Libertad O Igualdad: Por qué El Desarrollo Del Capitalismo Social Es La Única Solución A Los Retos Del Nuevo Milenio — Daniel Lacalle / Freedom Or Equality: Why The Development Of Social Capitalism Is The Only Solution To The Challenges Of The New Millennium by Daniel Lacalle (spanish book edition)

Siempre me gusta ver las ideas que aporta el autor, puedo estar más o menos de acuerdo con sus ideas pero me parece es interesante ver todo tipo de postulados para crear debate y enriquecer conceptos.
Lacalle no es partidario de un gran Estado del Bienestar. Hace hincapié en el hecho de que las economías europeas representan el 23,8 por ciento de la economía mundial, pero sus gobiernos son responsables del 58 por ciento del gasto mundial en asistencia social. Eso ha debilitado las perspectivas de crecimiento. Está en contra del establecimiento de una renta básica universal (RBU), o al menos de los tipos de RBU que se han propuesto recientemente; y afirma: «La RBU únicamente fortalece al gobierno y crea una subclase de clientes zombis dependientes». Lacalle prefiere la propuesta del impuesto negativo sobre la renta según lo planteó Milton Friedman, es decir, un impuesto que proporciona créditos reembolsables a las personas cuyos ingresos se sitúan por debajo de un umbral determinado.
Lacalle reconoce que existen diferentes tipos de capitalismo y, a la hora de definir el tipo de capitalismo por el que aboga actualmente, opta por el capitalismo «social». Para lograr un capitalismo social, se debería promover «la competencia mediante la eliminación de las subvenciones y las barreras comerciales injustas». Y añade: «El capitalismo social no está construido sobre los débiles cimientos de la deuda y el gasto deficitario. El capitalismo social entiende que la clave de la prosperidad son los ahorros que promueven inversiones saludables, no el exceso de deuda». Lacalle sostiene que «a la élite le encantan los déficits».
Por esa razón, según el autor, los gobiernos deberían contribuir a garantizar dinero sólido, es decir, que el medio de intercambio no sea una herramienta que pueda ser manipulada por el Estado, sino el instrumento más útil para la cooperación social.

Nunca hemos estado peor. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres.» «El capitalismo es culpable de todos los males.» Hemos escuchado frases similares a éstas en innumerables ocasiones. Aunque son frases que exponen algo empíricamente incorrecto, como tantos «mantras» tan repetidos como equivocados, sí recogen un descontento real de una parte relevante de la población ante el exceso de políticas intervencionistas. Éstas, buscando inflación a cualquier precio, han erosionado el poder adquisitivo del pilar de nuestra sociedad, la clase media. El problema es que esa parte de la población achaque ese exceso al sistema de libre mercado, cuando la causa son las medidas intervencionistas de planificación centralizada promovidas desde los gobiernos.
El acceso a la información, las nuevas tecnologías, las noticias y las redes sociales nos permiten conocer en tiempo real los problemas globales y nos llevan, y eso es bueno, a querer una mejora constante, rápida y duradera. Pero también tienen un lado oscuro, que es la utilización de información descontextualizada y el alarmismo, cuya finalidad es pervertir las decisiones de los ciudadanos, persuadiéndolos de entregar su libertad a cambio de una inexistente seguridad.
Desde el alarmismo populista no se busca la prosperidad, sino el control, y eliminar la libertad individual y el mérito. La libertad individual es, con mucha diferencia, nuestro principal don y nuestra principal responsabilidad. Nos permite crecer, aprender, desarrollarnos y desplegar todo nuestro potencial.
El capitalismo es la causa del crecimiento de la clase media. Ningún otro sistema fortalece a las capas medias, incentiva el mérito y permite la evolución de pequeños comercios a grandes empresas. La clase media no está perdiendo peso aún de manera alarmante, y si pierde algo de peso no es por culpa del capitalismo, sino por políticas de planificación central orientadas a penalizar el ahorro y extraer rentas vía represión fiscal. La clase media siempre pierde cuando los gobiernos mundiales introducen represión fiscal y financiera desde medidas que son más socialistas que capitalistas, como disparar los déficits, aumentar impuestos y subvencionar a sectores de baja productividad mientras se destruye el ahorro vía bajadas de tipos e inyecciones de liquidez.
A la clase media se la está diluyendo con exceso de socialismo, no de capitalismo.
El socialismo no sólo penaliza el mérito, sino que supedita a la población a ser dependientes del poder político. La promesa de igualdad de un gobierno intervencionista es la receta para el estancamiento, ya que los gobiernos solamente pueden igualar por abajo; sólo pueden empobrecer a los ricos, nunca enriquecer a los pobres, de modo que perjudican a todo el mundo. Ninguna nación ha hecho más ricos a los pobres haciendo pobres a los ricos.
Defender la libertad individual no significa que ignoremos a la sociedad. La sociedad es el resultado de una elección personal y consciente por la cual unimos por iniciativa propia nuestras necesidades y objetivos individuales y decidimos invertir en una forma de mejorar nuestras vidas. En última instancia, esto proporciona mejores resultados a la inmensa mayoría de la gente.

