Indurain: La Historia Definitiva Del Mejor Corredor Del Tour De Francia — Alastair Fotheringham / Indurain by Alasdair Fotheringham

Una biografía muy bien escrita que es infaliblemente precisa en su descripción de los eventos (con Fotheringham recurriendo ampliamente a informes contemporáneos) y proporciona información detallada (de entrevistas más recientes como parte de su investigación para este libro). Sin embargo, el libro no contiene entrevistas (aparte de las antiguas) con Indurain, nadie lo pensaría porque Indurain no estaba contento con una biografía no autorizada (su hermano Prudencio ha contribuido felizmente) o como una elección estilística del autor (como en Daniel Friebe Mercxk book), pero simplemente como las citas anteriores implican porque Indurain simplemente no es como otras estrellas deportivas.
El libro concluye con una visita que Fotheringham hace al Gran Premio Miguel Indurain (https: //en.wikipedia.org/wiki/GP_Migu …) La carrera local de un día de Indurain y una en la que nunca se perdió compitiendo, una vez que el Trofeo Comunidad Foral de Navarra pero renombrado después de su retiro.
Como alguien que vio muchas de las victorias de TDF (Tour De Francia) de Indurain en los años 90 y, susurrando, pensó que podrían haber sido un poco aburridas, me llevó un tiempo llegar a este libro. Qué error. Miguel Indurain no solo fue un gran campeón, sino que también se presenta como uno de los deportistas profesionales más decentes de todos los tiempos. Más feliz en casa, negándose a mudarse a Mónaco con fines fiscales, y completamente generoso con sus compañeros ciclistas, Indurain es un modelo profesional. Muchos harían bien en seguir su ejemplo. Este es un libro extremadamente bien escrito. Alasdair Fotheringham ciertamente conoce el ciclismo español y también ha escrito biografías de Bahamontes y Ocaña. Se basa en entrevistas en profundidad con el hermano de Miguel, Pruden y Pedro Delgado, entre otros. Todos los fanáticos del ciclismo disfrutarían de este excelente libro. Todos los fanáticos del deporte harían bien en leerlo para ver cómo se ve un deportista genuino.

La razón del amor de Indurain por la vida al aire libre es clara: nació en ella, creció en ella y poco más conocía. «Desde luego, aquí no era como en la ciudad, donde los niños tienen que bajar a la plaza para encontrar un espacio abierto —observa Barruso—. Podían salir a jugar en todas las tierras que eran propiedad de su padre siempre que querían».
Aparte de disponer de la granja junto con su hermano, Miguel Indurain sénior también alquilaba sus tractores y servicios a otros agricultores. El abuelo de Indurain, Toribio, había comprado tierras en una ladera próxima para plantar un viñedo y algunas partes se vendieron para expansión urbanística. Siendo uno de los cuatro terratenientes originales de Villava, debieron de obtener un buen margen de beneficio.
A pesar de ganar dinero con la venta de las tierras, la agricultura siguió siendo, durante muchas décadas, el elemento central de la vida de los Indurain, tanto padres como hijos. De hecho, circularon historias apócrifas de que Indurain abandonó el Tour en dos ocasiones para ayudar a su padre con la cosecha. Así pues, no se puede definir a Indurain como el tópico héroe de la clase obrera que quiso huir de un mundo de penalidades en el campo para hacer fortuna sobre la bicicleta; más bien las dos cosas (el amor de Indurain al medio rural y su devoción por el ciclismo) estaban estrechamente relacionadas. En 1991, poco después de ganar su primer Tour, Indurain dedicaba su tiempo libre a reparar aperos del campo para su padre.

