La Ciencia Desde La Fe: Los Conocimientos Científicos No Cuestionan La Existencia De Dios — Alister E. McGrath / Inventing the Universe: Why We Can’t Stop Talking about Science, Faith and God by Alister E. McGrath

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Me ha gustado este libro por varios motivos: está bien escrito, es ameno, y sobre todo, porque nos aporta una lectura inteligente de la difícil relación entre ciencia y religión. En ese sentido, no se reduce a meras invectivas o descalificaciones contra la ciencia o los científicos ateos, sino que proporciona argumentos sólidos para entablar un debate serio y racional.
Por ello no estamos ante un libro apologético o sermoneador que intente convencernos de la existencia de Dios a machamartillo (al contrario de la postura de, por ejemplo, Dawkins, que intenta convencernos de que Dios no existe y de que la religión es mera superchería).
No van por ahí los tiros. El autor es teólogo, cierto, pero a la vez es científico (doctor en biofísica). Y bajo esa doble vertiente, la premisa básica del autor, que recorre el libro, es que la ciencia no es teísta ni atea. Es solo ciencia. Si se limita a la aplicación del método científico, está incapacitada para decir nada sobre el tema de Dios. El problema surge cuando algunos científicos dan por supuesto que su autoridad en su materia particular (sea geología, biología o física) puede transferirse a los demás ámbitos de la vida.
Esto es, en la ciencia no está implícito ni el ateísmo ni el teísmo, del mismo modo que en ella tampoco están implícitas las muchas opciones políticas que existen hoy día.
En ese sentido el libro es un alegato, muy moderado, ecuánime y racional, contra los excesos del Nuevo Ateísmo, representado por autores como Dawkins o Hitchens.

El libro, aunque fácilmente legible, era como una conversación, estaba mal escrito. No había mucho flujo, las ideas se repetían varias veces, y allí vagaba mucho. A veces deseaba que se mantuviera más en el tema o que ampliara los temas que traía.
Además, su constante necesidad de oponerse y separar las ideas de Richard Dawkins y de los otros «nuevos ateos» se cansó. Especialmente porque al mismo tiempo seguía alabando y defendiendo a CS Lewis y otros filósofos y científicos ex ateos / agnósticos. Comenzó a sentirse más como un debate sobre «nosotros» y «ellos» que, irónicamente, fue lo que McGrath insistió en que no era la realidad de la relación entre religión y ciencia.

Finalmente, realmente deseo que haya aclarado sus pensamientos finales al final. Esperaba que el capítulo final aplicara las ideas que él propuso en la filosofía de la vida real (supongo que no respondería algunas de esas preguntas finales, pero ¿quizás al menos establecer un marco para comenzar a trabajar en ellas?), Pero esto no fue asi que. Quizás mi decepción es indicativa de que el libro fue mejor de lo que pensaba, pero aún así me frustra.

La ciencia es maravillosa planteando preguntas. Algunas pueden responderse de inmediato; otras se podrán responder en el futuro gracias a los avances tecnológicos; pero las hay también que trascienden la capacidad de respuesta de la propia ciencia.
Habrá quien muy razonablemente responda a lo que acabo de decir que es más probable que la fe perjudique nuestro conocimiento de la naturaleza antes que enriquecerlo, ¿no? ¿No necesita la ciencia evitar toda contaminación religiosa? No cabe duda de que hay quienes están convencidos de que creer en Dios empobrece nuestro reconocimiento y estima lo bella y maravillosa que es la naturaleza en sí. Richard Dawkins, por ejemplo, sostiene (a mi juicio, de manera correcta) que es perfectamente posible sentir «asombro» o veneración por la naturaleza sin necesidad de ser religioso ni creer en Dios.
La «versión conflictiva» de la historia de la relación entre ciencia y religión es básicamente una construcción social, inventada para satisfacer las necesidades y favorecer los intereses de ciertos grupos sociales. No se trata de ninguna verdad intemporal que estemos forzados a aceptar. Es más bien una contingencia histórica que se puede cambiar. Podemos elegir cómo ver las cosas. Podemos rebelarnos contra la tiranía de quienes nos dicen qué relato debemos adoptar y nos fuerzan así a ver la historia y a determinar nuestras posibilidades presentes a la luz de dicho relato y sobre la base del mismo. Yo ofrezco un enfoque alternativo que, como la historia en general, es complejo y desordenado, pero que no pretende encajar obligatoriamente nuestro pasado ni nuestras opciones presentes en un estrecho molde preconcebido. Consiste más bien en la reapropiación por nuestra parte de un enfoque más antiguo y más sensato.

