Cuervo. Naturaleza Histórica Y Simbolismo — Boria Sax / Crow by Boria Sax

Una palabra rápida sobre el título: dice Cuervo, pero básicamente toda la familia córvida está cubierta, incluidos los cuervos y las urracas. Ya he leído muchos de estos libros de animales, y este es el único que parece haber seguido una configuración algo diferente. La mayoría de los otros libros tienen capítulos temáticos. El animal en las artes decorativas, por ejemplo. Este tiene capítulos que se basan más histórica y geográficamente. Cuervos en Mesopotamia, por ejemplo. Esto puede deberse a que la mayoría de los otros animales han sido localizados. No hay una necesidad real de perspectivas globales de los pandas, por ejemplo, antes de una fecha determinada. Pero los córvidos están en todas partes. En cualquier caso, fue bastante agradable de leer, como siempre lo son estos libros, y bien ilustrados. Sin embargo, me hubiera gustado ver capítulos específicamente sobre los diferentes usos de la iconografía córvida. Está cubierto, pero de manera pasajera.

Prefacio a la nueva edición
Introducción
1. Mesopotamia
2. Egipto, Grecia y Roma
3. La Edad Media y el Renacimiento europeos
4. Asia
5. Cultura narrativa americana
6. La era romántica
7. El señor de los cuervos
8. El siglo XX y más allá
Cronograma
Referencias
Bibliografía
Asociaciones y sitios web
Agradecimientos
Índice

He sentido una extraña afinidad con los cuervos durante años, tal vez es la sangre celta ya que los córvidos, y en particular el cuervo, tienen un lugar especial en la cultura celta, por supuesto. Creo que se debe a su magnificencia, misterio e inteligencia.
Este libro marcó cada casilla para mí: una lectura fascinante de la que aprendí mucho sobre el Cuervo en sus muchas formas y su importancia en tantas culturas.
Muchas súper ilustraciones mejoraron un texto animado. Lo leí demasiado rápido pero me enganché.

Tanto el ser humano como el cuervo tienen el núcleo familiar como unidad básica de la sociedad, pero también entablan asociaciones de carácter más amplio. Tal vez nosotros estudiemos a los cuervos, pero se diría que ellos nos estudian aún más a nosotros. No se mezclan con nuestra sociedad, sino que permanecen como una tribu al margen. No obstante, quizá no haya otro animal —ni siquiera el perro o el gato— que entienda tan bien al ser humano. Los cuervos pueden ser nuestros interlocutores, y, en la medida en que entendamos a los cuervos, podemos aprender mucho sobre nosotros mismos.
Estas aves son principalmente negras, aunque hay algunas especies con zonas blancas, pardas, grises, azules, moradas o verdes. Este plumaje oscuro suele hacer que los cuervos destaquen de un modo espectacular, aunque también puede hacer que sea muy difícil distinguir a un pájaro concreto de otro. El negro es el color de la tierra y el de la noche; de ahí que con frecuencia a los cuervos se les hayan atribuido poderes misteriosos. Es un color que puede hacer que una criatura parezca más seria e imponente, motivo por el cual se prefiere para el hábito de los sacerdotes y —hasta no hace mucho— de los maestros de escuela.
Su postura encorvada y su gusto por la carroña han colaborado a la hora de convertir al cuervo en un símbolo de la muerte, aunque hay pocas aves —si es que hay alguna— que sean más vivaces y juguetonas que estas.

