Donde Uno Cae — Lorenzo Silva / Where One Falls by Lorenzo Silva (spanish book edition)

DAB54797-7F7B-4A19-9761-5C57F42E7DD2
Este libro me pareció interesante pero no de los mejores del autor, a través de 10 años escribe una serie de relatos como un collage, donde unos gustarán más que otros y donde me quedo en aquellos que brota la ironía. A disfrutarlo el lector que lo lea.

Catalunya 2035
Me acuerdo, también, de la ceguera y la arrogancia españolas. Esa negación obtusa del sentimiento que en Catalunya se había gestado y fraguado, la pachorra de aquel presidente del gobierno tan gracioso, Rajoy (también conocido como el Breve o el Chico de la Troika), que se trocó en espanto cuando el Gran Pare Fundador, Artur Mas, en medio de una crisis que tenía a la gente aturdida, convocó y ganó el referéndum del 13, con una mayoría embriagada de independentismo que batió a la desmovilizada y estupefacta facción españolista de la población.
Fue dura la travesía del desierto para España, el país en cuya capital nací, hasta que al término del largo protectorado germano a alguien se le ocurrió la idea de recoger dos trozos maltrechos de Europa para constituir, con permiso de Berlín y del FMI, la hoy pujante Federación Ibérica. El país cuyo pasaporte ostento, y que logró deslocalizar a Madrid y a Lisboa (con arreglo a su política de solidaridad intraibérica) a la crema del empresariado catalán y buena parte de sus élites profesionales, las que no sentían el patriotismo hasta el extremo de sacrificarle sus carreras. Es el gran tabú nacional, aquí, pero cuando enseño mi pasaporte o mi DNI ibérico en El Prat noto que más de un empleado y más de un mosso lo miran con envidia.
Y es que ya nadie, salvo los viejos como yo, se acuerda de cómo sucedió todo. Lo que les hacen estudiar a los niños en el colegio, en mi país y en este, es la mitología oficial, que recoge una génesis mucho más gloriosa para ambos. Dentro de unos pocos años ya no quedará nadie que recuerde que una vez estuvimos juntos y que bien habríamos podido seguir así, sumando a nuestros hermanos portugueses, si alguien hubiera tenido más cabeza.

Para mi desgracia, soy uno de los seis millones doscientos mil parados. Esa cifra, que nos acredita como el más pujante colectivo de la sociedad española, acabamos de alcanzarla, pero ya hace año y medio largo que yo formo parte del club. Y lo que me queda. Sin embargo, desde hace unos días, abrigo una esperanza.
Por más que me empeñaba, no veía la luz al final del túnel, hasta el momento en el que alguien, responsable público, ha venido a iluminarme: nuestra salvación, la mía y la de los incontables parias que como yo hemos quedado en la cuneta de esta autopista por la que antes circulábamos ufanos y despreocupados, se halla en la capacidad de los pijos para mantener su nivel de vida y de consumo.
Desde que cuento con esta información, estoy mucho más animado. He pasado a desentenderme del decrecimiento del PIB, la prima de riesgo, los datos de la EPA o el déficit público. De todas esas calamidades saldremos, siempre y cuando los pijos, esa minoría benemérita y providencial de la población, sigan necesitando darse toda clase de caprichos, que son los que a los que no somos pijos nos aportarán un empleo y sueldo que nos permita comernos dignamente (esto es, sin acudir a mendigarlos a los comedores sociales) unos macarrones boloñesa o un bocata de foie-gras.
Bienaventurados los pijos, porque de ellos es el reino terreno, que a falta de prueba concluyente acerca del otro no está mal para consolarse. Y bienaventurados quienes les sirven, porque de ellos serán las suculentas migajas que caigan al sacudir sus manteles.

