Destrucción Masiva. Nuestro Hombre De Bagdad — Fernando Rueda / Massive Destruction. Our Baghdad Man by Fernando Rueda (spanish book edition)

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Me ha gustado el libro. Han pasado 17 años, los mismos que llevo obsesionado con el asesinato de ocho espías españoles en la guerra de Irak. Al fin he podido contar su historia en el libro Destrucción Masiva, nuestro hombre en Bagdad, editado por Roca Editorial. Una historia de ocho hombres con un trabajo complicado y conflictivo, con un Gobierno que no les hacía caso, pero que no pararon de luchar por sus objetivos. Narro muchas aventuras sorprendentes en este relato basado en hechos reales y os voy a desvelar algunas, como la presencia de Sabina y sus canciones.
La personalidad, ansias, sueños y vida privada de los espías aparece en las novelas del género pero pocas veces en relatos reales. Y menos en el caso de los españoles. Hace años decidí invertir mi tiempo en acercarme a los familiares y amigos de los ocho espías que en 2003 fueron asesinados en Irak tras la invasión estadounidense de marzo.
El grupo de espías que mandó el Gobierno de Aznar durante el verano para reforzar la protección de los 1.300 soldados destinados a Irak. Baró y Vega eran unos auténticos James Bond, militares con experiencia capacitados para controlar a los terroristas de Al Qaeda o a cualquier insurgente que supusiera una amenaza. Zanón, el experto en comunicaciones, poco habituado a estar en zonas de conflicto, demostró su valentía y gran corazón cuando se negó a abandonar a un compañero moribundo a sabiendas que le costaría la vida.
Entre las sorpresas que me llevé investigando los comportamientos de los agentes, hay una especialmente curiosa. Carlos Baró, militar de unidades especiales, apasionado de La Legión, sobrino de un militar asesinado por ETA y de un jesuita asesinado en El Salvador, era fan de Joaquín Sabina. Cuando se desplazaba en coche por Irak persiguiendo sospechosos… escuchaba canciones de Sabina. Cuando esperaba pacientemente la salida de un miembro de Al Qaeda de una casa… escuchaba a Sabina.
Meses después de su muerte llegó a los oídos del músico. Se interesó por su historia y conmovido le escribió una poesía que incluyó en su libro A vuelta de correo.
Sobre el asesinato de Bernal, he reflejado la versión más creíble después de mi investigación, aunque oficialmente nada se sabe y los familiares desconocen los detalles. Y sobre la muerte de los siete agentes en Latifiya quiero recalcar lo dicho: para el CNI el delator tuvo que ser Al Mayali. El epílogo responde a mi frustración. Escribiendo el libro me pareció triste, deprimente e injusto el final auténtico, un mar de olvidos y sufrimientos. Por eso me guie por mi instinto para ofrecer una versión alternativa.
Esta es para mí la crónica de muchos malos y algunos buenos, un pasaje que había que revisar de la reciente historia mundial. El retrato de una época convulsa vista a través de los ojos de unos agentes que se la jugaron haciendo lo que les apasionaba. De unos hombres que lo entregaron todo y murieron porque alguien no hizo bien sus deberes.

Bagdad, febrero 2002.
Un contingente español de 450 soldados iba a partir hacia Afganistán para participar en la llamada Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad. Creada el 20 de diciembre del año anterior por el Consejo de Seguridad de la ONU, siete días después, el Consejo de Ministros del presidente José María Aznar decidió apoyar al Gobierno interino afgano enviando tropas. No para hacer la guerra, sino para conseguir la estabilidad del país, un matiz importante que muchos no entendían. Otros países iban a contribuir de una manera más numerosa, pero el Gobierno lo hizo en relación al potencial de sus Fuerzas Armadas.
Martínez y Bernal seguían las noticias sobre el cercano país por los cables que recibían desde Madrid y por el resumen de prensa que Al Mayali les hacía llegar cada mañana, un pesado trabajo que les ahorraba. Martínez ya leía en árabe y Bernal podía hablar solo en conversaciones triviales.
Bagdad era un hervidero de espías a la búsqueda de respuestas sobre las supuestas actividades ocultas del régimen, el debate que traspasaba fronteras y enfrentaba a las grandes potencias. Los representantes de los servicios secretos mantenían opiniones distintas sobre lo que se avecinaba. Los dos agentes españoles palpaban los estados de ánimo cuando acudían a fiestas informales y charlaban con colegas y diplomáticos.
Los rusos negaban que Bush se fuera a atrever a ir a por Irak tras aplastar a los talibanes en Afganistán. Sadam ya no era un peligro y lo único que deseaba era que la ONU levantara las sanciones para que el país saliera del hambre y pudiera progresar.
Abarnou, el delegado del espionaje francés, siempre preocupado oficialmente por las mujeres bellas que hubiera a su alrededor, era menos drástico, pero igual de defensor de Sadam. Francia no quería hacer seguidismo de las obsesiones de Bush, no había argumentos para considerar a Sadam un demonio, aunque lo era un poco: «No vamos matando demonios, ¿no te parece, amigo? En ese caso, Estados Unidos tendría que asesinar a los dirigentes de la mitad de los países del mundo».

