Félix. Un Hombre En La Tierra — Odile Rodríguez De La Fuente / Felix. A Man On Earth by Odile Rodríguez De La Fuente (spanish book edition)

Un magnífico trabajo. Es de gran interés recopilar la obra de Félix extrayendo sus citas. Dan al lector no solo motivo para la reflexión. Sirven de guía para encontrar salida a este laberinto.
Félix era un cuentacuentos, un seductor. A mí me hipnotizaba, me introducía conceptos muy alejados de los libros de naturaleza que usábamos en el cole. Félix era para mí un cuaderno de campo. Entró en mi vida como el maestro de la naturaleza.

Su trayectoria y logros son una emanación de lo extraordinario de su existencia. Conviene recordar que, con más de 800 millones de espectadores a nivel internacional, El hombre y la tierra es el programa televisivo en castellano más exitoso de todos los tiempos. Lo mismo ocurrió con su Enciclopedia Salvat de la Fauna, la más vendida en castellano (con 18 millones de volúmenes solo en España) y su programa radiofónico La aventura de la vida, el más escuchado en España durante la década de 1970. Félix es el mayor comunicador en castellano (por alcance) de todos los tiempos.
Pero no solo fue inusitada su capacidad de evocación, que lo convirtió en el único que ha logrado hacer de la divulgación ambiental un movimiento de masas, sino también su incansable capacidad de ejecución, que fructificó en hitos, relativos a la protección de espacios y especies, que no han encontrado parangón en la historia de la conservación.

Escritor, director de cine, conferenciante, cetrero mayor de España, nació en Poza de la Sal, provincia de Burgos, el 14 de marzo de 1928. Pasó su infancia y la primera parte de su juventud en el campo, lo que despertó su gran amor por la naturaleza y una profunda vocación biológica. Desde su niñez explora incansablemente enamorado los diversos panoramas de la vida. Acompaña a legendarios cazadores furtivos y pastores del alto páramo, que le cuentan las primeras historias de lobos. Se pasma ante el espectáculo de las cerradas formaciones de las aves migratorias que surcan el cielo de la meseta. Antes de comenzar los estudios de medicina es ya biólogo autodidacta, como pudo serlo, hace 10.000 años, el cazador de la cueva de Altamira.
Cursó la carrera de Medicina en Valladolid. En 1957 se hizo doctor estomatólogo (Premio Landete Aragó) por la Universidad de Madrid, en la que en 19711972 impartiría clases de Etología en la Facultad de Veterinaria, como profesor invitado. Vicepresidente de la ONG conservacionista ADENA–WWF, impulsó el club juvenil Los Linces y el campamento de Montejo (Segovia), cantera de naturalistas que consagrarían su vida a proteger la naturaleza.
Fue consejero del Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza, vocal de la Comisión Interministerial del Medio Ambiente y miembro de la Sociedad Española de Ornitología y otras entidades. Luchó para conservar espacios naturales como Montejo, Daimiel, la Albufera de Valencia, Cabrera, Muniellos, Doñana, Gallocanta, Añisclo, Monfragüe y otros.