El cuervo figura tanto en las grandiosas mitologías sistematizadas de Europa y Asia como en el más llano reino de la leyenda. En las majestuosas cosmologías de los credos oficiales hay animales imaginarios o exóticos (dragones, unicornios o leones). Las leyendas, no obstante, que tal vez hayan sobrevivido en las tradiciones orales durante milenios, con frecuencia son más antiguas que los mitos. Las mitologías oficializadas son, por lo general, producto del escalafón social de los guerreros y los sacerdotes. El folclore suele expresar una visión más igualitaria —y tal vez más arcaica— del mundo en la cual no solo los reyes y los campesinos, sino también los animales y las plantas tienen un contacto relativamente estrecho. Este es el género donde el cuervo, acostumbrado a vivir de su ingenio, encaja particularmente bien. El término inglés crow («cuervo»), que procede del término anglosajón cráwe. Está relacionado con su sinónimo germánico Krähe, más similar si cabe al chillido del pájaro. Otro ejemplo sería el término inglés raven (el cuervo grande), que procede del nórdico antiguo hrafn. Los etimólogos han descubierto que dicha palabra se remonta a una época aún más antigua; en concreto, hasta el germánico prehistórico khraben, una buena transliteración del reclamo de dicho cuervo. Está relacionado con el latín corvus, el irlandés antiguo crú, el sánscrito karavas y otros términos prácticamente sinónimos en diversas lenguas indoeuropeas. El nombre inglés jackdaw («grajilla») surge de la combinación de daw, término antiguo anglosajón que significa «bufón», y tchak o jack, onomatopeya del reclamo del pájaro. El término inglés rook («graja») procede del anglosajón hróc o de la forma más moderna croak. El nombre inglés magpie («urraca») es, según cierta teoría, una combinación de Margaret y pied («de varios colores»), que nos sugiere una dama con un atuendo resplandeciente. En cambio, el nombre en latín de esta ave (Pica pica) probablemente sea una evocación de su canto. Las designaciones de estos pájaros tienen algo de mágico, ya que, al nombrarlos, en cierto modo los estamos invocando con un reclamo.

Las similitudes entre córvidos y humanos pueden desembocar con frecuencia tanto en enemistad como en afecto. Igual que el ser humano, los cuervos son omnívoros, aunque sienten una propensión especial hacia la carroña. Una historia de Somalia contaba que las aves se congregaron para decidir cómo dividirse el alimento del mundo. El inteligente cuervo propuso que todas las aves más grandes que él fueran carnívoras, mientras que las más pequeñas que él habrían de ser herbívoras. La propuesta fue aceptada, pero las demás aves no se percataron de que aquello le daba libertad al cuervo para comer lo que quisiera.

Cualquier criatura que aparezca en la Biblia posee una relevancia destacada. El cuervo se menciona diez veces en el Antiguo Testamento y una vez en el Nuevo. Hay muchísimas referencias más de la oveja, animal básico de la economía hebrea, y de la paloma, símbolo ancestral del amor divino, pero ninguna otra criatura aparece en contextos tan variados o con tal ambigüedad simbólica como el cuervo.
En la imaginación humana, los córvidos siempre han sido criaturas de extremos. Son traviesos y solemnes, ruidosos y claros a la hora de expresarse, sagrados y profanos. Muchos son completamente negros, pero hay leyendas por todo el mundo que nos cuentan que una vez fueron blancos. Oriente Próximo siempre ha sido escenario de grandes dramas sobre el bien y el mal, de éxtasis y de infortunios, y en dichos dramas, tal y como cabría esperar, el cuervo ha desempeñado con frecuencia un papel importante.
La Biblia no tiene más que una sola palabra hebrea, orev, para diversas variedades de córvidos. Podría derivarse de erev, que significa «anochecer», ya que el color oscuro de estas aves se parece a la oscuridad de las últimas horas del día.
Dice una leyenda muy extendida por Europa que a la urraca no se le permitía entrar en el arca porque hacía demasiado ruido, y lo que hizo fue posarse en el techo del arca, cotorreando sin parar, mientras las ciudades se hundían bajo las olas. Una leyenda británica cuenta que la urraca es un cruce entre la primera paloma y el cuervo que envió Noé, motivo por el cual es blanca y negra.
En pasajes bíblicos posteriores, los cuervos parecen ser agentes de la mano de Dios. El profeta Elías se refugió en el desierto para esconderse del rey Ajab, a quien Dios había condenado por erigir un altar a Baal. Yahvé ordenó a los cuervos que le llevaran al profeta pan y carne por la mañana, y lo mismo al atardecer.
Las representaciones de córvidos en las culturas mediterráneas de la Antigüedad reflejan el desarrollo de ciertas actitudes hacia el mundo natural. Los egipcios, que no establecían una división clara entre el reino de la naturaleza y el humano, sentían un intenso afecto y buena predisposición hacia el cuervo. Los griegos continuaron con esa tradición, aunque a veces miraban a los córvidos con cierto temor, con asombro y con una risa nerviosa.
Los griegos veían la naturaleza como poseedora de vastos e inexorables poderes que se podían temer o aplacar, pero rara vez controlar. Estaban siempre inmersos en enfrentamientos bélicos en los que al derrotado le cabía esperar la muerte o que lo vendieran como esclavo; sufrían también la reiterada devastación del hambre o las enfermedades.

