Delibes En Bicicleta — Jesús Marchamalo & Antonio Santos (Ilustrador) / Delibes Riding A Bicycle by Jesús Marchamalo & Antonio Santos (Illustrator) (spanish book edition)

Delibes en bicicleta es un viaje por aquellos campos de Castilla que tanto le gustaban al escritor. Leer esta pequeña semblanza es como subirse a la bicicleta con Delibes e ir respirando, sintiendo y oliendo lo que Delibes sentía en aquellos caminos que transitaba para encontrarse con su muy querida Ángeles. Dejarse llevar por los pedaleos de Marchamalo, siempre precisos y, a la vez, repletos de piruetas y de caminos alternativos, es una de las mejores maneras de adentrarse en el universo Delibes y descubrir la fascinación por las pequeñas cosas, los placeres cotidianos y el silencio buscado que tanto le gustaban al escritor. Qué homenaje tan sincero y bonito. Tanto como lo es esta pequeña biografía que Marchamalo ha escrito a lo largo de las páginas de Delibes en bicicleta. Que forma tan genial de acercarse a este grande de las letras españolas.

Fue el escritor más leído de su tiempo, el más vendido y traducido, el más representado, el que disfrutó de más altos honores: Premio Nacional de Literatura, 1955; Premio Fastenrath, 1957; Premio de la Crítica, 1962… En 1973 fue elegido académico de la Lengua; ocupó el sillón e minúscula y todos recordaban los papelitos que llevaba al pleno de los jueves con voces para incluir en el Diccionario: nombres de pájaros, plantas, alimañas… Poco antes de su discurso de recepción, Ángeles se resintió de un dolor punzante en el hombro que se trocó en vértigo, en desfallecimiento, en anemia, en diagnóstico de palabras afiladas: neumoencelografía, endocraneal, pontocerebeloso. Falleció tras la operación en la que le extirparon un tumor cerebral. Tenía cincuenta años, y ya nada fue igual.
Cuando le entregaron el Premio Cervantes, en Alcalá de Henares, en esa sala intimidante de oropeles, tapices y brocados, se le vio subir las escaleras alfombradas de terciopelo rojo que llevaban hasta la tribuna. Se colocó las gafas, sacó unos pocos folios del bolsillo y demoradamente, con voz emocionada, los leyó. Habló de cómo había pasado su vida, ensimismado, dejando de ser él para ser otros en ese juego de disfraces, prodigioso, que es la literatura. Habló de esas otras vidas que él mismo había creado, y que había hecho crecer. Citó al Mochuelo, al viejo Eloy, al Nini, al Azarías, al señor Cayo, a Menchu, porque en sus personajes, dijo, en esas vidas solo imaginadas había vivido gran parte de la suya.
Pasó los últimos años dando largos paseos, alto y desmadejado, por el Campo Grande, con bastón y visera, o sentado en su banco: el segundo de la derecha según se llega a la placita de la fuente.
Murió en su casa, en marzo, en la cama minúscula y estrecha de su cuarto, austero, y bajo la mirada benevolente de Walt Whitman —un grabado que le regaló Gregorio Prieto—, rodeado de sus hijos y sus nietos, que, desde entonces, cada año, en verano, sacan sus bicicletas y recorren los cien kilómetros que separan Sedano de Molledo-Portolín, recordando aquel viaje del abuelo, cuando no era más que un joven enamorado, delgado y cantarín…

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Delibes riding a bicycle is a trip through those fields of Castile that the writer liked so much. Reading this little semblance is like riding the bike with Delibes and breathing, feeling and smelling what Delibes felt on those roads he was traveling to meet his beloved Angels. Getting carried away by Marchamalo pedaling, always precise and, at the same time, full of pirouettes and alternative paths, is one of the best ways to get into the Delibes universe and discover the fascination for small things, everyday pleasures and Wanted silence that the writer liked so much. What a sincere and beautiful tribute. As much as this little biography that Marchamalo has written throughout the pages of Delibes riding a bicycle. What a great way to approach this great of Spanish letters.

He was the most read writer of his time, the most sold and translated, the most represented, the one who enjoyed the highest honors: National Literature Prize, 1955; Fastenrath Prize, 1957; Critics Award, 1962 … In 1973 he was elected academic of the Language; occupied the armchair and lowercase and everyone remembered the papers that led to the full Thursday with voices to include in the dictionary: names of birds, plants, vermin … Shortly before his reception speech, Angels resented a sharp pain in the Shoulder that turned into vertigo, fainting, anemia, diagnosis of sharp words: pneumoencephalography, endocranial, pontocerebellar. He died after the operation in which a brain tumor was removed. He was fifty years old, and nothing was the same.
When he was awarded the Cervantes Prize, in Alcalá de Henares, in that intimidating room of oropeles, tapestries and brocades, he was seen climbing the carpeted stairs of red velvet that led to the grandstand. He put on his glasses, took out a few pages from his pocket, and slowly, in an excited voice, read them. He talked about how he had spent his life, self-absorbed, ceasing to be him to be others in this costume game, prodigious, which is literature. He spoke of those other lives that he himself had created, and that he had grown. He quoted Mochuelo, old Eloy, Nini, Azarías, Mr. Cayo, Menchu, because in his characters, he said, in those lives only imagined he had lived much of his.
He spent the last years taking long walks, high and dismantled, along the Campo Grande, with a cane and visor, or sitting on his bench: the second on the right as you reach the fountain square.
He died at home, in March, in the tiny and narrow bed of his room, austere, and under the benevolent gaze of Walt Whitman – an engraving that Gregorio Prieto gave him – surrounded by his children and grandchildren, who, since then , every year, in summer, they take out their bicycles and travel the hundred kilometers that separate Sedano from Molledo-Portolín, remembering that grandfather’s journey, when he was just a young man in love, thin and singing …

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