Somos animales humanos, forjados por imperativos naturales durante millones de años. Incluso nuestro cerebro evolucionó «a expensas de los suaves estímulos generados en la naturaleza y en sus sencillas comunidades». ¿No tendría sentido que la clave para afianzar los cimientos de un equilibrado desarrollo de nuestras potencialidades intelectuales y anímicas residiera en que, durante nuestros primeros años, disfrutáramos de un contacto asiduo con la naturaleza? Esa fue la fortuna de aquel niño «despeinado, con el rostro quemado por el sol, con el cierzo en la cara, correteando por la paramera, siempre buscando algo en el regazo del viento, siempre preguntando algo a la línea del horizonte, con algo que aprender, con algún secreto que arrancar a la tierra, a las nubes, al sol, a las hierbas y a los animales…».
No solo disfrutó de un marco incomparable en aquella España, ajena al desarrollismo del resto de Europa, sino que lo hizo arropado por una familia en la que cosechó toda la atención y un amor incondicional, como hijo único hasta los 9 años, cuando nació su hermana.
Veinticinco años más tarde he llegado a conocer perfectamente al lobo. He sido aceptado como jefe de una manada de siete soberbios ejemplares. He leído, muy de cerca, en las pupilas de mis lobos, toda la fidelidad monolítica que reside en su complejo comportamiento. He descubierto que los lobos son cooperativos, comunitarios, que adoptan a los cachorros huérfanos, que comparten el alimento, que jamás abandonan a los heridos o a los débiles. Mis lobos han dado la vuelta al mundo a través de los canales de la televisión, de los libros y de las revistas ilustradas. Pero el mensaje de su misteriosa y desconocida historia ya lo había recibido a los 12 años de edad, cuando, a través de mis primeros prismáticos de campaña, pude ver de cerca la luminosa faz del lobo.
Era un animal hermosísimo, de mirada noble, profunda. Era, quizá, la más acabada representación de la fuerza, de la libertad, de la nobleza, del palpitar del corazón de la Madre Tierra. Y, entonces, en un segundo, decidí que aquel animal no podía ser malo y que yo no podía permitir que el cazador lo matara.

Cuando el buitre descubre a la víctima, inicia un característico vuelo en picado. Pone las alas en ángulo, extiende las patas y parece como si se lanzara en paracaídas. Este vuelo alerta a los buitres que están en su radio de acción, al que tiene detrás, al de delante, al de la izquierda y al de la derecha. Y de esta manera el mensaje llega hasta la buitrera y a los buitres que se habían quedado descansando en ella, quizá porque no tenían mucho apetito. A continuación, toda la horda de buitres, en tromba, empujados por el viento, volando ya a baja altura, se dirige a su lugar de destino.
De esta manera, el pueblo viejo, asombroso y fascinante de los buitres descubría los cadáveres de los animales domésticos. A la postre, los buitres leonados eran la mejor policía sanitaria de nuestros campos; los buitres y los labradores formaban un todo que se ayudaba a modo de: «yo te doy proteínas y tú limpias mis campos de podredumbres». Pero los mulos, los burros, las mulas y todo el ganado de labor han sido sustituidos por los tractores. La ganadería lanar ha disminuido enormemente y se estabula porque nadie quiere ser pastor. Los niños ya no tienen como amigos a viejos caballos píos, de piel tachonada de manchas, que un día morían y eran comidos por los buitres.

El bosque auténtico son los árboles como Dios los puso, desordenadamente ordenados, mezclados con arbustos, rodeados de los cadáveres de los gigantes que abatió el rayo, dando sombra a su vez a los pequeños hijos de estos árboles que buscan la luz y que quieren perpetuarse en esa unidad fantástica, maravillosa, que se llama el bosque de hoja caduca, el bosque caducifolio, el sitio adonde todos queremos ir cuando hace calor y cuando atravesamos la penosa, la abierta, la calcinada meseta castellana.
El hombre es el más agresivo de los animales, el único realmente especializado en la fabricación y utilización de armas, el único que mata más de lo que necesita comer, que ha transformado la matanza en un deporte, que experimenta un auténtico y congénito placer en derramar la sangre de los seres vivos; tan feroz es que, no contento con haber exterminado millones de animales, mata de vez en cuando a millones de sus semejantes para seguir poniendo a punto su tremenda e implacable capacidad para desarraigar la vida.
El lobo, el gran desconocido, cometió un pecado imperdonable para la especie humana al venir al mundo. Necesita carne para comer y la busca dondequiera que se encuentre. Si no hay carne de presas salvajes, mata la carne propiedad del hombre. Porque el imperativo más fuerte de la especie Canis lupus, como el más fuerte de la especie Homo sapiens, es el de su propia perpetuación. Más allá, y seguramente dirigiendo estas cosas, está el Sumo Hacedor.

