China — Henry Kissinger / On China by Henry Kissinger

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China, por Henry Kissinger, hay un examen de la historia y la diplomacia chinas, junto con la reciente apertura de la sociedad china a las fuerzas globales y el posterior compromiso de China con la comunidad global. El libro analiza la historia, la política, la diplomacia y la cultura chinas, al tiempo que combina estos temas con la posición geopolítica de China. Kissinger ofrece información sobre este tema debido a las negociaciones de primera mano y la experiencia durante la incursión inicial de China en el alcance diplomático, durante los últimos años del reinado de Mao Zedong sobre la China comunista.
El libro comienza con un examen de la cultura china y cómo se relaciona con la diplomacia internacional. Históricamente, China se ha considerado el centro del universo, en términos de su posición de dominio en Asia. China buscó ordenarse a sí misma y a los estados a lo largo de su periferia, principalmente en términos de geopolítica. Los estados en lugares más extremos, como los reinos indios, los reinos del sudeste asiático y las naciones de la estepa, a menudo estaban más allá del control militar o político directo. China, en cambio, creó un centro radiante de estados, en sistemas de vasallaje cada vez más autónomos. Estados como Corea y el Tíbet a menudo existirían en estados de vasallaje más permanentes, mientras que áreas como las tribus de Kazajstán y Japón podrían pagar una especie de servicio de labios o un pequeño tributo. China, como el único poder en Asia a lo largo de gran parte de la historia, ordenó su universo a su alrededor, con complejas formas de diplomacia ritual, un sistema burocrático fuerte y profesional, y un sentido profundamente arraigado de tradición histórica centrado en los principios del confucianismo que dominan su narrativa cultural
Todo esto cambió con la llegada de las fuerzas europeas. China había sido acosada por invasores extranjeros, como los mongoles y Manchus, por nombrar algunos. Sin embargo, China a menudo venció a estos invasores a través de un proceso de sinicización. Los nuevos imperios eventualmente sucumbirían a las tradiciones chinas, ya que la forma más fácil y eficiente de gobernar las tierras chinas, a menudo mucho más pobladas y sedentarias, era adoptar sus sistemas de gobierno. Esto a menudo condujo a la eventual incorporación de la élite gobernante al sistema cultural chino. Sin embargo, los invasores europeos solo se preocupaban por el comercio y el acceso al mercado, así como por las colonias, y aportaron sus propias visiones universales del mundo basadas en el cristianismo, el celo misionero y la superioridad cultural percibida. Estas normas eran incompatibles con las concepciones chinas existentes del Universo, y un choque era inevitable. China había pasado por períodos de agitación, colapso y decadencia antes, y tenía una tradición de superación. Sin embargo, las invasiones posteriores de China por parte de británicos, franceses y japoneses trastornaron la hegemonía de China en Asia y desafiaron su concepto del Universo. China necesitaba adaptarse, y de alguna manera lo hizo.
Esto ocurrió debido al colapso de la dinastía Qing en 1911, la última dinastía imperial de China. A partir de ese momento, un gobierno nacionalista y luego comunista controlaba China, ambos estados cuasi dictatoriales alineados con Occidente (nacionalista) o con la URSS (comunista). Los comunistas finalmente tomaron el poder en 1949, formando el gobierno que controla a China hasta nuestros días. Aun así, la composición del sistema de gobierno moderno de China ha sufrido muchos cambios desde entonces. Mao Zedong gobernó sobre la China comunista primitiva con un puño de hierro, casi como un nuevo emperador. Intentó reordenar a la sociedad china lejos de su pasado tradicional de Confucio. Esto se hizo a través de la realineación, la interrupción y la destrucción de la burocracia mandarina, y una reorganización del sistema agrícola tradicional de China. Estas políticas fueron a menudo violentamente destructivas y más a menudo reductivas. Millones murieron en las subsiguientes hambrunas de China, y muchos expertos técnicos y políticos destacados fueron depurados del Partido Comunista durante la Revolución Cultural.

Sin embargo, un cambio que China hizo bajo Mao fue su lenta reorientación lejos de la URSS. China y la URSS tuvieron una relación difícil desde el principio: fricciones territoriales históricas a lo largo de la frontera porosa y compartida, unidas a la animosidad histórica de los reclamos coloniales tradicionales de Rusia sobre Manchuria, Xinjiang y Port Arthur, que superaron las similitudes ideológicas entre los dos gigantes comunistas. China ofreció su tiempo, y Mao sostuvo a Stalin en algún aspecto. Mao envió tropas a Corea, por ejemplo, después de un baile diplomático rocoso entre los dos estados. Sin embargo, después de la muerte de Stalin, la relación entre China y la URSS comenzó a deteriorarse. En el papel, los dos eran aliados militares, sin embargo, en la práctica se enfrentaban a lo largo de las zonas fronterizas por disputas territoriales. De este modo, China buscó cubrir sus alianzas y poner fin a su relativo aislamiento en la diplomacia global. Estados Unidos fue la elección natural; y Estados Unidos también estaba interesado en cortejar a China. Una interrupción del bloque comunista sería ideal, y el presidente Nixon buscaba acabar con la guerra de Vietnam y buscaba la neutralidad de China.

En primer lugar, los aspectos humorísticos del libro:
1. ¡Mira la portada en sí! El nombre de Kissinger parece un poco más grande que el título real.
2. Una cantidad desproporcionada de las fotos muestran al distinguido autor. «Aquí está el autor hablando con X», «Aquí está el autor hablando con ‘Y’ y mi favorito», aquí está el autor jugando ping-pong con uno de sus ayudantes. «Bueno, supongo que eres un tipo normal después ¡todas!

Entonces, Kissinger está a la altura de su reputación de ser algo importante.
Con eso fuera del camino, el libro tiene una serie de puntos fuertes:
1. Kissinger es un escritor atractivo. El libro es fácil de leer.
2. Desde mediados de los 60 hasta hoy, sus relaciones personales / profesionales con muchos de los líderes chinos le dan una visión y autoridad únicas para hablar sobre los problemas que enfrentan China y los Estados Unidos.
3. Para alguien como yo (básicamente desinformado sobre China), el libro es informativo e iluminador.
4. No llamaría a Kissinger un apologista por el punto de vista chino, pero él hace un trabajo sólido al dar la perspectiva china sobre varios eventos y problemas.

Las debilidades:
1. En la tradición típica china, el libro es muy lento para llegar a un lugar «decisivo». Él cree en el diálogo continuo, las negociaciones, etc., pero ¿quién no? Tiene un gran poder explicativo, pero hace poco para avanzar en su propia síntesis.
2. Parece ir muy fácil con Mao. No pongo a Mao en el nivel de los peores autócratas del siglo XX, como Hitler, Stalin y Pol Pot. Pero eso no dice mucho. Kissinger siempre se refiere casi indirectamente a las turbulencias y atrocidades del gobierno de Mao.

Esto me hizo preguntarme qué estaba haciendo, y luego tuve una idea. Quizás Kissinger concibió este libro no tanto como una discusión, sino como una última misión diplomática. El libro funciona como debería hacerlo un diplomático: atractivo, cuidadoso, no ofender a ninguna de las partes, centrarse en el diálogo, etc.
De ser cierto, eso resumiría tanto las fortalezas como las debilidades del libro.
Kissinger detalla las negociaciones en profundidad, incluidos los principales puntos de vista chinos y estadounidenses, así como algunos de los personajes involucrados. Kissinger luego ofrece un breve análisis de la era Deng Xiaoping, en términos de la apertura de China en términos de sus interacciones globales, el lento reconocimiento de la República Popular China como el principal gobierno chino, el desarrollo de China y la Plaza Tiananmen incidente. Una pequeña sección está dedicada a la creciente rivalidad con los EE. UU. En términos de la postura cada vez más asertiva de la política exterior de China en términos de reclamos territoriales, participación económica global y erosión de las prácticas hegemónicas de los EE. UU. Kissinger ha escrito un libro convincente e interesante sobre China, y este es ciertamente un punto de vista importante para leer y considerar. Recomendado para los observadores de China, los interesados en los eventos actuales y los fanáticos de la historia y la política.

China se ha convertido en una superpotencia económica y en un importante factor en la configuración del orden político mundial. Estados Unidos se ha impuesto en la guerra fría. La relación entre China y Estados Unidos ha pasado a ser un elemento clave en la meta de la paz y el bienestar mundial.
Ocho presidentes de Estados Unidos y cuatro generaciones de dirigentes chinos han llevado esta delicada relación con una gran coherencia, teniendo en cuenta las diferencias en los puntos de partida. Ni una parte ni otra ha permitido que sus respectivos legados históricos o sus diferentes concepciones del orden interno interfieran en su relación, básicamente colaboradora.
Ha sido un camino complejo, pues ambas sociedades consideran que representan valores únicos. La excepcionalidad estadounidense es propagandista. Mantiene que este país tiene la obligación de difundir sus valores por todo el mundo. La excepcionalidad china es cultural. China no hace proselitismo; no reivindica que sus instituciones tengan validez fuera de China. Sin embargo, el país es el heredero de la tradición del Reino Medio, que clasificó de manera formal el resto de los estados en distintos niveles tributarios basándose en su aproximación a las formas culturales y políticas chinas; en otras palabras, aplicó un tipo de universalidad cultural.