La ciencia y la religión son dos de las mayores fuerzas culturales del mundo actual. Cuando están correctamente planteadas, la conversación entre ambas puede ser enriquecedora y edificante. Si está certeramente construido, un «relato más amplio» de la realidad genera espacio intelectual suficiente para la divergencia y el desacuerdo, al tiempo que afirma la inteligibilidad y la congruencia de nuestro mundo.
Y esa es una conversión que es imperioso que se produzca. La religión está de vuelta en la vida y el debate públicos. Frente a las muchas predicciones de los filósofos de salón y los gurús de los medios de comunicación, Dios no se ha ido, ni tampoco ha desaparecido el interés por el ámbito de lo «espiritual». Si acaso, hoy es el Nuevo Ateísmo el que suena a rancio y a gastado. Tal vez haya planteado algunas buenas preguntas acerca de Dios y la religión; pero sus respuestas se ven hoy simplistas y superficiales. Eslóganes ingeniosos e insustanciales como «Dios es un espejismo» o «La fe es una enfermedad mental» acapararon titulares en prensa y en los medios, pero fracasaron finalmente en su propósito de colmar las mentes o los corazones de las muchas personas.

En definitiva, solo crees lo que puedes demostrar. Esa, en mi caso concreto, era la razón por la que la ciencia era tan maravillosa. La comunidad científica sabía diseñar experimentos para zanjar cualquier cuestión o disputa. ¿Cuándo se había visto que alguien hubiese realizado un experimento que hubiese demostrado la existencia de un Dios?
No creo que yo llegase nunca tan lejos como lo hizo Richard Dawkins posteriormente hasta el punto de insinuar que las personas creyentes están mentalmente enfermas. Pero sí estaba absolutamente convencido de que la religión exigía de los creyentes una pérdida de contacto con la realidad y una búsqueda de refugio en un universo inventado que no guardaba relación alguna con la física que yo conocía. La religión giraba en torno a un universo ficticio en el que todo era inventado. La ciencia trataba de cosas que podían probarse, que podían demostrarse correctas. Era la forma de conocimiento más segura y fiable.

The Atheist’s Guide to Reality (La Guía del Ateo a la realidad) procede a demoler todas las grandes preguntas que se hacen habitualmente la filosofía y la religión ateniéndose a que la ciencia es «nuestra guía exclusiva de la realidad». Para ahorrar a sus lectores la necesidad de seguir los argumentos del libro en detalle, Rosenberg incluye una elegante sinopsis de las grandes preguntas de la vida acompañadas de las que él considera que son las respuestas científicamente fiables a las mismas. Veamos algunos ejemplos:
• ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? La que la física dice que es.
• ¿Qué finalidad tiene el universo? Ninguna.
• ¿Cuál es el sentido de la vida? Ninguno.
• ¿Cuál es la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal, entre bueno y malo? No existe ninguna diferencia moral entre lo uno y lo otro.

Para vivir con pleno sentido y autenticidad en la realidad, necesitamos contar con la mejor imagen de esta que podamos dibujar. ¿Por qué deberíamos conformarnos con un retrato monocromo de la realidad cuando una visión enriquecida de la misma nos permite emplear una paleta completa de colores y apreciarla con mayor plenitud? Esta visión más rica proporciona una «imagen global» de las cosas dotada de una gran adherencia existencial y no solo de funcionalidad cognitiva. Es un modo de ver las cosas que nos permite, no ya existir, sino también vivir.

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I liked this book for several reasons: it is well written, it is enjoyable, and above all, because it gives us an intelligent reading of the difficult relationship between science and religion. In that sense, it is not reduced to mere invective or disqualification against science or atheistic scientists, but rather provides solid arguments for a serious and rational debate.
Therefore, we are not facing an apologetic or lecture book that tries to convince us of the existence of God at machamartillo (contrary to the position of, for example, Dawkins, who tries to convince us that God does not exist and that religion is mere superchery) .
They do not go around the shots. The author is a theologian, true, but at the same time he is a scientist (doctor of biophysics). And under that double aspect, the author’s basic premise, which runs through the book, is that science is neither theistic nor atheistic. It is only science. If you limit yourself to the application of the scientific method, you are unable to say anything about the subject of God. The problem arises when some scientists assume that their authority in their particular subject (be it geology, biology or physics) can be transferred to other areas of life.
That is, in science neither atheism nor theism is implied, in the same way that the many political options that exist today are not implicit either.
In that sense, the book is a very moderate, equanimous and rational allegation against the excesses of the New Atheism, represented by authors such as Dawkins or Hitchens.