Bagdad septiembre 2002.
Las noticias sobre las conexiones terroristas de Sadam Husein y su capacidad para fabricar armas de destrucción masiva aparecían cada día en los medios de comunicación de todo el mundo. Datos contrastados, pistas sólidas, sospechas fundadas o acciones irrefutables. Así calificaban la solvencia de sus informaciones no solo los propios periodistas, sino muchos políticos estadounidenses, ingleses y de otros países, como España, que se prestaban encantados a difundir los supuestos comportamientos censurables del mandatario iraquí.
Los dos delegados del CNI llevaban todo el día reunidos en la embajada analizando los datos en su poder y los informes que habían enviado. Al día siguiente los esperaba una reunión vía satélite con Alonso, su jefe en Madrid. Martínez y Bernal estaban preocupados: su actuación de los últimos meses les dejaba un regusto extraño. Dulce porque habían documentado la información transmitida y agrio porque esas noticias de prensa y los informes de otros servicios internacionales que les enviaban desde La Casa evidenciaban claras discrepancias con su trabajo.
Si la realidad era la que describían los medios de comunicación, ¿cómo era posible que fuentes distintas, sin relación entre ellas, les ofrecieran versiones contrarias sólidas, creíbles y fundamentadas? Quizás no estaban hablando con las personas adecuadas, quizás todos se habían aliado para intoxicarlos, quizás Sadam era el rey de la desinformación y ocultaba tan bien su esfuerzo bélico que ni sus más allegados lo conocían…, quizás ellos estaban haciendo pésimamente su trabajo.
La discrepancia más grave residía en que ellos defendían que Irak no disponía de armas de destrucción masiva ni podía fabricarlas a corto plazo, mientras Estados Unidos aseguraba lo contrario y Bush había llegado a afirmar que estaban a seis meses de poder contar con ellas.
—¿Qué está pasando?, ¿hay algo que no vemos? —preguntó preocupado Bernal, sentado en una silla frente a su jefe, con los codos apoyados en la mesa de despacho en señal de agotamiento.
—No disponemos de los medios humanos y técnicos de la CIA y el MI6 para estar en todas partes, hay cosas que no alcanzamos a saber, pero nuestros datos son buenos, ahora no podemos dudar de nuestros informantes.

Las semanas pasaron y la fuerza invasora de Irak fue asentando sus conquistas. Estados Unidos anunció el 1 de mayo el fin de las principales operaciones militares de la invasión, aunque miles de militares iraquíes habían pasado a la clandestinidad y habían empezado a pelear bajo la difusa bandera de la insurrección. La opinión pública internacional esperaba que aparecieran las armas de destrucción masiva, pero seguía sin haber noticias.
Diez días antes, el 21 de abril, el presidente José María Aznar declaró en Televisión Española: «Estoy absolutamente convencido de que esas armas, que existen, acabarán apareciendo». Más tarde, en el Debate sobre el Estado de la Nación, especificaba: «El arsenal químico y bacteriológico tarde o temprano aparecerá porque las investigaciones han comenzado ya».
Martínez y Bernal lo escucharon mientras terminaban sus preparativos para regresar a un país distinto del que habían vivido pocos meses antes. Ellos sabían que esas armas nunca aparecerían, simplemente porque no existían.