La planificación de un ataque se encontraba en la base de los elementos básicos perfilados por Mao. Semanas más tarde, la ofensiva se llevó a cabo casi al pie de la letra como la había descrito él: China dio un golpe súbito y demoledor a las posiciones indias y se replegó inmediatamente hacia la línea de control anterior; llegó incluso a devolver el armamento pesado capturado a los indios.
En otro país resultaría inconcebible que hoy en día un dirigente pusiera en marcha una iniciativa nacional de esta envergadura invocando unos principios estratégicos de un acontecimiento ocurrido un milenio antes, y que esperara que sus socios comprendieran el significado de las alusiones. Pero China es singular. No existe otro país que pueda reivindicar una civilización tan continuada en el tiempo, ni un vínculo tan estrecho con su antiguo pasado y con los principios clásicos de la estrategia y la habilidad política.
La cosmología tradicional se mantuvo en este país a pesar de las catástrofes y los largos períodos de declive político, que en ocasiones duraron siglos. Incluso cuando China quedó debilitada o dividida, su centralidad continuó siendo la piedra de toque de la legitimidad regional; distintos aspirantes, chinos o extranjeros, compitieron por unificar o conquistar el país y luego gobernaron desde la capital sin cuestionar la premisa básica de que era el centro del universo. Mientras otros países recibían el nombre de algún grupo étnico o a partir de una referencia geográfica, China se autodenominó zhongguo: el «Reino Medio» o el «País Central». Quien pretenda comprender la diplomacia china del siglo XX o su papel en el mundo en el siglo XXI tiene que empezar —aunque sea a costa de una posible simplificación excesiva— valorando básicamente el contexto tradicional.

Las sociedades y las naciones tienden a considerarse eternas. Por otra parte, valoran una historia que hable de sus orígenes. China tiene un rasgo característico: no parece poseer principio. En la historia aparece más como fenómeno natural permanente que como Estado-nación convencional. En la narración sobre el Emperador Amarillo, venerado por tantos chinos como legendario fundador, se tiene la sensación de que China ya existía. Cuando el Emperador Amarillo apareció en la mitología, la civilización china ya se encontraba sumida en el caos. Los príncipes en pugna se hostigaban entre sí y hacían también lo propio con el pueblo, al tiempo que un dirigente debilitado se veía incapaz de mantener el poder. Impusieron, sin embargo, el nuevo héroe, que reclutó un ejército, pacificó el reino y fue aclamado como emperador.
Las reivindicaciones territoriales del Imperio chino tenían su límite en las orillas de los mares que lo bañaban. Ya en la dinastía Song (960-1279), China se situaba a la cabeza del mundo en tecnología náutica; sus flotas podían haber llevado el imperio a una era de conquista y exploración. No obstante, China no se hizo con ninguna colonia y mostró relativamente poco interés por los países de ultramar. No vio motivos para aventurarse hacia el exterior para convertir a los bárbaros a los principios del confucianismo o a las virtudes budistas. Cuando los conquistadores mongoles se apropiaron de la flota Song y de sus hábiles capitanes, organizaron dos intentos de invasión en tierras japonesas. Ambos fracasaron por las inclemencias del tiempo: el kamikaze (o «viento divino») de la tradición japonesa. Pero cuando se derrumbó la dinastía mongol, no volvió a intentarse expedición alguna, a pesar de que hubiera tenido viabilidad técnica. Jamás un dirigente chino esgrimió una razón para el control del archipiélago japonés.
Sin embargo, en los primeros años de la dinastía Ming, entre 1405 y 1433, China abordó una de las empresas navales más notables y misteriosas de toda la historia: el almirante Zheng He emprendió viaje con unas flotas compuestas por «barcos del tesoro», tecnológicamente sin precedentes, hacia lejanos destinos como Java, la India, el Cuerno de África y el estrecho de Ormuz. En la época de los viajes de Zheng no había empezado todavía la era de los exploradores europeos. La flota china poseía lo que se podría considerar una ventaja tecnológica insalvable: superaba en tamaño, perfección y número de navíos la Armada española (que tardaría aún ciento cincuenta años en surcar los mares).
China conocía, por supuesto, diferentes sociedades situadas en su periferia, como Corea, Vietnam, Tailandia, Birmania; pero los chinos consideraban que China era el centro del mundo, el «Reino Medio», y que las demás sociedades eran distintos niveles de este. Según su concepción, un gran número de estados inferiores, imbuidos de la cultura china, que pagaban tributo a la grandeza de este país, constituían el orden natural del universo. Las fronteras entre China y los pueblos colindantes no eran tanto demarcaciones políticas y territoriales como hechos culturales diferenciados. La irradiación de la cultura china hacia el exterior, en dirección al este de Asia, llevó a Lucian Pye, politólogo estadounidense, a comentar con gran acierto que en la era moderna China era todavía una «civilización que pretende ser un Estado-nación».

Confucio predicó un credo social jerárquico: el deber fundamental radicaba en «que cada cual conociera su lugar». El orden confuciano brindaba a sus adeptos la inspiración del servicio en busca de una mayor armonía. A diferencia de los profetas de las religiones monoteístas, Confucio no hacía sermones sobre la teleología de la historia que pone el énfasis en la redención personal. Su filosofía buscaba la redención del Estado por medio de la rectitud en el comportamiento individual. Su pensamiento, orientado hacia este mundo, ratificaba un código de conducta social y no una guía para después de la muerte.
Confucio situaba en la cumbre del orden chino al emperador, una figura sin parangón en la experiencia occidental. Combinaba las afirmaciones del orden social espirituales y seculares. El emperador chino era al mismo tiempo un dirigente político y un concepto metafísico. En su función política, se concebía al emperador como el soberano supremo de la humanidad; el emperador de la humanidad, situado por encima de una jerarquía política mundana que reflejaba la estructura social jerárquica china de Confucio. El protocolo chino insistía en reconocer su supremacía a través del kowtow, el acto de postración completa en el que la frente toca el suelo tres veces en cada postración.
La segunda función, metafísica, del emperador, era su condición de «Hijo del Cielo», el intermediario simbólico entre el cielo, la tierra y la humanidad. Este papel implicaba también una obligación moral por parte del emperador. A través de la conducta humanitaria, el cumplimiento de los rituales correctos y algún castigo severo, se veía al emperador como el eje de la «Gran Armonía» de todas las cosas grandes y pequeñas. Si el emperador se apartaba de la senda de la virtud, Todo bajo el Cielo quedaría sumido en el caos. Incluso las catástrofes naturales podían significar que la discordia acechaba el universo. Entonces se podía considerar que la dinastía existente había perdido el «Mandato Celestial» mediante el cual poseía el derecho a gobernar: a partir de ahí estallarían rebeliones y una nueva dinastía restablecería la Gran Armonía del universo.

Así pues, el planteamiento chino sobre el orden mundial difería mucho del que había imperado en Occidente. La concepción occidental moderna de las relaciones internacionales surgió en los siglos XVI y XVII, cuando se desintegró la estructura medieval de Europa y se formó un grupo de estados con un poder similar, y la Iglesia católica se dividió en distintas denominaciones. La diplomacia del equilibrio de poder no era tanto una opción como algo inevitable. Ningún Estado tenía suficiente fuerza para imponer su voluntad; ninguna religión mantenía una autoridad que le aseguraba la universalidad. La idea de soberanía y de igualdad legal de los estados se convirtió en la base de la legislación y de la diplomacia internacionales.
China, en cambio, nunca mantuvo un contacto continuo con otro país sobre la base de la igualdad por la simple razón de que en ningún momento coincidió con otra sociedad de cultura o magnitud comparables. El hecho de que el Imperio chino descollara sobre su esfera geográfica se consideraba prácticamente una ley de la naturaleza, una expresión del Mandato Celestial. Para los emperadores chinos, el mandato no suponía necesariamente una relación de confrontación con los pueblos colindantes; era preferible que no fuera así. Al igual que Estados Unidos, China consideraba que ejercía una función especial.

El momento culminante de la dinastía Qing fue también crucial en su destino. La riqueza y la importancia de China atrajo la atención de los imperios occidentales y de las empresas comerciales que operaban lejos de los límites del sistema conceptual del orden tradicional del mundo chino. Por primera vez en su historia, China se enfrentó a unos «bárbaros» que ya no pretendían desplazar a la dinastía china y hacerse con el Mandato Celestial; lo que proponían, en cambio, era cambiar el sistema sinocéntrico por una visión completamente distinta del orden mundial, con libre comercio en lugar de tributo, embajadas permanentes en la capital de China y un sistema de intercambio diplomático en el que no se hiciera referencia a los jefes de Estado que no fueran chinos llamándoles «bárbaros honorables» que tuvieran que jurar lealtad a su emperador en Pekín.
Sin el conocimiento de las élites chinas, estas sociedades extranjeras crearon unos nuevos métodos industriales y científicos que, por primera vez en siglos —o tal vez en la historia—, superaron los del propio país. La máquina de vapor, el ferrocarril y los nuevos métodos de fabricación y formación de capital permitieron dar pasos de gigante en la productividad.
Las potencias industriales occidentales en auge no podían seguir tolerando un sistema que las llamaba «bárbaras», que pretendía que presentaran «tributo» o las obligaba a ceñirse a un comercio regulado estrictamente por temporadas en una única ciudad portuaria. Por otra parte, los chinos empezaban a mostrarse dispuestos a hacer unas limitadas concesiones a las ansias de «beneficios» (un concepto algo inmoral según el pensamiento confuciano) de los mercaderes occidentales; sin embargo, quedaron consternados cuando los enviados occidentales sugirieron que China podía ser simplemente un Estado entre tantos, o que tendría que vivir en contacto diario y permanente con los enviados bárbaros en la capital de su imperio.
Desde la perspectiva actual, los enviados occidentales no hicieron ninguna propuesta inicial que pudiera considerarse especialmente vergonzosa si nos atenemos a las normas de Occidente: los objetivos del libre comercio, los contactos diplomáticos regulares y las embajadas permanentes hoy en día hieren pocas sensibilidades; al contrario, se consideran un modelo común en la práctica de la diplomacia. No obstante, el enfrentamiento definitivo se produjo a raíz de uno de los aspectos más bochornosos de la intrusión occidental: la insistencia en la importación ilimitada de opio a China.