Nunca lo hubiera imaginado. Soy la primera víctima de un manipulador que logró, traicionando mi confianza, llevarme a creer que todo era al contrario de como he comprendido que es. Es lo que pasa cuando estás enamorada, y el amor te ciega y quieres ver siempre a la persona que lo suscita a la mejor luz posible. Alguna vez, no voy a negarlo, llegaron a mis oídos rumores que ponían en duda su honestidad. Sin embargo, no hacían mella en mí, porque la ceguera que le tenía me llevaba a achacarlos sistemáticamente a las envidias y enemistades que le granjeaba su desenvoltura, su brillantez, su éxito social. Los que lo criticaban, los que hacían circular sospechas sobre él eran, pensaba yo, unos mediocres y unos perdedores que no podían soportar la mano que tenía mi marido para ganarse la vida y para seducir a todo el mundo; resentidos que a falta de otro desquite se entregaban al vil pasatiempo de la calumnia.
Alguien va y encuentra unos papeles que firmaste, uno cualquiera de esos que él te pasaba y que tú garabateabas sin leerlos porque te decía que era lo que le había recomendado el asesor para pagar menos impuestos, o por cualquier otro motivo en el que nunca viste malicia alguna. O de repente salen las facturas de algo que te regaló, o que dijo que te regalaba, y que en realidad no había pagado él, sino alguno de los tipos turbios con los que andaba en tratos para llevar a cabo sus fechorías. Y nadie piensa ni por un momento que tú eres una víctima más; sólo interpretan que tú eras cómplice de todas las maniobras y todos dan por hecho que conspirabas con él para beneficiarte.

(caja B) La conjetura que ahora está encima de la mesa de un juez, cada vez con menos levedad de indicio y más consistencia de prueba, es sin embargo algo completamente excepcional. ¿Qué ocurre, cómo ha de enjuiciarse la caja B si quienes la crean (y en ella meten y de ella sacan) son, precisamente, aquellos que se postulan para la responsabilidad de velar por que los demás no se abandonen al vicio de hurtar los dineros a la lupa administrativa y escamotearles a las arcas públicas sus recursos?
Más allá de lo que las leyes le impongan resolver a ese juez, las reglas generales parecen, en este contexto, insuficientes. La prescripción que tantas veces libra al simple particular, o la falta de cuantía que sitúan la trapacería por debajo del umbral del delito, son aquí excusas que se antojan escasas para una conducta que, si se confirma, vendría a invertir, dramáticamente, la lógica misma del sistema. Cómo exigir al ciudadano que observe los preceptos que sus líderes menosprecian. Cómo impartirle órdenes, imponerle sacrificios, llamarlo a la grandeza de espíritu para responder a los grandes desafíos, si el que eso postula se saltó las reglas y fue torticero y mezquino.
El problema de la caja B, como es sabido, no es que exista, sino que llegue a ser demasiado aparatosa y no quepa ocultarla. Ahí es donde empiezan las curvas. Ahí es donde estamos.

No está de más apuntar que el ciudadano B cotiza a la Seguridad Social y paga puntualmente sus impuestos. Al producto que genera se le aplica hasta un 21 por ciento de IVA. A las rentas que pese a todo es capaz de obtener, un IRPF de hasta el 56 por ciento.
El ciudadano B observa, con envidia creciente, el muy distinto trato que recibe otra industria, seguramente por tener mayores merecimientos que aquella para la que él trabaja. Es una industria cuyos derechos y retribuciones nadie discute, aunque no son por cierto modestos. Los usuarios abonan a tocateja lo que les piden, que no es por cierto poco, y no hay nadie que reclame un derecho fundamental a acceder gratis al espectáculo regentado por dicha industria.
En los últimos tiempos, por otra parte, se ha puesto de manifiesto el grave peligro que tal espectáculo crea, como consecuencia de la naturaleza violenta de no pocos de sus seguidores. Para conjurarlo, esta otra industria, pese a que bien podría asumir ese coste generado por ella misma, y hacerle frente con servicios privados de seguridad, sí dispone de acceso casi ilimitado a los servicios de las fuerzas policiales.
El ciudadano B no puede dejar de anotar la paradoja: mientras a los suyos nadie les defiende del destrozo que diariamente les causan unos intrusos, a éstos se les proporciona blindaje policial frente al mal por ellos mismos alentado y consentido, al haber dado a los violentos toda clase ventajas y trato de favor.
El ciudadano B, si lo dudaba, ya sabe por qué le hemos llamado B: en el país donde vive, es un ciudadano de segunda.