Uno de los fenómenos más sorprendentes para todo recién llegado a las praderas africanas es el hecho de que estas puedan soportar tan alta concentración de herbívoros sin sufrir una rápida depauperación. Ello se debe a que, durante millones de años, la hierba y los herbívoros han evolucionado conjuntamente.
La vegetación herbácea no solo puede hacer frente al constante pisoteo y a la agresión masticatoria de los ungulados, sino que las distintas especies de hierbas que componen una sabana atraen específicamente la apetencia de determinados herbívoros, de tal manera que en ningún caso una especie de gramínea puede proliferar en exceso por no sufrir el ataque de los herbívoros, mientras que las otras han de soportar toda su presión fitófaga, en la más perfecta secuencia de utilización de pastos. Se da la circunstancia de que ninguno de los rumiantes africanos agota las hierbas de las que se nutre, sino que va rotando en gigantescos periplos a lo largo y a lo ancho de su dilatado hábitat, con tan perfecta cronología.
La vida, que tiene la capacidad de contemplarse a sí misma, constituye un gigantesco esfuerzo de la evolución para que, finalmente, esta misma evolución pueda conocer sus propios entresijos; y la misión de nuestro espíritu es convertirse en una especie de cuña que se va a interiorizar en la propia esencia material y zoológica de la vida para conocer todos los secretos de la evolución y de la propia vida.

Hay una parte del discurso de Félix en el que se pregunta si acaso no será la humanidad una especie de cáncer para el resto de formas de vida sobre el planeta. Sin embargo, esta duda —que ha caracterizado la postura ecologista más radical— se ve casi totalmente eclipsada por su profunda admiración, esperanza y confianza en nuestra especie. Sentía que el hecho de percibirnos como la mayor amenaza de la vida solo exacerbaba nuestra desconexión de la naturaleza, al alimentar un argumentario que propone erigir muros entre el Homo sapiens y su entorno, aunque solo sea para protegerlo de nuestra voracidad. Siempre habló del «hombre y la tierra», del abrazo profundo que existe entre el fenómeno que nos alberga y la mirada autorreflexiva que nosotros constituimos.
En ese abrazo, los animales son compañeros de viaje que propician y facilitan una reconexión. Así, Félix veía y se veía en los ojos de un halcón o la mirada de un lobo. Así se evadía «del pesado deambular de sapiens civilizado». Los animales, a través de su sinceridad, de su serenidad, ajenos a planificaciones y proyecciones mentales, lo conectaban con un presente atemporal en el que podía bucear, pulsando la fuerza y el misterio de la vida libre y salvaje.
Aboga, por ejemplo, por parques nacionales con un mundo rural vivo, arraigado y depositario de un acervo cultural milenario, e incluso contempla que se pueda practicar una caza y un aprovechamiento maderero y agrícola, siempre y cuando estén regulados y sean sostenibles. Defiende los ecosistemas antropogénicos europeos donde la gestión tradicional del entorno ha llegado incluso a mejorar algunos de los hábitats.
Los seres humanos hemos vivido durante muchísimo más tiempo bajo la amenaza real de la fiera que podía devorarnos en nuestras andanzas que en el confort y la seguridad de la cultura tecnológica actual. Durante decenas de miles de años hemos temblado de miedo en las negras noches, cuando el león, en África, o el lobo, en la Europa cuaternaria, rondaban en torno al campamento. Y el miedo es el más perfecto aglutinante social que conocen casi todas las especies de animales gregarios, como la nuestra. Cuando Simba ruge en la sabana, o la manada de lobos canta a la luna en la taiga, el niño se aprieta contra el regazo de su madre y esta lo mira con más protección y ternura. Y los hombres de la cabaña, o de la tienda, o de la caverna, se observan también unos a otros con el calor del compañerismo a ultranza que exige la defensa de la comunidad contra el peligro exterior. El miedo en la soledad de la noche, cuando el hombre o el niño están alejados de los suyos, se clava en el alma como un puñal. En la seguridad del clan, junto al calor del hogar, en el lecho inviolable, el miedo al lobo o al león es el más viejo y poderoso estímulo para la cohesión de los grupos humanos.