La corte Qing debatió la legalización del opio y la administración de su venta; por fin decidió tomar medidas drásticas y erradicar de una vez por todas este comercio. En 1839, Pekín envió a Lin Zexu, funcionario de probada competencia, a cortar el comercio en Cantón y a obligar a los mercaderes occidentales a acatar la prohibición oficial. Lin, un mandarín confuciano tradicional, abordó el problema como hubiera hecho con cualquier problema bárbaro especialmente pertinaz: combinando la fuerza y la persuasión moral. A su llegada a Cantón, pidió a las misiones comerciales occidentales que entregaran los arcones de opio para su destrucción. Cuando la iniciativa fracasó, encerró a todos los extranjeros —incluyendo a los que no tenían nada que ver con el comercio del opio— en sus factorías y les anunció que no los soltaría hasta que abandonaran el contrabando.
Acto seguido, Lin envió una carta a la reina Victoria elogiando, con la deferencia que le permitía el protocolo tradicional, «la cortesía y la sumisión» de sus predecesores al enviar «tributo» a China. El punto crucial de la carta era la petición de que ella misma se ocupara de la erradicación del opio de los territorios indios de Gran Bretaña.
La Corte Celestial había comprendido la inferioridad militar de China, pero aún no conocía un método adecuado para solucionar la cuestión. De entrada aplicó los métodos tradicionales de trato con los bárbaros. La derrota no era algo nuevo en la larga historia de China. Los dirigentes de este país la habían abordado mediante los cinco cebos que se describen en el capítulo anterior. Establecieron las características comunes de tales invasores: el deseo de adquirir la cultura china y el interés por establecerse en suelo chino y asumir su civilización. Por consiguiente, podían irse amansando poco a poco con los mismos métodos psicológicos adoptados por el príncipe Qiying y, con el tiempo, pasar a formar parte de la vida china.
Pero los invasores europeos no tenían estas aspiraciones, ni tampoco unos objetivos limitados. Se consideraban sociedades más avanzadas y pretendían explotar China para obtener unos beneficios económicos, pero no adoptar su estilo de vida. Así pues, las demandas de estos países quedaban limitadas tan solo por sus recursos y por su avidez. Las relaciones personales no podían ser decisivas, pues los jefes de los invasores no vivían cerca, sino a miles de kilómetros, donde seguían unas motivaciones que no se ajustaban a la sutileza y al proceder indirecto de la estrategia de Qiying.
En el curso de diez años, el Reino Medio pasó de la preeminencia a convertirse en objetivo de las potencias coloniales enfrentadas. Situada entre dos eras y dos concepciones distintas de las relaciones internacionales, China luchó por conseguir una nueva identidad y, sobre todo, por conciliar los valores que habían marcado su grandeza con la tecnología y el comercio en los que tendría que basar su seguridad.

China no sobrevivió cuatro mil años como civilización única y dos milenios como Estado unido manteniéndose pasiva a unas invasiones extranjeras casi incesantes. Durante todo este período, los conquistadores se vieron obligados o bien a adoptar la cultura china, o a quedar poco a poco absorbidos por sus súbditos, que actuaron a base de paciencia. Llegaba otro período de prueba.
Después del conflicto de 1860, el emperador y la facción de la corte que había exhortado a la resistencia contra la misión británica abandonaron la capital. Quien asumió de facto la función gubernamental fue el príncipe Gong, hermanastro del emperador.
La restauración Meiji y la inclinación por el dominio de la tecnología occidental abrió la puerta para que Japón iniciara un impresionante progreso económico. Mientras el país desarrollaba una economía moderna y un extraordinario aparato militar, empezó a incidir en las prerrogativas concedidas a las grandes potencias occidentales. Su élite gobernante concluía, en palabras de Shimazu Nariakira, noble del siglo XIX y principal defensor de la innovación tecnológica: «Si tomamos la iniciativa, dominaremos; si no, nos dominarán».38
Ya en 1863, Li Hongzhang llegó a la conclusión de que Japón iba a convertirse en la principal amenaza para la seguridad de China. Antes de la restauración Meiji, Li hablaba de la respuesta japonesa al desafío occidental. En 1874, después de que Japón sacara partido a un incidente entre miembros de una tribu taiwanesa y unos marineros náufragos de las islas Ryukyu.
China se unía de nuevo bajo la recientemente proclamada República Popular de China. La China comunista se lanzó hacia un nuevo mundo: en estructura, una nueva dinastía; en esencia, una nueva ideología por primera vez en la historia del país. En el ámbito estratégico, lindaba con doce vecinos, con fronteras abiertas y medios precarios para enfrentarse simultáneamente a cada una de las posibles amenazas: el mismo desafío al que se habían enfrentado todos los gobiernos chinos a lo largo de la historia. Y por encima de todos estos problemas, los nuevos dirigentes del país toparon con la implicación en los asuntos asiáticos de Estados Unidos, que había salido de la Segunda Guerra Mundial convertida en una superpotencia, que se replanteaba lo de la pasividad ante la victoria comunista en la guerra civil china. Todos los estadistas tienen que sopesar la experiencia del pasado y las reivindicaciones del futuro. En ninguna parte se veía esto tan claro como en la China que empezaban a controlar Mao y el Partido Comunista.

Una mezcla ambivalente de fe en el pueblo chino y de menosprecio por sus tradiciones permitió a Mao echar un extraordinario pulso: una sociedad empobrecida, que acababa de ganar una guerra civil, se fue desmembrando a intervalos cada vez más cortos y, durante el proceso, libró batallas contra Estados Unidos y la India; desafió a la Unión Soviética, y restableció las fronteras del Estado chino hasta prácticamente su máxima extensión histórica.
El país despuntó en un mundo dominado por dos superpotencias nucleares y, a pesar de su insistente propaganda comunista, consiguió situarse como elemento geopolítico «libre» en la guerra fría. Pese a su relativa debilidad, desempeñó una función totalmente independiente y de gran influencia. China pasó de las relaciones hostiles a establecer casi una alianza con Estados Unidos y en sentido contrario con la Unión Soviética: de la alianza a la confrontación. Tal vez lo más destacable sea que China finalmente rompió con la Unión Soviética y se sumó al bando «ganador» de la guerra fría.
Aun así, con todos sus éxitos, la insistencia de Mao en dar la vuelta al antiguo sistema no pudo dejar atrás el ritmo eterno de la vida china. Cuarenta años después de su muerte, tras una travesía impetuosa, violenta y dramática, sus sucesores describieron de nuevo como confuciana su sociedad cada vez más acomodada. En 2011 se colocó una estatua de Confucio en la plaza de Tiananmen, visible desde el mausoleo de Mao, la otra personalidad también venerada. Solo un pueblo con el aguante y la paciencia del chino podía salir unificado y con más dinamismo después de tantos altibajos en su historia.

En su primer cometido importante en política exterior, Mao Zedong viajó a Moscú el 16 de diciembre de 1949, apenas dos meses después de haberse proclamado la República Popular de China. Era el primer viaje que emprendía fuera de su país. Tenía la intención de crear una alianza con la Unión Soviética, la superpotencia comunista. Sin embargo, el encuentro fue el inicio de una serie de pasos que iban a culminar en la transformación de la ansiada alianza en una diplomacia triangular en la que participarían Estados Unidos, China y la Unión Soviética, en una dinámica de maniobra y enfrentamiento cíclicos.
A partir de la retirada de las fuerzas estadounidenses de Corea del Sur en junio de 1949, Kim Il-sung intentó durante 1949 y 1950 convencer a Stalin y a Mao para que dieran su aprobación a una invasión de gran envergadura del Sur. Ambos rechazaron de entrada la propuesta. Durante la visita de Mao a Moscú, Stalin le pidió al dirigente chino su opinión sobre una invasión de este orden, y Mao, aunque favorable al objetivo, consideró que el riesgo de la intervención estadounidense era excesivamente elevado.20 Creía que debía aplazarse cualquier plan de conquista de Corea del Sur hasta que hubiera concluido la guerra civil china con la toma de Taiwan.
Fue precisamente este objetivo chino el que proporcionó uno de los incentivos al proyecto de Kim Il-sung. Por más ambiguas que fueran las declaraciones de Estados Unidos, Kim Il-sung estaba convencido de que este país no aceptaría dos conquistas militares comunistas. Así pues, quiso lograr su meta en Corea del Sur antes de que Washington se lo pensara mejor en caso de que China lograra la ocupación de Taiwan.
Unos meses después, en abril de 1950, Stalin cambió de postura.
Las consecuencias del liderazgo soviético fueron las opuestas a lo que Mao pretendía. Lejos de abandonar la política de coexistencia pacífica, Moscú se atemorizó ante la retórica de Mao y se inquietó ante su arriesgada política nuclear, la repetición de los posibles efectos nucleares de una guerra nuclear de cara al socialismo mundial y el hecho de no haber establecido consultas con Moscú. Una vez finalizada la crisis, Moscú cortó la cooperación nuclear con Pekín y en junio de 1959 se desdijo de su compromiso de proporcionar a China un prototipo de bomba atómica. En 1960, Jruschov retiró los técnicos rusos de China y suprimió todos los planes de ayuda comentando: «No podíamos quedarnos allí sin más, permitiendo que nuestros mejores especialistas —personas que han recibido formación en nuestros sectores agrícolas e industriales— se sintieran acosados cuando en realidad estaban colaborando».
En el ámbito internacional, Mao obtuvo otra demostración de la respuesta impulsiva de China ante las amenazas contra su seguridad nacional y su integridad territorial. Aquello frenaría cualquier intento de los países vecinos de China de explotar la agitación interior en la que Mao iba a sumir a su sociedad. Pero se inició al mismo tiempo un proceso de aislamiento progresivo que llevaría a Mao a replantearse diez años después su política exterior.