Los pueblos del norte de Europa quizá no generasen una cultura literaria como las de Grecia y Roma, pero sus artes plásticas, con diseños curvilíneos basados en formas animales y vegetales, poseían una viveza sensual que las culturas más mentales del Mediterráneo rara vez —o nunca— igualaban. Para los romanos, los animales solían ser fuente de augurios y símbolos, pero en la cultura celtogermánica gozaban de una realidad más autónoma. Podían ser sabios o poderosos por sí mismos, y no las simples mascotas de dioses antropomórficos.
Aunque la literatura que ha llegado hasta nosotros procedente de los pueblos celtas y nórdicos no se transcribió hasta bien entrada la Edad Media, está poblada de historias y de deidades que se remontan a tiempos remotos.
Los cuervos, junto con los elefantes, se encuentran entre los pocos animales que con frecuencia parecen tener sentido del humor, algo que contrasta con su sombrío plumaje. Es quizá natural que los cuervos sean los animales más complejos e interesantes de estos cuentos tan originales. En las sagas de los vikingos, los celtas y los sajones, casi siempre hay cuervos y cornejas acechando en segundo plano, en alguna parte, y en los momentos importantes suena su ominoso graznido.
A los cuervos, o a las cornejas, se los asociaba especialmente con Odín, dios supremo de los vikingos a veces conocido como Señor de los Cuervos. Tenía dos cuervos —llamados Hugin («pensamiento») y Munin («memoria»)— que se le posaban en los hombros.
Más aún, quizá, que para los griegos y los romanos, los cuervos se convirtieron en aves de presagios para los vikingos. Un cuervo que grazna delante de una casa podría predecir la muerte de su dueño. Un cuervo con las alas extendidas se convirtió en la representación de los jefes vikingos al entrar en combate. La Saga de Flokki medieval habla de un marinero que descubrió Islandia al soltar un cuervo y navegar detrás de él.
Los cuervos y cornejas tienen una importancia similar para los celtas. Lugh, cuyo nombre significa «el que brilla», era el dios celta de la luz. Este nombre está relacionado con el término galo lugos, que puede significar «cuervo». Esto sugiere que, en su momento, Lugh pudo haber sido un dios de los cuervos, igual que Odín, y también compartía con este su asociación con las batallas y la hechicería. En el Libro de las invasiones, una obra irlandesa, los cuervos advierten a Lugh de la llegada de sus enemigos, los fomorianos. El nombre original de la ciudad de Lyon, Lugdunum, significa «colina de los cuervos», y se llamaba así porque el vuelo de los cuervos mostró a sus primeros pobladores dónde construirla.

La asociación de los cuervos con la brujería se debía en parte al rechazo a dichas aves por su utilización arcaica en los augurios. Los bestiarios de la Edad Media, que hoy nos parecen tan supersticiosos, afirmaban con énfasis que no se debía considerar el cuervo como un presagio del futuro. Edward Topsell, zoólogo inglés de mediados del siglo XVII, decía que «es una gran perversión creer que Dios comunicase sus consejos a los cuervos». Proseguía añadiendo que la adivinación por medio de los cuervos, tal y como la practicaban los indios americanos, era en realidad obra de espíritus malignos.

