El Club De Los Mentirosos — Mary Karr / The Liars’ Club by Mary Karr

El club de los mentirosos es el padre de la autora y sus compañeros de bebida. Sin embargo, este libro no es solo sobre este grupo de alcohólicos. Por lo tanto, el título realmente no cubre todo el libro. Sin embargo, esta es el problema más pequeño que tengo con este libro.
Juro solemnemente que intentaré realmente nunca volver a leer un éxito de ventas (a menos que sea un clásico que haya resistido el paso del tiempo).
“El club de los mentirosos” es un éxito de ventas. Stephen King lo ha recomendado en su magnífico libro “Mientras escribo“. Y una de las reseñas en Amazon se titula “La mejor memoria que jamás leerá”. Yo mismo tenía mucha curiosidad sobre cómo sería una memoria que mereciera superlativos. Entonces me apresuré a leer este libro. Lamentablemente, sin embargo, mis altas expectativas debían ser muy altas y decepción.
Su historia es bastante inusual. Tome una madre irresponsable, alcohólica, narcisista y mentalmente enferma. Agregue un padre irresponsable, alcohólico y de baja vida. Y lo que obtienes es una situación familiar que es … … … Lo siento, no puedo encontrar un adjetivo lo suficientemente fuerte. Permítanme decir que a lo largo de este libro, tuve ganas de gritar: “¿Dónde están los servicios familiares?” La autora y su hermana mayor de 3 años deberían haber sido retiradas de sus padres, no por una buena razón, sino por la negligencia infantil continua y el peligro para los niños (los cuales resultaron en daños significativos).
El libro tiene tres fotografías agregadas al texto. El primero es del autor como adulto. No hay nada malo con esto. Sin embargo, la segunda fotografía, en la página 175, antes del capítulo 9, muestra a la autora con su hermana mayor de 3 años y tiene el título “II. Colorado 1963 “. Dado que la familia acababa de llegar a Colorado ese año, esto hace que la autora tenga 8 años y su hermana 11 años. Sin embargo, apuesto a que los dos niños de esta fotografía no tienen más de 4 y 7 años. Esta fotografía muestra al autor como un niño pequeño y dulce con una cara regordeta y manos regordetas, algo bastante normal para un niño de 3 a 4 años. Podrías decir: “¡Y qué! Accidentalmente obtuvieron la fotografía equivocada en el libro. Esto puede suceder “. Accidentalmente, ¡la fotografía equivocada en la edición del décimo aniversario de este éxito de ventas, un libro que solo incluye un total de 3 fotografías! Lo siento, no compro esto.
Y esta fotografía no es la única inconsistencia. Comencemos con la tercera fotografía: esta imagen está en la página 273, antes del capítulo 14, y tiene el título “III. Texas otra vez, 1980 “. Obviamente, muestra al padre del autor, un hombre que es, en ese momento, un borracho de 62 años que pronto sucumbirá a su estilo de vida poco saludable. Y ahora te pregunto: ¿un alcohólico de 62 años parece un apuesto de 35 a 40 años? No lo creo. No es que esto importe demasiado. Una vez más, fotografía equivocada, supongo.