Durante los diez primeros años de la existencia de la República Popular de China, sus inflexibles mandatarios dirigieron el deteriorado imperio que habían conquistado y lo convirtieron en una importante potencia internacional. La segunda década se caracterizó por el intento de Mao de acelerar en el país la revolución permanente. El motor de dicha revolución era la máxima maoísta de que la fuerza moral e ideológica llevaba a superar las limitaciones físicas. La década empezó y terminó en medio de la agitación interior creada por los propios líderes chinos. Tan amplia fue la crisis que China se aisló del resto del mundo; todos sus diplomáticos fueron llamados a Pekín. La estructura del país sufrió dos revisiones completas: en primer lugar, la economía, con el Gran Salto Adelante a comienzos de la década; y en segundo lugar, el orden social, con la Revolución Cultural al final. Cuando Mao notó que se desafiaban los intereses nacionales, en medio de las tribulaciones autoimpuestas, China volvió a ponerse de pie para iniciar la guerra en su frontera occidental más remota, en el inhóspito país del Himalaya.
La dirección de la política china en el futuro sería guiada por la ideología y el interés nacional. Lo que consiguió la apertura hacia China fue la oportunidad de aumentar la colaboración en los casos en los que los intereses eran compatibles y moderar las diferencias existentes. En el momento del acercamiento, la amenaza soviética había proporcionado el impulso, pero existía el reto más profundo de creer en la colaboración a lo largo de los años para que una nueva generación de dirigentes se sintiera motivada por las mismas necesidades. Por otra parte, había que fomentar el mismo tipo de evolución en la parte estadounidense. La recompensa de la aproximación entre China y Estados Unidos no sería una situación de amistad eterna o una armonía en los valores, sino un reajuste en el equilibrio mundial que exigiría un cuidado constante y que tal vez, con el tiempo, reportaría un mayor equilibrio en los principios.
En este proceso, cada parte sería el guardián de sus propios intereses. Y cada cual intentaría utilizar al otro como elemento de presión en sus relaciones con Moscú. Mao nunca se cansó de insistir en que el mundo no iba a permanecer estático, en que la contradicción y el desequilibrio eran leyes de la naturaleza. Sobre este punto de vista, el Partido Comunista de China publicó un documento en el que describía la visita de Nixon como un ejemplo de la «utilización de las contradicciones, la división de los enemigos y el realce del propio papel de China».
El viaje secreto a China restableció la relación chino-estadounidense. Con la visita de Nixon se inició un período de colaboración estratégica. Pero si bien fueron surgiendo los principios de esta colaboración, quedó por establecer el marco en el que tenían que aplicarse. El redactado del comunicado de Shanghai implicaba un tipo de alianza. La realidad de la independencia de China dificultó la relación entre la forma y el contenido.
Las alianzas han existido desde que la historia guarda constancia de los asuntos internacionales. A lo largo del tiempo, se han creado por distintas razones: para aunar las fuerzas de los diferentes aliados; para conseguir la obligación de la asistencia mutua; para proporcionar un elemento disuasivo más allá de las consideraciones tácticas del momento. Las relaciones entre China y Estados Unidos, no obstante, tenían una característica especial: sus componentes pretendían coordinar las acciones sin establecer una obligación formal para ello.
¿Algún día los intereses de las dos partes podrían llegar a coincidir del todo? ¿Serían capaces de apartarse lo suficiente de sus ideologías imperantes para evitar el malestar de las emociones encontradas? La visita de Nixon a China había abierto la puerta para abordar estos retos.

El viaje secreto a China restableció la relación chino-estadounidense. Con la visita de Nixon se inició un período de colaboración estratégica. Pero si bien fueron surgiendo los principios de esta colaboración, quedó por establecer el marco en el que tenían que aplicarse. El redactado del comunicado de Shanghai implicaba un tipo de alianza. La realidad de la independencia de China dificultó la relación entre la forma y el contenido.
Las alianzas han existido desde que la historia guarda constancia de los asuntos internacionales. A lo largo del tiempo, se han creado por distintas razones: para aunar las fuerzas de los diferentes aliados; para conseguir la obligación de la asistencia mutua; para proporcionar un elemento disuasivo más allá de las consideraciones tácticas del momento. Las relaciones entre China y Estados Unidos, no obstante, tenían una característica especial: sus componentes pretendían coordinar las acciones sin establecer una obligación formal para ello.

China, por su parte, reforzaba su posición en el Tercer Mundo, manteniéndose al margen y, hasta cierto punto, en contra de las dos superpotencias: «Las principales fuerzas que hacen peligrar hoy en día la coexistencia pacífica entre los países son el imperialismo, la hegemonía y el colonialismo. […] Los pueblos del mundo tienen la importante tarea de oponerse a la hegemonía y defender la paz mundial».
En efecto, China reivindicaba una talla moral única como la potencia «neutral» de mayor envergadura y se situaba por encima de las disputas entre las superpotencias.

Después de Tiananmen, las relaciones chino-estadounidenses volvieron prácticamente a su punto de partida. En 1971-1972, Estados Unidos quiso acercarse a China; luego, en las fases finales de la Revolución Cultural, se convenció de que la relación con este país era básica para el establecimiento de un orden internacional pacífico y superó las reservas sobre el gobierno radical chino. Llegó el momento en que Estados Unidos había impuesto sanciones a China y en el que el disidente Fang Lizhi se había refugiado en la embajada estadounidense de Pekín. En todo el mundo se estaban imponiendo las instituciones democráticas liberales y la reforma de la estructura interior china se convirtió en un destacado objetivo político para Estados Unidos.

Por parte estadounidense, el reto consistía en encontrar una vía a través de una serie de valoraciones encontradas. ¿China era un socio o un adversario? ¿El futuro estaría marcado por la colaboración o la confrontación? ¿Estados Unidos tenía la misión de propagar la democracia en China o de colaborar con China para crear un mundo más pacífico? ¿Quizá podría conseguirse lo uno y lo otro?
Ambas partes se han visto obligadas desde entonces a superar sus ambigüedades internas y a definir de nuevo la auténtica naturaleza de su relación.

El fin de la presidencia de Jiang Zemin marcó un hito en las relaciones chino-estadounidenses. Jiang fue el último presidente con el que el principal tema de diálogo en los contactos entre ambos países fueron las relaciones en sí. Después, las dos partes fusionaron, si no sus convicciones, su práctica en un modelo de coexistencia de colaboración. China y Estados Unidos no han vuelto a tener un adversario común, pero tampoco han desarrollado hasta hoy una idea conjunta del orden mundial. Las amables reflexiones de Jiang en la larga conversación que tuve con él, descrita en el último capítulo, ilustran la nueva realidad: Estados Unidos y China intuían que se necesitaban mutuamente porque los dos países tenían una envergadura excesiva para ser dominados, eran demasiado especiales para transformarse y demasiado útiles el uno para el otro para poderse permitir el aislamiento. Por otra parte, ¿eran alcanzables sus objetivos comunes? ¿Y con qué fin?
El nuevo milenio marcó el inicio simbólico de una nueva relación. Una nueva generación de líderes había llegado al poder en China y en Estados Unidos: en China, una «cuarta generación» encabezada por el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao; en Estados Unidos, las administraciones dirigidas por los presidentes George W. Bush y, a partir de 2009, Barack Obama. Las dos partes mostraban una actitud ambigua respecto a la agitación de las décadas precedentes.
Hu y Wen aportaron una insólita perspectiva a la empresa de gestionar el desarrollo de su país y definir su papel en el mundo. Constituían la primera generación de altos mandos sin experiencia personal sobre la revolución, eran los primeros líderes del período comunista que tomaban posesión de su cargo a través de procesos constitucionales, y los primeros que asumían puestos de responsabilidad nacional en una China que despuntaba definitivamente como gran potencia.

El enfrentamiento de China con el sistema internacional moderno, configurado por Occidente, ha generado en las élites de este país una tendencia especial a debatir —con especial meticulosidad y habilidad analítica— su destino nacional y la estrategia general para llegar a él. En efecto, el mundo es testigo de un nuevo estadio en el diálogo nacional sobre la naturaleza del poder, la influencia y las aspiraciones de China, que han sufrido altibajos desde que Occidente le abrió por primera vez sus puertas. Los anteriores debates sobre el destino de la nación se produjeron en períodos de extraordinaria vulnerabilidad de China; el último no lo ha movido el peligro que corre el país, sino su fuerza. Tras un viaje incierto y en ocasiones accidentado, China llega por fin a la perspectiva deseada por reformistas y revolucionarios en los dos últimos siglos: un país próspero que muestra al mundo su capacidad militar al mismo tiempo que conserva sus valores distintivos.
En los estadios anteriores sobre el debate nacional se planteaba si China tenía que mirar hacia el exterior en busca de conocimientos para superar la debilidad o hacia el interior y alejarse de un mundo impuro aunque tecnológicamente más fuerte. El debate actual se basa en el reconocimiento de que se ha hecho realidad el gran proyecto de autofortalecimiento y de que China se ha puesto al día con Occidente. Pretende definir los términos a través de los que China debería interactuar con un mundo que —incluso bajo el punto de vista de muchos de los internacionalistas liberales contemporáneos chinos— juzgó muy injustamente a China y de cuyos estragos aún hoy se está recuperando el país.
Lo que queda pendiente es pasar de la gestión de la crisis a una descripción de los objetivos comunes, de la solución de las controversias estratégicas a la forma de evitarlas. ¿Puede crearse una asociación genuina y un orden mundial basados en la colaboración? ¿Pueden desarrollar China y Estados Unidos una confianza estratégica real?.