Nadie ha muerto nunca por causa de la desigualdad. Sin embargo, muchos han perecido a causa de la pobreza.
La igualdad no debería ser un objetivo, sino un resultado. El intervencionsimo, con sus aspiraciones totalitarias, nos ha hecho creer que los resultados son objetivos de política pública, desde la inflación hasta la igualdad. Sin embargo, el resultado de las políticas de igualdad impuestas es justamente el contrario.

El Estado del Bienestar solamente puede protegerse fomentando el crecimiento, la inversión y la creación de empleo. Ésa es la única forma de hacer que el gasto social sea asequible y sostenible. Sin embargo, eso probablemente será destruido por los mismos que afirman defender «el sector público», porque ignorar los grandes desequilibrios fiscales provoca decisiones mucho más duras cuando, inevitablemente, se produce una crisis. Al hacer que el gasto público sea insostenible, las crisis de deuda generan grandes y obligatorios recortes presupuestarios; pasos que se evitarían si el gasto público se mantuviera bajo control en los períodos de crecimiento.

La premisa fundamental del capitalismo social, una vía que ya representa un alejamiento de los extremos intervencionistas del proteccionismo y el socialismo. El capitalismo social, como su nombre indica, no aboga por acabar con el capitalismo como lo conocemos ni aboga por la intervención del gobierno en todos los aspectos de la economía. El capitalismo social, simplemente, aplica la habilidad del libre mercado y la competencia para resolver problemas sociales. Bajo ese sistema, el sector privado, no el gobierno, realiza inversiones directas en bienestar social. Esto permite abordar los retos sociales, no mediante la intervención del gobierno, la cual provoca ineficiencias y una inadecuada asignación de recursos (por no hablar de la explotación política), sino mediante soluciones de mercado, intrínsecamente eficientes y sostenibles. Por eso, el sector privado tiene que señalar el camino. Las empresas privadas, en conjunto, son capaces de generar bienestar social de manera más eficiente que cualquier agencia o administración pública.
Los parches y las políticas intervencionistas no compensarán el avance de la desinflación provocada por la tecnología ni los desafíos fiscales creados por la eficiencia tecnológica y la automatización. Las medidas intervencionistas simplemente tendrían como consecuencia que el gobierno confiscara y asignara erróneamente el capital que innovadores como éstos podrían destinar a soluciones reales de mercado. Gates, Zuckerberg y otros por el estilo tienen una extraordinaria oportunidad de invertir masivamente en soluciones mercantiles a problemas sociales y de aumentar el bienestar social. El ingenio que nos proporcionó Microsoft y Facebook puede aprovecharse para resolver los problemas a los que nos enfrentamos como sociedad colectiva.
Todos queremos lo mismo, un mayor bienestar para todos, pero no deberíamos adoptar políticas intervencionistas contraproducentes. Necesitamos soluciones de mercado, no más pensamiento mágico por parte del gobierno.
Los países ricos del mundo deberían dejar de dar dinero gratis y, en lugar de eso, animar al sector privado para que invierta en países más pobres. De esta forma, se crea una relación sostenible que beneficia a todas las partes. Las empresas de los países desarrollados se ven beneficiadas cuando invierten en regiones subdesarrolladas, porque al adentrarse en nuevos mercados internacionales amplían su base de clientes. Realizar inversiones que sacan a la gente de la pobreza puede ayudar a las empresas a encontrar nuevos clientes fieles, mejorando al mismo tiempo su reputación.
Tanto a nivel nacional como internacional, este tipo de colaboración es la manera de avanzar. El gobierno y el sector privado tienen que trabajar conjuntamente, incluso aunque el papel principal del gobierno durante la transición sea no interponerse en el camino. Sin embargo, el capitalismo social funcionará mejor con una colaboración entre los sectores público y privado diseñada para conseguir un mayor bienestar social para todos.