Siete españoles habían fallecido y uno había salvado la vida sin que desde la sede central del CNI, dotada de los medios tecnológicos más punteros, fueran capaces de ayudarlos o de conseguir la colaboración de las fuerzas armadas aliadas. Los coches no llevaban una baliza para indicar su posición, sin contar con que ocho espías estaban trasladándose por un país en guerra y nadie sabía dónde estaban en cada momento.
La coordinación entre los servicios de inteligencia aliados dejó mucho que desear. Si hubiera existido, los espías estadounidenses habrían informado a los españoles de que en ese mismo punto del mapa, unos días antes, un convoy de Global Security, una empresa americana concesionaria del Pentágono en temas de seguridad, había sufrido otro ataque.

Finalizado el acto, los féretros fueron trasladados a las localidades donde los agentes habían nacido para que fueran enterrados por sus familiares y amigos. Allí no hubo órdenes superiores y cada familia organizó su funeral privado. En el de Carlos Baró, colocaron sobre su féretro un gorro de su querida Legión y sus compañeros cantaron «El novio de la muerte».
Tres días después, una ceremonia pasó desapercibida para la opinión pública. Esa era la intención. Baró había pedido a su familia que si algún día le pasaba algo quería que, en su último momento en la tierra, quedara constancia de una de sus grandes pasiones. Familiares y amigos se trasladaron a la base aérea de los paracaidistas en Alcalá de Henares. Se subieron a un pequeño avión algunos de sus amigos militares y su hermano, que tuvo que aprender sobre la marcha los rudimentos imprescindibles antes de tirarse al vacío. Agarrado por un experto paracaidista con el que saltó en tándem, cuando se abrió el paracaídas, quitó la tapa a la urna con las cenizas de Carlos para que volaran libres por el cielo de Madrid.

Madrid, 10 de diciembre de 2003
La mañana de ese mismo día, el ministro Trillo, acompañado del director del CNI, Dezcallar, compareció ante la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso de los Diputados. Allí adelantó con orgullo lo que a su salida hizo público: la detención en Bagdad, cinco días antes, de cinco personas relacionadas con el asesinato de Bernal que, según explicaría más adelante la Revista Española de Defensa, eran «los tres autores materiales del asesinato y dos cómplices».
Las buenas noticias no pararían de llegar ese día a la opinión pública. Por la tarde, durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso, el presidente Aznar adelantó la detención de los supuestos asesinos de los siete agentes del CNI. Hecho que corroboró minutos después el propio ministro de Defensa, que había recibido una llamada del teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las fuerzas de la coalición en Irak, para transmitirle los detalles de la operación.
Se había hecho justicia, los responsables de los asesinatos de los ocho agentes estaban ya entre rejas. La tranquilidad anidó en muchos hogares españoles al saber que los terroristas pagarían por sus crímenes. Sin embargo, las semanas y los meses pasarían sin que nadie del servicio secreto les ratificara que los responsables estaban entre rejas. No lo entendieron. Algo raro había sucedido.

