Réquiem Por Un Suicida — René Sadot Avilés Fabila / Requiem For A Suicide by René Sadot Avilés Fabila (spanish book edition)

Un buen descubrimiento por conocidos mexicanos y que me produce reflexión. El crimen perfecto —dijo a la concurrencia el escritor de novelas policiacas— es aquel donde no hay a quien perseguir, donde el culpable queda sin castigo; es, desde luego, el suicidio. Y es justo. Pero lo irritante es que la sociedad (sea capitalista, sea socialista) y las religiones más importantes (Dios castiga el suicidio, dice Mozart en La flauta mágica) se oponen a la muerte voluntaria. Le quitan al individuo la posibilidad de acabar con su vida cuando le venga en gana. Ese, como dirían los juristas, es un derecho inalienable. Nadie debe intervenir. O mejor, ayudar al suicida.

Al iniciar la novela, el narrador, en primera persona, es Gustavo Treviño, que intercala el relato de su propia novela con fragmentos de cartas para Eduardo, un personaje mucho más joven que él, con quien ha mantenido una entrañable amistad y único “heredero” del acaudalado Treviño. El protagonista describe su historia como guerrillero y sus múltiples amoríos fallidos, algunos encuentros sexuales descriptivos y otros con mínimos tintes eróticos, en una frase: todo lo que conforma la vida de una persona adulta que ha disfrutado plenamente tanto de sus aciertos como de sus fracasos, que no añora un tiempo pasado y que busca el amor, tan insulso como se pueda leer y tan significativo como se pueda experimentar. Y este es su fin último. Es el mismo Treviño quien afirma: No puedo seguir fingiendo que vivo.
Las múltiples connotaciones culturales e intertextualidad de este libro son únicas, pues a lo largo de sus páginas enaltece y embellece una acción que de sólo ser pronunciada provoca, para la mayoría de las personas, pesar y aflicción. La novela refleja un estudio preliminar vasto por parte del autor, concluyente y perfecto. Este sería, a mi parecer, un estupendo libro que podría fungir como prólogo extenso para ese libro inexistente e insuperable que trate sobre el suicidio, que el mismo autor menciona.

La novela está construida por múltiples citas, fragmentos y referencias de literatos, filósofos, artistas y grandes genios suicidas de diversa índole que sustentan la ideología del suicidio como un acto por completo respetable, valeroso e incluso como algo ejemplar.
En algunas partes, el texto muestra la riqueza literaria propia del ensayo, lo que revela la investigación profunda y minuciosa que el autor realizó sobre el tema, no únicamente para escribir este libro: el tema del suicidio es un tema apasionante y dedicarle toda una vida no será suficiente, pues quizá haga falta dedicarle también la misma muerte.

Cualquier viaje que uno emprenda, incluso aquel que va de la niñez a la ancianidad, el que conduce a la muerte, es repetir el viaje de Troya a Ítaca: cruzar docenas de peligros, escuchar el canto de las sirenas, cegar a Polifemo, escaparse de Circe, aniquilar a los pretendientes, para llegar justo donde debemos estar. Y yo deseo la tranquilidad, la serenidad que la muerte-Ítaca puede darme. Mi viaje está a punto de concluir, ya surqué los mares que me correspondieron y la travesía no fue tan larga.
En México, dicen, le rinden culto a la muerte. Hay calaveras de azúcar con un nombre en la frente. Uno de mis maestros de preparatoria explicaba que esas calaveras sonrientes se burlaban de la vida. Y una canción popular precisa: “Llega la muerte cantando por entre la nopalera. No le temo a la muerte, más le temo a la vida”. Significaría, pues, que el mexicano no tiembla ante la muerte, que su pasado prehispánico, de dioses sangrientos, y los sufrimientos que la historia le ha propinado, lo inmunizaron contra el miedo a la desaparición física. En una de esas tediosas discusiones que suelen tener los europeos o los estadounidenses que se interesan por México, escuché de una señora francesa: Para ustedes la muerte es la vida. Ah, bon.
Nada más falso ni más idiota. El mexicano, como el alemán o el argentino o el austriaco, teme a la muerte. El resto es folklore o filosofía barata.