Mientras que el talento de Indurain para la competición ciclista destacó muy pronto, también lo hizo su reticencia a mostrar sus emociones en público, otra faceta de su personalidad que persistiría hasta su retirada. Barruso recuerda que no era amigo de celebraciones, hasta el punto de decir en cierta ocasión: «No recuerdo que hiciera jamás un gesto de victoria hasta que ganó en Luz Ardiden [en el Tour de 1990]». Su aversión a lo que consideraba una conducta ostentosa podría explicarse con los comentarios del padre Zubiri en el sentido de que «era (y ha sido siempre) una persona muy normal, pero tímida, no quería destacar.
«Indurain tenía un gran don, que era su paz interior —señala Manolo Saiz, director de la ONCE, equipo en el que militaron los principales rivales españoles de Indurain a lo largo de su carrera—. Pero, en mi opinión, una de sus mejores virtudes como corredor era imitar la actitud de su padre ante la vida, que Miguel aplicaba al ciclismo. La idea del verdadero hombre de campo, la idea de que hay que sembrar para recoger, pero que las cosas llevan su tiempo natural. La gente intenta separar el deporte de la vida, darle valores distintos, pero no es posible. Los valores que uno aprende de su entorno son los que aplica al deporte».
Cuando fichó por la formación amateur del Reynolds en la primavera de 1983, el equipo había progresado mucho desde su inicio en 1970 como un trillado equipito juvenil del desconocido pueblo de Irurzun, en el noroeste de Navarra. Desde 1980, el Reynolds había tenido un equipo aficionado y uno profesional: este último no tardaría en contar en sus filas con figuras tan conocidas como Ángel Arroyo y Pedro Delgado. El Reynolds llegaría a ser, primero con Arroyo, después con Julián Gorospe (otro ciclista vasco prometedor), y luego con Delgado e Indurain, el equipo español más laureado de todos los tiempos y (con la escuadra aún en activo) se ha convertido en el equipo ciclista más longevo desde la guerra. El Movistar, la última mutación del Reynolds, ha sido considerado el mejor equipo del mundo en los últimos tres años.
Si bien el director más conocido en la carrera profesional de Indurain fue José Miguel Echavarri, el socio principal de Echavarri en el Reynolds fue Unzué, director de Indurain en la formación amateur.

Tras pasar a profesionales con el Reynolds en septiembre de 1984, los primeros dos años y medio de la trayectoria de Miguel Indurain se compendian en sus éxitos en una sola carrera: el Tour del Porvenir, por entonces brevemente rebautizado como el Tour de la C. E. E. Porque si bien 1984 vio a Indurain obtener su primer triunfo profesional en esta prueba de diez días, en 1986 pudo coronarse como ganador absoluto. El Tour del Porvenir fue su primera gran victoria profesional, la que confirmó que sus éxitos como aficionado también podían llegar en el campo profesional. Indurain, más tarde, lo recordó como su triunfo preferido en una carrera, incluso más que el Tour de Francia.
Entonces, como ahora, el Tour del Porvenir tenía (como su nombre sugiere) una misión específica: servir de escaparate para corredores aficionados de alto nivel y jóvenes profesionales prometedores.
Sin embargo, el Reynolds no tenía un presupuesto ilimitado: no pudo evitar que Delgado y Arroyo salieran al término de la temporada 1984. Con un Gorospe aparentemente tan irregular como para ganarse el calificativo algo sarcástico de «eterna promesa» por la prensa, Echavarri y Unzué habían empezado a buscar nuevos corredores con potencial. Fichar a Indurain, dada la brillantez de su año y medio en el campo amateur, combinada con sus orígenes navarros y sus claras posibilidades de progresar, tenía todo el sentido del mundo, hasta el punto de que ni siquiera se esperó a la temporada siguiente para llevarle al equipo profesional.

Para Indurain, seguramente los dos momentos más importantes de sus «años perdidos» fueron la victoria de Delgado en el Tour y terminar la ronda francesa en 1987, su primera vez. El triunfo de Delgado aseguró que el Reynolds siguiera haciendo del Tour su principal objetivo del año, en lugar de diversificar o animar a sus corredores a centrarse en otras pruebas. Eso mantuvo la atención del público enfocada en el mes de julio y en las carreras por etapas. Así pues, el Reynolds y Delgado prepararon el terreno para que Indurain se concentrase en lo que podía conseguir en el Tour de Francia. Pero igual de importante fue su propia confirmación de que las grandes vueltas eran aptas para él.
El debate sobre lo que Indurain podría haber hecho si su equipo se hubiese concentrado más en las clásicas se vio eclipsado por la imperiosa necesidad de dar al navarro un papel mucho más importante en el Tour de Francia. Después de 1990, ni siquiera los siempre cautos Echavarri y Unzué pudieron negárselo. «No sé si ese fue el Tour que no ganó —dice Unzué—, pero sé que la carrera de 1990 fue la que le hizo comprender que tenía la victoria del Tour en sus piernas. Él no decía: quiero ganar esto, eso o aquello. Había que interpretar sus silencios, pero la mayor parte del tiempo resultaba tan evidente que no necesitaba decirlo». También era evidente, en relación con Delgado, «que el alumno ya había empezado a superar al maestro», remacha Unzué.
Dentro de España, la victoria de Indurain en el Tour le dio acceso automático al olimpo de los grandes del ciclismo patrio. Sin embargo, sus compañeros de equipo insisten en que aquello no afectó a su personalidad. Pese a su conservadurismo innato, esto era más sorprendente de lo que parece, dados los efectos a menudo perniciosos de alcanzar el éxito sobre los deportistas jóvenes. Indurain, de algún modo, resistió a todo eso… para siempre.

