¿Quién Es Fascista? — Emilio Gentile / Chi È Fascista (Who is Fascist?) by Emilio Gentile

Buen libro en el que se desarrolla el concepto de ‘fascismo histórico’ dentro de su contextualización histórica dentro de la Italia del siglo XX; y su contraposición con las tendencias actuales de sobre uso del termino ‘fascista’ y las problemáticas que pueden derivarse del uso de esta palabra.
A veces algo reiterativo con la argumentación, pero la estructuración y la didáctica utilizadas son impecables para comprender el posicionamiento del ilustre autor. Está completamente centrado en Italia, tanto en la historia del fascismo italiano (lo cual es lógico, ya que nació y se desarrolló en ese país) como en la situación actual, obviando completamente otros países.
El libro está escrito en forma de entrevista, en la que es el propio autor quien se hace a sí mismo las preguntas, y éstas están inspiradas en las que, en sus cursos y conferencias, le han ido haciendo alumnos y periodistas a lo largo de los años.

Este libro es esencialmente útil por 2 razones:
1. Muestra de manera muy sucinta las contribuciones que Gentile ha dado al estudio del fascismo, revisando las innovaciones introducidas y las principales controversias derivadas de sus contribuciones.
2. Ayuda a comprender quién ha sido un fascista, qué categorías interpretativas son útiles para reconocer uno y para exponer a aquellos que continúan clamando al portador.
En cuanto al primer punto, Gentile cita muchas de sus obras a lo largo del libro, por lo que para aquellos interesados en conocer sus contribuciones reales al estudio del fascismo, sería mejor leer lo que sugiere.
En cuanto al segundo punto, que es la razón por la cual la mayoría de los lectores comprarán el libro, Gentile desenmascara muchos clichés y, en mi opinión, cierra definitivamente la boca de muchos que usan la palabra o la ofensa fascista con extrema facilidad. El fascista es una persona históricamente bien determinada, y la generalización inútil que muchas veces solo sirve para cerrar la boca de alguien en ausencia de argumentos válidos se ha convertido en una malla retórica desprovista de fundamento.
Que quede claro que este no es un libro al servicio de algún partido político al que comúnmente se le acusa de ser fascista, es un libro al servicio de la verdad histórica, de la honestidad intelectual.
Los argumentos, entre los muchos presentados, que en mi opinión son los más útiles para discriminar quién es fascista y quién no, son aquellos que vinculan al partido fascista con una milicia armada y una visión antropológica del italiano que tuvo que ser cambiado por el régimen, con el propósito. para crear una nueva “raza”. Todas las prerrogativas que no son promocionadas por aquellos que hoy son acusados de ser fascistas.
Diría una lectura fundamental para hacer malabarismos con los falsos mitos de nuestro tiempo.

Ha ocurrido ya, a lo largo de la historia entre las dos guerras mundiales, que el uso poco apropiado del término ‘fascista’ o ‘fascismo’, aplicado a quien no era fascista e incluso, con frecuencia, a quien se oponía al régimen fascista, ha dañado a la democracia, contribuyendo a debilitar precisamente a las fuerzas antifascistas.
La omnipresencia de la palabra ‘fascista’, su constante vuelta, puede parecer la confirmación de la existencia de un fascismo perenne, si no incluso eterno. Pero no se trata de un verdadero retorno del fascismo en la realidad histórica sino, como mucho, principalmente y sobre todo, del uso cada vez más elástico –podríamos definirlo así– de esta palabra.
El fascismo apareció en la historia, que el término ‘fascista’ se suele referir a todo aquel que use la violencia contra sus adversarios políticos, tratándolos como enemigos irreductibles, con los que ningún compromiso, tregua o paz va a ser nunca posible, sino solo una lucha sin piedad hasta su aniquilación. En otras palabras, es fascista aquel que concibe la política no como un enfrentamiento pacífico entre adversarios, sino como un conflicto basado en la antítesis irreductible ‘amigo-enemigo’. Pero entonces debemos llamar ‘fascistas’ a todos los revolucionarios, que son tales porque conciben la lucha política como una guerra civil en el seno de un Estado para desalojar a una clase dirigente, abatir un régimen y construir otro con una nueva clase dirigente formada por los propios revolucionarios.