Diwaniya, 22 de marzo de 2004
Habían pasado casi cuatro meses del atentado en Latifiya y poco más de uno desde que el juez Fernando Andreu, de la Audiencia Nacional, había archivado las diligencias por falta de autor conocido, con el aviso de que podría reabrirlas si existieran nuevos datos.
Al Mayali había llegado a un acuerdo con Martínez tras la invasión para actuar de intermediario con los contratistas locales en las obras impulsadas por España. Después del asesinato del agente, el traductor había continuado con esa tarea. Ese día, como en muchas otras ocasiones, le habían pedido que acudiera a la base de Diwaniya, acompañado de su sobrino, que era su ayudante. No tardó en darse cuenta de que algo no iba bien. Le notificaron una orden del general Fulgencio Coll, responsable de la Brigada Plus Ultra, por la que quedaba detenido por haber cooperado en el asesinato de los siete espías españoles.
Tras no poder identificar a los autores materiales, un equipo de investigación del CNI no había cejado en su empeño de dar con el delator.
Los servicios de inteligencia de todo el mundo entrenan a los agentes que tienen en primera línea para pasarlo, pero las personas normales se quedan inermes ante la llamada Máquina de la Verdad. Es una prueba sin validez judicial en España, pero ellos querían dejarlo en evidencia para forzarlo a cantar. Al Mayali no estaba en las mejores condiciones para pasarlo y aumentó su dosis de adrenalina al creer que la máquina podía leer su mente. Los resultados no fueron claros, parecía que mentía en algunas cuestiones, pero en las importantes los resultados no fueron concluyentes. En caso contrario, habrían cambiado su estrategia. Llegaron a la conclusión preconcebida de que el detenido no era trigo limpio, pero seguían sin poder probar que fuera el delator.
Sin su declaración por escrito, no tenían nada para poner en manos del juez. El 25 de marzo lo conminaron por última vez a contarlo todo o lo entregarían a las fuerzas estadounidenses para que le dieran, durante el resto de su vida, el tratamiento vejatorio e inhumano que se merecía. Nada le hizo cambiar su testimonio. Lo obligaron a firmar un documento en el que reconocía que había recibido un trato correcto y se lo pasaron a la Policía Militar, mientras su sobrino, que había ratificado sus palabras, sin mostrar contradicciones, quedó en libertad.
En la orden de entrega al Ejército estadounidense, el asesor jurídico de la Brigada Plus Ultra especificó que el delito de Al Mayali era el de cooperador necesario en la muerte de los siete agentes. Había facilitado a la insurgencia la información de que los miembros del CNI se iban a desplazar ese día a Bagdad. Aunque no hubiera pruebas concluyentes ni un juicio de por medio, fue suficiente en tiempos de guerra para que los soldados de la coalición se lo llevaran para encerrarlo primero en la prisión de Abu Ghraib y más tarde en la de Um Kasar.
El Ministerio de Defensa no informó al juez Andreu de la detención del principal sospechoso. Ni, por supuesto, de que en lugar de pedir la extradición para procesarlo en España, se lo habían entregado a los estadounidenses para que le infligieran el castigo que sus leyes permitían sin control judicial.
A pesar de ello, Flayeh al Mayali deambuló por cárceles estadounidenses hasta que el 17 de febrero de 2005, después de casi un año, lo dejaron en libertad sin cargos. Una vez libre, el traductor quiso limpiar su nombre: «He pasado casi un año detenido sin culpa y he dejado a mi familia en la indigencia. Los servicios de inteligencia españoles me detuvieron y me acusaron sin pruebas. Querían justificar que estaban realizando una investigación en profundidad y me usaron como chivo expiatorio».
El CNI no estaba de acuerdo, para ellos era culpable. Siguieron otra vía menos conflictiva: el Ministerio del Interior promulgó una orden para prohibirle entrar en España y en los países del área Schengen durante diez años.
Era lo último que les quedaba por hacer. A los familiares de los agentes asesinados les habían insinuado, después de que se desvelara la información de su detención unas semanas después de que se produjera, que el traductor era el principal sospechoso de la delación. Más tarde dejaron que lo siguieran pensando. Todos supieron que nadie iba a pagar por la muerte de sus hijos, maridos, padres, sobrinos o amigos.

—¿Algún día los familiares y amigos de nuestros compañeros sabrán lo que hemos hecho? —preguntó Martina, que se había desprendido del velo.
—No, nunca. Lo importante es que nuestros compañeros ya pueden descansar en paz.

BARACOA
Tuve un hermano secreto en Irak,
el más audaz, el más noble, el más fuerte.
Cuando la suerte le dijo tictac,
corte de mangas le hizo a la muerte.
Besaba a jeques, comía cuscús,
cada mañana era una despedida,
sabía cosas que ignoraba Bush,
le hicieron una chilaba a medida.

Y cómo lo describía,
como Borges, como Pablo,
como Pessoa.
Ni Dios lo mejoraría.
Pongamos, Carlos, que hablo
de Baracoa.

Me lo imagino con tan corta edad,
Lawrence de España versus Saladino,
llevando al huerto al ladrón de Bagdad,
comprando alfombras, retando al destino.

Era mi socio aunque nunca lo vi.
Quiso vivir sin pasar a la historia,
murió por nadie, por todos, por mí.
Harto consuelo dejó su memoria.

Y cómo me defendía,
como Adán contra el diablo,
en una canoa.
Ni Dios lo mejoraría.
Pongamos, Carlitos, que hablo
de Baracoa.

Sobre las guerras del Golfo canté
con el ardor de la sangre encrespada,
con la coartada de la poca fe,
contra el horror de una muerte anunciada.

Esta oración de naranjito en flor
que me mató tan póstumo y tan tarde,
desde el diario de un gran corazón
del corazón de un cantautor cobarde.

Y todo lo deglutía,
cocinando en un establo
sin barbacoa.
Ni Dios lo mejoraría.
Pongamos, Carlitos, que hablo
de Baracoa.