En el fragor de la negociación empiezan a surgir aquí y allá excepciones, casos que aunque popularmente pudieran considerarse como de corrupción se situarían en un escalón inferior de gravedad a efectos de la exigencia de responsabilidades. Por ejemplo, con vistas a apartar a un político de un partido, exigirle la dimisión del cargo que ocupa o impedirle figurar en las listas electorales. Así, alguien razona que no siempre la prevaricación es corrupción, como tampoco lo sería la malversación o el delito fiscal. Surge de esta forma un interesante concepto de delitos de administración desleal de los bienes y de los poderes públicos: aquellos que no vendrían dictados por un ánimo corrupto sino por otro indefinido; tal vez afán de impresionar, tal vez atracción por el abismo, tal vez ganas de salirse de la monotonía.
O se tapa todo resquicio, o se seguirán colando hasta la cocina. Pepe, mucho se teme, tendrá que detener a más alcaldes recién reelegidos.

Zuckerberg, creador, rostro visible y alma del gran invento, acaba de colisionar contra sí mismo, y ante las denuncias de los medios tradicionales, que le tienen ganas, reacciona negando las acusaciones de parcialidad, aunque enseguida se da cuenta de que algo ha de hacer, y anuncia que la red penalizará a las webs que se pruebe que difunden noticias falsas excluyéndolas de su inmenso negocio publicitario. Lo que en cierto modo viene a ser un reconocimiento de que la diligencia previa, para evitar sus perniciosos efectos, no fue toda la que habría debido ser.
Son los problemas de hacerse demasiado grande, y de tener una presencia tan destacada en la existencia de tantos millones de personas: es innegable que el voto se decide sobre todo en función de la experiencia vital, pero cuando la experiencia vital de las personas sucede cada vez más en el espacio virtual, y cada vez son más las que interactúan con él a través de tu herramienta, empieza a surgir legítimamente una espinosa pregunta: en qué medida tu negocio y tu empresa han podido terminar convirtiéndose en un instrumento de intervención política, y, si es así, al servicio de quién.
Zucker contra Berg. Y por lo que se ve, sin árbitro.

Quizá lo que hay detrás no es tanto una desconsideración hacia su persona, hacia su país como tal o hacia su condición femenina, aunque algo de eso haya también. Quizá lo principal es que el constructor de muros, el negador del otro, el propiciador del embeleso en la propia mismidad, padece en la raíz de su personalidad una aflicción profunda por saberse insuficientemente él mismo, por estar impregnado en lo más recóndito de sus cromosomas de esa otredad inconveniente contra la que ha erigido su discurso y su éxito. No es una otredad tan engorrosa como la de los morenitos bajitos del sur del Río Grande, como la de los morenos sarracenos de más allá del levante o como la de los amarillos situados al otro lado del poniente. Pero no deja de estar ahí, insidiosa, molesta, proclamándole más sajón que anglo, como se adivina que sería secretamente su deseo, para mejor afirmarse.
Quizá sea, en definitiva, un gesto de Donald contra Trump.

Tienes la suerte de pagar impuestos, y no pocos. Te obligas a pensarlo así, acordándote de los muchos que no pueden pagar lo que tú ingresas en las arcas públicas, porque carecen de renta y de capacidad para hacerlo. A veces te entra la duda, cuando te vienen a la memoria los muchos que ganando mucho, o incluso muchísimo más que tú, se las arreglan para no pagar nada, pero ahuyentas la tentación de creerlos más afortunados echando mano del viejo Spinoza y de su sabia advertencia sobre el obrar debido, que tiene en sí mismo la justificación y la recompensa. La ventaja que se atribuyen los astutos y los defraudadores no parece tanta cuando quedan expuestos, y en este mundo ya sin secretos nada queda bajo llave: basta leer los correos obscenos de ese mago de las finanzas públicas imputado por blanqueo en los que se duele con un compinche de cómo le ha salido mal el reparto de la tarta que otrora pinchaba y cortaba a placer.
Sí, a veces es duro ver cómo se parte y asigna ese dinero de todos que sale de los impuestos que tantos pagan, cumpliendo en muchos casos con sacrificio…

