Las Palabras Rotas. El Desconsuelo De La Democracia — Luis García Montero / The Broken Words. The Misfortune of Democracy by Luis García Montero (spanish book edition)

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Un libro imprescindible en los días que vivimos y que todos los españoles deberían leer. Pocas veces he tenido la ocasión de leer algo tan sincero. El final resulta un desesperado grito para despertar y remover las conciencias acomodadas de la democracia.
Me ha gustado la intención pedagógica de enmendar errores que se solapan tras un mal uso de palabras tan importantes como verdad, soledad, identidad…bondad. Pese a su subtítulo, “el desconsuelo de la democracia”, todo el libro es un alegato en favor de la democracia.

Es posible que haya otras cosas en el mundo, pero el protagonismo lo tiene ahora la muerte. El miedo fundamental es el que despierta la muerte; nos acompaña a lo largo de la vida, conforma nuestra sabiduría. Y esto no deja de ser una broma, porque ya nos avisó Epicuro de que la muerte es la nada, el vacío, para cada uno de nosotros. Nadie sabe lo que es morirse en primera persona, nadie tiene experiencia de la muerte. Quizá por eso es tan aleccionador ver la muerte de los demás en televisión, apurar sus detalles, vivir sus uñas. Las antiguas religiones inventaban moradas para los muertos. La industria del miedo diseña moradas de muerte para los vivos.
El miedo es uno de los ejes de la vida contemporánea, compañero fiel del instinto de competencia en la sociedad del desamparo. La política, la economía, las audiencias y cualquier relación humana se tejen hoy con las hebras del miedo.
Nuestro mundo vive en los extremos: o crea burbujas hedonistas de felicidad al margen de la realidad, o convierte la realidad en un desierto de comunidades imposibles gracias al miedo.

Este mundo que ha dejado de ser una ruina para convertirse en un vertedero, es necesario mirar entre los desperdicios en busca de algunas palabras que propicien nuestro propio reciclaje. Que las maltraten y las desgasten las rutinas del poder no justifica que nos permitamos el lujo torpe de prescindir de ellas. Poco a poco, no como quien espera un milagro o una revolución sino como quien se pregunta de un modo más modesto qué hacer, es conveniente empezar por las palabras.
En ocasiones me avergüenza usar la palabra solidaridad. Todas las mezquindades del fariseísmo han caído sobre ella. Sin embargo, frente a la prepotencia del consumo y la lógica de que el cliente siempre tiene razón, debemos recordar que somos vulnerables, que necesitamos de los otros y que los otros necesitan de nosotros, que la razón primera de una comunidad son las debilidades que no pueden resolverse en soledad. Comprender que nos reúne la debilidad es una buena forma de estar precavidos en común ante la soberbia y la tiranía.

La melancolía es peligrosa cuando afirma que cualquier tiempo pasado fue mejor. Renuncia a la promesa estafadora de un paraíso futuro para crear el recuerdo falso de un edén perdido. Existe el peligro de ser fieles a nuestros errores por pura nostalgia. Pero la melancolía puede ser también un estado de ánimo para meditar con voluntad de freno sobre un mundo acelerado que produce inercias autodestructivas. El tiempo del consumo nos convierte a todos en objetos desechables; somos seres humanos que se programan en la obsolescencia, igual que las máquinas.
La tarea de los libros, de las novelas, los poemas, los ensayos, los dramas. Ese es el sentido de la cita con los libros, una diversión para los lectores, pero también un espacio de conciencia, un tiempo de espera, que es siempre un tiempo propio, pero que a la vez pertenece a un deseo de apertura, de conocimiento de lo otro y con lo otro, un ejercicio personal que afirma la mirada, pero quiere ser también independiente de los prejuicios individuales que nos separan de la experiencia de la realidad. No se trata de una melancolía para consolarnos del frío tecnológico, igual que las gentes de ciudad llenan de mascotas sus casas como homenaje al mundo rural del que se han separado. Es más bien una apuesta por un saber democrático en el que formen parte a un tiempo la tecnología y las humanidades, los instrumentos y la conciencia.
Toda la modernidad del mundo acelerado nos devuelve en internet a la pregunta original de una sociedad democrática: ¿cómo mantener a la vez mi libertad individual y mi pertenencia solidaria a una comunidad?.