Creo que es falso que el suicida trate de agredir a los que lo rodean, molestarlos creándoles con su muerte una serie de trastornos y de sobresaltos. Una vez escuché tal versión; hablaban de los problemas económicos y sociales que el suicida le dejó a la familia, una terrible herencia. La veo como una tesis vulgar o simplista dentro del manual del perfecto psiquiatra. El suicida piensa en él, no en los demás. Está a punto de llevar a cabo una idea grandiosa. Y como todas las de esta naturaleza, es un acto egoísta; por lo tanto no mira a los demás.
Pero, ¿qué es el suicidio?, me pregunto una vez más. ¿Es algo tan tremendo que Dios lo castiga con severidad? Pienso que el peor castigo para el suicida es el que Dios lo vuelva a la vida que detestaba. Resucitarlo de inmediato rompiendo así su paz definitiva, regresándolo al mundo que evitaba. Peor aún sería dotarlo, una vez redivivo, de inmortalidad.

En España ya han puesto el “Teléfono de la esperanza” y es posible utilizarlo en las principales ciudades. A punto de entrar de lleno en el Primer Mundo, ahora esa nación, por tantos siglos oscurantista, reacciona. La mejor prueba de sus logros económicos y sociales es el alto número de suicidios que tiene. Como suele suceder, la inmensa mayoría pertenece a las clases medias y altas; los pobres y analfabetos se matan poco. Pero ahora ya, con el teléfono de la esperanza, muchos se aferrarán a la vida. Cuando alguien padece depresión o crisis aguda, cuando la soledad abruma, basta con marcar un número y una voz amable, firme y segura le dará consejos en perfecto castellano o en buen catalán, según. La agrupación benemérita que patrocina este teléfono explica al suicida: “El futuro les da miedo, porque el presente anímico es terrible. Hay quienes, por las mañanas, llegan a sentirse muy mal, incluso tienen vómitos, porque para ellos significa que, por la mañana, empieza la vida. A estas personas hay que someterlas a un tratamiento mixto, es decir, encerrarlas en un hospital, darles medicamentos y terapias personales y de grupo”. Tal vez un día en Estados Unidos o en Suecia pongan un teléfono para suicidas: uno llama y notifica sus intenciones de morir. Entonces responden proporcionando diferentes maneras de acabar con la vida.

El día en que las sociedades acepten el suicidio y lo vean como respetuosamente lo han considerado diversos pensadores, ese día estaremos en presencia de una nueva humanidad, más razonable y sensible, en donde la muerte voluntaria sea el supremo acto de la libertad, la mejor hazaña de la libertad. Ganarle a las enfermedades, derrotar a la naturaleza, vencer el deterioro mental, ser más veloz que la destrucción del tiempo. Escoger el momento adecuado para asegurar esa soledad eterna, dulce, que muchos hemos anticipado soberbia, el paraíso que nunca vimos en tierra.

Kafka tiene un pequeño cuento sorprendente: “Un artista del hambre” (que en mi caso podría ser “Un artista del suicidio”). Es la historia de un ayunador que trabaja en un circo. El hombre rompe los récords y pasa meses y meses sin probar bocado. Al final, a punto de morir, por completo debilitado, confiesa con voz apenas audible que jamás le gustó la comida. Eso me ocurre a mí: nunca me gustó la vida. Simple y sencillamente no pude acostumbrarme en cuarenta años de experimentarla y eso, debo reconocerlo, que fue algo tedioso que conseguí transformar en un mundo luminoso lleno de interés.
La muerte ha ido siempre conmigo, probablemente nací con ella. No debo, pues, resistírmele, en especial ahora que tengo mucho más de lo que alguna vez pude soñar.

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A good discovery book from mexican friend of mine and that gives me reflection. The perfect crime, “said the police novelist,” is the one where there is no one to pursue, where the culprit is punished; It is, of course, suicide. And it is fair. But the irritating thing is that society (be capitalist, be socialist) and the most important religions (God punishes suicide, Mozart says in The Magic Flute) oppose voluntary death. They take away from the individual the possibility of ending their life when they feel like it. That, as jurists would say, is an inalienable right. No one should intervene. Or better, help the suicide.

At the beginning of the novel, the narrator, in the first person, is Gustavo Treviño, who intersperses the story of his own novel with fragments of letters for Eduardo, a character much younger than him, with whom he has maintained an intimate friendship and unique “heir “From the wealthy Trevino. The protagonist describes his story as a guerrilla and his multiple failed affairs, some descriptive sexual encounters and others with minimal erotic dyes, in one sentence: everything that makes up the life of an adult who has fully enjoyed both his successes and his failures , who does not long for a past time and who seeks love, as bland as it can be read and as meaningful as it can be experienced. And this is its ultimate end. It is Trevino himself who states: I can not continue pretending that I live.
The multiple cultural connotations and intertextuality of this book are unique, because throughout its pages it exalts and embellishes an action that, if only pronounced, causes, for most people, grief and affliction. The novel reflects a vast preliminary study by the author, conclusive and perfect. This would be, in my opinion, a great book that could serve as an extensive prologue for that non-existent and insurmountable book dealing with suicide, which the same author mentions.