En el país que no amaba (ni ama) a sus poetas, donde la codicia de cualquiera está muy por encima de la protección de sus derechos de autor —y ya nadie espera que sea nunca de otro modo—, a lo que se les conmina, reiteradamente, es a que cierren el pico de una vez y dejen de incordiar. A las dificultades que encuentra una subsistencia sin apenas fuentes de ingresos, ni paliativo o mecenazgo que lo remedie, se añade, al final de la vida del poeta, un mensaje contundente: perderá la mitad de la magra pensión de jubilación que habrá logrado devengar si es que desea, inexplicablemente, seguir regalando sus versos a los demás. La paradoja en cuya virtud quien conserva capacidad y voluntad de aumentar el caudal cultural de su país ha de ser castigado, reconociéndole la mitad de los derechos de quienes, no habiendo cotizado más, o no saben o no pueden o no desean generar ese patrimonio común, nadie ha sido capaz de explicarla de forma satisfactoria. Sin embargo, cuando se lleva a votación en el Parlamento la propuesta de enmendar esta encarnizada y extraña represalia, desconocida en los países de nuestro entorno más próximo, vuelve a toparse con el rechazo de la mayoría.
Entretanto, el país que no amaba a sus poetas se afanaba para dar el trato más benigno posible a millonarios defraudadores, por los que sí sentía ese arrobo que los poetas jamás le inspiraron.

Las ideas no delinquen, y no pueden ni deben delinquir, cuando no son más que ideas. Lo dicho vale para las ideas políticas, para las ideas religiosas, para las ideas artísticas. Vale, incluso, para las ideas delirantes, las ideas deplorables, las ideas repulsivas. Si una sociedad olvida eso, deja de ser un espacio de libertad y democracia para convertirse en un tedioso rebaño en el que sólo están autorizadas las ideas del pastor. Y las de sus perros.
En esta sociedad suceden de un tiempo a esta parte cosas que resultan desconcertantes. Quienes tienen la responsabilidad sobre sus instituciones —que obedecen a colores políticos diversos, y no sobra recordar que están ahí porque sacaron más votos que otros— se han olvidado de que respetar la libertad de las ideas, su expresión y su circulación, incluso —o sobre todo— cuando las expresa quien no coincide con el que manda o le resulta a éste odioso o repelente, es la piedra angular de toda sociedad que se quiera democrática.
Hay, en fin, personas que, envueltas en unas ideas, a las que reputan dotadas de legitimidad superior a otras, se arrogan la potestad de pasar con orgullo olímpico por encima de todas las leyes, tan laboriosamente consensuadas en una sociedad democrática, para trazar un atajo luminoso hacia una Arcadia inobjetable, según su soberano criterio. Puestos en esa senda, no dudan en destinar el dinero público a fines a los que según las normas que rigen su administración no debería servir —distrayéndolo, forzosamente, de alguna de las muchas necesidades públicas para las que falta—, en alterar en su provecho las reglas del juego y de expresión de la voluntad popular, e incluso en acogotar e intimidar a los servidores de la ley cuando acuden, debidamente habilitados, a tratar de hacerla valer.
La alarma salta cuando parece que la respuesta la dicta el encono hacia las ideas que andan tras las conductas punibles, más allá de la respuesta proporcional que éstas merecen. Que los disparates repugnantes que quedaron en eso, sin acción ni daño real sobre sus destinatarios, lleven a alguien a la cárcel, desacredita el rigor de la respuesta penal. Que a las conductas delictivas se les busque, trayéndola por los pelos, la tipificación más apabullante, no ayuda a corregirlas. Ante la duda, sólo favorecer la libertad del otro defiende la nuestra. Por mucho que nos ofenda, y por más que yerre ese otro al usarla.