Las relaciones entre China y Estados Unidos no tienen que convertirse en un juego en el que para que uno gane el otro tenga que perder. Para el líder de Europa de antes de la Primera Guerra Mundial, el reto se planteaba así: la victoria de uno auguraba la derrota del otro, y el compromiso iba en contra de una opinión pública agitada. No es esta la situación de las relaciones chino-estadounidenses. Las cuestiones clave en el plano internacional atañen a todo el planeta. Es probable que el consenso sea difícil, pero el enfrentamiento en estos temas es contraproducente.
La evolución interna de los actores principales tampoco puede compararse con la situación existente antes de la Primera Guerra Mundial. Cuando se prevé el auge de China se da por sentado que el extraordinario impulso de las últimas décadas quedará proyectado indefinidamente y que está sentenciado el relativo estancamiento de Estados Unidos. Pero no hay cuestión que preocupe tanto a los líderes chinos como la conservación de la unidad nacional; es algo que impregna el objetivo de armonía social proclamado con tanta frecuencia, algo difícil en un país cuyas regiones costeras están al nivel de las sociedades avanzadas, pero en cuyo interior encontramos algunas de las zonas más atrasadas del planeta.
Los dirigentes nacionales chinos han presentado al pueblo una lista de tareas para llevar adelante. Entre ellas cabe citar la de combatir la corrupción, que el presidente Hu Jintao ha calificado de «trabajo extraordinariamente penoso», contra la que Hu ha luchado en distintas etapas de su carrera. También se incluye la «campaña de desarrollo de la parte occidental», encaminada a impulsar las provincias más pobres del interior, entre ellas tres en las que había vivido Hu. Una de las tareas más importantes es el establecimiento de vínculos adicionales entre la dirección y el campesinado, fomentando elecciones democráticas en las aldeas y una mayor transparencia en el proceso político en el camino de China hacia una sociedad más urbanizada.
Por otra parte, la demografía agrava la cuestión. Impulsada por el incremento del nivel de vida y la longevidad, junto con los resultados de la política de un solo hijo, China es hoy una de las poblaciones del mundo que envejece con más rapidez. Se calcula que en 2015 el total de la población en edad laboral llegará a su punto álgido. A partir de entonces, un número cada vez más reducido de personas de entre quince y sesenta y cuatro años tendrá que mantener a una población cada vez más mayor. Los cambios demográficos serán marcados: se estima que en 2030 se habrá reducido a la mitad el número de trabajadores rurales de entre veinte y veintinueve años. En 2050 se prevé que la mitad de la población china superará los cuarenta y cinco años y que un 25 por ciento —aproximadamente, el equivalente de la población actual de Estados Unidos— habrá superado los sesenta y cinco.

Sería más apropiado definir la relación chino-estadounidense con la palabra «coevolución» que con la de colaboración. Este término implica que los dos países persiguen sus imperativos internos, colaboran en la medida de lo posible y adaptan sus relaciones para reducir al mínimo la posibilidad de conflicto. Ninguna de las dos partes aprueba todos los objetivos de la otra ni da por supuesto que exista una confluencia total de intereses, si bien las dos pretenden establecer y desarrollar intereses complementarios.
Estados Unidos y China deben el intento a sus pueblos y al bienestar del planeta. Cada una de las partes tiene excesiva envergadura para dominar a la otra. Por consiguiente, ninguna puede definir las condiciones de la victoria en una guerra o en algún tipo de conflicto de guerra fría. Tienen que formularse una pregunta que al parecer nunca se planteó formalmente en la época del informe de Crowe: ¿Adónde nos llevaría un conflicto?.
La iniciativa de la coevolución tiene que abordar tres niveles en las relaciones. El primero concierne a los problemas que surgen en las interacciones corrientes en los principales centros de poder. El sistema de consulta que ha evolucionado durante treinta años ha demostrado su eficacia en esta tarea. Los intereses comunes —como los vínculos comerciales y la colaboración diplomática en cuestiones específicas— se tratan profesionalmente. Las crisis, cuando aparecen, suelen resolverse a través del diálogo.
El segundo nivel intentaría elevar las discusiones de las crisis corrientes hacia un marco global que eliminara las causas subyacentes en las tensiones. Un buen ejemplo de ello sería abordar el problema de Corea como parte de una idea global del nordeste asiático.
Una perspectiva aún más radical llevaría el mundo al tercer nivel de interacción: un nivel al que no accedieron los dirigentes antes de las catástrofes de la Primera Guerra Mundial.
La argumentación de que China y Estados Unidos están condenados al choque da por supuesto que se relacionan como bloques enfrentados a uno y otro lado del Pacífico. Esta es, sin embargo, la vía que lleva a las dos partes a la catástrofe.
Un aspecto de la tensión estratégica en la situación actual del mundo reside en el temor de los chinos de que Estados Unidos quiera controlar a su país, unido a la inquietud estadounidense de si China pretende expulsarlos de Asia. La idea de una comunidad del Pacífico —una región a la que pertenecen Estados Unidos, China y otros estados, en cuyo desarrollo pacífico participan todos— podría aliviar el malestar de ambos.

Cuando el primer ministro Zhou Enlai y yo nos pusimos de acuerdo en el comunicado que anunciaba la visita secreta, él dijo: «Esto hará temblar al mundo». Qué mejor culminación si, cuarenta años después, Estados Unidos y China pudieran aunar esfuerzos, no para hacer temblar al mundo, sino para levantarlo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/06/28/orden-mundial-henry-kissinger/

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/03/china-henry-kissinger-on-china-by-henry-kissinger/

Libros que tratan sobre Kissinger:

https://weedjee.wordpress.com/2014/06/15/el-club-bildelberg-la-realidad-sobre-los-amos-del-mundo-cristina-martin-jimenez/

https://weedjee.wordpress.com/2015/06/02/los-planes-de-club-bildelberg-para-espana-criteria-from-club-bildelberg-to-spain-cristina-martin-jimenez/

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/12/operacion-condor-40-anos-despues-varios-autores-operation-condor-40-years-later-by-several-authors/

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/19/historia-silenciada-de-ee-uu-oliver-stone-peter-kuznick-the-untold-history-of-the-united-states-by-oliver-stone-peter-kuznick/

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/25/la-cia-y-el-culto-del-espionaje-victor-marchetti-john-d-marks-the-cia-and-the-cult-of-intelligence-by-victor-marchetti-john-d-marks/

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/27/las-aventuras-de-kissinger-charles-r-ashman-kissinger-the-adventures-of-super-kraut-by-charles-r-ashman/

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/07/juicio-a-kissinger-christopher-hitchens-the-trial-of-henry-kissinger-by-christopher-hitchens/

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On China, by Henry Kissinger, is an examination of Chinese history and diplomacy, coupled with the recent opening up of Chinese society to global forces and China’s subsequent engagement with the global community. The book looks at Chinese history, politics, diplomacy and culture, while coupling these topics with China’s geopolitical position. Kissinger offers insight into this topic due to first hand negotiations and experience during China’s initial foray into diplomatic outreach, during the final few years of Mao Zedong’s reign over Communist China.
The book begins with an examination of Chinese culture and how it relates to international diplomacy. China has historically considered itself the centre of the universe, in terms of its position of dominance in Asia. China sought to order itself and the states along its periphery, largely in terms of geopolitics. States in more extreme locale’s, such as the Indian Kingdoms, Southeast Asian Kingdoms, and the nations of the Steppe, were often beyond direct military or political control. China, instead, created a radiating centre of states, in increasingly more autonomous systems of vassalage. States like Korea and Tibet would often exist in more permanent states of vassalage, while areas like tribal Kazakhstan and Japan might pay a form of lip service or slight tribute. China, as the sole power in Asia throughout much of history, thus ordered its universe around itself, with complex forms of ritual diplomacy, a strong and professional bureaucratic system, and a deeply rooted sense of historical tradition centered on the principles of Confucianism dominating its cultural narrative.
This all changed with the coming of European forces. China had long been beset by foreign invaders, such as the Mongols, and Manchus, to name a few. However, China often overcame these invaders through a process of Sinicization. New Empires would eventually succumb to Chinese traditions, as the easiest and most efficient way to rule over the often much more populous and sedentary Chinese lands was to adopt their systems of governance. This often led to the eventual incorporation of the ruling elite into the Chinese cultural system. However, European invaders cared only for trade and market access, as well as colonies, and brought there own universal world views based on Christianity, missionary zeal, and perceived cultural superiority. These norms were incompatible with existing Chinese conceptions of the Universe, and a clash was inevitable. China had been through periods of upheaval, collapse and decay before, and had a tradition of overcoming. However, the subsequent invasions of China by the British, French, and Japanese upset China’s hegemony in Asia, and challenged its concept of the Universe. China needed to adapt, and in some ways did so.
This came about due to the collapse of the Qing dynasty in 1911 – China’s last Imperial dynasty. From that point onward, a Nationalist, and then Communist government controlled China – both quasi dictatorial states either aligned to the West (Nationalist) or the USSR (Communist). The Communist eventually took power in 1949, forming the government that controls China to this day. Even so, the makeup of modern China’s government system has gone through many changes since then. Mao Zedong ruled over early Communist China with an iron fist, almost like a new Emperor. He sought to reorder Chinese society away from its traditional Confucius past. This was done through realignment, the disruption and destruction of the Mandarin bureaucracy, and a reorganization of China’s traditional agricultural system. These policies were often violently destructive and most often reductive. Millions died in China’s subsequent famines, and many leading technical and policy experts were purged from the Communist Party during the Cultural Revolution.

However, a change that China did make under Mao was its slow reorientation away from the USSR. China and the USSR had a rocky relationship from the beginning – historical territorial frictions along the shared and porous border, coupled at historical animosity at Russia’s traditional colonial claims to Manchuria, Xinjiang, and Port Arthur trumped ideological similarities between the two communist giants. China bid its time, and Mao held Stalin in some regard. Mao sent troops into Korea, for example, after some rocky diplomatic dancing between the two states. However, after Stalin’s death, the relationship between China and the USSR began to fray. On paper the two were military allies, however, in practice they were clashing along frontier zones over territorial disputes. China thus sought to hedge its alliances and end its relative isolation in global diplomacy. The US was the natural choice; and the US was interested in courting China as well. A disruption of the Communist bloc would be ideal, and President Nixon was looking to wind down the Vietnam War and sought China’s neutrality.