– La deuda pública la tiene que pagar el sector privado. Por tanto, la deuda pública se suma a la deuda privada, no está separada de ella. Se trata de una obligación que será pagada por el sector privado, además de su propia deuda.
Los gobiernos culpan al sector privado por no ser capaz de gastar y financiar más la deuda, acusándolo de no ayudar, pero, a pesar de todo, es el sector privado el que tiene que pagar su propia deuda y la del gobierno. Curioso acuerdo.
– Comparar la deuda pública respecto al PIB con la deuda privada respecto al PIB es absurdo y engañoso, ya que es un cálculo que favorece al gobierno. Cuando el gobierno controla el 40 por ciento del PIB, relacionar los cálculos relativos a la deuda y la solvencia con el PIB es simplemente una trampa.
– Pero la principal razón por la cual no tiene sentido comparar la deuda pública con la privada en términos de PIB es que prácticamente ninguna empresa o familia gasta entre el 15 por ciento y el 20 por ciento más de lo que gana. La situación financiera del sector público debería comparar gastos con ingresos y activos, que son medidas de solvencia más correctas.
Lo que resulta exasperante es que la cuestión de la división entre gasto público y privado se ve como un tema del bien contra el mal; por no mencionar el hecho de que se critique al sector privado porque busca un verdadero rendimiento económico y tiene ánimo de lucro.

Los planes de estímulo y los programas de «crecimiento» a gran escala deberían ir acompañados de un plan de contingencia para el caso de que no funcionen. Sin embargo, nadie en el gobierno hará eso.
El fracaso del estímulo no puede ser una excusa para hacer más de lo mismo.

Las empresas nacionalizadas y de titularidad pública se convierten en una reserva de poder para los políticos. Los organismos internacionales, teóricamente independientes, se convierten en herramientas sencillas para perpetuar el poder y los desequilibrios creados por los gobiernos. No es de extrañar que siempre reclamen subidas de impuestos y «planes de estímulo».
Los conglomerados amiguistas cotizan a descuento en múltiplos de mercado en relación con sus homólogos de la empresa libre porque, como reza el dicho: «Un gobierno lo bastante grande para darte todo lo que quieres es también lo bastante grande para quitarte todo lo que tienes».
Los partidarios de la nacionalización y el intervencionismo no son ideólogos de derechas o izquierdas, son ideólogos de la divinización del Estado. Los defensores de la represión financiera —imprimir dinero y bajar masivamente los tipos— son exactamente eso: partidarios de la glorificación del gobierno como si se tratara de una divinidad.
La creación artificial de dinero sin ningún respaldo está siempre detrás de toda crisis. Además, recordemos al «enemigo exterior» y a las poderosas fuerzas de miedo y control, porque la siguiente solución mágica es el «proteccionismo»; una solución tan generalizada que merece especial atención.
El resurgimiento del proteccionismo como solución mágica no es ninguna novedad. Desde 2008, Estados Unidos ha establecido el mayor número de medidas proteccionistas de todas las naciones con mucha diferencia, según el Servicio de Inteligencia Geopolítica.135 Entre 2010 y 2015, se aplicaron entre 50 y 100 medidas proteccionistas durante los cuatro primeros meses de cada año. En 2016, la cifra se disparó a más de 150.
Al mismo tiempo, han aparecido falsos defensores del libre comercio. En la OCDE, países como China y Francia se han presentado como abanderados del libre comercio, mientras que, de puertas para adentro, levantan cada vez más barreras directas e indirectas al mismo. Tenemos que entender que la excesiva regulación, los impuestos elevados, los complejos procedimientos burocráticos y las interrelaciones entre el gobierno y las empresas de titularidad semiestatal, funcionan como importantes barreras comerciales, en algunos casos más que los aranceles.
La falacia del proteccionismo no hace más que promover el intervencionismo. El proteccionismo no se soluciona con más proteccionismo, pero, cuando el oponente no quiere utilizar el comercio como una herramienta de progreso mutuo, sino como un caballo de Troya para asumir el control, nos encontramos ante mucho más que una guerra comercial. Una lucha entre dos modelos de sociedad.
Estados Unidos y China empezaron a llegar a acuerdos en 2019 y llegarán a algún tipo de negociación de calado, aunque éste no se producirá cerrando los ojos ante los riesgos del sistema chino.

Los ciudadanos están cada vez más desencantados con la clase política, se están empezando a dar cuenta de que las soluciones mágicas planteadas en el pasado solamente han dado como resultado lo que ya era evidente en primer lugar: escaso crecimiento, más impuestos y menos libertad. El conflicto no es entre trabajo y capital, los cuales tienen intereses comunes, ni entre los segmentos de la población de los contribuyentes y los creadores de riqueza. El conflicto existe únicamente entre los creadores de riqueza y los consumidores de riqueza.
La solución, no consiste en creer en otra propuesta ilusoria de los intervencionistas ni en caer en la trampa de los totalitarios disfrazados de defensores de la justicia social.
El capitalismo es socialmente más justo e igualitario que el socialismo o el mercantilismo. Tan sólo tenemos que dejarlo crecer. La solución es más libertad, no una igualdad impuesta por el gobierno.

