William McKinley. En Los Orígenes Del Expansionismo Estadounidense — Quentin Convard / William McKinley Et La Guerre Hispano-Américaine: Aux Origines De L’expansionnisme Américain (William McKinley And The Spanish American War: The Origins of American Expansionism) by Quentin Convard

Este es un breve libro, interesante. William McKinley es el vigesimoquinto presidente de Estados Unidos. Durante catorce años, es un influyente miembro republicano de la Cámara de los Representantes y, más adelante, se convierte en gobernador de Ohio, de 1892 a 1896. Su presidencia inicia su andadura en 1897, cuando Estados Unidos se ve sumida en una grave crisis económica. Su carrera está marcada por decisiones relacionadas con los derechos de aduana, que desea incrementar para respaldar las industrias del país, y con la conservación del patrón oro en una época en la que muchos defienden el bimetalismo. William McKinley también se reafirma como un hombre de Estado decidido gracias a su política exterior, que acaba con el periodo de aislamiento en el que se encontraba Estados Unidos hasta ese momento. También es el presidente con el que los estadounidenses toman las armas para luchar contra los españoles en Cuba, por lo que libera la isla del yugo de la potencia ibérica. Gracias a las medidas que implementa, lleva al país a una nueva era, la del expansionismo, que sus herederos transforman en imperialismo. En 1900, la crisis ya solo es un mal recuerdo y se gana la guerra de Cuba.

En 1876, William McKinley logra un nuevo éxito en su carrera política gracias a un acontecimiento que le brinda una gran popularidad en el mundo obrero. Ese año, se encarga de la defensa de los mineros del carbón arrestados tras enfrentamientos con esquiroles y obtiene la absolución de todos sus clientes, salvo de uno. Este proceso tiene una gran repercusión y le permite conocer a Marcus Hanna (1837-1904), propietario de la mina y hombre de negocios de Cleveland, que se convertirá de ahí en adelante en uno de sus principales apoyos. Respaldado por su popularidad y por sus nuevos contactos, William McKinley resulta fácilmente elegido en la Cámara de los Representantes en 1877, año en el que se produce la elección de su amigo Rutherford Birchard Hayes como presidente de Estados Unidos.
De manera más general, es un periodo de capitalismo salvaje en el que el empresario se convierte en la figura central, en perjuicio del dueño de plantaciones. El destino, la riqueza y el poder de los magnates como Andrew Carnegie (industrial estadounidense, 1835-1919), John Pierpont Morgan (financiero estadounidense, 1837-1913) o John Davison Rockefeller (industrial estadounidense, 1839-1937) seducen e inspiran a muchos estadounidenses.
Por el contrario, la política exterior interesa poco a la opinión pública. La edad de oro corresponde a un periodo de aislamiento. Estados Unidos, que es una antigua colonia, se muestra reacia a las políticas expansionistas de los países europeos y las condena. Sencillamente, los estadounidenses, orgullosos de su sistema democrático y convencidos de su superioridad, no ven el interés de abandonar su territorio y consideran que es difícil integrar regiones incompatibles con sus ideales. Además, la compra de Alaska a Rusia en 1867 por siete millones de euros marca el final de la dominación continental de Estados Unidos. A partir de ahí, cualquier ampliación territorial tendría que provenir de una conquista marítima.
Así, para los estadounidenses, la aventura se resume a los desafíos de la industrialización y a la fiebre del oro.

