Lo Que Varguitas No Dijo — Julia Urquidi Illana / What Varguitas Didn’t Say by Julia Urquidi Illana (spanish book edition)

No tengo muy claro por qué comencé a leerlo. Ya no soy adicto a Vargas Llosa, aunque conservo sus libros esenciales, mucho menos me interesa su biografía, no demasiado.
Es conmovedora la honestidad de Julia Urquidi en contraposición a las veleidades y contradicciones del niño Mario. Leí La tía Julia y el escribidor en los años 90 y ese debió ser el momento para buscar la versión de su contraparte, esta réplica que viene a ser la zona de sombra de quien me pareció.
No digo que sea un buen libro, pero sí afirmo que es un testimonio de gran honestidad y eso es mucho. Me queda un sentimiento de simpatía por Julia, por su sacrificio personal para acompañar a la persona que amaba y darle todo el apoyo para que desarrollara su incipiente carrera. Memorables esas buhardillas y petit departamentos parisinos en los que las cortinas de un precario baño colgaban de un alambre y Julia esperaba que su marido llegara del trabajo.
Resume también el deseo de una persona por expresar lo que siente, con todas las contradicciones humanas, por lo que sucede. Me quedo con una lectura más amplia y menos quisquillosa, me quedo con el texto que le escribió Paulovich en el prólogo: “Un amor que terminó como todos los amores eternos”.
Me encantó leer finalmente los recuerdos de la primera esposa del premio Nobel Mario Vargas LLosa.
Muy angustiante y tan doloroso de leer como debe haber sido escribir. Sin embargo, agrega mucho a la comprensión del lector de la primeros eventos que dieron forma a la vida y la obra de Mario Vargas Llosa, quién es y siempre será un tesoro nacional de el Perú.

Mario era un niño debilucho, engreído y antipático; toda la familia vivía alrededor de él y él tenía conciencia de su privilegiada situación y sabía cómo aprovecharla. Parece que desde niño supo sacar ventaja de quienes lo querían. Era un niño verdaderamente insoportable. Confieso que, a escondidas de su madre y de sus abuelos, en más de una ocasión le di sus buenos coscorrones y uno que otro jalón de orejas. Reaccionaba mirándome con sus grandes ojos; aunque no decía nada, era como si me tuviera miedo.
Además, Mario desarrollaba una singular e ingenua maldad infantil.
Desde hacía un tiempo Mario me había hablado de casarnos, pero como yo tenía mis temores, no tomé el asunto muy en serio; siempre tenía la idea de que sería un riesgo demasiado grande y no me decidía a tomar una determinación, pero, como siempre, el amor se impuso a la razón, y comenzamos a hacer planes. Sabíamos que teníamos que escaparnos, puesto que nadie lo permitiría. Organizamos un plan. Yo tenía que decir que una amiga mía, esposa del Embajador de Bolivia en ese entonces…
Sucedió que mi primo, mientas comentábamos una película, en la puerta de casa me abrazó y me besó de manera sorpresiva, dejándome perpleja. Luego, confesó que se había enamorado de mí y me pidió que me quedara, que anulara mi matrimonio con Mario para casarme con él. Hablaba en forma tan atropellada, que creía que le estaba entendiendo las cosas al revés. Cuando me recuperé de mi confusión, le dije que nunca se me había ocurrido ni pensar en esa situación, que me hacía sentir muy mal, que no quería herirlo, pero que nunca alenté ningún sentimiento ajeno a nuestra amistad, que con su comportamiento me ofendía, lo mismo que a mi marido. Por último, le pedí que dejara de visitarme, lo que me dolió porque estaba habituada a su compañía, ya que generalmente, después de su trabajo iba a buscarme.