La humanidad se divide entre quienes se postulan para mártires y quienes les toca serlo sin haberlo pedido. Así ha sido desde el principio de los tiempos, por razones insondables que tienen que ver con el funcionamiento profundo del cerebro, ese misterio que sólo a medias hemos logrado esclarecer. También es misterioso que los mártires más celebrados y jaleados sean justamente aquellos que buscaron serlo: no acaba de estar del todo claro que tenga más mérito quien pasa una penalidad que hizo por procurarse y que se apresura a vender en el mercado de la compasión y la admiración del público afín, comparado con quien se come un marrón que no quiso ni hizo por merecer, sin ventanas a la calle y sin esperar ni recibir jamás recompensa alguna.

Advierte Robert Musil contra el peligro de las grandes cosas, las grandes causas, la grandilocuencia en general. A menudo, viene a decir, sirven de cobertura a las mezquindades usuales de los humanos, cuando no a algo peor. Eso previene a no pocos frente a las grandes manifestaciones, prevención tanto más comprensible cuando se plantean como casi preceptivas y en ellas participa el poder.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/30/donde-uno-cae-lorenzo-silva-where-one-falls-by-lorenzo-silva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/20/ahi-fuera-lorenzo-silva-out-there-by-lorenzo-silva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2017/12/28/sangre-sudor-y-paz-la-guardia-civil-contra-eta-lorenzo-silva-manuel-sanchez-gonzalo-araluce-blood-sweat-and-peace-the-civil-guard-against-eta-by-lorenzo-silva-manuel-sa/

https://weedjee.wordpress.com/2016/07/06/y-al-final-la-guerra-lorenzo-silva-luis-miguel-francisco/

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/12/sereno-en-peligro-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2013/01/25/la-marca-del-meridiano-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2011/12/29/lorenzo-silva-el-lejano-pais-de-los-estanques/

https://weedjee.wordpress.com/2011/07/31/lorenzo-silva-la-estrategia-del-agua/

https://weedjee.wordpress.com/2017/05/03/madrid-negro-varios-autores/

————–
I found this book interesting but not one of the best of the author, through 10 years he writes a series of stories as a collage, where some will like more than others and where I stay in those that irony sprouts. To enjoy the reader who reads it.

Catalunya (Catalonia) 2035
I remember, also, the Spanish blindness and arrogance. That obtuse denial of the feeling that in Catalonia had been brewed and set, the pachorra of that president of the government so funny, Rajoy (also known as the Brief or the Boy of the Troika), which turned into horror when the Great Founder Stop, Artur Mas, in the midst of a crisis that had people stunned, called and won the referendum of 13, with a drunken majority of independence that beat the demobilized and stunned Spanish faction of the population.
The crossing of the desert was hard for Spain, the country in whose capital I was born, until at the end of the long Germanic protectorate someone came up with the idea of picking up two battered pieces of Europe to constitute, with permission from Berlin and the IMF, the today thriving Iberian Federation. The country whose ostentatious passport, and which managed to relocate Madrid and Lisbon (in accordance with its intra-Iberian solidarity policy) to the cream of Catalan businessmen and a good part of their professional elites, who did not feel patriotism until they sacrificed their careers. It is the great national taboo, here, but when I show my passport or my Iberian ID in El Prat I notice that more than one employee and more than one mosso look at him with envy.
And it is that no one, except the old ones like me, remembers how everything happened. What makes children study in school, in my country and in this one, is the official mythology, which includes a much more glorious genesis for both. In a few years there will be no one left who remembers that we were together once and that we would have been able to continue like this, adding to our Portuguese brothers, if someone had had more head.

