Teoría De La Gravedad — Leila Guerriero / Gravity Theory by Leila Guerriero (spanish book edition)

Debo decir que este breve libro es una recolección de columnas de la autora argentina en el diario el País. Las historias están escritas con voz en primera persona y siempre con la misma extensión: folio y medio que, no casualmente, acaban en verso.
Por momentos me parecen autobiográficas donde la autora se desnuda e intenta contactar con el lector en una cuasi dicotomía.
Teoría de la gravedad es una obra en la que la vida, también cae por su propio peso, sin necesidad de aplicarle ninguna fuerza.

Un buen rato en el supermercado. Esfuércese. No siempre hace las compras, así que aplíquese con entusiasmo. Mire la lista que han confeccionado juntos: harina, huevos, café. Cuando no encuentre lo que busca —eso que en la lista figura con todo detalle: marca, cantidad— pregúntese: «¿Qué hubiera comprado ella?». Escoja en consecuencia. Después de un rato, chequee si falta algo y diríjase a la caja. Pague. Camine hasta su casa con brío, las bolsas colgando de los brazos potentes. Siéntase como un cazador-recolector que regresa a la cueva con la presa al hombro. Al llegar, anuncie: «¡Llegué!». Vea cómo ella se acerca caminando por el pasillo, con esa actitud que tiene en los últimos tiempos, como si se sintiera molesta, incordiada por algo que usted no alcanza a saber qué es.

Temprano, recién levantada, mírese en el espejo del baño y sepa que ya no es una mujer de cuarenta con una casa bonita, unos hijos, un marido, la profesión que le gusta. Piense: «Me estoy convirtiendo en mi madre». Sienta las ondas expansivas de la insatisfacción, las esquirlas de la queja y la protesta, un alien que viene a buscarla desde otro tiempo con el peso lento del desánimo y la ansiedad. Vea, como si lo tuviera frente a usted, el puño cerrado de su madre dando toquecitos irritantes sobre el hule de la mesa después de reclamar —siempre después de reclamar— algo a su padre. Vea el gesto amargo y tísico de su boca, las comisuras frunciéndose con reprobación ante casi todo. Escuche, como si la tuviera frente a usted, las exclamaciones de resignación y los rezongos. Dígase que ahora esos rezongos son también los suyos. Siéntase colonizada por una vida ajena construida con ladrillos tumefactos, una vida que siempre despreció. Mírese las manos. Note que las venas están más visibles que antes, como le pasó a ella con el correr de los años. Piense «Qué fue de mí». Sienta que es un fruto en proceso de descomposición

La felicidad es un peligro vivo.

Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan. Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después. Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie. Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa. Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia.

Siempre preguntan lo mismo: si a uno, periodista, no le da miedo hacerse daño escuchando las historias dolorosas de la gente. A mí no. Lo que me da pavor es la escritura, ese bicho inhumano. Sucede que a veces uno escribe algo, y ese algo se lo lleva todo; escribe, digamos, un texto que se comporta como un agujero negro que absorbe los recursos, las formas, y uno queda hueco como un edificio interrumpido. En apariencia, todo funciona correctamente. Pero nada funciona correctamente.

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I must say that this brief book is a collection of columns by the Argentine author in the newspaper El País. The stories are written with a voice in the first person and always with the same extension: folio and a half that, not coincidentally, end in verse.
At times they seem autobiographical where the author strips and tries to contact the reader in a quasi dichotomy.
Theory of gravity is a work in which life also falls under its own weight, without the need to apply any force.

A good time in the supermarket. Strive. He doesn’t always shop, so apply with enthusiasm. Look at the list they have made together: flour, eggs, coffee. When you do not find what you are looking for – that is in the list in detail: brand, quantity – ask yourself: “What would she have bought?” Choose accordingly. After a while, check if something is missing and go to the box. Pay. Walk home briskly, the bags hanging from the powerful arms. Feel like a hunter-gatherer who returns to the cave with his prey on his shoulder. Upon arrival, announce: “I arrived!” See how she approaches walking down the hall, with that attitude she has in recent times, as if she felt upset, disturbed by something that you do not know what it is.

Early, just up, look in the bathroom mirror and know that she is no longer a woman in her forties with a nice house, some children, a husband, the profession she likes. Think: “I am becoming my mother.” Feel the shock waves of dissatisfaction, the splinters of complaint and protest, an alien who comes to look for her from another time with the slow weight of discouragement and anxiety. See, as if you had it in front of you, your mother’s clenched fist giving irritating taps on the rubber of the table after claiming – always after claiming – something from your father. See the bitter and physical gesture of his mouth, the corners frowning with reproach at almost everything. Listen, as if you had it in front of you, the exclamations of resignation and the grumbling. Tell yourself that now those grumbles are also yours. Feel colonized by an alien life built with swollen bricks, a life that always despised. Look at your hands. Note that the veins are more visible than before, as happened to her over the years. Think “What happened to me.” Feel that it is a fruit in the process of decomposition

Happiness is a living danger.

You have to knead the bread. You have to knead the bread with verve, with indifference, with anger, with ambition, thinking about something else. You have to knead the bread on cold days and on summer days, with sunshine, with humidity, with freezing rain. You have to knead the bread without wanting to knead the bread. You have to knead the bread with your hands, with the tips of your fingers, with your forearms, with your shoulders, with strength and with weakness and with a cold. You have to knead the bread with resentment, with sadness, with memories, with a broken heart, with the dead. You have to knead the bread thinking about what you are going to do next. You have to knead the bread as if nothing were to be done, never again, later. You have to knead the bread with flour, with water, with salt, with yeast, with butter, with sesame, with poppy. You have to knead the bread with courage, with a prescription, with improvisation, with doubts. With the certainty that it will fail. With the certainty that it will work out well. You have to knead the bread with panic to never be able to do it again, to burn it, to leave it raw, to not like anybody. You have to knead the bread every week, every month, every year, without thinking that you have to knead the bread every week of every month of every year: you have to knead the bread as if it were the first time . We will have to knead the bread when she dies, we have to knead the bread when she died, we must knead the bread before leaving for the trip, and on the way back, and during the trip we have to think about kneading the bread: kneading the bread Bread when he comes home. You have to knead the bread with fatigue, by fatigue, against fatigue. You have to knead the bread without humility, with determination, with hatred, with contempt, with ferocity, with viciousness. As if everything was finally over. As if everything was finally over. You have to knead the bread to live, because you live, to continue living. To write. Knead the bread. There’s no difference.

They always ask the same thing: if you, a journalist, are not afraid to hurt yourself by listening to people’s painful stories. Not me. What scares me is writing, that inhuman bug. It happens that sometimes one writes something, and that something takes everything; write, say, a text that behaves like a black hole that absorbs resources, forms, and one is hollow like an interrupted building. In appearance, everything works correctly. But nothing works correctly.

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