En sus indagaciones por Madrid, en busca de datos, Varguitas conoció a una anciana adorable, quien había sido uno de los grandes amores del maestro nicaragüense (Rubén Dario). Fue precisamente a lo largo de sus correrías por archivos y bibliotecas como Mario descubrió los libros de caballería; desde el momento que tuvo uno en sus manos, sintió una admiración enorme por Tirante el Blanco. Pero, como estas obras —su difusión y venta— estaban prohibidas, tuvo que obtener un permiso especial para que se le permitiera leerlas en la misma biblioteca. Allí se pasaba tardes enteras, casi todos los días, descubriendo las huellas de los caballeros andantes.
Mario continuaba escribiendo la novela iniciada en el barco. Lo hacía en un café que había en la esquina de la pensión donde se pasaba las mañanas sumergido en su libro. Todo marchaba bien, ni la más insignificante sombra empañaba nuestras relaciones. Nos entendíamos tan bien, compartíamos todo. Era una vida feliz. Con frecuencia visitábamos a las hermanas Jiménez, unas muchachas peruanas que vivían en Madrid, con las que pasamos momentos muy entretenidos.
A ambos nos impresionaron las pinturas del Greco. Me quedé totalmente fascinada con “El entierro del Conde Orgaz”. Me senté más de una hora frente a este cuadro.
En otra salida admiramos el acueducto de Segovia, esas piedras colocadas unas sobre otras que han podido conservarse a través de los siglos; es una verdadera maravilla. ¡Y los cochinillos de Segovia!, ¡qué delicia!
En cierta ocasión fuimos más lejos, a Valencia, para ver las famosas Fallas. Extraordinarios monumentos de madera y cartón, que el 19 de marzo por la noche devora el fuego entre el júbilo de la multitud. También fuimos a los toros, bailamos en las calles y participamos de una juerga continua; ahí nadie duerme, todos, grandes y chicos, son parte de la fiesta. Volvimos a Madrid felices de la vida.
Me gustaba ver las actuaciones de Lola Flores. Sentía gran admiración por ella. Su dominante personalidad se imponía ante su público enardeciéndolo. Generalmente sus funciones terminaban cerca de las cuatro de la mañana, con toda la gente que cabía en el escenario, cantando y bailando con ella. Era algo que valía la pena ver.

Los primeros días nos dedicamos a pasear y a visitar el Museo del Louvre. Recuerdo que en el Museo de los impresionistas, la primera vez que me encontré frente a las pinturas de Toulouse Lautrec, no pude reprimir la emoción, me puse a llorar.
En el hotel nuestra última vivienda fue una buhardilla, con el techo inclinado, donde con las justas entraban una cama y un lavamanos. Creo que esa podría haber sido la buhardilla con la que soñaba Mario, cuando se refería al día en que viviría en París.
Nuestra vida era feliz.
Frecuentemente, Mario me pedía que lo acompañara a su trabajo, pero desde que apareció Pilar en su horizonte, se oponía a que lo hiciera, pretextando que no tenía sentido que me acostara tarde, ya que debía madrugar para ir a mi trabajo. Intuí que algo no funcionaba como era debido y supe que se veían a diferentes horas, y no precisamente por razones de oficina. Incluso me enteré de que pasaron todo un día juntos en Versailles; me dijo que tuvo que hacer un doblaje. Comenzaron las mentiras de Varguitas. Tuvo que confesar él mismo qué hizo durante el día, ante las evidencias que mostré.
Se puso terriblemente irascible; pienso que era por ese inusitado temor que siente el hombre cuando se encuentra frente a lo que no puede explicar. Por cualquier cosa se enojaba…

Julia: Te ruego que pongas fin de una vez por todas a esta vida infernal. No es posible vivir así, lo que viene ocurriendo en esta casa todo este último tiempo supera lo imaginable. Si esto continúa un tiempo más, los dos vamos a terminar locos. No veo ninguna solución para nuestro matrimonio, nada va a librarte de tus “absurdas obsesiones”, y, al contrario, ellas son cada día más graves. Me has dicho muchas veces que yo tome la iniciativa y esta vez la hago. Te ruego pues, que tomes las cosas con calma y no tomes esto como un nuevo pretexto para escenas. Dime qué es lo que prefieres: irte a Bolivia, Perú o quedarte aquí. Si es esto último, entonces seré yo el que se irá, porque sé de sobra que no hay ninguna posibilidad de que continuemos los dos en París.
Mario había presentado La ciudad y los perros al concurso Biblioteca Breve de Seix Barral, aunque él no quería hacerlo, pues se sentía inseguro. Lo animé mucho para ello; también Carlos Barral lo alentaba constantemente. Siempre tuve fe en su carrera de escritor. Pasamos días llenos de nerviosismo y de esperanza. Yo tenía la absoluta seguridad de que Mario ganaría el premio. Trabajó mucho en esa novela —cuatro años—; entonces, por justicia, pensaba que le correspondía, además de que era una buena novela. Hablábamos mucho sobre esto; para Mario sería su primer paso hacia el camino que tendría que recorrer, pero ya con pasos más firmes, con un buen comienzo. La noche de la entrega del premio llegó finalmente. Lo acompañé a la radio.
Durante una temporada vivimos tranquilos, y hasta podría decirse que felices. Nuestra vida se iba normalizando en todos los aspectos; ya había algo de comunicación entre nosotros. Empezamos a compartir muchas cosas que habíamos dejado de hacer.