JOAQUÍN SABINA
Madrid, 30 de julio de 2004

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I liked the book. It’s been 17 years, the same ones I’ve been obsessed with the murder of eight Spanish spies in the Iraq war. I have finally been able to tell his story in the book Mass Destruction, our man in Baghdad, edited by Roca Editorial. A story of eight men with complicated and conflicting work, with a government that ignored them, but did not stop fighting for their goals. I narrate many surprising adventures in this story based on real events and I will reveal some, such as the presence of Sabina and her songs.
The personality, cravings, dreams and private life of the spies appears in the novels of the genre but rarely in real stories. And less in the case of the Spaniards. Years ago I decided to invest my time in approaching the relatives and friends of the eight spies who were killed in Iraq in 2003 after the US invasion of March.
The group of spies sent by the Aznar government during the summer to strengthen the protection of the 1,300 soldiers destined for Iraq. Baró and Vega were genuine James Bond, experienced military personnel trained to control al Qaeda terrorists or any insurgent that posed a threat. Zanón, the communications expert, not very used to being in conflict zones, showed his bravery and great heart when he refused to leave a dying companion knowing that it would cost him his life.
Among the surprises that I have been investigating the behaviors of the agents, there is one especially curious. Carlos Baró, a special unit soldier, passionate about La Legion, a nephew of a soldier killed by ETA and a Jesuit killed in El Salvador, was a fan of Joaquín Sabina. When he drove through Iraq chasing suspects … he listened to songs by Sabina. When he waited patiently for the departure of an Al Qaeda member from a house … he listened to Sabina.
Months after his death it reached the ears of the musician. He became interested in his story and was moved by a poetry that he included in his book A return mail.
About the murder of Bernal, I have reflected the most credible version after my investigation, although officially nothing is known and relatives do not know the details. And about the death of the seven agents in Latifiya I want to emphasize what has been said: for the CNI the informer had to be Al Mayali. The epilogue responds to my frustration. Writing the book I found the authentic ending sad, depressing and unfair, a sea of forgetfulness and suffering. That’s why I was guided by my instinct to offer an alternative version.
This is for me the chronicle of many bad and some good, a passage that had to be reviewed from recent world history. The portrait of a time convulses seen through the eyes of some agents who played it doing what they were passionate about. Of some men who gave everything and died because someone did not do their homework well.

Baghdad, February 2002.
A Spanish contingent of 450 soldiers was leaving for Afghanistan to participate in the so-called International Security Assistance Force. Created on December 20 of the previous year by the UN Security Council, seven days later, the Council of Ministers of President José María Aznar decided to support the Afghan interim government by sending troops. Not to make war, but to achieve the stability of the country, an important nuance that many did not understand. Other countries were going to contribute in a more numerous way, but the Government did so in relation to the potential of its Armed Forces.
Martínez and Bernal followed the news about the nearby country for the cables they received from Madrid and for the press summary Al Mayali sent them each morning, a heavy work that saved them. Martinez was already reading in Arabic and Bernal could speak only in trivial conversations.
Baghdad was a hotbed of spies seeking answers about the regime’s supposed hidden activities, the debate that crossed borders and confronted the great powers. The representatives of the secret services held different opinions about what was coming. The two Spanish agents felt the moods when they went to informal parties and chatted with colleagues and diplomats.
The Russians denied that Bush was going to dare to go to Iraq after crushing the Taliban in Afghanistan. Saddam was no longer a danger and all he wanted was for the UN to lift the sanctions so that the country would leave hunger and make progress.
Abarnou, the French espionage delegate, always officially worried about the beautiful women around him, was less drastic, but equally as a defender of Saddam. France did not want to follow Bush’s obsessions, there were no arguments to consider Saddam a demon, although he was a little: «We are not killing demons, don’t you think, friend?» In that case, the United States would have to assassinate the leaders of half of the countries of the world.