To my misfortune, I am one of the six million two hundred thousand unemployed. That figure, which accredits us as the most powerful collective of Spanish society, has just reached it, but it has been a year and a half long since I was part of the club. And what I have left. However, for a few days, I have a hope.
As much as I was determined, I did not see the light at the end of the tunnel, until the moment when someone, responsible public, has come to enlighten me: our salvation, mine and that of the countless outcasts who, like me, have remained in the gutter of this highway, which we used to be proud and carefree, is in the capacity of the posh to maintain their standard of living and consumption.
Since I have this information, I am much more lively. I have ignored the decline in GDP, the risk premium, the EPA data or the public deficit. From all these calamities we will leave, as long as the posh, that benevolent and providential minority of the population, still need to give all kinds of whims, which are those to whom we are not posh give us a job and salary that allows us to eat with dignity (that is, without going to beg them to the social dining rooms) a Bolognese macaroni or a foie gras sandwich.
Blessed are the posh ones, because theirs is the earthly kingdom, which in the absence of conclusive evidence about the other is not bad for comfort. And blessed are those who serve them, because theirs will be the succulent crumbs that fall when they shake their tablecloths.

I would never have imagined it. I am the first victim of a manipulator who succeeded, betraying my confidence, leading me to believe that everything was contrary to how I understood it to be. It is what happens when you are in love, and love blinds you and you want to always see the person who provokes it in the best possible light. Sometimes, I will not deny it, rumors came to my ears that cast doubt on his honesty. However, they did not make a dent in me, because the blindness that I had led me to systematically blame them on the envies and enmities that earned them their development, their brilliance, their social success. Those who criticized him, those who circulated suspicions about him were, I thought, mediocre people and losers who couldn’t stand my husband’s hand for a living and to seduce everyone; resentful that in the absence of another retaliation they gave themselves to the vile pastime of slander.
Someone goes and finds some papers that you signed, any one of those that he passed you and that you scribbled without reading them because he told you that it was what the advisor had recommended to pay less taxes, or for any other reason you never saw any malice. Or suddenly the bills come out of something he gave you, or that he said he gave you, and that he hadn’t really paid for it, but some of the shady types with whom he was in deals to carry out his misdeeds. And nobody thinks for a moment that you are another victim; They only interpret that you were an accomplice of all the maneuvers and everyone takes it for granted that you conspired with him to benefit you.

(box B, irregular accounting method) The conjecture that is now on the table of a judge, with less and less evidence and consistency of evidence, is nevertheless something completely exceptional. What happens, how is case B to be prosecuted if those who create it (and put in it and take it out) are, precisely, those who run for the responsibility of ensuring that others do not abandon themselves to the vice of stealing money to the administrative magnifying glass and to restrain the public coffers of their resources?
Beyond what the laws impose on solving that judge, the general rules seem, in this context, insufficient. The prescription that so many times frees the simple individual, or the lack of amount that places the trapper below the threshold of the crime, are here excuses that seem scarce for a behavior that, if confirmed, would come to reverse, dramatically, the logic same system. How to demand the citizen to observe the precepts that their leaders despise. How to give him orders, impose sacrifices, call him to greatness of spirit to respond to the great challenges, if he who postulated skipped the rules and was torticero and petty.
The problem with box B, as is known, is not that it exists, but that it becomes too cumbersome and does not fit to hide it. That’s where the curves begin. That is where we are.

It is worth mentioning that citizen B quotes Social Security and pays his taxes on time. Up to 21 percent VAT is applied to the product it generates. At the income that despite everything is able to obtain, an IRPF of up to 56 & nbsp; percent.
Citizen B observes, with increasing envy, the very different treatment that another industry receives, surely for having greater merits than the one for which he works. It is an industry whose rights and compensation nobody disputes, although they are not by the way modest. Users pay tocatecate what they are asked, which is not by the way, and there is no one who claims a fundamental right to access the show run by the industry for free.
In recent times, on the other hand, it has revealed the serious danger that such a spectacle creates, as a consequence of the violent nature of not a few of its followers. To conjure it, this other industry, although it could well assume that cost generated by itself, and deal with private security services, it does have almost unlimited access to the services of the police forces.
Citizen B can not fail to write down the paradox: while theirs nobody defends them from the destruction caused by intruders on a daily basis, they are provided with police shielding against the evil they encouraged and consented to, having given the violent All kinds of advantages and treatment of favor.
Citizen B, if he doubted it, already knows why we have called him B: in the country where he lives, he is a second-class citizen.