Sin embargo, hay más inconsistencias. Al principio del libro, la autora afirma que no podía atar los cordones de sus zapatos en el grado 2, a los 7 años. Dijo que carecía de todo el talento necesario para atar un cordón de zapato. Sin embargo, aproximadamente medio año después, en Colorado, aprendió en muy poco tiempo cómo montar una silla de montar y una brida en un caballo. Sin embargo, ella también domina montar a pelo. No solo eso. En pocas semanas, se convierte en una hábil jinete que gana en un concurso de equitación. Y eso no es todo todavía. A ella y a su hermana, dos niños de 8 y 11 años, se les permite hacer excursiones diarias de un día por las montañas, solas, sin que nadie las acompañe. Este es un desierto que contiene osos grizzly (sí, osos grizzly, ¡no solo osos negros!), Leones de montaña, lobos y coyotes, todos los cuales pueden disfrutar de dos niñas pequeñas para almorzar. ¡Esto en caballos que se asustan al ver una ardilla! Ni siquiera hablamos de serpientes cascabel, que también podrían cruzarse en el camino de los caballos. Y todos estos viajes sin un mapa y sin ningún equipo de supervivencia. Incluso si los padres irresponsables de estos niños hubieran permitido a sus hijos hacer excursiones de un día a este desierto de montaña, al que ningún adulto conocedor de exteriores probablemente entraría sin un mapa, un arma y algunos equipos de supervivencia, no lo haría ¿Crees que las personas donde se abordaron los caballos habrían evitado tal peligro para los niños?
Y hay otros problemas que tengo con este libro. Si bien no me sorprendió que la negligencia de estos niños en algún momento condujera a encuentros sexuales, no quería aprender sobre estos “acontecimientos” en los detalles más atroces. No deseo leer porno, y menos porno infantil. Aunque salté partes de estas descripciones detalladas, lo que leí fue suficiente para hacerme sentir náuseas. (Y NO tengo un estómago mareado). Si lees “Correr con tijeras” y encuentras partes de él demasiado desagradables para el estómago, hazte un favor y no toques este libro. Es peor.
Y tengo otro problema con el contenido sexual de este libro. La autora se enorgullece de haber sido una personalidad tan fuerte, tan autosuficiente y tan sabia e incluso feroz hasta el punto de que los niños mayores (e incluso los adultos) le tenían miedo. Entonces, ¿por qué ni siquiera intenta luchar o escapar cuando es agredida (la primera vez, a los 7 años, por un niño mayor; la segunda vez a los 8 años, por un adulto). Ninguno de estos depredadores había usado ninguna fuerza real sobre ella. Entonces, ¿por qué el autor no hizo el más mínimo intento de luchar o escapar? Pude ver una personalidad débil (niño o adulto) paralizada en tal situación e incapaz de moverse. ¡Pero un niño salvaje, agresivo e incluso feroz! Me parece extraño
Y hay algo más: la autora sigue reflexionando sobre las acciones de los adultos de una manera poco infantil. Si ciertas cosas que dice son ciertas, probablemente fue una de las primeras desarrolladoras. Pero un niño sigue siendo un niño. Habiendo sido uno de los primeros desarrolladores, sé lo que piensa un desarrollador temprano, pero también sé lo que un desarrollador temprano no piensa. Entonces, por ejemplo, es poco probable que un niño, desarrollador temprano o no, haga una diferencia entre los adultos calificados que manejan armas y los adultos no tan calificados que manejan armas. Sin embargo, la autora afirma que no la asustó cuando su padre y sus amigos bebieron armas (tan intoxicados como podrían haber estado), sino que la asustó cuando el bar vuela en el pub de su madre adquirió armas. No creo que un niño de 8 años haga la diferencia. Y por las otras acciones de la autora, no me dejó la impresión de que ella tuviera la más mínima mentalidad de seguridad. Entonces, ¿por qué, de repente, estas preocupaciones?.

El lenguaje que usan los padres de la autora y sus contactos sociales es tan vulgar como parece. Puedo tomar un poco de lenguaje grosero (cuando se agrega a la autenticidad de los personajes de un libro) antes de que me moleste, ¡pero demasiado es demasiado! Hay un limite en algún momento, pensé: “¿Realmente quiero escuchar esto (o más bien leer esto) durante 320 páginas en letra muy pequeña?” Y tampoco tenía ganas de aprender aproximadamente media docena de sinónimos vulgares para un órgano sexual masculino en estado excitado.
Luego, en la página 275, en el capítulo 14, el autor omite 17 años. No sabemos qué les sucedió a ella y a su familia entre los 8 y los 25 años. (Solo hay una breve mención de que la autora se convirtió en una bebedora, una consumidora de opio y una vagabunda, en algún momento de su adolescencia). Supongo que se supone que debemos comprar y leer la secuela del libro anterior para saber qué sucedió durante esos 17 años. Me temo que tendré que morir sin haberme enterado nunca de estos 17 años perdidos porque, a menos que alguien me rapte y me encierre en una habitación con esta secuela y ningún otro libro o entretenimiento, es poco probable que lea otro libro de la autora. Creo que, con “el club de los mentirosos”, he leído suficiente lenguaje grosero (como motherf ….. y pollas …..) y pornografía infantil no solicitada para los últimos 300 años.
En el capítulo 15, el último capítulo del libro, la autora finalmente consigue que su madre le cuente más sobre su pasado y le revele un secreto familiar. Obviamente, esto se entiende como una especie de final feliz y se supone que explica todo el comportamiento completamente irresponsable de su madre e incluso sus episodios de locura (siempre provocados por el consumo excesivo de alcohol). ¡Lo siento! No lo justifica conmigo, lo que sea que haya sufrido su madre cuando era adolescente y joven (y dudo que nada de esto haya sido culpa suya) no excusa ninguno de sus comportamientos y, especialmente, su continua conducción en estado de ebriedad. Esta conducción en estado de ebriedad continua no solo es practicada por la madre y el padre de la autora, sino también, en años posteriores, por la propia autora. Es un milagro que ningún humano y solo un gato lamentable sufrieran daños debido a esta conducción irresponsable ebria. El final del libro también muestra al padre del autor como un héroe de la Segunda Guerra Mundial. Quizás esto es cierto. Y si es así, le agradeceré por su servicio. Sin embargo, esto tampoco excusa su comportamiento irresponsable y particularmente su conducción en estado de ebriedad continua.