La reivindicación de la palabra realidad es peligrosa cuando partimos de la conciencia de que no existen verdades esenciales, nos hacemos como personas y el mundo tiene distintas perspectivas, ángulos y circunstancias que matizan la mirada y los sentimientos. Deconstruir la realidad ha sido una de las tareas más entretenidas de la crítica literaria y el pensamiento contemporáneos.
¿Por qué, entonces, defender la palabra realidad? En mi caso, por manía a la tecnocracia.
Esta modernidad de progresos que hoy se llama el futuro sustituye a la ciudadanía por una audiencia de consumidores. Es insostenible, no solo por lo que afecta a los comercios de barrio, sino por la existencia del planeta. Mal vamos si la economía se hace incompatible con la democracia y con la vida. La tentación es pensar que nada tiene arreglo.
El neoliberalismo político es un regreso a la ley de la selva enmascarado de modernidad. Los instintos de supervivencia son reacciones marcadas por la aceleración: no solo definen nuestras costumbres, sino también nuestro concepto de la vida. La idea del tiempo que nos regula impone una sucesión de instantes sin historia, sin sombra para proyectar hacia el futuro, sin compromiso al margen de lo efímero. Por eso los que se van de la lengua se van del tiempo, no tienen que responsabilizarse de sus palabras, de su pasado mañana.
Llama la atención que en nombre de España unos políticos españoles intenten que los jubilados españoles, los enfermos españoles, los alumnos españoles y los desamparados españoles tengan peores servicios. Ese llamativo intento es solo el síntoma de una paradoja que nos está empujando hacia las injusticias peores del pasado por cuestiones profundas que parecen quedar más allá de la política, pero que luego tienen sus efectos. Que los nacionalismos estén brotando en el mundo como vías totalitarias es el gran logro de los que consideran sus patrias como un cortijo supremacista. Las víctimas son invitadas a la servidumbre voluntaria en nombre del desprecio al otro.
El desprestigio público de la política supone nada más y nada menos que el desprestigio público de la única vía que la democracia tiene para regular lo público. Es el deterioro de su propio ser. La corrupción, el sectarismo, las mezquindades internas, el cuanto peor mejor desembocan en sociedades que no pueden confiar en sus instituciones, entendidas también como cortijos por unos poderes económicos que imponen su ley como justicia. El desprecio a la convivencia se apodera del interior de las instituciones democráticas y deja a la política sin su razón de ser.
Más allá de la representación política están las formas de socialización que ha impuesto la telebasura, pero las consecuencias políticas son enormes en un orden consumista de lobos solitarios que, además, tienen motivos para desconfiar del amparo de sus Estados a la hora de regular lo público con voluntad de justicia social.

Devolverles su capacidad de emoción y de verdad a las leyes democráticas, consolidarlas frente a las causas de la indignación efímera, no quebrar los vínculos entre la dignidad del saber y la institución, esas son las tareas que nos reclaman si queremos devolverle un crédito real a la palabra futuro. Los sueños necesitan convertirse en leyes para ser conquistas sociales.
La situación política española, dominada con descaro en los últimos años por la corrupción y el uso partidista de las instituciones, exige más que nunca del compromiso político. La nación necesita no solo que se acabe la impunidad en el mal uso del dinero público, sino que se devuelva a la ciudadanía el ámbito de lo común. Las instituciones públicas no son patrimonio del partido en el gobierno, sino un espacio cívico que no debe ser empleado de manera sectaria.
Me gusta soñar con los ojos abiertos y con los pies en la tierra, otra lección de ese caminante cívico que fue Antonio Machado. Más que quimeras imposibles, busco rutas transitables para avanzar. Me parece que la ilusión vivida por la sociedad española progresista después de la moción de censura tiene motivos para sostenerse. Es un momento en el que se debe cuidar la palabra política, salvarla de los que pretenden despolitizarnos y definir con trampas la libertad de conciencia.
¿Soluciones? Creo que no están en el marco gubernamental, sino en el tejido cívico. El poder corruptor de la mentira no puede combatirse con la falta de libertad. La represión es capaz de dejar sin palabra a un sinvergüenza, pero a costa de abrir otros espacios a la mentira y la injusticia con el sacrificio de la conciencia crítica. Por eso no veo otra salida que la exigencia de la propia responsabilidad profesional de los periodistas. Que su oficio no se convierta en un vertedero es un reto imprescindible para la democracia, es decir, para una sociedad en la que la convivencia dependa de la verdad y de la libertad.
Ahora que nos están convirtiendo a todos en cloaca, quizá sea ingenuo llamar a la decencia profesional. Pero que tengamos la realidad en contra no es un argumento definitivo para olvidarnos de nosotros mismos.