First of all, the humorous aspects of the book:
1. Take a look at the cover itself! Kissinger’s name seems slightly bigger than the actual title.
2. A disproportionate amount of the photos feature the distinguished author. «Here is the author talking with X,» «Here is the author talking with ‘Y,’ and my favorite, «Here is the author playing ping-pong with one of his aides.» Well I guess you are a regular guy after all!

So, Kissinger lives up to his reputation as being somewhat self-important.
With that out of the way, the book has a number of strengths:
1. Kissinger is an engaging writer. The book is easy to read.
2. From the mid 60’s to today, his personal/professional relationships with many of the Chinese leaders give him unique insight and authority to speak on the issues confronting China and the U.S.
3. For someone like myself (basically ignorant about China) the book is informative and illuminating.
4. I would not call Kissinger an apologist for the Chinese point of view, but he does do a solid job of giving the Chinese perspective on various events and problems.

The Weaknesses:
1. In typical Chinese fashion, the book is very slow to actually get anywhere ‘decisive.’ He believes in continuing dialogue, negotiations, etc., but who doesn’t? He has great explanatory power bur does little to advance his own synthesis.
2. He seems to go very easy on Mao. I don’t put Mao on the level of the 20th century’s worst autocrats like Hitler, Stalin, and Pol Pot. But that’s not saying much. Kissinger always refers almost indirectly to the turbulence and atrocities of Mao’s rule.

This made me wonder what he was doing, and then I had an idea. Perhaps Kissinger conceived of this book not so much as an argument, but as a last diplomatic mission. The book functions like a diplomat should – engaging, careful not offend either side, focus on dialogue, etc.
If true, that would sum up both the book’s strengths and weaknesses.
Kissinger details the negotiations in depth including the principle Chinese and American viewpoints, as well as some of the cast of characters involved. Kissinger then goes on to offer a brief analysis of the Deng Xiaoping era, in terms of the opening up of China in terms of its global interactions, the slow recognition of the PRC as the main Chinese government, the development of China and the Tiananmen Square incident. A small section is devoted to the growing rivalry with the US in terms of China’s increasingly assertive foreign policy stance in terms of territorial claims, global economic participation, and erosion of US hegemonic practices. Kissinger has written a compelling and interesting book on China, and this is certainly an important viewpoint to read and consider. Recommended for China watchers, those interested in current events, and fans of history and politics.

China has become an economic superpower and an important factor in shaping the world political order. The United States has imposed itself in the cold war. The relationship between China and the United States has become a key element in the goal of world peace and well-being.
Eight United States presidents and four generations of Chinese leaders have brought this delicate relationship with great consistency, taking into account differences in starting points. Neither one party nor the other has allowed their respective historical legacies or their different conceptions of internal order to interfere in their basically collaborative relationship.
It has been a complex journey, since both societies consider that they represent unique values. American exceptionality is propagandist. He maintains that this country has an obligation to spread its values throughout the world. Chinese exceptionality is cultural. China does not proselytize; it does not claim that its institutions are valid outside of China. However, the country is the heir to the tradition of the Middle Kingdom, which formally classified the rest of the states in different tax levels based on its approach to Chinese cultural and political forms; in other words, he applied a type of cultural universality.

Planning for an attack was at the base of the basic elements outlined by Mao. Weeks later, the offensive was carried out almost verbatim as he had described it: China gave a sudden and devastating blow to the Indian positions and immediately withdrew to the previous line of control; He even returned the captured heavy weapons to the Indians.
In another country, it would be inconceivable that today a leader would launch a national initiative of this magnitude invoking strategic principles of an event that occurred a millennium before, and that he expected his partners to understand the meaning of the allusions. But China is unique. There is no other country that can claim a civilization so continuous in time, nor such a close link with its ancient past and with the classic principles of strategy and political skill.
Traditional cosmology was maintained in this country despite catastrophes and long periods of political decline, which sometimes lasted centuries. Even when China was weakened or divided, its centrality continued to be the touchstone of regional legitimacy; Different aspirants, Chinese or foreign, competed to unify or conquer the country and then ruled from the capital without questioning the basic premise that it was the center of the universe. While other countries received the name of some ethnic group or from a geographical reference, China called itself zhongguo: the «Middle Kingdom» or the «Central Country». Anyone seeking to understand Chinese diplomacy in the twentieth century or its role in the world in the twenty-first century has to start – albeit at the cost of possible over-simplification – by basically appreciating the traditional context.

Societies and nations tend to consider themselves eternal. On the other hand, they value a story that tells of its origins. China has a characteristic feature: it does not seem to have a beginning. In history it appears more as a permanent natural phenomenon than as a conventional nation-state. In the narration about the Yellow Emperor, revered by both Chinese and legendary founder, there is a feeling that China already existed. When the Yellow Emperor appeared in mythology, Chinese civilization was already in chaos. The princes in conflict harassed each other and also did the same with the people, while a weakened leader was unable to maintain power. They imposed, however, the new hero, who recruited an army, pacified the kingdom, and was hailed as emperor.
The territorial claims of the Chinese Empire had their limit on the shores of the seas that bathed it. Already in the Song dynasty (960-1279), China was at the head of the world in nautical technology; its fleets could have brought the empire into an era of conquest and exploration. However, China did not acquire any colony and showed relatively little interest in the overseas countries. He saw no reason to venture abroad to convert the barbarians to the principles of Confucianism or to the Buddhist virtues. When the Mongol conquerors seized the Song fleet and its skilled captains, they organized two invasion attempts on Japanese soil. Both failed due to inclement weather: the kamikaze (or «divine wind») of the Japanese tradition. But when the Mongol dynasty collapsed, no expedition was attempted again, even though it had been technically feasible. Never did a Chinese leader put forth a reason for control of the Japanese archipelago.
However, in the early years of the Ming dynasty, between 1405 and 1433, China boarded one of the most remarkable and mysterious naval ventures in all of history: Admiral Zheng He set out on a journey with fleets comprised of «treasure ships», technologically unprecedented, to distant destinations such as Java, India, the Horn of Africa and the Strait of Hormuz. At the time of Zheng’s travels, the era of European explorers had not yet begun. The Chinese fleet had what could be considered an insurmountable technological advantage: it surpassed in size, perfection and number of ships the Spanish Navy (which would still take 150 years to sail the seas).
China knew, of course, different societies located on its periphery, such as Korea, Vietnam, Thailand, Burma; But the Chinese considered China to be the center of the world, the «Middle Kingdom,» and that other societies were different levels of it. According to his conception, a large number of lower states, imbued with Chinese culture, which paid tribute to the greatness of this country, constituted the natural order of the universe. The borders between China and the neighboring towns were not so much political and territorial demarcations as differentiated cultural facts. The spread of Chinese culture abroad, in the direction of East Asia, led Lucian Pye, an American political scientist, to comment with great success that in the modern era China was still a «civilization that claims to be a nation-state».

Confucius preached a hierarchical social creed: the fundamental duty was «that everyone should know his place.» The Confucian order gave its followers the inspiration of the service in search of greater harmony. Unlike the prophets of the monotheistic religions, Confucius did not lecture on the teleology of history that emphasizes personal redemption. His philosophy sought the redemption of the State through rectitude in individual behavior. His thinking, oriented towards this world, ratified a code of social conduct and not a guide to after death.
Confucius placed the emperor at the top of the Chinese order, an unparalleled figure in the Western experience. It combined spiritual and secular affirmations of the social order. The Chinese emperor was both a political leader and a metaphysical concept. In his political role, the emperor was conceived as the supreme sovereign of humanity; the emperor of humanity, placed above a worldly political hierarchy that reflected the Chinese hierarchical social structure of Confucius. Chinese protocol insisted on recognizing its supremacy through the kowtow, the act of complete prostration in which the forehead touches the ground three times in each prostration.
The second, metaphysical, function of the emperor was his status as «Son of Heaven,» the symbolic intermediary between heaven, earth, and humanity. This role also implied a moral obligation on the part of the emperor. Through humanitarian conduct, the fulfillment of the correct rituals and some severe punishment, the emperor was seen as the axis of the «Great Harmony» of all things great and small. If the emperor strayed from the path of virtue, Everything under Heaven would be thrown into chaos. Even natural disasters could mean that discord lurked the universe. The existing dynasty could then be considered to have lost the «Heavenly Mandate» by which it had the right to rule: thereafter rebellions would break out and a new dynasty would restore the Great Harmony of the universe.

Thus, China’s approach to world order was very different from that in the West. The modern Western conception of international relations emerged in the 16th and 17th centuries, when the medieval structure of Europe disintegrated and a group of states with similar power was formed, and the Catholic Church was divided into different denominations. Balance of power diplomacy was not so much an option as it was inevitable. No state had sufficient strength to impose its will; no religion maintained an authority that guaranteed universality. The idea of sovereignty and legal equality of states became the basis of international legislation and diplomacy.
China, on the other hand, never maintained continuous contact with another country on the basis of equality for the simple reason that at no time did it coincide with another society of comparable culture or magnitude. The fact that the Chinese Empire excelled over its geographical sphere was practically considered a law of nature, an expression of the Heavenly Mandate. For the Chinese emperors, the mandate did not necessarily imply a confrontational relationship with the neighboring towns; it was preferable that it not be so. Like the United States, China viewed it as having a special function.