Entonces, ¿qué creo de todo esto? Difícil de decir. Tal vez la autora sufre de pseudologia fantástica y simplemente ha estado inventando cosas. Sin embargo, lo más probable es que tuviera recuerdos aleatorios que no podía correlacionar con un determinado tiempo y edad. Por lo tanto, ella podría haberlos reunido como le pareció adecuado para hacer una historia interesante. Y no pondría más allá de ella haber exagerado y embellecido lo que le convenía.
¿Me gustó algo de este libro? Sí, lo hice. El libro está bien escrito, al menos en su mayor parte. (A veces se desconecta bastante, especialmente en los últimos dos capítulos.) Me gustaron especialmente las alegorías creativas.

Aún así, muy decepcionante!

Mamá amenazó repetidas veces con divorciarse, a lo que papá solía responder con un gesto de paciente contrariedad. Él nunca planteó el divorcio como posibilidad real. Si yo le preguntaba con preocupación por alguna pelea especialmente desagradable, se limitaba a decirme que yo no debía hablar mal de mi madre, como si la mera alusión a que pudieran separarse fuera ya una falta de respeto hacia ella. En su mundo, solo los locos de remate se divorciaban. Los ciudadanos de pro mal casados se ataban los machos y aguantaban el tirón.
Mi abuela, la mujer se estaba muriendo de cáncer con cincuenta años, algo que no te dulcifica el carácter, precisamente. Aun así, no recuerdo ni un solo gesto tierno hacia ella; ni tampoco por su parte.
Tenía las mejillas marchitas, como una manzana echada a perder, y olía a jacintos. Tenían que obligarme para que accediera a darle un beso, y eso que yo era muy dada a arrojarme a los brazos de cualquier adulto mínimamente cariñoso: el vendedor de aspiradoras, el mecánico, la cajera de la tienda.
Lo peor no fue el desbarajuste que trajo consigo, sino el silencio que cayó sobre nosotros. Nadie comentaba nada acerca de nuestra forma de vida anterior. Era como si los propios cambios nos hubiesen engullido igual que una gran ola, arrasando con todo cuanto habíamos sido. Sin ser del todo consciente de ello, yo sabía que proponer una comida en la cama o desnudarme cuando volvía de la calle habría supuesto tal velo de oprobio sobre la vida doméstica que ni me lo planteaba. Era evidente que, hasta ese momento, habíamos estado haciéndolo todo mal.
A mediados del otoño el cáncer de mi abuela se le extendió al cerebro. Esto habría obligado a cualquiera a guardar cama, según un amigo mío oncólogo. Sin embargo, la abuela nos hostigó todavía más. Si acaso, el dolor que experimentara o las ideas que tuviera acerca de la muerte parecían reafirmarla en su empeño.
No tomaba morfina ni ningún analgésico. Lo que sí hacía era beber sin medida, aunque jamás tuve la impresión de que estuviera borracha.
La muerte de la abuela me provocó mi primera crisis seria de insomnio. Cuando me tumbaba en la cama junto al bulto sólido y durmiente que era mi hermana, cerraba los ojos y se me aparecía la estampa del brazo macilento de mi abuela lleno de hormigas, acompañada de un murmullo dentro de mi cabeza, un sonido parecido al de un chelista desquiciado que tocara la misma nota una y otra vez, o al de tropecientas abejas saliendo del suelo.