El desafío de su mandato se encuentra en la cuestión de la moneda. William McKinley desafía el patrón oro y un bimetalismo a escala internacional, al contrario que los demócratas, que siguen muy aferrados a la plata. No obstante, conservar el bimetalismo en los intercambios internacionales resulta ser un fracaso. Por consiguiente, abandona la acuñación de monedas de plata y únicamente mantiene el patrón oro en el país, lo que trae una cierta prosperidad y acalla las críticas de los defensores del bimetalismo. Además, el descubrimiento de oro en Alaska y en Australia termina por convencer a los escépticos y aumenta la oferta de dinero del país. Sin embargo, William McKinley debe esperar al mes de marzo de 1900 para que se vote el Gold Standard Act (Ley del patrón oro), que correlaciona el dólar con el oro.
Una de las primeras tensiones entre España y Estados Unidos nace con una carta del embajador español, Enrique Dupuy de Lôme (1851-1904), publicada en contra de su voluntad el 9 de febrero de 1898 en el New York Journal. En ella, el diplomático describe al presidente William McKinley como un hombre de Estado débil y cobarde. Esta provocación empieza a avivar las tensiones, pero es la explosión del barco USS Maine en el puerto de La Habana, un accidente que provoca 260 muertos, lo que termina de convencer al presidente para movilizar a sus tropas en Cuba. Sin embargo, se trataría de la explosión de una caldera o de un incidente en el polvorín, pero frente a la cobertura mediática que ofrecen los periódicos favorables a la guerra, la nación se siente atacada y tiene sed de venganza.
La primera reacción del presidente es intentar firmar un armisticio con España el 27 de marzo de 1898 con una reivindicación principal: la independencia de Cuba. Pero los españoles declinan la propuesta estadounidense, por lo que el enfrentamiento se vuelve inevitable. Entonces, el 11 de abril de 1898, William McKinley, convencido de la legitimidad de su país para intervenir, informa al Congreso de que desea enviar fuerzas armadas para liberar Cuba y recibe el respaldo el 19 de abril de 1898. De esta manera, McKinley llama a 125 000 voluntarios el 23 de abril, dos días después de que la flota estadounidense haya procedido al embargo de la isla. Al día siguiente, España declara la guerra a Estados Unidos.
La guerra de Cuba dura tres meses, durante los que las fuerzas estadounidenses logran derrotar a las tropas hispánicas. El 12 de agosto, los españoles aceptan un alto el fuego, lo que pone punto final al conflicto.
En Filipinas se producen otros acontecimientos que convierten la guerra contra España en una cruzada colonial. El 1 de mayo de 1898, el almirante estadounidense Georges Dewey (1837-1917), a la cabeza de siete buques, destruye la flota española en el puerto de Manila. La guerra termina y el mundo de los negocios se interesa por las posibles anexiones de las regiones liberadas. En efecto, Filipinas se presenta como un paraíso y como un elemento central del comercio con China, pero Estados Unidos está dividido sobre la cuestión de la anexión de estos nuevos territorios. Se llega a crear incluso una liga antiimperialismo, que vitupera la política expansionista del presidente republicano. En su opinión, la absorción de estos territorios es incompatible con los principios constitucionales, morales y políticos de Estados Unidos. Pero William McKinley zanja la cuestión y compra Filipinas por 20 millones de dólares a España, que le cede Puerto Rico y la isla de Guam a título de indemnización. Además, se reconoce la independencia de Cuba.
Como demostración del cambio de mentalidad, Estados Unidos también compra Hawái en julio de 1898.

Una vez reelegido, William McKinley inicia un viaje en tren de seis semanas por el país con Ida, su mujer. El 6 de septiembre, mientras está dando un discurso en la exposición panamericana en Buffalo, el anarquista Leon Czolgosz le dispara dos tiros. Uno de los proyectiles resulta desviado por un botón y solo lo roza, pero el segundo alcanza el estómago, el páncreas y un riñón. El tirador es arrestado inmediatamente: se le condena a la silla eléctrica y es ejecutado el 29 de octubre de 1901.

Podemos considerar a William McKinley como el gran olvidado de la historia de los jefes de Estado estadounidenses. Ciertamente, es el presidente más popular en el momento de su asesinato, pero la presidencia brillante y enérgica de Theodore Roosevelt oculta su mandato. Todavía hoy en día los estadounidenses lo ignoran y la opinión popular lo denigra tras la presidencia de su sucesor.
Uno de los mayores éxitos de William McKinley es haber consolidado el Partido Republicano y haberlo estabilizado en el poder durante los siguientes treinta años. El Partido Republicano, que todavía se ve sometido a los avatares del mundo de los negocios y que no cuenta con una directriz firme, se transforma y se refuerza bajo la administración de William McKinley. La prueba es que, más adelante, la mayor parte de sus hombres desempeñan un papel fundamental a la cabeza de las instituciones.
William McKinley impone —bruscamente, dirían sus detractores— a los Estados Unidos en la escena mundial.

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This is a short, interesting book. William McKinley is the 25th President of the United States. For fourteen years, he was an influential Republican member of the House of Representatives, and later became Governor of Ohio from 1892 to 1896. His presidency began in 1897, when the United States was engulfed in serious crisis. economic. His career is marked by decisions related to customs duties, which he wants to increase to support the country’s industries, and with the preservation of the gold standard at a time when many defend bimetallism. William McKinley also reaffirms himself as a determined statesman thanks to his foreign policy, which ends the period of isolation in which the United States was until then. He is also the president with whom the Americans take up arms to fight the Spanish in Cuba, thus freeing the island from the yoke of the Iberian power. Thanks to the measures it implements, it leads the country to a new era, that of expansionism, which its heirs transform into imperialism. In 1900, the crisis is only a bad memory and the Cuban war is won.