El adjetivo ‘fascista’ no deriva del sustantivo ‘fascismo’, sino que lo ha precedido, originado en el sustantivo fascio [haz]. En el lenguaje político italiano, el término ‘fascio’ se usaba frecuentemente en el siglo XIX como sinónimo de asociación de la izquierda republicana y popular. Estaban los fascios obreros de la Italia del norte y los fascios de los trabajadores sicilianos a finales del siglo XIX, y parece que con referencia a estos últimos y a su agitación en 1893 se usó por primera vez el adjetivo ‘fascista’.

Los fascistas de 1919 eran antiparlamentarios pero no eran antidemocráticos. Propugnaban una nueva democracia política y económica impulsada por medio de reformas constitucionales, como la abolición del Senado y la transformación de la Cámara de los Diputados, situando junto a la representación política la representación de las categorías productivas; querían sufragio universal masculino y femenino, rebajar la edad de voto a los 18 años y a 25 para ser elegido diputado. Estaban, además, contra el Estado centralizado y propugnaban aligerar la burocracia y la descentralización regional.
En cuanto a la forma de Estado, los fascistas de 1919 se declaraban de tendencia republicana, pero aceptaban la conservación de la monarquía si la monarquía, a su vez, hubiese aceptado la renovación del Estado con las reformas propuestas por los fascistas.
Aceptando el juego de las analogías, podría, entonces, encontrar más semejanzas entre el movimiento mussoliniano de 1919 y el programa político de Matteo Renzi: por ejemplo, la abolición del Senado, el desprecio por los viejos partidos y la vieja clase dirigente, la apología de la burguesía productiva, el ensalzamiento del hacer, sin contar su juvenilismo y su aspiración a fundar el ‘partido de la nación’. Pero no me parece que haya sido frecuente, cuando Renzi era secretario del Partido Democrático y presidente del Consejo, que lo hayan marcado como un fascista de hoy, camuflado bajo vestimentas democráticas.
En cuanto a la Liga, hay ciertamente semejanzas, pero en el programa del fascismo diecinuevista se destaca la primacía de la nación y de la Italia unida. Y no hay rastro de racismo ni de xenofobia, considerados estos rasgos típicos de los leguistas como los ‘fascistas de hoy’.

—Dimensión organizativa:
1. Un movimiento de masas, en suma interclasista, pero en el que prevalecen, en los cuadros dirigentes y en la masa de los militantes, jóvenes pertenecientes principalmente a las clases medias, en gran parte nuevos en la actividad política, organizados en forma original e inédita de ‘partido milicia’. Este basa su identidad no en la jerarquía social y en el origen de clase, sino en el sentimiento de camaradería, se considera investido de una misión de regeneración nacional, se conceptúa en estado de guerra contra los adversarios políticos y trata de adquirir el monopolio del poder político usando el terror, la táctica parlamentaria y el compromiso con los grupos dirigentes, para crear un nuevo régimen, destruyendo la democracia parlamentaria.
—Dimensión cultural:
2. Una cultura basada en el pensamiento mítico, en un sentimiento trágico y activista de la vida concebida como manifestación de la voluntad de poder, en el mito de la juventud como artífice de la historia, en la militarización de la política como modelo de vida y de organización colectiva.
3. Una ideología de carácter antiideológica y pragmática, que se declara antimaterialista, antiindividualista, antiliberal, antidemocrática, antimarxista, tendencialmente populista y anticapitalista, expresada estéticamente, más que teóricamente, a través de un nuevo estilo político y a través de los mitos, los ritos y los símbolos de una religión laica, instituida en función del proceso de aculturación, de socialización y de integración fideísta de las masas cuya finalidad es la creación de un ‘hombre nuevo’.
4. Una concepción totalitaria de la primacía de la política como experiencia integral y revolución continua, para llevar a cabo –a través del Estado totalitario– la fusión del individuo y de las masas en una unidad orgánica y mística de la nación como comunidad étnica y moral, adoptando medidas de discriminación y de persecución contra quienes son considerados de fuera de esta comunidad, por ser enemigos del régimen o porque pertenecen a razas consideradas inferiores o, en cualquier caso, peligrosas para la integridad de la nación.
5. Una ética civil basada en la subordinación absoluta del ciudadano al Estado, en la entrega total del individuo a la comunidad nacional, en la disciplina, en la virilidad, en la camaradería y en el espíritu guerrero.
—Dimensión institucional:
6. Un aparato policial, que previene, controla y reprime, incluso recurriendo al terror organizado, la disensión y la oposición.
7. Un partido único, que tiene las siguientes funciones: garantizar, a través de una milicia propia, la defensa armada del régimen, entendido como el conjunto de las nuevas instituciones públicas creadas por el partido revolucionario; llevar a cabo la selección de nuevos cuadros dirigentes y la formación de la ‘aristocracia del mando’; organizar a las masas en el Estado totalitario involucrándolos en un proceso pedagógico de movilización permanente, emocional y fideísta.
8. Un sistema político basado en la simbiosis entre régimen y Estado, ordenado según una jerarquía de funciones, nombrada desde lo alto y que culmina en la figura del ‘jefe’, investido de sacralidad carismática, que manda, dirige y coordina las actividades del partido, del régimen y del Estado, y opera como árbitro supremo e indiscutido en los conflictos entre los potentados del régimen.
9. Una organización corporativa de la economía, que suprime la libertad sindical, amplía la esfera de intervención del Estado y trata de llevar a cabo, según principios tecnocráticos y solidaristas, la colaboración de las clases productivas bajo el control del régimen, para la consecución de sus finalidades de potencia, pero preservando la propiedad privada y la división de clases.
10. Una política exterior inspirada por la búsqueda de la potencia y de la grandeza nacionales, con objetivos de expansión imperialista y con vistas a la creación de una nueva civilización.