Baghdad September 2002.
News about Saddam Hussein’s terrorist connections and his ability to make weapons of mass destruction appeared every day in the media worldwide. Proven data, solid leads, well-founded suspicions or irrefutable actions. This is how the solvency of their information qualified not only the journalists themselves, but many American, English and other politicians, such as Spain, who were delighted to spread the alleged objectionable behavior of the Iraqi president.
The two delegates of the CNI had been gathered all day in the embassy analyzing the data in their possession and the reports they had sent. The next day a satellite meeting was waiting for them with Alonso, their boss in Madrid. Martinez and Bernal were worried: their performance in recent months left them with a strange aftertaste. Sweet because they had documented the information transmitted and sour because that news of the press and the reports of other international services that sent them from La Casa showed clear discrepancies with their work.
If the reality was that described by the media, how was it possible that different sources, unrelated to each other, offered solid, credible and well-founded contrary versions? Maybe they weren’t talking to the right people, maybe everyone had allied to intoxicate them, maybe Saddam was the king of misinformation and hid his war effort so well that not even his closest friends knew him … maybe they were doing their job badly.
The most serious discrepancy was that they argued that Iraq did not have weapons of mass destruction or could manufacture them in the short term, while the United States claimed otherwise and Bush had come to claim that they were six months away from being able to count on them.
«What’s going on? Is there something we don’t see?» Asked Bernal worriedly, sitting in a chair in front of his boss, with his elbows resting on the desk in exhaustion.
– We do not have the human and technical resources of the CIA and MI6 to be everywhere, there are things we do not know, but our data is good, now we can not doubt our informants.

The weeks passed and the invading force of Iraq settled its conquests. The United States announced on May 1 the end of the main military operations of the invasion, although thousands of Iraqi military had gone underground and had begun fighting under the diffuse flag of the insurrection. International public opinion expected the weapons of mass destruction to appear, but there was still no news.
Ten days earlier, on April 21, President José María Aznar declared on Spanish Television: «I am absolutely convinced that these weapons, which exist, will end up appearing.» Later, in the Debate on the State of the Nation, he specified: «The chemical and bacteriological arsenal will appear sooner or later because the investigations have already begun».
Martínez and Bernal listened to him as they finished their preparations to return to a country other than the one they had lived a few months before. They knew that those weapons would never appear, simply because they did not exist.

Seven Spaniards had died and one had saved their lives without the CNI headquarters, equipped with the most cutting-edge technological means, being able to help them or get the collaboration of the Allied armed forces. The cars did not carry a beacon to indicate their position, without counting that eight spies were moving through a country at war and nobody knew where they were at any moment.
The coordination between the allied intelligence services left much to be desired. If it had existed, the American spies would have informed the Spaniards that at that same point on the map, a few days earlier, a convoy from Global Security, an American Pentagon concessionaire on security issues, had suffered another attack.

After the event, the coffin was transferred to the locations where the agents had been born to be buried by their relatives and friends. There were no higher orders and each family organized their private funeral. In Carlos Baró’s, they placed a cap of their beloved Legion on their coffin and their companions sang «The Boyfriend of Death.»
Three days later, a ceremony went unnoticed by public opinion. That was the intention. Baró had asked his family that if one day something happened to him, he wanted that, at his last moment on earth, there was proof of one of his great passions. Family and friends moved to the paratroopers air base in Alcalá de Henares. Some of his military friends and his brother got on a small plane, who had to learn on the fly the essential rudiments before throwing himself into a vacuum. Grabbed by an expert paratrooper with whom he jumped in tandem, when the parachute opened, he removed the lid to the urn with the ashes of Carlos to fly free through the sky of Madrid.

Madrid, December 10, 2003
The morning of that same day, Minister Trillo, accompanied by the director of the CNI, Dezcallar, appeared before the Commission of Official Secrets of the Congress of Deputies. There he proudly advanced what he made public on his departure: the arrest in Baghdad, five days before, of five people related to the murder of Bernal who, as the Spanish Defense Magazine would later explain, were “the three material authors of the murder and two accomplices ».
The good news would not stop coming to public opinion that day. In the afternoon, during the control session to the Government in Congress, President Aznar advanced the arrest of the alleged murderers of the seven agents of the CNI. Fact that corroborated minutes later the Minister of Defense himself, who had received a call from Lieutenant General Ricardo Sanchez, head of the coalition forces in Iraq, to convey the details of the operation.
Justice had been done, those responsible for the murders of the eight agents were already behind bars. The tranquility nested in many Spanish homes knowing that the terrorists would pay for their crimes. However, the weeks and months would pass without anyone from the secret service confirming that those responsible were behind bars. They did not understand. Something weird had happened.