El mundo global ha internacionalizado las imágenes de la pobreza. Miles de personas cruzan los desiertos, desafían los mares, intentan salvar las fronteras para huir de la miseria y la violencia. Los países ricos, causantes en gran medida de la sed y el naufragio de los demás, cierran sus fronteras. Se parecen mucho a las élites económicas del neoliberalismo europeo y norteamericano. Acumulan fortunas con una avaricia desmedida, desarticulan las políticas fiscales y públicas para tener las manos libres en sus negocios y empobrecen a las mayorías sociales de sus países. Con los grandes medios de comunicación y las redes a su servicio, consiguen que estas mayorías empobrecidas busquen apoyo para su quiebra en una identidad cerrada. Necesitados de afecto para sí mismos, renuncian a los valores morales y consideran enemigos a los otros necesitados. Quien posee una manzana teme más al que no tiene ninguna que al que tiene nueve porque le ha robado cuatro.
La corrupción se santifica en el lenguaje cuando la mentira hace costumbre. La corrupción triunfa cuando consigue que llamemos flexibilidad a la liquidación de los derechos laborales o cuando los periódicos hablan de armas inteligentes o de ilegales ahogados en nuestras costas. La barbarie se consagra cuando la palabra ciudadanía, creada para dignificar nuestro amparo social, nuestros derechos y responsabilidades, separa su significado de la realidad de un ser humano, de una niña de siete años muerta por deshidratación en manos del Estado.
Resulta necesario actuar. El ser humano es racional y tiene costumbres porque es un ser de palabras.

Antonio Machado condensó su poética en seis versos:
Tal vez la mano, en sueños,
del sembrador de estrellas,
hizo sonar la música olvidada
como una nota de la lira inmensa,
y la ola humilde a nuestros labios vino
de unas pocas palabras verdaderas.

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An essential book in the days we live and that all Spaniards should read. I have rarely had the opportunity to read something so sincere. The end is a desperate cry to wake up and remove the well-off consciences of democracy.
I liked the pedagogical intention of amending errors that overlap after a misuse of such important words as truth, loneliness, identity … goodness. Despite its subtitle, “the grief of democracy,” the entire book is a plea for democracy.

It is possible that there are other things in the world, but the protagonism now has death. The fundamental fear is what awakens death; accompanies us throughout life, shapes our wisdom. And this is still a joke, because Epicurus already warned us that death is nothing, emptiness, for each one of us. No one knows what it is to die in the first person, no one has experience of death. Perhaps that is why it is so sobering to see the death of others on television, rush their details, live their nails. Ancient religions invented dwellings for the dead. The fear industry designs abodes of death for the living.
Fear is one of the axes of contemporary life, a faithful companion of the competition instinct in the homeless society. Politics, economics, audiences and any human relationship are woven today with the strands of fear.
Our world lives on extremes: either it creates hedonistic bubbles of happiness outside reality, or it turns reality into a desert of impossible communities thanks to fear.

This world that has stopped being a ruin to become a landfill, it is necessary to look through the waste in search of some words that favor our own recycling. That they are mistreated and worn out by the routines of power does not justify allowing us the awkward luxury of dispensing with them. Gradually, not as one who expects a miracle or a revolution but as one who asks in a more modest way what to do, it is convenient to start with words.
Sometimes I am ashamed to use the word solidarity. All the pettiness of Pharisaism has fallen on her. However, in the face of the arrogance of consumption and the logic that the client is always right, we must remember that we are vulnerable, that we need others and that others need us, that the first reason for a community is the weaknesses that They cannot be solved in solitude. Understanding that weakness brings us together is a good way to be cautious in common in the face of pride and tyranny.

Melancholy is dangerous when he says that any past time was better. Renounce the scammer promise of a future paradise to create the false memory of a lost Eden. There is a danger of being faithful to our mistakes out of pure nostalgia. But melancholy can also be a state of mind to meditate with a brake on an accelerated world that produces self-destructive inertia. The time of consumption makes us all disposable objects; We are human beings who are programmed into obsolescence, just like machines.
The task of books, novels, poems, essays, dramas. That is the meaning of the appointment with the books, a fun for the readers, but also a space of consciousness, a waiting time, which is always a time of its own, but at the same time belongs to a desire for openness, knowledge from the other and with the other, a personal exercise that affirms the gaze, but also wants to be independent of the individual prejudices that separate us from the experience of reality. It is not a melancholy to comfort us from the technological cold, just as city people fill their homes with pets as a tribute to the rural world from which they have separated. It is rather a commitment to a democratic knowledge in which technology and the humanities, instruments and conscience are part of at the same time.
All the modernity of the accelerated world returns us on the internet to the original question of a democratic society: how to maintain both my individual freedom and my solidarity with a community ?.