Me casé de nuevo algún tiempo después. Fue un matrimonio que nunca debió celebrarse. En primer lugar, en mi interior seguía queriendo a Mario, y con René no nos entendíamos para nada. Éramos tan diferentes, él era una buena persona, estudioso, trabajador, pero su forma de ser, de pensar, nada tenía que ver conmigo. Nos fuimos a vivir a Washington D.C.
Seguía la carrera literaria de Mario tanto por los periódicos, que comenzaron a ocuparse mucho de él, como por las noticias dentro de mi familia. Mis sentimientos —como buena descendiente de vascos— seguían vivos; no podía hacerlos desaparecer. Continuaba siendo algo muy importante para mí, y leía con avidez todo lo relacionado a él. Buscaba sus libros en todas las librerías; cuando los encontraba era como si hubiera descubierto un tesoro, y no los leía, los devoraba”.

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I’m not sure why I started reading it. I’m no longer addicted to Vargas Llosa, although I keep his essential books, much less I’m interested in his biography, not too much.
It is moving the honesty of Julia Urquidi as opposed to the veleities and contradictions of the boy Mario. I read Aunt Julia and the writer in the 90s and that must have been the time to look for the version of her counterpart, this replica that is the shadow zone of who I thought.
I do not say that it is a good book, but I do affirm that it is a testimony of great honesty and that is a lot. I have a feeling of sympathy for Julia, for her personal sacrifice to accompany the person she loved and give her all the support to develop her fledgling career. Memorable those attics and petit Parisian departments in which the curtains of a precarious bathroom hung on a wire and Julia waited for her husband to arrive from work.
It also summarizes a person’s desire to express what he feels, with all human contradictions, for what happens. I am left with a broader and less fussy reading, I keep the text Paulovich wrote in the prologue: “A love that ended like all eternal love”.
I was delighted to finally read the remembrances of Nobel laureate Mario Vargas LLosa’s first wife.
Very distressing, and as painful to read as it must have been to write. However it adds much to the reader’s understanding of the
early events that shaped the life and oeuvre of Mario Vargas LLosa, who is and always will be a national treasure of the beautiful
country that is Peru.

Mario was a weak, conceited and unfriendly child; The whole family lived around him and he was aware of his privileged situation and knew how to take advantage of it. It seems that since childhood he knew how to take advantage of those who loved him. He was a truly unbearable child. I confess that, hidden from his mother and his grandparents, on more than one occasion I gave him his good croutons and the occasional pull of ears. He reacted by looking at me with his big eyes; Although he said nothing, it was as if he was afraid of me.
In addition, Mario developed a unique and naive childhood evil.
Mario had talked to me about getting married for a while, but since I had my fears, I didn’t take the matter very seriously; I always had the idea that it would be too great a risk and I did not decide to make a determination, but, as always, love imposed itself on reason, and we began to make plans. We knew we had to escape, since no one would allow it. We organize a plan. I had to say that a friend of mine, wife of the Ambassador of Bolivia at the time …
It happened that my cousin, while we were commenting on a movie, at the door of the house hugged me and kissed me in a surprising way, leaving me perplexed. Then, he confessed that he had fallen in love with me and asked me to stay, to annul my marriage with Mario to marry him. He spoke in such a run-over way, that he thought he was understanding things backwards. When I recovered from my confusion, I told him that it had never occurred to me or to think about that situation, that it made me feel very bad, that I didn’t want to hurt him, but that I never encouraged any feelings outside our friendship, that with his behavior I was offended , the same as my husband. Finally, I asked him to stop visiting me, which hurt me because I was used to his company, since generally, after his work he was going to look for me.