El libre mercado, las economías abiertas y el comercio global han hecho más por reducir la pobreza que cualquier política gubernamental. En 1820, tan sólo 60 millones de personas vivían fuera de la pobreza extrema. Hoy en día, lo hacen más de 6.500 millones de personas.
El bienestar social y la prosperidad son imposibles de lograr bajo la creciente influencia del gobierno. El efecto positivo del gobierno en la economía cuando su función es ayudar y atender a las familias y a las empresas se pierde por completo cuando se hace demasiado grande y su objetivo se transforma en aprovechar al máximo los presupuestos y perpetuar la burocracia, utilizando para ello el balance de grandes corporaciones y bancos.
La auténtica competencia y los crecientes beneficios para todas las partes interesadas también son imposibles bajo una fuerte influencia del gobierno. Los gobiernos siempre favorecerán a los sectores amiguistas llamados «estratégicos».
El gobierno, como tal, no tiene que desaparecer. Tiene que volver a hacer lo que siempre se supuso que tenía que hacer: prestar servicios al sector privado del cual recauda ingresos y, adicionalmente, contribuir a la innovación y la prosperidad.
Pero es extremadamente importante entender que el capitalismo social y el auténtico bienestar no existirán con más gobierno. Muchos gobiernos odian la idea de no ser capaces de poner barreras al comercio, al movimiento de personas y de capital.
El socialismo ignora los cambios y persevera en lo que los burócratas deciden que es correcto. Cuando, indefectiblemente, no funciona, utiliza la represión sobre sus ciudadanos en lugar de adaptarse. Ésta es la razón por la cual tiene que imponer su sistema, primero utilizando la excusa de la democracia y luego implantando una dictadura.

El presupuesto del capitalismo social tiene que ser equilibrado y centrarse en una política monetaria prudente, porque el gasto deficitario eterno significa más impuestos en el futuro y una carga de deuda que se traspasa a nuestros nietos.
La solución histórica de aumentar la oferta monetaria y bajar los tipos de interés ha provocado crisis económicas constantes y más frecuentes, así como ciclos de auge y decadencia en los cuales los consumidores y las familias se encuentran en el bando perdedor.
El techo de deuda en Estados Unidos, que fue introducido en 1917, se ha elevado más de 90 veces en los 40 años anteriores a 2017.
Los tipos bajos son un incentivo para el gasto, no para el desapalancamiento. El gasto público de Estados Unidos casi se multiplicó por diez en los últimos 30 años,246 mientras que los tipos a largo plazo bajaron un 73 por ciento durante ese mismo período.
En Estados Unidos, la deuda de 20 billones de dólares es una crisis nacional.

En el mundo actual, hay dos formas de ver un presupuesto gubernamental: como algo en permanente expansión que requiere constantemente una mayor presión fiscal o como un plan prioritario para utilizar menos fondos de los contribuyentes. Dicho de otro modo, sacar dinero de los bolsillos de los contribuyentes o permitir a la gente conservar más parte de su dinero.
Recurrir a volver a imprimir dinero y al gasto deficitario masivo solamente perjudicaría a los ciudadanos más de lo que lo ha perjudicado ya.
El problema de la UE no ha sido nunca la falta de estímulos, sino el exceso de los mismos. Repito, la UE ha sido un plan de estímulo gubernamental tras otro desde su creación. A medida que los gastos y las inversiones improductivas se multiplicaban, el exceso de capacidad se mantuvo al 20 por ciento. Los constantes errores de planificación estatal dejaron más impuestos y más obstáculos a los sectores productivos, así como cargas adicionales a los ciudadanos. Esto, hasta que llegó la saturación. Entonces, todo estalló.
Hemos llegado a tal nivel de delirio intervencionista que olvidamos que la igualdad y el Estado del Bienestar no son la causa sino el resultado del crecimiento económico y de la creación de empleo. Olvidamos que el sector público no dispone de recursos si agota y arrasa el sector privado, y que la base de la prosperidad es el ahorro, no el gasto.