Después de darle un beso en la polla echo la cabeza hacia atrás, abro los ojos y compruebo que de señor calvo, nada: lo que tengo delante es el aparato hinchado de un hombre hecho y derecho. La voz vuelve a flotar hasta mí, me pregunta por qué no saco la lengua. Para lamerlo como si fuera un polo. Y esta vez, en el momento en que acerco la cara tomo aire y me doy cuenta de que el pito en sí no huele del todo mal, no hiede a retrete ni nada por el estilo. En realidad huele como a pan recién horneado, a levadura, a algo vivo. En el agujerito del pipí se está formando una lágrima.
«No voy a hacerte daño», me repite. Esas palabras planean por encima de mi cabeza, como dentro de un bocadillo.
Entonces sucede lo peor de todo: de la polla sale a borbotones un líquido húmedo y caliente. Me está meando en la boca. No me cabe ninguna duda.
Luego, cuando ya ha terminado, el hombre se retira del todo y recupera el tono amable. Me acaricia la espalda mientras yo me vomito la pechera del camisón. Me llena de gratitud el cálido contacto de su mano, como si me perdonase lo que quiera que hubiera hecho mal. Vomito otra vez hasta que el propio dolor me paraliza el estómago, y él sigue pasando la mano por mi espalda arqueada. Me dice que no pasa nada. Que lo he hecho estupendamente. Pero para mí está más claro que el agua que sí que pasa algo.
Cuando empieza a filtrarse luz por las cortinas entra mamá y se pone a limpiar la mancha de vómito de la alfombra. Con ayuda de un cepillo de dientes frota el tejido con una mezcla de agua y bicarbonato que ha preparado en un cuenco. Me pregunta si no prefiero quedarme hoy también en casa, vista la vomitera que formé ayer. Y yo respondo que en absoluto.
Puede que si mamá no se hubiera empeñado en pegarle un tiro a Héctor jamás hubiéramos regresado a Texas. Pero ver a nuestra madre borracha como una cuba y parapetada tras una pistola niquelada con empuñadura de nácar —un arma como la que podría haber sacado de la talega de terciopelo cualquier prostituta de película mala del Oeste para blandirla ante un vaquero bocazas y tahúr— fue la gota que colmó el vaso para mi hermana, que nos sacó de allí cagando leches. Sin embargo, si antes de aquello la hubieran sondeado, Lecia habría podido dar perfectamente su beneplácito al asesinato de Héctor.
Mamá y Héctor pasaban mucho tiempo en el bar mientras nosotras nos quedábamos en casa. A mí me daban las tantas todas las noches vigilando que llegaran.

Diecisiete años después papá sufrió un derrame cerebral cuando estaba repantigado en un taburete del bar de la Legión Americana. Eran las diez de una mañana de verano y ya se había tomado unos cuantos chupitos de whisky que bajaba con jarras de cerveza de barril, triquiñuela a la que se había dedicado cada día de los últimos siete años, desde que se jubilara de Gulf Oil a los sesenta y tres. Y digo que estaba jubilado, pero técnicamente seguía trabajando a media jornada como recadero de David, el marido de Lecia.
Solo con la perspectiva del tiempo creo que tendría que habernos colmado la luz cristalina de la verdad, igual que la gracia legendaria que ayuda a un cuerpo roto a vencer a toda clase de monstruos. Estoy pensando en el túnel de luz blanca al que el espíritu se dirige en el instante de la muerte, o al menos eso aseguran quienes sobreviven a accidentes de tráfico, fallos cardiacos y ahogamientos por cortesía de los desfibriladores y la electricidad, o después de que el aliento de un buen samaritano arrodillado penetre en unos pulmones detenidos y estos vuelvan a tomar aire. Puede que esas imágenes no sean más que los fuegos artificiales neurológicos de la muerte, el último espectáculo de luces del cerebro. En ese caso, puedo vivir perfectamente con tal mentira.
Aun así es una imagen que me complace bastante: el paso de la estrecha prisión del cuerpo a una matriz luminosa, avanzar sin esfuerzo hasta que las siluetas remotas se vuelvan cada vez más brillantes y familiares, hasta que todos tus seres queridos cobren forma ante ti y te reciban con los brazos abiertos.