Los chukchis del nordeste de Siberia cuentan que al principio solo existían el cuervo y su pareja, y que se aburrían. Cuando la hembra le pidió al cuervo que crease un mundo, este le respondió que no sabía cómo hacerlo. La hembra se fue a dormir y tuvo dos gemelos, unos hijos que no tenían plumas y que al principio quedaron extrañados con el pájaro y sus graznidos. Eran los primeros seres humanos. El cuervo, ante el reto de lo que había hecho su pareja e inspirado por ello, creó la tierra. Al defecar creó las montañas, los ríos y los valles, y después creó los animales y las plantas. Los inuit de la isla de Kukulik, en el estrecho de Bering, cuentan que el cuervo creó su tierra al zambullirse en el agua y sacar arena a la superficie.
En China, igual que en gran parte del mundo, los córvidos tenían al menos la misma importancia en las leyendas locales que en la mitología universal. En una compilación conocida como Historias curiosas de un estudio chino, escrita en el siglo XVII y atribuida a P’u Sung-ling, hay una bonita historia sobre un hombre que se convirtió en cuervo. Un joven llamado Yi Jung, de una familia pobre de la provincia de Hunan, no había logrado aprobar sus exámenes y estaba sumido en la desesperación cuando se detuvo a orar en el templo de Wu Wang, la deidad taoísta de los cuervos. Yi Jung estaba a punto de descansar cuando llegó un asistente y lo llevó ante la presencia del mismo Wu Wang. A una orden de la deidad, el joven pobre recibió una túnica negra. Al ponerse la prenda, el muchacho se convirtió en cuervo. Se casó entonces con una corneja llamada Chu-Ch’ing, y juntos volaron con otros miembros de su bandada a coger migas y trozos de carne que los marineros les lanzaban para que les diesen buena suerte. No obstante, el joven no siguió el consejo de su pareja y se acercó a los seres humanos sin la suficiente precaución, y la flecha de un soldado lo alcanzó en el pecho.
En el Ramayana, un poema hindú ancestral, Yama, dios de la muerte, adoptó una vez la forma de una corneja para ocultarse del demonio Ravana. Al recobrar su verdadera apariencia, Yama bendijo a aquella ave y afirmó que jamás moriría ni de vieja ni por enfermedad, aunque aún se la podría matar. Por esta bendición, los cuervos comen antes que los seres humanos aun en tiempos de terribles hambrunas. Algunos hindúes dejan comida para los cuervos a modo de ofrenda a Yama con la esperanza de que este se muestre misericordioso con los familiares y amigos difuntos. El cuervo, sin embargo, no ha sido un atributo único de Yama en el hinduismo, sino también de Varuna, el sabio rey de los cielos.

Las danzas y ceremonias que se centran en el cuervo continúan siendo importantes para los indios de las grandes llanuras, no tanto en ceremonias públicas como en sociedades rituales. Los pawnee, por ejemplo, tienen la Crow Lance Society (Sociedad de la Lanza del Cuervo). La fundó un explorador al que los animales hallaron muerto. Los coyotes querían devorar sus restos, pero los cuervos lo hicieron revivir. Los córvidos lo guiaron hasta una caverna, donde el explorador danzó con ellos durante tres noches. Al final de aquella iniciación, recibió una lanza cubierta de plumas de cuervo que le otorgaba éxito en la caza y en la guerra.
Los indios hopi del sudoeste norteamericano, de subsistencia agrícola por tradición, solían considerar al cuervo una plaga, aunque también les rendían reverencia a los córvidos a regañadientes. Una leyenda hopi cuenta que un cuervo invitó una vez a cenar a su amigo el halcón. A pesar de que la exigente rapaz solo comía carne que acababa de matar, el cuervo le sirvió una serpiente grasienta que ya se había empezado a descomponer.