The novel is built by multiple quotes, fragments and references of writers, philosophers, artists and great suicidal geniuses of various kinds that support the ideology of suicide as an act completely respectable, courageous and even as something exemplary.
In some parts, the text shows the literary richness of the essay, which reveals the deep and thorough investigation that the author made on the subject, not only to write this book: the subject of suicide is an exciting topic and dedicate a lifetime it will not be enough, because it may be necessary to also dedicate the same death.

Any trip that one undertakes, even that which goes from childhood to old age, which leads to death, is to repeat the journey from Troy to Ithaca: cross dozens of dangers, listen to the sirens singing, blind Polyphemus, escape Circe, annihilate the suitors, to get right where we should be. And I desire tranquility, the serenity that death-Ithaca can give me. My trip is nearing completion, I already sailed the seas that corresponded to me and the journey was not so long.
In Mexico, they say, they worship death. There are sugar skulls with a name on the forehead. One of my high school teachers explained that those smiling skulls made fun of life. And a precise popular song: “Death comes singing through the nopalera. I do not fear death, but I fear life. ” It would mean, then, that the Mexican does not tremble before death, that his pre-Hispanic past, of bloody gods, and the sufferings that history has given him, immunized him against the fear of physical disappearance. In one of those tedious discussions that Europeans or Americans who are interested in Mexico usually have, I heard from a French lady: For you, death is life. Ah, bon.
Nothing more false or more idiot. The Mexican, like the German or the Argentine or the Austrian, fears death. The rest is folklore or cheap philosophy.

I think it is false that the suicide attempts to assault those around him, to annoy them by creating a series of disorders and shocks with his death. Once I heard such a version; They talked about the economic and social problems that the suicide left to the family, a terrible inheritance. I see it as a vulgar or simplistic thesis within the manual of the perfect psychiatrist. The suicide thinks about him, not the others. You are about to carry out a great idea. And like all of this nature, it is a selfish act; Therefore do not look at others.
But what is suicide? I wonder once more. Is it something so tremendous that God punishes him severely? I think that the worst punishment for suicide is that God returns him to the life he hated. Resurrect him immediately breaking his final peace, returning him to the world he avoided. Worse would be to endow it, once redivive, with immortality.

In Spain they have already put the “Telephone of hope” and it is possible to use it in the main cities. About to enter fully into the First World, now that nation, for so many obscurantist centuries, reacts. The best proof of your economic and social achievements is the high number of suicides you have. As usual, the vast majority belong to the middle and upper classes; The poor and illiterate are killed little. But now, with the telephone of hope, many will cling to life. When someone suffers from depression or acute crisis, when loneliness overwhelms, simply dial a number and a kind, firm and safe voice will give you advice in perfect Spanish or in good Catalan, according to. The meritorious group that sponsors this phone explains to the suicide: “The future is scary, because the mood is terrible. There are those who, in the morning, feel very bad, they even have vomiting, because for them it means that, in the morning, life begins. These people have to undergo mixed treatment, that is, lock them in a hospital, give them medications and personal and group therapies. ” Maybe one day in the United States or in Sweden they put a phone number for suicides: one calls and notifies their intentions to die. Then they respond by providing different ways to end life.

The day that societies accept suicide and see it as they have respectfully considered various thinkers, that day we will be in the presence of a new, more reasonable and sensitive humanity, where voluntary death is the supreme act of freedom, the best feat of freedom. Beat diseases, defeat nature, overcome mental deterioration, be faster than the destruction of time. Choose the right time to ensure that eternal, sweet loneliness, which many have anticipated superb, the paradise we never saw on land.

Kafka has a surprising little story: “An artist of hunger” (which in my case could be “An artist of suicide”). It is the story of a fast who works in a circus. The man breaks the records and spends months and months without trying a bite. In the end, about to die, completely weakened, he confesses with a barely audible voice that he never liked the food. That happens to me: I never liked life. I simply couldn’t get used to it in forty years of experiencing it and that, I must admit, was a tedious thing that I managed to transform into a luminous world full of interest.
Death has always gone with me, I was probably born with her. I must not resist him, especially now that I have much more than I could ever dream of.

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