The climax of the Qing dynasty was also crucial in its fate. The wealth and importance of China attracted the attention of Western empires and commercial companies that operated far from the limits of the conceptual system of the traditional order of the Chinese world. For the first time in its history, China faced «barbarians» who no longer intended to displace the Chinese dynasty and seize the Heavenly Mandate; instead, they were proposing to change the synocentric system to a completely different vision of the world order, with free trade instead of tribute, permanent embassies in the Chinese capital, and a system of diplomatic exchange in which no reference was made to non-Chinese heads of state calling them «honorable barbarians» who had to swear allegiance to their emperor in Beijing.
Without the knowledge of the Chinese elites, these foreign societies created new industrial and scientific methods that, for the first time in centuries – or perhaps in history – surpassed those of the country itself. The steam engine, the railroad and the new methods of manufacturing and capital formation allowed to take giant steps in productivity.
The booming Western industrial powers could no longer tolerate a system that called them ‘barbarians’, which intended to pay ‘tribute’ or force them to adhere to strictly seasonal regulated trade in a single port city. On the other hand, the Chinese were beginning to be willing to make limited concessions to the cravings for «profits» (a somewhat immoral concept according to Confucian thought) of Western merchants; however, they were dismayed when Western envoys suggested that China could simply be one of the many states, or that it would have to live in daily and permanent contact with the barbarian envoys in the capital of their empire.
From today’s perspective, Western envoys did not make any initial proposals that could be considered particularly embarrassing if we abide by Western norms: the goals of free trade, regular diplomatic contacts, and permanent embassies today hurt few sensibilities; on the contrary, they are considered a common model in the practice of diplomacy. However, the final confrontation came about as a result of one of the most embarrassing aspects of Western intrusion: the insistence on the unlimited import of opium into China.

The Qing court debated the legalization of opium and the administration of its sale; At last he decided to take drastic measures and eradicate this trade once and for all. In 1839, Beijing sent Lin Zexu, a well-known civil servant, to cut off trade in Canton and compel Western merchants to abide by the official ban. Lin, a traditional Confucian Mandarin, tackled the problem as he would with any particularly stubborn barbarian problem: combining strength and moral persuasion. Upon arrival in Guangzhou, he asked the Western trade missions to deliver the opium bunkers for destruction. When the initiative failed, he locked up all foreigners — including those who had nothing to do with the opium trade — in their factories and announced that he would not release them until they abandoned the smuggling.
Lin then sent a letter to Queen Victoria, praising, with the deference allowed by traditional protocol, «the courtesy and submission» of her predecessors in sending «tribute» to China. The crux of the letter was the request that she herself deal with the eradication of opium from the Indian territories of Great Britain.
The Celestial Court had understood China’s military inferiority, but did not yet know a proper method to resolve the issue. From the outset he applied the traditional methods of dealing with the barbarians. Defeat was not a new thing in China’s long history. The leaders of this country had approached it through the five baits described in the previous chapter. They established the common characteristics of such invaders: the desire to acquire Chinese culture and the interest to settle on Chinese soil and assume their civilization. Consequently, they could gradually tame themselves with the same psychological methods adopted by Prince Qiying and, in time, become part of Chinese life.
But the European invaders did not have these aspirations, nor did they have limited objectives. They considered themselves more advanced societies and intended to exploit China for economic benefits, but not to adopt their way of life. Thus, the demands of these countries were limited only by their resources and their eagerness. Personal relationships could not be decisive, since the leaders of the invaders did not live nearby, but thousands of kilometers, where they followed motivations that were not consistent with the subtlety and indirect behavior of Qiying’s strategy.
Over the course of ten years, the Middle Kingdom went from pre-eminence to becoming the target of warring colonial powers. Placed between two eras and two different conceptions of international relations, China struggled to achieve a new identity and, above all, to reconcile the values that had marked its greatness with technology and commerce on which it would have to base its security.

China did not survive four thousand years as a single civilization and two millennia as a united state, remaining passive to almost incessant foreign invasions. Throughout this period, the conquerors were forced either to adopt Chinese culture, or to be gradually absorbed by their subjects, who acted on patience. Another trial period was coming.
After the 1860 conflict, the emperor and the faction of the court that had called for resistance against the British mission left the capital. The de facto one that assumed the governmental function was prince Gong, stepbrother of the emperor.
The Meiji restoration and inclination for mastery of Western technology opened the door for Japan to start impressive economic progress. As the country developed a modern economy and an extraordinary military apparatus, it began to influence the prerogatives granted to the great Western powers. Its ruling elite concluded, in the words of Shimazu Nariakira, a 19th-century noble and main defender of technological innovation: «If we take the initiative, we will dominate; if not, they will dominate us. ”38
As early as 1863, Li Hongzhang concluded that Japan was to become the main security threat to China. Before the Meiji restoration, Li spoke of the Japanese response to the Western challenge. In 1874, after Japan took advantage of an incident between members of a Taiwanese tribe and shipwrecked sailors from the Ryukyu Islands.
China was united again under the recently proclaimed People’s Republic of China. Communist China launched itself into a new world: in structure, a new dynasty; in essence, a new ideology for the first time in the country’s history. At the strategic level, it bordered on twelve neighbors, with open borders and precarious means to simultaneously face each of the possible threats: the same challenge that all Chinese governments had faced throughout history. And above all these problems, the new leaders of the country encountered involvement in Asian affairs in the United States, which had emerged from World War II turned into a superpower, which was rethinking about passivity in the face of the communist victory in the chinese civil war. All statesmen have to weigh the experience of the past and the claims of the future. Nowhere was this seen so clearly as in China that Mao and the Communist Party were beginning to control.

An ambivalent mix of faith in the Chinese people and disregard for their traditions allowed Mao to cast an extraordinary pulse: an impoverished society, which had just won a civil war, fell apart at ever shorter intervals and, during the process, fought battles against the United States and India; it defied the Soviet Union, and restored the borders of the Chinese state to practically its maximum historical extent.
The country stood out in a world dominated by two nuclear superpowers and, despite its insistent communist propaganda, managed to position itself as a «free» geopolitical element in the Cold War. Despite its relative weakness, it played a completely independent and highly influential role. China went from hostile relations to almost establishing an alliance with the United States and in the opposite direction with the Soviet Union: from alliance to confrontation. Perhaps most remarkable is that China finally broke with the Soviet Union and joined the «winning» side of the Cold War.
Still, with all its successes, Mao’s insistence on turning the ancient system could not leave behind the eternal rhythm of Chinese life. Forty years after his death, after an impetuous, violent and dramatic journey, his successors once again described their increasingly affluent society as Confucian. In 2011 a statue of Confucius was placed in Tiananmen Square, visible from Mao’s mausoleum, the other personality also revered. Only a people with the endurance and patience of the Chinese could emerge unified and with more dynamism after so many ups and downs in its history.

In his first major foreign policy assignment, Mao Zedong traveled to Moscow on December 16, 1949, just two months after the People’s Republic of China was proclaimed. It was the first trip that he undertook outside his country. He intended to create an alliance with the Soviet Union, the communist superpower. However, the meeting was the beginning of a series of steps that would culminate in the transformation of the coveted alliance into a triangular diplomacy in which the United States, China and the Soviet Union would participate, in a dynamic of cyclical maneuver and confrontation.
Since the withdrawal of US forces from South Korea in June 1949, Kim Il-sung tried during 1949 and 1950 to convince Stalin and Mao to give their approval to a large-scale invasion of the South. Both rejected the proposal from the outset. During Mao’s visit to Moscow, Stalin asked the Chinese leader for his opinion on an invasion of this order, and Mao, while favorable to the objective, considered that the risk of US intervention was excessively high.20 He believed that any plan should be postponed of conquest of South Korea until the Chinese civil war had ended with the seizure of Taiwan.
It was precisely this Chinese goal that provided one of the incentives to Kim Il-sung’s project. As ambiguous as the United States’ statements were, Kim Il-sung was convinced that this country would not accept two communist military conquests. So he wanted to achieve his goal in South Korea before Washington thought better of it in case China achieved the occupation of Taiwan.
A few months later, in April 1950, Stalin changed his stance.
The consequences of the Soviet leadership were the opposite of what Mao intended. Far from abandoning the policy of peaceful coexistence, Moscow was frightened by Mao’s rhetoric and concerned about his risky nuclear policy, the repetition of the possible nuclear effects of a nuclear war in the face of world socialism, and the failure to establish consultations. with Moscow. At the end of the crisis, Moscow cut off nuclear cooperation with Beijing, and in June 1959 disregarded its commitment to provide China with a prototype atomic bomb. In 1960, Khrushchev withdrew Russian technicians from China and suppressed all aid plans, commenting: «We couldn’t just stand there, allowing our best specialists – people who have been trained in our agricultural and industrial sectors – to feel harassed when in they were actually collaborating ».
Internationally, Mao obtained yet another demonstration of China’s impulsive response to threats to its national security and territorial integrity. That would halt any attempt by China’s neighboring countries to exploit the inner turmoil in which Mao was to plunge his society. But a process of progressive isolation began at the same time, which would lead Mao to rethink his foreign policy ten years later.

During the first ten years of the existence of the People’s Republic of China, its inflexible leaders ruled the deteriorating empire they had conquered and made it a major international power. The second decade was characterized by Mao’s attempt to accelerate the permanent revolution in the country. The engine of this revolution was the Maoist maxim that moral and ideological force led to overcoming physical limitations. The decade began and ended amid the internal turmoil created by the Chinese leaders themselves. So wide was the crisis that China isolated itself from the rest of the world; all its diplomats were called to Beijing. The structure of the country underwent two complete reviews: first, the economy, with the Great Leap Forward at the beginning of the decade; and second, the social order, with the Cultural Revolution at the end. When Mao noticed that national interests were being challenged, amid self-imposed tribulations, China rose to its feet to start war on its most remote western border, in the inhospitable Himalayan country.
The future direction of Chinese politics would be guided by ideology and national interest. What opening up to China got was the opportunity to increase collaboration where interests were compatible and to moderate existing differences. At the time of the rapprochement, the Soviet threat had provided the impetus, but there was the deepest challenge of believing in collaboration over the years for a new generation of leaders to be motivated by the same needs. On the other hand, the same kind of evolution had to be encouraged on the American side. The reward of the approach between China and the United States would not be a situation of eternal friendship or a harmony in values, but a readjustment in the world balance that would require constant care and that, perhaps, over time, would bring a greater balance in the principles.
In this process, each party would be the guardian of its own interests. And each would try to use the other as an element of pressure in their relations with Moscow. Mao never tired of insisting that the world was not going to remain static, that contradiction and imbalance were laws of nature. On this view, the Communist Party of China published a document describing Nixon’s visit as an example of «using contradictions, dividing enemies, and enhancing China’s own role».
Could the interests of the two parties ever coincide completely? Would they be able to stray far enough from their prevailing ideologies to avoid the discomfort of conflicting emotions? Nixon’s visit to China had opened the door to address these challenges.