The book — though easily readable, it was like a conversation — was poorly written. There wasn’t much flow, ideas were repeated multiple times, and there it wandered a lot. I sometimes wished he would remain on topic more or expand upon the topics he did bring up.
Also, his constant need to oppose and pick apart Richard Dawkins’ and the other «New Atheists'» ideas got tiring. Especially because at the same time he kept praising and espousing CS Lewis and other ex-atheist/agnostic philosophers and scientists. It started to feel more like an «us» and «them» debate which, ironically, was what McGrath kept insisting was not the reality of the relationship between religion and science.

Finally, I really wish he hashed out his concluding thoughts at the end. I was expecting that the final chapter would apply the ideas he proposed into real life philosophy (I suppose not to answers some of those ultimate questions, but maybe at least to set up a framework to start working on them?), but this was not so. Perhaps my disappointment is indicative that the book was better than I thought, but it still frustrates me.

Science is wonderful raising questions. Some can be answered immediately; others will be able to respond in the future thanks to technological advances; but there are also those that transcend the responsiveness of science itself.
There will be those who very reasonably respond to what I have just said that faith is more likely to harm our knowledge of nature rather than enrich it, right? Doesn’t science need to avoid all religious pollution? There is no doubt that there are those who are convinced that believing in God impoverishes our recognition and esteem how beautiful and wonderful nature is in itself. Richard Dawkins, for example, argues (in my opinion, correctly) that it is perfectly possible to feel «amazement» or veneration for nature without the need to be religious or believe in God.
The «conflicting version» of the history of the relationship between science and religion is basically a social construction, invented to meet the needs and favor the interests of certain social groups. It is not about any timeless truth that we are forced to accept. It is rather a historical contingency that can be changed. We can choose how to see things. We can rebel against the tyranny of those who tell us what story we should adopt and thus force us to see history and determine our present possibilities in light of that story and on the basis of it. I offer an alternative approach that, like history in general, is complex and messy, but that does not necessarily fit our past or our options present in a narrow preconceived mold. It consists rather in the reappropriation of an older and more sensible approach on our part.

Science and religion are two of the greatest cultural forces in today’s world. When properly raised, the conversation between the two can be enriching and edifying. If it is accurately constructed, a «broader account» of reality generates sufficient intellectual space for divergence and disagreement, while affirming the intelligibility and congruence of our world.
And that is a conversion that is imperative to occur. Religion is back in public life and debate. Faced with the many predictions of salon philosophers and media gurus, God has not left, nor has interest in the «spiritual» field disappeared. If anything, today is the New Atheism that sounds rancid and worn. Perhaps you have raised some good questions about God and religion; but your answers look simplistic and superficial today. Ingenious and insubstantial slogans such as «God is a mirage» or «Faith is a mental illness» made headlines in the press and in the media, but ultimately failed in their purpose of filling the minds or hearts of many people.

In short, you only believe what you can demonstrate. That, in my specific case, was the reason why science was so wonderful. The scientific community knew how to design experiments to settle any issue or dispute. When had it been seen that someone had performed an experiment that had demonstrated the existence of a God?
I don’t think I ever got as far as Richard Dawkins did later to the point of insinuating that believers are mentally ill. But I was absolutely convinced that religion demanded from believers a loss of contact with reality and a search for refuge in an invented universe that had no relation to physics that I knew. Religion revolved around a fictional universe in which everything was invented. Science was about things that could be proven, that could be proven correct. It was the safest and most reliable form of knowledge.

The Atheist’s Guide to Reality proceeds to demolish all the great questions that philosophy and religion usually ask themselves, taking care that science is “our exclusive guide to reality”. To save his readers the need to follow the book’s arguments in detail, Rosenberg includes an elegant synopsis of life’s great questions accompanied by what he considers to be scientifically reliable answers to them. Let’s see some examples:
• What is the nature of reality? The one that physics says it is.
• What is the purpose of the universe? Any.
• What is the meaning of life? None.
• What is the difference between what is right and what is wrong, between good and bad? There is no moral difference between the one and the other.

To live with full meaning and authenticity in reality, we need to have the best image of it that we can draw. Why should we settle for a monochrome portrait of reality when an enriched view of it allows us to use a full color palette and identify it more fully? This richer vision provides a «global picture» of things endowed with great existential adherence and not just cognitive functionality. It is a way of seeing the things that allow us, not to exist, but also to live.

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