Los halconeros árabes llamaron baharíes a los halcones peregrinos españoles, porque anidaban en los cantiles marítimos —en árabe, bahara significa mar—. Los poetas musulmanes cantaron a los baharíes, los condes de Castilla compartieron con ellos sus palacios, los halconeros de todos los tiempos los han apreciado como a las aves de más noble corazón y recias alas que puedan encontrarse en todos los confines mediterráneos. Y los baharíes han vivido un capítulo más en su historia vieja de más de mil años y adornada por las más increíbles proezas. Sobre el guantelete de los infanzones medievales fueron protagonistas de justas y cetrerías caballerescas. Sobre el puño de los halconeros modernos han resuelto un gravísimo problema que afectaba a los aeropuertos, utilizados por los reactores. Su misión parece ahora menos heráldica, más práctica, pero el noble porte de los halcones nos recordará siempre a los cetreros de otros tiempos que inventaron y perfeccionaron las sutiles artes de su captura y de su doma.

¿Por qué aúllan los lobos? En primer lugar, para comunicarse unos con otros. En segundo lugar, para marcar sus territorios. En tercer lugar, quizá, para expresar la profundísima tristeza del corazón de una especie que dominó medio mundo y que está ya al borde de la extinción. Que el lobo viva donde pueda y donde deba vivir. Para que en las noches españolas no dejen de escucharse los hermosos aullidos del lobo.

Se tiene una falsa idea de la conservación de la naturaleza en los países muy antropogénicos, en especial en los de Europa. Un parque natural en España y en el Pirineo no puede ser tratado como el Parque de Yellowstone, donde el hombre blanco no llegó hasta muy tarde y donde, después de expulsar a los indios autóctonos, se podía mantener una fauna y un equilibrio natural. Según mi criterio, la mejor manera de conservar un área natural es, en primer lugar, dejarla tal cual estaba cuando ha llegado hasta nosotros para luego ir incrementando lentamente su potencialidad ecológica, y para ello es necesario estudiar cuáles eran las circunstancias de la población humana en esa área, durante los últimos siglos, porque la interdependencia entre el hombre y la naturaleza en Europa es milenaria.
Por ejemplo, se puede limitar el tipo de caza o de pesca y potenciar la ganadería, porque sabemos muy bien que la erradicación de la ganadería implica una degradación brutal del ecosistema.
Me parece que la idea de que para conservar los parques naturales convendría comenzar por sacar a los pastores y a los madereros, para introducir un hipotético turismo, es totalmente descabellada. Convendría, primero, potenciar y primar a los propietarios de la tierra para que sigan teniendo ganado, para que ese ganado siga influyendo positivamente sobre los pastos y sea el alimento de los buitres, los quebrantahuesos, los osos y, donde los haya, los lobos, y después dar un tratamiento turístico tangencial a estas zonas donde, por otro lado, el hombre de campo, el hombre de montaña, no debe ser desarraigado.
En el Pirineo español se podrían hacer los más bellos parques naturales de Europa; en él podrían volver a vivir los bisontes que vivieron aquí y que pintó el hombre de Altamira hace 15000 años. También podrían reintroducirse caballos de montaña que dan exactamente los parámetros de los caballos salvajes que pintó también el hombre del Magdaleniense; podrían vivir los osos que aún habitan la zona, pero en mayor número y menos temerosos del hombre; podrían vivir los ciervos, los corzos, infinitas criaturas, además de la perdiz nival, del urogallo, del quebrantahuesos, de las águilas, de los buitres, de las cabras montesas y de los rebecos, que componen la población de una de nuestras últimas islas montañosas.

