uncontrolled violence of the cop.”
Rows of people running out of the forest and crossing the grass, trying to reach the parking lot on Clark Street. They were followed by the policemen, who left the forest like an eruption and persecuted mostly photographers. Before justice, photographs are an incontestable testimony. The plates with their names had been removed, and even the description of the city to which they belonged, which they usually carry on their shoulders, to become a uniform, unidentifiable mass that distributed blows.
… Then the scene arrived at the Henrotin hospital, when the publishers came to claim their wounded. Roy Fischer of the Chicago Daily News Hal Bruno of Newsweek. In the waiting room some television reporters, who endured a particularly considerable beating, told what they had been done, while watching furiously at the police who passed from time to time, without these appearing to live a different night from the rest of the year.
The counterrevolution had begun. It was as if the police had declared that journalists no longer represented the feelings of the people. The true feelings of the people, the police sticks said, were with the police.

On Wednesday afternoon, not only was the presidential candidate elected, but the motion on peace in Vietnam was also discussed. It was also the night that the Michigan Avenue massacre took place. An extraordinary event: a massacre, equal in its balance to some of the old Indian felonies and yet there were no deaths. Of course there were many injured. And several hundred delegates began a protest demonstration during the early hours of Thursday, from the slaughterhouse corrals, carrying lit candles. It was one of the most convulsive days in the history of conventions. Worn out by his portentous southern sense of the future, Lester Maddox, the fourth candidate, governor of Georgia, even resigned his candidacy on Wednesday morning.

There are hardly any studies on the psychological differences between police and criminals, and the reason is not hard to imagine. Studies based on current psychological tests fail to detect significant differences. Maybe they don’t sharpen enough.
If civilization has led to the natural condition of modern man being schizophrenia (since at the center of his deliberative life he does not know whether to trust his machines or the imperfect impressions that his distorted senses still offer him and, in the more or less tortured messages that keep coming from polluted water, hyperfertilized soil, poisonously irritating air), ordinary citizens are suicidal due to their schizophrenia. They will suppress their impulses and end up dying of cancer, manifest madness, nicotine poisoning, heart attack or complications of pneumonia. It is that minority, that of those who seek to give expression to violence – police and thieves -, which interests us now.
Society is held together thanks to powers of resistance similar to those of spider web silk; nobody is more aware of it than those who have managed a society. That is why the images of the massacre illuminated a nightmare. So in the future there would be rebellions. And it would be increasingly necessary to have more police officers, and they would have to be supported more. But in doing so, paradoxically, it wouldn’t be long before his own criminality dominated his relationship with society. And that would inevitably be replaced by Martial Law. But if the army became the punitive force of society, then the Pentagon would become the only significant authority in the nation.
An atmosphere of indignation, hysteria, panic, unleashed rumors, rampant outbursts, rage, madness, bad mood and sadness reigned the night of the nomination.
The disease was subcutaneous, the century was malignantly infected with a disease so complicated that the yippies, black Muslims and Wallace segregation fans were all infected. They might eat each other first, but that was just another facet of the plague – cannibalism was still the best remedy for cancer.
If these were the chronicler’s medical fantasies after the nomination, the contracara was seen on the faces of the delegates: they exhibited the same depression that is guessed on the faces of those who witness a boring fight, the most primary emotions have been scarcely fed.

Chicago was a great city. He always ended up attracting one to that kind of premeditated confrontation with which a novel about a week’s stay in Chicago can be finished. The same could not be said of Miami.
He did not know that, shortly before or shortly after his curious double arrest, the police had attacked McCarthy’s headquarters and arrested all the boys he found there, hitting some of them, creating such a great concern for McCarthy who had to stay in the city until Friday afternoon to check that his young followers were released.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/26/miami-y-el-sitio-de-chicago-norman-mailer-miami-and-the-siege-of-chicago-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/19/la-cancion-del-verdugo-norman-mailer-the-executioners-song-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/18/los-desnudos-y-la-muerte-norman-mailer-the-naked-and-the-dead-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2019/05/13/los-ejercitos-de-la-noche-la-historia-como-una-novela-la-novela-como-historia-norman-mailer-the-armies-of-the-night-history-as-a-novel-the-novel-as-history-by-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2016/10/14/fuera-de-la-ley-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2015/10/23/los-tipos-duros-no-bailan-norman-mailer/

https://weedjee.wordpress.com/2014/11/05/el-castillo-en-el-bosque-norman-kingsley-mailer/

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