La confianza social es parte integrante del capitalismo social; no sólo la confianza en el sistema y la ciudadanía, sino la confianza en la manera en que los gobiernos y las administraciones públicas gestionan los ingresos tributarios. Cuando los ciudadanos perciben que el sistema está lleno de incentivos perversos, la confianza social disminuye. La clave de la confianza social es la igualdad de oportunidades, no la igualdad forzosa de resultados. Las sociedades más igualitarias no están necesariamente más cohesionadas, de modo que debemos considerar la igualdad como un resultado, como una parte de un rompecabezas más complejo, no como un objetivo político.
El capitalismo social no está construido sobre los débiles cimientos de la deuda y el gasto deficitario. El capitalismo social entiende que la clave de la prosperidad son los ahorros que promueven inversiones saludables, no el exceso de deuda.
Penalizar el ahorro y cobrar impuestos al éxito es lo contrario a ser progresista.
Reconstruir la clase media es una parte clave del futuro. Eso no sucederá con políticas que han fracasado repetidamente. El proteccionismo, la tributación confiscatoria y la penalización de los sectores de mayor productividad para subvencionar a los clientelistas y obsoletos mediante una deuda masiva y gasto deficitario son la receta para el estancamiento.
El capitalismo social tiene que ver con devolver el control a la sociedad civil, poniendo límites al poder de los gobiernos y de las corporaciones mediante el mecanismo más poderoso y exitoso que existe, el de la competencia y el libre mercado, así como limitando las decisiones políticas discrecionales sobre financiación y subvenciones y maximizando la transparencia.
La capacidad de los ciudadanos para alcanzar el capitalismo social es mucho mayor en Estados Unidos que en muchos otros países, incluidos los de la eurozona. Una actitud verdaderamente progresista ante el futuro consiste en asumir y liderar el cambio tecnológico, no en tratar de detenerlo. Consiste en reforzar la competencia y limitar los incentivos perversos, no en insistir en las políticas fallidas.
El fortalecimiento de la clase media no vendrá de la devaluación de las monedas ni de la perpetuación de los desequilibrios. La solución no es más gobierno. Ni más gasto. Es gastar mejor.
Para construir un capitalismo social tenemos que empezar por preservar y defender la esencia del libre mercado, la meritocracia y la iniciativa individual.

La tecnología y el capitalismo contribuyen al aumento de la clase media a nivel global y, al mismo tiempo, incrementan el acceso a la información y la cultura, aumentando exponencialmente el nivel educativo de los ciudadanos de todo el mundo.
Asimismo, la tecnología y el capitalismo aumentan drásticamente el poder adquisitivo de los ciudadanos, democratizando el acceso a bienes y servicios.
El capitalismo es la mejor forma de lograr la igualdad real. Nuestro objetivo es preservar grandes logros y desarrollar sociedades para lograr una mayor prosperidad. No existe ningún contrato social intergeneracional si destruimos los cimientos de la libertad y la prosperidad y les endosamos la factura a nuestros nietos.
Nadie ha avanzado jamás mirando hacia atrás.
La igualdad no es una política.
La igualdad es el resultado de la prosperidad.
No hay prosperidad sin libertad económica.
La alternativa es sencilla. ¿Libertad o igualdad?
La respuesta está muy clara. Libertad para lograr la igualdad real a través del progreso. El intervencionismo y el populismo son lo contrario al pensamiento progresista. Son regresivos.
La respuesta es el capitalismo social.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2013/06/07/nosotros-los-mercados-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2015/04/14/la-madre-de-todas-las-batallasla-energia-arbitro-del-nuevo-orden-mundial-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2016/02/24/acabemos-con-el-paro-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2016/12/07/viaje-a-la-libertad-economica-por-que-el-gasto-esclaviza-y-la-austeridad-libera-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/22/la-gran-trampa-por-que-los-bancos-centrales-estan-abonando-el-terreno-para-la-proxima-crisis-daniel-lacalle-the-big-trap-why-central-banks-are-subscribing-the-land-for-the-next-crisis-by/

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/12/el-porque-de-los-populismos-fran-carrillo-the-reasons-of-the-populisms-by-fran-carrillo-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/20/libertad-o-igualdad-por-que-el-desarrollo-del-capitalismo-social-es-la-unica-solucion-a-los-retos-del-nuevo-milenio-daniel-lacalle-freedom-or-equality-why-the-development-of-social-capit/

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I always like to see the ideas that the author contributes, I can more or less agree with his ideas but I think it is interesting to see all kinds of postulates to create debate and enrich concepts.
Lacalle is not in favor of a great welfare state. It emphasizes the fact that European economies represent 23.8 percent of the world economy, but their governments are responsible for 58 percent of global spending on social assistance. That has weakened growth prospects. He is against the establishment of a universal basic income (RBU), or at least of the types of RBU that have been recently proposed; and states: “The RBU only strengthens the government and creates a subclass of dependent zombie customers.” Lacalle prefers the negative income tax proposal as proposed by Milton Friedman, that is, a tax that provides reimbursable credits to people whose income falls below a certain threshold.
Lacalle recognizes that there are different types of capitalism and, when defining the type of capitalism he currently advocates, he opts for “social” capitalism. To achieve social capitalism, “competition should be promoted by eliminating subsidies and unfair trade barriers.” And he adds: «Social capitalism is not built on the weak foundations of debt and deficit spending. Social capitalism understands that the key to prosperity is savings that promote healthy investments, not excess debt. Lacalle maintains that “the elite love deficits.”
For this reason, according to the author, governments should contribute to guaranteeing solid money, that is, that the medium of exchange is not a tool that can be manipulated by the State, but the most useful instrument for social cooperation.