En muchos cuentos de la Edad Moderna, los cuervos y cornejas son el recordatorio de una herencia arcaica que con frecuencia queda borrada casi por completo, pero nunca se llega a olvidar del todo. En Barnaby Rudge (1841), una novela histórica de Charles Dickens que transcurre en la década de 1780, el personaje principal —que da título a la obra— siempre iba acompañado de una mascota, un cuervo llamado Chip. Barnaby era un buen hombre, aunque simple hasta el punto de la necedad, y el cuervo era el perpetuo recordatorio de las fuerzas diabólicas que él no lograba ver. El cuervo pronunciaba palabras que prácticamente carecían de sentido, pero encerraban una gran carga premonitoria, y a veces incluso afirmaba que era el Diablo.
Los alemanes que se asentaron en Pensilvania a veces llamaban bootzamon al espantapájaros, y las leyendas norteamericanas contaban que aquellos muñecos cobraban vida de noche. Con el paso del tiempo, aquel nombre se alteró para quedar en bogeyman («el coco»), una figura utilizada para asustar a los niños con tal de que se porten bien.
Quizá la primera de las muchas historias en que el espantajo es uno de los personajes principales sea «El espantapájaros» de Nathaniel Hawthorne, que se publicó por vez primera en 1846 como parte de su colección Musgos de una vieja casa parroquial. Una bruja de Nueva Inglaterra llamada Madre Rigby trata de hacer el espantapájaros más realista posible para proteger sus campos de los cuervos y los mirlos. La espalda del espantajo estaba hecha con el palo de la escoba con la que la bruja se paseaba volando por las noches. El cuerpo estaba hecho de unas espléndidas —aunque estropeadas— galas de Londres y París. La cabeza era una calabaza tallada, y el pelo estaba hecho con plumas. La bruja llegó a la conclusión de que el espantapájaros era demasiado bonito para dejar que se echara a perder en el campo…

Los cuervos son de las pocas criaturas que se las arreglan para ocupar más o menos los mismos hábitats que el ser humano sin causarnos mucho bien ni mucho mal, al menos en términos prácticos. Suelen dar la impresión de sentir una sublime indiferencia hacia la gente, como si aguardaran con paciencia a que pasase la época del ser humano. El principal uso que han tenido para la gente, cuando lo han tenido, ha sido, por lo general, el servir de señal o de portento divino.
La gente, sin embargo, sí suele comenzar a fijarse en los cuervos en épocas de crisis, cuando incluso los más formales y racionales de los hombres y las mujeres empiezan a mirar a su alrededor en busca de la orientación del destino. El cuervo evoca una sensación de asombro que nunca se disipa a pesar de su familiaridad, y en esto, como en tantas otras cosas, los cuervos se parecen mucho a los seres humanos.

No olvides querido lector una buena banda sonora para leer el libro como “yon two crows” de Mark Knopfler.

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One quick word about the title: it says Crow, but basically the entire corvid family is covered, including ravens and magpies. I’ve read plenty of these Animal books by now, and this is the only one that seems to have gone on by a somewhat different setup. Most of the other books have themed chapters. The animal in decorative arts, for example. This one has chapters that are more historically and geographically based. Crows in Mesopotamia, for example. This may be because most of the other animals have been localized. There’s no real need for global perspectives of pandas, for example, before a certain date. But corvids are everywhere. At any rate, it was quite enjoyable to read, as these books always are, and nicely illustrated. I would have liked to see chapters specifically about different uses of corvid iconography, though. It is covered, but passingly.

Preface to the New Edition
Introduction
1. Mesopotamia
2. Egypt, Greece and Rome
3. The European Middle Ages and Renaissance
4. Asia
5. Narrative American Culture
6. The Romantic Era
7. Lord of the Crows
8. The Twentieth Century and Beyond
Timeline
References
Bibliography
Associations and Websites
Acknowledgements
Index

I’ve felt a weird affinity with Crows for years now – perhaps it’s Celtic blood as Corvids, and particularly the Raven, have a special place in Celtic culture of course. I think it’s down to their magnificence, mystery and intelligence.
This book ticked every box for me: a fascinating read from which I learnt so much about the Crow in his/her many forms and their significance in so many cultures.
Lots of super illustrations enhanced a lively text. I read it much too quickly but I was hooked.