In the heat of the negotiation, exceptions begin to emerge here and there, cases that although popularly could be considered as corruption, would be placed at a lower level of seriousness for the purpose of demanding responsibilities. For example, with a view to removing a politician from a party, demanding the resignation of his position or preventing him from appearing on the electoral lists. Thus, someone reasons that the prevarication is not always corruption, nor would embezzlement or tax crime. In this way an interesting concept of crimes of unfair administration of goods and public powers arises: those that would not be dictated by a corrupt spirit but by an undefined one; maybe eagerness to impress, maybe attraction to the abyss, maybe want to get out of the monotony.
Either any cover is covered, or they will continue to strain into the kitchen. Pepe, much is feared, will have to stop more newly re-elected mayors.

Zuckerberg, creator, visible face and soul of the great invention, has just collided with himself, and before the accusations of the traditional media, which he wants, he reacts by denying accusations of bias, although he immediately realizes that something has to do, and announces that the network will penalize websites that are proven to spread false news by excluding them from their huge advertising business. What in a way comes to be an acknowledgment that prior diligence, to avoid its pernicious effects, was not all that it should have been.
They are the problems of becoming too big, and of having such a prominent presence in the existence of so many millions of people: it is undeniable that the vote is decided mainly based on the vital experience, but when the life experience of the people happens every more and more in the virtual space, and more and more are those that interact with it through your tool, a thorny question begins to arise legitimately: to what extent your business and your company have been able to end up becoming an instrument of political intervention, and, if so, at whose service.
Zucker vs. Berg. And from what you see, without a referee.

Perhaps what is behind is not so much a disregard for his person, his country as such or his feminine condition, although some of that also exists. Perhaps the main thing is that the builder of walls, the denier of the other, the propitiator of the spell in his own self, suffers at the root of his personality a deep affliction for knowing himself insufficiently, for being impregnated in the most recondite of his chromosomes of that other inconvenience against which he has erected his speech and his success. It is not an other cumbersome thing like that of the short-haired morenitos in the south of the Rio Grande, like that of the Saracens from beyond the east or like that of the yellow ones located on the other side of the west. But he is still there, insidious, annoying, proclaiming him more Saxon than Anglo, as he guesses that his desire would be secretly, to better assert himself.
It may be, in short, a gesture of Donald against Trump.

You are lucky to pay taxes, and not a few. You force yourself to think so, remembering the many who cannot pay what you enter into public coffers, because they lack income and the ability to do so. Sometimes you get in doubt, when the many who earn a lot, or even much more than you, come to mind, manage to pay nothing, but drive away the temptation to believe them more fortunate by taking advantage of old Spinoza and his He knew a warning about the right work, which has justification and reward in itself. The advantage attributed to the cunning and the fraudsters does not seem so much when they are exposed, and in this world and without secrets nothing is locked up: it is enough to read the obscene mails of that magician of the public finances imputed by money laundering in which he hurts with a buddy of how the distribution of the cake that once punctured and cut to pleasure went wrong.
Yes, sometimes it is hard to see how it breaks and allocates that money from everyone that comes out of the taxes that many pay, complying in many cases with sacrifice …

In the country that did not love (or love) its poets, where anyone’s greed is well above the protection of their copyright – and no one expects it to ever be otherwise – to which they are commanded , repeatedly, is to close the peak once and stop bothering. To the difficulties that a subsistence finds with hardly any sources of income, nor palliative or patronage that remedies it, a strong message is added, at the end of the poet’s life: he will lose half of the lean retirement pension that he will have earned if is that he wants, inexplicably, to continue giving away his verses to others. The paradox in whose virtue who retains the capacity and willingness to increase the cultural flow of his country must be punished, recognizing half of the rights of those who, having not contributed more, or do not know or cannot or do not wish to generate that common heritage , nobody has been able to explain it satisfactorily. However, when the proposal to amend this fierce and strange reprisal, unknown in the countries of our immediate surroundings, is put to the vote in Parliament, he comes across the rejection of the majority.
Meanwhile, the country that did not love its poets was struggling to give the most benign treatment possible to fraudster millionaires, for whom he did feel that arrogance that the poets never inspired him.