Diwaniya, March 22, 2004
It had been almost four months of the attack in Latifiya and little more than one since Judge Fernando Andreu, of the National Court, had filed the proceedings due to a lack of known author, with the warning that he could reopen them if there were new data.
Al Mayali had reached an agreement with Martínez after the invasion to act as an intermediary with local contractors in works promoted by Spain. After the murder of the agent, the translator had continued with that task. That day, as on many other occasions, he had been asked to go to Diwaniya base, accompanied by his nephew, who was his assistant. He soon realized that something was wrong. He was notified of an order from General Fulgencio Coll, responsible for the Plus Ultra Brigade, for which he was arrested for cooperating in the murder of the seven Spanish spies.
After not being able to identify the material authors, a CNI research team had not given up their efforts to find the informer.
The intelligence services of the whole world train the agents that they have in the first line to pass it, but the normal people remain unarmed before the so-called Machine of the Truth. It is a test without judicial validity in Spain, but they wanted to leave it in evidence to force him to sing. Al Mayali was not in the best conditions to pass it and he increased his dose of adrenaline by believing that the machine could read his mind. The results were not clear, it seemed that he was lying on some issues, but in the important ones the results were inconclusive. Otherwise, they would have changed their strategy. They reached the preconceived conclusion that the detainee was not clean wheat, but they still could not prove it was the informer.
Without their written statement, they had nothing to put in the hands of the judge. On March 25 he was last told to tell everything or they would hand it over to the US forces to give him, for the rest of his life, the vexatious and inhuman treatment he deserved. Nothing made him change his testimony. He was forced to sign a document in which he recognized that he had received a correct treatment and passed it to the Military Police, while his nephew, who had ratified his words, without showing contradictions, was released.
In the order of delivery to the US Army, the legal advisor of the Ultra Plus Brigade specified that the crime of Al Mayali was that of a necessary cooperator in the death of the seven agents. He had provided the insurgency with the information that the members of the CNI were going to move to Baghdad that day. Although there was no conclusive evidence or a trial involved, it was enough in wartime for the coalition soldiers to take him away to lock him up first in the Abu Ghraib prison and later in the Um Kasar prison.
The Ministry of Defense did not inform Judge Andreu of the arrest of the main suspect. Nor, of course, that instead of requesting extradition for prosecution in Spain, they had handed it over to the Americans to inflict the punishment that their laws allowed without judicial control.
Despite this, Flayeh al Mayali wandered through US prisons until February 17, 2005, after almost a year, he was released without charge. Once free, the translator wanted to clear his name: «I have spent almost a year detained without guilt and left my family destitute. The Spanish intelligence services arrested me and accused me without evidence. They wanted to justify that they were conducting an in-depth investigation and they used me as a scapegoat ».
The CNI did not agree, for them it was guilty. They followed another less conflictive route: the Ministry of Interior issued an order to prohibit him from entering Spain and the Schengen area countries for ten years.
It was the last thing they had left to do. The relatives of the murdered agents had been hinted, after the information of his detention was revealed a few weeks after it occurred, that the translator was the main suspect in the complaint. Later they let them keep thinking. Everyone knew that nobody was going to pay for the death of their children, husbands, parents, nephews or friends.

«Will someday the family and friends of our partners know what we have done?» Asked Martina, who had detached herself from the veil.
-Never. The important thing is that our partners can now rest in peace.

BARACOA
I had a secret brother in Iraq,
the boldest, the most noble, the strongest.
When luck told him ticking,
Sleeve cut made him to death.
I kissed sheiks, ate couscous,
every morning was a farewell,
I knew things that Bush ignored,
They made a custom chilaba.

And how he described it,
like Borges, like Pablo,
like Pessoa.
Not even God would improve it.
Let’s say, Carlos, what do I talk about?
from Baracoa.

I imagine it with such a young age,
Lawrence of Spain versus Saladin,
taking the thief from Baghdad to the garden,
buying carpets, challenging fate.

He was my partner although I never saw him.
He wanted to live without going down in history,
He died for nobody, for everyone, for me.
Tired comfort left his memory.

And how he defended me,
like Adam against the devil,
In a canoe
Not even God would improve it.
Let’s say, Carlitos, what do I talk about?
from Baracoa.

About the Gulf wars I sang
with the burning of frizzy blood,
with the alibi of little faith,
Against the horror of a death foretold.

This orange blossom prayer
that killed me so posthumously and so late,
from the diary of a big heart
from the heart of a cowardly singer-songwriter.

And everything swallowed,
cooking in a stable
without barbecue
Not even God would improve it.
Let’s say, Carlitos, what do I talk about?
from Baracoa.

JOAQUÍN SABINA
Madrid, 30 July, 2004

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