Both the human being and the raven have the family nucleus as a basic unit of society, but also establish associations of a broader nature. We may study crows, but it would be said that they study us even more. They do not mix with our society, but remain as a tribe on the sidelines. However, there may not be another animal – not even the dog or cat – that understands the human being so well. Crows can be our interlocutors, and, as long as we understand crows, we can learn a lot about ourselves.
These birds are mainly black, although there are some species with white, brown, gray, blue, purple or green areas. This dark plumage usually makes crows stand out in a spectacular way, although it can also make it very difficult to distinguish a particular bird from another. Black is the color of the earth and that of the night; hence, crows have often been attributed mysterious powers. It is a color that can make a creature look more serious and imposing, which is why it is preferred for the habit of priests and – not long ago – of school teachers.
His hunched posture and his taste for carrion have collaborated in making the crow a symbol of death, although there are few birds – if there are any – that are more lively and playful than these.

The raven appears both in the great systematized mythologies of Europe and Asia and in the flattest kingdom of legend. In the majestic cosmologies of official creeds there are imaginary or exotic animals (dragons, unicorns or lions). Legends, however, that may have survived in oral traditions for millennia, are often older than myths. Officialized mythologies are generally the product of the social ladder of warriors and priests. Folklore often expresses a more egalitarian – and perhaps more archaic – view of the world in which not only kings and peasants, but also animals and plants have relatively close contact. This is the genre where the raven, accustomed to living off his wits, fits particularly well. The English term crow (“crow”), which comes from the Anglo-Saxon term cráwe. It is related to its Germanic synonym Krähe, more similar if it fits the bird’s shriek. Another example would be the English term raven (the big crow), which comes from the old Norse hrafn. Etymologists have discovered that this word dates back to an even older age; specifically, even the prehistoric Germanic Khraben, a good transliteration of the raven’s claim. It is related to the Latin corvus, the ancient Irish crú, the Sanskrit Karavas and other practically synonymous terms in various Indo-European languages. The English name jackdaw (“jackdaw”) arises from the combination of daw, an ancient Anglo-Saxon term meaning “jester”, and tchak or jack, onomatopoeia of the bird’s claim. The English term rook (“graja”) comes from the Anglo-Saxon hróc or the most modern croak. The English name magpie (“magpie”) is, according to a certain theory, a combination of Margaret and pied (“of various colors”), which suggests a lady with a shining outfit. Instead, the Latin name of this bird (Pica pica) is probably an evocation of its song. The designations of these birds have something magical, since, in naming them, we are invoking them in some way with a claim.

Similarities between corvids and humans can often lead to enmity and affection. Like the human being, crows are omnivorous, although they feel a special propensity towards carrion. A story from Somalia told that birds congregated to decide how to divide the world’s food. The clever crow proposed that all the birds larger than him be carnivorous, while the smaller ones that he were to be herbivorous. The proposal was accepted, but the other birds did not realize that it gave the crow freedom to eat what he wanted.

Any creature that appears in the Bible has outstanding relevance. The raven is mentioned ten times in the Old Testament and once in the New. There are many other references of the sheep, the basic animal of the Hebrew economy, and of the dove, the ancestral symbol of divine love, but no other creature appears in contexts as varied or with such symbolic ambiguity as the raven.
In the human imagination, corvids have always been creatures of extremes. They are naughty and solemn, loud and clear when it comes to expressing themselves, sacred and profane. Many are completely black, but there are legends all over the world that tell us that they were once white. The Middle East has always been the scene of great dramas about good and evil, ecstasy and misfortune, and in such dramas, as you might expect, the crow has often played an important role.
The Bible has only one Hebrew word, orev, for various varieties of corvids. It could be derived from erev, which means “dusk”, since the dark color of these birds resembles the darkness of the last hours of the day.
It says a legend widely spread across Europe that the magpie was not allowed to enter the ark because it made too much noise, and what he did was perch on the roof of the ark, chattering non-stop, while the cities sank under the waves. A British legend says that the magpie is a cross between the first dove and the crow that Noah sent, which is why it is white and black.
In later biblical passages, crows seem to be agents of God’s hand. The prophet Elijah took refuge in the desert to hide from King Ahab, whom God had condemned for erecting an altar to Baal. Yahweh commanded the crows to take bread and meat to the prophet in the morning, and the same at sunset.
The representations of corvids in the Mediterranean cultures of Antiquity reflect the development of certain attitudes towards the natural world. The Egyptians, who did not establish a clear division between the kingdom of nature and the human, felt an intense affection and good predisposition towards the crow. The Greeks continued with that tradition, although sometimes they looked at the corvids with some fear, with astonishment and with a nervous laugh.
The Greeks saw nature as possessing vast and inexorable powers that could be feared or placated, but rarely controlled. They were always immersed in warlike confrontations in which the defeated could expect death or sell him as a slave; they also suffered the repeated devastation of hunger or disease.