We have never been worse. The rich are getting richer and the poor are getting poorer. ” “Capitalism is guilty of all ills.” We have heard phrases similar to these on countless occasions. Although they are phrases that expose something empirically incorrect, like so many “mantras” as repeated as they are wrong, they do capture real discontent among a relevant part of the population due to the excess of interventionist policies. These, seeking inflation at any price, have eroded the purchasing power of the pillar of our society, the middle class. The problem is that this part of the population attributes this excess to the free market system, when the cause is the interventionist measures of central planning promoted by the governments.
Access to information, new technologies, news and social networks allow us to know global problems in real time and lead us, and that is good, to want constant, rapid and lasting improvement. But they also have a dark side, which is the use of decontextualized information and alarmism, whose purpose is to pervert the decisions of citizens, persuading them to give up their freedom in exchange for non-existent security.
Populist alarmism does not seek prosperity, but control, and to eliminate individual freedom and merit. Individual freedom is, by far, our main gift and our main responsibility. It allows us to grow, learn, develop and unfold our full potential.
Capitalism is the cause of the growth of the middle class. No other system strengthens the middle layers, encourages merit and allows the evolution of small businesses to large companies. The middle class is not losing weight yet alarmingly, and if it loses some weight, it is not because of capitalism, but because of central planning policies aimed at penalizing savings and extracting income through fiscal repression. The middle class always loses when world governments introduce fiscal and financial repression from measures that are more socialist than capitalist, such as shooting deficits, increasing taxes, and subsidizing low-productivity sectors while destroying savings through lower interest rates and liquidity injections. .
The middle class is being diluted with excess socialism, not capitalism.
Socialism not only penalizes merit, but makes the population dependent on political power. The promise of equality of an interventionist government is the recipe for stagnation, since governments can only equal from below; they can only impoverish the rich, never enrich the poor, so they harm everyone. No nation has made the poor richer by making the rich poor.
Defending individual freedom does not mean that we ignore society. Society is the result of a conscious and personal choice by which we unite on our own initiative our individual needs and goals and decide to invest in a way to improve our lives. Ultimately, this provides better results for the vast majority of people.

No one has ever died from inequality. However, many have perished because of poverty.
Equality should not be an objective, but a result. The interventionist, with his totalitarian aspirations, has led us to believe that the results are public policy objectives, from inflation to equality. However, the result of the imposed equality policies is just the opposite.

The Welfare State can only protect itself by promoting growth, investment and job creation. That is the only way to make social spending affordable and sustainable. However, that will probably be destroyed by the same people who claim to defend “the public sector,” because ignoring large fiscal imbalances causes much tougher decisions when a crisis inevitably ensues. By making public spending unsustainable, debt crises generate large and mandatory budget cuts; steps that would be avoided if public spending were kept under control during periods of growth.

The fundamental premise of social capitalism, a path that already represents a departure from the interventionist extremes of protectionism and socialism. Social capitalism, as its name suggests, does not advocate ending capitalism as we know it, nor does it advocate government intervention in all aspects of the economy. Social capitalism simply applies the ability of the free market and competition to solve social problems. Under this system, the private sector, not the government, makes direct investments in social welfare. This allows addressing social challenges, not through government intervention, which causes inefficiencies and an inadequate allocation of resources (not to mention political exploitation), but through market solutions, intrinsically efficient and sustainable. So the private sector has to lead the way. Private companies, as a whole, are capable of generating social welfare more efficiently than any agency or public administration.
Patches and interventionist policies will not compensate for the advancement of disinflation caused by technology or the fiscal challenges created by technological efficiency and automation. Interventional measures would simply result in the government confiscating and misallocating capital that innovators like these could commit to real market solutions. Gates, Zuckerberg, and the like have an extraordinary opportunity to massively invest in business solutions to social problems and to increase social welfare. The ingenuity provided by Microsoft and Facebook can be used to solve the problems we face as a collective society.
We all want the same thing, greater well-being for all, but we should not adopt counterproductive interventionist policies. We need market solutions, no more magic thinking from the government.
The world’s rich countries should stop giving away free money and instead encourage the private sector to invest in poorer countries. In this way, a sustainable relationship is created that benefits all parties. Businesses in developed countries benefit when they invest in underdeveloped regions, because by entering new international markets they expand their customer base. Making investments that lift people out of poverty can help companies find new loyal customers, while improving their reputation.
Both nationally and internationally, this type of collaboration is the way forward. The government and the private sector have to work together, even though the government’s main role during the transition is not to get in the way. However, social capitalism will work best with a collaboration between the public and private sectors designed to achieve greater social welfare for all.