Lo que contribuyó a consolidar a Indurain en 1992 como un héroe de los tiempos modernos a los ojos de los españoles fue, curiosamente, no tanto su decisión de correr el Tour, sino hacer el Giro de Italia en lugar de la Vuelta. Un español nunca lo había ganado, así que la decisión de Indurain dejó claro que trabajaba en una planificación de carreras en Europa, en vez de limitarse al territorio nacional. Además, al optar por el doblete Giro-Tour (el primer español que lo hacía en serio desde que en 1974 Ocaña se planteara la idea por un corto espacio de tiempo), Indurain subía el listón en Europa para los españoles.
«Si nos fijamos en los quince mejores ciclistas, todos ellos tienen sus características, su personalidad, sus tácticas de supervivencia. Ninguno se parece a los demás. Pero Miguel es único. No es solo que no me he encontrado con otras personas como él, sino que además no creo que existan». O, como dirían los españoles, «Miguel es Miguel». Aunque en 1992, como su abanderado en Europa, la figura más emblemática de su historia moderna, durante algún tiempo Indurain llegó a ser mucho más que Indurain.
El Tour que vio a Indurain alcanzar el récord de victorias consecutivas en la carrera más dura del ciclismo fue el que estuvo más cerca de perder. Fue como de guion de película. El Tour de 1995 fue también aquel en el que el navarro demostró una habilidad que estaba mucho más allá de «simplemente» ser el mejor contrarrelojista del Tour (y quizá del ciclismo) de todos los tiempos. «Este fue el Tour —dice Eusebio Unzué— en el que Miguel más me sorprendió […] donde vimos el día en el que más se acercó a correr como Eddy Merckx». Pero también fue el Tour en el que Unzué dice que el Banesto sufrió «el día más duro de los cinco años», en el que «durante muchas horas pareció que podía suceder algo [una derrota de Indurain] […] el Tour se nos escapaba de las manos». Todo esto en una carrera en la que Indurain asestó el primer golpe (y el más duro) de sus cinco victorias.
No era solo Indurain quien pagaba el precio de alcanzar una serie de victorias aparentemente inigualable en la carrera más dura del mundo. «Los primeros dos o tres Tours que Miguel ganó fueron fantásticos, pero en los últimos tres que corrió sufrió mucho porque nada que no fuese ganar tenía sentido alguno —señala Unzué—. En los últimos Tours, hubo una tensión enorme, sabiendo que, si no cometías errores, si lo llevabas todo bien dentro del equipo, él no te defraudaría. Era casi perfecto. Así que había que revisarlo todo una y otra vez, asegurarse de que todo iba a funcionar perfectamente.

Unzué todavía se arrepiente de su papel en la retirada de Indurain, con tan poco ruido o reconocimiento. «Si alguien se merecía un homenaje era Miguel, por todo lo que había hecho por el ciclismo, por todo lo que había hecho por nosotros —sostiene Unzué—. Por desgracia, el final no fue el que nos hubiese gustado. Y, para colmo, fue algo que se presta a interpretaciones muy diversas. Se convirtió en una despedida que no merecía. Esa es la mayor deuda que tengo pendiente con el pasado de mi equipo. No es algo que necesitara, pero sí algo que debió haber recibido del ciclismo».
Sin embargo, después de todo el dramatismo y el tumulto de su último año en este deporte, ¿fue tan negativo para Indurain dejar el ciclismo con la mínima fanfarria posible? Como cabía esperar en el caso de Miguel, su forma de retirarse subrayaba algo por última vez: como persona, seguía siendo el mismo; una persona normal en el mejor sentido del término, como esas calles de Villava donde todo había empezado, a escasos kilómetros de allí.