El hombre, queridos amigos, se hizo trashumante siguiendo al ganado. El lapón empezó a viajar, se piensa que hace unos 10.000 años, cuando de cazador de caribús como el esquimal se transformó en pastor de renos como actualmente es. Y esa trashumancia seguramente tiene una importancia trascendental: esto que hacen los lapones de ir detrás de sus renos semisalvajes, de alguna manera controlados, marcados, conducidos por los cazadores, esto que hacen o que hacían hace apenas 15 años los esquimales de ir detrás de los caribús salvajes para irlos matando a lo largo de sus rutas, parece ser que 50.000 años atrás ya lo hacía el hombre también siguiendo a los renos; ¿y saben ustedes adónde llevaron los renos al hombre? A América. Los científicos explican que hasta hace unos 50.000 años toda América era un paraíso porque allí no había llegado el hombre, era un continente insular, en el sentido ecológico de la palabra, porque estaba separado de Eurasia por el estrecho de Bering, un estrecho tormentoso, de olas arboladas, por las que un primitivo navegante nunca habría osado pasar. Pero hace aproximadamente 50.000 años, como les digo, durante una de las más grandes glaciaciones de nuestro planeta, bajó el nivel de los mares en toda la Tierra y el estrecho de Bering se transformó en un puente pétreo. Y por aquel puente los renos salvajes eurasiáticos, siguiendo su instinto migratorio, ampliando unas áreas nuevas de apacentamiento, pasaron desde Siberia a Alaska, y detrás de los renos pasaron los hombres, y aquellos hombres son los antecesores de todos los amerindios, es decir, de todos los indios americanos que después conquistamos y colonizamos los europeos.

El hombre se ha automitificado demasiado. El hombre cree que, porque puede viajar en un avión o puede escapar del campo gravitatorio de la Tierra temporalmente en una cápsula, tiene ya muy poco que ver con el flujo y el reflujo de esa circulación sanguínea fantástica del planeta que son las leyes ecológicas, determinantes en la evolución de las especies.

Citando a Miguel Delibes “…De Félix Rodríguez de la Fuente solían decir sus detractores que los documentales carecían de credibilidad porque operaba con animales domesticados. Y se quedaban tan frescos, como si el hecho de domesticar a una manada de lobos o a un águila imperial fuera una tarea sencilla, al alcance de cualquiera.
En estos días en que se cumplen años de la muerte del gran divulgador he recordado a menudo los pormenores de aquella visita y he concluido que el secreto del éxito de Rodríguez de la Fuente no radicaba tanto en sus conocimientos y su oratoria, tan persuasiva, como en una suerte de magnetismo que irradiaba de su persona y que afectaba lo mismo a los animales de su pequeño zoo de Pelegrina que a los millares de admiradores que seguían semanalmente sus programas a través de la pantalla del televisor”.

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A magnificent book. It is of great interest to compile the work of Felix extracting his quotes. They give the reader not only reason for reflection. They serve as a guide to find an exit to this labyrinth.
Felix was a storyteller, a seducer. He hypnotized me, he introduced concepts far removed from the nature books we used at school. Felix was a field notebook for me. He entered my life as the teacher of nature.

His career and achievements are an emanation of the extraordinary of his existence. It should be remembered that, with more than 800 million viewers internationally, El hombre y la tierra is the most successful Spanish-language television program of all time. The same happened with his Salvat Encyclopedia of Fauna, the best-selling in Spanish (with 18 million volumes only in Spain) and his radio program The Adventure of Life, the most listened to in Spain during the 1970s. Felix is the greatest communicator in Spanish (by scope) of all time.
But not only was his ability to evoke unusual, which made him the only one that has managed to make environmental dissemination a mass movement, but also his tireless capacity for execution, which bore fruit in milestones related to the protection of spaces and species , which have found no parallel in the history of conservation.

Writer, film director, lecturer, falconer major in Spain, was born in Poza de la Sal, Burgos province, on March 14, 1928. He spent his childhood and the first part of his youth in the countryside, which aroused his great love for nature and a deep biological vocation. From his childhood he tirelessly explores the diverse landscapes of life in love. He accompanies legendary poachers and shepherds of the high moor, who tell him the first stories of wolves. He is amazed at the spectacle of the closed formations of migratory birds that cross the sky of the plateau. Before starting his medical studies, he was already a self-taught biologist, as he might have been, 10,000 years ago, the hunter of the Altamira cave.
He studied medicine in Valladolid. In 1957 he became a stomatologist doctor (Landete Aragó Prize) from the University of Madrid, in which in 19711972 he would teach Ethology at the Veterinary Faculty, as a visiting professor. Vice-president of the conservationist NGO ADENA – WWF, promoted the Los Linces youth club and the Montejo camp (Segovia), a quarry of naturalists who would dedicate their lives to protecting nature.
He was a director of the National Institute for the Conservation of Nature, a member of the Interministerial Commission for the Environment and a member of the Spanish Ornithological Society and other entities. He fought to conserve natural spaces such as Montejo, Daimiel, the Albufera de Valencia, Cabrera, Muniellos, Doñana, Gallocanta, Añisclo, Monfragüe and others.