The peoples of northern Europe might not generate a literary culture like those of Greece and Rome, but their plastic arts, with curvilinear designs based on animal and plant forms, possessed a sensual liveliness that the most mental cultures of the Mediterranean rarely – or never – They matched. For the Romans, animals used to be the source of auguries and symbols, but in Celto-Germanic culture they enjoyed a more autonomous reality. They could be wise or powerful on their own, and not the mere pets of anthropomorphic gods.
Although the literature that has reached us from the Celtic and Nordic peoples was not transcribed until well into the Middle Ages, it is full of stories and deities that date back to ancient times.
Crows, along with elephants, are among the few animals that often seem to have a sense of humor, something that contrasts with their bleak plumage. It is perhaps natural that crows are the most complex and interesting animals of these original stories. In the sagas of the Vikings, the Celts and the Saxons, there are almost always crows and crows lurking in the background, somewhere, and at important moments their ominous croaking sounds.
Crows, or hoodies, were especially associated with Odin, the supreme god of the Vikings sometimes known as Lord of the Crows. He had two crows – called Hugin (“thought”) and Munin (“memory”) – that perched on his shoulders.
Moreover, perhaps, that for the Greeks and Romans, crows became birds of omens for the Vikings. A crow squawking in front of a house could predict the death of its owner. A raven with wings extended became the representation of the Viking chiefs when entering combat. The medieval Flokki Saga speaks of a sailor who discovered Iceland by releasing a raven and sailing behind him.
Crows and crows have a similar importance for the Celts. Lugh, whose name means “he who shines,” was the Celtic god of light. This name is related to the Gallo Lugos term, which can mean “crow”. This suggests that, at the time, Lugh may have been a god of crows, just like Odin, and also shared with him his association with battles and sorcery. In the Book of Invasions, an Irish work, crows warn Lugh of the arrival of his enemies, the Fomorians. The original name of the city of Lyon, Lugdunum, means “crows hill”, and it was called that because the flight of the crows showed its first settlers where to build it.

The association of crows with witchcraft was due in part to the rejection of these birds for their archaic use in the auguries. The bestiaries of the Middle Ages, which today seem so superstitious to us, affirmed with emphasis that the raven should not be considered as an omen of the future. Edward Topsell, an English zoologist in the mid-17th century, said that “it is a great perversion to believe that God communicated his advice to crows”. He went on to add that divination through crows, as practiced by American Indians, was actually the work of evil spirits.