Nadie podría negar que lograr mantenerse en lo más alto del Tour de Francia durante cinco años, sin desmoronarse ni una sola vez y con unas capacidades limitadas, coloca a Indurain en una categoría aparte. «Fue su logro más grande», en palabras de Unzué. «No se implicaba en la carrera porque no lo necesitaba; tenía un estilo defensivo que resultaba muy eficaz, ni vistoso ni especialmente interesante, pero sí muy efectivo.
Y allí donde Indurain supera sin duda a casi todo el mundo es en su legado como persona. Es la prueba viviente de que los aspectos desagradables y despiadados que según algunos son necesarios para que un deportista de élite triunfe pueden ser, en realidad, superfluos.

«Como persona, es el mayor campeón del Tour —comenta Pedro Delgado—. Todo el mundo estará de acuerdo en que el mejor ciclista ha sido Eddy Merckx, y yo tengo debilidad por Bernard Hinault por su forma de correr. Pero como el hijo que a cualquier madre le gustaría tener o como el deportista que muestra su dignidad en todo momento y permite que los demás disfruten de su minuto de gloria […] ese sentido del juego limpio, creo que Indurain es el ejemplo a seguir. […] No era solo un campeón en su deporte, sino que también lo era fuera del ciclismo. Eso, más que el oro olímpico, los cinco Tours, los Mundiales, fue el mejor legado que dejó. La gente estaba orgullosa de que fuese español. Su modestia es muy apreciada porque no es normal que una figura del deporte sea tan normal».

La cuestión de si Indurain, «la máquina humana más perfecta», como le definió Mundo Deportivo en cierta ocasión, dejó el ciclismo demasiado pronto es quizá la mayor pregunta sin respuesta sobre su trayectoria.
Prudencio se cuida de empezar sus comentarios con la frase «es mi hermano», pero todavía define a Miguel Indurain como «el deportista que inspira mayor estima en España, él, Nadal y [Pau] Gasol».

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A very well written biography which is both unfailingly accurate in its description of events (with Fotheringham drawing extensively on contemporary reports) and provides detailed insights (from more recent interviews as part of his research for this book). The book contains however no interviews at all (other than old ones) with Indurain, not one would think because Indurain was unhappy with an unauthorised biography (his brother Prudencio has happily contributed) or as a stylistic choice by the author (as in Daniel Friebe’s Mercxk book) but simply as the quotes above implies because Indurain is simply not like other sporting stars.
The book concludes with a visit Fotheringham makes to the Gran Premio Miguel Indurain (https://en.wikipedia.org/wiki/GP_Migu…) Indurain’s local one-day race and one he never missed competing in, once the Trofeo Comunidad Foral de Navarra but renamed after his retirement.
As someone who watched a lot of Indurain’s TDF wins in the 90’s and , whisper it, thought they might have been a tad dull, it took me a while to get to this book. What a mistake. Not only was Miguel Indurain a great champion, he also comes across as one of the most thoroughly decent professional sportsmen of all time. Happiest at.home, refusing to move to Monaco for tax purposes, and thoroughly generous to his fellow cyclists, Indurain is a model pro. Many would do well to follow his example. This is an extremely well written book. Alasdair Fotheringham certainly knows Spanish cycling having also written biographies of Bahamontes and Ocaña. It relies on in depth interviews with Miguel’s brother Pruden and Pedro Delgado amongst others. All cycling fans would enjoy this excellent book. All sports fans would do well to read it to see what a genuine sportsman looks like.

The reason for Indurain’s love for outdoor life is clear: he was born in it, grew up in it and knew little else. “Of course, here was not like in the city, where children have to go down to the plaza to find an open space,” Barruso observes. They could go out and play in all the lands that were their father’s property whenever they wanted ».
Apart from having the farm together with his brother, Miguel Indurain senior also rented his tractors and services to other farmers. Indurain’s grandfather Toribio had bought land on a nearby hillside to plant a vineyard and some parts were sold for urban expansion. Being one of the four original landowners of Villava, they must have obtained a good profit margin.
Despite earning money from the sale of land, agriculture remained, for many decades, the central element of Indurain life, both parents and children. In fact, apocryphal stories circulated that Indurain twice left the Tour to help his father with the harvest. Thus, Indurain cannot be defined as the topical hero of the working class who wanted to flee from a world of hardships in the countryside to make his fortune on the bicycle; rather the two things (Indurain’s love for the countryside and his devotion to cycling) were closely related. In 1991, shortly after winning his first Tour, Indurain spent his spare time repairing farm implements for his father.