The secret trip to China restored the Sino-American relationship. With Nixon’s visit, a period of strategic collaboration began. But although the principles of this collaboration were emerging, it remained to establish the framework in which they had to be applied. The drafting of the Shanghai communiqué involved a type of alliance. The reality of China’s independence hampered the relationship between form and content.
Alliances have existed since history records international affairs. Over time, they have been created for different reasons: to join forces of different allies; to get the obligation of mutual assistance; to provide a deterrent beyond the tactical considerations of the moment. Relations between China and the United States, however, had a special feature: its components sought to coordinate actions without establishing a formal obligation to do so.

China, for its part, reinforced its position in the Third World, staying on the sidelines and, to a certain extent, against the two superpowers: «The main forces that endanger peaceful coexistence between countries today are imperialism, hegemony and colonialism. […] The peoples of the world have the important task of opposing hegemony and defending world peace ”.
Indeed, China claimed a single moral stature as the largest «neutral» power and placed itself above disputes between superpowers.

After Tiananmen, Sino-American relations practically returned to their starting point. In 1971-1972, the United States wanted to get closer to China; then, in the final stages of the Cultural Revolution, he became convinced that the relationship with this country was basic to the establishment of a peaceful international order and overcame reservations about the radical Chinese government. The time came when the United States had imposed sanctions on China and when the dissident Fang Lizhi had taken refuge in the American embassy in Beijing. Liberal democratic institutions were prevailing around the world, and the reform of China’s internal structure became a prominent political objective for the United States.

On the American side, the challenge was to find a way through a series of mixed evaluations. Was China a partner or an adversary? Would the future be marked by collaboration or confrontation? Was the United States on a mission to spread democracy in China or to collaborate with China to create a more peaceful world? Perhaps one and the other could be achieved?
Both parties have since been forced to overcome their internal ambiguities and redefine the true nature of their relationship.

The end of Jiang Zemin’s presidency marked a milestone in Sino-US relations. Jiang was the last president with whom the main topic of dialogue in the contacts between the two countries was the relations themselves. The two parties then merged, if not their convictions, their practice into a collaborative coexistence model. China and the United States have not once again had a common adversary, but they have not yet developed a joint idea of world order. Jiang’s kind reflections on the long conversation I had with him, described in the last chapter, illustrate the new reality: The United States and China intuited that they needed each other because the two countries were too large to be dominated, they were too special for transform and too useful to each other to allow isolation. Furthermore, were their common goals achievable? And for what purpose?
The new millennium marked the symbolic beginning of a new relationship. A new generation of leaders had come to power in China and in the United States: in China, a «fourth generation» led by President Hu Jintao and Prime Minister Wen Jiabao; in the United States, administrations led by Presidents George W. Bush and, as of 2009, Barack Obama. The two sides displayed an ambiguous attitude towards the turmoil of the preceding decades.
Hu and Wen brought an unusual perspective to the company to manage the development of their country and define its role in the world. They were the first generation of high-ranking officers with no personal experience of the revolution, they were the first leaders of the communist period to take office through constitutional processes, and the first to assume positions of national responsibility in a China that was definitely emerging as a great power.

China’s confrontation with the modern international system, configured by the West, has generated in this country’s elites a special tendency to debate – with special meticulousness and analytical skill – their national destiny and the general strategy to reach it. Indeed, the world is witnessing a new stage in the national dialogue on the nature of China’s power, influence and aspirations, which have suffered ups and downs since the West first opened its doors to it. The previous debates over the nation’s destiny occurred in periods of extraordinary vulnerability for China; the latter has not been moved by the danger the country is running, but by its strength. After an uncertain and sometimes bumpy journey, China finally comes to the perspective desired by reformers and revolutionaries in the past two centuries: a prosperous country that shows the world its military capabilities while preserving its distinctive values.
In the earlier stages of the national debate, it was asked whether China had to look abroad in search of knowledge to overcome weakness, or internally and move away from an impure but technologically stronger world. The current debate is based on the recognition that the great self-strengthening project has come true and that China has caught up with the West. It seeks to define the terms through which China should interact with a world that —even from the point of view of many of China’s contemporary liberal internationalists— judged China very unfairly and from whose ravages the country is still recovering today.
What remains is to move from crisis management to a description of common objectives, from the solution of strategic disputes to how to avoid them. Can a genuine partnership and world order be created based on collaboration? Can China and the United States develop real strategic trust?.

Relations between China and the United States do not have to become a game in which for one to win the other has to lose. For Europe’s pre-World War I leader, the challenge was as follows: victory for one augured defeat for the other, and compromise went against agitated public opinion. This is not the situation in Sino-US relations. Key issues at the international level concern the entire planet. Consensus is likely to be difficult, but confrontation on these issues is counterproductive.
The internal evolution of the main actors cannot be compared with the situation existing before the First World War either. When the rise of China is forecast, it is assumed that the extraordinary momentum of the last decades will be projected indefinitely and that the relative stagnation of the United States is doomed. But there is no issue that concerns Chinese leaders as much as the preservation of national unity; it is something that permeates the objective of social harmony so frequently proclaimed, something difficult in a country whose coastal regions are at the level of advanced societies, but within which we find some of the most backward areas of the planet.
Chinese national leaders have presented the people with a list of tasks to carry out. These include fighting corruption, which President Hu Jintao has described as «extraordinarily painful work», which Hu has fought at different stages of his career. Also included is the «Western Development Campaign,» aimed at promoting the poorer provinces in the interior, including three where Hu had lived. One of the most important tasks is establishing additional links between the leadership and the peasantry, fostering democratic elections in the villages and greater transparency in the political process on China’s path to a more urbanized society.
On the other hand, demographics compound the issue. Driven by rising living standards and longevity, coupled with the results of the one-child policy, China is today one of the world’s fastest-aging populations. It is estimated that in 2015 the total population of working age will reach its peak. Thereafter, an increasingly small number of people between the ages of fifteen and sixty-four will have to support an ever-increasing population. Demographic changes will be marked: it is estimated that in 2030 the number of rural workers aged between twenty and twenty-nine will have been halved. By 2050, it is predicted that half of China’s population will be over forty-five and that 25 percent — roughly the equivalent of the current population of the United States — will be over sixty-five.

It would be more appropriate to define the Sino-American relationship with the word «coevolution» than with that of collaboration. This term implies that the two countries pursue their internal imperatives, collaborate as much as possible and adapt their relations to minimize the possibility of conflict. Neither party endorses all of the other’s objectives, nor does it assume that there is a full convergence of interests, although the two seek to establish and develop complementary interests.
The United States and China owe the effort to their peoples and to the well-being of the planet. Each of the parties is too large to dominate the other. Consequently, neither can define the conditions of victory in a war or in some kind of cold war conflict. They have to ask themselves a question that apparently never was formally asked at the time of the Crowe report: Where would a conflict lead us?
The coevolution initiative has to address three levels in relationships. The first concerns the problems that arise in current interactions in the main centers of power. The consultation system that has evolved over thirty years has proven its effectiveness in this task. Common interests — such as business ties and diplomatic collaboration on specific issues — are professionally addressed. Crises, when they appear, are usually resolved through dialogue.
The second level would attempt to elevate discussions of current crises to a global framework that would remove the underlying causes of the tensions. A good example of this would be to approach the problem of Korea as part of a global idea of Northeast Asia.
An even more radical perspective would take the world to the third level of interaction: a level that leaders did not access before the catastrophes of the First World War.
The argument that China and the United States are condemned to the shock assumes that they are related as blocks facing each other on the Pacific side. This, however, is the path that leads both parties to catastrophe.
One aspect of the strategic tension in the current world situation lies in the fear of the Chinese that the United States wants to control their country, coupled with the US concern about whether China intends to expel them from Asia. The idea of a Pacific community – a region to which the United States, China and other states belong, in whose peaceful development everyone participates – could ease the discomfort of both.

When Prime Minister Zhou Enlai and I agreed on the communiqué announcing the secret visit, he said, «This will shake the world.» What better culmination if, forty years later, the United States and China could join forces, not to make the world tremble, but to lift it up.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/06/28/orden-mundial-henry-kissinger/

https://weedjee.wordpress.com/2020/04/03/china-henry-kissinger-on-china-by-henry-kissinger/

Books about Kissinger:

https://weedjee.wordpress.com/2014/06/15/el-club-bildelberg-la-realidad-sobre-los-amos-del-mundo-cristina-martin-jimenez/

https://weedjee.wordpress.com/2015/06/02/los-planes-de-club-bildelberg-para-espana-criteria-from-club-bildelberg-to-spain-cristina-martin-jimenez/

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/12/operacion-condor-40-anos-despues-varios-autores-operation-condor-40-years-later-by-several-authors/

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/19/historia-silenciada-de-ee-uu-oliver-stone-peter-kuznick-the-untold-history-of-the-united-states-by-oliver-stone-peter-kuznick/

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/25/la-cia-y-el-culto-del-espionaje-victor-marchetti-john-d-marks-the-cia-and-the-cult-of-intelligence-by-victor-marchetti-john-d-marks/

https://weedjee.wordpress.com/2018/03/27/las-aventuras-de-kissinger-charles-r-ashman-kissinger-the-adventures-of-super-kraut-by-charles-r-ashman/

https://weedjee.wordpress.com/2019/11/07/juicio-a-kissinger-christopher-hitchens-the-trial-of-henry-kissinger-by-christopher-hitchens/

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