– Public debt has to be paid by the private sector. Therefore, public debt is added to private debt, it is not separated from it. It is an obligation that will be paid by the private sector, in addition to its own debt.
Governments blame the private sector for not being able to spend and finance more debt, accusing it of not helping, but despite everything, it is the private sector that has to pay its own debt and that of the government. Curious agreement.
– Comparing public debt to GDP with private debt to GDP is absurd and misleading, since it is a calculation that favors the government. When the government controls 40 percent of GDP, relating debt and solvency calculations to GDP is simply a trap.
– But the main reason why it makes no sense to compare public and private debt in terms of GDP is that practically no company or family spends between 15 and 20 percent more than they earn. The financial situation of the public sector should compare expenses with income and assets, which are more correct solvency measures.
What is exasperating is that the question of the division between public and private spending is seen as a matter of good versus evil; not to mention the fact that the private sector is criticized for looking for a real economic return and for profit.

Stimulus plans and large-scale “growth” programs should be accompanied by a contingency plan in case they do not work. However, no one in government will do that.
Failure to stimulate cannot be an excuse to do more of the same.

Nationalized and publicly owned companies become a power reserve for politicians. Theoretically independent international organizations become simple tools to perpetuate the power and imbalances created by governments. No wonder they always demand tax increases and “stimulus plans.”
Buddy conglomerates trade at market multiples at a discount relative to their counterparts in free enterprise because, as the saying goes: “A government big enough to give you everything you want is also big enough to take away everything you have.” .
Supporters of nationalization and interventionism are not right or left ideologues, they are ideologues of the deification of the state. Proponents of financial repression – printing money and dropping rates massively – are exactly that: supporters of government glorification as if it were a divinity.
The artificial creation of money without any backing is always behind every crisis. Furthermore, let us remember the “external enemy” and the powerful forces of fear and control, because the next magic solution is “protectionism”; a solution so widespread that it deserves special attention.
The resurgence of protectionism as a magic bullet is nothing new. Since 2008, the United States has established the largest number of protectionist measures of any nation by far, according to the Geopolitical Intelligence Service.135 Between 2010 and 2015, between 50 and 100 protectionist measures were applied during the first four months of each year . In 2016, the number shot up to more than 150.
At the same time, false advocates of free trade have appeared. In the OECD, countries such as China and France have presented themselves as standard bearers of free trade, while, behind closed doors, they raise more and more direct and indirect barriers to it. We have to understand that excessive regulation, high taxes, complex bureaucratic procedures, and the interrelationships between the government and semi-state-owned companies, function as important trade barriers, in some cases more than tariffs.
The fallacy of protectionism does nothing more than promote interventionism. Protectionism is not solved with more protectionism, but when the opponent does not want to use trade as a tool for mutual progress, but as a Trojan horse to take control, we are facing much more than a trade war. A fight between two models of society.
The United States and China began reaching agreements in 2019 and will reach some type of draft negotiation, although this will not occur by closing their eyes to the risks of the Chinese system.

Citizens are increasingly disenchanted with the political class, they are beginning to realize that the magic solutions proposed in the past have only resulted in what was already evident in the first place: low growth, more taxes and less freedom. The conflict is not between labor and capital, which have common interests, nor between segments of the population of taxpayers and wealth creators. Conflict exists only between wealth creators and wealth consumers.
The solution is not to believe in another illusory proposal by the interventionists or to fall into the trap of totalitarians disguised as defenders of social justice.
Capitalism is socially fairer and more egalitarian than socialism or mercantilism. We just have to let it grow. The solution is more freedom, not an equality imposed by the government.

The free market, open economies, and global trade have done more to reduce poverty than any government policy. In 1820, only 60 million people lived outside of extreme poverty. Today, more than 6,500 million people do it.
Social welfare and prosperity are impossible to achieve under the increasing influence of the government. The positive effect of government on the economy when its function is to help and serve families and businesses is completely lost when it becomes too large and its objective is to make the most of budgets and perpetuate bureaucracy, using the balance sheet of large corporations and banks.
Genuine competition and growing benefits for all stakeholders are also impossible under strong government influence. Governments will always favor so-called “strategic” friend sectors.
The government as such does not have to disappear. You have to go back to doing what you were always supposed to do: provide services to the private sector from which you collect income, and additionally contribute to innovation and prosperity.
But it is extremely important to understand that social capitalism and true welfare will not exist with more government. Many governments hate the idea of not being able to put barriers to trade, the movement of people and capital.
Socialism ignores the changes and perseveres in what the bureaucrats decide is correct. When, inevitably, it does not work, it uses repression on its citizens instead of adapting. This is the reason why it has to impose its system, first using the excuse of democracy and then implanting a dictatorship.