Ideas do not commit crimes, and they cannot and should not commit crimes, when they are nothing more than ideas. The above is valid for political ideas, for religious ideas, for artistic ideas. It is even valid for delusions, deplorable ideas, repulsive ideas. If a society forgets that, it ceases to be a space of freedom and democracy to become a tedious flock in which only the ideas of the pastor are authorized. And those of their dogs.
In this society, things that are disconcerting happen for a while. Those who have responsibility for their institutions – which obey different political colors, and needless to remember that they are there because they got more votes than others – have forgotten that they respect the freedom of ideas, their expression and their circulation, even – or above all – when expressed by those who do not agree with the one who commands or is obnoxious or repellent, it is the cornerstone of every society that wants to be democratic.
There are, in short, people who, wrapped in some ideas, who are said to be endowed with legitimacy superior to others, take the power to pass with Olympic pride over all laws, so laboriously agreed in a democratic society, to draw a luminous shortcut towards an unobtainable Arcadia, according to its sovereign criteria. Placed on that path, they do not hesitate to allocate public money for purposes that, according to the rules that govern their administration, should not serve – necessarily, distracting it from any of the many public needs for which it is lacking -, in altering it to their advantage the rules of the game and the expression of the popular will, and even to accommodate and intimidate the servants of the law when they come, duly authorized, to try to enforce it.
The alarm jumps when it seems that the response is dictated by the anger towards the ideas that go after punishable behaviors, beyond the proportional response they deserve. That the disgusting nonsense that remained in that, without action or real harm on their recipients, takes someone to jail, discredits the rigor of the criminal response. That criminal behaviors are sought, bringing it by the hair, the most overwhelming typification, does not help correct them. When in doubt, only favoring the freedom of the other defends ours. As much as we are offended, and no matter how much that other errs when using it.

Mankind is divided between those who run for martyrs and who have to be without asking. This has been the case since the beginning of time, for unfathomable reasons that have to do with the deep functioning of the brain, that mystery that we have only half managed to clarify. It is also mysterious that the most celebrated and pulled martyrs are precisely those who sought to be: it is not quite clear that it has more merit who passes a penalty he did for procuring and who rushes to sell in the market of compassion and admiration of the like-minded public, compared to who eats a brown that he did not want or did not deserve, without windows to the street and without waiting or receiving any reward.

Robert Musil warns against the danger of great things, great causes, grandiloquence in general. Often, he says, they cover the usual meanness of humans, if not something worse. That prevents not a few in front of the great manifestations, prevention that is more understandable when they are considered as almost mandatory and in them the power participates.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/30/donde-uno-cae-lorenzo-silva-where-one-falls-by-lorenzo-silva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2019/04/20/ahi-fuera-lorenzo-silva-out-there-by-lorenzo-silva-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2017/12/28/sangre-sudor-y-paz-la-guardia-civil-contra-eta-lorenzo-silva-manuel-sanchez-gonzalo-araluce-blood-sweat-and-peace-the-civil-guard-against-eta-by-lorenzo-silva-manuel-sa/

https://weedjee.wordpress.com/2016/07/06/y-al-final-la-guerra-lorenzo-silva-luis-miguel-francisco/

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/12/sereno-en-peligro-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2013/01/25/la-marca-del-meridiano-lorenzo-silva/

https://weedjee.wordpress.com/2011/12/29/lorenzo-silva-el-lejano-pais-de-los-estanques/

https://weedjee.wordpress.com/2011/07/31/lorenzo-silva-la-estrategia-del-agua/

https://weedjee.wordpress.com/2017/05/03/madrid-negro-varios-autores/

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.