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The Liars’ Club is the author’s father and his drinking buddies. Yet this book is not only about this group of alcoholics. Thus, the title does not really cover the whole book. Yet this is the smallest beef I have with this book.
I solemnly swear that I’ll try really hard to never ever read a bestseller again (unless it is a classic that has stood the test of time).
“The Liars Club” is a bestseller. Stephen King has recommended it in his superb book “On Writing”. And one of the reviews on Amazon is titled with “The Best Memoir You Will Ever Read.” Since I was very curious what a superlative-deserving memoir would be like. So I rushed to buy and read this book. Sadly, however, my high expectations were to be gravely disappointed.
I must give it to the author. Her story is quite unusual. Take an irresponsible, alcoholic, narcissistic, mentally ill mother. Add an irresponsible, alcoholic, lowlife father. And what you get is a family situation that is … … … . Sorry, I can’t find an adjective strong enough. So let me just say that throughout this book, I felt like screaming, “Where is Family Services?” The author and her 3-year-older sister should have been taken away from their parents—not for one good reason but for ongoing child neglect and child endangering (both of which resulted in significant damage).
The book has three photographs added to the text. The first is of the author as an adult. Nothing wrong with this. Yet the second photograph, on page 175, before chapter 9, shows the author with her 3-year-older sister and has the caption “II. Colorado 1963”. Since the family had just arrived in Colorado that year, this makes the author 8 years old and her sister 11 years old. However, I’ll bet you anything that the two kids on this photograph are not any older than 4 and 7 years. This photograph shows the author as a sweet little kiddo with a chubby face and chubby hands, as quite normal for a 3- to 4-year-old. You might say, “So what! They accidentally got the wrong photograph into the book. This can happen.” Accidentally, the wrong photograph in the 10-year-anniversary edition of this bestseller, a book that only includes a total of 3 photographs! Sorry, I don’t buy this.
And this photograph is not the only inconsistency. Let’s start with the third photograph: This picture is on page 273, before chapter 14, and has the caption “III. Texas Again, 1980”. It obviously shows the author’s father, a man who is, at the time, a 62-year-old drunkard who will soon succumb to his unhealthy lifestyle. And now I am asking you: Does a 62-year-old alcoholic look like a handsome 35- to 40-year-old? I don’t think so. Not that this matters too much. Yet again, wrong photograph, I suppose.

However, there are more inconsistencies. Early in the book, the author states that she could not tie her shoe laces in grade 2, at age 7. Said that she lacked all talent necessary to tie a shoe lace. Nevertheless, about half a year later, in Colorado, she has learned in no time how to put a saddle and a bridle on a horse. Yet she also masters to ride bareback. Not only that. Within weeks, she becomes a skilled horseback-rider who wins in a riding contest. And that’s not all yet. She and her sister, two kids 8 and 11 years old, are allowed to take daily, day-long trips up the mountains, all by themselves, with no one accompanying them. This is a wilderness that contains grizzly bears (yes, grizzly bears, not just black bears!), mountain lions, wolves, and coyotes, all of which might enjoy two small girls for lunch. This on horses that shy upon the sight of a chipmunk! Not even talking about rattle snakes, which might also cross the horses’ path. And all of these trips without a map and without any survival gear. Even if these kids’ irresponsible parents would have allowed their children to make day-trips into this mountain-wilderness, which no outdoor-savvy adult would be likely to enter without a map, a weapon, and some survival gear, wouldn’t one think that the people where the horses were boarded would have prevented such child endangerment?
And there are other issues I have with this book. While I was not surprised that the neglect of these children would at some time lead to sexual encounters, I did not want to learn about these “happenings” in the most appalling details. I have no desire to read porn, and even less child porn. Even though I jumped parts of these detailed descriptions, what I read was still enough to make me feel nauseated. (And I do NOT have a queazy stomach.) If you read “Running With Scissors” and found parts of it too disgusting to stomach, do yourself a favor and do not touch this book. It is worse.
And I have another problem with the sexual contents of this book. The author kind of prides herself having been such a strong personality, so self-reliant, and so street-wise and even ferocious to the point that older children (and even adults) were afraid of her. So why does she not even make an attempt to fight or escape when she is assaulted (first time, at age 7, by an older boy; second time at age 8, by an adult). Neither of these predators had used any real force on her. So why didn’t the author make the slightest attempt to fight or escape? I could see a weak personality (child or adult) being paralyzed in such situation and unable to move. But a wild, aggressive, and even ferocious kid! Seems strange to me.
And there is something else: The author keeps reflecting on the actions of the adults in a rather un-childlike manner. If certain things she says are true, she was probably an early-developer. But a child is still a child. Having been an early-developer myself, I know what an early-developer thinks, but I also know what an early-developer does not think. So, for instance, a child—early-developer or not—is unlikely to make a difference between skilled adults handling weapons and not-so-skilled adults handling weapons. However, the author claims that it did not scare her when her father and his drinking buddies handled weapons (as intoxicated as they might have been) but that it scared her when the bar flies in her mother’s pub acquired weapons. I don’t think that an 8-year-old child would make this difference. And from the author’s other actions, I was not left with the impression that she was the least bit safety-minded. So why, all of a sudden, these concerns?