The budget of social capitalism has to be balanced and focus on prudent monetary policy, because eternal deficit spending means more taxes in the future and a burden of debt that is transferred to our grandchildren.
The historic solution of increasing the money supply and lowering interest rates has caused constant and more frequent economic crises, as well as boom and bust cycles in which consumers and families are on the losing side.
The debt ceiling in the United States, which was introduced in 1917, has risen more than 90 times in the 40 years prior to 2017.
Low rates are an incentive for spending, not deleveraging. United States public spending nearly increased tenfold in the past 30 years, 246 while long-term rates fell 73 percent during that same period.
In the United States, the $ 20 trillion debt is a national crisis.

In today’s world, there are two ways to view a government budget: as something in permanent expansion that constantly requires greater fiscal pressure or as a priority plan to use less taxpayer funds. In other words, take money out of taxpayers’ pockets or allow people to keep more of their money.
Resorting to reprinting money and massive deficit spending would only harm citizens more than it has already.
The EU’s problem has never been a lack of stimuli, but rather an excess of them. I repeat, the EU has been one government stimulus plan after another since its inception. As expenses and non-performing investments multiplied, excess capacity remained at 20 percent. The constant errors of state planning left more taxes and more obstacles to the productive sectors, as well as additional burdens to the citizens. This, until saturation came. Then everything exploded.
We have reached such a level of interventionist delusion that we forget that equality and the welfare state are not the cause but the result of economic growth and job creation. We forget that the public sector does not have resources if it exhausts and devastates the private sector, and that the basis of prosperity is savings, not spending.

Social trust is an integral part of social capitalism; not only trust in the system and citizens, but trust in the way governments and public administrations manage tax revenues. When citizens perceive that the system is full of perverse incentives, social trust diminishes. The key to social trust is equality of opportunity, not forced equality of results. More egalitarian societies are not necessarily more cohesive, so we must view equality as an outcome, as part of a more complex puzzle, not as a political goal.
Social capitalism is not built on the weak foundation of debt and deficit spending. Social capitalism understands that the key to prosperity is savings that promote healthy investments, not excess debt.
Penalizing savings and taxing success is the opposite of being progressive.
Rebuilding the middle class is a key part of the future. That will not happen with policies that have repeatedly failed. Protectionism, confiscatory taxation, and the penalization of the sectors with the highest productivity to subsidize clients and obsolete customers through massive debt and deficit spending are the recipe for stagnation.
Social capitalism is about returning control to civil society, putting limits on the power of governments and corporations through the most powerful and successful mechanism that exists, that of competition and the free market, as well as limiting decisions. discretionary policies on financing and subsidies and maximizing transparency.
The ability of citizens to achieve social capitalism is much greater in the United States than in many other countries, including those in the eurozone. A truly progressive attitude towards the future is to assume and lead technological change, not to try to stop it. It consists of reinforcing competition and limiting perverse incentives, not insisting on failed policies.
The strengthening of the middle class will not come from the devaluation of currencies or the perpetuation of imbalances. The solution is not more government. No more expense. It is spending better.
To build social capitalism we have to start by preserving and defending the essence of the free market, meritocracy and individual initiative.

Technology and capitalism contribute to the rise of the middle class globally and, at the same time, increase access to information and culture, exponentially increasing the educational level of citizens around the world.
Likewise, technology and capitalism dramatically increase the purchasing power of citizens, democratizing access to goods and services.
Capitalism is the best way to achieve real equality. Our goal is to preserve great achievements and develop partnerships for greater prosperity. There is no intergenerational social contract if we destroy the foundations of freedom and prosperity and endorse the bill for our grandchildren.
No one has ever advanced looking back.
Equality is not a policy.
Equality is the result of prosperity.
There is no prosperity without economic freedom.
The alternative is simple. Liberty or equality?
The answer is very clear. Freedom to achieve real equality through progress. Interventionism and populism are the opposite of progressive thinking. They are regressive.
The answer is social capitalism.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2013/06/07/nosotros-los-mercados-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2015/04/14/la-madre-de-todas-las-batallasla-energia-arbitro-del-nuevo-orden-mundial-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2016/02/24/acabemos-con-el-paro-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2016/12/07/viaje-a-la-libertad-economica-por-que-el-gasto-esclaviza-y-la-austeridad-libera-daniel-lacalle/

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/22/la-gran-trampa-por-que-los-bancos-centrales-estan-abonando-el-terreno-para-la-proxima-crisis-daniel-lacalle-the-big-trap-why-central-banks-are-subscribing-the-land-for-the-next-crisis-by/

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/12/el-porque-de-los-populismos-fran-carrillo-the-reasons-of-the-populisms-by-fran-carrillo-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/05/20/libertad-o-igualdad-por-que-el-desarrollo-del-capitalismo-social-es-la-unica-solucion-a-los-retos-del-nuevo-milenio-daniel-lacalle-freedom-or-equality-why-the-development-of-social-capit/

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