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Good book in which the concept of ‘historical fascism’ develops within its historical contextualization within 20th-century Italy; and its contrast with current trends of overuse of the term ‘fascist’ and the problems that may arise from the use of this word.
Sometimes something repetitive with the argumentation, but the structuring and the didactic used are impeccable to understand the position of the illustrious author. It is completely focused on Italy, both in the history of Italian fascism (which is logical, since it was born and developed in that country) and in the current situation, completely ignoring other countries.
The book is written in the form of an interview, in which it is the author himself who asks himself the questions, and these are inspired by those who, in his courses and conferences, have been making students and journalists throughout years.

This book is essentially useful for 2 reasons:
1. It shows very succinctly the contributions that Gentile has given to the study of fascism, reviewing the innovations introduced and the main controversies arising from its contributions.
2. It helps to understand who has been a fascist, what interpretative categories are useful for recognizing one and for exposing those who continue to cry out to the wearer.
As for the first point, Gentile cites many of his works throughout the book, so for those interested in knowing their real contributions to the study of fascism, it would be better to read what it suggests.
As for the second point, which is the reason why most readers will buy the book, Gentile unmasks many clichés and, in my opinion, definitely closes the mouth of many who use the word or the fascist offense with extreme ease. The fascist is a historically well-determined person, and the useless generalization that often only serves to close someone’s mouth in the absence of valid arguments has become a baseless rhetorical mesh.
Let it be clear that this is not a book at the service of any political party that is commonly accused of being a fascist, it is a book at the service of historical truth, of intellectual honesty.
The arguments, among the many presented, that in my opinion are the most useful to discriminate who is fascist and who is not, are those that link the fascist party with an armed militia and an anthropological vision of the Italian that had to be changed by the regime , with the purpose. to create a new “race.” All the prerogatives that are not promoted by those who today are accused of being fascists.
I would say a fundamental reading to juggle the false myths of our time.

It has already happened, throughout history between the two world wars, that the inappropriate use of the term ‘fascist’ or ‘fascism’, applied to those who were not fascists and even, frequently, to those who opposed the fascist regime , has damaged democracy, contributing to weaken precisely anti-fascist forces.
The omnipresence of the word ‘fascist’, its constant return, may seem to confirm the existence of a perennial fascism, if not even eternal. But it is not a true return of fascism in historical reality but, at most, mainly and above all, from the increasingly elastic use – we could define it this way – of this word.
Fascism appeared in history, that the term ‘fascist’ usually refers to anyone who uses violence against their political adversaries, treating them as irreducible enemies, with whom no compromise, truce or peace will ever be possible, but only A merciless fight until his annihilation. In other words, it is fascist who conceives politics not as a peaceful confrontation between adversaries, but as a conflict based on the irreducible antithesis ‘friend-enemy’. But then we must call all revolutionaries ‘fascists’, which are such because they conceive of the political struggle as a civil war within a state to evict a ruling class, depress a regime and build another with a new ruling class formed by The revolutionaries themselves.