The language the parents of the author and their social contacts are using is as profane as it gets. I can take quite a bit of foul language (when it adds to the authenticity of the characters in a book) before I get annoyed, but too much is too much! There is a limit. At some point, I thought to myself, ‘Do I really want to listen to this (or rather read this) for 320 pages in very small print?’ And I also had no desire to learn approximately half a dozen of vulgar synonyms for a male sexual organ in aroused state.
Then, at page 275, at chapter 14, the author skips 17 years. We don’t learn what happened to her and her family between her age 8 and age 25. (There is only a short mentioning that the author became a drinker, an opium user, and a drifter, some time in her teenage years.) I assume we are supposed to buy and read the sequel to the above book in order to learn what happened during those 17 years. I am afraid I will have to die without ever having learned about these 17 missing years because unless someone kidnaps me and locks me into a room with this sequel and no other books or entertainment, I am quite unlikely to read another book by this author. I think, with “The Liars’ Club”, I have read enough foul language (such as motherf….. and cocks…..) and unsolicited child porn to last me for the next 300 years.
In chapter 15, the last chapter of the book, the author finally gets her mother to tell her more about her past and to reveal to her a family secret. This is obviously meant as some kind of a happy end and is supposed to explain all of her mother’s utterly irresponsible behavior and even her bouts of insanity (always triggered by heavy drinking). Sorry! Doesn’t fly with me. Whatever her mother might have suffered as a teenager and young woman (and I doubt that nothing of this was her fault) does not excuse any of her behavior and especially not her continuous drunk driving. This continuous drunk driving is not only practiced by the author’s mother and father but also, in later years, by the author herself. It is a miracle that no humans and only a pitiable cat came to harm due to this irresponsible drunk driving. The end of the book also depicts the author’s father as a WWII hero. Maybe this is true. And if it is, I’ll thank him for his service. Yet this, too, does not excuse his irresponsible behavior and particularly his continuous drunk driving.

So what do I believe of all this? Hard to tell. Maybe the author suffers from pseudologia fantastica and has just simply been making things up. More likely, however, she had random memories she could not correlate to a certain time and age. Thus, she might have put them together as she saw fit to make an interesting story. And I would not put it beyond her to have exaggerated and embellished whatever suited her.
Did I like anything about this book? Yes I did. The book is well written, at least for the most part. (It gets rather disconnected at times, especially in the last two chapters.) I particularly liked the creative allegories.

Still, very disappointing!.