While Indurain’s talent for cycling competition stood out very early, so did his reluctance to show his emotions in public, another facet of his personality that would persist until his retirement. Barruso remembers that he was not a friend of celebrations, to the point of saying on one occasion: “I do not remember that he ever made a gesture of victory until he won in Luz Ardiden [on the 1990 Tour]”. His aversion to what he considered ostentatious behavior could be explained by Father Zubiri’s comments that “he was (and has always been) a very normal person, but shy, he did not want to stand out.
“Indurain had a great gift, which was his inner peace,” says Manolo Saiz, director of ONCE, a team in which Indurain’s main Spanish rivals fought throughout his career. But, in my opinion, one of his best virtues as a runner was to imitate his father’s attitude towards life, which Miguel applied to cycling. The idea of the true man of the field, the idea that you have to sow to collect, but that things take their natural time. People try to separate sport from life, give it different values, but it is not possible. The values that one learns from his environment are those that he applies to sport ».
When he signed for the Reynolds’ amateur lineup in the spring of 1983, the team had come a long way since its inception in 1970 as a hackneyed youth team from the unknown town of Irurzun, in northwestern Navarra. Since 1980, the Reynolds had had an amateur and a professional team: the latter would soon have well-known figures such as Ángel Arroyo and Pedro Delgado in its ranks. The Reynolds would become, first with Arroyo, then with Julián Gorospe (another promising Basque cyclist), and then with Delgado and Indurain, the most successful Spanish team of all time and (with the squad still active) has become longest-running cycling team since the war. Movistar, the last mutation of the Reynolds, has been considered the best team in the world in the last three years.
Although the best-known director in Indurain’s professional career was José Miguel Echavarri, Echavarri’s main partner in the Reynolds was Unzué, Indurain’s director in amateur training.

After passing professionals with the Reynolds in September 1984, the first two and a half years of Miguel Indurain’s career are summarized in his successes in a single race: the Tour of the Future, at that time briefly renamed the Tour de la CEE Because Although 1984 saw Indurain earn his first professional victory in this ten-day event, in 1986 he was crowned absolute winner. The Tour del Porvenir was his first great professional victory, which confirmed that his successes as an amateur could also come in the professional field. Indurain later recalled it as his preferred career win, even more than the Tour de France.
Then, as now, the Tour of the Future had (as its name suggests) a specific mission: to serve as a showcase for high-level amateur runners and promising young professionals.
However, the Reynolds did not have an unlimited budget: it could not prevent Delgado and Arroyo from leaving at the end of the 1984 season. With a Gorospe apparently so irregular as to earn the somewhat sarcastic label of “eternal promise” by the press, Echavarri and Unzué had started looking for new runners with potential. Signing Indurain, given the brilliance of his year and a half in the amateur field, combined with his Navarrese origins and his clear possibilities of progress, made all the sense in the world, to the point that he did not even wait for the following season to take you to the professional team.

For Indurain, surely the two most important moments of his “lost years” were Delgado’s victory on the Tour and finishing the French round in 1987, his first time. Delgado’s win ensured that the Reynolds continued to make the Tour their top goal of the year, rather than diversify or encourage their riders to focus on other events. That kept the public’s attention focused on the month of July and the stage races. So the Reynolds and Delgado paved the way for Indurain to focus on what he could achieve on the Tour de France. But just as important was his own confirmation that the big laps were fit for him.
The debate over what Indurain could have done if his team had concentrated more on the classics was overshadowed by the pressing need to give Navarro a much bigger role in the Tour de France. After 1990, even the ever-cautious Echavarri and Unzué couldn’t deny it. “I don’t know if that was the Tour he didn’t win,” says Unzué, “but I know that the 1990 race was the one that made him understand that he had the Tour victory on his legs. He did not say: I want to win this, that or that. His silences had to be interpreted, but most of the time it was so obvious that he didn’t need to say it. It was also evident, in relation to Delgado, “that the student had already begun to surpass the teacher,” Unzué said.
Within Spain, Indurain’s victory in the Tour gave him automatic access to the Olympus of the greats of homeland cycling. However, his teammates insist that this did not affect his personality. Despite its innate conservatism, this was more surprising than it sounds, given the often pernicious effects of achieving success on young athletes. Indurain somehow resisted all of that … forever.