The chukchis of northeastern Siberia tell that at first there was only the crow and his partner, and that they were bored. When the female asked the crow to create a world, he replied that he did not know how to do it. The female went to sleep and had two twins, some children who had no feathers and who were initially missed with the bird and its squawking. They were the first human beings. The raven, faced with the challenge of what his partner had done and inspired by it, created the earth. When defecating he created mountains, rivers and valleys, and then he created animals and plants. The Inuit of the island of Kukulik, in the Bering Strait, say that the crow created their land by diving into the water and bringing sand to the surface.
In China, as in much of the world, corvids were at least as important in local legends as in universal mythology. In a compilation known as Curious Stories from a Chinese study, written in the seventeenth century and attributed to P’u Sung-ling, there is a beautiful story about a man who became a raven. A young man named Yi Jung, from a poor family in Hunan Province, had failed to pass his exams and was in despair when he stopped to pray at the temple of Wu Wang, the Taoist deity of the crows. Yi Jung was about to rest when an assistant arrived and took him in the presence of Wu Wang himself. At an order from the deity, the poor young man received a black robe. When he put on the garment, the boy became a raven. He then married a crow called Chu-Ch’ing, and together they flew with other members of their flock to catch crumbs and pieces of meat that the sailors threw at them to give them good luck. However, the young man did not follow the advice of his partner and approached human beings without sufficient caution, and the arrow of a soldier hit him in the chest.
In the Ramayana, an ancestral Hindu poem, Yama, god of death, once took the form of a crow to hide from the demon Ravana. When he regained his true appearance, Yama blessed that bird and claimed that he would never die of old age or disease, although he could still be killed. By this blessing, crows eat before human beings even in times of terrible famine. Some Hindus leave food for crows as an offering to Yama in the hope that he will be merciful to deceased family and friends. The raven, however, has not been a unique attribute of Yama in Hinduism, but also of Varuna, the wise king of heaven.

The dances and ceremonies that focus on the crow continue to be important for the Indians of the great plains, not so much in public ceremonies as in ritual societies. The Pawnee, for example, have the Crow Lance Society. It was founded by an explorer whom the animals found dead. The coyotes wanted to devour their remains, but the crows made him relive. The corvids guided him to a cave, where the explorer danced with them for three nights. At the end of that initiation, he received a spear covered with raven feathers that gave him success in hunting and war.
The Hopi Indians of the American Southwest, of agricultural subsistence by tradition, used to consider the raven a plague, although they also reluctantly bowed to the corvid. A Hopi legend tells that a raven once invited his friend the hawk to dinner. Although the demanding raptor only ate meat he had just killed, the raven served him a greasy snake that had already begun to decompose.

In many tales of the Modern Age, crows and crows are the reminder of an archaic heritage that is often erased almost completely, but never completely forgotten. In Barnaby Rudge (1841), a historical novel by Charles Dickens that takes place in the 1780s, the main character – who gives the title to the play – was always accompanied by a pet, a crow called Chip. Barnaby was a good man, though simple to the point of foolishness, and the raven was the perpetual reminder of the diabolical forces he could not see. The raven uttered words that were practically meaningless, but contained a great premonitory burden, and sometimes even claimed that he was the Devil.
The Germans who settled in Pennsylvania sometimes called the scarecrow bootzamon, and American legends told that those dolls came alive at night. With the passage of time, that name changed to be in bogeyman (“the coconut”), a figure used to scare children as long as they behave.
Perhaps the first of the many stories in which the scarecrow is one of the main characters is “The Scarecrow” by Nathaniel Hawthorne, which was first published in 1846 as part of his Mosses collection of an old parish house. A New England witch named Mother Rigby tries to make the scarecrow as realistic as possible to protect her fields from crows and blackbirds. The back of the scarecrow was made with the broomstick with which the witch was flying at night. The body was made of splendid — though spoiled — galas from London and Paris. The head was a carved pumpkin, and the hair was made with feathers. The witch concluded that the scarecrow was too pretty to let it spoil in the field …

Crows are among the few creatures that manage to occupy more or less the same habitats as humans without causing us much good or much harm, at least in practical terms. They usually give the impression of feeling a sublime indifference towards people, as if they waited patiently for the time of the human being to pass. The main use they have had for people, when they have had it, has been, in general, to serve as a sign or of divine wonder.
People, however, do begin to notice crows in times of crisis, when even the most formal and rational of men and women begin to look around for the orientation of destiny. The raven evokes a sense of wonder that never dissipates despite their familiarity, and in this, as in so many other things, crows look a lot like human beings.

Don’t forget, dear reader, a good soundtrack to read the book as “yon two crows” by Mark Knopfler.

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