In his inquiries around Madrid, in search of data, Varguitas met an adorable old woman, who had been one of the great loves of the Nicaraguan teacher (Rubén Dario). It was precisely along his runs through archives and libraries that Mario discovered the cavalry books; From the moment he had one in his hands, he felt an enormous admiration for Tirante el Blanco. But, since these works – their dissemination and sale – were prohibited, he had to obtain special permission to be allowed to read them in the same library. There he spent entire afternoons, almost every day, discovering the footprints of the walking knights.
Mario continued writing the novel started on the ship. He did it in a cafe in the corner of the pension where he spent the mornings immersed in his book. Everything was going well, not even the most insignificant shadow clouded our relationships. We understood each other so well, we shared everything. It was a happy life. We frequently visited the Jiménez sisters, some Peruvian girls who lived in Madrid, with whom we had very entertaining moments.
We were both impressed by El Greco’s paintings. I was totally fascinated with “The Burial of Count Orgaz”. I sat more than an hour in front of this painting.
In another exit we admire the aqueduct of Segovia, those stones placed one on top of the other that have been preserved over the centuries; It is a true wonder. And the piglets of Segovia! What a delight!
On one occasion we went further, to Valencia, to see the famous Fallas. Extraordinary monuments of wood and cardboard, which on March 19 at night devours the fire among the jubilation of the crowd. We also went to the bulls, danced in the streets and participated in a continuous spree; nobody sleeps there, everyone, big and small, is part of the party. We returned to Madrid happy with life.
I liked watching the performances of Lola Flores. I felt great admiration for her. His dominant personality was imposed on his audience by burning him. Generally their functions ended around four in the morning, with all the people who fit on stage, singing and dancing with her. It was something worth seeing.

The first days we spent walking and visiting the Louvre Museum. I remember that at the Museum of the Impressionists, the first time I found myself in front of Toulouse Lautrec’s paintings, I could not suppress the emotion, I began to cry.
In the hotel our last dwelling was a loft, with the sloping roof, where a bed and a sink entered with the fair. I think that could have been the attic Mario dreamed of, when he was referring to the day he would live in Paris.
Our life was happy.
Frequently, Mario asked me to accompany him to his work, but since Pilar appeared on his horizon, he was opposed to doing so, pretending that it made no sense to go to bed late, since I had to get up early to go to work. I sensed that something was not working properly and I knew that they looked at different times, and not precisely for office reasons. I even learned that they spent a whole day together in Versailles; He told me he had to do a dub. The lies of Varguitas began. He had to confess what he did during the day, given the evidence I showed.
He became terribly angry; I think it was because of that unusual fear that man feels when he is facing what he cannot explain. For anything he got angry …

Julia: I beg you to end this hellish life once and for all. It is not possible to live like this, what is happening in this house all this last time exceeds the imaginable. If this continues for a while longer, we will both end up crazy. I don’t see any solution for our marriage, nothing is going to get rid of your “absurd obsessions”, and, on the contrary, they are getting more serious every day. You have told me many times that I take the initiative and this time I do it. I beg you, then, to take things slowly and not take this as a new pretext for scenes. Tell me what you prefer: go to Bolivia, Peru or stay here. If it is the latter, then I will be the one to leave, because I know that there is no chance that we will both continue in Paris.
Mario had presented The city and the dogs to the Seix Barral Short Library contest, although he did not want to do it, because he felt insecure. I encouraged him a lot for it; Carlos Barral also encouraged him constantly. I always had faith in his writing career. We spent days full of nervousness and hope. I was absolutely certain that Mario would win the prize. He worked hard on that novel — four years; then, for justice, I thought it was right, besides it was a good novel. We talked a lot about this; for Mario it would be his first step towards the road he would have to travel, but with firmer steps, with a good start. The night of the award ceremony finally arrived. I accompanied him to the radio.
For a season we live in peace, and you could even say happy. Our life was normalized in all aspects; There was already some communication between us. We began to share many things that we had stopped doing.

I got married again some time later. It was a marriage that should never have been celebrated. In the first place, I still loved Mario, and with René we didn’t understand each other at all. We were so different, he was a good person, studious, hardworking, but his way of being, of thinking, had nothing to do with me. We went to live in Washington D.C.
I was following Mario’s literary career both through the newspapers, which began to take care of him a lot, as well as the news within my family. My feelings – as a good descendant of Basques – were still alive; I couldn’t make them disappear. It was still something very important to me, and I avidly read everything related to it. He looked for his books in all bookstores; when I found them it was as if I had discovered a treasure, and I didn’t read them, I devoured them”.

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