The adjective ‘fascist’ does not derive from the noun ‘fascism’, but has preceded it, originated in the noun fascio [beam]. In the Italian political language, the term ‘fascio’ was frequently used in the 19th century as a synonym for the association of the republican and popular left. There were the fascist workers of northern Italy and the fascists of the Sicilian workers at the end of the 19th century, and it seems that with reference to the latter and their agitation in 1893 the adjective ‘fascist’ was used for the first time.

The fascists of 1919 were anti-parliamentarians but they were not undemocratic. They advocated a new political and economic democracy promoted through constitutional reforms, such as the abolition of the Senate and the transformation of the Chamber of Deputies, placing the representation of productive categories alongside political representation; They wanted universal male and female suffrage, lowering the voting age at 18 and 25 to be elected deputy. They were also against the centralized state and advocated to lighten bureaucracy and regional decentralization.
As for the state form, the 1919 fascists declared themselves a republican tendency, but accepted the conservation of the monarchy if the monarchy, in turn, had accepted the renewal of the state with the reforms proposed by the fascists.
Accepting the game of analogies, I could, then, find more similarities between the Mussolinian movement of 1919 and Matteo Renzi’s political program: for example, the abolition of the Senate, contempt for the old parties and the old ruling class, the apology of the productive bourgeoisie, the exaltation of doing, not counting its youthfulness and its aspiration to found the ‘party of the nation’. But it does not seem to me that it has been frequent, when Renzi was secretary of the Democratic Party and president of the Council, who have marked him as a fascist today, camouflaged under democratic clothing.
As for the League, there are certainly similarities, but in the program of nineteenth-century fascism the primacy of the nation and united Italy stands out. And there is no trace of racism or xenophobia, considered these typical features of the legumes as the ‘fascists of today’.

—Organic dimension:
1. A mass movement, in an interclassist sum, but in which prevailing, in the leading cadres and in the mass of the militants, young people belonging mainly to the middle classes, largely new to political activity, organized in original form and unpublished ‘militia party’. This bases its identity not on the social hierarchy and on the origin of class, but on the feeling of camaraderie, it is considered invested with a mission of national regeneration, it is conceptualized in a state of war against political adversaries and tries to acquire the monopoly of political power using terror, parliamentary tactics and commitment to leading groups, to create a new regime, destroying parliamentary democracy.
—Cultural dimension:
2. A culture based on mythical thinking, a tragic and activist feeling of life conceived as a manifestation of the will to power, in the myth of youth as the architect of history, in the militarization of politics as a model of life and collective organization.
3. An ideology of an antiideological and pragmatic nature, which is declared antimaterialist, antiindividualist, anti-liberal, anti-democratic, anti-Marxist, tendency populist and anti-capitalist, expressed aesthetically, rather than theoretically, through a new political style and through myths, rites and the symbols of a secular religion, instituted according to the process of acculturation, socialization and fideist integration of the masses whose purpose is the creation of a ‘new man’.
4. A totalitarian conception of the primacy of politics as an integral experience and continuous revolution, to carry out – through the totalitarian State – the fusion of the individual and the masses into an organic and mystical unity of the nation as an ethnic community and moral, adopting measures of discrimination and persecution against those who are considered outside this community, because they are enemies of the regime or because they belong to races considered inferior or, in any case, dangerous for the integrity of the nation.
5. A civil ethic based on the absolute subordination of the citizen to the State, in the total surrender of the individual to the national community, in discipline, in manhood, in camaraderie and in the warrior spirit.
—Institutional dimension:
6. A police apparatus, which prevents, controls and represses, even resorting to organized terror, dissent and opposition.
7. A single party, which has the following functions: to guarantee, through its own militia, the armed defense of the regime, understood as the set of new public institutions created by the revolutionary party; carry out the selection of new leading cadres and the formation of the ‘command aristocracy’; Organize the masses in the totalitarian state by involving them in a pedagogical process of permanent, emotional and fideist mobilization.
8. A political system based on the symbiosis between regime and State, ordered according to a hierarchy of functions, named from above and culminating in the figure of the ‘boss’, invested with charismatic sacredness, which commands, directs and coordinates the activities of the party, the regime and the State, and operates as a supreme and undisputed arbitrator in the conflicts between the potentates of the regime.
9. A corporate organization of the economy, which suppresses freedom of association, expands the sphere of State intervention and tries to carry out, according to technocratic and solidarity principles, the collaboration of the productive classes under the control of the regime, in order to achieve of its power purposes, but preserving private property and class division.
10. A foreign policy inspired by the search for national power and greatness, with objectives of imperialist expansion and with a view to the creation of a new civilization.

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