We are human animals, forged by natural imperatives for millions of years. Even our brains evolved “at the expense of the gentle stimuli generated in nature and in its simple communities.” Wouldn’t it make sense that the key to securing the foundations for a balanced development of our intellectual and soul potentialities lay in the fact that, during our first years, we enjoyed assiduous contact with nature? That was the fortune of that boy “disheveled, with his face burned by the sun, with the deer on his face, running around the moorland, always looking for something in the lap of the wind, always asking something to the horizon line, with something to learn, with some secret to pluck the earth, the clouds, the sun, the herbs and the animals … ».
Not only did he enjoy an incomparable setting in that Spain, oblivious to the developmentalism of the rest of Europe, but he did it sheltered by a family in which he garnered all the attention and unconditional love, as an only child until 9 years old, when his sister.
Twenty-five years later I have come to know the wolf perfectly. I have been accepted as the leader of a pack of seven superb specimens. I have read, very closely, in the pupils of my wolves, all the monolithic fidelity that resides in their complex behavior. I have discovered that wolves are cooperative, communal, adopting orphaned cubs, sharing food, never abandoning the wounded or the weak. My wolves have traveled around the world through television channels, books and illustrated magazines. But I had already received the message of his mysterious and unknown story when I was 12 years old, when, through my first campaign binoculars, I could see up close the bright face of the wolf.
It was a very beautiful animal, with a noble, deep gaze. It was, perhaps, the most complete representation of strength, of freedom, of nobility, of the beating of the heart of Mother Earth. And then, in a second, I decided that this animal could not be bad and that I could not allow the hunter to kill it.

When the vulture discovers the victim, it begins a characteristic dive flight. He angles his wings, spreads his legs, and looks like he’s parachuting. This flight alerts the vultures that are in its range, the one behind, the one in front, the one on the left and the one on the right. And in this way the message reaches the vulture and the vultures that had been resting in it, perhaps because they did not have much appetite. Next, the entire horde of vultures, in a whirlwind, pushed by the wind, already flying low, heads to their destination.
In this way, the amazing and fascinating old town of vultures discovered the carcasses of domestic animals. In the end, griffon vultures were the best health police in our fields; the vultures and the farmers formed a whole that helped each other by way of: “I give you proteins and you clean my fields of rot.” But the mules, donkeys, mules and all the working cattle have been replaced by tractors. Wool farming has decreased enormously and is stabled because nobody wants to be a shepherd. Children no longer have old pious horses with stained-studded skin as friends, who one day died and were eaten by vultures.

The authentic forest is the trees as God put them, disorderly ordered, mixed with bushes, surrounded by the corpses of the giants that struck the lightning, giving shade in turn to the small children of these trees who seek light and who want to perpetuate themselves in that fantastic, wonderful unit called the deciduous forest, the deciduous forest, the place where we all want to go when it’s hot and when we cross the painful, open, scorched Castilian plateau.
Man is the most aggressive of animals, the only one really specialized in the manufacture and use of weapons, the only one who kills more than he needs to eat, who has transformed slaughter into a sport, who experiences an authentic and congenital pleasure in spilling the blood of living beings; so ferocious is that, not content with having exterminated millions of animals, he kills millions of his fellows from time to time to continue to develop his tremendous and implacable capacity to uproot life.
The wolf, the great unknown, committed an unforgivable sin for the human species by coming into the world. He needs meat to eat and he looks for it wherever he is. If there is no meat from wild prey, it kills the meat owned by man. Because the strongest imperative of the Canis lupus species, like the strongest of the Homo sapiens species, is that of its own perpetuation. Beyond, and surely directing these things, is the High Maker.