In 1876, William McKinley achieved a new success in his political career thanks to an event that gave him great popularity in the working world. That year, he is charged with defending coal miners arrested after clashes with scabs, and acquits all but one of his clients. This process has a great impact and allows him to meet Marcus Hanna (1837-1904), owner of the mine and businessman from Cleveland, who will henceforth become one of his main supporters. Backed by his popularity and his new contacts, William McKinley was easily elected in the House of Representatives in 1877, the year in which the election of his friend Rutherford Birchard Hayes as President of the United States took place.
More generally, it is a period of savage capitalism in which the entrepreneur becomes the central figure, to the detriment of the plantation owner. The destiny, wealth, and power of tycoons like Andrew Carnegie (American industrialist, 1835-1919), John Pierpont Morgan (American financier, 1837-1913), or John Davison Rockefeller (American industrialist, 1839-1937) seduce and inspire many Americans.
On the contrary, foreign policy is of little interest to public opinion. The golden age corresponds to a period of isolation. The United States, which is a former colony, is reluctant and condemns the expansionist policies of European countries. Simply put, Americans, proud of their democratic system and convinced of its superiority, do not see the interest in leaving their territory and consider that it is difficult to integrate regions that are incompatible with their ideals. In addition, the purchase of Alaska from Russia in 1867 for seven million euros marks the end of the continental domination of the United States. From there, any territorial expansion would have to come from a sea conquest.
Thus, for Americans, the adventure is summed up to the challenges of industrialization and the gold rush.

The challenge of his mandate lies in the question of currency. William McKinley challenges the gold standard and bimetallism on an international scale, unlike the Democrats, who remain very attached to silver. However, maintaining bimetallism in international exchanges turns out to be a failure. Consequently, it abandons the minting of silver coins and only maintains the gold standard in the country, which brings a certain prosperity and silences the criticism of the defenders of bimetallism. In addition, the discovery of gold in Alaska and Australia ends up convincing skeptics and increases the country’s money supply. However, William McKinley must wait until March 1900 for the Gold Standard Act to be voted, which correlates the dollar with gold.
One of the first tensions between Spain and the United States arises with a letter from the Spanish ambassador, Enrique Dupuy de Lôme (1851-1904), published against his will on February 9, 1898 in the New York Journal. In it, the diplomat describes President William McKinley as a weak and cowardly statesman. This provocation begins to fuel tensions, but it is the explosion of the USS Maine ship in the port of Havana, an accident that causes 260 deaths, which ends up convincing the president to mobilize his troops in Cuba. However, it would be a boiler explosion or an incident in the powder keg, but faced with the media coverage offered by the pro-war newspapers, the nation feels attacked and thirsts for revenge.
The president’s first reaction is to try to sign an armistice with Spain on March 27, 1898 with a main demand: the independence of Cuba. But the Spanish decline the American proposal, so the confrontation becomes inevitable. Then, on April 11, 1898, William McKinley, convinced of the legitimacy of his country to intervene, informed Congress that he wanted to send armed forces to liberate Cuba and received the support on April 19, 1898. In this way, McKinley He calls 125,000 volunteers on April 23, two days after the US fleet has seized the island. The next day, Spain declares war on the United States.
The Cuban war lasts for three months, during which the US forces manage to defeat the Hispanic troops. On August 12, the Spanish accepted a ceasefire, which put an end to the conflict.
Other events take place in the Philippines that turn the war against Spain into a colonial crusade. On May 1, 1898, the American admiral Georges Dewey (1837-1917), at the head of seven ships, destroyed the Spanish fleet in the port of Manila. The war ends and the business world is interested in the possible annexations of the liberated regions. Indeed, the Philippines is presented as a paradise and as a central element of trade with China, but the United States is divided on the question of the annexation of these new territories. It even went so far as to create an anti-imperialist league, which reviled the expansionist policy of the republican president. In his opinion, the absorption of these territories is incompatible with the constitutional, moral and political principles of the United States. But William McKinley settles the issue and buys the Philippines for $ 20 million from Spain, which he hands over to Puerto Rico and the island of Guam as compensation. In addition, the independence of Cuba is recognized.
As a demonstration of the change in mindset, the United States also purchased Hawaii in July 1898.

Once reelected, William McKinley begins a six-week train journey across the country with his wife, Ida. On September 6, while giving a speech at the Pan American Exposition in Buffalo, anarchist Leon Czolgosz fires two shots at him. One of the shells is deflected by a button and just grazes it, but the second one hits the stomach, pancreas and kidney. The shooter is immediately arrested: he is sentenced to the electric chair and is executed on October 29, 1901.

We can consider William McKinley as the great forgotten in the history of the American heads of state. He is certainly the most popular president at the time of his assassination, but Theodore Roosevelt’s brilliant and energetic presidency hides his mandate. Even today, Americans ignore it and popular opinion denigrates it after the presidency of his successor.
One of William McKinley’s greatest successes is having consolidated the Republican Party and stabilized it in power for the next thirty years. The Republican Party, which is still subject to the vicissitudes of the business world and lacks a firm guideline, is transformed and strengthened under the administration of William McKinley. The proof is that, later on, most of their men play a fundamental role at the head of the institutions.
William McKinley imposes — abruptly, his detractors would say — the United States on the world stage.

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