What contributed to consolidate Indurain in 1992 as a hero of modern times in the eyes of the Spanish was, curiously enough, not so much his decision to run the Tour, but to do the Giro d’Italia instead of the Vuelta. A Spaniard had never won it, so Indurain’s decision made it clear that he was working on career planning in Europe, instead of limiting himself to national territory. In addition, by opting for the Giro-Tour double (the first Spaniard who did it seriously since Ocaña considered the idea for a short period of time in 1974), Indurain raised the bar in Europe for the Spanish.
«If you look at the fifteen best cyclists, they all have their characteristics, their personality, their survival tactics. Neither resembles the others. But Miguel is unique. It is not only that I have not met other people like him, but also that I do not think they exist ». Or, as the Spanish would say, “Miguel is Miguel.” Although in 1992, as its standard-bearer in Europe, the most emblematic figure in its modern history, for a time Indurain became much more than Indurain.
The Tour that saw Indurain reach the record for consecutive victories in the toughest cycling race was the closest to losing. It was like a movie script. The 1995 Tour was also the one in which the Navarrese demonstrated a skill that went far beyond “simply” being the best time trial on the Tour (and perhaps cycling) of all time. “This was the Tour,” says Eusebio Unzué, “in which Miguel surprised me the most […] where we saw the day when he came closest to running like Eddy Merckx.” But it was also the Tour in which Unzué says that Banesto suffered “the hardest day of the five years”, in which “for many hours it seemed that something could happen [a defeat for Indurain] […] the Tour came to us escaped from the hands ». All this in a race in which Indurain delivered the first blow (and the hardest) of his five victories.
It wasn’t just Indurain who paid the price for achieving an apparently unmatched series of victories in the world’s toughest race. “The first two or three Tours that Miguel won were fantastic, but in the last three that he ran he suffered a lot because nothing other than winning made any sense,” says Unzué. In the last Tours, there was a huge tension, knowing that if you did not make mistakes, if you carried everything well within the team, he would not disappoint you. It was almost perfect. So you had to check everything over and over again, make sure everything was going to work perfectly.

Unzué still regrets his role in Indurain’s withdrawal, with so little noise or recognition. “If anyone deserved a tribute, it was Miguel, for everything he had done for cycling, for everything he had done for us,” says Unzué. Unfortunately, the ending was not what we would have liked. And, to make matters worse, it was something that lends itself to very different interpretations. It became a farewell that he did not deserve. That is the biggest debt I have pending with my team’s past. It is not something you need, but something you should have received from cycling.
However, after all the drama and turmoil of his last year in the sport, was it so negative for Indurain to leave cycling with as little fanfare as possible? As might be expected in Miguel’s case, his way of retreating underlined something for the last time: as a person, he remained the same; a normal person in the best sense of the term, like those streets of Villava where everything had started, a few kilometers from there.

No one could deny that managing to stay on top of the Tour de France for five years, without falling apart even once and with limited capabilities, puts Indurain in a separate category. “It was his greatest achievement,” in Unzué’s words. «He was not involved in the race because he did not need it; He had a defensive style that was very effective, neither colorful nor particularly interesting, but very effective.
And where Indurain undoubtedly surpasses almost everyone is in his legacy as a person. It is the living proof that the unpleasant and ruthless aspects that according to some are necessary for an elite athlete to succeed can be, in reality, superfluous.

“As a person, he is the Tour’s greatest champion,” says Pedro Delgado. Everyone will agree that the best rider has been Eddy Merckx, and I have a soft spot for Bernard Hinault for the way he runs. But as the son that any mother would like to have or as the athlete who shows his dignity at all times and allows others to enjoy his moment of glory […] that sense of fair play, I believe that Indurain is the example to follow . […] He was not only a champion in his sport, but he was also a champion outside of cycling. That, more than the Olympic gold, the five Tours, the Worlds, was the best legacy he left. People were proud that it was Spanish. His modesty is highly appreciated because it is not normal for a sports figure to be so normal.

The question of whether Indurain, “the most perfect human machine,” as Mundo Deportivo once defined him, left cycling too early is perhaps the biggest unanswered question about his career.
Prudencio is careful not to start his comments with the phrase “he is my brother”, but he still defines Miguel Indurain as “the athlete who inspires the highest esteem in Spain, he, Nadal and [Pau] Gasol”.

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