One of the most surprising phenomena for any newcomer to the African grasslands is the fact that they can withstand such a high concentration of herbivores without suffering rapid depletion. This is because, over millions of years, grass and herbivores have evolved together.
Herbaceous vegetation can not only face the constant trampling and chewing aggression of ungulates, but the different species of herbs that make up a savanna specifically attract the appetite of certain herbivores, in such a way that in no case a species of grass can they proliferate in excess because they do not suffer the attack of the herbivores, while the others have to withstand all their phytophagous pressure, in the most perfect sequence of pasture use. It so happens that none of the African ruminants exhaust the grasses they feed on, but instead rotates in gigantic journeys throughout the length and breadth of their extensive habitat, with such perfect chronology.
Life, which has the capacity to contemplate itself, constitutes a gigantic effort of evolution so that, finally, this same evolution can know its own ins and outs; and the mission of our spirit is to become a kind of wedge that is going to internalize in the very material and zoological essence of life to know all the secrets of evolution and of life itself.

There is a part of Felix’s speech in which he asks himself if perhaps humanity is not a kind of cancer for the rest of life forms on the planet. However, this doubt – which has characterized the most radical ecological position – is almost totally eclipsed by his deep admiration, hope and trust in our species. I felt that the fact of perceiving ourselves as the greatest threat to life only exacerbated our disconnection from nature, by feeding an argument that proposes to erect walls between Homo sapiens and its environment, if only to protect it from our voracity. He always spoke of «man and the earth», of the deep embrace that exists between the phenomenon that houses us and the self-reflective gaze that we constitute.
In this embrace, the animals are traveling companions who promote and facilitate a reconnection. Thus, Felix saw and was seen in the eyes of a hawk or the gaze of a wolf. Thus he escaped “from the heavy wandering of civilized sapiens.” Animals, through their sincerity, serenity, oblivious to mental planning and projections, connected him to a timeless present in which he could dive, pressing the force and mystery of free and wild life.
It advocates, for example, for national parks with a living, rooted rural world and repository of an ancient cultural heritage, and even contemplates that hunting and logging and agricultural use can be practiced, as long as they are regulated and sustainable. Defend European anthropogenic ecosystems where traditional environmental management has even gone so far as to improve some of the habitats.
We human beings have lived for a much longer time under the real threat of the land that could devour us in our adventures than in the comfort and security of today’s technological culture. For tens of thousands of years we have trembled with fear in the black nights, when the lion, in Africa, or the wolf, in quaternary Europe, hovered around the camp. And fear is the most perfect social binder known to almost all species of gregarious animals, like ours. When Simba roars in the savannah, or the pack of wolves sings to the moon in the taiga, the boy presses against his mother’s lap and she looks at him with more protection and tenderness. And the men of the cabin, or of the tent, or of the cavern, also observe each other with the warmth of extreme companionship that the defense of the community against external danger demands. Fear in the solitude of the night, when the man or the child are away from their own, stabs into the soul like a dagger. In the security of the clan, together with the warmth of the home, in the inviolable bed, fear of the wolf or the lion is the oldest and most powerful stimulus for the cohesion of human groups.

The Arabian falconers called the Spanish peregrine falcons baharíes, because they nested in the maritime cliffs — in Arabic, bahara means sea. The Muslim poets sang to the Baharíes, the counts of Castilla shared their palaces with them, the falconers of all times have appreciated them as the most noble-hearted and strong-winged birds that can be found in all the Mediterranean borders. And the baharíes have lived one more chapter in their old history of more than a thousand years and adorned by the most incredible feats. On the gauntlet of the medieval infanzones they were protagonists of jousting and chivalrous falconry. With the fist of modern falconers, they have solved a very serious problem that affected airports, used by reactors. Their mission now seems less heraldic, more practical, but the noble bearing of the hawks will always remind us of falconers of other times who invented and perfected the subtle arts of their capture and dressage.