The claim of the word reality is dangerous when we start from the awareness that there are no essential truths, we become like people and the world has different perspectives, angles and circumstances that qualify the look and feelings. Deconstructing reality has been one of the most entertaining tasks of contemporary literary criticism and thinking.
Why, then, defend the word reality? In my case, by mania to technocracy.
This modernity of progress that today is called the future replaces citizenship with a consumer audience. It is unsustainable, not only because of what affects neighborhood businesses, but because of the existence of the planet. We go wrong if the economy becomes incompatible with democracy and with life. The temptation is to think that nothing is fixed.
Political neoliberalism is a return to the jungle law masked by modernity. Survival instincts are reactions marked by acceleration: they not only define our customs, but also our concept of life. The idea of time that regulates us imposes a succession of moments without history, without shadow to project into the future, without compromise outside the ephemeral. That is why those who leave the language leave time, do not have to take responsibility for their words, their past tomorrow.
It is striking that in the name of Spain some Spanish politicians try to make Spanish retirees, Spanish patients, Spanish students and Spanish homeless have worse services. That striking attempt is just the symptom of a paradox that is pushing us into the worst injustices of the past because of deep issues that seem to be beyond politics, but then have their effects. That nationalisms are sprouting in the world as totalitarian routes is the great achievement of those who consider their homelands as a supremacist farmhouse. Victims are invited to voluntary servitude in the name of contempt for the other.
The public discredit of politics means nothing more and nothing less than the public discredit of the only way that democracy has to regulate the public. It is the deterioration of your own being. Corruption, sectarianism, internal meanness, the worse the better result in societies that cannot trust their institutions, also understood as farmhouses by economic powers that impose their law as justice. The contempt for coexistence takes over the interior of democratic institutions and leaves politics without its raison d’etre.
Beyond political representation are the forms of socialization that telebasura has imposed, but the political consequences are enormous in a consumerist order of solitary wolves that, in addition, have reason to distrust the protection of their States when regulating the public With the will of social justice.

Return their capacity for emotion and truth to democratic laws, consolidate them against the causes of ephemeral outrage, not break the links between the dignity of knowledge and the institution, those are the tasks that demand us if we want to give real credit back to The word future. Dreams need to become laws to be social conquests.
The Spanish political situation, dominated with impudence in recent years by corruption and partisan use of institutions, demands more than ever political commitment. The nation needs not only to end impunity in the misuse of public money, but to return to the public the scope of the common. Public institutions are not patrimony of the party in the government, but a civic space that should not be used in a sectarian manner.
I like to dream with my eyes open and with my feet on the ground, another lesson of that civic walker that was Antonio Machado. More than impossible chimeras, I look for walkable routes to advance. It seems to me that the illusion experienced by the progressive Spanish society after the motion of censure has reason to sustain itself. It is a time when the political word must be taken care of, saved from those who intend to depoliticize us and define freedom of conscience with traps.
Solutions? I think they are not in the governmental framework, but in the civic fabric. The corrupting power of lies cannot be fought with the lack of freedom. Repression is able to leave a scoundrel speechless, but at the cost of opening other spaces to lies and injustice with the sacrifice of critical consciousness. That is why I see no other way out than the requirement of journalists’ own professional responsibility. That his trade does not become a landfill is an essential challenge for democracy, that is, for a society in which coexistence depends on truth and freedom.
Now that we are all turning into a sewer, it may be naive to call professional decency. But that we have the reality against it is not a definitive argument to forget ourselves.

The global world has internationalized the images of poverty. Thousands of people cross the deserts, defy the seas, try to save the borders to escape misery and violence. Rich countries, largely responsible for the thirst and shipwreck of others, close their borders. They closely resemble the economic elites of European and North American neoliberalism. They accumulate fortunes with excessive greed, dismantle fiscal and public policies to get their hands free in their businesses and impoverish the social majorities of their countries. With the large media and networks at their service, they get these impoverished majorities to seek support for bankruptcy in a closed identity. In need of affection for themselves, they renounce moral values and consider others in need as enemies. Who owns an apple fears more who has none than he who has nine because he has stolen four.
Corruption is sanctified in language when lies become customary. Corruption triumphs when it makes us call flexibility to liquidate labor rights or when newspapers talk about smart weapons or illegal drowned on our shores. Barbarism is consecrated when the word citizenship, created to dignify our social protection, our rights and responsibilities, separates its meaning from the reality of a human being, of a seven-year-old girl killed by dehydration in the hands of the State.
It is necessary to act. The human being is rational and has customs because he is a being of words.

Antonio Machado condensed his poetry into six verses:
Maybe the hand, in dreams,
of the sower of stars,
he played the forgotten music
like a huge lyre note,
and the humble wave to our lips came
of a few true words.

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