Mom repeatedly threatened to divorce, to which Daddy used to respond with a patient annoyance. He never raised divorce as a real possibility. If I asked him with concern about some particularly unpleasant fight, he just told me that I should not speak ill of my mother, as if the mere allusion that they could be separated was and a lack of respect towards her. In his world, only the crazed auctioneers divorced. Pro-married citizens tied their males and held the pull.
My grandmother, the woman was dying of cancer at the age of fifty, something that does not soften your character, precisely. Still, I don’t recall a single tender gesture toward her; nor for his part.
Her cheeks were withered, like a spoiled apple, and she smelled of hyacinths. They had to force me to agree to kiss him, and that I was very given to throw myself into the arms of any minimally loving adult: the vacuum cleaner salesman, the mechanic, the store cashier.
The worst was not the mess it brought, but the silence that fell upon us. No one commented on our previous way of life. It was as if the changes themselves had engulfed us like a great wave, devastating everything we had been. Without being fully aware of it, I knew that proposing a meal in bed or undressing when I returned from the street would have supposed such a veil of shame on domestic life that I didn’t even think about it. It was evident that, up to that moment, we had been doing everything wrong.
In the middle of autumn my grandmother’s cancer spread to the brain. This would have forced anyone to stay in bed, according to an oncologist friend of mine. However, Grandma harassed us even more. If anything, the pain she experienced or the ideas she had about death seemed to reaffirm her determination.
He was not taking morphine or any pain reliever. What she did was drink without measure, although I never had the impression that she was drunk.
Grandma’s death caused me my first serious insomnia crisis. When I lay in bed next to the solid and sleeping bundle that was my sister, I closed my eyes and the picture of my grandmother’s haggard arm full of ants appeared, accompanied by a murmur inside my head, a sound similar to a deranged cellist who played the same note over and over, or that of three hundred bees emerging from the ground.

After giving him a kiss on the cock, I throw my head back, open my eyes, and check that there is nothing bald lord: what I have in front of me is the bloated apparatus of a full-fledged man. The voice floats back to me, asking me why I don’t stick my tongue out. To lick it like it’s a pole. And this time, the moment I bring my face closer, I take a deep breath and realize that the cock itself doesn’t smell bad at all, it doesn’t smell like a toilet bowl or anything like that. It actually smells like freshly baked bread, yeast, something alive. A tear is forming in the pee hole.
“I’m not going to hurt you,” he repeats. Those words hover above my head, like inside a sandwich.
Then the worst thing happens: a hot, wet liquid gushes out of his cock. He’s pissing in my mouth. I have no doubt.
Then, when it’s done, the man withdraws entirely and regains his amiable tone. He strokes my back while I puke the front of my nightgown. The warm touch of his hand fills me with gratitude, as if he forgives me for whatever I have done wrong. I vomit again until the pain itself paralyzes my stomach, and he continues to run his hand down my arched back. It tells me that nothing happens. That I have done superbly. But for me it is clearer than water that something does happen.
When light begins to filter through the curtains, Mom comes in and starts cleaning the vomit stain on the carpet. Using a toothbrush, rub the tissue with a mixture of water and baking soda that you have prepared in a bowl. She asks me if I don’t prefer to stay home today, given the vomit I formed yesterday. And I answer that not at all.
Maybe if Mom hadn’t insisted on shooting Héctor, we would never have returned to Texas. But to see our mother drunk as a vat and tucked behind a nickel-plated pistol with a mother-of-pearl grip – a weapon like any prostitute in a bad movie from the West could have taken from the velvet bag to brandish before a bigmouth cowboy and gambler – was the drop that filled the glass for my sister, who took us out of there shitting milk. However, if she had been probed before that, Lecia could perfectly have approved of Héctor’s murder.
Mom and Hector spent a lot of time at the bar while we stayed at home. They gave me so many every night watching that they arrived.

Seventeen years later, Dad suffered a stroke while lounging on a stool in the American Legion bar. It was ten o’clock on a summer morning and he had already had a few shots of whiskey that he came down with mugs of draft beer, a trick he had devoted himself to every day for the last seven years, since he retired from Gulf Oil to sixty-three. And I say he was retired, but technically he continued working part-time as a messenger for David, Lecia’s husband.
Only with the perspective of time do I think that we should have been filled with the crystalline light of truth, just like the legendary grace that helps a broken body to defeat all kinds of monsters. I’m thinking about the tunnel of white light that the spirit is directed to at the moment of death, or at least that’s what those who survive traffic accidents, heart failure and drowning say courtesy of defibrillators and electricity, or after the breath of a good kneeling Samaritan penetrates into arrested lungs and they breathe again. Those images may be nothing more than the neurological fireworks of death, the brain’s latest light show. In that case, I can live perfectly well with such a lie.
Still it’s an image that quite pleases me: the passage from the narrow prison of the body to a luminous matrix, moving effortlessly until the remote silhouettes become increasingly bright and familiar, until all your loved ones take shape before you and they welcome you with open arms.

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