Why do wolves howl? First of all, to communicate with each other. Second, to mark their territories. Thirdly, perhaps, to express the deep sadness of the heart of a species that dominated half the world and is already on the verge of extinction. Let the wolf live where it can and where it must live. So that in Spanish nights the beautiful howls of the wolf do not stop being heard.

There is a false idea of nature conservation in highly anthropogenic countries, especially in Europe. A natural park in Spain and in the Pyrenees cannot be treated like Yellowstone Park, where the white man did not arrive until very late and where, after expelling the indigenous Indians, a fauna and a natural balance could be maintained. In my opinion, the best way to conserve a natural area is, first of all, to leave it as it was when it came to us and then slowly increase its ecological potential, and for this it is necessary to study the circumstances of the human population. in this area, during the last centuries, because the interdependence between man and nature in Europe is ancient.
For example, you can limit the type of hunting or fishing and boost livestock farming, because we know very well that the eradication of livestock farming involves a brutal degradation of the ecosystem.
It seems to me that the idea that to preserve the natural parks it would be convenient to start by removing the shepherds and the loggers, to introduce a hypothetical tourism, is totally crazy. It would be advisable, first, to empower and give priority to the owners of the land so that they continue to have livestock, so that this livestock continues to have a positive influence on the pastures and is the food of the vultures, the bearded vultures, the bears and, where they exist, the wolves , and then give a tangential tourist treatment to these areas where, on the other hand, the country man, the mountain man, should not be uprooted.
In the Spanish Pyrenees you could make the most beautiful natural parks in Europe; The bison that lived here and that was painted by the man from Altamira 15,000 years ago could live there again. Mountain horses could also be reintroduced that give exactly the parameters of the wild horses that the Magdalenian man also painted; the bears that still inhabit the area could live, but in greater numbers and less fearful of man; deer, roe deer, infinite creatures could live, in addition to the ptarmigan, grouse, bearded vulture, eagles, vultures, mountain goats and chamois, which make up the population of one of our last islands mountainous.

The man, dear friends, became a transhumant following the cattle. Lapp began to travel, it is thought that about 10,000 years ago, when he became a reindeer herder as a caribou hunter like the Eskimo. And this transhumance surely has a transcendental importance: what the Lapps do to go after their semi-wild reindeer, in some way controlled, marked, led by hunters, what the Eskimos do or did just 15 years ago to go after the wild caribou to kill them along their routes, it seems that 50,000 years ago man already did it also following the reindeer; And do you know where the reindeer took the man? To America. Scientists explain that until about 50,000 years ago all of America was a paradise because man had not arrived there, it was an island continent, in the ecological sense of the word, because it was separated from Eurasia by the Bering Strait, a stormy strait, of wooded waves, through which a primitive navigator would never have dared to pass. But roughly 50,000 years ago, as I tell you, during one of the largest ice ages on our planet, the level of the seas across the Earth dropped and the Bering Strait became a stone bridge. And on that bridge the wild Eurasian reindeer, following their migratory instinct, expanding new areas of grazing, passed from Siberia to Alaska, and behind the reindeer the men passed, and those men are the ancestors of all the Amerindians, that is, of all the American Indians that later we conquered and colonized the Europeans.

The man has become too self-empowered. Man believes that because he can travel in an airplane or he can temporarily escape the Earth’s gravitational field in a capsule, he already has very little to do with the ebb and flow of that fantastic blood circulation on the planet which are the ecological laws, determinants in the evolution of the species.

Quoting Miguel Delibes “… Of Félix Rodríguez de la Fuente his detractors used to say that documentaries lacked credibility because they operated with domesticated animals. And they stayed as fresh, as if the fact of domesticating a pack of wolves or an eagle imperial was a simple task, available to anyone.
In these days when the great popularizer died, I have often recalled the details of that visit and I have concluded that the secret of Rodríguez de la Fuente’s success did not lie so much in his knowledge and his persuasive oratory as in a kind of magnetism that radiated from him and that affected the animals in his small zoo in Pelegrina as well as the thousands of admirers who followed his programs weekly through the television screen”.

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